Argentina Época Independiente

Índice

La desorganización
La dictadura de Rosas
Conflicto entre la Capital y la Confederación
La era de prosperidad
La crisis del siglo XX

La desorganización

Como queda dicho en el artículo anterior, en 1820 estaba lejos de haberse consolidado la organización de la Argentina. Contra el gobierno unitario, civilista, de tendencia monárquica, de Buenos Aires, atento a los intereses de la capital y de su puerto, se enfrentaban las provincias, preocupadas de salvaguardar su personalidad y sus cuestiones por medio del federalismo, oponiendo su autonomía al absorbente centralismo económico y político de Buenos Aires; en realidad estaban ya dominadas por caudillos locales.

El federalismo vino a surgir como tal en 1820, tras constituirse las provincias; antes hay espíritu municipal. Los caudillos del llamado Litoral, Estanislao Pérez, López de Santa Fe, y Francisco Ramírez, de Entre Ríos, unidos a Artigas declararon la guerra a Buenos Aires, presidido por Rondeau al dimitir Pueyrredón, alegando el carácter unitario de la constitución aprobada, las tendencias monárquicas del grupo dirigente y la pasividad frente a la invasión portuguesa en la Banda Oriental (Uruguay).

Las provincias interiores se adhirieron a la sublevación. El gobierno no pudo disponer del ejército de San Martín, quien se negó a salir de Chile. Triunfantes Ramírez y López en Cepeda (1-II-1820) se disolvió el congreso y el directorio, se condenó la aspiración a traer un monarca y quedaron las provincias entregadas a sí mismas, sin gobierno nacional. A los diez años de independencia efectiva la Argentina se encontraba sin instituciones políticas estables y definitivas.

En Buenos Aires hubo de constituirse un gobierno provincial y no nacional, presidido por Manuel Sarratea, quien firmó el tratado del Pilar con López y Ramírez, acordándose el régimen federal y la convocatoria de un nuevo congreso, que no se reunió. El año 1820 fue de anarquía, de luchas entre los caudillos y de desorden en Buenos Aires, por disputarse el gobierno una serie de generales, figurando también entre los que atizaban los disturbios Alvear y el chileno José Miguel Carrera, impedido de volver a su país, ambos al lado de los caudillos citados. En estas contiendas fue expulsado Artigas del Uruguay por los portugueses, y vencido por Ramírez, su aliado de la víspera, se refugió en el Paraguay; a su vez pereció Ramírez en lucha con López. En estas guerras comenzó a destacarse Juan Manuel de Rosas, al lado de los gobernadores de Buenos Aires Dorrego y Martín Rodríguez.

Rodríguez pudo al fin gobernar en paz en Buenos Aires (desde fines de 1820) y fueron sus ministros Rivadavia y Manuel José García, quienes desarrollaron una activa labor de reformas, debidas la mayoría a Rivadavia: organizó la Junta de Representantes, suprimió el Cabildo, que venía hacía muchos años actuando como poder moderador e incluso ejecutivo; contrató un empréstito en Londres y aplicó la enfiteusis en la concesión de tierras; suprimió el diezmo, el fuero eclesiástico y legisló sobre el régimen de los conventos, lo que provocó la oposición de los católicos, aunque Funes apoyó estas medidas; también inauguro la Universidad de Buenos Aires (1821) y fomentó la enseñanza primaria, en una línea aun del s. XVIII, y liberal, típicamente unitaria.

Rivadavia llevó a cabo la reunión del congreso constituyente que se reunió en Buenos Aires, siendo gobernador Juan Gregorio Las Heras (16-XII-1824); el congreso creó un poder ejecutivo de las Provincias Unidas (6-II-1826); y eligió presidente de la República a Rivadavia; el fin era hacer frente al Brasil en la lucha por libertar de su dominio la Banda Oriental. En seguida hizo Rivadavia nombrar capital federal a Buenos Aires y se promulgó la constitución del 19-VII-1826, de carácter unitario, que fue rechazada por los caudillos provinciales, encabezados por Juan Antonio Bustos, de Córdoba, y el famoso Juan Facundo Quiroga, de la Rioja, y Rivadavia dimitió (VII-1827), sucediéndole Vicente López y Planes, que disolvió el congreso y devolvió la autonomía a Buenos Aires.

