Independencia de Chile

Índice

La Revolución
La Patria Vieja
La Reconquista realista
La Restauración española
La liberación de Chile

Mas que las causas alegadas en pro de la independencia durante el hervor de la guerra y repetidas como inconcusas por los historiadores del s. XIX, cual generales a toda América, actuó como uno de los factores fundamentales, en Chile, como en otros países, la rivalidad del criollo con el peninsular y un sentimiento particularista, incluso nacionalista, de exaltado amor a la tierra natal, en Chile mayor que en otras partes, alimentado por los historiadores del s. XVIII —el padre Juan Ignacio de Molina, Gómez de Vidaurre—, suponiéndose al país mucho más rico y con mayores posibilidades de lo que era realmente.

Por las condiciones de Chile, más bien pobre geográficamente, alejado, sin productos exportables, y con una masa de pueblo poco laboriosa, influía menos, como ha iniciado Domingo de Amunátegui, el descontento por el monopolio comercial ni tampoco la exclusión de cargos del criollo, pues no era sistemática y los puestos poco numerosos. La masa era adicta al soberano y a la fe; el núcleo criollo favorable a la emancipación era reducido, formado por gente culta y de cierta categoría social, influido por la expulsión de los jesuitas y sus repercusiones, la cual fue sentida con mucha intensidad; también por el ejemplo norteamericano, que ponderaban marinos y contrabandistas yanquis, y por algún hálito enciclopedista, como se manifestó en Antonio Rojas, introductor de libros de tal tendencia y que conspiró con los franceses visionarios, Antonio Berney y Antonio Gramusset (1780), con el objetivo de implantar la independencia y una república democrática; murieron presos los franceses, pero Rojas y otros cómplices chilenos salieron bien librados por el deseo de mantener rigurosamente secreto tal hecho.

La ideología de la Ilustración y su tendencia humanitaria y reformista contaba con su verdadero patriarca en Manuel de Salas (1755-1841), quien proporcionó aquella a la emancipación para suplir sus insuficiencias causales. En 1810 había un grupo en el que pocos eran partidarios de la plena separación, y la mayoría de la autonomía y de reformas; no hubo imitación de la Revolución francesa; el desarrollo de la revolución de independencia hizo necesaria la adopción de programas e ideologías que cubrieran la escasez de motivos, salvo los mencionados antes F. A. Encina, Historia de Chile, V. 26, de donde procede una eliminación continuada de los conceptos de Despotismo ilustrado, sustituyéndolos por adaptaciones desordenadas de instituciones anglosajonas o francesas y hasta clásicas.

Tras el gobierno humano, celoso y progresivo de Luis Muñoz de Guzmán (1802-1808), rigió Chile, durante la crisis española, el viejo militar Francisco Antonio García Carrasco, antipático a importantes elementos sociales, inepto e inexperto, que se asesoró del abogado mendocino Juan Martínez de Rozas (1759-1813), secretario suyo y partidario de un cambio radical, quien intentó impulsarle a reformas, haciendo que entraran en el cabildo, Rojas, Salas y otros patriotas, con el fin de prepararse para un cambio si caía la monarquía.

Al conocerse la crisis española se proclamó a Fernando VII, se rechazó a Napoleón y se reconoció la Junta Central. Envuelto Rozas en el mal ambiente de Carrasco por la asechanza a un barco inglés contrabandista, lo dejó y se retiró a Concepción, para trabajar con los patriotas por una revolución, facilitada por el mal ambiente que creaba el gobernador con sus torpezas y sus choques con las más importantes entidades.

La crisis porque atravesaba España motivó la formación de tres grupos, el realista, con los peninsulares, altos cargos, parte del clero, y criollos leales; el patriota, con los descontentos del régimen colonial, en el que figuraban los futuros dirigentes de la revolución, partidarios de una junta autónoma; y el de los criollos que deseaban un gobierno propio, pero sin trastornos ni novedades. El grupo patriota se agitaba y hacía propaganda, sin que el gobernador se atreviera a reprimirlo.

