La Emancipación de América

Antecedentes
Causas alegadas
Causas reales
La circunstancia histórica
La transición de 1808 a 1810
El movimiento de 1810
Periodos de la lucha
Caracteres de la lucha

Antecedentes

Colonias europeas (siglos XVI-XVII).Colonias europeas (siglos XVI-XVII).

Se considera en América, en general, como antecedentes de la independencia, a todos los movimientos insurreccionales, de cualquier clase, ocurridos a partir del mismo momento de la conquista, y a sus autores y participantes, cual precursores de aquella. Criterio exagerado y poco histórico, pues tales movimientos responden a diversas causas, que no coinciden siempre con las que ocasionaron definitivamente la emancipación, aunque sí puedan ofrecer algunos rasgos comunes. La emancipación fue un fenómeno que se dio en determinada época y coyuntura, impulsado por factores que venían, unos de lejos, y se acumularon otros en los tiempos próximos a ella, y posee caracteres típicos que no se hubieran dado en sublevaciones anteriores en el caso de triunfar. El fundamental es el haber sido obra del elemento criollo, auxiliado por el mestizo, y no del indio.

Aunque se incluyan aquí los movimientos insurreccionales de diversas clases, no consideramos como verdaderos precedentes más que a algunos, eliminando de tal categoría los de los indios, que, generalmente, son epílogos de la conquista o resistencias a la colonia y a la nueva nacionalidad en formación; no son tampoco precedentes estrictamente las rebeliones motivadas por abusos fiscales; o los simples estallidos de antipatía de los criollos y mestizos contra los peninsulares, aunque esta sea una de las causas más importantes de la independencia. Dominó habitualmente en la época colonial un tono de tranquilidad y de lealtad, sin que las diversas rebeldías pusieran seriamente en peligro la soberanía española, salvo unas pocas graves y siempre de alcance local. Realmente, hasta fines del siglo XVIII no se dio plenamente el conjunto de factores que originaron directamente la emancipación.

A raíz de la conquista hubo ya pensamientos o tentativas separatistas de algunos conquistadores, descontentos por no haber sido recompensados suficientemente o por reacción contra las Leyes Nuevas (1542), que tendían a favorecer al indio frente al encomendero. Así brotaron las últimas guerras civiles del Perú y, en especial, la sublevación de Gonzalo Pizarro, quien no se atrevió a seguir los consejos de Francisco de Carvajal en el sentido de declararse independiente y crear una monarquía en provecho propio (1545-1548), que no habría sido viable, como tampoco cualquiera otra fundada por aquellos tiempos, en que el elemento criollo era escaso, frente a la masa india, fuerte el poder de la metrópoli y arraigado el sentimiento de fidelidad.

La insurrección de Pizarro agitó por bastante tiempo América, dejando un sedimento de rebeldía en viejos soldados, que se levantaron, a su vez, en sacudidas esporádicas, como las de Sebastián de Castilla y Vasco Godínez y la de Francisco Hernández Girón, en Charcas (1553-54); la de Álvaro de Oyón, en Nueva Granada (1553); la de los hijos de Rodrigo de Contreras, en Nicaragua (1550), y la más célebre de todas, la de Lope de Aguirre, abiertamente opuesta a la soberanía de Felipe II (1561). Al mismo espíritu vino a responder la frustrada conspiración de Martín Cortés, en México (1566), cuyos objetivos y métodos se asemejan bastante a los de otros conspiradores del siglo XVIII. La ejecución de Tupac Amaru en el Perú, último soberano inca (1572) es, en realidad, un acto póstumo de la conquista.

Un motín de origen fiscal ocurrió en Quito, en 1592, contra el presidente de la Audiencia, Barros de San Millán, reprimido duramente por tropas enviadas desde el Perú, en el que hubo propuesta de separación, pero no fue este su móvil. Movimientos criollos contra el predominio de los peninsulares en los cabildos hubo ya en el siglo XVI en Santa Fe (Río de la Plata, 1580), y varias agitaciones contra gobernadores, en el Paraguay, de turbulenta vida y vivo deseo de desarrollo autonómico. El criollismo informa motines, como el que derribó al virrey de Nueva España, conde de Gelves (1624), a pretexto de sus disensiones con el arzobispo; renovado en 1692 contra el conde de Galvez, a causa de hambre y carestía, aunque obra del elemento popular indio y mestizo de la capital, con inhibición de los criollos, tanto ante la rebeldía como ante la defensa.

También hay carácter criollo en algunas de las revueltas de Potosí, sobre todo en el bando de los Vicuñas, y en la más grave de mestizos de La Paz (1661), dirigida por Antonio Gallardo, que proclamaba libertad para los americanos, y que pereció al intentar extenderla al Perú. En 1642, un aventurero irlandés, residente en México, Gabriel de Lámport, soñador, audaz y poeta, imaginó una conjuración para proclamar la independencia bajo su cetro, por un golpe de mano, apoyándose en las diversas clases sociales y en las potencias enemigas de España (1642). No tuvo trascendencia alguna, y, preso del Santo Oficio por hereje, pereció en un auto de fe de 1659. Tampoco estalló la conjura de mestizos y mulatos, de tipo plebeyo, en México, organizada por el tabernero José Valor (1665).

