América Central

Época Precolombina

Carece de unidad etnográfica, pero existe un estrecho parentesco entre las culturas centroamericanas, debido a una tradición común muy antigua y a las diversas oleadas de pueblos que por allí pasaron. América Central era el camino que seguían los pueblos que poblaron Sudamérica en el paleolítico y fue la zona de enlace entre Mesoamérica y el área Andina. De todos los pueblos centroamericanos, los que alcanzaron mayor nivel cultural y esplendor fueron los mayas, cuyas tribus ocuparon, además del Yucatán, Guatemala y Honduras Británica.

Dentro de esta gran familia maya se distinguieron los quichés y los cakchiqueles. Procedentes de la familia nahua, los pipiles ocuparon Guatemala y El Salvador. Los nicaraos, emigrantes de Tula o Tollan hacia 1168, se habían instalado en el gran lago que lleva su nombre: Nicaragua, y al conocer la caída de los aztecas se establecieron en la laguna de Chiriquí, en la costa atlántica del norte de Panamá. En esta misma costa de Nicaragua y Honduras se encontraban los misquitos o mosquitos, quienes en sus expediciones llegaron hasta Panamá. Las tribus propiamente ístmicas (Costa Rica y Panamá) pertenecen a la familia chibcha, que desde el sur de Honduras se extiende por Colombia y Ecuador. Los cunas, que residían en la costa e islas situadas al oeste del canal de Panamá, son aún hoy depositarios de una sugestiva cultura.

Los descubrimientos arqueológicos de toda la región centroamericana señalan asimismo la doble influencia de los pueblos nahua y maya en el Norte y chibcha en el Sur: en Honduras abundan las vasijas de mármol con una decoración de tipo maya, en Panamá existe la metalurgia del oro. Se han encontrado restos de calzadas y caminos indígenas en piedra, algunos de siete metros de anchura; arquitectura de montículos, quizá para sustentación de templos o para habitación o enterramiento; estelas, hachas de piedra pulimentada y, sobre todo, una excelente cerámica policromada.

LÓPEZ, Amelia, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. A-E, pág. 240.

Descubrimiento y Conquista

El primer viaje español conocido a las costas de América Central es el de Rodrigo de Bastidas, que en 1501, después de recorrer el litoral de la actual Colombia llegó al istmo de Panamá y descubrió el Darién, llegando a los puertos de Retrete y Nombre de Dios. En dirección opuesta llegó Colón, en su cuarto viaje, a la isla de Guanaja, en la costa de Honduras, el 30 de julio de 1502 y recorrió el litoral de las actuales Repúblicas de Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá hasta Retrete, en la costa ya vista por Bastidas, desde donde retrocedió e intentó fundar una colonia en el río de Belén, en la comarca de Veragua (enero de 1503), que fracasó por la oposición de los indígenas.

Años después acordó Fernando el Católico dar la gobernación de Nueva Andalucía a Hojeda y la del Darién a Diego de Nicuesa (1508), separadas por el golfo de Urabá. Ese año Pinzón y Solís, en un viaje poco conocido, recorrieron la costa de Honduras y el Yucatán. Fundó Hojeda un fuerte y villa en ese golfo (1510), y habiéndose ausentado propuso luego Balboa trasladarlo a la otra orilla del mismo, aunque estaba en jurisdicción de Nicuesa, fundándose Santa María del Darién (1510); al mismo tiempo Nicuesa fundaba Nombre de Dios, que hubo de evacuar por las muchas calamidades sobrevenidas. Balboa le desposeyó del mando y le expulsó, quedándose con la jefatura del Darién.

Convertida Santa María en foco de expediciones por aquellas zonas, la más célebre y trascendente fue la que condujo al descubrimiento del océano Pacífico, atravesando Balboa el istmo de Panamá (1513). Las noticias de la riqueza aurífera de Castilla del Oro motivaron la gran expedición enviada por Fernando el Católico al mando de Pedrarias Dávila, con numerosos colonos para poblar aquella tierra, provistos de muchos privilegios y con meditadas instrucciones y se creó un obispado en el Darién, otorgado a fray Juan de Quevedo. Llegó la expedición en 1514 y Pedrarias se dedicó a perseguir a Balboa, hasta acabar con su vida cuando se disponía a explorar el mar del Sur (1519). Pedrarias deshizo la obra de atracción de Balboa con los indios y envió una serie de expediciones de tipo depredatorio y devastador.

En 1516 Hernán Ponce y Bartolomé Hurtado, capitanes de la hueste de Gaspar Espinosa, llegaron a Nicoya (Costa Rica), adonde volvió Espinosa en 1519-20 por mar acompañado de Pizarro por tierra, desembarcando en Burica, cuyo cacique ofreció fuerte resistencia durante nueve años. Pedrarias había trasladado la capital de Santa María a la nueva ciudad de Panamá (1519), con visión del porvenir y que se convirtió en foco de importantes descubrimientos.

En 1522 envió a Gil González Dávila, que se le había asociado, con el piloto Andrés Niño; este costeó hasta el golfo de Nicoya, y Dávila desembarcó en Chiriquí, y desde allí, a través de Costa Rica, llegó al golfo de Nicoya, donde fue bien recibido por el cacique; supo de la existencia de unos grandes lagos y llegó al país de Nicaragua, por el nombre del cacique que recibió a Dávila, y descubrió los dos lagos de Managua y Nicaragua. Pidió el gobierno del país descubierto y para evitar a Pedrarias desembarcó en Honduras, llegando a Olancho en busca de oro (1524); pero Pedrarias, que ambicionaba Nicaragua, envió a Francisco Hernández de Córdoba.

En Honduras coincidieron tres conquistadores: Córdoba, Dávila y Cristóbal de Olid, capitán de Cortés y enviado por este desde México para someter aquel país, quien fundó Triunfo de la Cruz —de efímera vida—, y se alzó contra su superior; derrotó y capturó a Dávila y a Francisco de las Casas, enviado por Cortés para someterlo, pero sus dos prisioneros le derribaron y ajusticiaron en Naco (1524). Cortés emprendió, para someter a Olid, su terrible expedición a Las Hibueras (Honduras), llena de penalidades a través de selvas impenetrables; cuando llegó a Honduras ya estaba todo acabado y fundó Natividad (Puerto de Caballos, hoy Puerto Cortés, 1525); Casas había fundado Trujillo (1525).

