América Conquista y colonización

Después de los siglos de luchas de la Reconquista, no se halló España —y concretamente Castilla— fatigada. sino por el contrario, llena de vigor y dispuesta a nuevas empresas. América fue el campo adonde se encauzaron las energías españolas, impulsadas por un afán de mejora y riqueza, un ideal religioso, espíritu de aventura e inquietud y carácter guerrero, deseoso de expresarse en nuevas hazañas y contiendas.

Se ha discutido si España se encontraba preparada para la empresa americana: podrá examinarse y enjuiciar con diversos criterios la cuestión de los métodos, de los aciertos parciales de los sistemas empleados, de conductas individuales o colectivas, de las directrices seguidas, del mayor o menor rendimiento o provecho obtenido, de las posibilidades frustradas, pero creemos que es ocioso vacilar sobre la respuesta definitiva; la incorporación de un nuevo continente en pleno a la cultura europea y cristiana —hecho no repetido con los demás—; la importancia que ha adquirido América en los destinos del mundo, la existencia de numerosas nacionalidades fundadas por el esfuerzo español, en pleno desarrollo y de incalculable porvenir, son hechos que dictan por sí solos la respuesta e inclinan la balanza en sentido positivo, pese a las faltas, a los errores, a los desmanes inherentes a toda obra humana.

Se ha dicho repetidas veces que españoles e ingleses han sido los mayores fundadores de imperios en la Edad Moderna, y los primeros han ofrecido las mismas características que los romanos, los creadores máximos de imperios sólidos en la antigüedad: igual valor y espíritu de iniciativa, cualidades militares semejantes, sufrimiento de las privaciones y hondo espíritu jurídico, que les hizo crear pronto un minucioso sistema administrativo.

Predominaron en la conquista americana los tipos del guerrero, el sacerdote y el jurista, y menos el del comerciante y el del hombre económico Haring, The Spanish Empire in America, 1947, 28 ss.. Señala Miguel Espinosa Las grandes etapas de la Historia americana, Madrid, 1957, al indicar las diferencias de la colonización española y la inglesa en América que España llevó allí el edificio burocrático, hierático, teológico y sacro de la España de los Austrias; ajena al mercantilismo aprovechó el territorio como tesoro, no comercialmente, fueron los españoles los primeros europeos que construyeron en América monumentos, puentes de piedra, obras hidráulicas y catedrales, lo que aún admiró a los norteamericanos al tomar México en 1848.

España trasplantó su vieja civilización sin ensayar nuevas formas de convivencia, al contrario del experimento norteamericano, por el espíritu innovador de las colonias inglesas; así la sociedad hispanoamericana resultó aristocrática y burocrática, de tendencia señorial y teocrática frente a la de tipo democrático, basada en la lectura de la Biblia, la salvación por el trabajo, la libertad, el mercantilismo y el provecho individual, y carente de unidad ecuménica e instinto de misión al revés de la preocupación trascendente y misional de España. Fue la conquista una empresa nacional y popular, y aunque encauzada y vigilada por el Estado, se debió fundamentalmente a la iniciativa y esfuerzo privado en todos los órdenes, al individualismo español llevado a su mayor rendimiento. La psicología del autor de la conquista y de las características de esta, ha acuñado el término conquistador

Aquí nos limitaremos a indicar principalmente su proceso cronológico y su desarrollo progresivo. Antes de descubrirse las Indias ya se pensaba en su incorporación a la corona castellana, pues el mismo Colón exigió como condición el cargo de virrey y el gobierno de las tierras que se descubriesen; es posible que pensara, como se ha supuesto solo en islas o tierras reducidas, pero el hallazgo de lo que se creyó el Extremo Oriente, no hizo retroceder ni a él ni a los Reyes Católicos en el propósito de anexionar los nuevos países, y así la segunda expedición, la de 1493, fue ya colonizadora, enviándose un conglomerado de soldados, funcionarios gentes ávidas de aventuras, labradores y artesanos.