Los movimientos del siglo XVII fueron, por tanto, aislados y de escasa importancia, sin que hubiera ninguno serio en pro de la emancipación. Aparte quedan las sublevaciones de indios y negros, de distinto carácter, motivadas por malos tratamientos o inadaptación a la nueva vida colonial, o, en realidad, verdaderas luchas fronterizas, prolongación de la conquista a lugares marginales. En esta categoría cabe incluir la tenaz resistencia araucana en Chile, que duró todo el siglo XVII, y que, no obstante, un falso criterio con que se la enfoca corrientemente, viene a ser una lucha del indio por la libertad de su tribu y de seguir dentro de su barbarie, fuera del verdadero pueblo chileno, criollo y mestizo.

Rebeliones indias importantes fueron las de los tepehuanes, de Nueva Vizcaya (México), en 1616. contra todos los blancos, aplastada en la batalla de Cacaria; las de Tehuantepec y Oajaca, a causa de abusos (1660-61); la de los indios pueblos, de Nuevo México, que sacudieron la dominación española y el cristianismo, volviendo a su anterior cultura, y permanecieron libres doce años (1680-1692); la de los calchaquíes, de Tucumán. renovada por el falso inca Pedro Bohorques, que logró ser reconocido teniente gobernador; hasta que, sublevado, pereció en 1667. De sublevaciones negras fue la más importante la ocurrida en el Brasil, donde se formó un quilombo o especie de república, la de Palmares, que no fue subyugada hasta fines de siglo.

En el siglo XVIII aumentan en intensidad los movimientos y las conspiraciones, y se va formando un ambiente difuso, favorable a la separación, bien concreto y con aspiraciones determinadas en algunos ambientes criollos, en general cultos y de elevada categoría social. Tres de las sublevaciones fueron bastante fuertes y de gravedad, pero respondieron a orígenes distintos. La primera fue la llamada de los Comuneros del Paraguay, dirigida por José Antequera y luego por Fernando Mompó, y que duró, en su período álgido, de 1723 a 1735, con un intervalo de 1725 a 1730; tuvo carácter criollo, municipal —por la dirección del cabildo de La Asunción— , de hostilidad a los jesuitas y de inequívoco carácter autonomista, democrático y propugnador de la soberanía popular, según las direcciones ideológicas de ambos caudillos citados. Aunque no se proclamó la independencia del país, se actuó de hecho como si existiera.

Siguió, con mucha menor gravedad, la de mestizos o cholos, en Cochabamba (Bolivia), en 1730, encabezada por Alejo Calatayud, en pro de los criollos y contra los peninsulares, que, triunfante brevemente, concluyó con la muerte del jefe. Contra lo que se ha dicho a veces, no ofreció carácter separatista, ni es un verdadero precedente, la sublevación del canario Juan Francisco de León, en Venezuela, contra los privilegios de la Real Compañía Guipuzcoana (1749-52), aunque encubriera la antipatía de la oligarquía criolla contra el elemento peninsular.

Más gravedad ofrecieron continuas rebeliones indias, que culminaron en la de Tupac Amaru, precedida por una serie de ellas. Ya en México, como la de Pedro de Soria Villarroel, combinada con otras de indios, con el pretexto de protestar contra la expulsión de los jesuitas y, en realidad, contra el blanco y su cultura; en ella aparece ya un cura guerrillero, Juan Eduardo García Jove, y fue reprimida duramente por José de Gálvez (1765-67); o la del panadero maya Jacinto Canek, en el Yucatán, que se proclamó rey de los indios (1761), siendo ejecutado; y en el Perú, donde la cantidad de rebeldías fue bastante numerosa, debido a la dureza de la condición del indio y a la opresión de que era víctima, como revelaron Jorge Juan y Antonio de Ulloa, en sus Noticias secretas.

Una rebelión de los chunchos, indios fronterizos superficialmente conversos, se complicó con la jefatura de un supuesto inca del Cuzco, Juan Santos, que se hacía llamar Apu Inca e hizo creer a las autoridades españolas que poseía un amplio reino en las selvas, durante algunos años, donde se sostuvo independiente (1742 ss.). Al avanzar el siglo cundieron las sublevaciones locales de indios y el asesinato de corregidores, como en Huarochirí (1748), en Chumbivilcas (1776) y Huamalíes, motivados por los abusos fiscales, extremados bajo el visitador José Antonio Areche, por el mal trato a los indios y también por excitaciones ocultas de otras clases sociales, como percibían las autoridades, que más de una vez acudieron a la moderación para calmar el descontento, como hizo el virrey Guirior.

