Colombia Época Colonial

Índice

La segunda mitad del siglo XVI
El siglo XVII
El virreinato
Preludios de la independencia
La cultura en el siglo XVIII

La segunda mitad del siglo XVI

Constituida la Audiencia de Santa Fe o del Nuevo Reino de Granada, por su deficiente funcionamiento se creó el cargo de Presidente con categoría de gobernador y capitán general, independiente del virrey del Perú (1564). Su autoridad se extendía al territorio anterior de la Audiencia y a Venezuela; abarcaba Panamá y luego se le agregó Antioquia; Pasto y Popayán dependían de la Audiencia de Quito.

Continuó la labor colonizadora y evangelizadora en adelante, sin interrupción. En el resto del s. XVI se fundaron nuevas poblaciones, como Ibagué (1550), en el país de los pijaos; Mariquita, en una región minera (1553); Ocaña, 1561, trasladada doce años después; Leiva (1572); Buga (h. 1560); Honda (1565), no erigida en villa hasta 1643, y otras de efímera u oscura vida. Se abrió un camino más breve de la Meseta al Magdalena, en el que se fundó Villeta (1551), estableciendo un servicio de recuas. Los dominicos fundaron en Santa Fe una cátedra de Gramática (1563), y después de Filosofía y Teología (1573). Entre los misioneros destacó San Luis Beltrán. En 1563 fue erigida la sede de Santa Fe en arzobispal, cuyo primer titular fue fray Juan de los Barrios, que siendo aún obispo de Santa Marta reunió en Santa Fe un sínodo, que dio reglas para el buen trato y cristianización de los indios.

Luego se restableció la sede de Santa Marta. Su sucesor, Luis Zapata de Cárdenas, antiguo combatiente de Carlos V, erigió la famosa iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. A fines del XVI llegaron los jesuitas, y el arzobispo Bartolomé Lobo Guerrero les confió el nuevo colegio de San Bartolomé (1604), uno de los más importantes del Nuevo Reino.

Siguieron las luchas para someter a las tribus insumisas, como los pijaos, colimas, muzos, a quienes intentó dominar en vano Ursúa; paeces y otros; los abusos con los indios provocaron varias rebeliones, como en Popayán (1557). La población indígena fue diezmada por la aparición de nuevas epidemias, que hicieron terribles estragos, como la viruela (1566 y 1588) y después el tifus. En contraste con los malos tratos cabe recordar el celo, entre otros del obispo de Popayán, fray Agustín de la Coruña, del citado Barrios y del presidente Venero.

En 1553 tuvo lugar la insurrección de Álvaro de Oyón, antiguo soldado del Perú, alzado en la ciudad de la Plata, quien con otros soldados descontentos mató al fundador de la misma Sebastián Quintero y a los alcaldes y tomó Timaná y Villavieja, que saqueó; querían desconocer la autoridad del rey y era un rebrote de las Guerras civiles peruanas; fracasado en el ataque a Popayán, fue ejecutado con varios de los suyos. Años después produjo gran alarma la amenaza de la llegada de Aguirre. También aparecieron los piratas y en 1586 Drake tomó y saqueó Cartagena donde además exigió un cuantioso rescate; en 1596 saqueó también Santa Marta.

El primer presidente del Nuevo Reino fue Venero de Leiva (1563-1574), de recto gobierno, preocupado por mejorar la suerte de los indios. De sus sucesores destaca Díez Aux de Armendáriz (1578), que hizo marcar los tejuelos de oro usados como moneda, pero por el doble sistema, ya que otros no lo estaban y valían menos, sobrevino una crisis económica. En su tiempo murió el viejo conquistador Quesada. Tras varios visitadores y choques con los oidores ejerció la presidencia Antonio González (1590-1597), que procuró librar a los indios del trabajo personal y promulgó otras medidas favorables a ellos; introdujo la alcabala y las transacciones en plata marcada. Le sucedió Sande, el Emplazado.

El siglo XVII

Prosiguió la colonización, fundándose Barranquilla (1629), Socorro (1681, Girón, Medellín (iniciada en 1640 y erigida en 1675) y otras poblaciones. Las incursiones indias obligaron a abandonar varios pueblos del Cauca; a mediados del siglo los jesuitas intentaron pacificarlos y fundaron Citadá (Quibdó), pero la explotación minera provocó la ruina de las misiones, abandonándolas aquellos, y volviendo los indios a su nomadismo, siendo sustituidos por negros, que abundaron luego en ese país.