En 1825 los Treinta y Tres Orientales habían alzado Uruguay contra la dominación brasileña; intervino el gobierno argentino y Brown ganó la batalla naval del Juncal (9-II-1827) y Alvear la de Ituzaingó (20-II). Pero la mediación de Inglaterra y la misión de Manuel J. García llevaron a un tratado, que reconocía la soberanía brasileña en la Banda Oriental (24-V-1827); rechazado por Rivadavia, se llegó después a otro que erigía al Uruguay en Estado separado del Río de la Plata (27-VIII-1828), perdiendo la Argentina otra parte de su territorio.

En Buenos Aires fue elegido gobernador el federal Dorrego (1828), que gobernó en sentido liberal y firmó la paz con el Brasil. En Santa Fe se reunió una convención para convocar otro congreso constituyente; pero el general Lavalle se sublevó contra Dorrego y lo fusiló (13-XII-1828). Los caudillos federales a su vez derrotaron y expulsaron a Dorrego.

La dictadura de Rosas

José María Paz, convertido en el caudillo unitario, derrotó a Bustos y Quiroga, pero Rosas y López firmaron un pacto federal de sus provincias (1831) y Paz cayó prisionero, hundiéndose con él la causa unitaria. Triufaba definitivamente el federalismo, pero transformado en el dominio de sus caudillos y de sus montoneras o huestes, tildadas de anárquicas y bárbaras, pero representantes de la democracia, aunque turbulenta e inorgánica

Juan Manuel de RosasJuan Manuel de Rosas gobernó la Provincia de Buenos Aires durante veinte años entre 1830 y 1852.

En 1829 fue elegido gobernador de Buenos Aires Juan Manuel de Rosas (1793-1877), rico propietario de la provincia, rígido partidario del orden y la disciplina, distinguido ya en 1820 y 1828, decidido a vengar a Dorrego y convertirlo en el caudillo del federalismo. n su primer gobierno (1829-1833) recibió ya facultades extraordinarias. Al concluir hizo una expedición contra los indios del Sur, rechazándolos, lo que le dio prestigio militar. En 1833 los ingleses ocuparon las islas Malvinas, a pesar de las protestas del gobierno de Buenos Aires, y las han retenido desde entonces, aunque la Argentina no ha reconocido la anexión.

En 1835 por instigación desconocida fue asesinado Quiroga y desapareció el principal émulo de Rosas. Tras varios gobiernos sin relieve, Rosas fue designado en 1835 de nuevo gobernador de Buenos Aires, con la suma del poder público, y ejerció el cargo diecisiete años, el cual llevaba anejas las relaciones exteriores de la Confederación.

Cada provincia era autónoma y no existía legalmente poder central, pero Rosas, en nombre de un fanático federalismo impuso una férrea dictadura y tuvo sometidos a todos los caciques y caudillejos provinciales. Su duro gobierno con terrorismo, lujo de ejecuciones y malos tratos, llevados a cabo por la asociación de la Mazorca, le dio un siniestro renombre, estimulado por los elementos cultos y unitarios en el exilio, como los poetas Esteban Echevarria, José Mármol, Juan Bautista Alberdi, Domingo Faustino Sarmiento, que recalcaron la crueldad y la tiranía de Rosas.

Pero gozó del apoyo de las clases altas al mantener el orden: de la Iglesia, a la que protegió (restableció la Compañía de Jesús); de San Martín desde su destierro voluntario en Europa, de las masas populares, y su recuerdo ha sido rehabilitado o considerado más objetivamente por historiadores recientes como Irazusta e Ibarguren. Le dio prestigio su resistencia a las presiones francesas entre 1838 y 1840, con un bloqueo de la costa, aunque cediendo Rosas a ellas, y a otro conflicto con Francia e Inglaterra por la intervención de Rosas en Uruguay, con el combate de Obligado (1845), terminado en 1850, retirando aquel sus tropas del asedio de Montevideo; la tenacidad con que resistió las presiones extranjeras le dieron prestigio como defensor afortunado de la dignidad nacional.

