Independencia de Argentina

Índice

Formación de la Junta de patriotas
La Resistencia españolista
La Organización de la primera Junta
La Proclamación de Independencia

Formación de la Junta de patriotas

La rivalidad entre criollos y peninsulares se agudizaba aquí por el antagonismo entre hacendados —los primeros—, partidarios de la libertad de comercio para exportar los productos del país, y los comerciantes españoles, sostenedores del monopolio de su patria.

Los criollos habían adquirido conciencia de su fuerza con la reconquista de Buenos Aires a los ingleses (1806) y su defensa en 1807, la destitución del inepto virrey Sobremonte y su sustitución por Liniers, hechos que daban orgullo y confianza; se había formado un ejército local por tales circunstancias y existía un núcleo urbano culto, imbuido de ideas del s. XVIII, y en parte también populistas de raigambre escolástica, partidario de la independencia o de una amplia autonomía y de disponer de los destinos del país y del libre comercio, el cual se había manifestado en el Consulado, en la incipiente prensa, en la exaltación de Liniers, y que estaba en espera de ocasión favorable para sus propósitos. No la hubo hasta 1810, y entre tanto se pensó en utilizar a la infanta Carlota Joaquina, refugiada en Brasil con la familia real portuguesa, quien no aceptó al percibir el tono revolucionario de sus partidarios, como Saturnino Rodríguez Peña.

Liniers rehusó reconocer a José Bonaparte, pero quedó sospechoso ante los españoles patriotas, como Francisco Javier Elío, gobernador de Montevideo, quien creó una junta semejante a las de España, y se intentó derribarle del cargo, sosteniéndole los criollos, que a su vez rodearon luego al virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros (VII-1809); este, por su sugestión, abrió el puerto al libre comercio y permitió el célebre alegato de Mariano Moreno Representación de los hacendados, de tono económico y político.

El momento buscado por los revolucionarios que conspiraban incesantemente fue, como en otros países americanos, el de la desaparición de la Junta Suprema por la invasión de Andalucía por los franceses, negándose a reconocer a la Regencia. La debilidad del virrey y la decisión de los jefes criollos Cornelio Saavedra, comandante de las milicias de patricios, Manuel Belgrano y otros, impusieron un Cabildo abierto el 22-V-1810, en que predominaron los elementos separatistas, acordándose la formación de una Junta y el cese del virrey, alegándose la inexistencia de gobierno en España, y también la convocatoria de un congreso general.

El Cabildo, donde predominaban los leales, nombró la Junta con el virrey como presidente, rechazándola los revolucionarios, apoyados por las turbas diestramente agitadas, y el 25 de mayo impusieron su golpe de Estado, formándose una junta de solo patriotas, presidida por Saavedra, aunque en nombre de Fernando VII por disimulo.

Constituyeron además la primera Junta gubernativa Moreno y Juan José de Paso, como secretarios; Belgrano, Juan José Castelli, Manuel Alberti, Miguel Azcuénaga, Domingo Matheu y Juan Larrea. Moreno y Castelli formaban en el grupo de tendencias más avanzadas, influidos por la Revolución francesa; el primero publicó una traducción del Contrato Social de Rousseau.

A partir del 25 de mayo el Río de la Plata fue de hecho independiente, aunque la proclamación oficial se retrasara más que en otros países americanos, pero fue también el único —junto con el Paraguay— en que no hubo reconquista española. Los principales problemas planteados a la revolución argentina eran la resistencia a la oposición española, la relación con las provincias, la organización política, la reconstrucción del territorio del virreinato y el peligro portugués.

La Resistencia españolista

La resistencia españolista interna fue de escasa importancia: desde el primer momento, a pesar de la falsa adhesión a Fernando VII, el objetivo bien comprendido por ambos bandos, era la plena emancipación; pero, aceptada la revolución por las provincias o impuesta, la oposición leal fue aplastada por la ejecución del exvirrey Liniers, del intendente de Córdoba, Juan Gutiérrez de la Concha, del coronel Santiago Allende y otros dos funcionarios, en Cabeza del Tigre (26-VIII-1810) por Castelli e instigación de Moreno, partidario del terror y más tarde por la del antiguo primer alcalde Martín de Alzaga, héroe de la resistencia a los ingleses (1812).

Sin embargo, eran más peligrosos los focos realistas de Montevideo, gobernado por Elío, y del Alto Perú o Charcas, mandado por José Manuel de Goyeneche. Para atacar este y el Paraguay y extender la revolución a todo el antiguo virreinato, se organizaron inmediatamente expediciones militares; la del Alto Perú —país muy diferente geográfica y socialmente del Río de la Plata, no obstante su unión a este en 1778— fue encomendada a Francisco Antonio Ortiz de Ocampo y Antonio González Balcarce, y a poco a este y Castelli, que vencieron en Suipacha (7-XI-1710) y extendieron la revolución al Alto Perú.

Pero los excesos del ejército desacreditaron allí al gobierno de Buenos Aires, y el virrey del Perú, José Fernando de Abascal, que había reincorporado el país a su virreinato en 1809, a raíz de la primera sublevación, envió a Goyeneche, que derrotó a los argentinos en Guaqui (20-VI-1811), perdiéndose definitivamente este territorio para la Argentina, a pesar de posteriores e ineficaces invasiones; a su vez las irrupciones realistas en la Plata carecieron de éxito.