La conquista, para España, no consistía solo en someter pueblos de inferior cultura, sino también en establecer españoles allá para poblar, palabra exclusivamente usada entonces por la más moderna de colonizar, y que indica ya el carácter que tomaría la conquista, a diferencia de la expansión portuguesa, de tipo mercantil y de factoría en aquel tiempo todavía, y que había de ser característica de la colonización de otros pueblos, Holanda principalmente; aún se tardaría un siglo en que Francia e Inglaterra fundasen, asimismo, colonias de población o arraigo.

Tal tendencia no era nueva, pues la Reconquista fue al mismo tiempo repoblación, en territorios como en el valle del Duero, o abandonados en parte por los musulmanes o superponiéndose a estos. Ha dicho Pereyra: Se exploraba y se peleaba únicamente para poblar. El que no hacía esto era un fracasado; y cita a varios conquistadores célebres de heroicas hazañas, pero que ven su tiempo eran censurados, si no es que condenados como culpables de actividad indisciplina, estéril y dañosa Las huellas de los Conquistadores cap. Los pobladores. Por ello, generalmente la conquista va acompañada de la fundación de ciudades, signo el més visible y eficiente de la toma de posesión, y que se asientan los conquistadores como vecinos estables y definitivos, sin propósito corrientemente de retornar a la patria, captados por el ambiente y convertidos ya en los primeros criollos.

Inmediatamente de consolidada la dominación llegaban nuevos vecinos, que ya no eran soldados o aventureros, sino funcionarios, encomenderos, labradores, comerciantes, religiosos o que ejercían profesiones liberales, que daban a la nueva sociedad tono semejante al de la metrópoli, descontando las variantes y fuertes matices impuestos por las circunstancias americanas: se huía, por lo general, de la simple factoría y del poblamiento de aire provisional: la ciudad americana debía reproducir en su vida y aspecto la peninsular.

Contra un error muy difundido, recalca Pereyra —y los historiadores recientes más exactos— que la base de la colonización no fue la minería de metales preciosos —aunque no se niegue su poderoso atractivo—, sino la agricultura y la ganadería; la falta de esta en América y la insuficiencia de aquella por sus métodos, obligaban al poblador a hacerse inmediatamente estanciero y ganadero si quería subsistir, si bien a base del trabajo indio; la minería no ocupó tanta población como se ha creído, y los focos mineros contribuían a desarrollar la agricultura en las regiones próximas para su alimentación.

Se puede admitir, como hace Haring, la clásica división en colonias de población o arraigo y de explotación, incluyendo en las primeras las de clima templado, en las que halla características algo análogas a las colonias inglesas de Norteamérica, en la formación de una sociedad más igualitaria, pobre, menos culta, amiga de la independencia, más rebelde y provinciana, mientras que las últimas, semejantes a las colonias extranjeras de las Antillas, son más aristocráticas, leales, jerarquizadas, cultas y brillantes en las clases superiores, y a base del trabajo servil de hecho o derecho. La comparación no es plenamente exacta, pues todas las colonias tropicales, como se ha dicho, incluso las de más celebridad minera, fueron tan colonias de poblamiento como las otras.

No se dio el caso de establecerse los pobladores en países vacíos: todos estaban ya habitados por los indios, y junto con su sumisión, se dio la superposición a él, unida al mestizaje, como aconteció en la mayoría de los países continentales; su desaparición, como en las Antillas y más tarde, en parte, en el Río de la Plata (con su suplantación en el primer caso por los negros), y un mero dominio con imposición de religión y formas culturales, como en Filipinas. En todas partes hay un intenso fenómeno de transculturación.

La primera tentativa colonizadora es el fuerte de Navidad, que dejó Colón en Haití o La Española y destruido pronto por los indios; al regresar el descubridor funda la primera ciudad, la Isabela (1494), abandonada al poco tiempo y sustituida por Santo Domingo (1496). El mismo Colón fue primer conquistador, al iniciar campañas para la sumisión de los haitianos, que prosiguió su hermano Bartolomé y terminó su sucesor Ovando (1502-09).

