La Batalla de Ourique

Hilo de Historia de Portugal

El milagro de Ourique. Óleo en tela. Domingos Sequeira. 1793.El milagro de Ourique. Óleo en tela. Domingos Sequeira. 1793.

Mientras el emperador paseaba los pendones cristianos por Andalucía y asaltaba fortalezas en las Extremaduras y tierra de Toledo, Alfonso Enríquez iniciaba la reconquista del Centro y del Sur de Portugal, conocido por el Algarbe. La impotencia de los almorávides era aquí tan manifiesta como en el resto de España, si no más, pues esta región fue la primera que abandonaron los príncipes y jefes africanos. En mayo de 1139 ya había levantado el infante portugués Ibn Errik, el hijo de Enrique, como le llamaban los árabes) un importante ejército con el que se proponía cruzar el Tajo.

El territorio que hoy constituye las dos provincias del Alemtejo y del Algarbe formaba a fines del siglo XI, cuando las invasiones almorávides, junto con parte de la Extremadura española moderna y quizás también de la provincia de Sevilla, los dominios de los Beni-Alafftás o emires de Badajoz, dueños, en consecuencia, de la Extremadura portuguesa aún no reconquistada por los cristianos, por lo que se denominaron emires del Algarbe . Este emirato, como los demás de Andalucía, concluyó con el arribo de los almorávides. En vísperas de las grandes campañas de la Reconquista en Portugal, cuando los cristianos se disponían a expulsar a los sarracenos de los territorios de allende el Tajo (Alem do Tejo, Alemtejo) y del sur de Leiria, el Algarbe comprendía tres provincias:

  1. La de Alfaghar o de Chenchir, donde estaban situadas las ciudades y castillos de Santa María (Faro), Mirtolah (Mertola), Chelb (Silves), Oksonoba (Estoi), Tabira (Tavira) y otros.
  2. La de Al-Kassr Ibn Abu Danes, que contenía las importantes poblaciones de Batalios (Badajoz), Xerixa, (Jerez de los Caballeros), Iaborah (Evora), Marixa, (Mérida), Cantarat Al-Seyf (Alcántara), Curia Coria, Belch o Ielch (¿Elvas?), Bajah (Beja), Alkassark, (Alcacer do sal) y varios castillos y pueblos.
  3. La de Belatha, cuyos principales centros habitados eran Chantarin o Chantireyn (Santarem), Lixbona o Achbuna (Lisboa) y el castillo de Cintra o Zintiras (Cintra).

Al pie de Achbuna (Lisboa), en la orilla opuesta del Tajo, se alzaba el fuerte de Al-maaden (Almada), esto es, la mina, nombre que le venía del oro del río. El ejército que Alfonso Enríquez había puesto en pie , en la primavera de 1139 penetraba con las primeras luces del verano en el corazón del territorio dominado por los sarracenos. El infante portugués invadía la provincia de Al-Kassr Ibn Abu Danes seguro de la victoria que aguardaba a sus armas. La rápida aproximación de las fuerzas cristianas cogió desprevenidos a los moros.

El emir del Algarbe, Ismar u Omar, intentó improvisar un ejército y en esa tarea estaba cuando Alfonso Enríquez le dio batalla en Ourique, a ocho leguas al sur de Beja. El enemigo quedó desbaratado y disperso sin que pudiera rehacerse de momento. Fecha de este famoso encuentro: 25 de julio. La imaginación de los cronistas medievales, eco del sentimiento popular, y a menudo al servicio de intereses políticos poderosos, tejió en torno a la batalla de Ourique el mayor tropel de leyendas y circunstancias que jamás rodearon a un hecho de esta naturaleza. Cristo crucificado se apareció a Alfonso Enríquez en su tienda la víspera del combate y le prometió la victoria.

Cinco reyes moros quedaron muertos en el campo, junto a 400.000 guerreros de su raza y religión. Después del triunfo los soldados cristianos levantaron al infante portugués sobre sus escudos y le proclamaron rey.

La crítica moderna trato de reducir el episodio de Ourique a dimensiones más conformes con la razón. Fue quizás Herculano el primer historiador e sostener, con evidente buen juicio, que la invasión de las tierras musulmanas del sur del Tajo no pasó de la categoría de incursión importante, una de las que se hacían en territorios enemigos todos los años, y a las que estaban obligados a acudir los caballeros villanos de los concejos por mandato expreso en las cartas forales. El hecho de atravesar los cristianos el Tajo por primera vez desde hacía mucho tiempo, y con gran hueste, contribuiría a henchir el evento.

De lo derrota de Omar y cuatro de sus valíes arrancaría la leyenda de los cinco reyes moros muertos. El carácter de improvisación que ofreció la resistencia musulmana está acaso patente en el alto número de mujeres que se lanzaron al combate contra los cristianos y perecieron en él. Verosímil es que en Ourique alzaran sus soldados a Alfonso Enríquez por rey. Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. X, pp. 396.

Después de las jornadas de Ourique, Alfonso Enríquez, que carecía de fuerzas para ocupar la comarca, volvió a pasar el Tajo y se retiró a Coimbra. Sintiéndose otra vez fuerte militarmente, y dueño del botín tomado a los sarracenos, no quiso acordarse ya del juramento de Túy. De nuevo iba el infante-rey portugués a atropellar su propia palabra de honor. Galicia le atraía, ahora, quizás, más que nunca.

Alfonso VII había caído por segunda vez con renovado vigor sobre Andalucía. Continuaba distraído con los moros y con el rey de Navarra. Y en esta coyuntura apareció otra vez el ejército portugués en el Miño. Pero un obstáculo lo detuvo. La defensa de la tierra de Limia estaba ahora encomendada a un héroe, Fernando Seoane, alcaide del castillo de Allariz, director de la zona, leal al emperador como sabían ser leales, cuando lo eran, los capitanes de aquella edad.

Los portugueses tuvieron que retirarse con pérdidas; y Alfonso Enríquez, que resultó ligeramente herido, pasó por la afrenta de tener que rescatar de manos de Seoane, con parte del oro tomado a los musulmanes de Ourique, a unos cuantos nobles portugueses copados por los gallegos. Se repetía la historia en Galicia y en Portugal con irritante monotonía. Alfonso VII dejaba otra vez encomendada la guerra con García V Ramírez de Navarra a los nobles castellanos y partía disparado para León a organizar el ejército para imponer a Alfonso Enríquez el cumplimiento del tratado de 1137.

Pero el conflicto tuvo ahora un sesgo original, se trocó en cuestión personal entre el infante portugués y el emperador. Alfonso VII debía de considerar traidor a su primo y aun es posible que, de acuerdo con los sentimientos de la época, lo desafiara a combate singular. Lo cierto es que los ejércitos fueron dados de lado y en cambio concertaron un impresionante torneo entre los nobles principales de uno otro bando, cada cual a romper lanzas por el honor de su rey. Cerca del río Lima, en la Vega de Vez, tuvieron lugar las justas que siglos después recordaban aún los portugueses con orgullo.

La prueba no pudo ser más desfavorable a los leoneses. Apenas hubo noble famoso de la corte del emperador que no cayera derribado por el hierro portugués. Así, Fernando Hurtado hermano de Alfonso VII , hijo de doña Urraca y el conde don Pedro de Lara y Vermudo Pérez, cuñado de Alfonso Enríquez, y el conde de Ponce de Cabrera, por no mencionar sino a los más ilustres. Semejante vencimiento, según las leyes de la caballería, convertía a los caballeros derribados en prisioneros de los victoriosos, aparte tenerse por ominoso augurio para la causa de los vencidos.

El emperador abandonó definitivamente el propósito de hacer la guerra a Alfonso Enríquez y buscó la mediación del arzobispo de Braga en un nuevo intento de ajustar una paz duradera con los portugueses. Fácil fue la avenencia entre los primos, porque de nuevo llegaban pésimas noticias de Portugal. Omar, que antes que perecer en Ourique, disfrutaba excelente salud, se había lucrado de la marcha de Alfonso Enríquez a Galicia para reunir tropas en el Algarbe y avanzar hasta Leiria, castillo que recuperaban los moros, haciendo prisionero a su gobernador, Pelayo Gutiérrez. Luego atacó el enemigo la posición de Trancoso, al noroeste de Leiria y la redujo a escombros.