También indicaron una dirección secreta los motines de Arequipa (1780) y el conato de Lorenzo Farfán, en Cuzco (1780). Todas ellas desembocaron en una formidable rebelión india, la última de carácter exclusivamente indígena y para sacudir el estado social impuesto por el blanco: fue la simultánea y combinada de Tupac Amaru (José Gabriel Condorcanqui) y de los Catarí (Tomás Catarí y sus hermanos, Pedro Vilcapasa, Alejandro Calisaya y Julián Apasa), en Perú y Charcas, respectivamente; de carácter exterminador y estallido del odio al blanco, tanto criollo como europeo, aunque los jefes intentaron atraerse al primero y dar tono americanista a la insurrección. Tuvo un carácter marcadamente racial y social, de reivindicación del antiguo estado anterior a la conquista, y de conseguir la independencia de un Perú indígena; repeliendo al fin a criollos y mestizos, que habían de ser, no mucho después, los autores de la emancipación, y no el indio. Esta sublevación (1780-81) fue la más sangrienta y peligrosa ocurrida en la época colonial.

La tercera insurrección grave del siglo XVIII ofreció rasgos menos terribles: fue la de los Comuneros del Socorro en Nueva Granada (1780) asimismo provocada por los gravámenes fiscales del visitador Gutiérrez de Piñeres, y encabezada por Juan Francisco Berbeo y José Antonio Galán, que triunfaron fácil y efímeramente, acabando por ser ejecutado el segundo. Repercutió tal movimiento en Mérida de Venezuela, y sufrió la influencia del de Tupac Amaru, como ocurrió en Casanare; no pretendió abiertamente la separación, aunque ocultamente fue atizada por altos elementos criollos a ella inclinados.

Existieron en este siglo, además de las sublevaciones referidas, conjuras con más o menos fundamento conocidas casi solo por las peticiones de ayuda a Inglaterra, interesada en destruir el monopolio mercantil español y abrir libremente el continente americano a su comercio. Tras la era de la piratería y a la par de intenso contrabando, pensó Inglaterra en la conquista de territorios americanos, pero también desde 1740 —guerra de Sucesión de Austria— en ayudar a la separación, como ya concibieron Walpole y Vernon. En 1742 un grupo mexicano pedía auxilio a Oglethorpe, gobernador de Georgia; en 1765 reiteraba la petición al Gobierno inglés el aventurero marqués d’Aubarède en nombre, según decía, de unos patriotas mexicanos, y la repetía en 1782-83 otro aventurero, La Tour o Juan Antonio de Prado, que pretendía la independencia de Chile, Perú y Río de la Plata; el de Francisco de Mendiola (1785), que se decía comisionado por otro grupo de nobles mexicanos; el ex jesuita mendocino Juan José Godoy, que alegó en Londres tener una representación de Chile para tratar de la separación (1781-85), y asimismo otro insolvente, Luis Vidal (1784), catalán que fingió actuar en nombre de los comuneros de Nueva Granada; todos estos individuos y otros más análogos ofrecían magníficas condiciones a Inglaterra por la ayuda a la emancipación o incluso por colocarse bajo su soberanía, pero se ignora qué grado de veracidad o de posible efectividad merecían.

A partir de 1783 comienza la que puede designarse era de Miranda, pues el célebre revolucionario toma sobre sí la tarea de la independencia y le consagró tenaz y constantemente todos sus esfuerzos, esperando siempre la ayuda inglesa, salvo la etapa de su intervención en la Revolución francesa. Aparte de los hechos inspirados por él, hubo repercusiones de la ideología francesa y la conspiración de los machetes (1779) en México, con algunos procesos inquisitoriales, en el Plata (1795) y otros países. En Chile, los franceses Antonio Berney y Antonio Gramusset con José Antonio de Rojas conspiraron utópicamente por implantar la república (1780), pereciendo presos los franceses y salvándose el prócer chileno, que desempeñó papel de relieve cuando la independencia.

A fin de siglo, también reflejó ideas de la Revolución francesa la tentativa de los desterrados españoles Juan Bautista Picornell, Sebastián Andrés y Manuel Cortés Campomanes, que ya habían conspirado en la Península (Republicana, primera conjuración), en connivencia con los venezolanos Manuel Gual y José María España y otros de menos relieve, en La Guaira (1797), intento no realizado, pero que costó la vida a España (1799). Asimismo fracasó en Maracaibo el intento también republicano de negros y mulatos, dirigidos por Francisco Javier Pirela (1800). En Nueva Granada, el precursor de la independencia fue Antonio Nariño, procesado en 1794 por haber traducido los Derechos del Hombre.