La Revolución

Temía García Carrasco la repercusión de los primeros chispazos americanos y en especial de la revolución de Buenos Aires (1810), que, en efecto, influían fuertemente. El mismo día de esta (25-V) hizo detener al citado Rojas, a Juan Antonio Ovalle y Bernardo de Vera, personas todas de relieve social, y desterrarlos al Perú, dejándolos en Chile por la agitación surgida; al saberse la revolución argentina, confirmó el destierro, pero un motín le obligó a revocarlo (11-VII), y aunque se cumplió, la sublevación se preparó casi abiertamente. Ya estaban los elementos patriotas decididos a imponer una junta y los leales tampoco apoyaban a García Carrasco por su ineptitud.

Por consejo de la Audiencia que creyó así alejar la subversión, renunció al mando García Carrasco (16-VII) y le sucedió el anciano brigadier Mateo del Toro Zambrano, conde de la Conquista, que era chileno. Pero siguió su marcha la revolución, organizada por Rozas, José Miguel Infante, procurador del cabildo de la capital (1788-1844) y Bernardo O´Higgins, hijo del gobernador y virrey Ambrosio O´Higgins.

Cabildo y la Audiencia dirigían los dos partidos, patriota y español, ayudado este por el clero; el primero estaba decidido a implantar una junta y realizó intensa propaganda para ello. También incitaba a la revolución la Junta de Buenos Aires, a través entre otros de Vera y de Dorrego. A pesar de la oposición de Infante se reconoció a la Regencia el 18-VIII.

Pero continuó la agitación con más fuerza, circulando un panfleto anónimo, el Catecismo político-cristiano, de carácter republicano, obra al parecer del refugiado altoperuano Jaime de Zudáñez, y en el cabildo abierto el 18-IX-1810 dimitió el conde, y aplastando la oposición española, se formó una junta con la máscara de defender los derechos de Fernando VII, presidida por el mismo conde de la Conquista (27-II-1811), como figura decorativa, y de la que formaban parte Rozas y otros dos patriotas notorios, ya agentes del Cabildo al lado de Toro en la etapa inmediatamente anterior, Gaspar Marín y José Gregorio Argomedo. Uno de los miembros representaba al clan de los ochocientos, los Larraín. El conde falleció el 26-II-1811.

La Patria Vieja

Fue la revolución obra de una minoría y de la clase alta, dividida entre partidarios de la autonomía y de la independencia. La masa popular en gran parte siguió fiel al rey, y en ella, en especial en la de las regiones del Sur halló apoyo más tarde la reconquista. La estructura social no varió a pesar de las reformas, prosiguiendo el mencionado predominio casi feudal de los grandes propietarios. En este primer periodo no se llegó a proclamar oficialmente la independencia. Creen Barros Arana y Encina que la declarada adhesión al rey en la formación de la Junta aún era sincera, no habiendo muchos partidarios de la independencia todavía. Incluso reconoció la Junta a la Regencia, aunque prescindió de ella y no se admitió el nombramiento de Elío como capitán general.

La Junta actuó enseguida como auténtico gobierno independiente y, pese a la apariencia de respeto al rey, en forma hostil a España; reclutó y armó un ejército, entabló relaciones de alianza con la Junta de Buenos Aires y abrió el país al comercio mundial (II-1811). Pero se procuró no romper con el virrey del Perú Abascal. En XI-1810 se incorporó Rozas a la Junta y fue su verdadero jefe, por su capacidad, energía y ambición. Se hacía propaganda en pro de la total independencia, y alma de ella fueron Rozas y el fraile Camilo Henríquez (1769-1825), de ideología enciclopedista, redactor en 1812 de la Aurora de Chile, primer periódico del país. Un intento de alzamiento españolista por el teniente coronel Tomás de Figueroa (1-IV-1811) solo produjo la ejecución de este y la disolución de la Audiencia.

Convocó la Junta elecciones para un Congreso Nacional —en las que se impidió votaran los realistas— que debía reunirse el 1-V-1811, sin estar elegidos aún los diputados por Santiago; los demás, instigados por Rozas, que así pensaba asegurar su poder, exigieron su incorporación a la Junta, como se había hecho en Buenos Aires, desvirtuando la división de poderes (Directorio Ejecutivo); pero los diputados por Santiago resultaron enemigos de Rozas, cuyo influjo disminuyó en favor del partido conservador opuesto a las reformas radicales y a la rápida demolición de la estructura colonial a que tendía aquel.