Dávila había sido enviado preso a México por Casas, y así Pedrarias pudo recoger la gobernación de Nicaragua, donde Córdoba había fundado las ciudades de León y Granada (1524), siendo luego degollado por orden de Pedrarias; este se trasladó a su nue va gobernación (1527), donde murió en 1531; había fundado Villahermosa, en la zona de minas de Segovia, en Nicaragua, pronto despoblada, donde murió Grijalva (1527), luchando con los indios. Sucedió a Pedrarias en el gobierno su yerno Rodrigo de Contreras, en cuyo tiempo Diego Machuca y Alonso Calero recorrieron el río de San Juan o Desaguadero hasta el Atlántico (1539) y se fundó Nueva Segovia. Hernán Sánchez de Badajoz había conquistado la región de Talamanca, pero se la quitó Contreras, que la colonizó. En Honduras, después de Cortés se sucedieron varios gobernadores, y uno de ellos, Andrés de Cereceda, abandonó Trujillo y fundó Buena Esperanza, en el valle de Naco (hacia 1533 o 1534), abandonada a poco.

Respondía el afán por la exploración y fundación de ciudades en A. Central al deseo de hallar un paso entre ambos océanos, que aún se creía posible en la década de 1520-30, y luego por las minas de oro, especialmente las de la región de Nueva Segovia (Nicaragua). No hallado el paso marítimo, atrajo la zona central por la necesidad de un camino entre la costa del Pacífico y la del Atlántico. Otro foco de penetración en América Central radicó en México; conquistado por Cortés, envió este a Pedro de Alvarado a la conquista de Guatemala y a Olid a la de Honduras, como queda dicho.

Alvarado partió en 1523, venciendo a los quichés en una dura campaña con muchas destrucciones (1524), con ayuda de los cakchiqueles; luego derrotó a los tzutuhiles, tomando su capital, Atitlán, y a los pipiles, en el actual Salvador, y se apoderó de Cuscatlán. En 1524 fundó la ciudad de Guatemala en el país cakchiquel y quedó como gobernador independiente de Cortés, lo que le confirmó Carlos V; en 1525 se fundó en el país pipil San Salvador, restablecida en 1528 por su primo Diego de Alvarado.

Cuando regresó Alvarado en 1530 a Guatemala, puso los ojos en Honduras, por tener un puerto en el mar Caribe, país concedido a Francisco de Montejo en 1535, y lo obtuvo (1536); allí fundó, en 1536, la villa de San Pedro de Puerto de Caballos (trasladada luego por Montejo a la actual San Pedro Sula) y su hermano Gonzalo fundó Gracias a Dios (1536); poco antes su capitán Cristóbal de la Cueva había fundado Choluteca (1535). Acudió Montejo, que realizó una segunda fundación de Gracias a Dios en 1537, y su capitán Alonso de Cáceres fundó Comayagua —que recibió el nombre de Valladolid— (1537), en lucha con el cacique Lempira, considerado hoy como héroe nacional de Honduras.

La definitiva fundación de Gracias a Dios la efectuó Juan Montejo, hermano de Francisco (1539), y no Juan de Chaves, como ha demostrado Mgr. Lunardi. Regresó Alvarado por segunda vez de España y apoyado por el primer obispo —no oficial— de Honduras, Cristóbal de Pedraza, obligó a Montejo a firmar un convenio por el cual Alvarado recibía Honduras a cambio de Chiapas (1539).

Muerto Alvarado, volvió Montejo a Honduras y se hizo cargo del gobierno (1543), pero ya se había fundado la Audiencia de los Confines (1542), que se instaló en Gracias a Dios (1544), lugar de Comayagua, donde estaba señalado, y privó del gobierno a Montejo, que, sin embargo, conservó el mando; pero, tras varias residencias, acabó por perder sus encomiendas y el gobierno, El primer presidente fue Alonso de Maldonado, yerno de Montejo. La Audiencia fue trasladada a Guatemala en 1549, confirmándose por Real Cédula de 1550.

La jurisdicción de la Audiencia se extendía a toda la América Central, incluso Veragua, Darién, Yucatán, Soconusco, Chiapas y Tabasco. Trasladada a Panamá años adelante (1563), por muy poco tiempo se instaló definitivamente de nuevo en Guatemala en 1570. En 1539 se fundó otra Audiencia en Panamá, dada su importancia en el tráfico de Indias, llamada también de Tierra Firme, y que comprendió luego solo Veragua y Darién, o sea el istmo y la actual República de Panamá, con un territorio muy pequeño, comparado con el de las demás Audiencias; agregada a la de los Confines al crearse esta, se restableció en 1563 y persistió al ordenarse la separación de ambas en 1567. A la muerte de Alvarado y de su viuda se apoderó Maldonado del gobierno de Guatemala y tuvo conflictos con el padre Bartolomé de las Casas.

En 1530 había ido a Guatemala Francisco Marroquín, como cura y vicario, que en 1533 fue designado primer obispo de Guatemala; llamó a Las Casas, que emprendió inmediatamente una campaña contra los encomenderos (1536) y al año siguiente consiguió organizar una demostración práctica de los procedimientos pacíficos de apostolado en la región de Tezulutlán, llamada después Verapaz (en Guatemala), considerando a los indios como vasallos del rey, sujetos a tributo a él y libres de la encomienda, empresa que obtuvo gran éxito.

Volvió Las Casas de un viaje a España en 1545, ya consagrado obispo de Chiapas, y en Granada se reunió con los obispos de Honduras y Nicaragua y presentaron memoriales a la Audiencia contra los abusos de los encomenderos y el mal trato a los indios, pidiendo la ejecución de las Leyes Nuevas de 1542, lo que ocasionó irritación de los colonos y agravios e insultos contra Las Casas; logró este que se nombrara presidente de la Audiencia a Alonso López de Cerrato, partidario suyo (1548), quien procuró congregar a los indios en pueblos, dejándoles su propio gobierno.

En cambio había quedado sin someter Costa Rica, aunque ya en 1524 Hernández de Córdoba había fundado una efímera Bruselas, cerca de Puntarenas; tampoco tuvo éxito Hernán Sánchez de Badajoz, conquistador bondadoso con los indios y que fundó Badajoz y Puerto de San Marcos (1540). La verdadera conquista no se efectuó hasta que la dispuso la Audiencia de Guatemala en 1560 encomendándola a Juan de Cavallón, alcalde mayor de Nicaragua, que fundó Garci-Muñoz y otros pueblos; concluyó la conquista Juan Vázquez Coronado, hermano del primer conquistador de Nuevo México (1562), quien realizó la ocupación sistemáticamente, con la persuasión y medios humanos, y fundó Cartago (1563); realizó una segunda expedición en 1563 y fue nombrado después adelantado de Costa Rica, pereciendo en el mar al regresar de España. Salvo este país, con la fundación de las Audiencias puede juzgarse terminado este primer período de conquista. Episodio de cierto relieve al concluir este período es el de la sublevación de los Contreras.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. A-E, págs. 1240-242.