El arzobispo criollo Hernando Arias de Ugarte (1618-1625), luego de Charcas y Lima, recorrió su diócesis durante tres años y reunió un concilio provincial (1625) y se esforzó en ayudar a los indios. El prelado fray Cristóbal de Torres (1635-1654) fundó un colegio, ilustre en la historia de la cultura colombiana, el del Rosario (1653), a cargo de los dominicos, aunque luego se les retiró. Los dominicos habían conseguido bula para fundar universidad en su colegio de Santo Tomás (fundado en 1608), a lo que se opusieron los jesuitas, que la querían para sí, zanjándose el pleito en 1637 a favor de los primeros.

Los jesuitas lograron, sin embargo, privilegio en su colegio (fundado en 1623) para graduar, llegaron a fin de siglo a un acuerdo con los dominicos y en 1704 fue reconocido su colegio como universidad llamada Javeriana. Los jesuitas fundaron otros colegios en Honda, Pamplona, Tunja, Cartagena y Antioquia, hasta catorce en el s. XVIII; también se les confió otro centro importante, el Seminario de Popayán. Figura ilustre de la Compañía fue el Apóstol de los negros, San Pedro Claver (m. 1654), que se consagró al cuidado y bautismo de los esclavos en Cartagena durante muchos años.

La labor misional en general la resume J. P. Restrepo al afirmar que de 1650 a 1682 se redujeron 32 tribus y se fundaron treinta pueblos, y de 1683 a 1727, 34 y 75 respectivamente. Los jesuitas y dominicos extendieron las misiones a los Llanos orientales y a las vertientes de la Cordillera. En 1610 se fundó el tribunal de la Inquisición de Cartagena, cuya jurisdicción se extendía a Nueva Granada, Venezuela y las Antillas, lo que duró el resto de la época colonial. Según José Toribio Medina celebró un total de 12 autos públicos y 38 particulares, con 767 reos, de los cuales solo seis fueron condenados a muerte y todos en el s. XVII.

El presidente Juan de Borja (1605-1628), tras una lucha de cuatro años logró someter a los pijaos, en temible y constante rebeldía, ayudado por otras tribus enemigas de aquellos; restableció el trabajo obligatorio indio en las minas y en su tiempo se fundó la primera casa de moneda en Santa Fe (1622). Los presidentes del resto de siglo ofrecen escaso relieve: disensiones con los oidores o con los prelados, alguna obra de utilidad, como la casa de expósitos o el puente grande en el río Bogotá, este por Diego de Egües y Beaumont, uno de los más celosos; o interés por la conversión de los indios. Uno de ellos el obispo Melchor de Liñán, fue después virrey del Perú. Los puertos sufrieron ataques piráticos, como Santa Marta (1669); Cartagena fue tomada y saqueada por los franceses, en guerra con España, en 1695 y 1697, la segunda vez por Pointis.

La cultura en esos dos siglos, además de los centros educativos citados y otros diversos, ofrece varias figuras de interés: el mismo Jiménez de Quesada, autor de los perdidos Ratos de Suesca, el Antojovio, y unas historias de la conquista del Nuevo Reino, conocidas por fragmentos aprovechados en otras obras. El famoso beneficiado de Tunja, Juan de Castellanos (1522-1606), con sus Elegías de Varones ilustres de Indias, de más valor histórico que literario; fray Pedro de Aguado, autor de la Historia de Santa Marta y Nuevo Reino de Granada. Fray Pedro Simón, con su valiosa crónica Noticias historiales de las conquista de Tierra Firme, inspirada en la anterior (publ. la 1ª parte en 1627). Todos estos eran peninsulares.

Juan Rodríguez Freile (antes Fresle), es criollo (n. 1566), autor de la viva crónica llamada El Carnero, de interés para conocer la historia interna neogranadina. Otro criollo, Lucas Fernández de Piedrahita (1624-1688), de linaje mestizo, obispo de Santa Marta, donde sufrió el citado saqueo por las hordas de Morgan, y luego de Panamá, autor de una Historia General del Nuevo Reino de Granada (1688).

El andaluz Juan Flórez de Ocáriz, con sus Genealogías del Nuevo Reino de Granada (1674). El padre Bernardo de Lugo, O. P., escribió una gramática chibcha (publ. en Granada en 1619); también estudió la lengua el jesuita italiano padre José Dadey, primero que enseñó Física. Fray Alonso de Zamora, criollo, escribió la Historia del Nuevo Reino y de la provincia de San Antonio (1701). La tunjana madre Francisca Josefa del Castillo (1671.1742), clarisa, que siguió a Santa Teresa en sus obras místicas Vida y sentimientos espirituales, de valor literario y claro estilo en plena época de gongorismo.