Convenida la tregua de Valdevez, Alfonso Enríquez abandonó precipitadamente la tierra de Limia, cruzó el Duero cerca de Lamego, reorganizó su ejército y sorprendió a las fuerzas de Omar en las inmediaciones de Trancoso, donde se libró la primera batalla con que los portugueses, vencedores en toda la línea, pusieron término a la nueva amenaza.

Alfonso Enríquez, rey de Portugal

La paz de Valdevez, solicitada por el emperador cuando más convenía a Alfonso Enríquez —vencido en Limia, herido y con el Sur de sus estados invadido por los musulmanes— fue por parte de los leoneses una manifestación de impolítica debilidad, aunque probablemente justificada. Cabe pensar que Alfonso VII desesperaba ahora de poder dominar a su primo. Alfonso Enríquez, bien que subordinado a la corona leonesa en el tratado de 1137, se conduce ya como rey. Hace la guerra a los moros por su cuenta. Si se ve en apuro, jamás pide refuerzos o ayuda al emperador. Y en las grandes cabalgadas de los príncipes cristianos de la Península en guerra solidaria contra la media luna ondean juntos al viento, a veces, los pendones de todos los estados, menos los de Portugal.

Si se busca a Alfonso Enríquez en la corte del emperador no se le hallará. Tampoco concurre a las asambleas políticas convocadas por León. Por otra parte, el emperador no insiste en aparecer dominando en Portugal. Quizás juega con un equívoco. Tal vez no existe Portugal para él más que como apéndice de Galicia, en cuanto prolongación del reino gallego, al que hacía poco aún pertenecían los distrito de Porto y Coimbra. De los diferentes títulos que recibía Alfonso Enríquez —príncipe, a partir de 1136, infante y rey— él solía usar para sí el de infante, que lo equiparaba al de soberano. No se atrevía a adoptar el de rey; pero los portugueses le llamaban, de preferencia, rey; sobre todo, sin duda, después de la batalla de Ourique.

A raíz de su triunfo diplomático en Valdevez y de su victoria militar de Trancoso, Alfonso Enríquez se desenmascara y acepta el título de rey. La paz últimamente convenida entre el —de hecho rey de Portugal— y el emperador se sostenía de modo precario. Seguía preocupando más a Alfonso VII la situación en los antiguos territorios castellanos y Navarra que las correrías de Alfonso Enríquez en Galicia. Partió pronto para León y Castilla con el de designio de preparar una gran expedición contra Navarra. en ello estaba en enero de 1140. Su designio era ahora destruir el reino de García V Ramírez en pacto colusorio con el conde de Barcelona, su suegro.

En efecto, en febrero marchó el emperador de Palencia a Carrión, y el día 21 firmó el convenio por el que asignaba al conde de Barcelona las dos terceras partes del reino navarro, con la condición de que se declarase vasallo suyo De Navarra recibía el conde de Barcelona la tierra de Pamplona, y Alfonso VII se reservaba para Castilla la región de Estella. Favorecía el catalán al emperador reconociendo su derecho de soberanía sobre toda la Rioja, Álava Guipúzcoa, Vizcaya, la Bureba, las Encartaciones y montañas próximas, dominios que fueron de Alfonso VI y usurpaba el monarca vascón.

Al rey de Navarra dejaba el emperador en honor la Rioja alavesa, el llano de Álava, Treviño, Berrueza, Vizcaya y Guipúzcoa. Los preparativos militares y los pasos diplomáticos de Alfonso VII alarmaron a García V Ramírez, que debió de acudir en demanda de ayuda a los familiares del emperador, pues consta la intervención del conde de Tolosa de Francia en favor de una tregua. El emperador invadió Navarra y llegó hasta el llano de Pamplona. Pero se evitó la destrucción del reino.

El rey de Navarra volvió a reconocer la supremacía del emperador, quien le dio por esposa a su hija bastarda, la infanta Urraca. Este matrimonio se efectuó unos años después, en 1144. El haberse arreglado con García V Ramírez permitió a Alfonso VII reanudar sus campañas contra los moros. Llevó la guerra a la actual Extremadura española (1142), puso sitio a la importante plaza de Coria, orillas del río Alagón y se afirmó en la cuenca del Tajo de estas comarcas. Conquistada Coria, se trasladó a Salamanca para intervenir en una ceremonia sobremodo particular. Allí le esperaba el abad de Cluny, Pedro el Venerable, a quien en aquel mismo acto, a presencia de casi todos los obispos de Castilla y León, dio el emperador, para que dependiera de la famosa abadía, el rico monasterio de Cardeña.

A cambio, el monje cluniacense declaró extinguido el tributo anual de dos mil monedas de oro que desde Alfonso VI pagaban a su monasterio los monarcas de Castilla y León. Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. II, cap. I, p. 23.

La victoriosa campaña de Alfonso VII en la región de Coria no había sido la única actividad militar, ni el único suceso interesante en el Occidente de la Península. Alfonso Enríquez se preparaba entonces para la reconquista de las principales ciudades del Tajo, en aquella latitud. Llegó en su ayuda una circunstancia providencial -una de las muchas que delataron la buena estrella de este príncipe-, que fue el arribo al puerto portugués de Gaia, en la desembocadura del Duero, frente a Porto, de una flota francesa de setenta velas que se dirigía a Tierra Santa.

Avisado el rey de Portugal del acontecimiento, entró en tratos con los capitanes, y les hizo ver cuán útiles podían ser a la Cristiandad cooperando en la campaña que iba a emprender contra los moros del distrito de Santarem. Aceptaron los extranjeros la sugestión, zarpó con rumbo sur la brillante armada, y mientras el ejército portugués marchaba hacia Lisboa por tierra, la marina de los cruzados entró en la bahía del Tajo. Pero Lisboa no era aún presa fácil. Sus fortificaciones y el celo con que las defendían los moros convenció al ejército portugués y a sus auxiliares de que se necesitaban efectivos muy superiores a los que entre ambos reunían para reconquistar aquella llave del Tajo.

La flota se hizo, a la vela camino del Estrecho, y las tropas portuguesas, tras la consabida obra de devastación y pillaje, se retiraron para el Norte con abundante botín. A la espera de nueva coyuntura en que repetir, con mejor fortuna, la ofensiva contra Lisboa, y tal vez temiendo que el enemigo no le perdonaría su audacia, Alfonso Enríquez se dedicó a fortificar las fronteras meridionales de sus dominios, donde el célebre castillo de Leiria, ahora reedificado, era de nuevo en el Occidente vigía, tronera y base de la agresión cristiana contra el Sur mahometano.

Alfonso Enríquez y el Papa

Hubo entonces un alto en la lucha con los moros —la calma pesada que precede a la tormenta— y Alfonso VII y Alfonso Enríquez convinieron en cimentar sus relaciones sobre terreno más firme. La paz de Valdevez no había dado satisfacción a nadie, y se buscaba una inteligencia más duradera. El emperador quería saber a qué atenerse respecto de su ambicioso primo. Si habían de responder a la realidad las relaciones entre León y Portugal requerían nueva fórmula. Indudablemente, en el Occidente de la Península se había creado una nueva situación. Y un elemento hasta cierto punto extraño vino ahora a complicarla.

El Papado comenzaba a mezclarse en el pleito entre Alfonso Enríquez y el emperador. Se encontraba en aquel momento (año 1143) en España el cardenal Guido Vico, legado del pontífice Inocencio II. Después de presidir un concilio provincial en Valladolid, el cardenal se trasladó a Zamora para asistir a una conferencia de extrema importancia que celebraban Alfonso VII y Alfonso Enríquez. Y ante el legado se ajustó la nueva convivencia.

Fue este pacto el que sin duda imponían las circunstancias. El emperador pasó porque su primo usara el título de rey de Portugal. Pero Portugal quedaba dentro del imperio leonés, para lo cual Alfonso I de Portugal —llamémosle ya de este modo— se declaraba vasallo del rey de León por el señorío de Astorga con que Alfonso VII le acababa de honrar en aquella misma entrevista. Pero incluso como rey de Portugal, el portugués permanecía políticamente subordinado a Alfonso VII , quien bien claro hacía constar en sus diplomas que era emperador de toda España, o de las Españas. Concluido el convenio, Alfonso I regresó a su tierra, pero antes dispuso que marchara de gobernador a su nuevo señorío de Astorga su alférez Fernando Captivo.