Reunía Miranda en París, en 1797, lo que llamó pomposamente Junta de las ciudades y provincias de la América Meridional, con los supuestos ex jesuitas Manuel José de Salas y José del Pozo y Sucre —militar este e ignorado el primero, pero no jesuitas—, delegados de otros conjurados, para impresionar con sus conclusiones al Gobierno inglés; también divulgó la encendida proclama antiespañola de otro jesuita expulso (el peruano Juan Pablo Viscardo y Guzmán (†1798), que llamaba a los americanos a la independencia. En los primeros años del siglo XIX el ambiente era ya propicio a una subversión, pero no estallaron tentativas serias antes de 1808.

Las más importantes fueron la conspiración del mineralogista peruano José Gabriel Aguilar, en el Cuzco, con el abogado Manuel Ubalde (1805) para restablecer la monarquía inca, siendo ambos ejecutados; y la expedición de Miranda a Venezuela, en dos tentativas ante Ocumare (28 de abril) y Coro (agosto de 1806), fracasadas por no secundarle los criollos, a quienes desagradaba la ayuda que le prestaba Inglaterra, temiendo cambiar de dominación.

Un plan de Miranda recogido por el Gobierno inglés ocasionó los ataques a Buenos Aires y Montevideo (1806 y 1807), rechazados por los criollos, que tampoco querían recibir la independencia del extranjero; pero tal hecho influyó en preparar los ánimos, por la propaganda realizada en favor de la separación por los ingleses, durante su ocupación de Montevideo, y por el general Beresford, caído prisionero, ayudado por Saturnino Rodríguez Peña; también repercutió por la destitución del inepto virrey Sobremonte llevada a cabo por los criollos, en plena conciencia ya de su fuerza y de sus posibilidades.

En síntesis, ninguna de las tentativas referidas tuvo éxito ni produjo resultados duraderos, y solo ofrecieron verdadera gravedad los del Paraguay y Tupac Amaru, pero son síntomas de malestar o de algunas de las causas que engendraron la independencia. Fue necesario la acumulación de factores indicados en otra parte y las circunstancias por que atravesó España a comienzos del siglo XIX para que llegase a madurez la emancipación.

Causas alegadas

La emancipación de la América española de la soberanía de la metrópoli es un hecho desarrollado de 1810 a 1824, mediante el cual las antiguas posesiones de España en el continente americano conquistaron su independencia, se constituyeron en Estados y remplazaron la anterior unidad colonial por una diversidad de naciones con personalidad propia. Se trata de un complejo fenómeno histórico de variado desenvolvimiento, con pluralidad de causas y confluencia de múltiples factores; ofrece una fisonomía bien marcada, la cual origina que no pueda confundirse con movimientos anteriores en América, señalados en los precedentes de la independencia, que, en general, no tienen de común con el movimiento definitivo más que la aspiración a segregarse de España, pero con otros rasgos y sin el típico conjunto de caracteres que dan tono especialísimo a este grandioso acontecimiento histórico.

Indicados los principales antecedentes, hay que exponer las causas de la emancipación, las cuales son muy numerosas, y cuya apreciación ha variado mucho, al punto de que no coinciden todavía los historiadores en la estimación de todas ellas. Durante mucho tiempo ha sido en cierto modo clásica la enumeración que, por ejemplo, en 1817 hizo el patriota venezolano Manuel Palacio Fajardo, para justificar la revolución ante el extranjero —común a otros próceres y manifiestos— y que podría calificarse de visión liberal y nacionalista de las causas, generalizando a toda América, hechos que tenían más importancia en algunos países que en otros: la tiranía de las altas autoridades, la injusta administración de justicia, el monopolio económico, el aislamiento en que se mantenía a las colonias, el desdén por los criollos, con la consiguiente desconfianza hacia ellos y su apartamiento de los cargos de gobierno y administración y la ignorancia en que trataba España de mantener a aquellos países. En resumen, se ha considerado como principal causa la tiranía ejercida por España, y la emancipación habría sido un movimiento contra una usurpadora e injusta dominación extranjera.

En lo expuesto hay generalización y exageración de hechos reales o una tergiversación de otros, omitiendo sus motivos y matices; por ejemplo, la ignorancia alegada está en contradicción con la labor cultural desenvuelta por España desde los días de la conquista, con el nivel cultural de las altas clases americanas y, en especial, el de los próceres; pero alude concretamente a los obstáculos puestos para evitar la difusión de las ideas enciclopedistas y de todo lo que atacara a la reli gión, a la autoridad regia y a la soberanía española.

