La transición de 1808 a 1810

Durante los años siguientes maduró el propósito libertador en la mente de los futuros dirigentes, -los próceres de la independencia- y tuvieron tiempo de preparar el movimiento, cuya simultaneidad e identidad de métodos y de conducta no pueden ser casuales, sino premeditados, y de suponer que debidos en gran parte a la labor de Miranda que manejaba los hilos desde Londres. Durante este tiempo se agitó en América la cuestión de formar juntas de gobierno análogas a las formadas en la Península; las deseaban los criollos para equipararse a la metrópoli, no ser inferiores a ella y poseer un Gobierno nacional y como camino para el logro de la independencia, pero las autoridades coloniales se opusieron y continuaron virreyes y capitanes generales con sus atribuciones anteriores.

La Junta Suprema de España reconoció la igualdad de los americanos (1809) y acordó admitir en su seno a sus representantes, sin llegar a efectuarse. En la reunión convocada en Bayona por Napoleón asistieron unos pocos americanos residentes en España, y en la constitución que allí se promulgó se otorgó asimismo representación a las provincias americanas en los organismos de gobierno y en las Cortes.

De 1808 a 1810 fue en aumento la agitación, preludio del movimiento revolucionario, y se manifestó en la creciente tensión en el Río de la Plata, en la oposición entre Liniers y Elio, apoyado el primero —y después su sucesor Hidalgo de Cisneros— por los patriotas argentinos, mientras el segundo convertía Montevideo en foco españolista. La infanta Carlota Joaquina, esposa de Juan VI de Portugal, pretendía la regencia y hallaba eco en algunos patriotas argentinos como Rodriguez Pena, deseosos de llegar así más pronto a sus fines. (Juan VI, regente aún, trasladó al Brasil la corte y Gobierno de Portugal huyendo de la invasión napoleónica).

Fue recuperada Santo Domingo de la dominación francesa (1809). En México, el virrey Iturrigaray se inclinó a los criollos y a la convocación de un congreso nacional, encaminado a la independencia, lo que estorbaron los españoles deponiendo a aquel (IX-1808) y prendiendo a los instigadores del movimiento. En 1809 y 1810 menudearon las conspiraciones separatistas en México. En dos países estallaron ya insurrecciones por la formación de juntas nacionales: en Quito y en Charcas, ambas en 1809, y reprimidas sangrientamente, anticipo de lo que iba a ser general en 1810.

El movimiento de 1810

El momento señalado para el estallido revolucionario fue la caída de la Junta Suprema Central, previsible ante el mal cariz de la guerra; el argumento: la inexistencia de gobierno en España y su caída en poder de Napoleón, por lo que los países americanos debían atender a su propia salvación y recabar su soberanía, recaída en el pueblo. Sin embargo, en todas partes, por disimulo —que no engañó a los leales— se proclamaron los nuevos gobiernos en nombre de Fernando VII. Sin embargo, no faltan historiadores que creen que su reconocimiento era sincero y que la actitud intransigente de la metrópoli y su hostilidad a las Juntas condujeron al separatismo.

Pero hay casos en que la evolución es tan rápida a la conducta seguida por las Juntas americanas, que se advierte que la independencia era el objetivo perseguido. El método fue casi igual en todas partes: convocatoria de un cabildo abierto en la capital, instrumento de los patriotas que deponen a las autoridades superiores y constituyen una junta, la cual actúa como un gobierno soberano en la práctica (Juntas americanas), formando un ejército, entablando relaciones diplomáticas con Inglaterra y Estados Unidos, en solicitud de su apoyo, y convocando un congreso, según el modelo francés o norteamericano, del que sale una constitución liberal y, en general, la proclamación de la independencia y la adopción del régimen republicano.

España reacciona desde el primer momento contra estas tentativas, cuyo alcance no se le escapaba, y se enciende la guerra, que ha de durar quince años. Así sucedió en 1810 en Caracas (19-IV), Buenos Aires (25-V), Bogotá (20-VII), Santiago de Chile (18-1X) y Quito de nuevo (19-IX). Virreyes y capitanes generales se dejaron deponer sin resistencia. Fallado en México procedimiento semejante, por lo dicho, estalló una rebelión violenta encabezada por Hidalgo (16-IX). No se movió el Perú, regido por la férrea mano del virrey Abascal, que lo convirtió, por el contrario, en el foco de la resistencia españolista, y con sus tropas atendió a combatir la insurrección en el Río de la Plata, en Charcas, en Quito y en Chile. A fines de 1810 ya ardía la guerra en México y en Charcas, donde se formó una Junta en Cochabamba (septiembre).

