Independencia de Bolivia

De la Universidad de Chuquisaca había salido un núcleo avanzado, partidario de la independencia y de doctrinas revolucionarias, al que pertenecían, varios patriotas argentinos, como Moreno, Castelli, Monteagudo y otros, que habían recibido enseñanzas enciclopedistas o populistas. Existía, por tanto, allí un grupo criollo partidario de la emancipación, en la línea general de los elementos análogos del resto de América y en espera de la ocasión oportuna.

En noviembre de 1808 llegó a Chuquisaca el brigadier peruano José Manuel Goyeneche, delegado de la Junta de Sevilla para recabar el reconocimiento de su autoridad, y en secreto de la infanta Carlota Joaquina, para propugnar su regencia. Ramón García Pizarro, presidente de la Audiencia, y el arzobispo Moxó se inclinaron a apoyar a Goyeneche, pero los elementos revolucionarios hicieron cundir el rumor de que se trataba de entregar el país a los portugueses, y ante su agitación y un acta de la Universidad contraria a la infanta, trató de prender Pizarro a los oidores, sumados a la subversión, lo que precipitó el motín del 25-V-1809, preparado de antemano, siendo depuesto Pizarro y asumiendo la Audiencia toda la autoridad.

Diversos comprometidos salieron para propagar la rebelión por el país. El doctor Michel fue a la Paz, donde se puso al frente del movimiento Pedro Domingo Murillo, de ideas avanzadas y ya comprometido en conjuraciones; estalló la revolución el 16 de julio, y se proclamó, a través de un cabildo, la independencia bajo la soberanía de Fernando VII, formándose el primer gobierno de este tipo que hubo en la América española, llamado Junta Tuitiva, presidida por Murillo, con bastantes curas y doctores, como el presbítero José Antonio Medina, jefe intelectual de la revolución.

Murillo, modesto mestizo, se envaneció, asumiendo el grado de coronel, un crecido sueldo y actitudes autoritarias; se organizó un ejército, se anularon las deudas del Tesoro y se dictaron medidas draconianas contra los europeos y los no adheridos a la revolución. No repercutió esta en Potosí por la energía del intendente Francisco de Paula Sanz.

El virrey Abascal reunió un ejército bajo el mando de Goyeneche, lo que atemorizó a los rebeldes e hizo reaccionar a los leales. La Junta Tuitiva se disolvió el 30-IX, y Murillo trató de ponerse a bien con Goyeneche, quien exigió la capitulación, que fue acordada el 5-X. Descubiertos los manejos de Murillo, fue apresado por los revolucionarios más decididos, lo que obligó a Goyeneche a reñir la batalla de Chacaltaya (25-X) contra las escasas fuerzas que mandaba el peninsular Juan Antonio Figueroa.

Las tropas rebeldes se dispersaron para hacer lucha de guerrillas, tras haberse entregado a desmanes y saqueos en la ciudad, pereciendo asesinado el jefe de las milicias Juan Pedro Indaburu, que les había hecho defección. Los fugitivos fueron derrotados en Irupana; perecieron varios cabecillas, y los restantes, sometidos a proceso, fueron ejecutados el 29-I-1810; entre ellos, Murillo. El nuevo presidente de la Audiencia, Vicente Nieto, prendió a los oidores y comprometidos de Chuquisaca, huyendo Bernardo Monteagudo y Antonio Álvarez Arenales.

Para evitar el ejemplo de Buenos Aires, Abascal reincorporó por su autoridad y la de Nieto el Alto Perú a su virreinato, segregándolo del Río de la Plata. A su vez, la Junta revolucionaria de Buenos Aires quiso extender su autoridad a todo el virreinato, y envió un ejército bajo Francisco Antonio Ortiz de Ocampo y Antonio González Balcarce; a su vez, Sanz y Nieto trataban de organizar la resistencia en territorio argentino, anulada por la muerte de Liniers y del intendente de Córdoba Juan Gutiérrez de la Concha.

El 14-IX-1810 estalló, a su vez, la revolución de Cochabamba, secundada por Oruro y Santa Cruz de la Sierra, lo que desorganizó la defensa realista. El general Córdoba derrotó a Balcarce y a Juan José Castelli en Cotagaita (27-X), pero triunfaron los argentinos en Suipacha (7-XI); se sublevó Potosí y todo el Alto Perú se adhirió a la Junta de Buenos Aires; los sublevados de Cochabamba, a su vez triunfaron en Aroma. Castelli hizo fusilar cruelmente a Córdoba, Sanz y Nieto (15-XII).

Castelli no supo atraerse a los altoperuanos, a quienes ofendió con sus desplantes de irreligiosidad, de ideas jacobinas e igualitarias y su incautación de los fondos públicos; el 20-VI-1811, a pesar de un armisticio, fue sorprendido por Goyeneche en Guaqui y completamente dispersado su ejército, que en la retirada se dedicó al saqueo de tal forma que motivó una sangrienta reacción contra él en Potosí. Esta derrota hizo perder para siempre el territorio de Charcas a la naciente nación argentina, desmembrando el antiguo virreinato.

El ejército argentino, a las órdenes de Juan Martín de Pueyrredón, se replegó a Salta. Goyeneche era conciliador, pero a una rebelión de indios opuso Abascal tribus peruanas, cometiéndose toda clase de excesos, a los que se añadieron los sufridos en Cochabamba de orden de Goyeneche, por haberse rebelado de nuevo (mayo de 1812); este envió a Pío Tristán a las provincias del Plata, pero el nuevo general Belgrano invadió de nuevo el Alto Perú, derrotando antes a Tristán en Salta (20-II-1813).

