Historia de América

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Precedentes
Prehispánica
Descubrimiento
Nombre
Conquista y colonización
La Emancipación de América
Independiente

Precedentes del descubrimiento

Reconstrucción del siglo XIX (según Bunbury) del mapa de Eratóstenes del mundo conocido en su época..Reconstrucción del siglo XIX (según Bunbury) del mapa de Eratóstenes del mundo conocido en su época.

Tres aspectos se pueden considerar en este punto: el desarrollo de los conocimientos científicos que hacen posible el descubrimiento, la expansión comercial y geográfica hacia el Extremo Oriente y las exploraciones en el Atlántico. El primero y el tercero se desenvuelven en la Antigüedad, hasta fines de la Edad Media, y el otro se centra principalmente en esta era.

En Grecia, la madurez del espíritu científico permitió llegar a la idea de la esfericidad de la Tierra, ya con Tales (siglo VI a. de J. C.), sostenida por Pitágoras (siglo VI antes de J. C.) y su escuela; por Arquitas siglos V-IV), Sócrates y su escuela, Platón, Aristóteles y los cosmógrafos alejandrinos y en general, fue noción aceptada definitivamente por el pensamiento griego y por los romanos durante el resto de la Antigüedad. Otra idea, admitida a la larga como teoría fue la de los antípodas, virtualmente la existencia de otro continente además de los conocidos, en el hemisferio meridional, y separado por el océano; la defendió Platón y luego Aristóteles, y reaparece en otros muchos sabios, como Hiparco (siglo II a. de J. C.), Estrabón, Cicerón, Pomponio Mela (Antichthonia) y aun Ptolomeo, aunque en este, como en Hiparco, no está separado tal continente por el océano, sino que prolonga las tierras del hemisferio septentrional. Crates (siglo II a. de J. C.), Geminos (siglo I a. de J. C..) y Macrobio (siglos IV-V después de J. C.) admitían cuatro continentes, dos en cada hemisferio, separados entre por océanos alargados de los que solo se conocía uno.

Otro problema que intentó resolver la ciencia griega fue el de las dimensiones de la Tierra, y especialmente del ecumene o parte sólida conocida. Aristóteles fija la proporción entre su longitud y latitud en 3 : 2 (Eudoxio, su coetáneo, en 4 : 2), pero en De Mundo —libro probablemente de su escuela— señala aquellas dimensiones en 70.000 y 40.000 estadios el estadio equivalía unos 185 metros, lo que da 12.950 kilómetros para la longitud del ecumene (a la latitud de 39º hay de un extremo a otro de Eurasia 11.800 kilómetros), proporción que siguieron Posidonio (siglo II-I a. de Jesucristo) y Estrabón; Aristóteles daba 400.000 estadios al meridiano, y Dicearco (siglo IV antes de J. C.), 300.000; dimensiones en exageradas.

El gran geógrafo Eratóstenes (siglo III antes de J. C) atribuía al ecumene 80.000 estadios a los 36°, equivalentes a 2/5 del círculo terrestre correspondiente (más de 12.600 kilómetros; su estadio era de unos 158 metros); fue el primero que midió un grado de meridiano y obtuvo para el círculo terrestre máximo 250.000 estadios (39.500 kilómetros aproximadamente, ó 39.690), elevándola luego a 252.000 estadios. Hiparco admitió esta cifra, e introdujo en los mapas el uso de meridianos y paralelos y la graduación del círculo. Posidonio, a pesar de su valer científico, erró en esta cuestión y dio a la circunferencia terrestre 240.000 estadios, y luego 180.000, reduciéndola grandemente (quizá utilizara un estadio de 500 por grado).

