Rey Visigodo

Eurico por Manuel Rodríguez

Eurico. ?, c. 440 – Arlés (Francia), 28.XII.484 ant. Rey visigodo (466-484).

Cuarto hijo del rey Teoderico I (418-451) y hermano de los igualmente reyes Turismundo (451- 453) y Teodorico II (453-466), Eurico habría nacido en torno al 440. Nada se sabe de su infancia y juventud, salvo que no participó con su padre en la batalla de los Campos Cataláunicos en el 451, las fuentes le recuerdan por primera vez cuando en el año 466, tras asesinar a su hermano Teodorico II en Toulouse, se proclamó Rey de los visigodos. Los motivos parecen haber sido el mero deseo de hacerse con el poder, sin influir un carácter más o menos pro-romano del nuevo rey. En los casi cincuenta años transcurridos desde la firma del foedus con Roma los visigodos habían superado ampliamente los territorios que se les habían asignado, pero su expansión se había producido, al menos teóricamente, dentro de una sumisión formal al emperador romano. Eurico envió de manera inmediata embajadas a sus vecinos para notificar su nueva condición y probablemente sus pretensiones de gobierno, entre ellos al rey de los suevos, Remismundo, quien había consolidado una posición de cierta fuerza en el noroeste de Hispania con el visto bueno de Teodorico II. A pesar de que Remismundo, el rey suevo, la despachó rápidamente, parece que de alguna manera los suevos llegaron a un acuerdo con Eurico. En los años siguientes, Eurico se iba a esforzar en ampliar sus bases en Hispania, pero eso exigía un proceso lento y evitar al máximo los conflictos bélicos, especialmente cuando los francos empezaron a ser algo más que una amenaza para él.

Los visigodos habían intervenido en los asuntos de la Península Ibérica antes incluso del foedus con el Imperio en el 418. En virtud de ese acuerdo les correspondió combatir en Hispania a suevos, vándalos y alanos, así como a los grupos de bagaudas que saqueaban el valle del Ebro; a partir de mediados de siglo tuvieron que limitar la actuación sueva fuera de los territorios teóricamente asignados por el imperio.

Como resultado de esta intervención un contingente godo se habría instalado en Mérida ya en el 456. Se sabe que las murallas de la ciudad y el puente sobre el Guadiana fueron reparados en el 483, a iniciativa del godo Salla, que estaría al frente del contingente militar que ocupaba la ciudad, de acuerdo con Zenón, el obispo católico de la sede metropolitana de Lusitania.

Es posible que con motivo de estas actuaciones bélicas algunos grupos de visigodos se asentasen también en la zona central del valle del Guadalquivir. Se trataría esencialmente de pequeñas guarniciones de control militar que llevarían a cabo correrías ocasionales. Por la crónica de Hidacio se sabe que estas intervenciones continuaron cuando Eurico ocupó el trono, sus tropas saquearos a suevos y romanos en la Lusitania en el 468, y probablemente no se interrumpirían cuando el cronista dejó de escribir en el 469.

Tras la muerte de Antemio, en el año 472, Eurico, de alguna manera, se había visto liberado ya de los compromisos adquiridos por sus predecesores con el poder romano. Entonces no solo procedió a la consolidación de sus posiciones en el sur de la Galia, sino que inició la sustitución del poder romano en Hispania.

En el 472 procedió a ocupar la Tarraconense, probablemente la única provincia hispana en la cual los romanos contaban aún con algún tipo de autoridad, en la forma de funcionarios administrativos y mando militar, incluso con algún pequeño contingente de tropas. Esta expansión hacia el sur era el resultado lógico de la ambiciosa política de Eurico, y no necesariamente aún la necesidad de buscar nuevos espacios ante la presión de los francos desde el norte. Responde a la nueva lógica de quien no se encuentra ya atrapado por compromisos institucionales con el Imperio y de quien, una vez lograda una aceptable consolidación institucional interna, quiere construir un reino territorialmente poderoso. Con Eurico, la expansión del reino de Tolouse, incluso en la Galia, donde fijó las fronteras naturales en los ríos Loira y Ródano, adquirió su máxima amplitud. Hispania era el espacio inmediato donde la competencia de otros poderes bárbaros era más débil. Los suevos habían sido encerrados en unos límites que no se verán alterados hasta la desaparición del reino más de una centuria después. En la práctica, habían quedado convertidos en un reino tutelado por los visigodos, primero como supervisores de los intereses de la corte de Rávena en los territorios hispanos, ahora preparando su propia anexión del espacio peninsular.

La Crónica de Zaragoza coloca la toma de Pamplona y Zaragoza en el año 476, fecha que indicaría el momento de culminación de la conquista de la provincia.

