América Central independiente

Período de la unión

Proclamada la independencia de la Capitanía General de Guatemala en 1821, no tardó en unirse a México (1822), pero se separó del Imperio mexicano a la caída de Iturbide, por medio del decreto del 1 de julio de 1823 promulgado por el Congreso reunido en Guatemala, presidido por el sacerdote salvadoreño José Matías Delgado, adoptando el nombre de Provincias Unidas del Centro de América, cuya independencia fue reconocida muy pronto por México, aunque quedando agregadas a este Chiapas y Soconusco.

El Congreso tomó el nombre de Asamblea Nacional Constituyente y se dispuso a elaborar una constitución: se nombró presidente al salvadoreño Manuel José de Arce, pero por estar ausente le sustituyó un ejecutivo colegiado de tres miembros. Existían dos partidos, los liberales, luego llamados fiebres o anarquistas, republicanos y exaltados, y los moderados, apodados serviles o aristócratas, conservadores, antiguos partidarios de España o de la unión al Imperio mexicano y en que entraban las clases más elevadas y las masas populares. Predominó en la Asamblea la tendencia más liberal, y así se dividió el gobierno de los tres poderes, se abolió la esclavitud, por iniciativa del sacerdote José Simeón Cañas, se acordó la libertad de imprenta y la abolición de todo tratamiento.

La constitución de 22 de noviembre de 1824 seguía casi servilmente la de los Estados Unidos, con influjos también de la de Cádiz. Establecía la República Federal de Centroamérica o Federación de Centroamérica, compuesta por los cinco Estados: Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Honduras y Costa Rica, libres e independientes en su gobierno y administración interior; el carácter era muy liberal proclamándose la soberanía popular, garantías y derechos personales, igualdad, libertad de palabra, pensamiento, imprenta, reunión v petición, derecho a la propiedad; elección indirecta, congreso renovable por mitad cada año y un senado de dos senadores por Estado, sin función legislativa propia, pero para sancionar las leyes del congreso; habría un presidente de escasas atribuciones, un vicepresidente, una Suprema Corte de Justicia y, en cada Estado, una Asamblea legislativa y un jefe para el poder ejecutivo. Quedaba cada Estado con una libertad casi total en el interior, pudiendo uno vivir en paz y ordenadamente, como Costa Rica, o caer en la anarquía, como, en general, los demás.

Reunida en 1825 la primera Asamblea Nacional Legislativa, eligió presidente de la Federación a Manuel José de Arce, y cada Estado eligió a su primer jefe (Juan Barrundia, en Guatemala; Juan Vicente Villacorta, en El Salvador; Dionisio Herrera, en Honduras; Juan Mora, en Costa Rica, y Manuel Antonio de la Cerda, en Nicaragua). En la capital residían el presidente federal y el del Estado y las dos asambleas, nacional y local, lo que produciría choques.

En efecto, la época de la unión fue una serie ininterrumpida de desorden, de revoluciones internas, de intervenciones y aun de guerras entre unos y otros Estados y de enconadas luchas entre liberales y conservadores federales y anticlericales los primeros y partidarios los segundos de la independencia de cada Estado. Arce, aunque liberal, se inclinó a los conservadores y depuso a Barrundia; para reponerlo, El Salvador invadió Guatemala, sin éxito. En 1828 Francisco Morazán se hizo dueño del gobierno de Honduras, se apoderó de Guatemala (1829) e implantó una dictadura liberal, desterrando a Arce —a quien había sucedido Mariano Beltranena—, al arzobispo fray Ramón Casaus, a las órdenes religiosas y al jefe Mariano Aycinena.

Ante la anarquía y la guerra civil se separó Costa Rica de 1829 a 1831, pero reingresó en la Federación. Elegido presidente interino de esta José Francisco Barrundia, lo fue definitivamente Morazán (1830), inaugurando una época llamada de la restauración, de gobierno liberal y más tranquilidad que en los años anteriores; una nueva constitución estableció la tolerancia de cultos y el sistema bicameral, con Cámara de representantes y Senado, con iguales atribuciones este que aquella, y el derecho de insurrección, pero de toda la nación, negándose validez a los cambios violentos dentro de cada Estado; mas esta constitución no llegó a aprobarse por todos.