El 4-VII-1811 se inauguró el Congreso, jurándose obediencia a Fernando VII. En él había cuatro diputados partidarios del régimen colonial; una mayoría de conservadores, partidarios de reformas, pero no de extremismos ni muchos de la total separación, en el fondo, entre quienes estaban Ovalle, Fernando Erráguriz, Agustín Eyzaguirre e Infante, alma del Cabildo del 18 de septiembre; y una minoría democrática, partidaria de la independencia y la república radicales, cuyo jefe era Rozas —que carecía de acta— con Salas y O´Higgins, antiguo amigo este de Miranda y partidario de los planes revolucionarios.

Para Encina estas denominaciones tradicionales no son exactas: la mayoría —Eyzaguirre y los suyos— eran antirrozistas, pero partidarios de la independencia de hecho, de armarse contra el gobierno español, de aplazar las reformas hasta la consolidación del nuevo régimen y evitar la dictadura de Rozas y el excesivo influjo del gobierno de Buenos Aires y de su representante Álvarez Jonte; en realidad eran liberales y demócratas, avanzados política y socialmente y no tan conservadores; los rozistas eran autoritarios y extremistas, formados por los amigos de Rozas, como el clan Larraín.

Los verdaderos conservadores estaban divididos en varios grupos. El nombramiento de una Junta Ejecutiva conservadora motivó la retirada de los radicales, descontentos ante la reacción españolista que se advertía. Rozas, objeto de la antipatía de la antigua aristocracia, se retiró a Concepción, donde formó una junta local (septiembre de 1811). Sus partidarios de Santiago y los Ochocientos se entregaron en manos del militarismo, representado por el joven y ambicioso José Miguel Carrera, ex combatiente en España contra los franceses y que había venido a luchar por la independencia de Chile.

Ayudado por sus hermanos, asimismo oficiales, Juan José y Luis, en tres sucesivos pronunciamientos impuso su dictadura: en el primero (4-IX) limpió el Congreso y la Junta de miembros conservadores, en realidad sus adversarios, como Ovalle e Infante y le imprimió una dirección avanzada, con reformas administrativas, la creación de una Corte Suprema de Justicia, municipios electivos, la ruptura con la Inquisición de Lima, medidas laicas y la supresión de la esclavitud por la libertad de vientre y la prohibición de importar más esclavos, única medida efectiva; a los españoles se les puso en el trance de nacionalizarse o emigrar y muchos emigraron al Perú, revelando a Abascal la indefensión de Chile y la ayuda de los aún numerosos leales.

Un segundo pronunciamiento (15 y 16-XI), apoyado por los realistas, a los que inmediatamente eliminó, permitió a Carrera expulsar a los Larraín y formar una nueva Junta con él, Martín y Rozas, y por la ausencia de este, O´Higgins. El tercer pronunciamiento (2-XII-1811) disolvió el Congreso, con el pretexto de no ser democrático, e implantó la dictadura de Carrera, a quien seguía el elemento andaluz, desposeído de influencia en la época colonial por el pleno predominio del de origen vasco, y también castellano, más laborioso y rico, núcleo a la sazón del partido conservador.

Pero también hubo radicales no conformes con la conducta de Carrera, como O´Higgins y Rozas, quien había contribuido, sin embargo, a su encumbramiento y había formado la Junta de Concepción, que era casi un feudo. Tras un conato de lucha con Carrera, un motín militar destituyó a Rozas (8-VII-1812) y lo desterró a Mendoza, donde murió a poco (1813), y adhirió Concepción al dictador.

En 1812 promulgó Carrera una constitución de carácter republicano, aunque por fórmula se conservaba la monarquía de Fernando, defendiendo Henríquez sus ideas, era de carácter liberal, pero no democrático, con una junta y un senado y que tendía a asegurar el dominio de Carrera. Llegó un cónsul norteamericano —Joel Robert Poinsett, célebre después en Méjico— que se convirtió en consejero de Carrera y propagandista del separatismo y de la democracia tipo yanqui y se adoptó una bandera nacional.