Las instituciones de la monarquía de que Portugal formó parte hasta entonces -comenta nuestro clásico historiador de Portugal se oponían a la separación definitiva, por avanzada que estuviera ya la desmembración de hecho. Era, por tanto, necesario anularlas con una ley superior a aquellas instituciones. El pueblo gobernado por Alfonso Enríquez no se regía ni se por día regir por un derecho público distinto del de León, que era el de los visigodos, según el cual la existencia política del monarca dependía, en rigor, de la elección nacional.
Cierto que desde hacía años, el joven príncipe portugués recibía de sus súbditos el título de rey, siquiera no conste la elección formal. Pero que los portugueses tuvieran por rey a Alfonso Enríquez no bastaba para abrogar toda la jurisprudencia gótica, que condenaba la desmembración de la monarquía, y ello a pesar de precedente de algunos abusos.
Así, con un derecho harto discutible de su parte, en una época en que la fuerza determinaba como jamás el destino de los pueblos y la suerte de los monarcas, y siendo posible, o mejor, probable, que en la lucha por su independencia, Portugal, todavía en su infancia como Estado, sucumbiera en seguida, a Alfonso Enríquez solo se le ofrecía, para consolidar su trono, la solución de colocarlo a la sombra y al amparo del solio pontificio.
Dada la supremacía de la Iglesia romana sobre los reyes europeos —impuesta en tiempo de Gregorio VII y en pleno auge en el de Inocencio II—, luego que el Papado otorgase su protección al nuevo Estado, la existencia del reino de Portugal quedaría fundada sobre una jurisprudencia política superior a las propias instituciones visigodas. Herculano. Historia de Portugal, lib II, p. 341.

De la conferencia de Zamora salió Alfonso Enríquez estimulado y resuelto a romper las últimas ligaduras de Portugal con León mediante el expediente de reconocer que pertenecía al Papa, según él, la más alta jurisdicción en los Estados cristianos de la Península. El portugués admitía de plano la teoría de Gregorio VII de que, en efecto, España era del patrimonio de San Pedro, y se declaraba furtivamente, a espaldas del emperador, vasallo y tributario de la Santa Sede. Con este espíritu y estos propósitos había acudido Alfonso Enríquez a negociar con Alfonso VII .

El legado del Papa no era, naturalmente, ajeno a la maniobra. Habría de halagarle sobremanera volver a Roma con un nuevo reino temporal tan fácilmente conquistado. Y cuando el cardenal partía a fines de noviembre de 1143 a presidir el sínodo de Gerona llevaba ya la carta en que el nuevo rey de Portugal ofrecía sus estados a la Iglesia (o la recibiría después del sínodo, si se vio con Alfonso de Portugal antes de abandonar España).

Especificaba el hijo de doña Teresa en su desmembradora misiva que pagaría a la Santa Sede un censo anual de cuatro onzas de oro, prenda de la enfeudación de su reino al poder espiritual; que no reconocería otra supremacía eclesiástica o secular que la de Papa en la persona de su legado, y que como vasallo mile de San Pedro y del Papa esperaba hallar en la Iglesia apoyo y protección, no solo para su persona, sino también en todo aquello que tuviera relación con su país, su honor y su dignidad.

Dirigía Alfonso sus líneas de 1143 a Inocencio II, pero cuando pudo llegar a Roma ese documento hacía más de un mes que había muerto este Papa. Le había sucedido Celestino II, cuyo pontificado duró cinco meses no más, y cuya atención estuvo absorbida por los asuntos de Francia y Sicilia. Se desconoce si Celestino tuvo noticia de la oferta del rey de Portugal. En todo caso, hasta comienzos de mayo de 1144 no se dio por enterada la Santa Sede de la gestión diplomática de Alfonso I. El nuevo Papa —Lucio II, elegido en marzo anterior— le respondía con elogio para su decisión de rendir homenaje a la sede apostólica.

Se hallaba entonces en Roma el arzobispo de Braga, que iría con la misión de tratar con el Pontífice de la cuestión portuguesa, Por conducto del arzobispo, y tal vez con nuevas cartas en que confirmaba su anhelo de depender de Roma, Alfonso I rogó al Papa que le disculpase por no acudir a la capital del mundo católico a hacer personalmente acto de homenaje, como era de rigor, según la costumbre de la época. Lucio II tocaba este punto en su respuesta. Comprendía que los cuidados y preocupaciones del gobierno y la guerra con los infieles impidieran al rey realizar viaje tan largo. (Lo que comprendía era que había que llevar la cosa con sigilo). Le prometa bendiciones —para él y para sus sucesores— y protección material a fin de que pudiera resistir a los enemigos visibles e invisibles y en la muerte obtuviera la recompensa de la vida eterna.

Había en la contestación del Papa evidente ambigüedad característica de la curia romana. Semejante tono equívoco resultaba acentuado por el encabezamiento de la carta, en el cual Lucio trataba al joven monarca de Dux portugallensis lo que en rigor de la lengua latina significaba cabeza principal o jefe de Portugal, designación vaga que admitía diversas interpretaciones; al propio tiempo, el Papa rehuía llamar reino al país y usaba la palabra terra por los dominios de Alfonso I, quien, por el contrario, en la carta de ofrecimiento de vasallaje se titulaba rey y llamaba reino a los dominios que ponía bajo la protección de la Santa Sede. Herculano. Historia de Portugal, lib II, p. 343.

Roma temía comprometerse, No había deseo de desafiar la influencia y el poder del emperador de León con indiscretas precipitaciones. Lucio aceptaba el homenaje de la corona portuguesa, con lo el decretaba la independencia de esa región, pero se resistía a reconocer a Alfonso I por rey. Con ello, la cosa cambiaba para el portugués. Se le reconocía independiente de León, pero la cuestión de la monarquía quedaba por resolver.

Alfonso VII reconquista Almería

El monarca portugués y su arzobispo porque el alto clero portugués, como hemos de ver, participaba de los sentimientos separatistas de Alfonso Enríquez rodearon sus tratos con la Santa Sede de suma reserva y discreción. Nada supo el emperador de los pasos que habían dado en los España —con el cardenal Guido — y en Roma, con el Papa, para consumar la separación de Portugal. Pero de algún modo, o por alguna razón, el hecho había de trascender pronto. Y se conjetura que al pedir Alfonso VII al rey de Portugal que se incorporara con sus fuerzas, a ejemplo e imitación de los demás príncipes y señores cristianos de la Península, al ejército imperial que iba a la reconquista de Almería, avino el conflicto revelador de la conspiración.

El emperador apenas había dado respiro a los moros en los últimos años. Intervenía abiertamente en la política musulmana de Córdoba, donde puso a Zafadola, el último representante de la dinastía de los Beni Hud de Zaragoza, moro adicto, que en 1131 le había entregado Rota (Monasterio de Rueda). La muerte de Zafadola dejó vacante, en 1146, el sultanato cordobés. Alfonso VII marchó a la capital de los califas por Baeza y Andújar y dio el poder a Abengania en calidad de vasallo suyo, por cierto no muy leal.

Se diría que la España musulmana estaba otra vez a merced de los cristianos. La situación animó al emperador a llevar sus armas al Estrecho y emprendió la reconquista de la importante plaza de Almería, que se rindió el 17-X-1147. Según acabamos de decir, todos los reyes y condes de España se unieron al leonés para esta campaña. Incluso García V Ramírez de Navarra bajó con las tropas de su reino y las de los territorios vascongados que tenía en honor.

Sólo Alfonso I de Portugal estuvo ausente. Negaba que tuviera obligación de servir al emperador, y declaraba su dependencia de un poder superior, formalmente establecida por su homenaje al Pontífice y los privilegios que a cambio le reservaba la Santa Sede. Después de esto, la ruptura política fue firme entre los primos, y ya no se volvió a hablar más del señorío de Astorga. Secundaba a Alfonso I en su desobediencia a las instituciones de León el arzobispo de Braga Juan Peculiar, sucesor de Pelayo, de suerte que paralelamente a la desmembración política avanzaba la eclesiástica.