El monopolio económico era general en todas las colonias de las demás naciones, e Inglaterra que lo venía atacando violentamente en el imperio español, lo practicaba celosamente en las suyas, y notorio es que constituyó precisamente una de las causas más importantes de la revolución norteamericana. Cierta es la postergación de los criollos de los cargos, la cual no era, por otra parte, legal ni tampoco sistemática, procedía de buscar gente de confianza que creían encontrar los monarcas en los peninsulares o en personas más próximas a la fuente del Poder; en los últimos tiempos coloniales había aumentado el número de americanos admitidos a funciones públicas. El concepto de tiranía era bastante vago, y con él tanto se visaba a efectivos abusos de autoridades como al criterio autoritario propio del régimen absoluto que había informado toda la actuación española e inherente a su legislación, como incluso a la opresión ejercida con los indios, en la que eran responsables tanto peninsulares como principalmente la sociedad criolla, beneficiaria de la propiedad y de la mayor parte de la economía, cual señalaron ya Jorge Juan y Antonio de Ulloa en sus Noticias secretas.

A estas causas se ha añadido el influjo de la ideología del siglo XVIII con el ejemplo a la par de las revoluciones norteamericana y francesa. El último se ha exagerado al punto de considerar la revolución hispanoamericana como repercusión o derivación de la revolución de 1789, en forma exclusiva. (Se pueden señalar como típicos representantes de esta tendencia a Hugo D. Barbagelata y Luis Alberto de Herrera, entre otros muchos.)

Causas reales

Ya desde el siglo XIX se empezó a rectificar el criterio unilateral con que se enjuiciaba la emancipación, y a estudiarla a la luz de nuevos documentos o con otros puntos de vista, hasta llegar a una gran diversidad de ellos, incluso antitéticos. Así, José León Suárez veía unilateralmente la revolución americana como un aspecto de la efectuada por el liberalismo español contra el absolutismo como enemigo común a ambas, mientras que el escritor monárquico francés Marius André, en una discutida obra, La fin de l'empire espagnol d'Amérique (1922), atribuía la emancipación a reacción conservadora contra el triunfo del régimen liberal en la Península y contra la Revolución francesa, desquiciando hechos y generalizando en exceso otros, pero contribuyó a atenuar el excesivo influjo supuesto en la Revolución francesa.

En la imposibilidad de indicar tanto criterio contrapuesto, nos limitaremos a señalar las principales causas y factores de la indepen dencia, que, con un criterio más histórico, se puede juzgar han influido más en ella y como las exponen recientemente historiadores americanos (como Parra-Pérez y Encina).

La formación de un pueblo nuevo

Las causas fundamentales, de las que derivan las otras, se concretan en la madurez y desarrollo adquirido por las naciones hispanoamericanas y en la rivalidad del criollo con el peninsular. El primer concepto, aunque parezca un tópico, es la realidad básica sobre la que se asienta la independencia: lo que no habría sido viable en el siglo XVI —a raíz de las rebeldías de los conquistadores o de la resistencia india— lo era a comienzos del XIX, debido a la labor realizada por España, gracias a la cual sus posesiones americanas no eran colonias en la realidad geográfica y sociológica, aparte del concepto legal, sino países de cultura cristiana y europea y prolongación en todos los aspectos del Viejo Mundo.

Por su organización política y administrativa, por su desarrollo social, económico y cultural, las provincias americanas, en la conciencia de los criollos y de sus elementos más capaces, se sentían con plenitud histórica aptas para la vida independiente y para constituir Estados autónomos, susceptibles de proseguir dentro de la órbita cultural europea y de no ser meras colonias de carácter indígena segregadas de la metrópoli. Tal conciencia se daba principalmente en el elemento criollo y en el mestizo, con varia matización, y con un tono diferente a como podía sentirla el indio, nostálgico más bien de su antigua cultura e ideología y hostil al blanco y a todo lo que representaba y había aportado.

Relacionada con esta causa estaba otra primordial, y era la formación de pueblos americanos distintos del peninsular, modelados por un medio geográfico diferente, otro clima, diversa adaptación, economía peculiar, necesidades de todo orden satisfechas de otro modo, costumbres nuevas, influjo poderoso del elemento indio y de su antigua cultura alimentado por el fuerte mestizaje, en mayor o menor grado según los países; en resumen, una vida diferente de la de España, y que forzosamente había de influir sobre la comunidad de sangre, religión, cultura, ciudadanía e intereses; gradualmente los elementos diferenciadores adquirirían primacía sobre los conexivos; fundamental era la diferencia surgida de carácter y temperamento entre peninsulares y criollos.

Rivalidad de criollos y peninsulares

La rivalidad del criollo hacia el europeo procedía ya de la primera generación de ellos —manifestado incluso en forma separatista como en la conjura de Martín Cortés—; la tierra acabó por prevalecer sobre la sangre aunque conservando siempre la primacía sobre el indio y las castas y el criollo se sentía americano y distinto del peninsular, aunque fuera su padre, ganado por el amor al terruño, que acabó por ser la patria, y se llenó de contenido sentimental, con solidaridad por todo lo referente a ella: su geografía, sus costumbres y su pasado indio, aunque el indígena contemporáneo estuviera menospreciado y oprimido por el mismo criollo.

