Chile Época Colonial

Índice

El siglo XVI
El siglo XVII
El siglo XVIII
La Cultura

Durante la llamada época colonial ofrece Chile —el reino de Chile, como se le llamaba— un carácter muy distinto del resto de la América española. En los demás países la conquista terminó pronto, relativamente; se implantó una organización y se asentó un núcleo de población definitivas, sin ser perturbado en forma grave por rebeldías esporádicas o por la persistencia de grupos indígenas no sometidos, pero ya periféricos geográficamente y al margen culturalmente.

En Chile la resistencia araucana mantuvo durante dos siglos un estado de guerra permanente y de inseguridad; la lucha continuó con pocas interrupciones, cortada por breves paces, y hubo que mantener constantemente tropas u obligar a los colonos al servicio militar para hacer frente a las irrupciones indias, al punto de que por el estado de guerra permanente se calificó a Chile de Flandes italiano y los gobernadores eran generales veteranos de las guerras europeas, con abundantes servicios.

También resultaron inútiles los esfuerzos de los misioneros para convertir al cristianismo a los araucanos, o con muy escasos resultados, como estériles fueron las ofertas de no someterlos a la encomienda o al trabajo forzoso; el indio siguió acérrimamente apegado a sus formas de vida y rechazó la cultura europea y cristiana. Fue Chile así país de frontera, con sus consecuencias, formándose una población colonial belicosa, enérgica y decidida. Pero la población india fue disminuyendo, por las pérdidas a causa de la guerra, por la esclavización de los capturados, y el relegamiento a zonas cada vez más apartadas o de escasas condiciones de vida, mientras crecía un pueblo nuevo, criollo y mestizo, asimilado a la civilización española y que sería el definitivo pueblo chileno.

El siglo XVI

La gobernación de Chile fue otorgada a Francisco de Villagra, el perseguido por Mendoza (1561-1563); inmediatamente se alzaron los araucanos, pereciendo su hijo Pedro de Villagra y destruyendo Arauco y Cañete, que fueron repobladas en 1566. La guerra se hacía con gran crueldad, sin que se arredraran por eso los indios. Martín Ruiz de Gamboa —dos veces gobernador (1566-68 y 1579-83)— quiso atraérselos con benignidad y procuró libertarlos a cambio de pagar el tributo tasa de Gamboa, 1580, sin éxito, pues los indios no querían trabajar, espontáneamente y los encomenderos preferían la servidumbre. Gamboa hizo explorar Chiloé y fundó allí la población de Castro (1567); en su segundo periodo fundó Chillán (1580).

En 1568 se estableció la Audiencia de Chile, que duró entonces hasta 1573. El gobernador Bravo de Sarabia sufrió otra derrota en Marihuenu (1568). Siguió la guerra y calamidades naturales, terremotos e inundaciones, cayeron sobre la parte sometida. Alonso de Sotomayor (1583-1592) fundó fuertes en territorio araucano, sin resultado. Martín García Oñez de Loyola, de la familia de San Ignacio (1592), fue derrotado y muerto en Curalava (1598); se destruyeron Valdivia y La Imperial y en 1599 ya había seis ciudades destruidas al sur de Concepción y había perecido un tercio de la población blanca.

Los indios no estaban dispuestos en ninguna manera a someterse; les favorecía la naturaleza del país y habían aprendido a emplear los caballos y las armas españolas, dirigidos a veces por mestizos; a su vez el ejército estaba desmoralizado y abundaba la deserción, en especial entre los soldados procedentes del Perú, como los mestizos. Pero interesaba la continuación de la guerra para mantener la fuente de la esclavitud.

La población de origen español era escasa aún; en 1583 el número de hombres de todas las edades era solo de 1.100; y a fin de siglo la población española en total no pasaba de 5.000 almas. Mayor era el número de mestizos, procedentes de la unión de los españoles con las indias, ya que las mujeres blancas eran pocas. Se dedicaban los mestizos al campo y al ejército, aunque a veces desertaban pasándose a los araucanos. El indio sometido se llamaba yanacona y realizaba todos los trabajos agrícolas, el de sacar oro en los ríos en los lavaderos y el transporte de cargas; había bastantes esclavos procedentes de la continua guerra; también se llevaron negros, aunque no muy numerosos.