La supremacía del obispo de Toledo sobre los demás de España se remontaba al tiempo de los godos. Al ocupar Toledo los árabes heredó en cierto modo aquella superioridad el obispo mozárabe de Córdoba. Cuando Alfonso VI reconquistó la antigua capital de los concilios, el papa Urbano II invistió con la dignidad de primado de las Españas a don Bernardo, anudando el presente con la tradición. Don Bernardo entregó la restaurada metrópoli de Braga a Giraldo, prelado de su hechura, y mientras vivió Giraldo las relaciones de la sede bracarense con Toledo se mantuvieron en el plano jerárquico normal.

Pero los obispos o le siguieron —Mauricio Burdino, Pelayo Méndez y Juan Peculiar, los tres de carácter violento— se resistieron a admitir la primacía toledana. En febrero de 1145 se había puesto la tiara —vacante por el fallecimiento de Lucio II — Eugenio III, y a él se dirigía el emperador en carta razonada del año 1147 ó 1148 sobre la situación que creaba a la monarquía el secesionismo portugués, alentado por la Santa Sede.

Se lamentaba Alfonso VII de que Roma tratara de mermar sus dominios y su jerarquía y de dividir las fuerzas del reino, e igualmente de que hubiese aceptado algunas cosas de Alfonso Enríquez, concediéndole otras que el portugués buscaba, de donde resultaban perpetuamente lesionados los derechos de la corona leonesa.

También se quejaba de que el arzobispo de Braga se negara a reconocer la primacía de Toledo, restablecida por Urbano II y confirmada por todos sus sucesores, el propio Eugenio III inclusive. Herculano. Historia de Portugal, lib II, p. 346.

Eugenio continuaba respecto de Portugal y León la política de Lucio II. En su respuesta a Alfonso VII , el Papa refutaba difusamente los reproches que aquél dirigía a la Santa Sede por haber aceptado el censo y haber prometido a los portugueses protección contra quien tratase de dominar en Portugal, y compensando la ambigüedad de la defensa propia con largas parrafadas de afecto y elogio para el rey leonés, dejaba el asunto tan oscuro —y, sin embargo, tan claro— como podía esperarse de la diplomacia romana. En cambio, recibía Alfonso VII completa satisfacción —dos dedos excesiva, quizás—, en lo relativo a la rebelde actitud del arzobispo de Braga. El Papa suspendía a Juan Peculiar de oficio pastoral, a la vez que recordaba a los demás metropolitanos y obispos de España el deber que tenían de acatar la supremacía de Toledo.

Reconquista de Lisboa

Así concluyeron, que se sepa, los esfuerzos de Alfonso VII por recuperar la soberanía sobre los territorioos regidos por Alfonso Enríquez, quien, a su vez, había renunciado —de momento— a extender sus dominios por el Norte y por el Este para dilatarlos por el Sur, a expensas de los moros. En Portugal había proseguido la Reconquista con desusado brío simultáneamente con la ofensiva diplomática que el rey portugués llevaba en Roma con cartas y emisarios. En muy poco tiempo cayó en poder de Alfonso I buena parte del Algarbe, territorio muy poblado, con industria, agricultura y comercio florecientes.

La toma de Santarem, por sorpresa, en marzo de 1147 fue ya anuncio ominoso para los moros de que estaba cerca la última hora de su secular domicilio en las orillas del Tajo. La trascendental conquista de Lisboa siguió a la de Santarem a pocos meses de distancia. Para esta operación contó el rey de Portugal con el oportuno y considerable refuerzo de una armada de cruzados que se dirigía a , de 164 barcos, capitaneada por el conde Arnulfo de Aerschot y Christiano de Ghistell, jefes de los alemanes, flamencos y hombres del condado de Boloña; Hervey Glanvill, condestable de los hombres de Norfolk y Suffolk; Simón de Dover, condestable de todos los barcos de Kent, Andrew de Londres y Saher de Arcellis.

El obispo de Porto logró con poco esfuerzo que estos guerreros cooperaran con Alfonso I en el ataque a Lisboa. Convenía, pues, que la armada levara anclas para la desembocadura del Tajo, mientras el ejército portugués avanzaba por tierra con igual objetivo. El sitio fue breve. Después de la pérdida de Santarem la moral de los sarracenos era baja. Y el 24-X-1147 se rendía Lisboa, capital de la Belatha árabe, en poder de los musulmanes desde el año 714.

La posesión de Lisboa dio automáticamente a Alfonso I de Portugal Cintra, Palmela, Mafra y Almada. Al año siguiente se entregaron Alemquer, Obidos, Torres Novas y Porto de Moz. La participación de la armada de Arnulfo de Aerschot en la reconquista de Lisboa nos impone una referencia a las relaciones de Portugal con el extranjero. No era esta, como se ha visto, la primera flota de cruzados que se detenía en las costas portuguesas y daba una mano al ejército cristiano en a guerra con los moros. A la luz de ulterior desarrollo de la historia de Portugal fácilmente se nos alcanza la significación de la presencia, fortuita o intencionada, de los guerreros ingleses y flamencos en aquella región.

No había novedad alguna, por lo demás, en la comunicación entre los países marítimos del Norte de Europa y el Occidente español. Las relaciones de Galicia y Portugal con Irlanda, la costa septentrional de Francia e Inglaterra se remontaban a los tiempos prehistóricos. El contacto se acentuó con el progreso de la navegación, por hallarse ese litoral español en la ruta marítima del Norte con el Mediterráneo. En la Edad Media, gallegos y portugueses se sentían muy cerca de Inglaterra. Así se explica que en el reinado de Alfonso VI , el conde gallego, Rodrigo Ovéquiz, y el obispo de Compostela, Diego Peláez, rebeldes contra el rey de León, se propusieran entregar el reino de Galicia al monarca inglés, Guillermo el Conquistador.

Esta fracasada rebelión, hasta ahora ajena al cuadro histórico general de España, merece ser subrayada, porque nos muestra la multisecular fijeza de las relaciones que unen a los pueblos por efecto de su situación geográfica. La atracción entre Inglaterra y Portugal comienza mucho antes de la existencia de este reino, ensayándose en Galicia, como vemos. En efecto, ello nos aclara que con gran anterioridad a la llegada a Portugal de la flota de Dartmouth tenían y a transcendencia política las relaciones entre Inglaterra y los pueblos del litoral Oeste de España.

Pero bien podemos fechar el principio del influjo inglés en Portugal a partir de la reconquista de Lisboa, es decir, en el momento en que nace Portugal como Estado. Entonces, con la espontaneidad de lo instintivo, despierta el interés inglés por esa faja de tierra hispánica. Del mismo linaje es la obsequiosidad que en igual instante manifiestan los portugueses hacia los ingleses, presintiendo que los van a necesitar para salvaguardar su independencia.

Tomada la capital del Tajo, aquella armada siguió viaje a Palestina, pero el rey de Portugal se esforzó por retener al mayor número posible de extranjeros. Los invitó a fijar residencia en sus dominios con él señuelo de bienes y honores; y algunos nobles se quedaron. El primer obispo de Lisboa después de la reconquista fue Gilberto de Hastings, un inglés. Y Alfonso I de Portugal, que nunca quiso interesar a los demás pueblos y príncipes españoles en la guerra contra los moros de su zona de influencia, envió a poco al obispo de Lisboa a Inglaterra en busca de hombres para sus campañas. El rey inglés, Enrique II, autorizó a Gilberto a predicar la cruzada contra los sarracenos del Algarbe. El movimiento, sin embargo, no tuvo gran éxito.

División del reino por Alfonso VII

También fueron estos años de triunfo para el emperador en Andalucía, como concluiremos de comprobar. Ahora bien, la dominación política y las victorias de Alfonso VII sobre los musulmanes del Sur, aunque no fueron estériles, pues adelantaron la frontera cristiana de modo permanente hasta el Guadiana, carecían de la consistencia de los avances del rey portugués, limitados a una región accesible desde sus bases de operaciones. Tras la conquista de Almería se apoderó el emperador de los castillos de Uclés y Serranía; Valencia y Murcia le rendían homenaje por la persona del rey Lobo, gobernador musulmán de ambas. En 1150 atacó el rey de León a Córdoba y al año siguiente a Jaén.