Periodos de la lucha

Al hablar de país americano se detallan los principales hechos de la lucha por la independencia y a ellos nos remitimos, limitándonos aquí a los rasgos generales. Tres períodos se pueden marcar en esta época, sin una estricta separación cronológica, pues caracteres de unos se anticipan o retrasan en otros países. En el primero, de 1810 a 1814, triunfan en general los movimientos revolucionarios que se hacen generales. En el segundo, de 1815 a 1820, España vence en varios países, favorecida moralmente por el regreso del rey, y restaura el régimen colonial, salvo en el Río de la Plata; a fines de este periodo alcanzan su independencia algunos países (Chile, Nueva Granada, Venezuela). En el tercer período la independencia triunfa en todas partes a partir de 1821, año del derrumbamiento de la soberanía española, a consecuencia de la sublevación liberal en 1820 en la Península, aunque la resistencia se prolonga hasta la batalla de Ayacucho en el Perú (1824), y en lugares aislados hasta comienzos de 1826. La soberanía española solo se mantuvo después en Cuba y Puerto Rico.

Primer período

En 1811 el movimiento insurreccional se propagó al Paraguay (Junta, 15-V) y al actual Uruguay (sublevación de Artigas, 28-II), fracasando una tentativa centroamericana. Se reunieron congresos en Nueva Granada, Venezuela, Chile y Paraguay; se promulgaron constituciones en Venezuela y Cundinamarca (Nueva Granada), y se proclamó oficialmente la independencia de Venezuela (5-VII), Cartagena de Indias (11-XI) y Quito (11-XII). Pero Hidalgo fue derrotado y pereció; la invasión argentina en Charcas fue vencida en Guaqui por Goyeneche, y se inició la guerra en Venezuela. Mil ochocientos doce fue año de guerra por doquier: en Quito, donde fue aplastada la insurrección; en México, en que se puso Morelos al frente de los independientes; en Venezuela, donde el triunfo de Monteverde sobre Miranda marca el fin de la primera revolución venezolana; en el Río de la Plata, donde Belgrano contiene en Tucumán la invasión realista.

La situación fue análoga en 1813: Bolívar se puso al frente de la segunda revolución de Venezuela y proclamó la guerra a muerte; Abascal envió tropas contra Chile, y una nueva invasión argentina en Charcas fue derrotada por Pezuela, luchándose también en los confines de Nueva Granada. En el Río de la Plata se reunió la Asamblea Constituyente, y Morelos convocó el congreso de Chilpancingo que proclamó la independencia de México (6-XI); asimismo fue proclamada la independencia de Nueva Granada (16-VII), constituida federalmente desde 1811; asimismo se declaró independiente el Paraguay (12-X), de España y del Plata. En 1814 decayó la revolución en muchos países, mientras Fernando VII regresaba de su cautiverio: Bobes acabó con la segunda república de Venezuela; Morelos fue vencido y pereció al año siguiente, decayendo rápidamente la revolución mexicana; en Chile concluyó el primer período autonómico (la Patria Vieja), por la derrota de O'Higgins en Rancagua. Pero Montevideo, baluarte español, cayó en poder de los argentinos y uruguayos, y estalló un sublevación en el Perú, pronto vencida.

Segundo período

En 1815 la soberanía española parecía restablecida en la mayor parte de América, menos en el Río de la Plata, pues llegó a Costa Firme la expedición de Morillo, único ejército importante enviado desde la Península, que tomó Cartagena, y en 1816 conquistó Nueva Granada, poniendo fin a su anarquía federal y al período de la Patria Boba. La derrota de Viluma (XI-1815) contenía la tercera invasión argentina en el Alto Perú. Sin embargo, en 1816, Bolívar encendía la tercera revolución de Venezuela; el Río de la Plata proclamó por primera vez oficialmente la independencia (Congreso de Tucumán, 9-VII), siendo el único país que de hecho era independiente desde 1810; pero tropas brasileñas invadieron el Uruguay.