Imbuido Carrera y sus colaboradores del pensamiento de la Ilustración y de la filosofía del XVIII, concebían ideas democráticas, de solidaridad republicana continental y de regeneración por la enseñanza, fomentada por la apertura de escuelas y del Instituto Nacional (1813), que sustituyó a la Universidad y a los demás colegios coloniales. También se decretó la libertad de imprenta.

La Reconquista realista

Hasta entonces no había existido intento realista serio contra la independencia de hecho instalada en Chile; pero, con mayores medios, el virrey del Perú, José Fernando de Abascal, emprendió la reconquista disponiendo como base de la isla de Chiloé, que dependía directamente del virreinato y donde no había repercutido la revolución. Los patriotas chilenos se habían abstenido de provocarle, a pesar de las presiones argentinas, apoyados por Rozas; y Abascal no había podido actuar por estar ocupado en la lucha contra los insurgentes argentinos y quiteños.

Envió al general Antonio Pareja, que reclutó en la isla un ejército de chilotes (1813), y con ellos ocupó Valdivia, donde había una fuerte opinión realista y ya declarada de tiempo atrás por Abascal, y tomó Talcahuano y Concepción, llegando al río Maule, casi sin resistencia (III y IV de 1813). La opinión se declaraba por el rey y se engrosó rápidamente el ejército de Pareja.

Ante el peligro, se reconciliaron los grupos criollos citados, se reunieron tropas apresuradamente y tomó Carrera el mando, secundado por O´Higgins y Juan Mackenna; recuperó parte de lo perdido y sitió en Chillán a Pareja, que murió allí (mayo), pero sin tomar la ciudad, defendida por el gallego Juan Francisco Sánchez, de modesto origen y ascendido desde soldado. Pero antes Carrera había tomado Concepción (23 de mayo) y Talcahuano, apoderándose de abundante material de guerra, que le permitió reorganizar y fortalecer su ejército.

La guerra tomó caracteres de dureza implacable y ferocidad, devastándose el país; la desesperación lanzaba a los campesinos a las partidas de uno u otro bando, pero se desprestigiaban más los patriotas por sus violencias, habiendo desaparecido el orden y la calma de los últimos tiempos coloniales. La guerra se hacía principalmente a base de guerrillas, actuando en las filas patriotas O´Higgins y Joaquín Prieto, y entre los realistas Ildefonso Elorreaga, Luis de Urrejola y Antonio Quintanilla.

Los araucanos, ídolos de los patriotas, ayudaban a los realistas. Sánchez tomó Arauco, pero Prieto y O´Higgins vencieron en El Roble (octubre). Se deseaba la paz, ante la prolongación y calamidades de la guerra y la calamitosa situación en que había caído el país; pero la minoría que aspiraba a la plena independencia no estaba dispuesta a retroceder y Antonio José de Irisarri en el periódico El Semanario republicano defendió abiertamente la independencia —no proclamada— y el total desconocimiento de Fernando VII. La Junta existente entonces reaccionó contra Carrera, despojándole del mando, como culpable de los reveses, y lo confió a O´Higgins (27-XI-1813); Carrera se había desprestigiado, percibiéndose su incapacidad táctica y organizadora muy inferior a la popularidad que había disputado.

No tuvieron éxito las negociaciones con el ejército realista, a cuyo frente se puso (II-1814), Gabino Gaínza —que luego proclamó la independencia de América Central—, enviado por Abascal, quien derrotó y apresó a José Miguel y Luis Carrera en Penco (4-III-1914) y tomó Talca, hecho que produjo tal temor, por quedar expedita la ruta de Santiago, que se disolvió la Junta y se nombró director supremo a Francisco de la Lastra (14-III) después del breve interinato de Irisarri, ambos tomaron medidas enérgicas y Lastra promulgó una nueva constitución que establecía el cargo de Director Supremo por dieciocho meses. Gaínza fue derrotado por Mackenna y O´Higgins en El Quilo y en El Membrillar; avanzó sobre Santiago, y una hueste suya venció en Cancharrayada a Blanco Encalada (29-III-1814), pero la derrota de Quechreguas (IV-14) le impidió seguir sobre la capital; no obstante se apoderó de Concepción (13-IV).