Preparaba entonces una expedición sobre Sevilla, que no fraguó por faltar las naves francesas que esperaba. En 1155 tomó a Pedroche, Andújar y Santa Eufemia, que fueron sus últimas conquistas. Se hallaba Alfonso VII en este instante, por lo que se refiere a la Reconquista, en situación análoga a la de su abuelo, Alfonso VI, cuando en 1086, con toda la España musulmana tributaria, se vio asaltado por las hordas almorávides y la Reconquista sufrió grave retraso.

En la hora más crítica que habían conocido los musulmanes de España desde la pérdida de Toledo, llegaban los almohades de África a apuntalar el vacilante poder. Almohades y sarracenos españoles sitiaron a Almería por mar y por tierra, y a pesar de que el emperador acudió con un ejército a romper el cerco, la ciudad se rindió. Luego cayeron también en poder del enemigo las posiciones recientemente conquistadas por los cristianos en la vertiente meridional de Sierra Morena.

Estaba ya el rey fatigado y viejo. Su reinado había sido un continuo batallar con los hombres y los problemas. Era Alfonso VII , según se desprende de sus actos y reacciones, temperamento generoso, sentimental y afectivo. En febrero de 1149 había perdido a su mujer, la emperatriz Berenguela, y aunque en 1152 se volvió a casar —con la reina Riquilda de Polonia — nunca se repuso del golpe. La rendición de Almería le afectó profundamente, a tal punto que se le acabó la vida cuando regresaba a Castilla, en Fresneda, cerca del puerto del Muradal. (2l-VIII-1157.)

Aunque en este periodo se produce la separación de Portugal, el reinado de Alfonso VII , al menos en su tendencia, representa un esfuerzo unificador y pacificador, continuación. Después del intermedio anárquico del gobierno de doña Urraca, de la política imperialista de Alfonso VI. Por eso pasma ver el desdoblamiento de la monarquía castellanoleonesa que al morir decreta el emperador, dejando Castilla a su hijo primogénito Sancho III Garcés el Mayor y León al segundo, Fernando II.

La reaparición de ambos reinos separados contradecía, no solo la política que el monarca fallecido había desarrollado a lo largo de su reinado, sino también el proceso compenetrativo que unía cada día más a León y Castilla y que a pesar de todo impondrá pronto, para siempre, la fusión de ambas coronas. Con la expansión de los dos grandes reinos españoles y su convivencia bajo un mismo monarca —Alfonso VI, doña Urraca, Alfonso VII— se iban borrando diferencias jurídicas, rivalidades y tradiciones que, sin duda, justificaron la división hecha por Sancho III Garcés de Navarra.

El reparto de Alfonso VII era, además, anacrónico en extremo, pues hacía mucho tiempo que esa práctica había desaparecido en las cortes europeas. Difícil resulta, en consecuencia, hallar otro fundamento a la postrera decisión del emperador que no sea el mal entendido amor de padre. Está comprobada la blandura de este rey en el seno familiar, y no es menos evidente que el hijo segundo, Fernando II, se avendría mal porque era —ambicioso—, a ver toda la monarquía regida por su hermano, príncipe más noble y contentadizo. Desde su conversión en reino, Castilla no había cesado de aventajar a León, y esta primacía la reconocían los reyes, desde Fernando I, legando Castilla al primogénito.

En el Norte, la frontera entre Castilla y León seguía siendo la que fijó Fernando El Grande; el río Cea, la Castilla que heredaba Sancho III Garcés comprendía Burgos, Ávila, Segovia, la Extremadura de la época (Soria y Alcaraz), Toledo y las villas de Ultrasierras, las Asturias de Santa Juliana (Santillana) y la tierra de Campos hasta Sahagún.

El reino de León confiado a Fernando II estaba formado por León (con Asturias), Galicia, Zamora, Toro, Salamanca y Coria con las poblaciones circundantes En conjunto, tal vez correspondieran al reino de Fernando II más territorios que al de Sancho III Garcés, pero Castilla tendía a extenderse por el Norte y el Levante, y Sancho III Garcés heredaba ciertos derechos sobre Zaragoza, Calatayud, Belchite y Albarracín, con sus tierras, y la soberanía en las Provincias Vascongadas: Álava, Vizcaya y parte de Guipúzcoa, que antes del siglo X habían pertenecido a los reyes de Asturias y que el rey de Navarra gobernaba como vasallo del de Castilla.

Alfonso VII, como sabemos, había aspirado a anexar a Castilla parte por lo menos del reino de Navarra, y con las bodas que se celebraron en 1153 debía de perseguir algo más que la recuperación de los territorios vascongados. Sancho VI el Sabio de Navarra (1150-1194), sucesor de García V Ramírez, se había casado el 2-VI-1153 con Sancha, hija de Alfonso VII, y el 23 de julio del mismo año habían contraído matrimonio en Carrión el infante de Castilla, don Sancho (ahora Sancho III Garcés) y Blanca de Navarra, hija de García V Ramírez y hermana del nuevo rey navarro.

La situación de las Provincias Vascongadas, históricamente castellanas, pero étnicamente —y desde Sancho el Mayor de Navarra en parte también políticamente— enlazadas con Navarra, era sobremodo particular por esta época. Su centro de gravedad seguía estando en Castilla, como desde la más remota antigüedad. Y prueba de ello es que el conde don Lope de Vizcaya acompañaba la corte de Alfonso VII y continuó a las órdenes de su hijo Sancho III Garcés, de quien era alférez, un cargo que se hizo hereditario con los descendientes de don Lope y señores de Vizcaya. Muerto el emperador atacó a Castilla el rey de Navarra y reconquistó las tierras de Rioja, Oca y Bureba que tuvo Alfonso I el Batallador.

Atestigua las grandes condiciones personales que las crónicas atribuyen al primogénito de Alfonso VII la diligencia con que el joven rey de Castilla hizo frente al navarro. Se instaló en Burgos, reunió un ejército al mando del conde Poncio de Minerva y poco después quedaba derrotado Sancho VI el Sabio en Valpierre, cerca de San Asensio. El rey de Navarra se reconoció vasallo de Sancho III Garcés y se presentó ante él en Miranda de Ebro, donde le juró públicamente fidelidad por los territorios castellanos que tenía.

El pacto de Sahagún

Con todo, la división del reino hecha por Alfonso VII entre sus hijos auguraba el conflicto habitual entre los herederos de este linaje. El primer incidente entre León y Castilla, de nuevo separados, acaeció con motivo del refugio que hallaron cerca de Sancho III Garcés unos nobles leoneses perseguidos por su hermano. Punto importante de fricción serían también los límites de León y Castilla en el Norte; Sancho se aseguró en seguida el dominio de las tierras fronterizas de la comarca del río Cea, cuya defensa encomendó al conde Poncio.

Se vio la necesidad de regular desde un principio las relaciones entre ambos estados, y el 23 de mayo de 1158 firmaron Sancho III Garcés y Fernando II en Sahagún un tratado de paz y concordia y de delimitación de fronteras y zonas de influencia. Allí fijaron la divisoria de Castilla y León desde el Cea hasta Sevilla. Especial interés tienen para nuestro estudio las decisiones que respecto de Portugal suscribieron los dos reyes hermanos. Acordaron en primer término no pactar con el monarca portugués en perjuicio de uno de ellos, reconquistar este reino, a ser posible, y en caso contrario impedir cuando menos su expansión por el Sur del Tajo.

Esta región quedaba incluida en la zona de influencia de Fernando II de León, quien conquistaría las modernas provincias portuguesas de Alemtejo y Algarbe, así como los territorios de Niebla, Montánchez y Mérida; de aquí para oriente, cuanto se reconquistase sería de la corona de Castilla. Escalona. Historia de Sahagún, Apéndice III, e scrip. 174. Herculano, lib. II, p. 414. Abad de Silos, t. II, cap. II, p. 65.