La reconquista española quedó perturbada en 1817 por la guerra venezolana y por la invasión de Chile por San Martín, vencedor en Chacabuco, quien consolidó en Maipú, al año siguiente, la independencia chilena, proclamada, también por primera vez, el 12-11-1818. Asimismo cesó la soberanía española en Nueva Granada en 1819 por el triunfo de Bolívar en Boyacá. Bolívar, en el congreso de Angostura (17-XII-1819) constituía la república de Colombia, con Venezuela y Nueva Granada por entonces. En ese mismo año se vio obligada España a ceder la Florida a los Estados Unidos.

Tercer período. Triunfo de la Emancipación

La sublevación de Riego y la implantación del régimen liberal en España, en 1820, suspendieron el envío de una nueva expedición y paralizaron la resistencia española. Aún estaban sometidos México, América Central, las Antillas, parte de Venezuela y de Nueva Granada, Perú y Quito. San Martín invadió por mar el Perú para dar un golpe decisivo al baluarte realista más importante. En Guayaquil se proclamó la independencia (9-X). Las consecuencias del nuevo estado de cosas se manifestaron en 1821, que representó de hecho el fin de la dominación española en la mayoría de lo que conservaba; por reacción contra el nuevo régimen peninsular, el plan de Iguala, promovido por Iturbide, condujo a la proclamación de la independencia de México (28-IX); asimismo se declararon independientes la capitanía de Guatemala (15. IX), Panamá (28-XI), unido a Colombia, Santo Domingo (30-XI), y San Martín proclamó la libertad del Perú (28-VII), pero continuó aquí la guerra por más tiempo que en el resto de América.

La batalla de Carabobo consolidó la independencia venezolana. El congreso de Cúcuta reorganizó Colombia. Pero el Uruguay fue anexionado al Brasil (31-VII), y Santo Domingo cayó inmediatamente bajo el yugo de los negros de Haití, no conquistando su independencia definitiva de este hasta 1844. También se separó el Brasil de Portugal (7-1X-1822), por obra del príncipe don Pedro, que se proclamó emperador.

En 1822 la batalla de Pichincha, ganada por Sucre, emancipó Quito, que se unió a Colombia, y se efectuó la célebre entrevista de Guayaquil entre los libertadores, Bolívar y San Martín. América Central se unió al imperio mexicano proclamado por Iturbide, pero en 1823 desaparecieron la unión y el imperio. Retirado San Martín del Perú, se encargó Bolívar de concluir su emancipación, ante la fuerza del ejército realista, y la actitud internacional se inclinó decisivamente al reconocimiento de la independencia americana, anulando las últimas ilusiones españolas, por el Memorándum Canning-Polignac (9-X) y el mensaje de Monroe (2-XII). En 1824, las batallas de Junín (6-VIII) y Ayacucho (9-XII) en el Perú dieron el golpe final a los restos de la soberanía española.

En 1825 se proclamó la independencia de Charcas con el nombre de Bolivia (6-VIII), tanto de España como del Perú y la Argentina. Al mismo tiempo, se sublevó el Uruguay contra el Brasil y fue reconocida su independencia del Brasil y de la Argentina en 1828. La rendición de Chiloé (19-I-1826) y la del Callao (22-I-1826) indican el final de las últimas resistencias españolas. Las rivalidades entre Inglaterra y Estados Unidos, manifestadas a raíz del congreso de Panamá, convocado por Bolívar (1826) y que fue un fracaso en su intento de unir a las nuevas nacionalidades, contribuyeron a impedir que la emancipación se extendiese a Cuba y Puerto Rico., como quería Bolívar.

Caracteres de la lucha

Aspecto social

Citaremos brevemente algunos rasgos de este épico período. La revolución fue en todas partes inicialmente obra de una minoría patriota, audaz, tenaz, constante en sus objetivos inquebrantable ante los reveses y que impuso inflexiblemente sus ideales a las masas leales, remisas u hostiles, y que sostuvo la guerra hasta llegar a la independencia, aunque al principio y por más o menos tiempo mantuviese la ficción de la fidelidad a Fernando VII.