Manuel BelgranoManuel Belgrano, líder político, comandante militar y creador de la bandera argentina.

Así, Belgrano rechazó la de Pío Tristán en la batalla de Tucumán (24-IX-1812) y en Salta (20-II-1813), pero su invasión del Alto Perú fue derrotada por Joaquín de la Pezuela en Vilcapugio y Ayohuma (1813); una tercera invasión, por José Rondeau, terminó desastrosamente en la batalla de Sipe-Sipe o Viluma (28-XI-1815). No fue más afortunado el intento de incorporar el Paraguay, cuya vida aislada y particularista le inclinaba a no fundirse con el Río de la Plata, a pesar de haber estado siempre unido a él; la expedición de Belgrano fue derrotada en Paraguarí (19-I-1811) y Tacuarí (9-III), y hubo de retirarse por un acuerdo; pero el ejemplo cundió y poco después el Paraguay se emancipó igualmente, pero independientemente de la Argentina.

Peligroso fue también el foco de Montevideo, pero en 1811 sublevó el país uruguayo el caudillo José Gervasio Artigas y paralizó al acción española, quedando Montevideo cercado por un largo sitio, interrumpido una primera vez por un acuerdo entre Elío y la Junta (20-XI-1811); pero Gaspar Vigodet, sucesor de Elío, reanudó la guerra en enero de 1812, y el sitio, el rioplatense Rondeau con Artigas, que no mantenía muy buenas relaciones con Buenos Aires; en 1814 tomó el mando Carlos María de Alvear, secundado por el almirante Guillermo Brown, e hizo capitular Montevideo (23-VI-1814).

La Organización de la primera Junta

La organización fue más difícil, y en realidad apenas se logró por el antagonismo de Buenos Aires y las provincias, y del federalismo y la tendencia unitaria, resultando una extrema inestabilidad de los gobiernos y la aparición del caudillaje. Los patriotas se habían opuesto ya en el Cabildo del 22 de mayo a la convocación de un Congreso, pues en las provincias no existía el mismo ambiente que en la capital y sus cabildos no participaban en el espíritu revolucionario; por ello y por mantener la preponderancia de la oligarquía burguesa bonaerense, basada en la absorbente hegemonía económica del puerto, tendía esta a excluir a las provincias de la dirección, surgiendo como reacción un agudo federalismo, sostenedor de la autonomía provincial y cuyo representante más enérgico fue Artigas.

Los caudillos vinieron después a encarnar el espíritu autonómico y particularista de las provincias. Los federales formaron un partido más democrático y republicano, apoyado en masas incultas; los unitarios en general eran gente burguesa, ilustrada, culta, liberal y con tendencias monárquicas en muchas de sus principales figuras: Belgrano, Rivadavia, San Martín, Pueyrredón. Las consecuencias de la pugna fueron la anarquía y la desorganización.

La primera junta entabló relaciones con Inglaterra, Chile y Brasil, y a petición de Gregorio Funes, deán de Córdoba, admitió dentro de ella a los diputados de las provincias elegidos para el futuro Congreso, que se acordó, al fin, el 25 de mayo. Disconforme Moreno con ello y con la tendencia conservadora de Saavedra, dimitió y fue enviado a Europa en misión diplomática, pereciendo en el viaje (1811); sus partidarios fueron expulsados de la Junta por un motín, que aseguró por el momento la autoridad a Saavedra (6-IV-1811).

Se había autorizado en las provincias la formación de juntas presididas por gobernadores. La derrota de Guaqui causó la caída de Saavedra —el héroe del 25 de mayo— y la disolución de la Junta, sustituida por un Triunvirato (23-IX-1811), con Feliciano Chiclana, Manuel de Sarratea y Paso, siendo uno de los secretarios Bernardino Rivadavia, verdadero jefe del nuevo Gobierno. Los diputados provinciales formaron una Junta de Observación, pero pronto fue disuelta.

Dio el Triunvirato medidas liberales, pero se desprestigió por su conducta y por haber querido evitar la batalla de Tucumán, y fue derribado por otro motín (8-X-1812), promovido por José de San Martín y Alvear, recién llegados de España para incorporarse a la revolución, por Bernardo Monteagudo y otros exaltados miembros de las sociedades secretas y patrióticas.

Se formó un segundo Triunvirato Paso, Nicolás Rodríguez Peña y Juan Álvarez Jonte), que convocó elecciones para una Asamblea Constituyente, reunida en 1813, que no llegó a promulgar una constitución, pero consolidó la independencia de hecho, sin declararla abiertamente; restringió la esclavitud y abolió la mita, las encomiendas y los títulos de nobleza, acentuando el republicanismo y la igualdad y la tendencia unitaria; pero rechazó a los diputados uruguayos enviados por Artigas, que exigía la plena independencia, la república y la confederación, dejando así casi independientes a las provincias; hecho que agudizó la separación entre Artigas y el gobierno de la Provincias Unidas, como se llamaba a la sazón el Estado argentino.