Época Colonial

El 25 de julio de 1524 fundaba Pedro de Alvarado la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala, que subsistió sin verdadera organización política hasta que el 20 de noviembre de 1542, por las Ordenanzas de Barcelona, se creaba la Audiencia de los Confines, así llamada porque debía residir en un punto fronterizo entre Guatemala, Honduras y Nicaragua (El Salvador pertenecía a Guatemala y Costa Rica a Nicaragua). Se instaló primeramente en la Concepción de Comayagua, para trasladarse, en 1544, a la ciudad de Gracias a Dios. El cargo de presidente de la Audiencia era desempeñado por el capitán general del territorio, siendo el primero don Alonso de Maldonado.

El gobierno de la Audiencia se ejercía sobre las provincias de Guatemala, Chiapas, Tabasco, Yucatán, San Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Veragua y Panamá, provincias que al final del siglo XVIII se convertirían en Intendencias. La última colonizada fue Costa Rica, cuya actual capital, San José, no fue fundada hasta 1737. En 1549 fray Bartolomé de las Casas, obispo de Chiapas, consiguió que Maldonado fuese sustituido por Alonso López de Cerrato, quien, con la ayuda del obispo Marroquín, trasladó la Audiencia a Guatemala.

La influencia de fray Bartolomé de las Casas se tradujo en un alivio de la situación de los indios, proclamándose la libertad de los indígenas de Chiapas. Se hizo igualmente una nueva tasación de tributos, eximiéndose del pago de los mismos en los años de mala cosecha. Debido a ciertos abusos cometidos, una Real Cédula de 1563 ordenó el traslado de la sede de la Audiencia a Panamá, reduciéndose su jurisdicción a éste, Nicaragua y Honduras; pero Las Casas y el cabildo de Guatemala consiguieron que se estableciera de nuevo la Audiencia en Guatemala en 1570, continuando la de Panamá, con un territorio más pequeño.

La ciudad de Guatemala sufrió, el 10 de noviembre de 1541, un violento terremoto que la destruyó totalmente. Este terrible hecho fue considerado como un castigo del cielo por las blasfemias y rebeldías de doña Beatriz de la Cueva, viuda de Pedro de Alvarado, que a raíz, de su desgracia quiso hacerse cargo del gobierno dejado por su esposo, llamándose a sí misma La Sin Ventura . La ciudad vieja fue abandonada y se trasladó la capital al cercano valle de Panchoy, donde se levantó una hermosa ciudad que un nuevo terremoto destruiría igualmente en 1773. Dos años después se iniciaron los trabajos para erigir una nueva capital, a la que se llamó Nueva Guatemala o Guatemala de la Asunción.

La evangelización y conquista espiritual de A. Central fue realizada por dominicos, mercedarios, recoletos, franciscanos, jesuitas, etcétera. El primer convento establecido en Guatemala fue el de Santo Domingo, empezado a edificar en 1529 por fray Domingo de Betanzos. En 1653 fray Pedro de San José de Betancourt, fundador de la Orden Betlemita, única de origen americano, estableció el convento de Nuestra Señora de Betlem. Los jesuitas tuvieron que abandonar sus misiones en 1767, con motivo de la expulsión.

Se fundaron colegios en Guatemala, Comayagua y León, y en el siglo XVI se creó el colegio de Santo Tomás de Aquino en Guatemala la Antigua por el obispo Francisco Marroquín. La Universidad de San Carlos Borromeo se inauguró en Guatemala en 1681. Los dominicos y los jesuitas —estos desde 1621— tenían colegios que daban grados. En 1812 se fundó la Universidad de León en Nicaragua. La imprenta se introdujo en Guatemala en 1660.

La avidez de los conquistadores por el oro y las perlas les hizo despreciar las otras fuentes de riqueza, lo que retrasó el desarrollo de la economía, a pesar de los recursos naturales de la región. Aunque la agricultura no interesó fundamentalmente, se introdujeron instrumentos de cultivo y animales para la labranza. Se desarrolló la ganadería y Honduras fue una de las más ricas regiones en ganado mayor. Naturalmente, también se explotaron las minas de plata y plomo y el oro de los ríos. La industria, sin embargo, se limitó a los productos para el consumo local y solamente se exportó el cacao, el añil, el azúcar, el llamado bálsamo del Perú, etc.

La escasez de caminos dificultaba la comunicación, y el monopolio, que impedía el libre comercio, fue otro motivo del estancamiento de la economía que dio lugar al contrabando y a la piratería. En 1778 se abrieron algunos puertos al comercio libre, como Santo Tomás y Omoa. Durante este período los piratas asolaron continuamente las costas centroamericanas. Para hacer frente a estos ataques se hicieron varias fortificaciones, como San Felipe, Omoa y Matina en el Atlántico. Fueron muchos los actos de valor y resistencia heroica frente a los atacantes. Así, Rafaela Herrera y Sotomayor, en 1564, defendió y salvó el castillo de San Juan, y en Omoa, Juan de Omoa hubo de rechazar los ataques de los piratas El Mulato y Pie de Palo.

Zambos y mosquitos cooperaron con los ingleses, y así en 1687 estos coronaron al cacique mosco en Jamaica, y el mismo rey de Inglaterra se tituló Protector del Reino de Mosquitia y llamó a la región Cesión del territorio de los Mosquitos . En 1579 William Parquer asaltó y saqueó Trujillo, y a lo largo de los siglos XVI y XVII fueron continuos los ataques de corsarios y piratas como Francis Drake o Mansfield. En 1685 franceses e ingleses saquearon Granada (Nicaragua) y el mismo año Dampier se apoderó de León. En 1780 Nelson atacó el castillo de la Concepción, en el río San Juan, en Nicaragua.

Unos piratas ingleses fundaron un campamento en Belice, en la década de 1660 a 1670. Consolidadas las factorías inglesas en el siglo XVIII, España trató de destruirlas en las varias guerras de ese s. , pero los ingleses continuaron con la explotación del palo de campeche y otras maderas, lo que tuvo que reconocer España en 1763 y de nuevo en 1786 se les permitió cortar y exportar el palo de tinte entre el río Belice y el Sibún, reservándose España la soberanía; sirvió esto, sin embargo, para que Inglaterra se asegurara la posesión.

La población indígena, a pesar de las medidas del gobierno en su favor, estaba sometida y en alguna ocasión se rebeló, como los lacandones en 1559 y los indios del Petén en 1697. Los negros que trabajaban en minas, pesca de perlas o como braceros carecían de garantías y fueron marcados con hierro hasta 1784.

El territorio centroamericano —sin Panamá— formaba el llamado reino de Guatemala, capitanía general y audiencia, dependiente del virreinato de Nueva España. En el siglo XVIII se dividió en las intendencias de Guatemala, Chiapas, San Salvador, Honduras y Nicaragua y el gobierno de Costa Rica. El obispado de Guatemala se erigió en arzobispado, del que dependían los de Chiapas, León y Comayagua.