La ocupación de la Tarraconense se habría iniciado al tiempo que Eurico conquistaba la Auvernia gala y tomaba Marsella, llevando sus territorios hasta el mar y enlazando sus posesiones con Italia. La toma de la Tarraconense se hizo mediante una táctica envolvente: una expedición dirigida por Gauterico entró por Roncesvalles ocupando la zona alta del Ebro; otra entró por la ruta paralela a la costa mediterránea, en este caso comandada por el godo Heldefredo y por un hispano-romano, Vicentius, al que las fuentes denominan ahora dux Hispaniarum, que se dirigió directamente hacia Tarragona, la capital provincial. Los cuatro años que llevó esta ocupación son indicativos de una resistencia, según Isidoro de Sevilla protagonizada por la nobleza provincial, que se prolongaría al menos durante los veinte años siguientes. No es casualidad que Sidonio fije en estos mismos años la ruptura por parte de Eurico de los antiguos acuerdos con Roma, sin duda en referencia al foedus que les dio tierras en el sur de la Galia, en la práctica ignorados desde unos años antes, y que se refiera ya a los visigodos con el término regnum. Un acuerdo de Eurico con el emperador Nepote en el 475 o 476 parece incluir ya la soberanía sobre Hispania. Lo que era parte de un proceso “natural” de expansión, adquiriría un matiz de necesidad poco después de la muerte de Eurico, en el 484, cuando alamanes, burgundios y, especialmente, francos empezaron a presionar seriamente desde el norte. Entonces se iniciaría un proceso efectivo de desplazamiento de poblaciones godas, que culminarían con la ocupación de los parajes centroorientales de la meseta castellana y zonas limítrofes por parte de grupos que no incluían ya solo partidas guerreras, sino contingentes familiares al completo.

A partir del 494 las fuentes reconocen ya un proceso sistemático de ocupación, sintetizado por la Crónica de Zaragoza en la lacónica expresión: gotthi in Hispanias ingressi sunt, o en la entrada igualmente expresiva que registra tres años después: Gothi intra Hispanias sedes acceperunt.

Con Eurico la Monarquía es ya una institución política plenamente establecida y concebida con independencia respecto del imperio, aunque carece aún de una teoría política que la legitime. Se ha convertido en una Monarquía rodeada de los atributos guerreros heredados de la tradición germana y de la legitimidad administrativa de tradición imperial, de la cual parece tomar usos de corte, quizás a imitación de Constantinopla.

Tras la paz firmada con Odoacro, probablemente en el 477, Eurico se apresuró a consolidar su poder. Medidas de control territorial y marítimo apuntan en este sentido, en especial la búsqueda de acuerdos pacíficos con sus vecinos, con la excepción quizás de los francos; iniciativas que merecieron los elogios de Sidonio Apolinar que consideró que eran propias de un Monarca universal.

Desde una óptica interna, Eurico pretendió que las instituciones eclesiásticas se sometiesen a su criterio; cuando éstas se mostraron contrarias a sus designios, él actuó en función de sus intereses y, por ello, pudo ser visto como anticatólico por parte del episcopado galo.

Su percepción política no estaba mediatizada por la religión y no estaba interesado en un conflicto religioso, lo que no impide que en su Corte se mantuviesen debates religiosos. Algunos obispos sufrieron el exilio. Sidonio tuvo que ausentarse de su sede de Clermont y marcharse a Burdeos, y se sabe que sedes importantes permanecían vacías porque el Rey se negaba a aprobar nuevas elecciones, probablemente a la espera de candidatos dispuestos a colaborar con sus planes políticos. En algún momento del reinado de Eurico, la cuarta parte de los obispados galos estaban sin ocupar. Aun así, su política no fue anti-católica y los acontecimientos interpretados como tales por el clero, especialmente por el mismo Sidonio o por Gregorio de Tours algo después, tienen más connotaciones políticas que religiosas.

Se ha hecho notar que la emisión de normas legales por parte de Eurico debe verse como una continuación de la emisión de edictos que era propia del prefecto del pretorio; así, el código de Eurico, proclamado en torno al 475, debería llamarse edictum Eurici regis y, al proclamarlo, el rey Eurico no pretendía suplantar al Emperador sino al prefecto de Arlés, y construir un reino limitado a los territorios meridionales de la Galia e Hispania, la antigua diócesis bajoimperial, tarea en la que probablemente contaba con el apoyo de algunos de los representantes oficiales del poder romano, caso del mencionado Vicentius Arvandus, dux romano de la Tarraconense. El código ahora elaborado es un derecho romano, construido con fundamentos del derecho vulgar romano, por juristas romanos y con el lenguaje de ese mismo derecho.

Las fuentes mencionan el nombre de su esposa, Ragnahilda, aparentemente una princesa, aunque se discute si sueva o burgundia. Los datos sobre los años finales de su reinado son muy escasos. Murió de muerte natural en Arles, antes del 28 de diciembre del 484, fecha en la que su hijo Alarico (II) le sucedió en el trono.

DE LA CRUZ DÍAZ MARTÍNEZ, Pablo, «Eurico», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, http://dbe.rah.es/biografias /9135/eurico