El trato al indio era duro y se efectuaron varios repartimientos, como los dos de Valdivia y el de Mendoza; este promulgó la tasa de Santillán, elaborada por Hernando de Santillán (1559), que ordenaba el buen trato a los indios y la reducción de sus trabajos y del número de los sujetos a la mita, junto con la obligación de doctrinarlos, pero cayó en el vacío, como más tarde la de Gamboa.

A los cultivos indígenas se añadió el trigo y la vid, que se dieron bien por el clima y el suelo virgen; se introdujeron árboles frutales y también se cultivó el cáñamo. El oro atrajo poderosamente, pero su cantidad no fue demasiado grande. Se desarrollaron pronto los animales domésticos traídos de España, inexistentes antes, y que dieron origen a una industria de carne seca y al aprovechamiento del cuero, grasa y sebo; también se elaboraba vino y aceite. La lana permitió abrir algunos obrajes de paños.

El comercio era muy limitado, pues estaba Chile fuera de la ruta de las flotas y su tráfico se verificaba solo con el Perú, al que se exportaban los productos citados; había que importar todos los demás, pero a precios muy altos, de difícil abono para un país muy pobre, lo que se reflejaba en las escaseces de la hacienda pública, lo que obligó a Felipe III a proporcionarle un situado de las cajas de Potosí de 60.000 ducados (1600), duplicado en 1603 y que llegó después a 600.000 pesos, lo que permitió atender a los gastos, agravados en Chile por el estado crónico de guerra. Valdivia estableció ya una fundición de oro y el metal sellado acabó con el uso del oro en polvo de los primeros tiempos.

Llegaron en esta época las órdenes religiosas, franciscanos, dominicos y mercedarios y más tarde los jesuitas y agustinos, fundándose muchos conventos, sin proporción con la población; allí estaban las únicas escuelas, existiendo en la segunda mitad del siglo una de gramática y a finales del mismo los jesuitas abrieron otra de gramática y filosofía. Se erigieron dos obispados, el de Santiago (1561), y La Imperial. Por los motivos dichos la labor misional fue escasa.

El siglo XVII

Durante el siglo XVII continuó la guerra con los araucanos, pero se adoptó en varias ocasiones la llamada guerra defensiva y se efectuaron paces, rotas más o menos pronto. Por otro lado, Chile fue desarrollándose y saliendo de la situación de extrema pobreza de la época anterior. En 1609 se restableció la Audiencia definitivamente. Al comenzar el siglo seguía la temporada de desastres heredada del anterior, abandonándose las ciudades del sur. Alonso de Ribera (1601-1605 y 1605-1610) y Alonso García Ramón (1600-1601 y 1605-1610) establecieron una línea de fuertes y se fijó un ejército permanente, abonando sueldos y descargando a los colonos del servicio militar, lo que favoreció la inmigración.

En la segunda década aparece la figura del jesuita padre Luis de Valdivia, con su intento de atraer pacíficamente a los indios insumisos, proponiendo la supresión del servicio personal al encomendero, la libertad de los prisioneros, la suspensión de la guerra y la evangelización. Se establecería solo la guerra defensiva, idea surgida, al parecer, por el oidor Juan de Villela y patrocinada por el virrey del Perú marqués de Montesclaros; el padre Valdivia fue a España y logró la aquiescencia de Felipe III, que ordenó en 1610 la implantación de la guerra defensiva, encomendándola a los jesuitas y concretamente al padre Valdivia, con amplios poderes, nombrándose gobernador de nuevo a Ribera.