Por varias razones poderosas iban a ser letra muerta los designios de Sancho III Garcés y Fernando II en relación con Portugal. La primera era la fuerza y el prestigio de Alfonso I, en estos años muy acreditado ya en toda la Península. Tras las gloriosas jornadas de 1147 y 114

8, el rey portugués se dedicó a fortificar y poblar las ciudades recién ganadas. Agradeció a la Iglesia su ayuda de todo orden mandando edificar el espléndido monasterio de Alcobaça.

Pronto reanudó sus campañas militares con la mira puesta en la rica urbe de Alcácer do Sal. La atacó por primera vez en 1152, pero fue rechazado. En 1157 creyó que podría tomarla, por contar con el refuerzo de Thierry de Alsacia y un contingente de cruzados; pero nuevamente se defendieron bien los moros. Al fin entraron los portugueses en esa ciudad el 28-VI-1158. Esta victoria hacía virtualmente a Alfonso I dueño del Alemtejo. No tardarían en caer Evora y Beja, si bien aún esperaban a los portugueses algunos contratiempos militares debidos a las invasiones almohades.

Apenas hacía tres meses que Sancho III Garcés y Fernando II habían pactado en Sahagún cuando murió de improviso el rey de Castilla; y la desdicha de la división de la monarquía castellanoleonesa se agravaba ahora, al quedar Castilla de hecho sin gobierno, conforme diremos más adelante. La prematura desaparición de Sancho III Garcés, sobre liquidar la amenaza de intervención castellanoleonesa en Portugal, abría nuevas perspectivas a la política expansionista de Alfonso I: era el rey portugués quien, de nuevo, iba a intervenir en el reino vecino.

La satisfacción con que festejaba la corte portuguesa los últimas conquistas en el Alemtejo sufrió brusco golpe en el fallecimiento de la reina Matilde o Mafalda, ocurrido el 3-XII-1158. Alfonso I quedaba viudo con un hijo y tres hijas, todos menores: Sancho I, heredero del trono, Mafalda, Urraca y Teresa. Y los casamientos —como todos los de su clase—, políticos que pronto se concertaron testimonian que el rey de Portugal era ya en la Península una fuerza con la que había que contar. En enero de 1160 se celebraron los esponsales de la hija mayor, Mafalda, con Ramón Berenguer, heredero del trono de Aragón. Luego dio Alfonso I por esposa a Fernando II de León a la infanta Urraca.

El pacto de Cella Nova

En este momento interesaba la concordia a los reyes de Portugal y León. Los almohades eran de temer y había en todas partes, otra vez, conciencia del peligro africano. Y si el rey de León quería sacar partido a la situación de Castilla, bien haría llegando con el portugués a un acuerdo que resguardara sus fronteras occidentales. Alfonso I de Portugal y Fernando II de León se encontraron a la sazón en Cella Nova y allí sellaron un pacto famoso, por el cual fijaban las respectivas zonas de influencia y conquista en el Sudoeste de la Península, con el curso del Guadiana por divisoria.

Fresca aún la tinta del tratado de Cella Nova tomaba cuerpo el peligro almohade. Era inminente una nueva invasión de africanos, preludiada en la disciplina con que los almohades se agrupaban en torno a la figura del califa de esta secta Abd-el-Mumin. Al fin, en 1161, pasó Abd-el-Mumin el Estrecho con 18.000 bereberes, venció a los emires españoles que se le opusieron, marchó sobre el Alemtejo y derrotó a Alfonso Enríquez. Los cristianos se replegaron a la línea del Tajo, y se hicieron fuertes en Lisboa y Santarem.

La muerte del califa o emperador africano influyó decisivamente en la situación militar. Sus súbditos de allende el Estrecho se escindieron en banderías, y de momento pasó la amenaza para los españoles. Los musulmanes de Portugal tornaron a caer en el estado de depresión en que los dejó la pérdida de Alcacer do Sal. Volvieron los portugueses al ataque, y con las ofensivas de 1162 iniciaron una nueva etapa no menos brillante que las anteriores en la Reconquista de la faja occidental de España. Beja se entregó a las milicias municipales.

En abril o mayo de 1165 Trujillo fue tomada por sorpresa. En septiembre u octubre caía Evora; y a comienzos de 1166 se rendía Cáceres. A la hora en que Alfonso I de Portugal conquistaba esas ciudades culminaba en Castilla y León la guerra civil. Tentadora ocasión para un príncipe como el portugués, jamás embarazado por su firma ni por su palabra de honor. Por el tratado de Zamora con el emperador había renunciado a Galicia. Pero no más asegurar sus conquistas en el Alemtejo, reorganizó Alfonso I sus fuerzas y marchó para el Miño.

En 1167 entraban otra vez los portugueses en Túy y ocupaban la comarca de Toroño hasta las orillas del Lérez. Más a oriente se apoderaban de la tierra de Limia. Sabemos que por el tratado de Cella Nova con Fernando II de León, el portugués había dejado al rey de León los territorios al este del Guadiana. Pero hacía años que Alfonso Enríquez meditaba la conquista de Badajoz, que en aquel pacto correspondió al leonés. Y en la primavera de 1169 llegaba noticia a Fernando II de que Alfonso I de Portugal tenía sitiada a esa ciudad.

Nada había podido hacer el rey de León para evitar la invasión de Galicia, transgresión que no perdonaba a los portugueses. Tanto mayor fue la indignación con que Fernando II partió para el Guadiana al frente de su ejército. El sitiador quedó sitiado en sus propios reales por las tropas leonesas. La jornada resultó desastrosa para el rey de Portugal, que, además, se fracturó una pierna en la peripecia. Tuvo que entregarse en lastimoso estado.

Prisionero, Alfonso Enríquez temió lo peor, y en ese instante dijo a su vencedor que le daría su reino si le devolvía la libertad. Fue la suerte de los condes de Portugal y de Alfonso Enríquez que no hubiera en León reyes tan faltos de escrúpulos como ellos. Doña Urraca, Alfonso VII, Fernando II, sobre hallarse embargados por problemas internos abrumadores, no eran rencorosos ni vengativos.

Otro habría sido el cantar si Alfonso I de Portugal hubiera tenido enfrente a un Alfonso VI. En todo caso, al oír que el rey portugués le ofrecía sus estados a cambio de la libertad, Fernando II le respondió: Devuélveme lo que me has quitado y guarda tu reino . Pero se lo llevó preso. Herculano. Historia de Portugal, lib II, pp. 435 y 436.

El rey de León recuperó las tierras y ciudades de Galicia y el Guadiana, y a los dos meses puso en libertad a Alfonso I, y lo dejó marchar a Portugal. Entró el monarca portugués en su reino deprimido e inutilizado para la guerra. Ya no podía cabalgar. En persona de su temperamento aquello era el fin; el fin de su vida y el fin de su reinado. En esta situación se presentaba de nuevo en Portugal el peligro almohade.

El emperador Yusuf desembarcaba en España, se dirigía al Occidente, invadía el Algarbe y el Alemtejo, cruzaba el Tajo y sitiaba a Santarem (año 1171). Fernando II de León, que después de desentenderse de Castilla, como diremos, se dedicó a repoblar ciudades y a medir sus fuerzas con la morisma, todo ello con fruto, hizo gala entonces de la altura de miras no desusada en castellanos y leoneses, acudiendo en socorro de la ciudad portuguesa cercada. Llegó a tiempo de poder levantar el sitio y Santarem salió, gracias al leonés, de apuros.

Sin embargo, el rey de Portugal, que nunca prestó ayuda a ningún príncipe español en momento de angustia parecida, creyó que su yerno se aprovechaba de las circunstancias para invadir sus territorios y despojarle. Pero liberada Santarem, Fernando II se volvió a León. Quedó el rey portugués —paralítico y afrentado— en un estado de ánimo desesperanzador. Por primera vez se sentía sin fuerzas para defender su reino contra los sarracenos.

Encerrado tras los muros de Santarem, Lisboa o Coimbra, resolvió dar un paso que debió de verse mal en el resto de España: pidió a los moros una tregua, y pactó con ellos punto menos que en condiciones de vencido. Este acto de Alfonso Enríquez contribuiría —cree Herculano — a que Fernando de León repudiara en 1175 a su mujer Urraca, hija del rey portugués, tomando pretexto ¡a los quince años de casados! en la proximidad del parentesco.