Resistió Rosas con fortuna a los intentos de sus enemigos, ayudados por las potencias citadas y las naciones americanas vecinas, como los organizados por la Asociación de Mayo, por Lavalle (1839-1841), por Paz (1841 ss.), ayudado por el presidente uruguayo Rivera, lo que provocó el sitio de Montevideo por su rival Oribe y las fuerzas de Rosas (1843-1850).

El régimen de Rosas, oficialmente federal, con su rigidez consolidó la unidad nacional y preparó la unificación posterior. Cayó por una sublevación de uno de sus gobernadores, el de Entre Ríos, Justo José de Urquiza (1800-1870), en connivencia con el Uruguay y el Brasil; sublevado en 1851, obligó a Oribe a levantar el sitio de Montevideo, cruzó el Paraná con ayuda de la flota brasileña y derrotó completamente a Rosas en Monte Caseros (3-II-1852). Rosas se refugió en Inglaterra, donde murió años más tarde.

Conflicto entre la Capital y la Confederación

Urquiza designó gobernador de la provincia de Buenos Aires a Vicente López y Planes y los de varias confirieron al primero la representación ante el exterior y luego el mando militar y un amplio poder como director interino. Por el acuerdo de San Nicolás de los Arroyos (31-V-1852) se renovó el pacto federal de 1831 y se dispuso convocar un congreso con igualdad de todas las provincias.

Descontentó el acuerdo en Buenos Aires, que temía ser sacrificado al resto, y se sublevó dirigido por Valentín Alsina contra Urquiza, que sitió la ciudad inútilmente. El Congreso Constituyente de Santa Fe, sin representantes de la capital (1852), elaboró la Constitución del 1º de mayo de 1853 —aún vigente—, que se inspiró en la famosa obra de Alberdi Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, que estableció un régimen federal, pero con un gobierno central, tratando de combinar la tradición federal y la unitaria, y de tono muy liberal; con abolición de la esclavitud; Buenos Aires sería la capital federal. Se eligió presidente de la República a Urquiza.

Replicó Buenos Aires separándose provisionalmente del resto y dándose una constitución propia (1854), de carácter unitario, obra de Carlos Tejedor y Dalmacio Vélez Sarsfield. Gobernó Urquiza hasta 1860; instaló su capital en Paraná; entabló relaciones o las mejoró con los demás países, aunque no se ratificó un primer acuerdo con España (1857), negociado en Madrid por Alberdi (el definitivo se firmó en 1863); abrió los ríos Paraná y Uruguay a la libre navegación internacional; fomentó la inmigración y la construcción de ferrocarriles; nacionalizó la Universidad de Córdoba y procuró sacar al país del aislamiento en que lo mantuvo la época de Rosas.

Pero subsistía el problema de la separación de Buenos Aires, y con ella la carencia de recursos financieros, ya que era el gran puerto el que los facilitaba. La tirantez entre ambos gobiernos, aumentada por intentar la Confederación recargar los derechos de aduana a las mercancías introducidas por Buenos Aires, llevó a la guerra en 1859; derrotado Bartolomé Mitre, uno de los más fervientes sostenedores de la actitud bonaerense, por Urquiza, en Cepeda, el acuerdo de San José de Flores (1859) decidió la incorporación de la capital al resto de la nación, lo que aprobó una convención provincial en Buenos Aires.

En 1860 fue elegido presidente de la Confederación Santiago Derqui y en Buenos Aires gobernador Mitre. Pronto surgió una nueva disensión, al rechazarse por el congreso a los diputados porteños por haberse elegido según su ley local, Buenos Aires anuló los pactos de unión. La batalla de Pavón (17-IX-1861) ganada por Mitre a Urquiza entregó el poder nacional al primero, quien convocó otro congreso para organizar la Argentina. Propuso Mitre, para resolver el conflicto al parecer irresoluble entre la capital y la nación, convertir en federal la provincia bonaerense o la ciudad, como ya propuso Rivadavia en 1826; se acordó el compromiso de que el gobierno nacional residiera cinco años allí conservándose la autonomía de la provincia.