Ambos pusieron en práctica su plan de 1612, en la forma dicha y colocando en el Bío-Bío el límite de la soberanía española efectiva. Pero halló Valdivia la oposición de los encomenderos, de los soldados y de las demás órdenes religiosas y del obispo de Santiago. Efectuó Valdivia un parlamento con los indios de Paicaví y les envió tres jesuitas, que no tardaron en ser asesinados; Ribera no descuidó por su parte la defensa. Fracasó Valdivia además por la irreductible actitud del araucano a someterse y a abandonar sus creencias y género de vida, a pesar de todas las ventajas que se le ofrecieran. Valdivia logró aún la confirmación de su sistema en 1616, pero los continuos ataques de los elementos de la colonia y el temor de la Compañía a desprestigiarse si sostenía a Valdivia, ocasionaron que fuera llamado a la península en 1619.

En 1626 se renunció a la guerra defensiva y el gobernador Luis Fernández de Córdoba reanudó la ofensiva, que duró ahora unos quince años. Una fuerte derrota española sucedió en Las Cangrejeras (1629); la guerra se hacía con ferocidad y se reducían los indios a esclavitud. Luis Lasso de la Vega (1629-1639) repobló Valdivia y Angol. Francisco López de Zúñiga, marqués de Baides (1639-1646), quiso practicar una política de atracción y benevolencia y realizó con los araucanos la paz de Quillín (1641), de breve duración. En 1655, bajo el gobierno de Antonio Acuña, estalló una sublevación general, destruyéndose cuatrocientas estancias entre el Maule y el Bío-Bío y cayendo muchos blancos prisioneros de los indios.

Pedro Porter y Casanate (1556-1562) dio un vigoroso impulso a la campaña, derrotando y conteniendo a los araucanos. Juan Enríquez hizo una paz, ratificada por José de Garro (1682-1692). Tomás Martín de Poveda (1692-1700) empleó el sistema misional, consiguiendo que misioneros jesuitas y franciscanos llevaran a cabo una labor evangélica en territorio araucano, dirigiéndose a los niños, pero el resultado fue nulo porque el ambiente tribal ahogaba la catequización, y hubo que abandonar el método.

Otro peligro corrió Chile, la presencia de corsarios y piratas. Ya en el siglo XVI Drake saqueó Valparaíso, pero fue rechazado en La Serena; también fue rechazado Cavendish. En 1680 el pirata Sharp saqueó y quemó La Serena. Al comenzar el siglo XVIII pasó por las costas chilenas William Dampier. También comparecieron los holandeses, como las expediciones de Le Maire, que dio nombre al cabo de Hornos, y de Brouwer, que tomó Chiloé y su gente intentó tomar Valdivia (1643), lo que obligó a fortificarla y que pasara a depender directamente del Perú hasta 1787. El temor a que los enemigos o los piratas se establecieran en el estrecho de Magallanes motivó el envío de la expedición de Antonio de Vea y Pascual de Iriarte en 1675, que lo exploraron y tomaron de nuevo posesión de él.

A pesar del estado crónico de guerra; de terremotos y otras calamidades crecía la población y se desarrollaba Chile. A fines del s. XVII la población criolla y mestiza alcanzaba unas 100.000 personas y Santiago 12.000. Había pocos indios de encomienda y la raza primitiva casi había desaparecido; el indio puro era ya casi solamente el indómito araucano en su país, en cierto modo distinto y al margen de Chile. Además de las ciudades que hubo que repoblar, surgieron algunas nuevas como Talca, por Martín de Poveda. Valparaíso, ya existente como población en el s. XVI, se declaró plaza fuerte en 1682, aunque no obtuvo municipalidad hasta 1791. La economía se desenvolvió gracias al situado y a la formación del ejército permanente, que eximió de la carga militar a la población. La agricultura obtuvo a fin de siglo un fuerte impulso por el terremoto de Lima de 1687 que destruyó la fertilidad de los campos de su región, importándose durante algún tiempo el trigo de Chile, aumentando así su cultivo.

