Nicolás I de Rusia

De Jaime Vicens Vives

Retrato del Zar Nicolás I.Retrato del Zar Nicolás I.

NICOLÁS I, zar de Rusia (1796-1855; 1825-1855 ). Inesperadamente recibió la corona de sus mayores. Su ascensión al trono se produjo en medio de los disparos y el tumulto de la insurrección decabrista. Su temperamento, ya de por sí duro y autoritario, se volvió desde entonces receloso e intransigente. No tenía esa mística absolutista de su hermano mayor, sino la pura cerrazón intelectual de mantener el imperio zarista en la misma forma que lo había recibido de sus mayores. Fue implacable contra los revolucionarios, ahogó las revueltas nacionalistas en un baño de sangre y mantuvo a su Estado libre de la agitación liberal de Occidente. Pero no procuró que Rusia progresara en el orden. Y así, cuando se trabó la lucha en Crimea, se derrumbó el sistema que Nicolás I había forjado no sólo para salvar a Rusia sino a toda la Europa central del peligro de las aspiraciones liberales y nacionales. Su fracaso en 1855, el año de su muerte, inicia para Italia, Alemania y Rusia una nueva época.

Hijo del zar Pablo I y de María Teodorovna, Nicolás nació el 7 de julio de 1796 en el palacio de Tsarskoe Selo. Desde su juventud tuvo muy poca afición al estudio de las humanidades; su vocación iba al ejército, y al ejército consagró su vida desde que en 1814 fue adscrito al cuartel general aliado para la campaña de Francia. Su viaje por Occidente no le enseñó nada. En cambio, intimó con la corte prusiana, de la cual se llevó a Rusia la princesa Carlota Luisa como esposa (13 de julio de 1817). Desde 1818 ejerció un mando de importancia en la Guardia Imperial, en donde se hizo muy poco popular por la severidad de su disciplina.

Al acaecer la muerte de su hermano mayor Alejandro I, el 10 de diciembre de 1825, el trono recaía en Constantino. Pero este, después de un interregno de tres semanas, abdicó en su hermano menor. Al tomar el juramento de las tropas (26 de diciembre), se sublevaron varios regimientos de Petrogrado bajo la instigación de algunos nobles adscritos a sociedades secretas, de carácter liberal. La insurrección fue ahogada en sangre y los elementos sospechosos se vieron perseguidos en todo el Imperio. A partir de este momento, Nicolás juzgó que Rusia necesitaba un aumento de disciplina y de autoridad. Dotado de gran capacidad de trabajo, el zar de hierro lo inspeccionaba y lo resolvía todo. Realmente, el aparato externo daba una gran impresión de majestad y robustez. Pero, tras esta fachada, la administración y el gobierno del Estado eran presas del mayor desorden y de la más venal corrupción.

En la iniciación de su reinado, y debido a los grandes intereses que Rusia tenía en los Balcanes, contribuyó a la independencia de Grecia y al derrumbamiento parcial del sistema Metternich en Europa. La campaña de 1828 contra Turquía fue reveladora de los males internos que aquejaban a Rusia; pero los éxitos de 1829 ante un enemigo impotente no permitieron al zar darse cuenta real de la situación. Por otra parte, su intervención en los asuntos de Turquía fue limitada por la influencia de Londres y París (1830).

En el mismo año se produjo el levantamiento revolucionario de julio. Nicolas instó para que se restaurara el orden en Francia y Bélgica. Pero muy pronto se vió amenazado en sus propias fronteras por el levantamiento polaco, que fue ahogado en 1831 en un torrente de sangre. En este momento, Nicolás I se consideró como el salvador de Europa, y, en efecto, concertó con Prusia y Austria el pacto de Münchengrätz (1833), nueva Santa Alianza que procuró a Alemania y Austria la posibilidad de mantener las formas tradicionales de gobierno. Mientras tanto, los asuntos de Turquía no marchaban a gusto de Rusia. Nicolás arrancó de Constantinopla el tratado de Unkiar-Skelessi (1833), cuyas ventajas anuló la convención de Londres de 1841.

En 1848, al desencadenarse la oleada revolucionaria democrática, Rusia no fue afectada por el movimiento; antes bien, auxilió con sus tropas a Austria para reprimir el alzamiento húngaro de Kossuth (1849) e hizo uso de su influencia para evitar que Prusia convirtiera Alemania en un estado unificado (Olmütz, 1850). Nicolás creía firmemente que su obra nacional e internacional revelaba su potencialidad. Pero se engañaba. Al producirse la Guerra de Crimea en 1854 contra Turquía, Inglaterra y Francia, Rusia no recibió ningún apoyo de los estados de la Europa central. En cuanto al aspecto interior, todo funcionó deplorablemente: ejército, administración, policía... La súbita revelación de este enorme fracaso provocó una gran debilitación moral en Nicolás I, quien murió el 2 de marzo de 1855, poco antes de la caída de Sebastopol en poder de los aliados. El zarismo tradicionalista había terminado en Rusia.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, T. II, págs. 177-178.