Se concitó Morazán la antipatía de los elementos religiosos, gozando de apoyo principalmente en El Salvador; aquellos hallaron un caudillo en el indio Rafael Carrera, campesino inculto que alzó las masas y entró en Guatemala, pero aún continuó el gobierno. En 1838 la región de Quezaltenango (Guatemala) se constituyó en el Estado de Los Altos, pero se suprimió dos años después. En 1839 de nuevo se sublevó Carrera y tomó Guatemala, derrotando a Morazán. Ya estaba disolviéndose la Federación, pues Nicaragua rompió el pacto federal el 30 de abril de 1838; lo mismo hizo Honduras el 18 de octubre, aprovechando que el Congreso en mayo había autorizado a los Estados para organizarse como tuvieran por conveniente; lo mismo hizo Costa Rica (14 de noviembre); carente la Federación así de autoridades, se separó Guatemala a su vez, dirigida por Carrera (17 de abril de 1839). Solo quería mantener la unión El Salvador, pero, como ya no existía, hubo de declararse autónoma el 18 de febrero de 1841, aunque solo en 1859 se definió claramente como república totalmente independiente.

La ruptura de la Federación se debía a la escasa consistencia del Estado, que a pesar de su relativa pequeñez se componía de regiones mal soldadas y que durante la época colonial habían vivido en bastante aislamiento entre sí, no obstante pertenecer también a la jurisdicción de Guatemala; a las ambiciones locales, a las rivalidades políticas y a la inadecuación de una constitución casi calcada en la norteamericana, pero poco apta para países tan diferentes. Sin preparación anterior se había enfrentado el centroamericano con la independencia y con un régimen e ideologías totalmente nuevos, tomando entonces por primera vez conciencia de ser tal R. Barón Castro, El centroamericano como sujeto histórico, Revista de Indias, número 75, 1959. Puede considerarse liquidación del período federal el fusilamiento de Morazán en San José (15-IX-1842), que había regresado del destierro, derribó al presidente de Costa Rica y quería establecer la federación.

En adelante, aunque cada país fuera independiente ejercería fuerte influjo Carrera hasta su muerte en 1865, representante del elemento conservador más extremado, fervoroso partidario de la Iglesia y que gobernaría dictatorialmente, aunque dando a Guatemala una etapa prolongada de paz; oficialmente ejerció la presidencia desde 1851.

Intentos de federación

La ruptura de la unidad no significó la extinción del deseo de reconstruirla y en adelante serían constantes los intentos de llegar otra vez a unir los pequeños Estados separados, sin que ninguna tentativa obtuviera éxito, arraigando cada vez más por un lado la conciencia de formar en realidad una sola nación, pero consolidándose por otra parte la existencia como entidad nacional de cada una de las repúblicas, afirmando su personalidad y haciendo imposible, hasta ahora, la constitución de un Estado unido, aunque fuera en forma federal, como existió en los primeros años de la independencia.

Ya en 1842, al mismo tiempo que fracasaba Morazán, la Convención de Chinandega organizó las bases para la unión de El Salvador, Honduras y Nicaragua y la Junta de San Vicente elaboró la constitución de la Confederación Centroamericana; a pesar de esto y de la formación de una alianza llamada Pacto de Unión de dichos tres países con Guatemala el mismo año, fracasó este intento. Hubo nuevos proyectos en 1847, 1849, 1850, iniciado este por el presidente de El Salvador Doroteo Vasconcelos y hecho fracasado por Carrera, lo mismo que el Estatuto de Unión promulgado en 1852 por la Asamblea Nacional Constituyente de Centroamérica por iniciativa del presidente hondureño José Trinidad Cabañas.