La guerra, con sus horrores y excesos, fue haciendo penetrar en la masa la idea de la separación y volviéndola popular. A ello contribuyeron las represiones impuestas y la implantación de un régimen de conquista, al ser recuperados países —como Nueva Granada, Venezuela, Chile— en lugar de la fuerza moral que había sostenido la soberanía española durante la etapa colonial.

Fue la revolución obra de los criollos, y solo en México levantó Hidalgo a la masa india, pero tomó la rebelión un tono racial y social que le enajenó el elemento criollo y retrasó considerablemente el triunfo hasta el momento en que se le sumó aquel, guiado por Itúrbide, aunque ya Morelos había dado a la insurgencia carácter más nacional. Al comienzo, la mayoría de la población no compartió el ideal separatista por la arraigada lealtad al rey o por la hostilidad de la masa de color a la aristocracia criolla, como sucedió en Venezuela, y ello explica la larga prolongación de la resistencia española y sus éxitos, que pudieron incluso parecer decisivos.

Carácter de guerra civil

España hizo la guerra con americanos, pues no envió a América más que unos 43.000 hombres; las masas de color de Bobes, los ejércitos de La Serna y Valdés en el Perú, las tropas que combatieron a los insurgentes mexicanos, estaban compuestas por americanos, y se ha dicho con toda justeza que aquella contienda fue una guerra civil entre americanos, entre patriotas y realistas. De los ejércitos realistas salieron futuros caudillos y presidentes de las nuevas naciones, como Iturbide, La Mar, Santa Cruz, Gamarra, Santa Anna, Bustamante, y peninsulares combatieron en las filas insurgentes, como Cortés Campomanes, Campo Elías, Mina.

El indio tuvo un papel pasivo en manos de unos u otros, pero salvo en México, luchó en general en las huestes realistas. Hubo regiones que se señalaron por su lealtad a España o que fueron permanentes focos realistas, como el Perú durante diez años, Coro y Maracaibo en Venezuela, Panamá, Santa Marta y, sobre todo, Pasto, acérrimamente enemigo de los independientes, en Nueva Granada, Chiloé en Chile.

La guerra de emancipación se hizo con tremenda crueldad y dejó asolados varios países; en Venezuela, la guerra a muerte y los horrores de Bobes ocasionaron unos 300.000 muertos y en 600.000 se calculan las pérdidas de la población de la Gran Colombia. En largos períodos no se dio cuartel, y muchas figuras destacadas, especialmente del campo patriota, perecieron ejecutadas. El primer Gobierno argentino implantó una política de terror y otra muy dura Morillo en Nueva Granada. Hasta 1820 no acordaron Morillo y Bolívar la humanización de la guerra.

Dureza y estrategia

La guerra de emancipación ofreció proporciones gigantescas, por su duración, por su amplitud continental, las enormes masas movilizadas, las larguísimas marchas; por los grandes talentos militares exhibidos, las grandiosas operaciones que se efectuaron: como el paso de los Andes por San Martín, la marcha de Bolívar de Guayana a Bogotá en 1819, las últimas campañas del Perú. Se dieron muchísimas batallas (472 hechos de armas corresponden a las campañas de Bolívar; 844 a la guerra en México); abundaron los hechos heroicos por parte de ambos bandos, y se revelaron caudillos de primer orden, que brillan honrosamente en plena época napoleónica por sus cualidades de estrategas, con Bolívar, San Martín y Sucre al frente. En el campo realista destacarían a su vez Calleja, Morillo, Bobes, La Serna y Canterac. Ofreció la guerra condiciones distintas de las de Europa: por los componentes de los ejércitos, el ambiente geográfico, el tono popular que llevaba impreso y el gran papel de las guerrillas.

El régimen político

La guerra y su excesiva duración hicieron pasar la dirección de nuevas naciones a los jefes militares, y los hombres civiles tipo —Rivadavia, Moreno, Martínez de Rozas, etc.— fueron anulados o eliminados por los generales, y así surgieron como instituciones americanas reales y permanentes el caudillismo y la dictadura, y los pronunciamientos como método usual de gobierno, a la par de la anarquía y de la permanente inestabilidad política, superpuestos aquellos a la estructura democrática y republicana que el elemento liberal impuso sin excepción en todos los países, triunfando hábil y audazmente de los grupos conservadores que hicieron o se adhirieron a la revolución.