La fertilidad del suelo permitía un gran rendimiento sin mucho esfuerzo. La ganadería se desenvolvió ampliamente fomentada por la introducción de ganado del otro lado de los Andes, aunque prohibida, desarrollo que permitía la exportación al Perú del cuero, carne salada, grasas, sebo y mulas. La minería se dedicó al cobre para la fabricación de campanas y cañones y exportación; no abundaban, en cambio, los metales preciosos. Se mejoraron los caminos, se introdujeron las carretas de bueyes y siguió el comercio con el Perú al que se enviaba lo dicho, vino y aceite, y del que se traían tejidos, armas, azúcar y arroz; pero los objetos manufacturados venidos de Europa eran muy caros dado el bajo nivel de la mayor parte de la población. La industria era modesta y para uso local: tejidos, muebles, carpintería de ribera, platería, curtidos, etc.

El régimen social era el mismo que antes; pero la escasez del indio de encomienda hizo aparecer el inquilino, mestizo que trabajaba en las haciendas de los grandes propietarios, recibiendo tierra y semillas para su sustento, cobrando un jornal y comprometidos a cierto número de días de trabajo (160 según la tasa de Esquilache de 1621). Sobre ellos ejercía fuerte influjo el estanciero y sería la base más adelante de su poderío, no solo económico sino político.

El nivel de varios de los gobernadores no era muy alto, codiciosos o corrompidos, como el citado Acuña o el atrabiliario en insaciable Francisco de Meneses, apodado Barrabás (1664-1668), veterano de las guerras europeas (su hijo, de igual nombre, fue capitán general de Nueva Granada, donde fue depuesto por la Audiencia.

Expresión del poder de la oligarquía y de la inmoralidad de la justicia es el caso, casi legendario de la Quintrala, Catalina de los Ríos, de la aristocracia chilena, con su larga e impune historia de sadismo y asesinatos († 1665) (v. B. Vicuña Makenna, Los Lisperguer y la Quintrala, ed. de J. Eyzaguirre, Santiago, 1944).

El obispado de La Imperial, por la destrucción de la ciudad fue trasladado a Concepción a fines del s. XVI. La enseñanza contó en Santiago con el convictorio de la Compañía de Jesús y tanto esta como los dominicos recibieron el privilegio de otorgar grados (1617 los segundos, Universidad de Santo Tomás; organizados los estudios superiores de los jesuitas en 1623). El número de religiosos era muy elevado en relación con la población, con su consiguiente peso económico gravoso para la sociedad y su excesivo influjo político y administrativo.

El siglo XVIII

Fue el último siglo colonial de intenso desarrollo para Chile, aunque relativamente, pues no dejó de ser un país modesto, apartado y de un nivel muy distinto del de México y el Perú. Hecho capital fue la cuantiosa inmigración vasca, que con el elemento castellano dio origen a un nuevo patriciado; se dedicaron los vascos a negocios mercantiles en mayor escala que antes y con más amplitud y caudal y espíritu de empresa. Esta nueva clase consolidó su predominio económico con el mayorazgo, adquirió grandes propiedades y sometió a su dominio e influjo la población campesina, poderío que continuaría largo tiempo después de la independencia.

Se hizo presente en los municipios y reforzó celosamente con su espíritu foral el apego de ellos a sus prerrogativas frente a la autoridad central. Sus nombres reaparecerán constantemente en Chile hasta nuestra época en los altos cargos políticos y sociales. Al comenzar la revolución dominaba una oligarquía de unas cien familias, con dieciocho mayorazgos y varios títulos, poseedores de latifundios y señores de los inquilinos. La familia de los Larraín por sus numerosos parientes y allegados era llamada la de los ochocientos. El mando de los capitanes generales era suave, siendo innecesario el rigor para gobernar; las torpezas del gobernador García Carrasco, último de esta época, provocarían la reacción en bloque de la oligarquía.

Creció la población y el censo de 1778 dio 260.000 habitantes, de ellos 60.000 en Cuyo; 300.000 en 1791 y 500.000 en 1808. Se calculaban en unos 20.000 españoles, 150.000 criollos, 300.000 mestizos y 20.000 negros y mulatos. La población india en el territorio propiamente chileno se había transformado en mestiza. Los araucanos seguían en su actitud irreductible, pero la guerra se atenuó, por dejárseles entregados a sí mismos y renunciarse a su sumisión total y a las medidas de violencia, prefiriéndose el tráfico con ellos, incluso de esclavos.