La situación era indecisa, dominando los realistas el Sur. En los patriotas cundía la desesperanza y el deseo de un acuerdo que evitara persecuciones. En tal coyuntura la mediación del marino inglés Hillyar, aceptada por ambos bandos, condujo al tratado de Lircay (7-V-1814), por el que se acordó el reconocimiento de la soberanía de Fernando VII, que acababa de regresar de su cautiverio, hecho que debilitaba la fuerza moral de la revolución hecha con tal pretexto. Se suspenderían las hostilidades; las tropas realistas evacuarían Chile; se mantendrían las autoridades chilenas y se enviarían diputados a las Cortes españolas, cuya abolición no se conocía aún. Por una cláusula secreta, los Carrera seguirían prisioneros. El pacto era muy favorable para los patriotas, que mantenían la autonomía conseguida, pero ambos contendientes estaban dispuestos a no cumplirlo y solo pretendían ganar tiempo.

Pero Abascal desaprobó el tratado, enviando como jefe a Mariano Ossorio (VIII-14). Gaínza solo evacuó Talca, y contra el deseo de Lastra, permitió la fuga de los Carrera, para encender disturbios, como hicieron, pues querían continuar la guerra, y en seguida, por un pronunciamiento depusieron a Lastra y formaron una Junta, dirigida por José Miguel, de nuevo dictador (23-VIII-14), desterrando a Mackenna e Irisarri, e iniciando una guerra civil con O´Higgins, suspendida ante el peligro realista y sometiéndose O´Higgins por patriotismo a Carrera, al que odiaba por motivos personales e ideológicos.

Carrera persiguió a los realistas violentamente, pero la aristocracia, desviada de él, permanecía pasiva. Unidos ambos caudillos (IX-14), defendió heroicamente O´Higgins la plaza de Rantagua, donde fue derrotado por Ossorio (1 y 2-X-14), batalla la más sangrienta de la guerra y donde ambos bandos lucharon con valor y tenacidad, desastre aplastante que puso fin al primer periodo de la revolución chilena (la Patria Vieja, y debido en parte a la inactividad de Carrera, que no socorrió a su rival, al parecer para salvar su división y retirarse a Coquimbo.

La Restauración española

El 6 de octubre entró Ossorio en Santiago, donde se le hizo un entusiasta recibimiento, indicador de que la idea de la independencia no había penetrado aún profundamente, mientras los patriotas emigraban a la Argentina, al amparo de San Martín, establecido en Mendoza, y cuyo plan de ataque al Perú se aplazaba ante la caída del Estado chileno.

Ossorio restableció el régimen colonial y las anteriores instituciones, abolió las reformas introducidas, aunque al principio llevó una conducta moderada y de atracción; pero hubo de seguir las normas represivas dictadas por el monarca, e introdujo las purificaciones, deportó a la isla de Juan Fernández a varios revolucionarios, como Rojas, Juan Egaña, Ovalle y Salas; trató Ossorio de suavizar, en lo posible, las órdenes recibidas e hizo volver a parte de los deportados, entre ellos a Rojas y Ovalle; aumentó el descontento el sistema de delaciones y espionaje y los abusos del regimiento de los Talaveras, los pesados impuestos y las confiscaciones y el favor a los soldados peruanos y peninsulares en perjuicio de los chilenos.

Empeoró la situación el nuevo gobernador Casimiro Marcó del Pont (1815), hombre poco competente y ostentoso, que dio medidas más duras y amenazadoras, como la creación de un tribunal de vigilancia y otras desacertadas y vejatorias, a la par que ineficaces. Se había reemplazado en antiguo régimen colonial, que se mantenía por la adhesión de las poblaciones, por un sistema de conquista, y la consecuencia fue que cundiera la aspiración a la independencia y que el monarca y España se enajenaran las simpatías generales, incluso de muchos realistas, no queriendo comprometerse tampoco ante la amenaza invisible del ejército de San Martín al otro lado de los Andes, que desorientaba y desmoralizaba.