Se luchó fundamentalmente por la independencia, pero después de la etapa de Juntas y gobiernos que actuaban en nombre del rey cautivo, todas las declaraciones de emancipación fueron acompañadas de la implantación de repúblicas. Había una fuerte opinión monárquica, cuyos más inteligentes representantes figuraron en el grupo unitario y liberal argentino: San Martín, Belgrano, Rivadavia, partidarios de monarquías bajo príncipes europeos, preferentemente españoles o de la casa de Borbón; en México el imperio se destinaba a Fernando VII. Este nunca quiso acceder a que sus parientes ocuparan los nuevos tronos, y triunfaron los republicanos por todas partes, excepto en el Brasil, donde el regente se adelantó a proclamar la independencia, y así fundó la única monarquía de cierta duración.

El imperio de Iturbide en México fracasó en seguida y a su fundador le costó luego la vida. No hubieran sido viables las monarquías, como preveía Bolívar, opuesto a ellas y adverso a los planes de San Martín en este sentido, por la falta de tradición local, carencia de aristocracia, insuficiencia de medios para sostenerla dignamente y el predominio del caudillismo.

La desunión

No se pudo rehacer la vieja unidad colonial, como soñó Bolívar, ya desde su carta de Jamaica (1815) y que creyó conseguir en el congreso de Panamá (1826); él unificó lo que pudo: creó la Gran Colombia, federal según la constitución de Angostura (1819), y unitaria por la de Cúcuta (1821); en 1825 era presidente, además, de Perú y Bolivia, es decir, de seis de las actuales repúblicas (con Panamá). En dicho congreso aspiraba a aliar y confederar permanentemente las nuevas naciones y crear un organismo supraestatal; fracasó plenamente, pues careció de continuidad y consecuencias dicho congreso y muy pronto se le depuso de las dos últimas presidencias, y a su muerte (1830) estaba la Gran Colombia en disolución, dividiéndose en las tres repúblicas que han perdurado.

También fracasaron las aspiraciones argentinas a continuar la unidad del antiguo virreinato: segregados quedaron Charcas (Bolivia), Uruguay y Paraguay, donde prevalecieron los particularismos, encarnados en Artigas y el doctor Francia. Incluso sobrevendría años después la absurda fragmentación de la América Central. Por lo general, virreinatos, capitanías o audiencias fueron el marco de los nuevos Estados, que prolongaron así las divisiones y la vida aislada de la época colonial.

El federalismo

Consecuencia de la emancipación fue el federalismo, con dos principales raíces: el propio particularismo de cada país y aun de cada región dentro de él, y el ejemplo norteamericano, imitado sin discreción. El ideal federal de Bolívar, que abarcaba todo el continente, o por lo menos grupos de países, como su Colombia, fracasó, y cada antigua entidad colonial asumió vida separada, constituyéndose los Estados desunidos de Hispanoamérica frente al Estado único y grande norteamericano.

Pero mala imitación y espíritu provinciano tendieron a disgregar las nuevas naciones en repúblicas federales débiles; así ocurrió en Nueva Granada, repartida en pequeños Estados, entregados a la guerra civil; en Venezuela, donde la primera constitución creó unos Estados raquíticos y sin medios, a lo que puso fin Bolívar cuando tuvo los destinos de su patria en las manos; en México y Chile, donde, triunfante la independencia, se adoptó el sistema federal, aunque en Chile por breve tiempo. Donde ofreció el hecho caracteres más trascendentes fue en el Río de la Plata: no solo acabaron por segregarse el Paraguay y el Uruguay, sino que el problema de la personalidad de las provincias se planteó agudamente desde el mismo momento de la revolución de Mayo, se agravó por la aparición de caudillos locales, dividió a los patriotas en dos partidos irreconciliables y pesó sobre la nación argentina, durante casi todo el siglo XIX, por la rivalidad entre Buenos Aires y las provincias.