Geminos, por los descubrimientos verificados, aumentó la extensión del ecumene a 100.000, y Estrabón volvió a 70.000. Marino de Tiro (comienzos del siglo II d. de J. C.) lo amplió a 90.000, 225º, igual a 5/8 del paralelo de Rodas, pero suponía que más al Oriente se extendían tierras desconocidas, por lo que el ecumene era considerablemente grande y el océano muy reducido; admitía para el círculo máximo los 180.000 de Posidonio, lo que también aceptó Ptolomeo, para quien el ecumene tenía 72.000 estadios, es decir, la mitad —180º— del paralelo medio (el de Rodas), de 144.000, aún más allá al Este, habría tierras desconocidas, con lo que el océano quedaba reducido a menos de la mitad del círculo.

De la gran extensión de las tierras y menor del océano y de la esfericidad del Globo se deducía la idea de la posibilidad de atravesar el mar entre Europa y Asia, la cual aparece teóricamente en Aristóteles, Eratóstenes y Posidonio, y más tarde en Séneca (Naturales Quaestiones y en unos célebres versos de su tragedia Medea). Estrabón admitía la posibilidad de tierras interpuestas ante Asia.

El Atlántico había sido descubierto por los fenicios, hacia el año 1100 o el 1000 a. de J. C., atraídos por Tartesos, cuyos marinos ya navegarían hacia las islas del estaño o Casitérides (Islas Británicas) y a las pesquerías de las costas occidentales de África. Fenicios y luego cartagineses recorrieron la parte oriental del Atlántico, hasta Canarias, Madera y quizá Azores, y los viajes de Hannón e Himilcón (siglo V a de J. C.) se efectuaron, respectivamente, por las costas africanas y europeas hasta puntos bastante lejanos (Senegal o Guinea el primero). Dudosa es la circunnavegación de África atribuida a los fenicios a comienzos del siglo VI antes de J, C. Los griegos apenas pudieron penetrar en el Atlántico, cerrado por sus rivales púnicos, pero aun Piteas efectuó un notable viaje al norte de Europa (siglo IV antes de J. C.) hasta Thule, que se cree sea Islandia, aunque no es seguro.

Ya en la Antigüedad se pobló el Atlántico de islas imaginarias, a cuyo frente se sitúa la celebérrima Atlántida descrita por Platón, y cuya interpretación no ha llegado a un resultado satisfactorio, no faltando quienes la emplacen arbitrariamente en América. Las islas Afortunadas, mansión de los bienaventurados, fueron trasunto de las casi desconocidas Canarias, y también de Madera, y vagamente, de unas y otras, las Hespérides. Teopompo (siglo IV a. de J. C.) imaginó una fantástica Merópida en el Atlántico, y Plutarco colocó otra tierra imaginaria en el Occidente.

No hay la menor prueba de que ningún pueblo antiguo haya llegado a América, no obstante cuantiosas fantasías o mistificaciones que no es necesario enumerar, ni de que haya existido relación alguna con el Nuevo Mundo. Una noticia dada por Cornelio Nepote y transmitida por Mela y Plinio sobre la llegada de unos indios a Germania (siglo I a. de J. C.), entregados a los romanos, no está probado que se refiera a americanos.

Al acabar la Edad Antigua, el mundo conocido por los romanos abarcaba toda Europa, menos el norte de Escandinavia y gran parte de Rusia; en África se conocía la costa occidental hasta Sierra Leona aproximadamente, la oriental hasta Zanzíbar, el interior era casi desconocido y las islas Azores y Madera estaban olvidadas. De Asia era conocida la India y las costas de Indochina, muy someramente, siendo el punto extremo el puerto de Cattigara, mencionado por Ptolomeo, límite del comercio grecorromano, y que se sitúa en Singapur o incluso, más probablemente, en el golfo de Tonkín o en el extremo meridional de China; también había una vaga idea de alguna de las islas de Indonesia; el interior de Asia, más allá del Turkestán y del Himalaya, era totalmente desconocido, y de China solo se sabía que era el ignoto país del que venía la seda, la serica.