Aún hubo sublevaciones en 1723, con abandono de los fuertes al sur de Bío-Bío, haciéndose la paz en 1726. Se efectuaron con ellos varios parlamentos con los caciques a lo largo del siglo, renovándose las paces y dándoles regalos, pero no faltaron nuevos levantamientos, como en 1726. Su número a fines del XVIII se calcula en unos 100.000. A comienzos de siglo se fundó un colegio en Chillán para los indios, trasladado algún tiempo a Santiago. La encomienda fue suprimida definitivamente en 1791, habiendo quedado solo entonces uno o dos millares de indios de esa condición. Indios y mestizos se habían transformado en inquilinos en los campos y en peones emigrados a las ciudades.

Se fundaron nuevas ciudades: el gobernador José Antonio Manso de Velasco (1735-1745) fundó Copiapó, San Felipe de Aconcagua, Rancagua, Melipilla, Curicó, Cauquenes, San Fernando y Los Ángeles y repobló Talca; Domingo Ortiz de Rozas (1745-1755) continuó esta labor (Quirihue, Petorca, Ligua, Florida y otras y colonizó la isla de Juan Fernández), recibiendo por ello el título de conde de Poblaciones. Ambrosio O´Higgins (1788-1796) fundó Santa Rosa de los Andes, Linares, Nueva Bilbao (hoy Constitución), Maipo y Parral y repobló Osorno.

A estas nuevas fundaciones acudían los peones abandonando las estancias con descontento de los propietarios. La fundación representaba la división de grandes propiedades o la concentración de población dispersa por los campos. Los terremotos destruyeron en más de una ocasión varias ciudades, como Concepción, que Ortiz de Rozas reconstruyó más al interior. Valparaíso fue fortificado y se mejoraron sus instalaciones portuarias.

Los gobernadores de esta época ofrecen un elevado nivel y secundan las directrices de la Ilustración; varios de ellos fueron recompensados pasando al virreinato del Perú. Además de los citados merecen recordarse a Antonio Amat (1755-1761), Antonio de Guill (1761-1768), Agustín de Jáuregui (1773-1780), Gabriel de Avilés (1796-1799), Joaquín del Pino (1799-1802) y Luis Muñoz de Guzmán (1802-1808), uno de los mejores gobernantes que tuvo Chile. Antes había destacado por su gran actividad y competencia O´Higgins.

La extensión del territorio chileno sufrió modificaciones: al crearse el virreinato del Río de la Plata (1776) se segregó Cuyo, incorporado a la nueva entidad, quedando los Andes como límite de Chile. En 1787 la isla de Chiloé pasó a depender del Perú, pero Valdivia se reincorporó a Chile. En 1787, siendo gobernador Ambrosio de Benavides se establecieron dos intendencias, Santiago, ejercida por el mismo capitán general, y Concepción, separadas por el río Maule, al mismo tiempo se suprimieron los corregidores.

Aumentaron contactos con el extranjero, a pesar de las medidas prohibitivas. La alianza con Francia permitió a los buques franceses efectuar el contrabando en Chile. En 1740 llegó el almirante inglés Anson, estando España en guerra con Inglaterra, y estableciendo su base en Juan Fernández causó daño en el tráfico entre el Perú y Chile. A su vez practicaron el contrabando los ingleses y luego a fines de siglo los norteamericanos frecuentaron asimismo las costa de Chile, para el contrabando y haciendo propaganda antiespañola.

En 1721 el holandés Roggeween había cruzado también el estrecho y descubierto de nuevo la isla de Pascua. No faltaron exploraciones españolas en el estrecho como las de Antonio de Córdoba con la fragata Santa María de la Cabeza (1785), la de Malaespina (1790) y la de José Manuel de Moraleda en el archipiélago de Chiloé.