Excepto la capital, Guatemala, el resto del país era pobre en general, mal comunicado, lo que favorecía una vida aislada y preparó la futura disgregación. Algo se notó la Ilustración: se fundó la Sociedad Económica de Amigos del País en Guatemala por Jacobo Villaurrutia (1795), que creó dos escuelas, de Bellas Artes y Matemáticas; también se fundó un Jardín Botánico y destacaron fray Antonio de Liendo y Goicoechea, profesor de la Universidad, cartesiano y renovador del ambiente filosófico, y el médico José Felipe Flórez, en contacto con medios científicos extranjeros y que sugirió la idea de la expedición propagadora de la vacuna. Visitó estos países la expedición botánica de José Mariano Moziño y José Longinos Martínez, cuyo fruto fue la Flora Guatemalensis del primero, conservada en el Jardín Botánico de Madrid. En Guatemala se publicó el segundo periódico hispanoamericano, la Gazeta de Goathemala de 1729 a 1731, reanudada en 1794 por Ignacio Beteta y suspendida por la autoridad a los cuatro años, pero reanudada luego. Propulsor de la Ilustración fue el intendente Alejandro Ramírez.

En la época colonial redactaron la historia de la América Central, además de otros historiadores generales, el dominico fray Antonio de Remesal, Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán Recordación Florida, en el siglo XVII, y en el XVIII fray Francisco Ximénez, que dio a conocer el Popol-Vuh; Domingo Juarros y el arzobispo Pedro Cortés y Larraz, que redactó una minuciosa descripción como fruto de su visita pastoral de 1768 a 1770. La población centroamericana, al proclamarse la independencia, la calcula R. Barón Castro en 1.310.000 habitantes.

CALVO, Pilar - EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 240-244.

Independencia de Centroamérica

No faltaban en América Central los elementos y factores que provocaron la revolución de la independencia en el resto de América: rivalidad entre peninsulares y criollos, aspiraciones autonómicas, difusión de ideas enciclopedistas entre personas cultas y los afanes e inquietudes de la ilustración, manifestados en la acción de la Sociedad Económica de Amigos del País de Guatemala, en las campañas de la Gazeta de Guatemala, en la acción cultural del oidor Jacobo de Villa Urrutia y del secretario del Gobierno y del Consulado y juez de imprentas, Ignacio Alejandro Ramírez, posterior intendente de Puerto Rico, ambos peninsulares.

Aunque no faltaron conspiraciones y chispazos revolucionarios después de 1810, dominó en la Capitanía General de Guatemala durante toda esa época un tono de tranquilidad, de sumisión real o resignada y de dichosa carencia de guerra civil y de derramamiento de sangre, que hacen de la emancipación de la América Central, incluso en su momento culminante, una excepción en América. En realidad el país no estaba acuciado por el deseo de independencia, obra de una minoría y consecuencia de la emancipación del resto de América. Incluso faltaba conciencia de una nacionalidad centroamericana, como se vio en el desarrollo de los sucesos y la falta de cohesión aparecida después. R. Barón Castro, El centroamericano como sujeto histórico, Revista de Indias, nació ° 75, M., 1959, y José Matías Delgado, El movimiento insurgente de 1811, San Salvador, 1962.

Desde 1811 era capitán general José de Bustamante y Guerra, hombre autoritario y enérgico, que reprimió todos los movimientos revolucionarios, secundado por el arzobispo de Guatemala, fray Ramón Casaus, decidido partidario de la unión con la metrópoli, y de no pactar con la secesión. Se adhirió el país a la Regencia y a las Cortes de Cádiz. a las que envió seis diputados, siendo elegido por Guatemala Antonio Larrazábal; a este se dieron instrucciones inspiradas en los principios de 1789, dictadas por el regidor liberal José María Peinado.

No faltaron algunas repercusiones de la revolución que había estallado en otros países americanos: en San Salvador, el cura José Matías Delgado, que conspiraba con algunos criollos de distinción, como Manuel José Arce, aunque no figuró abiertamente, provocó un motín en dicha ciudad, el 5 de noviembre de 1811, ratificado por un cabildo abierto el día 7, que dio el poder al Ayuntamiento, nombró un intendente criollo y asumió el poder, invitando a los demás cabildos a enviar representantes para formar una junta, pero halló poco eco en el resto del país salvadoreño, rechazándola otros Ayuntamientos; el movimiento no fue separatista sino puramente criollo.

Peinado propuso medidas de moderación y bastó una Comisión de él y el coronel José de Aycinena, nuevo corregidor, para someter San Salvador, sin resistencia (3 de diciembre), apresándose a Arce. En Nicaragua estalló otro motín el 13-XII-1811, en la ciudad de León, formándose una junta presidida por el obispo García Jerez; también se sublevó Granada, pero se rindió en abril de 1812 por una capitulación que desaprobó Bustamante, el cual apresó y desterró a los comprometidos, pero sin ejecuciones.

Sin obstáculos se adoptó la Constitución de 1812, aunque no le tenía simpatía Bustamante, y se implantó la nueva organización, surgiendo un largo conflicto entre aquel y el nuevo Ayuntamiento de la capital; aquí se tramó una conspiración para proclamar la independencia, pero fue descubierta el 21-XII-1813, reprimiéndose con prisiones y destierros, cancelados por un indulto en 1818. Otra tentativa frustrada hubo en San Salvador en enero de 1814. Secundó Bustamante la reacción fernandina y fue confirmado en la Capitanía. El fracaso de las tentativas anteriores, su escasa repercusión y limitada gravedad eran indicios de poseer poco ambiente, y no ser obra de masas.

En 1817 Bustamante fue sustituido por el teniente general Carlos de Urrutia, anciano y de carácter débil, bajo cuyo gobierno se restableció la Constitución en 1820 y la organización liberal. El elemento separatista se expresó en un periódico, El Editor Constitucional, inspirado por el canónigo José María Castilla, peninsular y alma de la Tertulia patriótica; el doctor Pedro Molina, Manuel Montúfar y José Francisco Barrundia; el elemento afecto a la metrópoli o no partidario de la independencia inmediata estaba representado por José Cecilio del Valle y su periódico El Amigo de la Patria, y contaba con mayor peso en la opinión, siendo elegido Valle alcalde primero. El 10 de marzo de 1821 tomó posesión del cargo de jefe político —creado por el régimen liberal— el brigadier Gabino Gainza, que había luchado en Chile contra los independientes, ambicioso y sin escrúpulos ni patriotismo, pero conocedor de la situación de América, donde llevaba muchos años, y probablemente persuadido de lo inevitable de la emancipación.