La Española fue de primer foco irradiador de conquistas, desde donde parten las expediciones que efectuaron las de Puerto Rico por Ponce de León (desde 1508). Jamaica, por Esquivel (1509) y Cuba, por Diego Velázquez (1511), fundándose en todas ellas nuevas ciudades (Caparra, luego San Juan, en la primera. Baracoa, en Cuba (1512), a la que siguieron otras varias (Santiago, 1514, La Habana, 1515). En 1510 fundó Balboa la villa de Santa María de la Antigua en el Darién —istmo de Panamá— primera ciudad definitiva de Tierra Firme, que se convirtió en el segundo foco de conquista y colonización, de donde se extendieron estas, en concurrencia con el foco antillano, a la parte sur de la América Central y a las costas del Pacífico hasta el Perú.

Balboa sometió istmo (Castilla del Oro), empresa que con carácter de violencia prosiguió Pedrarias Dávila (1514 ss.) con sus capitanes; la expedición organizada en España con destino al Darién (1513), fue la más numerosa y preparada mayor minuciosidad, aunque los resultados no correspondieran a lo proyectado; fundó Pedrarias Panamá a orillas del Pacífico (1519), mejor emplazada que Santa María. Desde Cuba —nueva base complementaria de la de Haití— se emprendió la conquista de México por Hernán Cortés (1519 ss ) que fue la primera gran conquista realizada en América, y que abre la era de ellas, cuya duración se puede fijar hasta cerca de mediados de siglo; las riquezas y superior cultura de México atrajeron la población española en gran cantidad y ocasionaron la decadencia de las Antillas.

Allí se fundaron Veracruz (1519), el Nuevo México (1522), Coatzacoalcos (1522), Oajaca (1527), Puebla (1531), etc. México fue el nuevo foco de expansión, ampliándose la conquista y población por prolongación, al someter los territorios adyacentes: Michoacán (1522), donde se fundaron Pátzcuaro y Zacatula (1523), Pánuco (1522), Colima (1524), Guatemala por Alvarado (1524), donde se fundan las ciudades de Guatemala (1524), San Salvador (1525), Honduras, por Olid y Casas; ciudad de Trujillo (1525), Valladolid o Comayagua (1540); Yucatán, por Montejo (1527 ss); fundación de Mérida (1542) Campeche, Valladolid; Jalisco y Nueva Galicia, por Nuño de Guzmán (1529 ss.); fundación de Culiacán (1531), Guadalajara (1530).

Simultáneamente del foco de Panamá se extendía la conquista al resto de Centroamérica: Nicaragua, González Dávila (1522) y Hernández de Córdoba (1523); ciudades de Leon (1523 ó 24) y Granada (1524) y Costa Rica: fundación de Bruselas (1524), por Hernández de Córdoba; conquista no consolidada hasta más tarde por Juan de Caballón (1561) y Juan Vázquez Coronado; fundación de Castillo de Garci-Muñoz, luego Cartagena (1562).

A su vez la base antillana sirvió de punto de partida para la penetración en Tierra Firme, parte septentrional de la América del Sur: fundación de Cumaná (actualmente en Venezuela), hacia 1520, por Gonzalo de Ocampo; de Margarita (1525), de Coro (1527), por Juan de Ampies, y finalmente por Alfinger; de Santa Marta (1525), por Bastidas; de Cartagena, por Pedro de Heredia (1533); centros desde donde partió la conquista del interior: de Venezuela, por los gobernadores alemanes, Alfinger (1529); Federmann (1530), Spira (1535), Hutten (1540), con la fundación de las primeras ciudades venezolanas de tierra adentro: la primera Maracaibo (1530), Tocuyo (1545), Nueva Segovia de Barquisimeto (1552), por Juan de Villegas. Jiménez de Quesada, desde Santa Marta, emprendió la conquista de Nueva Granada (1536-39) y fundó Santa Fe de Bogotá (11538), a la que siguieron Vélez y Tunja (1539), esta por Gonzalo Suárez Rendón.

Desde Panamá, en dirección al Sur, por la costa del Pacífico, llevó a cabo Pizarro la conquista del Perú (1530-34), donde surgieron Piura (1931), Lima (1535), Trujillo (1535). Huamanga y Huánuco (1539) y Arequipa (1540). El Perú fue un nuevo foco de irradiación conquistadora y colonizadora: hacia Charcas (meseta boliviana), donde se fundaron Chuquisaca o la Plata (1538), por Pedro Anzures; Potosí (1545); La Paz (1548), por Alonso de Mendoza; hacia el Sur, a Chile: intento de conquista de Almagro (1535-37) y definitivamente por Valdivia (1540-53), que echó los cimientos de Santiago (1541), Serena (1544), Concepción (1550), La Imperial (1551) y Valdivia (1552); hacia el Sudeste, a Tucumán, donde Juan Núñez de Prado fundó la ciudad del Barco (1549), que Francisco de Villagra trasladó a Santiago del Estero; hacia el Norte, al reino de Quito —la actual República del Ecuador— conquistado por Belalcázar (1533), que fundó Quito (1534), a la que siguió Guayaquil (1537), por Orellana.