La economía fue impulsada y reformadas sus instituciones por la nueva dinastía. Chile se comunicó por primera vez directamente con la metrópoli por el cabo de Hornos al decaer las flotas y establecerse los navíos de registro hasta el establecimiento del Libre Comercio (1778). También se abrió el comercio terrestre con el Río de la Plata y se mejoró el camino de Uspallata hacia el Este de los Andes, en lo que trabajó O´Higgins como ingeniero; siendo virrey abrió un camino carretero de Santiago a Valparaíso. Seguía el tráfico con el Perú. La exportación consistía en los productos de la época anterior, más metales preciosos, pescado salado —pues se había desarrollado la pesca—, frutas secas y lana; y la importación había añadido el tabaco, cacao, añil, jabón y mate, variando los productos según los países. El primer lugar lo ocupaba España, siguiéndole Perú y en menor cantidad Río de la Plata.

El contrabando ejercido por barcos extranjeros, era de consideración. Se creó una casa de moneda, administrada particularmente, e incorporada al Estado después, igualmente se procedió con la aduana y otros impuestos antes arrendados, y con el correo (1772) y se estancó el tabaco. En 1795 se creó el Consulado. La industria era escasa y casi anulada por las importaciones, limitándose a la transformación de productos naturales y a tejidos bastos. Se dieron unas ordenanzas de minería sustituidas en 1785 por las de México.

Había una importante riqueza económica y una población pobre, por el exceso de brazos, falta de trabajo, jornales y precios bajos y considerable diferencia entre la clase superior y la masa popular. Se constituyó una sociedad económica y en ella Manuel de Salas, además como síndico del Consulado, propugnó el fomento de la industria. En cuanto a la plena libertad comercial, F. A. Encina cree que no era aspiración tan acuciante o sentida como en otros países de la América española. A fines de la época los ingresos fiscales casi igualaban a los gastos de la administración, indicio del progreso del país; los gastos militares eran muy superiores aún a lo que podía subvenir.

La paz con los indios hizo disminuir el ejército, que Jáuregui aumentó a 1.900 plazas; Amat creó un cuerpo de policía y se organizaron las milicias que sublevaron a unos 16.000 hombres. La expulsión de los jesuitas —en tiempo de Guill— representó un golpe para la enseñanza; afectó a 335 miembros y once colegios; su poder económico era grandísimo y muy bien administrado; poseían 59 haciendas, numerosas fincas, 1.200 esclavos, y talleres y tiendas de todos los ramos, y mejor trabajados los productos que los de los demás.

La enseñanza contó con la fundación de la Universidad de San Felipe, creada en 1738, inaugurada en 1747 solo para grados y que comenzó a funcionar en 1758, en la que se estudió principalmente Derecho; el Convictorio de San Francisco Javier de los jesuitas se transformó en Convictorio Carolino a raíz de la expulsión; existían además dos seminarios. En este siglo se fundó por iniciativa de Salas la Academia de San Luis, con enseñanzas técnicas. La enseñanza primaria se reducía a la dada en los conventos, aunque ahora se fundaron algunas escuelas. No existió imprenta de hecho antes de 1810 y, por tanto, tampoco periódicos, a diferencia con otros países hispanoamericanos. En 1793 se autorizó el primer teatro, aunque tardó en hacerse efectivo.

La Cultura

Además de lo dicho antes en cada siglo, la literatura chilena referente al país tuvo, a causa del estado permanente de guerra, carácter predominantemente épico e histórico. La pauta la dio Alonso de Ercilla, cuya Araucana resultó la exaltación del heroísmo indio frente al conquistador, y en especial de sus caudillos. El poema fue el tronco de una serie de continuaciones e imitaciones, que no llegan a su altura, como el Arauco domado del chileno Pedro de Oña (1596), en ensalzamiento de García Hurtado de Mendoza, al que dejó Ercilla en lugar secundario; la continuación de la Araucana por Diego de Santisteban Osorio (1597); las Guerras de Chuile, de Juan de Mendoza; el Puren indómito, de Hernando Álvarez de Toledo, y el Compendio historial del descubrimiento, conquista y guerra del Reyno de Chile, de Melchor Xufré del Águila (1630), poemas en su mayoría de escaso valor literario.