La Expedición de San Martín

Mientras el guerrillero Manuel Rodríguez mantenía la intranquilidad en los campos, San Martín preparaba la invasión de Chile, con ayuda de los emigrados, excepto los Carrera, a quienes alejó, pues se apoyó exclusivamente en O´Higgins. Con la ayuda del Director argentino Pueyrredón pudo realizar la expedición, después de proclamada en Tucumán la independencia argentina. Hizo explorar los pasos de la Cordillera al ingeniero Álvarez Condarco y logró reunir hasta 4.000 hombres. La expedición fue preparada cuidadosamente tanto en adiestramiento como en la fabricación de armamento, que dirigió el ex fraile Luis Beltrán, o en la labor de espionaje y propaganda en Chile, en superar las diferencias entre los emigrados chilenos o en buscar medios económicos, obteniéndolos sin contemplaciones de la provincia de su mando.

Cuando estuvo dispuesto el ejército, la previsión y la disciplina fueron ejemplares. Pueyrredón en sus instrucciones a San Martín aspiraba a que se enviase un diputado chileno al congreso argentino y que Chile, liberado, pagase a la Argentina los gastos, de todo lo cual no hizo caso San Martín. El Ejercito de los Andes, partió escalonado del 9 al 24 de enero de 1817, dividido en cinco divisiones, para atacar Chile en todas direcciones: las dos de la izquierda, mandadas por Ramón Freire y José León Lemos, salidas de Mendoza, pasaron el paso del Planchón y el Portillo de los Piuquenses, y tomó la primera Talca y la línea del Maule, y la segunda amenazó a Santiago por el Maipo; dos destacamentos de la derecha, bajo Juan Manuel Cabot y Francisco Zelada, salieron de San Juan y la Rioja y tomaron Coquimbo y Copiapó respectivamente.

Por el centro partió, el 18-I, el argentino Gregorio Las Heras por el paso de Uspallata hacia la ciudad de los Andes y el valle de Aconcagua; algo más al Norte, dos divisiones mandadas por San Martín, O´Higgins y Miguel E. Soler cruzaron el paso de Los Patos hacia San Felipe. La travesía se hizo felizmente, a pesar de la altura y el frío y por la inepcia de Marcó del Pont, que dejó desguarnecida la cordillera y tenía disperso su ejército.

La Liberación de Chile

El 4 de febrero se dieron los primeros choques en territorio chileno y Marcó del Pont tuvo la primera noticia de la invasión. El 12 de febrero se dio la batalla de Chacabuco entre Rafael Maroto y San Martín y O´Higgins, ganada por estos, que dos días después entraban en Santiago. Cayó la máxima indisciplina y cundió el pánico, no pensando las autoridades y oficiales más que en huir, no intentándose seguir la resistencia. La soberanía española se derrumbó instantáneamente.

San Martín rehusó la jefatura del Estado, otorgada en cabildo abierto a O´Higgins con el título de director supremo (15 de febrero) y ejerció la dictadura sin limitación, pero bajo el influjo de San Martín y a las órdenes de la Logia Lautaro. Marcó cayó prisionero y murió en esta situación; el jefe de los Talaveras fue ejecutado. Se desencadenó un brutal terror contra los españoles y realistas, más duro que el de Ossorio, según Encina. Abundaron las confiscaciones, tratando también de restablecer la hacienda, pues el poder económico e ingresos fiscales se habían reducido a la tercera parte y el país estaba arruinado.

Solo dominaban los realistas el Sur, y Las Heras tomó Concepción, pero los defensores de España se encerraron en Talcahuano, donde resistieron algún tiempo al mando de Ordoñez y adonde llegó de nuevo Ossorio desde el Perú el 4-I-1818, con más de 3.000 hombres. La provincia de Concepción, muy realista, se le sumó, aunque O´Higgins hizo evacuar en masa a la población del sur del Maule. El 12-II-1818 se proclamó en todo el país la independencia por primera vez oficialmente. Avanzó Ossorio sobre Santiago y sorprendió y derrotó a O´Higgins y San Martín en Cancharrayada (19-III), y se creyó de nuevo perdida la causa independiente; pero se reorganizó rápidamente el ejército, y el 5-IV-1818 triunfo San Martín en la decisiva batalla de Maipú (o Maipo), y Chile quedó perdido para España.