El impulso procedente del Perú se prolongó más al Norte aún, refluyendo en la dirección de donde vino, pues Belalcázar y Jorge Robledo conquistaron el oeste de la actual Colombia (Pasto, Popayán, valle del Cauca, Antioquia), de 1535 a 1551; fundación de Cali y Popayán (1536), Pasto (1539), por Lorenzo de Aldana; Anserma (1539) y Cartago (1540), por Robledo. Un nuevo foco de conquista, implantado directamente desde España, surgió en el Río de la Plata, con la fundación de la primera Buenos Aires (1536), por Pedro de Mendoza, centro trasladado al Paraguay con la fundación de La Asunción, por Salazar (1537); Martínez de Irala sometió el Paraguay, que durante casi medio siglo fue el centro de la colonización en las regiones del Plata.

Como se habrá observado, geográficamente, la conquista, después de los primeros intentos y establecimientos isleños y costeros tomó un carácter predominantemente continental, alejándose la colonización de las costas cálidas e insalubres, y prefirió las mesetas elevadas, en que la actitud reproducía el clima de España, tendencia en que le había precedido en muchos sitios el poblamiento indio, sin temer la lejanía y el aislamiento. No quedaron abandonadas las islas, sin embargo, y el español se habituó, mejor que los otros pueblos europeos, y junto con los portugueses, al clima tropical; ni tampoco se desatendieron las costas, donde radicaban los puertos de comunicación y focos comerciales, pero la técnica fue la fundación de sociedades continentales, carácter que sigue prevaleciendo en general en las naciones hispanoamericanas.

Después de las primeras bases antillanas, fundadas desde España y otras, asimismo, como Buenos Aires, se habrá visto igualmente que las nuevas se hallaban en América y ha podido decir con certeza Pereyra que el Conquistador es un hombre de Europa formado en América, pues las diversas condiciones imponían unas normas y una táctica que hacían inútiles las aprendidas en el Viejo Mundo. Por ello triunfaron las empresas organizadas en América, más que las salidas directamente de la Península; factor al que hay que añadir la ayuda indígena, sin la cual muchas veces habría sido imposible la conquista, como es patente en el caso de Cortés. En esta enumeración hemos prescindido de las empresas fracasadas o que no produjeron la formación de un nuevo centro de colonización.

Desde 1550 se atenúa el movimiento conquistador, pues ingente labor era consolidar y rellenar de colonización el inmenso territorio subyugado en los treinta años anteriores; sin embargo, el impulso no se detuvo, aunque procedió en lo sucesivo más lentamente, y en movimiento de prolongación o de mancha de aceite desde los países citados; contribuyó a moderarlo, e incluso anularlo, un cambio que se experimentó en las directrices del Gobierno español, opuesto a nuevas conquistas, palabra que fue sustituida por la de pacificación: Las Ordenanzas de Felipe II de 1573 prohíben toda conquista, reemplazada por la penetración pacífica y el poblamiento; a esta tendencia responde la norma de procurar ampliar el territorio sometido por la labor misionera previa a la llegada del colono o quedándose en tal estadio, como ocurrió en el Paraguay con las reducciones jesuíticas (iniciadas en 1610).

En 1550 ya se había organizado gran parte de América, y más o menos pronto había comenzado la época colonial; la creación de las Audiencias puede ser considerada en cierto modo como índice del inicio de la vida colonial y término de la etapa conquistadora: así, la de Santo Domingo (1511), México (1527), Panamá (1535-38); de muy breve duración; Lima (1542), inaugurada en 1544; Confines, luego en Guatemala (1542 y 1544 ): Nueva Galicia (1548), Bogotá (1549 y 50), acompañadas de la creación de los primeros virreinatos: México o Nueva España (1529), en funcionamiento desde 1535, y Perú (1532), restaurado en 1549, de los que dependían las gobernaciones o capitanías generales, según los casos, que arrancaban en general de los conquistadores mencionados.