La proclamación de la independencia mexicana repercutió inmediatamente en América Central, donde la soberanía española quedaba en el aire, perdida ya casi toda la América meridional. Los elementos separatistas sugirieron a Gainza que colaborase en la implantación de la independencia e imitase a Iturbide, quedándose al frente; acabó por aceptar, habiéndose proclamado la independencia en Chiapas y convocó una reunión de autoridades el 15 de septiembre de 1821; el arzobispo Casaus rechazó la separación; Valle propugnó la unión, y como en Buenos Aires el 22 de mayo de 1810, reclamó una consulta previa a las provincias antes de adoptar resoluciones trascendentes, parecer que obtuvo varias adhesiones. Castilla se opuso y su grupo en el que figuraba Delgado votó por la independencia inmediata, apoyado por las masas agitadas oportunamente.

En el mismo día se redactó el acta de independencia, acordándose convocar un Congreso que determinaría la forma de gobierno y sobre la independencia absoluta, y que Gainza siguiera al frente del Gobierno y de la Junta que se formó, sin adherirse al Plan de Iguala. En las provincias se expresó bastante división, pues unas ciudades siguieron a Guatemala, como Tegucigalpa y San Salvador —por influjo de Delgado — otras prefirieron la unión con México, como Comayagua y León, aquí por influjo del españolista Miguel González Saravia y del obispo García Jerez, que arrastró al resto de Nicaragua. El elemento españolista y conservador prefirió la unión del Imperio mexicano, fiado en el Plan de Iguala, que aseguraba la continuidad del régimen monárquico y la unidad religiosa, mientras que eran partidarios de la total independencia y de formar un Estado aparte los liberales y republicanos.

En Costa Rica se proclamó la independencia el 29 de octubre, independencia venida por sorpresa y como efecto de los sucesos que ocurrían en el resto; también aquí se acordó la agregación a México. Panamá perteneciente a Nueva Granada, se había separado en 1821 y formaba parte de la Colombia de Bolívar. Agustín de Iturbide, en cuanto se afirmó la independencia de México, quiso agregarle Guatemala y aprovechó la división dominante, la adhesión de algunas provincias y la ayuda de Gainza, partidario suyo, quien consiguió que la mayoría de los municipios votaran por la anexión, proclamada el 5 de enero de 1822, contra la voluntad del partido separatista.

Delgado y Arce sublevaron El Salvador y derrotaron las tropas de Gainza, obligando a intervenir al general mexicano Vicente Filísola, que sustituyó a Gainza (VI-1822) y tomó San Salvador en II-1823, después de encarnizada resistencia y de haberse proclamado su agregación a los Estados Unidos, para evitar la unión con el imperio mexicano, por influjo de Delgado, acérrimo republicano. Entretanto, Iturbide había proclamado su efímero imperio; a su caída (V-1823) Filísola disolvió la unión, y el Congreso, abierto el 24-VI, proclamó la independencia de América Central respecto de España y México, con el nombre de Provincias Unidas de A. Central, Chiapas quedó, sin embargo, agregada definitivamente a México.

Representó aquel hecho el triunfo del elemento revolucionario, avanzado y republicano, sobre el conservador e imperialista. Como dice Barón Castro el centroamericano, sobreviviente del naufragio del imperio español en el que ha sido escasamente partícipe, es cuando cobra auténtica conciencia de sí mismo y se siente capaz de adueñarse de su destino . Se estableció un régimen federal, pero la precaria unión de América Central acabó por disolverse en 1838-1839.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 244-246.

Época Independiente

Período de la unión

Proclamada la independencia de la Capitanía General de Guatemala en 1821, no tardó en unirse a México (1822), pero se separó del Imperio mexicano a la caída de Iturbide, por medio del decreto del 1 de julio de 1823 promulgado por el Congreso reunido en Guatemala, presidido por el sacerdote salvadoreño José Matías Delgado, adoptando el nombre de Provincias Unidas del Centro de América, cuya independencia fue reconocida muy pronto por México, aunque quedando agregadas a este Chiapas y Soconusco.

El Congreso tomó el nombre de Asamblea Nacional Constituyente y se dispuso a elaborar una constitución: se nombró presidente al salvadoreño Manuel José de Arce, pero por estar ausente le sustituyó un ejecutivo colegiado de tres miembros. Existían dos partidos, los liberales, luego llamados fiebres o anarquistas, republicanos y exaltados, y los moderados, apodados serviles o aristócratas, conservadores, antiguos partidarios de España o de la unión al Imperio mexicano y en que entraban las clases más elevadas y las masas populares. Predominó en la Asamblea la tendencia más liberal, y así se dividió el gobierno de los tres poderes, se abolió la esclavitud, por iniciativa del sacerdote José Simeón Cañas, se acordó la libertad de imprenta y la abolición de todo tratamiento.

La constitución de 22 de noviembre de 1824 seguía casi servilmente la de los Estados Unidos, con influjos también de la de Cádiz. Establecía la República Federal de A. Central o Federación de A. Central, compuesta por los cinco Estados: Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Honduras y Costa Rica, libres e independientes en su gobierno y administración interior; el carácter era muy liberal proclamándose la soberanía popular, garantías y derechos personales, igualdad, libertad de palabra, pensamiento, imprenta, reunión v petición, derecho a la propiedad; elección indirecta, congreso renovable por mitad cada año y un senado de dos senadores por Estado, sin función legislativa propia, pero para sancionar las leyes del congreso; habría un presidente de escasas atribuciones, un vicepresidente, una Suprema Corte de Justicia y, en cada Estado, una Asamblea legislativa y un jefe para el poder ejecutivo. Quedaba cada Estado con una libertad casi total en el interior, pudiendo uno vivir en paz y ordenadamente, como Costa Rica, o caer en la anarquía, como, en general, los demás.

Reunida en 1825 la primera Asamblea Nacional Legislativa, eligió presidente de la Federación a Manuel José de Arce, y cada Estado eligió a su primer jefe (Juan Barrundia, en Guatemala; Juan Vicente Villacorta, en El Salvador; Dionisio Herrera, en Honduras; Juan Mora, en Costa Rica, y Manuel Antonio de la Cerda, en Nicaragua). En la capital residían el presidente federal y el del Estado y las dos asambleas, nacional y local, lo que produciría choques.

En efecto, la época de la unión fue una serie ininterrumpida de desorden, de revoluciones internas, de intervenciones y aun de guerras entre unos y otros Estados y de enconadas luchas entre liberales y conservadores federales y anticlericales los primeros y partidarios los segundos de la independencia de cada Estado. Arce, aunque liberal, se inclinó a los conservadores y depuso a Barrundia; para reponerlo, El Salvador invadió Guatemala, sin éxito. En 1828 Francisco Morazán se hizo dueño del gobierno de Honduras, se apoderó de Guatemala (1829) e implantó una dictadura liberal, desterrando a Arce —a quien había sucedido Mariano Beltranena —, al arzobispo fray Ramón Casaus, a las órdenes religiosas y al jefe Mariano Aycinena.