La Edad Media supuso en algunos aspectos geográficos un retroceso; en general, los escritores cristianos fueron hostiles a la existencia de los antípodas —desde Lactancio y San Agustín—, por creerlos incompatibles con las Escrituras, al no poder ser descendientes de Adán; pero incluso se admitió como dudosa o se rechazó la esfericidad de la Tierra (San Agustín duda, y Eusebio de Cesárea (siglo IV), Prisciliano (siglo VI), Cosmas Indicopleustes (siglo VI), Dicuil (si glo IX) no la admiten), y se volvió a la teoría de la inhabitabilidad de la zona tórrida, contradicha por la experiencia, y que habían combatido Polibio (siglo II a. de J.C.) y Ptolomeo, aunque la profesó Estrabón.

La esfericidad, sin embargo, había sido admitida por algunos padres griegos, con San Basilio y San Gregorio Niseno, y por Juan Filopono (siglo VI), y en Occidente por San Beda (siglos VII-VIII) y el obispo Virgilio de Salzburgo (siglo VIII); San Isidoro no le había sido muy favorable. Pero los árabes, educados en la ciencia griega, admitieron la esfericidad, y la introducción de Aristóteles en la cultura cristiana volvió a poner de moda tal teoría, defendida vigorosamente por Rogerio Bacon y San Alberto Magno (siglo XIII) —que admitieron igualmente la existencia de los antípodas— y seguida por Vicente de Beauvais, Dante y otras figuras de la cultura de la Baja Edad Media, hasta Pedro de Ailly (siglo XV), que recopiló los conocimientos cosmográficos del Medievo; a fines de este era general la creencia en la esfericidad, aunque se rechazase por algunos los antípodas.

Las dimensiones aceptadas fueron las dadas por los griegos, especialmente por Ptolomeo, convertido por los renacentistas en la cumbre del saber geográfico, a partir de su edición princeps en 1475. Pero también había sido muy estimado por los árabes, que tradujeron su obra, con el nombre de Almagesto la astronómica. En el siglo IX el califa Almamúm hizo medir un grado del meridiano y se adoptó el valor de 56 2/3 millas (1=1.937 metros), que el astrónomo Al-Fergani (Alfragano, siglos IX-X) difundió en la Cristiandad a través de sus traducciones posteriores y de su influjo en Bacon, Ailly y Colón.

Se seguía a fines de la Edad Media, el valor del grado de Ptolomeo (180.000 estadios de 500 por grado) pero atribuyéndosele 62 1/2 millas romanas (una milla romana = 1.480 metros), lo que daba un círculo máximo muy reducido. Los portugueses y españoles se fueron acercando al verdadero valor atribuyendo al grado 17 1/2 leguas = 70 millas (así Pedro Nunes Fernández de Enciso, en el siglo XVI; Ruy Faleiro (Magallanes) y el mismo Enciso también le daban 16 2/3 leguas = 66 2/3 millas); Duarte Pacheco Pereira, en plena época de los descubrimientos, subió el valor del grado ecuatorial 18 leguas ó 72 millas (106,56 kilómetros). La extensión del ecumene fue exagerada por Colón, que a la ya considerable que le daba Ptolomeo, y aún más Marino de Tiro, agregó lo revelado por Marco Polo; su mentor. Toscanelli atribuía al océano, entre el occidente de Europa y el oriente de Asia 130º, algo más de un tercio del círculo terrestre.

La ciencia medieval preparó, asimismo, la era de los descubrimientos por sus inventos, sus obras y los mapas. De los inventos aportó la brújula, procedente de China, quizá a través de los árabes, aunque no es seguro; la aguja magnética era ya conocida a fines del siglo XII; el aparato completo o brújula es descrito por Lulio y antes por Pedro de Maricourt (1269), siendo legendaria la atribución de su invento a Flavio Gioia y a la escuela de Amalfi. El otro invento importante fue el de los aparatos para obtener la latitud: los árabes construyeron artrolabios —conocidos, tanto el plano como el redondo desde Grecia— y luego aparece como instrumento más sencillo y aplicable en el mar la ballestilla o báculo de Jacob, precursor del sextante, inventado por el judío Leví ben Gerson (1344); con estos instrumentos se podían medir latitudes con un error de medio grado.