Desde muy pronto existió esta conciencia y, por tanto, rivalidad y envidia con el peninsular, que acaparaba la mayoría de los cargos o por su esfuerzo se encumbraba a la riqueza, menospreciando cada elemento al otro con ponderación de los respectivos defectos; la rivalidad penetró incluso en los claustros, obligando a una medida que no satisfacía: la alternativa en la dirección. Tal estado de ánimo hacía ver con recelo o desafecto las medidas del Gobierno español y tomar muchas de ellas a mala parte, exagerando las faltas o no queriendo comprender sus razones, como en el caso de la política comercial, aparte de los desaciertos o trabas absurdas de ella. No significa tal situación psicológica que se estuviera pensando siempre en la emancipación, pues se daba habitualmente, junto con una honda lealtad al monarca, e incluso en los primeros tiempos del movimiento revolucionario muchos americanos habrían deseado compatibilidad entre la autonomía y el rey.

La unión con España se había debilitado en los espíritus, y en muchos de los criollos no había otro lazo con la metrópoli que la persona del monarca, argumento que con más o menos razón jurídica fue invocado —y poseyó bastante fuerza—, a raíz del movimiento emancipador. Ha podido decir Alemparte que la revolución no fue el alzamiento de los criollos contra una insoportable tiranía, sino la toma del poder por una clase que se creía con derecho a mayor injerencia en el gobierno. J. C. Chaves añade un sentido patriótico criollo, que impulsaba a desear para su país lo mejor, cifrado en la independencia: Para S. Zavala, por optimismo en el porvenir. Era general el afán de elevación y grandeza de América.

Motivos de descontento

Además de lo dicho antes, existían realmente factores de descontento con el régimen dominante en América, y se podría aducir como ejemplo, por su moderación y no corresponder a una exposición separatista de causas, las peticiones elevadas por los representantes americanos en las llamadas Cortes de Bayona en 1808. Pedían igualdad de americanos y españoles, libertad de agricultura, industria y comercio, con supresión de monopolios y privilegios; igualdad de clases sociales, con abolición de la nota de infamia sobre mestizos y mulatos y del tributo de los indios, de su servicio personal y del trabajo forzoso y de sus limitaciones legales, supresión de la ceremonia del paseo del pendón real, emblema de la conquista; representación en Cortes, que fiscalizase las cuentas de Indias, separación de funciones administrativas y judiciales en virreyes y gobernadores; creación de tribunales de apelación, que evitasen el recurso al Consejo de Indias; incluso abolición de la trata. Se acusa a España por historiadores americanos de no saber regir con acierto un país en pleno ascenso.

Sentido de libertad

Influyeron asimismo sobre la independencia ideologías, ejemplos y estímulos. Anterior a las ideas venidas de Francia y del mundo anglosajón es un sentimiento de libertad, traído por los conquistadores y primeros colonos, y cuyo alcance no se puede fijar aún con exactitud. Para diversos historiadores americanos —o no—, el amor medieval a la libertad —en realidad a libertades y privilegios— propio de Castilla, expresado en sus ayuntamientos y vencido con las Comunidades, se conservó y se transmitió en América, donde se hizo patente en las rebeldías de los conquistadores contra la autoridad real —así la de Gonzalo Pizarro— y se refugió en los municipios o cabildos, en los que se habría perpetuado hasta el mismo momento de la emancipación.

Los cabildos fueron la institución más asequible a los criollos, donde pudieron ejercer predominio e incluso adquirir cierta experiencia política. No cabe duda de que los cabildos estuvieron en manos de la aristocracia y de la burguesía criollas, de la que fueron sus órganos oligárquicos, burguesía orgullosa y turbulenta e indisciplinada, de la que es un relevante ejemplar la del Paraguay. Cierto es que la legislación metropolitana halló frecuente resistencia en ella, por lo que se ha considerado que los cabildos eran el órgano atenuador del absolutismo en la práctica y hasta una escuela de libertad.

El papel de los cabildos ha sido puesto de relieve debidamente —por ejemplo, por Julio Alemparte—, pero se ha exagerado asimismo su significación, generalizando casos. Además de su carácter oligárquico y nada democrático, sus atribuciones estaban muy limitadas, y salvo sucesos concretos o actitudes, como la de los Comuneros del Paraguay, su intervención en la independencia consistió en haber servido de instrumento para el chispazo inicial, más que en haberla preparado.

Nuevas ideologías

Anteriormente a la ideología de la Enciclopedia existió en América otra, coincidente con ella, de tipo democrático, propugnadora de la soberanía popular, denominada populista por Giménez Fernández, que la ha señalado, procedente de los escolásticos y que fue enseñada en las aulas, llegando su influjo hasta los próceres de la independencia: es la de Antequera y Mompó y en la que han insistido el padre Furlongs Chaves y otros. Confluyó con la proveniente de Francia, y en realidad fue absorbida por esta, cuyo influjo fue indudablemente muy poderoso, como se manifiesta a lo largo del movimiento de la Ilustración americana.