García de Mendoza patrocinó, además del de Oña, una historia panegírica, Hechos de don García Hurtado de Mendoza, por Cristóbal Suárez de Figueroa (1604). De tipo novelesco y autobiográfico es el Cautiverio feliz, de Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán (s. XVII). La Historia ofrece una abundante cantidad de cronistas que inician la brillante tradición historiográfica chilena. El primero es el mismo conquistador Valdivia en sus Cartas al monarca sobre sus campañas, en que exhibe su amor al país; el soldado Alonso de Góngora Marmolejo († 1576) Historia de Chile desde su descubrimiento hasta el año 1575; Alonso González de Nájera Desengaño y reparo de la guerra de Chile; el jesuita chileno, padre Alonso de Ovalle (1601-1651) Histórica relación del Reyno de Chile, 1646 con la historia política y misional).

El también jesuita padre Diego de Rosales (1603-1677) Historia general del Reyno de Chile, Flandes indiano; otro jesuita, chileno, el padre Manuel de Olivares (s. XVIII) Historia militar, civil y sagrada... de la conquista y pacificación del Reyno de Chile; padre Pedro González de Agüeros Descripción historial... de Chiloé, 1791); Pedro Mariño de Lobera Crónica del Reyno de Chile, y otras varias obras, fruto tanto de autores chilenos como peninsulares, atraídos por el interés de las largas guerras, como historia o para proponer remedios.

Mención especial merece, al final de la época colonial, el jesuita expulso Juan Ignacio Molina (1740-1829), autor del Compendio de la historia geográfica, natural y civil del Reyno de Chile (publ. en italiano, Bologna, 1776, y en español, Madrid, 1788-1795), que a su valor científico añadió un intenso amor a su patria y contribuyó a exaltar el sentimiento nacional chileno y a hacer suponer que era uno de los más bellos países del mundo y la consecuencia de que solo faltaba la independencia para obtener todas sus posibilidades. Semejante orientación siguió otro jesuita expulso, Felipe Gómez de Vidaurre, cuya obra de idéntico título quedó inédita entonces.

Otras figuras de la cultura de Chile son el padre Luis de Valdivia, que también estudió las lenguas indias, a ellas se dedicó también Andrés Febres en el s. XVIII. El obispo de Santiago fray Gaspar de Villarroel (s. XVII), autor del Gobierno eclesiástico pacífico (1656-1657). En el s. XVIII la expedición de Malaespina ocasionó los estudios botánicos de Luis de Née y de Haenke; y amplísima colección de plantas y dibujos produjo la expedición botánica de Hipólito Ruiz, José Pavón y José Dombey al Perú y Chile (1777-1788).

Típico secuaz de la Ilustración es el citado Manuel de Salas, economista, reformista, imbuido de filantropía y de ideas renovadoras, autor de numerosas memorias como síndico del Consulado. Contrasta con él el místico milenarista rayano en heterodoxia, Manuel Lacunza, jesuita expulso, autor de La Venida del Mesías en gloria y magestad.

El arte tuvo poco desarrollo, a diferencia de otros países americanos, por la mencionada situación político y social y los terremotos, que arruinaban con frecuencia las ciudades. Por esto solo queda apenas en Santiago anterior al sismo de 1647 el convento de San Francisco (siglos XVI-XVII); el estilo neoclásico está mejor representado, con la catedral de Santiago, el palacio de la Moneda y el de la Intendencia, del arquitecto italiano Joaquín Toesca († 1799), enviado por la Academia de San Fernando de Madrid y autor de la fachada de la primera; su colaborador, el chileno Melchor Jaraquemada, levantó el Cabildo.

También se construyeron en Santiago tajamares para evitar las avenidas del río, el primero por el agrimensor Ginés de Lillo al comenzar el s. XVII, y el puente de cal y canto concluido bajo O´Higgins. La escultura ofrece tallas religiosas; recibió impuso por el artista y jesuita alemán padre Haymhausen, que llevó a Chile un grupo de artífices en el s. XVIII. Es de recordar su discípulo, el imaginero Ambrosio Santelices († 1823), del que quedan bastantes obras.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs. 1070-1076.