Entre las obras astronómicas o cosmografías de más relieve cabe mencionar las traducciones efectuadas por la Escuela Traductores de Toledo (Alfrgano, Ptolomeo, Aristóteles, Alpetragio y otros astrónomos árabes), que introdujeron en Europa la ciencia griega y musulmana; el Tratactus Sphaera, de Juan de Sacrobosco (Holywood). del siglo XIII, impreso en 1472, que recogió los conocimientos de Ptolomeo y la ciencia árabe, obra muy influyente y muy estudiada en los últimos siglos medievales; sabía con bastante exactitud las dimensiones terrestres, pero caía en el error de la inhabitabilidad de la zona tórrida; el Opus Maius, del gran franciscano inglés Roger Bacon (siglo XIII), decidido partidario de la esfericidad, renovador del pensamiento científico y precursor de muchos inventos; las obras astronómicas de Alfonso X el Sabio, inspiradas y compuestas en gran parte por hombres de ciencia musulmanes y judíos: Libros del Saber de Astronomía, que influyeron mucho en la posterior ciencia portuguesa, y donde, tratando de los astrolabios, se señala un método sencillo para hallar la latitud por la altura del sol, y las famosas Tablas Alfonsíes; la Imago Mundi, de Pedro de Ailly (1420), impresa en la novena década del siglo XV, recopilación del saber astronómico y geográfico de la Antigüedad y la Edad Media, en el que Colón bebió la mayor parte de su ciencia, y donde halló la afirmación de la brevedad del océano entre Europa y Asia y la cifra dada por Alfragano de 20.400 millas para el círculo máximo terrestre; las Efemérides, del astrónomo alemán Regiomontano (Juan Müller, 1476), para calcular la posición de los planetas durante treinta y dos años (1473), y cuyo influjo en Portugal fue menor de lo que se supuso, pues prevalecieron allí el Almanach Perpetuum (Liria, 1496), del judío español Abraham Zacuto, profesor en Salamanca, su patria, y allá refugiado cuando la expulsión (h. 1452-h. 1515), y el Regimento de Astrolabio, reservado a los capitanes y pilotos, para evitar la difusión de los conocimientos náuticos portugueses que habían llegado a gran perfección. Cabría añadir un libro fantástico, obra de un impostor, el Libro de las Maravillas, de John de Mandeville, supuesto gran viajero inglés (en realidad un médico de Lieja, Jean de la Barbe, que no viajó), que obtuvo un éxito extraordinario desde el siglo XIV (impreso en 1480), leído por Colón, y que divulgó las ideas de la esfericidad, de las posibilidades de atravesar el océano, de la circunnavegación y de recorrer los mares australes, y de la habitabilidad de la zona tórrida.

La cartografía medieval pasa de los ingenuos mapas de la Alta Edad Media —como los de los manuscritos de Beato de Liébana— a obras más exactas en medio de fantasías, y culmina en los portulanos o cartas náuticas, del Mediterráneo especialmente, producto de una brillante escuela catalana y mallorquina coetánea de la italiana a la que se ha venido atribuyendo la primacía. Mapas de gran precisión en el pormenor de las costas del mediterráneo —al que dan sus 42 grados, en lugar del alargamiento a 63 1/2 de Ptolomeo— , con escala, rosas de los vientos, red de rumbos, muy prácticos para la navegación (el portulano más antiguo conocido es el magrebí, de la Biblioteca Ambrosiana, copia de uno español de 1266-1290; luego la carta pisana, de fines del siglo XIII; la de Petrus Vesconte, de 1311, primera fechada). Catalanes y mallorquines son los portulanos de Angelino Dulcert, de 1339: de Abraham, y quizá su hijo Jafuda Cresques (1375); el anónimo de la Biblioteca Nacional de Madrid anterior a 1346; el de Guillermo Soler (1385); Meciá de Viladestes (1413); el hermoso de Gabriel de Vallseca (1439) y otro de 1447; Pedro Rosell (1447-89); tradición que se continuó en el siglo XVI (Bartolomé Oliva, Mateo Prunes).