Ante la anarquía y la guerra civil se separó Costa Rica de 1829 a 1831, pero reingresó en la Federación. Elegido presidente interino de esta José Francisco Barrundia, lo fue definitivamente Morazán (1830), inaugurando una época llamada de la restauración, de gobierno liberal y más tranquilidad que en los años anteriores; una nueva constitución estableció la tolerancia de cultos y el sistema bicameral, con Cámara de representantes y Senado, con iguales atribuciones este que aquella, y el derecho de insurrección, pero de toda la nación, negándose validez a los cambios violentos dentro de cada Estado; mas esta constitución no llegó a aprobarse por todos.

Se concitó Morazán la antipatía de los elementos religiosos, gozando de apoyo principalmente en El Salvador; aquellos hallaron un caudillo en el indio Rafael Carrera, campesino inculto que alzó las masas y entró en Guatemala, pero aún continuó el gobierno. En 1838 la región de Quezaltenango (Guatemala) se constituyó en el Estado de Los Altos, pero se suprimió dos años después. En 1839 de nuevo se sublevó Carrera y tomó Guatemala, derrotando a Morazán. Ya estaba disolviéndose la Federación, pues Nicaragua rompió el pacto federal el 30 de abril de 1838; lo mismo hizo Honduras el 18 de octubre, aprovechando que el Congreso en mayo había autorizado a los Estados para organizarse como tuvieran por conveniente; lo mismo hizo Costa Rica (14 de noviembre); carente la Federación así de autoridades, se separó Guatemala a su vez, dirigida por Carrera (17 de abril de 1839). Solo quería mantener la unión El Salvador, pero, como ya no existía, hubo de declararse autónoma el 18 de febrero de 1841, aunque solo en 1859 se definió claramente como república totalmente independiente.

La ruptura de la Federación se debía a la escasa consistencia del Estado, que a pesar de su relativa pequeñez se componía de regiones mal soldadas y que durante la época colonial habían vivido en bastante aislamiento entre sí, no obstante pertenecer también a la jurisdicción de Guatemala; a las ambiciones locales, a las rivalidades políticas y a la inadecuación de una constitución casi calcada en la norteamericana, pero poco apta para países tan diferentes. Sin preparación anterior se había enfrentado el centroamericano con la independencia y con un régimen e ideologías totalmente nuevos, tomando entonces por primera vez conciencia de ser tal R. Barón Castro, El centroamericano como sujeto histórico, Revista de Indias, número 75, 1959. Puede considerarse liquidación del período federal el fusilamiento de Morazán en San José (15-IX-1842), que había regresado del destierro, derribó al presidente de Costa Rica y quería establecer la federación.

En adelante, aunque cada país fuera independiente ejercería fuerte influjo Carrera hasta su muerte en 1865, representante del elemento conservador más extremado, fervoroso partidario de la Iglesia y que gobernaría dictatorialmente, aunque dando a Guatemala una etapa prolongada de paz; oficialmente ejerció la presidencia desde 1851.

Intentos de federación

La ruptura de la unidad no significó la extinción del deseo de reconstruirla y en adelante serían constantes los intentos de llegar otra vez a unir los pequeños Estados separados, sin que ninguna tentativa obtuviera éxito, arraigando cada vez más por un lado la conciencia de formar en realidad una sola nación, pero consolidándose por otra parte la existencia como entidad nacional de cada una de las repúblicas, afirmando su personalidad y haciendo imposible, hasta ahora, la constitución de un Estado unido, aunque fuera en forma federal, como existió en los primeros años de la independencia.

Ya en 1842, al mismo tiempo que fracasaba Morazán, la Convención de Chinandega organizó las bases para la unión de El Salvador, Honduras y Nicaragua y la Junta de San Vicente elaboró la constitución de la Confederación Centroamericana; a pesar de esto y de la formación de una alianza llamada Pacto de Unión de dichos tres países con Guatemala el mismo año, fracasó este intento. Hubo nuevos proyectos en 1847, 1849, 1850, iniciado este por el presidente de El Salvador Doroteo Vasconcelos y hecho fracasado por Carrera, lo mismo que el Estatuto de Unión promulgado en 1852 por la Asamblea Nacional Constituyente de A. Central por iniciativa del presidente hondureño José Trinidad Cabañas.

De 1860 a 1870 se disputan la hegemonía Carrera, representante de la tendencia conservadora y antifederal, y Gerardo Barrios, presidente de El Salvador, de la liberal, anticlerical y unificadora, en la línea de Morazán; vencedor Carrera en una guerra, extendió su influjo a El Salvador, Honduras y Nicaragua, y Barrios fue fusilado por el Gobierno de su país en 1865. A la muerte de Carrera hubo una reacción liberal en los países que gobernó o sobre que influyó. El presidente de Guatemala, Justo Rufino Barrios, reanudó los proyectos unionistas en 1876, sin más éxito, y de nuevo en 1885, con El Salvador y Honduras, pero decretó por sí la unión de toda la América Central, oponiéndose El Salvador a tal procedimiento; invadió Barrios este país, pero perecía en el combate de Chalchuapa (1885). Por iniciativa del presidente guatemalteco Manuel Lisandro Barillas se acordó en Tegucigalpa, en 1889, un Pacto de Unión Provisional de las cinco repúblicas, sin más resultado que una breve guerra entre Guatemala y Honduras con El Salvador.

Ante una presión inglesa sobre Nicaragua, se celebró el Pacto de Amapala (1895), que creó la llamada República Mayor de A. Central, con Honduras, Nicaragua y El Salvador, por iniciativa de Policarpo Bonilla, presidente hondureño, elaborándose las bases federales y entrando en funcionamiento. En 1897 se adhirieron Guatemala y Costa Rica y en 1898 la Asamblea Constituyente, reunida en Managua, promulgó la constitución de los Estados Unidos de A. Central, pero formados solo por los tres de la República Mayor y antes de entrar en pleno vigor ya se disolvió la unión.