Colaboración interamericana

El movimiento revolucionario fue común a toda América, y aunque cada país lo desarrolló en forma propia, pronto hubo relaciones mutuas entre unos y otros, y en ambos campos. Así, Abascal interviene en las jurisdicciones próximas, mientras que se aliaban las juntas de Buenos Aires y Santiago o los Gobiernos de Venezuela y Nueva Granada; más tarde, Bolívar imponía la alianza a los países que fue libertando, y lo mismo San Martín. De este modo, tropas de unos territorios intervinieron en otros para ayudar a la emancipación o chocaron con otros ejércitos americanos realistas y hasta insurgentes: el Alto Perú fue el campo de batalla entre argentinos y peruanos; el Paraguay rechazó, en nombre de su propia autonomía, a los argentinos, y en varias ocasiones hizo lo mismo Artigas.

Con tropas chilenas y argentinas invadió San Martín el Perú, y a estas y a los granadinos y venezolanos de Bolívar opusieron La Serna y Valdés huestes peruanas y altoperuanas. Con granadinos reanudó Bolívar la segunda revolución venezolana, y con venezolanos libertó Nueva Granada, topando enfrente reclutas del otro país. Así, la guerra de liberación ofreció este nuevo aspecto de guerras interamericanas, aparte de los personajes que actuaron fuera de su patria en elevados cargos, sin contar a los principales libertadores (Monteagudo, La Mar, en el Perú: Sucre en Bolivia; Urdaneta en Nueva Granada; Flores en el Ecuador; Irisarri en Chile; Cortés Madariaga en Venezuela, etc.). Blanco-White defendió la insurgencia en Londres.

La actitud de España

La actitud de España fue siempre hostil a reconocer lo inevitable de la secesión americana y no transigió con ella. La regencia reconoció el derecho de América de estar representada en las Cortes de Cádiz, y el 14 de febrero de 1810 lanzó un célebre mensaje —obra, quizá, de Quintana—, que era una verdadera invitación a la insurgencia. Se asignó a América una reducida representación, para la inauguración se le concedieron treinta diputados, todos suplentes menos uno, por la premura del tiempo; luego hubo en las Cortes, entre propietarios y suplentes 64 diputados (más tres por Filipinas) —la mayoría eran suplentes al abrirse las Cortes, designados entre americanos residentes en España—, y descontentó la falta de proporción con los 236 entre propietarios y suplentes, de la Península y Canarias, siendo las respectivas poblaciones de 13 a 10 millones; pero hubiera sido imposible exigir que se hubiera invertido el papel de la metrópoli.

Para halagar a los americanos se procuró que hubiera siempre uno en las regencias, que se sucedieron en Cádiz, y que figuraran en la presidencia y en las comisiones de las Cortes. Los diputados americanos —muchos países no los enviaron por estar ya sublevados, pero, no obstante, se les asignaron también— formaron una especie de partido propio que procuró obtener ventajas para América, aunque la mayoría se alistó en el bando liberal; los más famosos fueron los ecuatorianos Mejía Lequerica y Olmedo y el peruano Morales Duárez.

Por iniciativa de los diputados americanos se acordó reconocer la igualdad a los naturales de América procedentes de los dominios europeos y ultramarinos, es decir, de origen blanco e indio; uno de los problemas que suscitó más polémicas fue el de la proporción de la representación en Cortes y la ciudadanía de negros y castas, que podía alterar la base de aquella: tras enconadas discusiones se aprobó el 10-IX-1811 abrir a la ciudadanía a negros y mulatos indudables —no absorbidos— que reunieran ciertos méritos; en cuanto a la representación se otorgó la misma proporción a América que a España (un diputado para 70.000 habitantes), pero no fue nunca efectiva.

La constitución de 1812 cerró los ojos a la realidad, y fue de tipo absolutamente unitario y centralista, haciendo tabla rasa de las grandes divisiones y organismos coloniales y de las peculiaridades de cada provincia; su aplicación hubiera sido imposible. Aunque se promulgó en América, realmente no llegó a estar vigente plenamente. El artículo 1º afirmaba que la Nación española es la reunión de los españoles de ambos hemisferios. Ante la sublevación hubo solo hostilidad y resistencia, y ni absolutistas ni liberales quisieron reconocer nunca la independencia, no obstante que intrigas y sobornos del Río de la Plata y connivencias masónicas coadyuvaron a la sublevación de Riego, y el nuevo Gobierno entró en negociaciones con Bolívar y con el Río de la Plata, que resultaron inútiles por dicho motivo, los liberales tendían a creer, sin base, que con el régimen constitucional vendría la reconciliación.