Restauración de Alfonso VIII

Urge ya conocer con cierto detenimiento las consecuencias que tuvo en Castilla la inesperada muerte de Sancho III Garcés en agosto de 1158. Como adelantamos, quedó este reino, en realidad, sin cabeza, dado que heredaba la corona un niño de tres o cuatro años, hijo de Sancho III y de Blanca de Navarra, titulado Alfonso VIII y más tarde distinguido en justicia con el apodo enaltecedor de el Noble. Quien tuviera en su poder al rey niño seria amo de Castilla, y eran tres las fuerzas que se disputaban la custodia del infantil personaje.

Fernando II de León, tío del pequeño Alfonso, se apresuró a reclamar la tutela, pero había en Castilla dos familias que pretendían lo mismo. Eran estas dos familias, la de los Lara y la de los Castro. La rivalidad venía de lejos, por lo menos desde los días de las luchas entre Doña Urraca y Alfonso I el Batallador. En derecho, la tutela del pequeño monarca correspondía a los Castro, personalmente a don Gutierre Fernández de Castro, a quien Sancho III Garcés había confiado la educación de su hijo. No obstante, don Manrique de Lara se apoderó violentamente de la regia criatura, sin que don Gutierre, temeroso de la guerra civil, insistiera en disputar el poder a la familia rival por iguales procedimientos.

Mas con su muerte en 1159 concluyó la moderación de los Castro —virtualmente excluidos de gobierno de Castilla—. Fernando II de León decidió entonces apoyarlos contra los Lara e invadió a Castilla, entrando con su ejército en Burgos. Con todo, no logró lo que perseguía, que era adueñarse de la personilla de Alfonso VIII. Así las cosas, en la primavera de 1160 reconquistaba Sancho VI el Sabio de Navarra la Rioja y la parte de Castilla hasta Montes de Oca. Tomó a Logroño, Ansejo y Entrena y en la Bureba ocupó a Cerezo y Briviesca, con intención de dominar en lo sucesivo estos territorios y las Vascongadas, dando ahora Álava y Guipúzcoa a un conde del antiguo apellido Vela.

Parte de estas nuevas conquistas del navarro las anularon poco después los de Lara. Con la prolongación de la guerra civil castellana creció la codicia política del rey leonés, quien cohonestando su deseo de reinar en Castilla con el gesto patriótico de poner fin al conflicto entre Castros y Laras, se proclamó tutor del rey pequeño.

Tenía Fernando II el propósito de adueñarse de Castilla para incorporarla definitivamente a sus estados y disponer de la persona de su joven monarca, al cual condenaría a perpetua inhabilidad, después de hacerle renunciar a todos sus derechos. Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. II, cap. II, p. 69.

En 1162 invadió Palencia y tomó a Toledo, Sigüenza y tierra de Soria. Hizo luego la paz con los Lara y parece que fue reconocido por el obispo regente de Castilla y tutor de Alfonso VIII en una conferencia en Atienza o Medinaceli, donde la corte castellana acudió desde Burgos con el rey niño. Fernando II se titulaba ya Rey de todas las Españas. Trataba como súbditos a los magnates castellanos. Todo ello delataba aspiraciones poco tranquilizadoras para las personas y los intereses agrupados en torno al trono de Castilla.

De Atienza y Medinaceli marcharon los cortesanos leoneses y castellanos, con uno y otro monarca, a Soria, y aquí, en un momento de descuido de los leoneses, los ayos del rey pequeño se fugaron con su importante pupilo, una vez más sobresaltadamente traído y llevado de lugar en lugar, nueva versión política de la huida a Egipto. Los prelados castellanos abandonaron al rey de León y así concluyó su efímera y dudosa tutela sobre Alfonso VIII.

Se preparó entonces Castilla para recuperar en otros sectores territorios ocupados por Fernando II en los últimos años. En febrero de 1164 entraron las tropas castellanas en Sahagún y reconquistaron aquella tierra, más las de la cuenca del río Cea hasta Tordesillas. Después marchó el ejército castellano al distrito de Huete, donde quedó protegido el joven monarca mientras se dilucidaba en batalla la suerte de Toledo y su tierra.

Toledo estaba en poder de Fernando Ruiz de Castro, que lo conservaba por el rey de León. Continuaba, pues, la lucha por la tutoría de Alfonso VIII, con los Lara, que la tenían, afianzándose en Castilla. En la guerra por Toledo murió don Manrique de Lara y su ejército resultó desbaratado. En ese momento se temió que el rey fugitivo y sus guardianes caerían en manos de los Castro, pero pudieron escapar a Ávila. La tutela siguió en la casa de Lara, a cargo de don Nuño, hermano de don Manrique. Alfonso VIII pudo entrar, al cabo, en Toledo en agosto de 1166.

En 1170, al cumplir Alfonso VIII los catorce años, fue declarado mayor de edad en Cortes celebradas en Burgos. A partir de este instante comienza el rey de Castilla a reconstruir su reino con la reconquista de las Vascongadas y las tierras navarras que fueron de Castilla bajo su bisabuelo, Alfonso VI. Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. II, cap. II, p. 82.

Continúa la política de su padre respecto de Navarra, en estrecha alianza con el rey de Aragón. Piensan entonces ambos monarcas en resucitar el pacto de 1151 entre Alfonso VII y el rey de Aragón, repartiéndose el reino navarro. El tratado de julio de 1170, firmado en Zaragoza, iba dirigido contra Navarra. El enlace de Alfonso VIII, con Leonor, hija de Enrique II de Inglaterra, que dominaba todo el Occidente de Francia, tenía idéntico sentido de fortalecer a Castilla contra Navarra.

La boda se celebró en Tarazona en septiembre de eses mismo año 1170. Leonor trajo en dote el ducado de Guyena, con la Gascuña o Vasconia. Al tanto de todo Sancho VI el Sabio se preparó para resistir el ataque del monarca castellano, que no podía demorarse ya y en la primavera de 1173 tomó la iniciativa con una irresistible expedición contra Castilla que llevó a su ejército a las murallas de Burgos. Pero tuvo que retirarse, acosado por las tropas castellanas, que cayeron sobre la retaguardia navarra y la dispersaron. Grañón, Cerezo, Briones, una tras otra fueron cayendo en poder del rey de Castilla las posiciones que ocuparon los navarros.

Lo mismo Logroño, que Sancho VI el Sabio tomó a principios del reinado de Alfonso VIII, como recordará el lector y que no reconquistaron los Lara. Pero era tan particular la situación política de las personas con altos cargos en aquella contenciosa región, que el conde Vela pasó a las órdenes de Alfonso VIII y gobernó a Nájera y Castilla la Vieja en su nombre. La campaña por la restauración del reino castellano, tal como lo tuvo Alfonso VI , culminó con la reconquista por Alfonso VIII en julio de 1175 de las Encartaciones de Vizcaya, sometidas a los navarros desde los días del Alfonso I El Batallador, si bien irían incluidas entre las tierras de Castilla que poseía en honor el rey de Navarra bajo el emperador.

En la reconquista de las Encartaciones cooperó muy eficazmente Alfonso II de Aragón invadiendo a Navarra por tierra de Milagro, que hizo suya. Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. II, cap. II, p. 90.
Contó también el rey de Castilla en estas campañas en las Vascongadas y en las que realizó contra los moros con los valiosos servicios de los condes o señores de Vizcaya, sus vasallos, Lope López y Diego López, hijos del viejo conde don Lope, que había muerto en ll70. Balparda. Historia crítica de Vizcaya y de sus fueros. Madrid. 1924. libro III, cap. VIII, pp. 390, 391.

El rey de Navarra se consideró injustamente despojado, y Alfonso VIII, que creía tener derecho indiscutible sobre los territorios que había recuperado, se mostró conforme en someter el pleito a un árbitro imparcial. Ambos monarcas eligieron juez al rey de Inglaterra, quien falló en 1177 en favor de Alfonso VIII . Por virtud de ese laudo, Navarra renunció para siempre, definitivamente, a sus pretensiones sobre los territorios castellanos que formaron parte, al morir Sancho III Garcés El Mayor, del reino vascón.