De 1860 a 1870 se disputan la hegemonía Carrera, representante de la tendencia conservadora y antifederal, y Gerardo Barrios, presidente de El Salvador, de la liberal, anticlerical y unificadora, en la línea de Morazán; vencedor Carrera en una guerra, extendió su influjo a El Salvador, Honduras y Nicaragua, y Barrios fue fusilado por el Gobierno de su país en 1865. A la muerte de Carrera hubo una reacción liberal en los países que gobernó o sobre que influyó. El presidente de Guatemala, Justo Rufino Barrios, reanudó los proyectos unionistas en 1876, sin más éxito, y de nuevo en 1885, con El Salvador y Honduras, pero decretó por sí la unión de toda la América Central, oponiéndose El Salvador a tal procedimiento; invadió Barrios este país, pero perecía en el combate de Chalchuapa (1885). Por iniciativa del presidente guatemalteco Manuel Lisandro Barillas se acordó en Tegucigalpa, en 1889, un Pacto de Unión Provisional de las cinco repúblicas, sin más resultado que una breve guerra entre Guatemala y Honduras con El Salvador.

Ante una presión inglesa sobre Nicaragua, se celebró el Pacto de Amapala (1895), que creó la llamada República Mayor de Centroamérica, con Honduras, Nicaragua y El Salvador, por iniciativa de Policarpo Bonilla, presidente hondureño, elaborándose las bases federales y entrando en funcionamiento. En 1897 se adhirieron Guatemala y Costa Rica y en 1898 la Asamblea Constituyente, reunida en Managua, promulgó la constitución de los Estados Unidos de Centroamérica, pero formados solo por los tres de la República Mayor y antes de entrar en pleno vigor ya se disolvió la unión.

Las tendencias unionistas se manifestaron en las asociaciones de estudiantes; un paso más fue la creación del Tribunal de Arbitraje, resultado de la Convención de Corinto (1902), al que faltó la adhesión de Guatemala. No sirvió de mucho, pues siguió un período de inestabilidad y de tensión a que puso fin un tratado de paz (1903) entre Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua, completado por la Conferencia de Corinto (1904), para evitar la intervención mutua y conservar sus buenas relaciones; lo que no impidió otra guerra entre Guatemala, gobernada por el dictador Estrada Cabrera, y El Salvador, concluida por la mediación del presidente mexicano, Porfirio Díaz, y del de los Estados Unidos, T. Roosevelt, por el convenio del Marblehead, buque yanki en que se firmó (1906); esto pareció una injerencia norteamericana; convenio seguido por un tratado general del mismo año, que intentó establecer directrices de tipo unionista y el arbitraje, pero que no impidió otra guerra entre Honduras, Nicaragua y El Salvador.

Díaz y Roosevelt lograron organizar la Conferencia de Washington (1907), que dio normas de convivencia, pero no de federación, con el Tratado General de Paz y Amistad, e instituyó la Corte de Justicia Centroamericana. Pero la intervención de Díaz y los Estados Unidos fue vista con recelo. Sin embargo, comenzaron a funcionar la Corte, la Oficina Internacional Centroamericana, otros organismos y, de acuerdo con una de las convenciones, una serie de conferencias centroamericanas desde 1909, sobre asuntos de interés común, hasta 1914, pero su fruto se perdió por la indiferencia de varios gobiernos; la Corte cesó a los diez años (1918), sin conseguirse su prolongación.

Como se ve, desde comienzos de este siglo ya no se habían efectuado intentos de unión política, que revivieron a raíz del centenario de la independencia; por iniciativa de El Salvador se reunió la Conferencia de San José (1920), que llegó a la firma de un nuevo Pacto de Unión (1921), al que no se adhirieron Nicaragua ni Costa Rica, para establecer una federación; incluso se constituyó un Consejo Federal y se reunió una Asamblea Constituyente en Tegucigalpa que dio una constitución para la República de Centroamérica, que al ir a entrar en vigor sus instituciones a comienzos de 1922 quedó ya disuelta. Otra Conferencia se reunió en Washington en 1923, que formuló una serie de pactos sobre intereses comunes, paz y amistad y un nuevo Tribunal Centroamericano. Con motivo del reconocimiento del presidente Hernández Martínez de El Salvador (1931), que negaron los Estados Unidos, Costa Rica alegó la doctrina Estrada sobre reconocimiento de los gobiernos de hecho y denunció los pactos de 1923 y el Tribunal, que desaparecieron.