Mitre —gran historiador además de político (1821-1906)— fue elegido presidente de la República y dio a su gobierno carácter progresista. El gran suceso de su presidencia y la de su sucesor Sarmiento (1868-1874) fue la guerra del Paraguay, causada por la intervención del dictador paraguayo Francisco Solano López, en el Uruguay, por el apoyo dado por la Argentina y el Brasil al Colorado Flores para conquistar el poder, lo que acarreó una guerra entre Paraguay y Brasil (1864) y a poco también con la Argentina (1865) y Uruguay, formándose una triple alianza para derribar a López.

Duró la guerra hasta 1870, con la muerte del dictador paraguayo, tras una terrible campaña, con numerosas batallas, en la que pereció casi toda la población masculina de aquel país, tras enormes y estériles derroches de heroísmo. Las batallas más sangrientas fueron las de Curupaití (1866) y Huamitá (1867). Ocupado el Paraguay por los aliados, se impuso otro gobierno y hubo de ceder territorios a los vencedores, no obstante la teórica declaración de Mariano Varela, ministro de Sarmiento de que la victoria no da derechos. La Argentina se anexionó 75.000 kilómetros cuadrados en el Chaco.

Sarmiento (1811-1888), dotado de un profundo afán pedagógico y confiando en la enseñanza para curar a la Argentina de sus males endémicos, entusiasta partidario de introducir la civilización europea y norteamericana, difundió la escuela y fundó las primeras Normales; igualmente las Escuela Militares, fomentó los ferrocarriles e impulsó la inmigración. Su sucesor Nicolás Avellaneda continuó esta política de progreso, envió al general Julio A. Roca contra los indios de la Pampa, abriéndola a la colonización, y resolvió la aguda cuestión que arrastraba el país desde 1810, las relaciones de Buenos Aires con la nación.

Derrotó a Mitre, que se sublevó, y en 1880, tras derrotar a Tejedor, defensor de la autonomía de Buenos Aires, el congreso promulgó una ley que declaraba a esta ciudad capital federal, separándola de su provincia y poniéndola bajo la dependencia del gobierno nacional; así concluía la larga rivalidad entre Buenos Aires y las provincias y la pretensión de cada uno de dominar al otro. Venía a triunfar el federalismo, pero combinado con los principios liberales de la tradición unitaria.

La era de prosperidad

En 1880 comienza una época dominada por una oligarquía que ejercería el poder treinta y seis años. El general Roca (1880-1886) siguió fomentando la economía y la colonización, y libre el país de agitaciones continuó en la era de auge y prosperidad iniciada de tiempo atrás. Envió este presidente nuevas expediciones al Desierto. Roca llevó a cabo una política laica que le enfrentó con la Iglesia. Se fijaron las fronteras con Chile —tensión a veces amenazadora no terminada hasta 1902— y se fundó la ciudad de la Plata, como nueva capital de la provincia de Buenos Aires. Gobernó Roca según su voluntad y la corrupción fue el reverso de la prosperidad.

Apoyó para la sucesión a Juárez Celman, cuya arbitrariedad y la crisis económica, causada por la excesiva emisión de billetes, acarrearon la revolución de 1890, que le derribó, aunque vencida, organizada por el nuevo partido Unión Cívica (1890).

TeotihuacanJulio Popper —uno de los principales responsables del exterminio de los indígenas selknams (u onas) que habitaron Tierra del Fuego— en una de sus cacerías. A sus pies, yace un ona muerto. La foto corresponde a un álbum que Popper obsequió al Presidente Juárez Celman.

Carlos Pellegrimi (1890-1892) para restablecer la normalidad financiera fundó el Banco Nacional. De la Unión Cívica salió el partido radical —del que fue alma Leandro N. Alem (partido de clase media y descendientes de emigrantes)— que hizo dimitir a Luis Sáenz Peña (1895) y se opuso a Manuel Quintana, sucesor de Roca, presidente una segunda vez. Roque Sáenz Peña (1910-1914) introdujo el sufragio universal, secreto y obligatorio, que dio en 1916 el triunfo a Hipólito Irigoyen (1850-1933) del partido radical, quien mantuvo al país fuera de la Primera Guerra Mundial y desarrollo tendencias nacionalistas, pero no corrigió los defectos de la oligarquía burguesa y liberal que venía gobernando desde la organización nacional. Tampoco lo hizo su sucesor, también radical, Marcelo T. de Alvear (1922-1928); llevado de nuevo Irigoyen a la presidencia defraudó las esperanzas puestas en él y fue derribado por el movimiento militar de José Félix Uriburu (1930).