Ossorio aún intentó reorganizar un ejército en Concepción, pero viendo la inutilidad de realizarlo destruyó las fortificaciones de Talcahuano y se embarcó en septiembre de 1818, dejando a Sánchez proseguir la lucha en el Sur con sus escaso medios. Después de la toma de Valdivia (II-1820), solo quedaron algunos guerrilleros como el terrible Vicente Benavides, ahorcado en 1822, y el coronel Antonio Quintanilla, que defendió valientemente la isla de Chiloé hasta 1826, rindiéndose el 19-I, cuatro días antes que Rodil en El Callao.

Al mismo tiempo que se emancipaba chile eran fusilados en Mendoza Juan José y Luis Carrera, por orden de los dos dueños de su patria (18-IV-1818), y su hermano José Miguel, a quien Pueyrredón no dejó llevar a Chile su escuadra y fuerza reunidas en los Estados Unidos, cuando ya San Martín había partido, quiso vengarlos, participó en las guerras civiles argentinas y fue ejecutado en Mendoza en 1821; sus amigos no perdonaron a O´Higgins el exterminio de los Carrera, víctimas de su propia ambición y turbulencia.

A fines de 1818 San Martín, que había ido a Buenos Aires, trajo un proyecto de monarquía, que impuso a O´Higgins y se envió a Irisarri a Europa con ese fin, pero el caudillo chileno, acérrimo republicano, acabó por anularlo. San Martín convirtió Chile en la base contra el Perú, y primeramente formó una escuadra, con buques españoles capturados, como la flota casi entera cogida en Talcahiuano, entre ella la fragata María Isabel (octubre de 1818), u otros adquiridos, organizada por José Ignacio Zenteno y puesta bajo el mando de Manuel Blanco Encalada, primer almirante chileno, y luego del inglés Alexandre Cochrane, lord, marino y aventurero (1775-1860).

Con esta flota se levantó el bloqueo de Valparaíso y se tomó Valdivia (II-1820), y en ella partió la expedición libertadora del Perú, dirigida por San Martín, el 20-VIII-1820, con 23 buques y 4.500 hombres chilenos y argentinos, bajo el mando naval de Cochrane, quien tomó el puerto de Pisco y otros puertos peruanos y capturó la fragata española Esmeralda en el de Callao. Como Argentina, sumida en el desorden, no costeó la expedición, recayó esta enteramente sobre Chile, a costa de ruinosos sacrificios económicos.

La Dictadura de O´Higgins

En Chile quedó O´Higgins ejerciendo un poder dictatorial, pues San Martín no quiso intervenir en la política interna públicamente, aunque sí bajo mano por medio de la logia Lautaro, los Carrera perecieron y se hizo morir también a Manuel Rodríguez (1818). Las constituciones de 1818 y 1822 sancionaron su dictadura personalista, pero de carácter republicano y democrático: supresión de títulos, tolerancia religiosa, protección a los extranjeros, difusión de la enseñanza, medidas filantrópicas, cementerios, mejoras urbanas, reapertura del Instituto Nacional y de la Biblioteca pública, organizada por Salas, nuevas poblaciones, intentos de mejora de costumbres, apertura de un teatro, lucha contra el bandolerismo.

Varias de sus medidas fueron mal vistas por la Iglesia, aparte de que una facción del clero no había simpatizado con la revolución; intentó regularizar la situación eclesiástica con el envío de un agente al Papa. Su caudillaje y su política, que hería a la clase conservadora prepotente, hizo olvidar sus servicios y disminuir su popularidad. La constitución de 1818 le otorgaba facultades ilimitadas, pues incluso nombraba a los miembros del Senado y no convocó una prometida asamblea constituyente.

Tuvo al fin que hacerlo, la cual dio la constitución de 1822, que no llegó a regir. Una revolución dirigida por Ramón Freire, combatiente por la independencia, por medio de un cabildo abierto, obligó a dimitir a O´Higgins el 28-I-1823, retirándose al Perú, de donde ya no volvió. La oligarquía que había dominado durante la colonia acabó por adueñarse del poder durante treinta años, proporcionando a Chile una estabilidad después de la independencia y de un breve periodo anárquico, rarísima en América. La independencia había sido reconocida por los Estados Unidos en 1822; España lo hizo en 1844.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs. 1076-1082.