Coincidiendo con la nueva política norteamericana de Buena Vecindad, se reunió, en 1934, una conferencia en Guatemala, en que por primera vez desde treinta años antes se prescindió de los Estados Unidos; se acordó un tratado de fraternidad centroamericana y de arreglo pacífico de cuestiones y de no intervención. El partido de Unión Centroamericana, dirigido por Salvador Mendieta, que ya había derribado a Estrada Cabrera en Guatemala, reunió la convención de San José (1942) y abogó por la unión y los derechos democráticos.

Otro intento se efectuó por los presidentes de Guatemala y El Salvador (1945) en Santa Ana, pero no se adhirieron los demás Estados. En 1951 la asamblea de ministros de Asuntos Exteriores en San Salvador dio la Carta de este nombre, de la que surgió la ODECA (Organización de Estados Centroamericanos), dentro de los principios de la ONU y de la OEA (Organización de los Estados Americanos), con las mismas normas de solución pacífica de conflictos y de los problemas comunes y promoción del desarrollo económico, social y cultural, con reuniones periódicas de ministros y eventual de presidentes, una Oficina Centroamericana y un Consejo económico; organismo aún vigente y que, pese a fracasos, ha creado un clima de cooperación económica.

De las relaciones entre los países centroamericanos a lo largo de siglo y medio se desprende el deseo de unión política, pero también las grandes dificultades que ha habido para hacerla efectiva y que no parecen superables por ahora, aunque la idea constituye una aspiración sentida por los mejores elementos. Aparte queda Panamá, cuya vida colonial e independiente ha discurrido por rutas distintas de la América Central, a la que pertenece geográficamente, pero no histórica ni políticamente. Costa Rica, de superior desarrollo en general, cultural y democrático, y con otra estructura étnica y social no ha participado tanto en los intentos de unión, manteniendo una especie de aislamiento, aunque no ha dejado de tomar parte en los diversos esfuerzos referidos. Pero su situación geográfica le permite vivir algo al margen del resto, así como sus intereses económicos la han relacionado más con Estados Unidos e Inglaterra.

Como señala Th. L. Karnes, The failure of Union. Central America, 1824-1960, Chapel Hill, 1961, han contribuido a evitar la unión la falta de educación política, el fracaso del gobierno representativo con dictaduras de baja categoría y desorden, bajo la apariencia de la democracia y de una inhábil imitación de los Estados Unidos; diferencias de régimen —dictatorial o democrático— simultáneamente; el agudo nacionalismo de cada país, temor al predominio de Guatemala antes o a las presiones de unos sobre otros, enemistad personal de los presidentes e intrigas en unas repúblicas contra otras, favoreciendo a sus emigrados y conspiradores, además de cuestiones de límites sin plena resolución.

Las relaciones con los Estados Unidos

Desde mucho antes de la independencia tenía Inglaterra puestos sus ojos en la América Central y se esforzó por fundar allí colonias, con el pretexto de la corta de maderas finas y del palo de campeche. Desde el siglo XVIII se había consolidado la colonia de Belice u Honduras británica, a pesar de los repetidos intentos españoles por evitarlo; posesión asegurada por los tratados de Inglaterra con México de 1826 y 1893 y el de límites de aquella con Guatemala de 1859, que, sin embargo, ha considerado una usurpación la ocupación inglesa, y sobre todo en los últimos años ha mantenido constantemente su reivindicación sobre ese territorio.