La influencia de la ideología revolucionaria del siglo XVIII ha sido exagerada, hasta atribuirle la paternidad de la emancipación. Ciertamente que las ideas de los teorizantes franceses son patentes en muchos próceres, como en Miranda, Nariño, Bolívar, Hidalgo, Moreno, Castelli, Martínez de Rozas, Zea, Rivadavia y otros más, como también que las formas constitucionales adoptadas al estallar la revolución y organizar los nuevos Estados proceden de Francia y de los Estados Unidos principalmente, además de los influjos del naciente liberalismo español manifestados en las Cortes de Cádiz; puesto que, en realidad, eran las corrientes de la época y difícilmente se habrían hallado otras que respondiesen al sentido de oposición a las instituciones dominantes hasta entonces en América.

No obstante, cabe insistir en que la ideología enciclopedista no fue la causa exclusiva ni aún la fundamental de la independencia, puesto que esta tuvo otras varias, venidas de lejos y aun ideas anteriores; pero se desarrolló a lo largo del proceso revolucionario, le vistió con sus formas y su mística, sirvió para encender el fervor y concluyó por informar las nuevas instituciones, moldeada la organización de los nuevos Estados por el liberalismo, por lo que la revolución hispanoamericana ingresó en el grupo de las revoluciones liberales, lo que ha hecho perder de vista sus orígenes, que se podrían calificar más bien de nacionalistas: de lucha por la independencia más que por la libertad en dos momentos, como señaló García Gallo.

Es de advertir que influyó más la ideología del XVIII que la propia Revolución francesa, a causa de los excesos del Terror, que la desacreditaron ante muchos próceres, incluso Miranda, actor de ella. Indica García Samudio que, en general, influyó más el ejemplo norteamericano, cuyas instituciones, democracia, federalismo, presidencialismo, fueron adoptadas, unas u otras, en muchos países hispanoamericanos, aunque se expresó más en los elementos dirigentes, mientras que al pueblo le eran más comprensibles las fórmulas revolucionarias francesas.

El ejemplo de la triunfante emancipación norteamericana —ayudada por España— fue potentísimo en Hispanoamérica, como ya advertía el conde de Aranda; impresionó a los criollos, quienes volvieron sus miradas a la nueva nación; les fascinó su fulminante desarrollo y enorme prosperidad, que atribuyeron simplemente a efecto de sus instituciones libres y democráticas, sin advertir los factores geográficos, el carácter de los anglosajones, su energía y amor al trabajo y otros elementos ajenos a la política, y olvidando las condiciones peculiares de los países hispanoamericanos: la pobreza de muchos, la diferencia de condiciones sociales y el lastre de las razas de color; creían ingenuamente como señala Pereyra que bastaba la independencia para remover todos los obstáculos a la prosperidad. Los Estados Unidos, por su carácter y la ideología dominante, y por la rivalidad que desde el primer momento ostentaron con España, miraban con simpatía la separación de sus vecinos y la excitaban cuanto era posible, como hacían sus marinos y comerciantes en los puertos de Chile y otros países.

Las reformas del siglo XVIII

Las reformas borbónicas y especialmente las de Carlos III y los ministros del Despotismo Ilustrado tuvieron consecuencias de vario orden sobre la tendencia emancipatoria. Es visible el aumento de bienestar y de cultura aportado por las reformas —aludidas en la Ilustración—, pero no aumentaron la adhesión, pues por un lado hicieron más intolerable la soberanía de la metrópoli, acrecieron la conciencia de la propia personalidad y el deseo de libre determinación, al aumentar las posibilidades de las futuras naciones. Incluso las mejoras desagradaban por el hábito de orden, regularidad y rigidez fiscal introducidos, contrapuestos a los vicios y corruptelas arraigados, o irritaban los halagos, o se interpretaban en sentido hostil los móviles de las reformas.

Los ministros de la Ilustración carecieron de finura psicológica en su política americana y creyeron satisfacer las aspiraciones criollas con las mejoras exteriores —indudables, al punto de que es mero tópico el atraso de América en vísperas de la independencia, pues es innegable su situación de progreso en muchos aspectos, como observó Humboldt. Pero su política antitradicional resultó contraproducente y distanció a muchos espíritus, por la anulación de las tendencias que habían informado el imperio español y la obra de España en el Nuevo Mundo, por la disminución de su carácter espiritual y su concreción en intereses materiales, y por ser consideradas las provincias americanas como colonias y moneda de cambio en los conflictos internacionales, en mayor grado que hubieran podido serlo antes, y sin los rasgos que justificaban la acción de España.