Las relaciones con Oriente y la ampliación del conocimiento geográfico hacia él proceden del resurgimiento económico del Occidente en el siglo XI, del desarrollo de las ciudades y burguesía y de las Cruzadas. Rama importantísima del comercio eran los productos orientales traídos de puertos islámicos, ricos y de alto coste, y provenientes muchos de zonas tropicales, como la India y el archipiélago malayo; entre los últimos ocupaban el primer lugar las especias, cuyo papel económico en los postreros siglos medievales es difícil de imaginar hoy, y que alcanzaban precios elevadísimos; otros artículos consistían en perfumes, gomas, incienso, alcanfor, drogas, añil, palo brasil, azúcar, marfil, seda, tapicerías, telas de lujo, oro, piedras preciosas, productos de las artes industriales musulmanas, etc.

Tráfico ejercido primeramente por Bizancio y después por las ciudades italianas y la corona de Aragón, y base de su riqueza, y que, no obstante la pérdida de los puertos sirios conquistados por las Cruzadas, se mantenía hasta el siglo XIV, en que lo amenazó el creciente poderío turco y la piratería norteafricana, hechos que, a la larga, contribuyeron a la decadencia del mar Mediterráneo y a preparar la era atlántica. Las dificultades y encarecimiento sufridos por aquellas mercancías en las rutas terrestres hacia el centro y norte de Europa y los citados inconvenientes hacia Oriente, favorecían el traslado de la actividad comercial a los países bañados por el Atlántico, y concretamente, entonces a la Península Ibérica.

Además de los mercaderes, recorrieron el Oriente los misioneros, movidos por afanes religiosos y funciones diplomáticas: desde el siglo XII surgió la leyenda del Preste Juan, monarca oriental cristiano, situado más allá de los países musulmanes y enemigo de estos, con quien surgió el deseo de entrar en relaciones. Probablemente se cruzan en la leyenda noticias de dos soberanos distintos, uno mongol y nestoriano —de cristianismo occidental—, y otro, el de Abisinia, de cristianismo permanente y que no fue conocido hasta el siglo XIV y definitivamente en el XV.

Pero, además, hubo el hecho de las invasiones mongolas, desde Gengis-Jan, en el siglo XIII, y afán por entrar en contacto con los nuevos enemigos del Islam y contener su inminente invasión de Europa; a ello responden los viajes del franciscano Juan da Piano del Carpine (1245-47), enviado por el papa Inocencio IV, quien llegó a Karakorum en Mongolia; y la de otro franciscano, Guillermo de Rubruquis (Rubruck), enviado por el rey San Luis al mismo lugar (1253-56). Pero superó a ambos el gran viaje de Marco Polo, el mercader veneciano, al Catay, es decir, a China, de la que fue su revelador a Europa (1271-95), descubrimiento que ejerció profunda influencia en la geografía y en el pensamiento medievales, acuciando el afán de llegar a aquel maravilloso país, en cuya consecución partió Colón. Antes de su regreso envió el Papa a Juan de Montecorvino para fundar una misión en el país del Gran Jan (1291), siendo el primer obispo y arzobispo de Pekín (†1333). Otro misionero y viajero fue Odorico de Pordenone, que también estuvo en China y en Indonesia (1318 -1330).