La crisis del siglo XX

Argentina parecía haber alcanzado la estabilidad política y era uno de los pocos países hispanoamericanos que podían ufanarse de ello. A comienzos de siglo con Brasil y Chile había constituido el grupo de países del A.B.C., con deseo de pensar en la política americana sin subordinación a los Estados Unidos. Pero la decadencia del régimen de la época de estabilidad y organización, los defectos internos, la repercusión de las crisis mundiales, introdujeron de nuevo la inestabilidad política, a la par de crisis económicas.

Apartado Uriburu por demasiado conservador, Agustín P. Justo (1932-1938), que gobernó según los intereses de la oligarquía ganadera y de los exportadores, aunque puso fin a la era de libre comercio; estuvo muy sometido a los intereses ingleses, tan poderosos en el Río de la Plata; Roberto M. Ortiz (1938-1940) gobernó en forma liberal; por enfermedad se hizo cargo de la presidencia el vicepresidente Ramón S. Castillo, que gobernó en forma casi dictatorial y contraria a Ortiz, manteniendo a la Argentina apartada de la Segunda Guerra Mundial y se enfrentó a la hegemonía norteamericana.

La crisis económica y el temor a un triunfo radical precipitaron la intervención del ejército (4-VI-1943), que por un pronunciamiento dirigido por el general Rawson puso fin a la etapa liberal-burguesa dominante. Se suspendieron los partidos políticos y se proclamó el estado de sitio, que duró varios años. Se aliaron varias tendencias en el golpe, incluso democráticas, como bajo Pedro P. Ramírez (1943-1944), pese a su propio sentir, pero al fin se impuso el grupo de Edelmiro J. Farrell (1944), nacionalista, adverso al régimen liberal y a la intervención en la Guerra Mundial, para la que presionaban los Estados Unidos y el resto del continente. Argentina declaró la guerra al Eje solo a última hora.

Juan Domingo PerónJuan Domingo Perón fue el primer presidente en ser elegido por el sufragio universal y secreto de hombres y mujeres al ser reelecto en 1951.

A su lado figuraba ya Juan Domingo Perón, con el G.O.U. (Grupo de Oficiales Unidos). Encargado del ministerio de Trabajo, ya bajo Ramírez desplegó Perón una política de atracción de la masa obrera y de reformas sociales. Triunfante Perón en las elecciones de 1946 ejerció hasta 1953 una dictadura, apoyado en las masas obreras, por medio de su nueva doctrina del justicialismo, con la que quiso separar a los obreros del comunismo, y de enfrentamiento con la alta burguesía predominante hasta entonces, en lo que tuvo una gran colaboradora en su esposa Eva Duarte, de hondo prestigio en las masas.

Llevó a cabo una política de tono totalitario, tuvo como enemigos a las izquierdas y al capitalismo, y se enfrentó a los Estados Unidos, imponiéndoles su triunfo electoral, contra la pretensión yanqui de eliminarlo (1946). Quiso efectuar una ambiciosa política económica, de nacionalizaciones, de industrialización del país y creación de industrias, para las que no había base, planificación y mejoras obreras, buscando la autarquía, la independencia económica respecto del extranjero y el equilibrio entre la capital y las provincias; pero todo ello acarreó una honda crisis económica.

Al fin se enfrentó también con la Iglesia, a la que había respetado primeramente. Dio el voto a la mujer y promulgó una nueva constitución contraria a los partidos. La crisis, tras una etapa de prosperidad, y los errores cometidos ocasionaron al fin su caída violenta en 1955 (16-IX), sustituyéndole una Junta militar presidida por Eduardo Leonardi.

En 1958 subió al poder Arturo Frondizi, radical pero con los votos del peronismo, pese a su proscripción y que seguía manteniendo adhesión en las masas obreras. Tampoco pudo terminar normalmente su mandato y cayó derribado por otro pronunciamiento (1962). A su sucesor José María Guido le siguió el Dr. Illía (1963), que en 1966 fue relevado por un golpe militar.

TUDELA DE LA ORDEN, José, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs. 344-348.