Hacia 1550 la etapa colonial estaba ya en pleno funcionamiento y desarrollo y organizados la mayoría de los territorios que constituyeron el imperio hispanoamericano con sus correspondientes organismos gubernativos. La expansión, en adelante, fue menor y consistió principalmente en ampliación y alejamiento de las fronteras, sometiendo a los indios insumisos, en general, por medio de la acción misionera. Sin embargo, aún se dan en segunda mitad del siglo XVI casos de conquista y de organización de nuevos países, desde los focos ya consolidados. Así, desde el de Nueva España se extiende la colonización a Nueva Vizcaya, por Francisco de Ibarra (desde 1554), fundación de Durango, 1563), a la zona minera de Zacatecas (1548) y Guanajuato (1554); San Luis Potosí (1550), a Coahuila (1575), a Nuevo León (por Luis de Carvajal, 1583 ss), y por fin a Nuevo México, conquistado por Juan de Oñate (1598 ss, fundación de Santa Fe, 1609).

También fue México la base para la conquista y colonización de las islas Filipinas (por Legazpi); fundación de Cebú (1565) y Manila (1571). Desde las Antillas se realizó otra expansión en Norteamérica: en la Florida, por Menéndez de Avilés (1565, fundación de San Agustín). En América del Sur se conquistó y colonizó definitivamente el resto de Venezuela: fundación de Valencia (1555), Mérida (1558), Maracaibo (1571), Caracas (1576), por Diego de Losada; Cumaná (definitivamente en 1569), y colonización de la isla de Trinidad y de la Guayana por Antonio de Berrio (1593-94). En las regiones del Plata, el impulso peruano determinó la colonización del Tucumán (fundación de la ciudad de este nombre, 1565), de Córdoba (1582), Rioja y Jujuy (1591), y desde Chile partió la colonización de Cuyo (fundación de Mendoza 1561, San Juan, 1562).

El foco paraguayo volvió a poblar las regiones del litoral argentino: fundación de Santa Fe (1573) y repoblación de Buenos Aires (1520), ambas por Juan de Garay, y de Corrientes (1588); e irradió al Chaco (Santa Cruz de la Sierra, por Nufrio de Chaves, 1561). Nuevas Audiencias ponen el sello a estos epílogos de la conquista: Charcas (1559), Quito (1563) Chile (1565), de breve duración entonces, por prolongarse el estado de guerra en este país más que en ningún otro; de Manila (1584).

No faltaron algunas expansiones tardías en plena época colonial: así, la colonización de la baja California, a fines del siglo XVII (1697); de las islas Marianas, hacia la misma época (1668), las misiones de Mainas (1668), Mojos (1668), Chiquitos (1692), en los Llanos; Pimería (1687) y Guale (Georgia) (1612); también se conquistó el Itza (Petén, Guatemala, 1688), y todavía en el siglo XVIII no se había agotado la energía de España, y de la América española, base y verdadera creadora de las nuevas colonias: Texas (1716), Uruguay (fundación de Montevideo por Bruno Mauricio de Zavala en 1729), Nuevo Santander (por Escandón, 1749) y California, última realización española (fray Junípero Serra y Portolá, 1769).

Aunque posterior en veinte años a la mitad del siglo XVI, López de Velasco en su Geografía y descripción de las Indias (escrita en 1574), presenta un cuadro de lo realizado por España en la primera media centuria de la conquista: 200 pueblos de españoles, 32.000 casas de sus vecinos, 8.000 o 9.000 poblados, naciones o parcialidades de indios encomendados, dos virreinatos, diez audiencias, 29 gobiernos, cuatro arzobispados y 24 obispados. Rosenblat calcula que los vecinos españoles corresponden a 140.000 seres (1,25 % de la población, que fija en 11.229.650 habitantes). Tal síntesis indica la rapidez con que se efectuó la conquista y aún más el inmediato arraigo y desarrollo que adquirió la colonización.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 221-226.