Se acordó sustituir el Triunvirato por una autoridad única, un Director Supremo, siendo el primero el mediocre Gervasio Antonio Posadas (31-I-1814), que proscribió a Artigas, favoreció a Alvear y envió a Belgrano y Rivadavia a Europa, donde ya estaba Sarratea, para conseguir el reconocimiento de la independencia y la implantación de una monarquía constitucional, pero fueron inútiles las gestiones con Fernando VII, recién vuelto a España, y con el destronado Carlos IV para coronar a su hijo Francisco; se trataba de evitar la disgregación y la anarquía y la hostilidad de la Santa Alianza y de España, ya terminada su guerra con Francia.

Alvear, después de la toma de Montevideo, se adueñó del cargo de Director, y por medio de Manuel José García solicitó el protectorado inglés, por los mismos motivos de la gestión de Posadas. Pero contra su ambición se pronunciaron los principales jefes militares y cayó (15-IV-1815), interrumpiéndose la continuidad gubernamental; se trataba de una reacción federalista. Se disolvió la Asamblea, y el Cabildo de Buenos Aires y una nueva Junta de observación convocaron un congreso nacional y se nombró entre tanto Director a Rondeau, e interinamente a Álvarez Thomas, pronto caído por otro pronunciamiento.

También se acordó dejar en libertad a las provincias para regirse y designar sus gobernadores, inaugurando un régimen federal y de caudillos. La situación era grave, pues coincidía con el desastre de Sipe.Sipe. El Congreso se abrió en Tucumán el 24-III-1816 y eligió Director a Juan Martín de Pueyrredón.

La Proclamación de Independencia

El 9-VII-1816 fue proclamada la independencia argentina, existente de hecho desde 1810, sobre cuya proclamación influyó mucho San Martín, apartado personalmente del Gobierno y consagrado desde su gobernación de Cuyo o Mendoza a preparar su expedición a Chile. Belgrano y muchos miembros eran favorables a la monarquía, pero no se tomó decisión alguna, aunque se teatralizaron nuevas gestiones para llevar un príncipe portugués o italiano; el Congreso se trasladó a Buenos Aires donde redactó (1819) una constitución republicana, pero unitaria, centralista y autoritaria, la cual provocó una violenta reacción federal, democrática, antimonárquica y caudillista, que dio al traste con el Congreso (1820).

En 1819 había dimitido Pueyrredón, sucediéndole Rondeau, quedando desorganizada la nación por entonces, sueltas las provincias, sin Gobierno supremo, triunfantes los caudillos y habituales ya las guerras civiles; por esta disolución habría de retrasarse muchos años la organización política definitiva y la solución del conflicto entre la capital y las provincias, con la implantación del régimen federal.

No obstante tal estado de cosas, la independencia estaba consolidada en 1820: San Martín había realizado su genial plan de atacar indirectamente el foco españolista del Perú. Se apartó intencionadamente de las luchas políticas, y desoyendo los llamamientos de socorro que algunos Gobiernos le dirigieron, con su ejército y algunos patriotas chilenos, como O´Higgins (la reconquista española de Chile en 1814 retrasó su plan) cruzó los Andes (1817) y Maipú (1818), que emanciparon a Chile.

En adelante, San Martín se convierte, como Bolívar, en un caudillo sudamericano y no solamente argentino. Con tropas argentinas y chilenas y una flota realizó la invasión del Perú, en 1820, una vez que el último peligro de invasión española que amagaba al Río de la Plata se disipó cuando la sublevación de Riego —el mismo año— anuló la partida de la expedición que con aquel destino estaba preparada, hecho al que contribuyeron intrigas y sobornos argentinos, pues se temía su llegada.

Aunque San Martín proclamó la independencia del Perú, del que fue nombrado Protector, no pudo acabar de vencer la resistencia española, allí más prolongada que en el resto del continente; después de la entrevista de Guayaquil con Bolívar renunció al mando y abandonó el Perú y su patria; Bolívar terminó la emancipación del Perú, y su general Sucre favoreció la independencia del Alto Perú con el nombre de Bolivia (1825), separada para siempre del resto del antiguo virreinato del Río de la Plata.

También se desmembró definitivamente la Banda Oriental o Uruguay, por la acción de Artigas —aunque siempre quiso actuar dentro de la Provincias Unidas, pero con arreglo a su extremo federalismo— y, sobre todo, por la intervención portuguesa, y luego la brasileña, continuadora de las antiguas pretensiones sobre el estuario del Plata. Los gobernantes de Buenos Aires, por aversión a Artigas, quien frente al Congreso de Tucumán convocó otro en Paisandú para las provincias fluviales, acabaron por permitir la ocupación portuguesa del Uruguay (1817), transformada en anexión en 1821, después de la derrota definitiva de Artigas.

De Portugal pasó a Brasil, emancipado a su vez, hasta la sublevación iniciada por los 33 Orientales (1825) y ayudad por la Argentina; el resultado final fue adverso a la unidad del palta, constituyéndose el Uruguay en república separada (1828).

TUDELA DE LA ORDEN, José, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs. 341-344.