Pedro I de Rusia

Datos biográficos

Zar de Rusia: 1682-1725
Sobrenombre: El Grande
Nacimiento: 1672
Fallecimiento: 1725
Predecesor: Teodoro III
Sucesor: Catalina I
Padre: Alejo I
Madre: Natalia Nariskina
Consorte: Eudoxia Lapukine
Consorte: Catalina I

Biografía

Emperador de Rusia, hijo del zar Alejo y de su segunda esposa Natalia Nariskina, n. en Moscou el 9 de Junio (30 de Mayo) de 1672 y m. en San Petersburgo el 8 de Febrero (28 de Enero) de 1725. A la muerte de Alejo (1676) le sucedió su primogénito Fedor, y muerto éste en 1682 fue proclamado Pedro I, que era menor que su otro hermano Iván, pero cuyo estado precario de salud y la debilidad de su espíritu le incapacitaban para el trono. Esto no obstante, sus partidarios, a la cabeza de los cuales figuraba la ambiciosa princesa Sofía, quisieron reivindicar sus derechos, y después de no pocos tumultos callejeros, en los que perecieron algunos elementos de la familia Nariskina, se llegó a un arreglo, mediante el cual fueron coronados zares los dos hermanos, y Sofía se encargó de la regencia durante la minoridad de aquellos (1682).

Pedro I el Grande, pintura de Jean-Marc Nattier 1717.Pedro I el Grande, pintura de Jean-Marc Nattier 1717.

En el Museo de Moscou ha figurado por espacio de muchos años el doble trono con una abertura en el dosel, por el cual la regente dictaba a sus hermanos su voluntad. Al poco tiempo tuvo que reprimir una sublevación de los streltsi, milicia hereditaria y permanente, que la había ayudado a hacer su voluntad y que después quería imponerse, con lo cual afirmó su poder.

En cuanto a Pedro I, había sido enviado a Preobrajenskoe, aldea próxima a Moscou, y aunque su preceptor era una medianía, gracias a la inteligencia y a la curiosidad del espíritu del joven príncipe, se formó su carácter. Recorriendo como un simple particular las calles de Moscou, conoció en el barrio de los extranjeros a muchos hombres instruidos, holandeses, ingleses y alemanes, que le iniciaron en la civilización occidental y que después hablan de ser sus consejeros. Entre aquellos compañeros se desarrolló también su afición a la marina y al ejército, y el suizo Lefort formó, con 50 jóvenes de la edad del príncipe, una compañía, de la que salió el famoso regimiento Preobrajenski.

Sus relaciones con Sofía empezaron a enfriarse hacia 1687, en que la princesa quiso tomar el título de autócrata, y dos años después Pedro I, cansado de la tutela, se decidió a encargarse del poder. Sofía resistió a abandonar la regencia y sublevó a los streltsi, obligando a Pedro I y a su madre a encerrarse en el convento de Troitza, pero se impusieron al fin los partidarios de Pedro I, y Sofía, acusada de haber atentado contra la vida de los dos zares, tuvo que retirarse a un convento.

Pocos días después (11 de Octubre de 1689) Pedro I entraba en Moscou, y su hermano Iván renunciaba a su parte de soberanía, reconociéndole como único zar, Pedro I no contaba entonces más que diez y siete años, y su primer cuidado fue reorganizar el ejército, para acabar así con el poder de los peligrosos streltsi o strelitz, encargándose de estar misión el suizo Lefort y el inglés Gordon, con el concurso de oficiales extranjeros. Simultáneamente se interesó por la marina, y ya en 1693 hizo un viaje a las costas de la Laponia, donde estableció astilleros, en los que él mismo trabajaba.

En la necesidad de abrirse acceso al mar Negro organizó en 1695 una expedición, con el doble objeto de conquistar Azov y de castigar a los turcos, con los cuales hacía tiempo que estaba en guerra. El mismo Pedro I acompañó a su ejército como simple oficial, pero la empresa fracasó.

No era hombre el zar que se desanimase fácilmente, así es que sin pérdida de tiempo estableció nuevos astilleros en Voronejo e hizo construir con actividad febril numerosas galeras, trabajando él mismo como un obrero cualquiera. Después llamó del extranjero a artilleros y oficiales de marina, y al año siguiente, después de haber derrotado a la escuadra otomana, se apoderó de la plaza de Azov y a la vez hizo la paz con los turcos.

Deseoso de no tener que acudir a extranjeros para sus empresas sucesivas, envió medio centenar de jóvenes de la aristocracia rusa a Holanda, Inglaterra y Venecia para que se perfeccionasen en las artes y en las ciencias. El mismo se disponía a acompañarles, cuando estalló una revolución (Febrero de 1697), fomentada en parte por Sofía, que no perdonaba ocasión de halagar la xenofobia de los rusos.