También desde la época española pretendía Inglaterra la soberanía sobre la costa de los indios mosquitos en Nicaragua, con cuyos caciques celebró tratados que los colocaban bajo su protectorado (1840); ocupación de Greytown (San Juan del Norte en 1848 y de las hondureñas islas de la Bahía en 1830) y estableció un reino de Mosquitia; hubo de reconocer tal situación Nicaragua en 1848, pero abandonó Inglaterra su dominio en 1860, aunque no pudo aquella entrar en definitiva posesión de la Mosquitia hasta 1894 en tiempo de Zelaya.

Interesó pronto América Central a los Estados Unidos, con motivo de la anexión del oeste norteamericano en 1848 y la consiguiente emigración allí, en especial tras el hallazgo del oro; se construyó un ferrocarril en el istmo de Panamá y otros emigrantes utilizaban el camino del río San Juan y los lagos de Nicaragua. La rivalidad por la hegemonía en esa zona se concluyó por el tratado Clayton-Bulwer (1850) entre Estados Unidos e Inglaterra, comprometiéndose ambas a no dominar en exclusiva cada una el canal ya proyectado ni a realizar anexiones en América Central. En 1859 y 1861 Inglaterra devolvió a Honduras parte de la Mosquitia y de las islas de la Bahía, que había ocupado años atrás.

Pero tentó la colonización de aquellas tierras a emigrantes sudistas de los Estados Unidos y quiso efectuarla, junto con una ampliación de los Estados esclavistas, el aventurero William Walker, que llevó a Nicaragua una tropa mercenaria (1855) en ayuda de Máximo Jerez y el partido liberal; fue nombrado comandante del ejército y audazmente se hizo elegir presidente (1856), lo que alarmó a las otras repúblicas amenazadas en su independencia y que le hicieron dejar el país al año siguiente, por obra principalmente del presidente de Costa Rica, Juan Rafael Mora; habiendo vuelto en 1860, fue fusilado por los hondureños.

Más tarde se planteó el problema del canal de Panamá: ya en 1849 se realizó un contrato entre Nicaragua y Estados Unidos para la construcción de un canal en su territorio. Al fin comenzó las obras Lesseps en 1883, pero la quiebra de la compañía y la interrupción de las obras dejaron el campo libre a los Estados Unidos; el tratado Hay-Pauncefote (1901) anuló el de Clayton-Bulwer, atribuyendo el canal exclusivamente a los Estados Unidos y, de hecho, la garantía de la independencia y neutralidad de América Central que establecía el segundo. Fue seguido por el tratado Hay-Herrán con Colombia, soberana del istmo (1903), pero rechazado por esta, los Estados Unidos fomentaron el separatismo panameño y surgió, con su ayuda, la nueva República de Panamá (3 de noviembre de 1903), reconocida inmediatamente por aquellos, que recibieron el derecho de construir el canal y la soberanía sobre él y una faja de terreno adyacente.

Pero además siguió el proyecto del canal de Nicaragua, y este país se vio sometido a una mediatización norteamericana que alarmó al resto y acabó por repercutir en los otros países centroamericanos. El presidente de Nicaragua Zelaya fue derribado en 1909 por influjo de los Estados Unidos, a los que se había opuesto, y en 1914 se firmó el tratado Chamorro-Bryan, muy ventajoso para los Estados Unidos, a los que reconocía el derecho de construir en Nicaragua el canal cuando les conviniera, y les cedía dos islas en el mar Caribe y una base en la bahía de Fonseca en el Pacífico; causó este tratado una gran agitación en las otras repúblicas, pues además de amenazar su independencia, sus cláusulas afectaban directamente a algunas. Demandado ante la Corte de Justicia, citada por esos países, dio esta un fallo desfavorable por violar los derechos de otras repúblicas y el mencionado tratado de Washington de 1907, pero la sentencia careció de efectividad.