La poesía tiene escasa importancia. El arte tuvo mejor florecimiento que en otros países americanos, destacando algunos techos mudéjares y la catedral de Tunja, de tipo gótico; la catedral de Santa Fe, herreriana, hubo de ser reconstruida en estilo neoclásico (1808) por haberla derribado unos terremotos; quedan varias iglesias del s. XVII, como la capilla del Sagrario, en la capital y otras en provincias. Tuvo menos interés la imaginería, pero sobresalió la orfebrería religiosa.

Son notables los relieves barrocos de San Francisco en Bogotá, obra del escultor asturiano Ignacio García de Ascucha. La pintura ofrecía a Gregorio Vázquez de Arce, uno de los mejores artistas americanos de la llamada época colonial (1638-1711), realista, autor de numerosas obras de carácter religioso, inspirado en grabados y cuadros importados. La arquitectura militar ofrece las fortificaciones de Cartagena planeadas por uno de los Antonelli, Bautista (fines del XVI).

El virreinato

En 1715 la Audiencia destituyó al presidente Francisco de Meneses. El rey ordenó su reposición —solo teórica— y al mismo tiempo envió a Antonio de la Pedrosa para erigir en virreinato —el tercero de América— el territorio de Nueva Granada. Comprendería el nuevo virreinato las provincias de Santa Fe, Cartagena, Santa Marta, Maracaibo, Caracas, Antioquia, Guayana, Popayán y la Audiencia de Quito, es decir, las actuales repúblicas de Colombia, Venezuela y Ecuador.

Tomo posesión Pedrosa en 1717 y parece que no tenía atribuciones de virrey, aunque sí se tituló; si tuvo oficialmente este cargo su sucesor Jorge de Villalonga (1719-1724), nombrado en 1717, pero manifestó al gobierno que era innecesario y gravoso mantener la categoría de virreinato, por no tener medios económicos el país para ello, y ante sus informes se decretó la abolición, volviendo al régimen anterior de presidencia (1723). Según el informe del nuevo presidente Antonio Manso Maldonado (1724-1731) contrastaba la riqueza potencial del país, especialmente en oro, con la pobreza de sus habitantes, a lo que ayudaba su ociosidad, sin haber artesanos: los indios estaban en mala situación, sujetos al trabajo minero; faltaban brazos para la agricultura —de ricas perspectivas— y era deficiente la justicia.

De nuevo se estableció y definitivamente el virreinato, por real cédula de 20-VIII-1739. El nuevo virrey Sebastián de Eslava tomó posesión en 1740, residiendo siempre en Cartagena y durante su mando se efectuó un violento ataque ingles por el almirante Vernon, que en 1739 tomó Portobelo y en 1740 bombardeó Cartagena. Volvió en 1741, pues se hallaba Inglaterra en trance expansionista y atacó de nuevo Cartagena, que no pudo tomar por la heroica defensa de Blas de Lezo y de Eslava. Cesó este en 1749 y se sucedieron los virreyes José Alfonso Pizarro (1749), José Solís y Folch de Cardona (1753), que al cesar (1761) se retiró a un convento de Santa Fe; Pedro Messía de la Cerda, marqués de la Vega de Armijo (1761), Manuel de Guirior (1773) y Manuel Antonio Flórez (1776-1782).

Comprendía el virreinato los territorios citados, incluso el de la Audiencia de Panamá; pero en 1742 se desligó la capitanía general de Venezuela de toda dependencia respecto al virreinato, y en 1777 se agregaron a esta capitanía, separándolas del virreinato, las provincias de Cumaná, Maracaibo, Guayana e islas de Trinidad y Margarita. Al crearse el virreinato se restableció la Audiencia de Quito, pero esta y la de Panamá —suprimida en 1751— dependieron en adelante del virreinato granadino. Así quedó este totalmente desligado del virreinato peruano, del que había dependido hasta entonces, pero la separación geográfica, la diversa orientación —hacia el Pacífico o el mar Caribe—, las diversas necesidades económicas, habían hecho difícil atender a Nueva Granada desde Lima, aparte de que el virrey del Perú, con enormes territorios aún bajo su jurisdicción, no podía atender a aquel lejano país, amenazado además por los ataques a Cartagena y Portobelo, que requerían una autoridad próxima.