La represión fue verdaderamente terrible, y el zar, después de haber confiado la dirección de los asuntos públicos, salió de sus Estados, visitando las cortes de Brandenburgo y Curlandia, pero en lugar de frecuentar los palacios, se dedicó con ardor a estudiar el funcionamiento de fábricas, talleres, laboratorios y arsenales. Luego, dejando a todos sus acompañantes, se dirigió primero a Zaandam y después a Amsterdam, en cuyos astilleros trabajó hasta obtener el título de maestro en la construcción naval.

No contento con esto, se trasladó a Inglaterra, donde contrató a 500 operarios y técnicos en la construcción naval. Volvió a Holanda, se dirigió por Dresde a Viena, y cuando se disponía a marchar a Venecia, una nueva sublevación de los streltsi le obligó a regresar precipitadamente a Moscou (Septiembre de 1698). La represión fue cruel y 130 de los principales conjurados fueron colgados ante el convento en que estaba Sofía, aprovechando, además, la ocasión para licenciar definitivamente a aquella milicia indisciplinada, origen de continuos disturbios, y poco en armonía, por otra parte, con las nuevas necesidades militares de Rusia.

Por entonces repudió a su esposa Eudoxia Lapukine, con la que había casado en 1689, alegando que estaba en connivencia con sus enemigos, pero, en realidad, porque no compartía las ansias reformadoras de su esposo. Prosiguiendo luego la reorganización del Imperio, introdujo el traje y las costumbres europeas, creó 27 regimientos de infantería y dos de dragones, fundó escuelas, imprentas y laboratorios, al mismo tiempo que continuaba preocupándose de tener acceso a los mares.

El tratado del 3 de Julio de 1703 con Turquía aseguraba a Rusia la posesión de la plaza de Azov, conquistada en 1696, que había de servirle de llave del mar Negro, y para asegurarle el dominio del Báltico se alió con Dinamarca y con Polonia contra Carlos XII de Suecia (1700). Al principio la campaña fue desastrosa para los aliados, pues Carlos los fue venciendo sucesivamente, pero Pedro I dio una vez más pruebas de su energía y decisión, aplicándose febrilmente a la reconstitución del ejército, y haciendo trabajar en las fortificaciones a todo el mundo, incluso a los monjes y a las mujeres.

Para aumentar sus recursos creó nuevos impuestos, se hizo entregar el dinero de los conventos y convirtió en cañones las campanas de las iglesias. No se hizo esperar mucho el resultado, y los suecos fueron perdiendo terreno, mientras que Pedro I llegaba a las orillas del Neva y se apoderaba de la fortaleza de Noteburg, situada en el lugar donde más tarde había de levantarse San Petersburgo, la capital del Imperio.

Después de haber fortificado la isla de Cronstadt, el ejército ruso se apoderó sucesivamente de Koproie, Yam, Dorpat y Narva (1704). Luego conquistó Vilna y Grodno, pero derrotado completamente su aliado Augusto II de Polonia, Carlos pudo disponer de más fuerzas que, si de momento obligaron a los rusos a retroceder, no pudieron evitar que se rehicieran de nuevo, y la sangrienta y épica batalla de Poltava, en la que ambos ejércitos, con sus reyes a la cabeza, se batieron como héroes; acabó por una brillante victoria de Pedro I (8 de Julio de 1709), debiendo el infortunado y valeroso Carlos refugiarse en Turquía.

Livonia y Carelia fueron conquistadas por los rusos que se aseguraron el dominio de las costas del Báltico por la toma de Viborg, Riga, Dunamunde, Pernau v Revel. Mientras tanto, Carlos había conseguido que Turquía declarase la guerra a su rival, y Pedro I, que había salido al encuentro del ejército turco, fue derrotado por éste en las orillas del Pruth (20 de Julio de 1711), pero gracias a la intervención de la segunda esposa del zar, Catalina Alexeievna, a los pocos días se firmó una paz, si bien los rusos tuvieron que devolver Azov y la desembocadura del Don. Aliada después Rusia con Prusia y Dinamarca, con su auxilio pudo continuar sus victorias que coronó con la batalla naval de Hangoenal, la que valió á Pedro I la posesión de las islas Aland y de Nyslott.

Aprovechando una tregua, en la primavera de 1717 hizo un nuevo viaje a Occidente, visitando La Haya y después París con la intención de concluir un acuerdo contra Inglaterra y tal vez de negociar el matrimonio de su hija Isabel con Luis XV.

El poderoso monarca obtuvo un éxito personal por su asombrosa actividad, por sus costumbres sencillas y democráticas y por su simpatía, pero no pudo conseguir nada de lo que se proponía. A su regreso a Rusia, se encontró con que el heredero Alejo, joven de costumbres groseras y de corta inteligencia, había querido echar abajo las reformas que su padre con tanto esfuerzo consiguiera implantar, rodeándose de los adversarios del nuevo estado de cosas y apoyado especialmente por su a madre Eudoxia y parte del clero.