Se acentuó la intervención norteamericana en Nicaragua por medio de empréstitos y de la presencia de fuerzas armadas para sostener presidentes bienquistos de los Es tados Unidos, las cuales permanecieron en el país de 1912 a 1925 y de nuevo de 1926 a 1933, con la oposición de César Augusto Sandino, que mantuvo una lucha de guerrillas durante mucho tiempo. La política de buena vecindad, y luego la doctrina de no intervención, disminuyeron la presión norteamericana y la penetración visible. Pero ha quedado la económica, una de cuyas mayores manifestaciones ha sido la fundación de la United Fruit Company, en 1899, que domina amplias regiones del litoral del Caribe, especialmente en Honduras, Costa Rica y Panamá, dueña de ferrocarriles, líneas de navegación del tráfico y que ha influido en la política interna para conseguir gobiernos favorables y conductas provechosas para sus intereses, financiando revoluciones cuando ha sido conveniente: Estado sin Estado; recientemente ha cedido terrenos, habiéndose desvalorizado muchos por plagas, en especial en Nicaragua.

La vida histórica.

No ha sido muy pacífica ni dichosa la existencia nacional de Centroamérica. Con la excepción de Costa Rica, en que ha habido un desarrollo más regular y ordenado y ha conseguido notables progresos en el régimen democrático y en la cultura, han sido constantes en las demás repúblicas las guerras civiles, las luchas de unas con las otras, las mutuas intervenciones o el apoyo a los enemigos de los gobiernos ajenos, los golpes de Estado calificados de revoluciones, la anarquía, la inestabilidad política y las dictaduras, muy prolongadas algunas —como las de Carrera, Barrios, Estrada Cabrera y Ubico, en Guatemala; Zelaya y Somoza, en Nicaragua; Hernández, en El Salvador; Carías, en Honduras— ; hubo dictadores de gran dureza o ignorancia, exceso de presidentes (cerca de setenta en El Salvador).

La lucha política versó en gran parte sobre el terreno religioso, pues el anticlericalismo comenzó a manifestarse desde 1824 con Dionisio Herrera en Honduras y Juan Mora en Costa Rica, y después Morazán en la Federación, con lujo de medidas persecutorias de la Iglesia; la reacción de Carrera y su influjo en el resto promovieron el período de los Treinta Años, de predominio conservador; a su muerte se dio otra etapa anticlerical con García Granados y J. R. Barrios en Guatemala y, más tarde, Zelaya en Nicaragua.

Para el historiador hondureño Rafael Heliodoro Valle hubo escasez de material humano en las clases dirigentes de probidad, capacidad y responsabilidad, indolencia e inepcia en las masas; analfabetismo —hoy los índices son muy elevados, y superiores al 50 por 100 (menos en Costa Rica, en que baja a un 20 por 100)—. Hay bajo nivel económico, riqueza mediatizada por el extranjero, poca densidad de población, excepto en El Salvador —más de 100 por km2— y no han faltado calamidades naturales. Las comunicaciones no están muy desarrolladas, aunque ahora son mejores y su escasez ha contribuido al aislamiento y a la separación. Predomina la población india en Guatemala (más de la mitad); la mestiza, en El Salvador, Honduras y Nicaragua, con más o menos cantidad de indios y cierto número de negros; y, por excepción, hay una mayoría de criollos o blancos en Costa Rica.

La época independiente ofreció la fundación de universidades en los países que no la tenían, la difusión de la enseñanza primaria y la aparición de la imprenta y del periódico fuera de Guatemala, único país que dispuso de ambos en la época española. La gran figura cultural centroamericana ha sido Rubén Darío; cabría citar también al educador y escritor padre José Trinidad Reyes (de Honduras); al gobernante José Cecilio del Valle; al político Antonio José de Irisarri, de accidentada vida y actuante en muchos países; el literato Enrique Gómez Carrillo (ambos guatemaltecos); el político y jurista Marco Aurelio Soto (en Honduras); el poeta José de Batres y Montúfar (de Guatemala) y algunos estimables historiadores.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 246-250.