Cerrado el Extremo Oriente desde el siglo XIV, disminuyeron los viajes a China, pero no cesaron a la India y otras regiones orientales, como el armenio Hayton (fines del siglo XIII) y el italiano Niccolo di Conti, a la India, Indochina y Malasia (1415-39). No faltaron españoles entre estos viajeros de Oriente: el judío Benjamín de Tudela, al Próximo Oriente (1160-70); el franciscano Pascual de Vitoria, a Chagatai (Turkestán oriental, 1338-39); el franciscano anónimo, autor del Libro del conoscimiento de todos los reynos… (siglo XIV), que estuvo, según cuenta, en el norte y oeste de África y hasta en Catay, pero cuya autenticidad es muy dudosa; Ruy González de Clavijo, embajador de Enrique III de Castilla, a Tamerlán (1403-1406), que estuvo en Samarcanda, y el aventurero Pedro Tafur, al Próximo Oriente (1435-39). Todos estos viajes ampliaron el horizonte geográfico, extendieron el ecumene y revelaron nuevos países y pueblos, no incultos, sino con brillantes civilizaciones y prósperos económicamente. Enrique el Navegante, Toscanelli, Colón, Vasco de Gama, Magallanes, marcarían los jalones en la obsesión europea de llegar allí.

Otro precedente del descubrimiento de América radica en el progresivo conocimiento del Atlántico y el desarrollo del tráfico por él, hasta culminar en los viajes de Colón y Gama. Los normandos o vikingos extendieron el ámbito conocido al océano Ártico (siglo IX) y redescubrieron Islandia (861) y la colonizaron; desde allí, Gunnbjörn halló Groenlandia (920) y la volvió a descubrir y colonizar Erico el Rojo (982-986), poblamiento escandinavo que duró hasta el siglo XV; su hijo Leif descubría el Vinland en el continente americano, en el año 1000, siguiendo varios viajes en los primeros años del siglo XI , que fracasaron en sus intentos colonizadores, pero hallaron el Labrador, Terranova, Canadá y la Costa de Nueva Inglaterra.

No trascendieron tales descubrimientos, desconocidos en Europa, olvidados en Escandinavia y no percibida su pertenencia a otro continente. Es legendario el viaje a América del principe Gales Madoc (1170) y apócrifo en parte el de los venecianos hermanos Zeno, de quienes Nicolás habría navegado por el norte del Atlántico en los últimos años del siglo XIV, auxiliado por Antonio Zeno, quien habría regresado en 1405; sospechoso su relato, no publicado hasta 1558 (y reflejado por Cervantes en el Persiles), habla de las imaginarias islas de Frislandia, Icaria, Estotiland y Drogeo, en el nordeste de Norteamérica, a base algunas de nombres o noticias ciertas, pero deformadas.

La imaginación medieval, atraída por el océano misterioso, de límites ignotos y donde se suponía el Paraíso terrenal, lo poblaba de islas fabulosas, consignadas en los mapas durante largo tiempo: San Brandán, poblada por un monje irlandés de este nombre (siglo VI, a quien se atribuían maravillosas aventuras; Siete Ciudades, donde se habrían refugiado siete obispos españoles a raíz de la invasión árabe; Antilia, Brasil, que se aplicaron más tarde a tierras reales; Mano de Satanás, Stocafixa, isla de los bacalaos, probablemente Terranova. El Mar Tenebroso de los árabes no impidió, desde el siglo XIII, expediciones hacia el Oeste y el Sur, iniciadas por marinos italianos y catalanes, prólogo de la gran era de los descubrimientos. Ante la pérdida de Acre, en Siria, organizó Génova el viaje de los hermanos Vivaldi (1291) a la India por el Atlántico, perdiéndose hacia el Senegal.