los mencionados virreyes fueron en general celosos del buen régimen del país y secundaron las reformas de la época. Pizarro estableció el estanco del aguardiente y organizó el correo; Solís favoreció las misiones del Meta, Orinoco, los Llanos y el Chocó, levantó la primera estadística del país, hizo construir algunas obras públicas de utilidad y mejoró el servicio de correos; Messía introdujo la renta del tabaco, mejoró algunas comunicaciones, fundó un fábrica de pólvora para la defensa y hubo de proceder a la expulsión de los jesuitas en 1767, en número de más de 187, abandonando sus misiones de los Llanos. Guirior levantó otro censo y trató de fomentar las misiones de Riohacha, favoreció la agricultura rebajando los derechos sobre las harinas para evitar la competencia de las extranjeras en Cartagena. Bajo Flórez se publicó el reglamento de Libre Comercio (1778); fomentó los caminos e intentó desarrollar la agricultura; estableció los gremios en la capital y proyectó otras medidas, que no pudo desenvolver por atender a la nueva guerra con Inglaterra.

Las relaciones de mando de los virreyes se quejan siempre de la pobreza del país —social, no natural—, de la escasez de su comercio, del escaso desarrollo de la agricultura, de los defectos de la población modesta. La industria quedaba reducida a la minería —oro y esmeraldas— y a algunas fábricas de paños ordinarios. La división social era la misma que en los demás países hispanoamericanos: peninsulares; criollo, sin que hubiera aquí una aristocracia colonial, y siendo el cargo más elevado a que cabía esperar el de corregidor; mestizos e indios, que formaban el elemento popular. Los indios estaban sometidos a la mita, lo que causaba su disminución por enfermedades, muerte o abandono de sus pueblos, o eran víctimas de los abusos de los corregidores.

Preludios de la independencia

En tiempo de Flórez se envió al visitador Gutiérrez de Piñeres, para reformar la Hacienda y establecer el régimen de Intendencias. Su dureza fiscal provocó la rebelión de los Comuneros del Socorro. Reprimida la sublevación, ejecutados algunos rebeldes, como José Antonio Galán (1782) y destituido otro jefe suyo, Juan Francisco Berbeo, venció la calma externa, pero quedó ya una conmoción interior.

Renunciado Flórez, tras el efímero mando de Torresar, gobernó como virrey el arzobispo Antonio Caballero y Góngora, de ilustrado régimen (1782-1789), de cuya actuación cultural se hablará luego. Dio un indulto para apaciguar la intranquilidad, Fomentó la minería, procuró reparar los efectos de un terremoto, restableció la recaudación de impuestos en la forma anterior, hizo reconocer los Llanos en vista de una posible colonización, e intentó la del Darién. En 1787 solicitó la creación de una Universidad en santa Fe.

Tras el breve gobierno de Gil de Tabiada y Lemos (1789), trasladado inmediatamente al Perú, fue nombrado José de Ezpeleta (1789-1797), secuaz de la Ilustración; mejoró la Hacienda, consiguiendo por primera vez un superávit, remitido a España; se estableció la navegación por el Atrato, Mandó construir varias obras públicas, y aumentó las fortificaciones de Cartagena. En su tiempo ocurrió la conspiración de Antonio Nariño y su proceso, u la primera expresión de un sentimiento partidario de la independencia.

Sucedió a Ezpeleta Pedro de Mendinueta (1797-1803), que prosiguió la labor ilustrada de sus antecesores, con la construcción de nuevas obras de utilidad y se fundó la Sociedad patriótica de Amigos del país (1801). En su tiempo visitó Humboldt Nueva Granada. El último virrey anterior a la época de la emancipación fue Antonio de Amar y Borbón (1803-1810), de menor relieve que los anteriores y bajo cuyo gobierno estalló la insurrección. En su tiempo llegó la expedición propagadora de la vacuna (Balmis) y favoreció con medios económicos la reconstrucción de la catedral de Santa Fe.

Entre los prelados, además de Caballero y Góngora, cabe recordar a Martínez Compañón (m. 1797). En el s. XVIII se fundaron algunas poblaciones importantes, como Bucaramanga, erigida en parroquia en 1778; Cúcuta, erigida en villa en 1792 y Rionegro en 1783. Al comenzar el s. XIX la población de Nueva Granada era de unos dos millones de habitantes y la de la capital, de 21.000.

La cultura en el siglo XVIII

Muy interesante desarrollo ofreció la cultura en Nueva Granada en el siglo anterior a la independencia. En 1738 introdujeron los jesuitas la imprenta, inexistente antes, pero duró solo unos cuatro años. En Cartagena funcionó otra en 1769 y el virrey Flórez la hizo trasladar a Santa Fe, siendo el impresor Antonio Espinosa de los Monteros (1776) e hizo traer material nuevo de España. La enseñanza sufrió un severo golpe con la expulsión de los jesuitas, que regentaban catorce colegios en Nueva Granada, pues hubo ciudades que poseían el único. Con sus bibliotecas se instaló la Real Biblioteca en santa Fe, primera de carácter público, por iniciativa del fiscal Moreno y Escandón y orden del virrey Flórez (1777).