Las tendencias unionistas se manifestaron en las asociaciones de estudiantes; un paso más fue la creación del Tribunal de Arbitraje, resultado de la Convención de Corinto (1902), al que faltó la adhesión de Guatemala. No sirvió de mucho, pues siguió un período de inestabilidad y de tensión a que puso fin un tratado de paz (1903) entre Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua, completado por la Conferencia de Corinto (1904), para evitar la intervención mutua y conservar sus buenas relaciones; lo que no impidió otra guerra entre Guatemala, gobernada por el dictador Estrada Cabrera, y El Salvador, concluida por la mediación del presidente mexicano, Porfirio Díaz, y del de los Estados Unidos, T. Roosevelt, por el convenio del Marblehead, buque yanki en que se firmó (1906); esto pareció una injerencia norteamericana; convenio seguido por un tratado general del mismo año, que intentó establecer directrices de tipo unionista y el arbitraje, pero que no impidió otra guerra entre Honduras, Nicaragua y El Salvador.

Díaz y Roosevelt lograron organizar la Conferencia de Washington (1907), que dio normas de convivencia, pero no de federación, con el Tratado General de Paz y Amistad, e instituyó la Corte de Justicia Centroamericana. Pero la intervención de Díaz y los Estados Unidos fue vista con recelo. Sin embargo, comenzaron a funcionar la Corte, la Oficina Internacional Centroamericana, otros organismos y, de acuerdo con una de las convenciones, una serie de conferencias centroamericanas desde 1909, sobre asuntos de interés común, hasta 1914, pero su fruto se perdió por la indiferencia de varios gobiernos; la Corte cesó a los diez años (1918), sin conseguirse su prolongación.

Como se ve, desde comienzos de este s. ya no se habían efectuado intentos de unión política, que revivieron a raíz del centenario de la independencia; por iniciativa de El Salvador se reunió la Conferencia de San José (1920), que llegó a la firma de un nuevo Pacto de Unión (1921), al que no se adhirieron Nicaragua ni Costa Rica, para establecer una federación; incluso se constituyó un Consejo Federal y se reunió una Asamblea Constituyente en Tegucigalpa que dio una constitución para la República de A. Central, que al ir a entrar en vigor sus instituciones a comienzos de 1922 quedó ya disuelta. Otra Conferencia se reunió en Washington en 1923, que formuló una serie de pactos sobre intereses comunes, paz y amistad y un nuevo Tribunal Centroamericano. Con motivo del reconocimiento del presidente Hernández Martínez de El Salvador (1931), que negaron los Estados Unidos, Costa Rica alegó la doctrina Estrada sobre reconocimiento de los gobiernos de hecho y denunció los pactos de 1923 y el Tribunal, que desaparecieron.

Coincidiendo con la nueva política norteamericana de Buena Vecindad, se reunió, en 1934, una conferencia en Guatemala, en que por primera vez desde treinta años antes se prescindió de los Estados Unidos; se acordó un tratado de fraternidad centroamericana y de arreglo pacífico de cuestiones y de no intervención. El partido de Unión Centroamericana, dirigido por Salvador Mendieta, que ya había derribado a Estrada Cabrera en Guatemala, reunió la convención de San José (1942) y abogó por la unión y los derechos democráticos.

Otro intento se efectuó por los presidentes de Guatemala y El Salvador (1945) en Santa Ana, pero no se adhirieron los demás Estados. En 1951 la asamblea de ministros de Asuntos Exteriores en San Salvador dio la Carta de este nombre, de la que surgió la ODECA (Organización de Estados Centroamericanos), dentro de los principios de la ONU y de la OEA (Organización de los Estados Americanos), con las mismas normas de solución pacífica de conflictos y de los problemas comunes y promoción del desarrollo económico, social y cultural, con reuniones periódicas de ministros y eventual de presidentes, una Oficina Centroamericana y un Consejo económico; organismo aún vigente y que, pese a fracasos, ha creado un clima de cooperación económica.

De las relaciones entre los países centroamericanos a lo largo de s. y medio se desprende el deseo de unión política, pero también las grandes dificultades que ha habido para hacerla efectiva y que no parecen superables por ahora, aunque la idea constituye una aspiración sentida por los mejores elementos. Aparte queda Panamá, cuya vida colonial e independiente ha discurrido por rutas distintas de la América Central, a la que pertenece geográficamente, pero no histórica ni políticamente. Costa Rica, de superior desarrollo en general, cultural y democrático, y con otra estructura étnica y social no ha participado tanto en los intentos de unión, manteniendo una especie de aislamiento, aunque no ha dejado de tomar parte en los diversos esfuerzos referidos. Pero su situación geográfica le permite vivir algo al margen del resto, así como sus intereses económicos la han relacionado más con Estados Unidos e Inglaterra.

Como señala Th. L. Karnes, The failure of Union. Central America, 1824-1960, Chapel Hill, 1961, han contribuido a evitar la unión la falta de educación política, el fracaso del gobierno representativo con dictaduras de baja categoría y desorden, bajo la apariencia de la democracia y de una inhábil imitación de los Estados Unidos; diferencias de régimen —dictatorial o democrático— simultáneamente; el agudo nacionalismo de cada país, temor al predominio de Guatemala antes o a las presiones de unos sobre otros, enemistad personal de los presidentes e intrigas en unas repúblicas contra otras, favoreciendo a sus emigrados y conspiradores, además de cuestiones de límites sin plena resolución.

Relaciones con los Estados Unidos

Desde mucho antes de la independencia tenía Inglaterra puestos sus ojos en la América Central y se esforzó por fundar allí colonias, con el pretexto de la corta de maderas finas y del palo de campeche. Desde el siglo XVIII se había consolidado la colonia de Belice u Honduras británica, a pesar de los repetidos intentos españoles por evitarlo; posesión asegurada por los tratados de Inglaterra con México de 1826 y 1893 y el de límites de aquella con Guatemala de 1859, que, sin embargo, ha considerado una usurpación la ocupación inglesa, y sobre todo en los últimos años ha mantenido constantemente su reivindicación sobre ese territorio.

También desde la época española pretendía Inglaterra la soberanía sobre la costa de los indios mosquitos en Nicaragua, con cuyos caciques celebró tratados que los colocaban bajo su protectorado (1840); ocupación de Greytown (San Juan del Norte en 1848 y de las hondureñas islas de la Bahía en 1830) y estableció un reino de Mosquitia ; hubo de reconocer tal situación Nicaragua en 1848, pero abandonó Inglaterra su dominio en 1860, aunque no pudo aquella entrar en definitiva posesión de la Mosquitia hasta 1894 en tiempo de Zelaya.

Interesó pronto América Central a los Estados Unidos, con motivo de la anexión del oeste norteamericano en 1848 y la consiguiente emigración allí, en especial tras el hallazgo del oro; se construyó un ferrocarril en el istmo de Panamá y otros emigrantes utilizaban el camino del río San Juan y los lagos de Nicaragua. La rivalidad por la hegemonía en esa zona se concluyó por el tratado Clayton-Bulwer (1850) entre Estados Unidos e Inglaterra, comprometiéndose ambas a no dominar en exclusiva cada una el canal ya proyectado ni a realizar anexiones en América Central. En 1859 y 1861 Inglaterra devolvió a Honduras parte de la Mosquitia y de las islas de la Bahía, que había ocupado años atrás.