Las Canarias atrajeron muchas expediciones, a la caza de esclavos, por el tráfico o deseo de conquistarlas. La de su redescubridor el genovés Lanzarote, o Lancerotto Malocello (en 1312 o entre 1325 y 1339), que conquistó la isla a que dio nombre; la del también genovés Niccoloso da Recco (1341), desde Lisboa, y por cuenta de Portugal; la del mallorquín Desvalers (1342) (en 1344 el infante Luis de la Cerda fue titulado por el Papa rey de Canarias); la del catalán Jaime Ferrer a Río de Oro (más bien el Senegal) en 1346, y otras de mallorquines y otros españoles, en el mismo siglo, hasta la de conquista por Juan de Bethencourt (1402 ss.), que aseguró sobre las islas la soberanía de Castilla, a la que intentó tenazmente disputársela Portugal en balde.

Desde 1393, marinos andaluces iban a Canarias, y luego el tráfico con el África occidental se convirtió en otro campo de áspera contienda con Portugal, no resuelto hasta los Reyes Católicos cf. P. Pérez Embid, Los descu brimientos en el Atlántico hasta el tratado de Tordesillas, Sevilla, 1948. Castilla había creado ya una marina y veía el Atlántico y el norte de África como su línea de expansión, aunque los reyes del siglo XV carecieron de visión y plan, a total diferencia de los portugueses.

La verdadera era oceánica, en efecto, fue inaugurada por Portugal. Sus magníficas condiciones geográficas, que le dieron por mucho tiempo la primacía en el campo de las navegaciones y descubrimientos, no fueron aprovechadas hasta la conjunción de una serie de factores: creación de una marina, con ayuda de italianos; auge de una burguesía urbana y comercial, en parte de origen extranjero, con la nueva dinastía de Avis; deseo de expansión en la dirección ultramarina, única posible, y la potente personalidad del infante don Enrique el Navegante, alma de ella (1394-1460). Sus motivos fueron extensión de la fe, lucha con los musulmanes, alianza con el Preste Juan, curiosidad científica —indicio de la nueva era—, desarrollo económico, y quizá hallar la ruta de la India, como se ha supuesto generalmente y han negado Vignaud y Magalhães Godinho A expansão quatrocentista portuguesa, 1945.

La tendencia a la expansión era anterior a don Enrique, y obra de la burguesía triunfante fue la conquista de Ceuta (1415), punto de partida del imperialismo portugués que se dirigió hacia Marruecos y hacia el océano, con propósitos de monopolio comercial y de mare clausum (línea de demarcación). A don Enrique correspondió la dirección de las empresas atlánticas enderezadas hacia las islas y al descubrimiento de la costa africana: en 1424 envió una infructuosa expedición a Canarias; en 1418, João Gonçalves Zarco y Tristão Vaz Teixeira descubrieron la isla de Porto Santo, y al año siguiente de nuevo la de Madera, cuya colonización se les otorgó en 1420, junto con Bartolomé Perestrello, suegro de Colón; en fecha indecisa —hacia 1427— se volvieron a descubrir las Azores por Diego de Sunis o Silves, colonizadas años después (hacia 1445). Estos archipiélagos se convirtieron en bases para la navegación hacia el Sur y también hacia el Oeste, y con su hallazgo se inició la navegación de altura oceánica.

Las enormes dificultades que ofrecía la costa desde el cabo Nun, por su carácter inhospitalario, sus rompientes y su agitadísimo mar, no fueron vencidas hasta 1434, cuando Gil Eanes logró doblar el cabo Bojador, acumulándose desde entonces los viajes hacia el Sur, que permitieron a los portugueses conocer a fondo el sistema de vientos y corrientes del Atlántico, las zonas de fácil navegación —la de los alisios— y las difíciles —golfo de Guinea, región de calmas tropicales, mar de las Azores—. La adopción de la carabela facilitó la era de la navegación oceánica.

Las bulas en favor de Portugal de 1454 y 1456 mencionan ya la India como objetivo de sus viajes, aunque se ha supuesto que podían referirse vagamente también a Etiopía; la instalación de la base de don Enrique en Sagres (Algarve) permitió concretar allí, y luego en Lisboa, un foco único de marinos expertos, cosmógrafos, cartógrafos y mercaderes que dieron a Portugal la primacía en la navegación, en el tráfico africano y en los descubrimientos y la expansión marítima, convertidos en el ideal nacional.