Pedro I, después de hacer renunciar a su hijo al derecho de sucesión, le entregó a un tribunal de 124 dignatarios que le condenó a muerte (26 de Junio de 1718), sufriendo también la misma pena gran número de sus cómplices.

Ya antes de su viaje había iniciado negociaciones con el rey de Suecia, que interrumpió la muerte de Carlos (30 de Noviembre de 1718). Por consejo de Inglaterra, la Dieta sueca decidió reanudar las hostilidades contra Rusia que, tres años más tarde (10 de Septiembre de 1721), impuso a su rival la paz de Nystad, en virtud de la cual adquirió Rusia la Estonia, Livonia, Ingria, una parte de Carelia, Viborg y Kexholm.

En virtud de tales acontecimientos, el Senado y el Santo Sínodo concedieron a Pedro I los títulos de Grande, de Padre de la patria y de Emperador de todas las Rusias. Al año siguiente, a causa de haber sido asesinados por los persas unos mercaderes rusos, Pedro I declaró la guerra a Persia y se puso al frente de un ejército de 100.000 hombres que condujo hacia el mar Caspio (1722), apoderándose de Derbent y de Baku. Un año después se firmó el tratado del 12 de Septiembre de 1723 por el que se confirmaba a Pedro I la posesión de dichos dos puertos y, además, las orillas meridionales del Caspio, Ghilan, Mazzanderan, Asterabad, preparando así a sus sucesores el camino del Asia central.

Con ser tanta y tan provechosa su acción exterior, no lo fue menos la interior, sin que fuese un obstáculo para cumplirla el crecido número de guerras y los continuos motines que hubo de reprimir. La tarea que Pedro I llevó a cabo fue inmensa y de haber vivido más tiempo el emperador, la transformación social, política y económica de Rusia habría sido, quizá, completa y definitiva. Por una parte, gran número de rusos franqueaban la frontera en busca de instrucción, y por otra millares de extranjeros eran llamados al Imperio, en el que acababan casi siempre por tomar carta de naturaleza.

Debido a esto, las costumbres se suavizaron y las mujeres, condenadas a la reclusión y a tener que casarse sin su consentimiento, recobraron su libertad. Se adoptaron medidas contra la mendicidad, se declaró el trabajo obligatorio, se establecieron gran número de asilos, hospitales, escuelas de primera enseñanza, institutos de segunda, universidades, academias especiales; se fundó el primer diario ruso, se reformaron todos los impuestos en el sentido de hacerlos más productivos y más seguros, quedando solamente exentos de ellos los nobles que, en cambio, venían obligados a servir al Estado hasta la muerte.

La industria adquirió un desarrollo extraordinario, las obras públicas se multiplicaron, las relaciones con las potencias extranjeras fueron cada vez más seguidas, y todas estas medidas dieron por resultado el que las rentas del Estado subiesen de 1.500.000 rublos a 10.000.000. La administración pública de convirtió en un instrumento eficaz y adecuado a sus fines, y todos los servidores del Estado tuvieron un sueldo fijo en lugar de la recompensa arbitraria que se les concedía, según la situación del Tesoro.

El ejército fue aumentado a 200.000 soldados regulares y más de 100.000 irregulares, y en cuanto a la flota de guerra contados a un riguroso turno de ascenso, y el mismo emperador dio ejemplo, pasando por todos los grados antes de llegar a los superiores, pues no aceptó el título de general hasta después de la batalla de Poltava. Reformó también la administración eclesiástica en el sentido de subordinar el poder espiritual al poder temporal y, aprovechando la muerte del patriarca Adriano, de prerrogativas casi iguales a las del zar, abolió esta plaza que substituyó en 1721 por el Santo Sínodo, o sea la Asamblea de arzobispos y obispos.

Finalmente, fundó la capital del Imperio, San Petersburgo (ciudad de Pedro), para tener, según Puskine, una ventana abierta hacia Europa. De su primer matrimonio tuvo un hijo, Alejo, al que hizo dar muerte, y del segundo otro hijo, m.en 1717, y dos hijas, Isabel y Ana, sucediéndole su esposa Catalina. El emperador era hombre de pasiones vivas, de carácter violento y gustaba de todos los placeres, pero estaba animado de un profundo sentimiento del deber y dominado por la idea de la grandeza de Rusia, al servicio de la cual puso toda su energía, su actividad prodigiosa, su ilustración y su inteligencia, no desdeñando incluso los trabajos manuales, pues precisamente la causa de su muerte fue el que, estando ya enfermo, ayudó a unos marineros a poner a flote una chalupa que había zozobrado. En 1782 se le erigió una estatua, obra de Falconet, en San Petersburgo.

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, t. 42 págs. 1343.