Centro de interés fue el primer colegio femenino, fundación de doña María Clemencia Caycedo (1707-1779), autorizado en 1770 e inaugurado poco después de su muerte. Estaba más desatendida la enseñanza primaria, habiendo algunas escuelas en ciertos colegios; Ezpeleta fundó cinco escuelas populares en la capital, cuyas rentas proporcionó Martínez Compañón. Se crearon en este siglo algunos otros colegios y los del Rosario y San Bartolomé recibieron los privilegios de la universidad de Salamanca. En el Rosario se introdujeron cátedras de matemáticas y medicina, encomendada la primera a Mutis, su iniciador y la segunda a Miguel de Isla, fundador de los estudios médicos en el país.

Moreno y Escandón propuso la creación de una verdadera universidad, en lugar de la considerada así de los dominicos y ya se ha dicho que la pidió Caballero y Góngora; Moreno también redactó un plan de estudios de tipo moderno, que rigió un poco tiempo, apoyado por Guirior, pero desaprobado por el gobierno de la metrópoli, pese al predominio de la Ilustración. Félix Restrepo reformó también en sentido moderno el Seminario de Popayán.

Apareció también el periodismo en 1785, con una efímera Gaceta de Santa Fe; el verdadero introductor fue el cubano Manuel del Socorro Rodríguez con el Papel periódico de Santa Fe de Bogotá (1791-1797), favorecido por Ezpeleta; en 1806 publicó Socorro El Redactor Americano; pero mucho más interés tuvo el Semanario del Nuevo Reino de Granada (1808-1810), dirigido por Caldas, con el fin de difundir conocimientos científicos y útiles. En 1793 se inauguró el primer teatro en Santa Fe.

Ya se citó a la madre Castillo. La Historia contó con José de Oviedo y Bajos, que vivió en Venezuela, donde escribió una historia del país. El jesuita español Juan Rivero escribió una Historia de las Misiones de los Llanos de Casanare y los ríos Orinoco y Meta, que quedó entonces inédita y fue aprovechada por el padre José Cassani en su Historia de las misiones de la Compañía de Jesús en el Nuevo Reino de Granada (1741) y por el padre José Gumilla en El Orinoco Ilustrado. José Domingo Duquesne estudió el calendario y la etnología de los chibchas.

La obra científica de más empeño en el siglo XVIII fue la Expedición Botánica, debida a la iniciativa del gran sabio gaditano José Celestino Mutis, sacerdote y médico, renovador de los estudios científicos e introductor del sistema de Copérnico, que aún halló resistencias. Caballero y Góngora favoreció su proyecto y el gobierno subvencionó la Expedición, allí formada y dedicada al estudio de la naturaleza de Nueva Granada. Alrededor de Mutis se formó un grupo de naturalistas, como Caldas y Zea y de pintores para dibujar las láminas, fruto fue la grandiosa colección de plantas y pinturas llamada Flora de Bogotá, de la que quedan más de 6.700 láminas en el Jardín Botánico de Madrid.

También se favoreció la idea de un observatorio astronómico, inaugurado en 1803, y dirigido por Caldas, primero en la América española. Caldas fue también físico y efectuó algunos descubrimientos; otro discípulo de Mutis, Francisco Javier Matiz descubrió un antídoto contra el veneno de las serpientes; también lo era Jorge Tadeo Lozano, zoólogo y primer presidente de la Independencia.

En los últimos años coloniales los intelectuales se agruparon en tertulias: la de Nariño adquirió carácter revolucionario; la Eutropélica, del citado Socorro, y la del Buen Gusto, a cuyo círculo pertenecieron José Fernández Madrid, y otros escritores, entre ellos destacadas figuras de la época: los juristas Frutos J. y José María Gutiérrez, asimismo literatos, Camilo Torres, Francisco Antonio Ulloa y Miguel Pombo, con Manuel Rodríguez Torices, José María Salazar y Custodio García Rovira.

Todos fueron luego patriotas y la mayoría pereció violentamente. En estos tiempos en los medios cultos se había verificado una renovación ideológica, con la aceptación de la nueva filosofía, el interés por las ciencias naturales y el influjo revolucionario. El nivel cultural neogranadino en vísperas de la independencia era de los más elevados en conjunto de la América española.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs. 872-876.