En ese ambiente se formó Colón, en él aprendió a navegar y en él se originó su gran proyecto. Aparte de lo que se debe a su genio, carácter y tenacidad, el descubrimiento de América encaja dentro del ambiente y de las circunstancias de las navegaciones portuguesas, y probablemente a ellas habría acabado por deberse: el descubrimiento, no los hechos subsiguientes ni el carácter de la colonización americana. La llegada al Brasil de Álvarez Cabral en 1500, revela lo inminente que hubiera sido el descubrimiento, fruto pleno de su época, tanto más cuanto que la proximidad entre el oeste de África y el norte del Brasil, a donde se conducían conjuntamente los alisios y las corrientes, y ambos a las Antillas, predisponían a su realización más o menos casual.

Los historiadores portugueses han planteado el problema del predescubrimiento o conocimiento anterior a 1492 de tierras americanas por sus navegantes, estudio en el que se ha puesto buena cantidad de apasionamiento y de exaltación nacionalista, y como método exceso de hipótesis, de silogismos y de argumentos lógicos y psicológicos y de deducciones audaces de escasos hechos o referencias, sobre todo ha jugado un papel capital el sigilo, política de secreto realmente practicada por los reyes portugueses y exacerbada bajo Juan II, pero que ha concluido por convertirse en un comodín con el que se pretenden explicar toda clase de hipótesis, racionales o no.

No hay prueba alguna positiva ni concluyente de que se haya llegado a tierras americanas antes de Colón, exceptuando los viajes vikingos. Se alegan como prueba de tal conocimiento el viaje de Diego de Teive en 1452, en que descubrió la isla de las Flores (Azores); un segundo del mismo a las proximidades de Terranova o a su banco, habiendo participado en ambos el piloto Pedro de Velasco o Pedro Vázquez de la Frontera, que tanto papel ha jugado en la génesis del plan de Colón; las cartas de Toscanelli, de 1474, en que invitaba a seguir la ruta del Oeste hacia la India, que tanto utilizó Colón, pero cuyo influjo en Portugal se ignora; las islas otorgadas por Alfonso V en 1462 a João Vogado; la Isola Otinticha, del mapa de Andrea Bianco (1448), en la que se ha querido ver el Brasil; la concesión de Fernão Telles en 1475 de islas atlánticas y de la conquista de la de Siete Ciudades; la expedición danesa en 1476 —aunque también se ha su puesto en 1472— con Pining y Pothorst, enviada por Cristián I de Dinamarca a Groenlandia, por instigación de Portugal, y donde se cree fue el piloto polaco Juan Scolvus o Skolno (Colón), y también —sin fundamento— João Vaz Corte-Real, a quien se ha atribuido gratuitamente un viaje a Terranova; la donación de islas o tierra firme, que se creía las Siete Ciudades, a Fernão Dulmo y João Alfonso do Estreito en 1486, de la que no hay prueba de haberse verificado: la de Pedro de Barcelos y João Fernandes Labrador, que se sitúa de 1492 a 1495, en la que se habría llegado a Norteamérica, y el segundo habría dado su nombre a la península así llamada —y viaje que, en todo caso, sería posterior—; por último, entre otros indicios, la terquedad con que Juan II exigió el traslado al oeste de la Línea de demarcación. Hay que añadir el proyecto de Behaim, análogo al de Colón, pero presentado tarde, en 1493.

Hasta ahora no ha aparecido ninguna prueba convincente de tal predescubrimiento y solo muy vagos y oscuros indicios. Y en último término, dado su desconocimiento hasta ahora y su nula trascendencia entonces, históricamente no puede, aún en el caso de comprobarse, disminuir en absoluto el valor de la empresa de Colón, único que ha revelado al mundo el continente americano y ha hecho con ello dar un giro a la historia.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs. 1114-1120.