El tratado de Córdoba, por el que el último virrey de México, O'Donojú, reconoció el plan de Iguala, fue rechazado, y todavía desembarcaba en 1829 una insensata expedición de reconquista. Esa opinión española —estudiada por Fernández Almagro— se refleja en la Prensa coetánea —como ha estudiado J. Delgado—, y solo apoyó la independencia Blanco-White en El Español publicado en Londres.

Ni en los momentos postreros, cuando toda esperanza estaba perdida, se renunció a la ilusión de recuperar aquellos países, o se quiso proceder a su reconocimiento, esterilizando ocasiones de una paz honrosa o de instalar infantes españoles en los tronos que querían levantar algunos de los jefes americanos. Aumentaron las esperanzas con el restablecimiento del régimen absoluto en 1823, confiándose en el apoyo de la Santa Alianza —ya gestionado en 1818— para reconquistar América, casi totalmente perdida; pero no se decidieron sus potencias, en especial Francia, en quien se confiaba más, y vino el veto de las naciones anglosajonas.

Actitud de Inglaterra y de Estados Unidos

Por sus precedentes políticos e ideológicos, vieron Inglaterra y Estados Unidos con simpatía la revolución americana. A ellas pidieron inmediatamente auxilio los insurgentes, abriéndoles sus puertos: Norteamérica envió cónsules, pero adoptó una actitud de neutralidad oficial, aunque benévola, que favoreció mucho menos a los independientes que la postura inglesa; aceptó Inglaterra la libertad de comercio ofrecida, que colmaba sus aspiraciones; ofreció en 1811 su mediación que al fin no fue admitida por España pues no quería debilitar la resistencia española contra Napoleón, y adoptó una especie de neutralidad, que, en el fondo, fue de franco apoyo, más intenso y visible desde 1817, en que afluyeron a Venezuela miles de voluntarios y cuantiosos recursos económicos.

La actitud oficial inglesa fue la de impedir una intervención europea en favor de España, alegando que el problema debía resolverse solo entre ella y sus posesiones, lo que equivalía a imposibilitar su triunfo, que no podía alcanzar sola. Se agudizó esta posición a raíz de la intervención de la Santa Alianza , y desembocó en el memorándum Canning Polignac (9-X-1823), que acordaba no permitir la intervención de otra potencia en América y admitía su independencia de hecho. El mensaje de Monroe (2-XII-1823), inspirado en gran parte por los roces con Rusia acerca del noroeste del continente, y con ideas de Quincy, Adams, Jefferson y Madison, negaba que América pudiera ser objeto de colonización en adelante, y rechazaba toda intervención europea contra la independencia de los nuevos Estados, que ya habían reconocido los Estados Unidos en 1822, y que Inglaterra realizó oficialmente a partir de 1825. España, encastillada en su actitud, no efectuó el primer reconocimiento, el de México, hasta 1836, tardándose muchísimos años en otros.

Efectos para España

La separación de América representó para España la pérdida de su categoría de gran potencia —mantenida ya con dificultad— y la anulación de los recursos que de allí obtenía, hechos cuyas consecuencias han sido poco estudiadas, pero que han ejercido hondo influjo en la depresión por que ha atravesado España a lo largo del siglo XIX. También estableció la emancipación un foso entre España y América, la cual buscó otras directrices culturales ajenas a la tradición hispánica e hizo juzgar la llamada época colonial como una etapa condenable, a lo que contribuyó la ideología liberal sumándose a la exaltación de la independencia en la hostilidad al período anterior. Por otra parte, la época de la emancipación, magnificada épicamente, se ha convertido en la base de la conciencia nacional de los países hispanoamericanos en forma concluyente y en detrimento de una consideración más objetiva de la acción de España.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. A-E, págs. 1239-1245.