Donde se expresó el error del Despotismo Ilustrado con mayor crudeza y peores consecuencias fue en la expulsión de la Compañía de Jesús; son unánimes los testimonios y opiniones de los historiadores acerca del quebranto producido en el ánimo de la burguesía criolla por tal hecho, pues eran los jesuitas sus educadores y guías, gozaban de profunda veneración y por su saber, cultura y conducta superaban en este respecto a otras órdenes, de modo que la expulsión era notoriamente violenta e injusta. El respeto al rey se resquebrajó y perdió este el apoyo de los más celosos defensores de su autoridad, cuyo poderoso influjo faltó al sobrevenir la crisis de la soberanía. Además, algunos de los jesuitas americanos expulsos, indignados por lo hecho con ellos, se adhirieron a los elementos independizantes; con ellos entró en relación Miranda, y Viscardo y Guzmán lanzó una ardiente proclama en pro de la independencia, ponderando el ejemplo norteamericano. Otros —Molina, Clavijero, Cavo— nutrieron con sus obras históricas el sentimiento patriótico americano.

Importante fue la renovación cultural y el cambio de ideario filosófico y científico y la difusión de los medios de enseñanza, estudio e investigación.
Actitudes extranjeras

Otro factor que influyó en la independencia fue la política extranjera hostil a España, y con más fuerza la de Inglaterra. Siempre había combatido al imperio español, para romper principalmente el monopolio comercial y la pretensión de cerrar América a la colonización extranjera. Después de la etapa pirática de los siglos XVI y XVII, en el siguiente predominó el contrabando en auge, y simultáneamente, con el afán de conquistar posesiones españolas, se fue abriendo paso el criterio de favorecer su independencia, convertido en tenaz e implacable objetivo, aunque las pretensiones conquistadoras se habían de manifestar todavía en 1806 y 1807, con los ataques a Buenos Aires y otros planes no ejecutados.

Los separatistas americanos durante todo el siglo XVIII pusieron sus esperanzas en Inglaterra, y a ella acudieron incesantemente en solicitud de auxilio . Miranda preside toda una época de esfuerzos en este sentido, y constantemente procuró a todo trance obtener el apoyo inglés. Pero la opinión criolla, aunque anhelaba la ayuda británica, desconfiaba de sus intenciones, y rechazó tanto los ataques al Río de la Plata como dejó solo a Miranda, pues se prefería en último caso el amo viejo. Los ataques a Buenos Aires tuvieron otra consecuencia: el triunfo obtenido por los criollos sobre los ingleses les dio plena conciencia de su fuerza y de la debilidad de las autoridades españolas, y la destitución del inepto virrey Sobremonte sentó un grave precedente.

La actitud francesa fue menos decisiva, salvo por repercusión, pues carecieron de importancia los proyectos y tentativas de los revolucionarios y de Napoleón; pero la guerra de la Independencia española había de proporcionar a los partidarios de la emancipación una ocasión excepcional para implantarla.

En último término, la separación de América es fruto de la evolución histórica española, en una ruta que se alejaba de su pasada grandeza. Como ha dicho Eyzaguirre, fue la etapa culminante de un proceso de disgregación cultural, alentada por los rivales. Coincide con la desintegración espiritual de España (Puente Candamo). Remata el proceso disgregativo que arranca del siglo XVII, y que solo aparentemente contuvo el XVIII. Como se ha dicho, hubo impaciencia en América y falta de decisión y de flexibilidad en España.

La circunstancia histórica

Todo este ambiente y esta acumulación de causas y factores necesitaba una coyuntura propia, que ya no dependía de América, y que le fue otorgada por la inepta política de Carlos IV y Godoy en relación con Francia y a la zaga de Napoleón. Trafalgar dejó a España sin flota y aislada de América. La caída de Carlos IV, la proclamación de Fernando VII, las abdicaciones de Bayona y el levantamiento del pueblo español depararon la ocasión buscada por la minoría que veía próximo el momento de la insurrección. Sin embargo, 1808 cogió desprevenidos a los conspiradores y partidarios de la independencia, a pesar de los esfuerzos y manejos de Miranda y de la logia que para la separación de América fundó en Londres (poco conocida es la actuación de la masonería americana con anterioridad; por procesos inquisitoriales se sabe de su existencia, en México, por ejemplo, y de sus tendencias revolucionarias.

La Logia Lautaro, filial de la de Miranda, centralizó luego en Cádiz los trabajos por la emancipación. A la masonería pertenecieron muchos de los caudillos de la independencia, empezando por Bolívar y San Martín). América, ante la invasión de España, reaccionó en sentido leal y de reconocimiento inequívoco de Fernando VII, proclamado en todas partes, a impulso en varios sitios —Caracas, Buenos Aires— de los elementos criollos contra la indecisión de las autoridades, y fracasaron los emisarios napoleónicos que intentaban el reconocimiento de José Bonaparte. Se enviaron grandes cantidades de dinero y fue acatada la autoridad de la Junta Suprema Central como legítimo Gobierno, manteniéndose intacta la armazón española en América y las autoridades existentes.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs. 1231-1239.