Pero tentó la colonización de aquellas tierras a emigrantes sudistas de los Estados Unidos y quiso efectuarla, junto con una ampliación de los Estados esclavistas, el aventurero William Walker, que llevó a Nicaragua una tropa mercenaria (1855) en ayuda de Máximo Jerez y el partido liberal; fue nombrado comandante del ejército y audazmente se hizo elegir presidente (1856), lo que alarmó a las otras repúblicas amenazadas en su independencia y que le hicieron dejar el país al año siguiente, por obra principalmente del presidente de Costa Rica, Juan Rafael Mora; habiendo vuelto en 1860, fue fusilado por los hondureños.

Más tarde se planteó el problema del canal de Panamá: ya en 1849 se realizó un contrato entre Nicaragua y Estados Unidos para la construcción de un canal en su territorio. Al fin comenzó las obras Lesseps en 1883, pero la quiebra de la compañía y la interrupción de las obras dejaron el campo libre a los Estados Unidos; el tratado Hay-Pauncefote (1901) anuló el de Clayton-Bulwer, atribuyendo el canal exclusivamente a los Estados Unidos y, de hecho, la garantía de la independencia y neutralidad de América Central que establecía el segundo. Fue seguido por el tratado Hay-Herrán con Colombia, soberana del istmo (1903), pero rechazado por esta, los Estados Unidos fomentaron el separatismo panameño y surgió, con su ayuda, la nueva República de Panamá (3 de noviembre de 1903), reconocida inmediatamente por aquellos, que recibieron el derecho de construir el canal y la soberanía sobre él y una faja de terreno adyacente.

Pero además siguió el proyecto del canal de Nicaragua, y este país se vio sometido a una mediatización norteamericana que alarmó al resto y acabó por repercutir en los otros países centroamericanos. El presidente de Nicaragua Zelaya fue derribado en 1909 por influjo de los Estados Unidos, a los que se había opuesto, y en 1914 se firmó el tratado Chamorro-Bryan, muy ventajoso para los Estados Unidos, a los que reconocía el derecho de construir en Nicaragua el canal cuando les conviniera, y les cedía dos islas en el mar Caribe y una base en la bahía de Fonseca en el Pacífico; causó este tratado una gran agitación en las otras repúblicas, pues además de amenazar su independencia, sus cláusulas afectaban directamente a algunas. Demandado ante la Corte de Justicia, citada por esos países, dio esta un fallo desfavorable por violar los derechos de otras repúblicas y el mencionado tratado de Washington de 1907, pero la sentencia careció de efectividad.

Se acentuó la intervención norteamericana en Nicaragua por medio de empréstitos y de la presencia de fuerzas armadas para sostener presidentes bienquistos de los Es tados Unidos, las cuales permanecieron en el país de 1912 a 1925 y de nuevo de 1926 a 1933, con la oposición de César Augusto Sandino, que mantuvo una lucha de guerrillas durante mucho tiempo. La política de buena vecindad, y luego la doctrina de no intervención, disminuyeron la presión norteamericana y la penetración visible. Pero ha quedado la económica, una de cuyas mayores manifestaciones ha sido la fundación de la United Fruit Company, en 1899, que domina amplias regiones del litoral del Caribe, especialmente en Honduras, Costa Rica y Panamá, dueña de ferrocarriles, líneas de navegación del tráfico y que ha influido en la política interna para conseguir gobiernos favorables y condulista provechosas para sus intereses, financiando revoluciones cuando ha sido conveniente: Estado sin Estado ; recientemente ha cedido terrenos, habiéndose desvalorizado muchos por plagas, en especial en Nicaragua.

La vida histórica

No ha sido muy pacífica ni dichosa la existencia nacional de A. Central. Con la excepción de Costa Rica, en que ha habido un desarrollo más regular y ordenado y ha conseguido notables progresos en el régimen democrático y en la cultura, han sido constantes en las demás repúblicas las guerras civiles, las luchas de unas con las otras, las mutuas intervenciones o el apoyo a los enemigos de los gobiernos ajenos, los golpes de Estado calificados de revoluciones, la anarquía, la inestabilidad política y las dictaduras, muy prolongadas algunas —como las de Carrera, Barrios, Estrada Cabrera y Ubico, en Guatemala; Zelaya y Somoza, en Nicaragua; Hernández, en El Salvador; Carías, en Honduras— ; hubo dictadores de gran dureza o ignorancia, exceso de presidentes (cerca de setenta en El Salvador).

La lucha política versó en gran parte sobre el terreno religioso, pues el anticlericalismo comenzó a manifestarse desde 1824 con Dionisio Herrera en Honduras y Juan Mora en Costa Rica, y después Morazán en la Federación, con lujo de medidas persecutorias de la Iglesia; la reacción de Carrera y su influjo en el resto promovieron el período de los Treinta Años, de predominio conservador; a su muerte se dio otra etapa anticlerical con García Granados y J. R. Barrios en Guatemala y, más tarde, Zelaya en Nicaragua.

Para el historiador hondureño Rafael Heliodoro Valle hubo escasez de material humano en las clases dirigentes de probidad, capacidad y responsabilidad, indolencia e inepcia en las masas; analfabetismo —hoy los índices son muy elevados, y superiores al 50 por 100 (menos en Costa Rica, en que baja a un 20 por 100)—. Hay bajo nivel económico, riqueza mediatizada por el extranjero, poca densidad de población, excepto en El Salvador —más de 100 por km2— y no han faltado calamidades naturales. Las comunicaciones no están muy desarrolladas, aunque ahora son mejores y su escasez ha contribuido al aislamiento y a la separación. Predomina la población india en Guatemala (más de la mitad); la mestiza, en El Salvador, Honduras y Nicaragua, con más o menos cantidad de indios y cierto número de negros; y, por excepción, hay una mayoría de criollos o blancos en Costa Rica.

La época independiente ofreció la fundación de universidades en los países que no la tenían, la difusión de la enseñanza primaria y la aparición de la imprenta y del periódico fuera de Guatemala, único país que dispuso de ambos en la época española. La gran figura cultural centroamericana ha sido Rubén Darío; cabría citar también al educador y escritor padre José Trinidad Reyes (de Honduras); al gobernante José Cecilio del Valle; al político Antonio José de Irisarri, de accidentada vida y actuante en muchos países; el literato Enrique Gómez Carrillo (ambos guatemaltecos); el político y jurista Marco Aurelio Soto (en Honduras); el poeta José de Batres y Montúfar (de Guatemala) y algunos estimables historiadores.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 246-250.