Dimitió Goyeneche, reemplazándolo Joaquín de la Pezuela, y Belgrano se apoderó por breve tiempo del Alto Perú; pero el 1-X-1813 le derrotó Pezuela en Vilcapugio, mientras los desmanes de Díaz Vélez hacían de nuevo —en contraste con la bondad de Belgrano— antipático el ejército argentino.

El 14 de noviembre se repitió la derrota en Ayohuma, evacuando Belgrano el país de Charcas. No pudo, a su vez, Pezuela penetrar en la Argentina, habiéndose corrido al Alto Perú la sublevación del cacique peruano Mateo Pumacagua, que acababa de ayudar a reprimirla en este país; su secuaz Pinelo tomó La Paz, donde fue asesinada casi toda la nobleza (IX-1814).

Reprimida esta sublevación, mantuvieron la rebeldía varios guerrilleros, como Manuel Ascensio de Padilla, Warnes y el argentino Martín Güemes, que defendía la frontera. En 1815 se realizó la tercera invasión argentina en Charcas, dirigida por José Rondeau, ocupándose Potosí por su indisciplinado ejército, practicándose más confiscaciones y despojos, que acabaron de desprestigiar el auxilio porteño, pues trataba a Charcas como país conquistado y no como parte de la patria.

El argentino Martín Rodríguez fue derrotado en Venta y Media, y poco después, completamente Rondeau en Sipesipe o Viluma por Pezuela (28-XI-1815), batalla que cerró definitivamente las esperanzas argentinas sobre el Alto Perú. San Martín hubo de planear su magno proyecto de atacar el Perú, foco de la resistencia española, no directamente, dados los repetidos fracasos de las invasiones, sino por Chile y el Pacífico. Los excesos de realistas peruanos y de independientes argentinos suscitaban el pensamiento de emanciparse de ambos países y de España y de constituir una entidad nacional aparte.

Si no hubo en los años siguientes campañas regulares, sí ardió la guerra de guerrillas —llamadas republiquetas—, con excesos y crueldades que arruinaban al desdichado país en una lucha salvaje y de exterminio. Pezuela tuvo que dedicar todas sus fuerzas a combatir a los guerrilleros, y logró la muerte de Padilla, de José Vicente Camargo, del cura Muñecas y de Warnes, con terribles matanzas.

En 1816 sustituyó a Pezuela, nombrado virrey del Perú, José de la Serna, liberal y Humano, que mezcló en su ejército a peninsulares y criollos, con disgusto de ambos, pese a ser los defensores de la causa española. Entró en La Plata, pero le contuvo Güemes con sus gauchos, y el argentino La Madrid se apoderó de Tarija, donde se rindió Andrés Santa Cruz, realista a la sazón, pero fue vencido en Supachuy por La Hera (1817).

En 1819, dimitido La Serna, dejó el mando a José de Canterac, a cuyas órdenes había un grupo de oficiales que se haría célebre más adelante, y que preparó un eficaz ejército, pero hubo que enviar parte de él al Perú ante la invasión de San Martín; además, se proclamó la constitución de 1812 al saberse el triunfo del régimen liberal en España, al que se adhirió la mayoría de los oficiales españoles. Pero cundía el desaliento, y oficiales americanos se pasaban a los independientes, como Agustín Gamarra, otro futuro presidente.

Un intento de proclamar la independencia en Potosí, ante los éxitos de San Martín, fue reprimido fácilmente (1822). Charcas fue aún durante tres años, con los Andes peruanos, el baluarte de la resistencia española, a base de soldados americanos al mando de La Serna, proclamado virrey por un pronunciamiento (1821).

En 1823, Santa Cruz y Gamarra, ahora generales independientes, atravesaron los Andes desde Arica; tomaron La Paz y Oruro, pero tras la batalla de Zepita, hubo de retirarse aquel desordenadamente ante Jerónimo Valdés y La Serna. En 1823, el general español Pedro Antonio de Olañeta, absolutista ferviente, que hacía tiempo combatía en el Alto Perú, se rebeló contra La Serna por su liberalismo, y dividió las tropas españolas en el momento de mayor peligro, lanzándolas a una guerra civil, frente a Bolívar, que había tomado en sus manos la conclusión de la campaña peruana, y que intentó atraérselo. Mientras se combatían los generales españoles, preparó Bolívar la campaña de Junín y Ayacucho.

Después de la victoria que acababa con la soberanía española en el Perú, ordenó Bolívar a Sucre que entrara en el Alto Perú, que pensaba unir a aquel, evitando los excesivos fraccionamientos. Pero se proclamó la independencia en Cochabamba el 13 de enero de 1825. Casimiro Olañeta, jurista y sobrino del general, a quien traicionó, pasándose a los independientes, se presentó a Sucre, a quien persuadió de la conveniencia de dejar pronunciarse libremente al país, y que, prescindiendo de los planes de Bolívar, convocó una asamblea el 9-II. El general Olañeta, casi solo ya, último defensor de la causa española, evacuó Potosí y pereció por el combate de Tumusla (1-IV).

El Río de la Plata dio su asentimiento a la separación de Charcas, y a pesar de la oposición de Bolívar, el congreso de Chuquisaca proclamó la total independencia el 6-VIII-1825 y acordó llamarse república de Bolívar —luego Bolivia— en honor del Libertador, que aceptó el homenaje y la presidencia y cambió de parecer reconociendo la nueva nación, que visitó para recibir serviles adulaciones, y a la que dotó de la famosa constitución llamada monocrática. Dejó a Sucre de presidente efectivo hasta que tuvo que dimitir en 1828, separándose la nación del sistema bolivariano.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs.555-557.