También renunció Sancho VI el Sabio a la totalidad de la Rioja, que declaró propia de Castilla, en las ciudades de Logroño, Autol, Ansejo y Calahorra. Por último pactaron los dos reyes una paz de diez años, comprometiéndose Alfonso VIII a pagar anualmente, en Burgos, al monarca navarro 3.000 monedas de oro a manera de compensación. Hito memorable en la historia de la reconquista fue el cerco de Cuenca, viejo baluarte moro, iniciado a principios de 1177. La ciudad se rindió el 21 de septiembre de ese año.

Las Vascongadas a Castilla

La intervención del rey de Inglaterra no puso término a la discordia navarrocastellana, por cuanto nada se resolvió sobre la pertenencia del territorio alavés lindante con Navarra, del Duranguesado y de Guipúzcoa. Se resistió en seguida el rey navarro a cumplir el laudo, y Alfonso VIII llevó el asunto a las Cortes que se celebraron en Burgos a fines de enero y comienzos de febrero de 1178.

A continuación renovaron su alianza en Cazorla los reyes de Castilla y Aragón. Este pacto tuvo mayor alcance histórico que los anteriores entre ambos monarcas, aunque no sea más que porque se fijaron por él las zonas de influencia en el Levante español. Castilla cedió a Aragón, para cuando fuese reconquistado, el reino de Valencia, con Játiba y Denia; del puerto de Biar para occidente y mediodía, todos los territorios serían de Castilla.

Por el convenio de Cazorla cesó la superioridad señorial de los reyes de Castilla sobre los de Aragón y condes de Barcelona, y concluyó el homenaje que debieron estos a Alfonso VII y a Sancho III Garcés por Zaragoza y otras ciudades del Ebro. Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. II, cap. II, pp. 95, 96.

En abril o mayo de 1179 tuvo efecto una nueva entrevista entre Nájera y Logroño de Alfonso de Castilla y el monarca navarro, para ajustar la paz definitiva que no resultó de la intervención del rey de Inglaterra. En gran parte, el nuevo pacto vino a corroborar, aquel laudo. La Rioja volvió a ser declarada propia de Castilla, mas Logroño y demás plazas reclamadas por Alfonso VIII quedaron confiadas a naturales de Navarra, que pasaban a ser vasallos del rey de Castilla.

Como garantía de la tregua, el monarca castellano entregó al navarro varios castillos que tenía en Navarra, entre ellos el de Leguín, al este de Pamplona. Gesto desusado fue el de Alfonso VIII de ceder al rey de Navarra Álava a perpetuidad para vuestro reino, contrariando el fallo del rey inglés. Este último pacto castellano navarro determinó el reajuste de la soberanía y el dominio en la región riojanoalavesa. La pequeña nobleza de Álava se dividió; la mayoría de los señores alaveses pasaron a depender de la corona navarra, pero otros se fueron con Alfonso VIII. Ello dio lugar a la reorganización política interna de Álava, y surgió entonces, quizás, la cofradía de Arriaga.

Los gobernadores de la Rioja, aunque navarros, obedecían, conforme acabamos de insinuar, al rey de Castilla. Diego López, señor de Vizcaya —su hermano Lope murió por aquellos años— continuó con Alfonso VIII, y desempeñó altos empleos en su corte. La solemne reconciliación de Alfonso VIII y Sancho VI el Sabio, de la que, de toda evidencia, salió ganancioso el navarro, se la dictó verosímilmente al castellano el plan que se había trazado de reconquistar otros territorios que retenía su tío, Fernando II de León, y de dilatar su reino a expensas de los sarracenos

Lo primero trascendió pronto en los grandes preparativos militares que el 15 de enero de 1181 conducían a la entrada del ejército castellano en los dominios de Fernando II, por Tordesillas. En pocas semanas volvía a poseer Alfonso VIII el infantado de Valladolid, que el rey de León pretendía conservar. En febrero se convino la paz, en la que quedó confirmada esta conquista. Excede los límites que el tema de Portugal fija a este estudio la historia de los sucesos subsiguientes del reinado de Alfonso VIII.

Por excepción, sin embargo, importa registrar que las briosas campañas que desde 1182 realizó el rey de Castilla contra los moros, y que le llevaron hasta Algeciras, provocaron la enérgica reacción de los almohades, con la invasión de España por el emperador de Marruecos Abu-Yusuf-Jacub-Almansur, quien derrotó el 19-VII-1195 al ejército castellano en la inolvidable batalla de Alarcos. Aunque lo pidió, Alfonso VIII no recibió el auxilio del rey de León (Alfonso IX, 1188-1230, hijo de Fernando II y Urraca de Portugal), ni el del rey de Navarra (Sancho VII el Fuerte 1196-1234).

Tras la retirada de Alarcos, el rey de Castilla declaró la guerra a ambos. Sobre el leonés triunfó fácilmente Alfonso VIII, que contaba con el nuevo rey de Aragón, Pedro II, por aliado. Después rompió hostilidades el rey de Castilla contra Sancho VII el Fuerte, quien, incapaz de resistir la acometida del pujante reino castellano, puso en práctica el impolítico designio de buscar la ayuda de los almohades (con quienes desde que comenzó a reinar estuvo en contacto), para lo cual se trasladó a África.

Mientras la Iglesia, por labios de su Pontífice Celestino II, lanzaba censuras y excomuniones contra el errátil rey de Navarra, Alfonso VIII mitad por la conquista, mitad por la voluntaria sumisión de los habitantes, ocupaba Álava y Guipúzcoa entre 1196 y 1200. Estas provincias, objeto de largo litigio histórico, pasaron ya definitivamente bajo la corona castellana. En el capítulo anterior apuntamos el hecho de que el rápido crecimiento de Castilla al Oeste y de Aragón al Este sentenciaba a Navarra a desaparecer o a acabar disminuida y extrañada, como estado pirenaico dominado por Francia.

Las escandalosas alianzas perseguidas por Sancho VII el Fuerte delatan la desesperación de un reino, más que la de un rey, sofocado por Castilla y León al cerrarle el paso a toda aventura vital y expansiva. El fin natural de Navarra hubiera sido en este momento dejarse absorber por uno de los dos estados vecinos, con los cuales tenía afinidades. La preferencia por Aragón se desprendía de la historia, pues Navarra siempre gravitó hacia Zaragoza.

Así lo comprendió Sancho VII el Fuerte, quien quiso todavía, curándose de las extravagancias que le hicieron famoso, que el viejo reino de Sancho III Garcés El Mayor continuase adicto a los ideales y a las dinastías de la Península. En 1231 recibió Sancho VII a Jaime I de Aragón ( El Conquistador ) en su palacio de Tudela y le instituyó heredero de la corona navarra, con exclusión de su sobrino Teobaldo I , hijo de su hermana Blanca. Pero al morir Sancho VII en 1234, los navarros repudiaron su testamento y eligieron a Teobaldo, un paso que convertía a Navarra en provincia francesa, y no otra cosa fue este reino durante los dos siglos subsiguientes. Nos incumbe ahora asistir al desarrollo de los acontecimientos que hacen ya definitivamente independiente a Portugal.

Portugal, reino independiente

Cuando Alfonso Enríquez, libertado por Fernando II de León, volvió a Portugal comprendió que su reinado había concluido el día que quedó inútil para la guerra en la trampa de Badajoz. Por fortuna para él y para el reino, su hijo Sancho I, que entonces andaba por los quince años de edad, tenía cualidades que aun en esta fase temprana de su vida permitían que se le confiaran sin temor parte al menos de los intereses del Estado.

El 15-VIII-1170 su propio padre le armó caballero en Coimbra. Dos años después, el joven Sancho I estaba ya al frente del ejército y considerado como rey. En 1174 se casó con Dulce, hija de Ramón Berenguer IV de Barcelona y de Petronila, y por tanto, hermana del rey de Aragón, Alfonso II; nuevo matrimonio político, que revela la persistente preocupación portuguesa de tener aliados en las tierras orientales de la Península. La poco gloriosa tregua que Alfonso I había suscrito con los moros no placía al temperamento aventurero y belicoso de su hijo, y en 1176 Sancho realizó una audaz incursión en Andalucía, y se presentó en el barrio sevillano de Triana. Regresó a Portugal con copioso botín.

No hay noticia de que Alfonso Enríquez transmitiera el reino a su hijo de modo formal y solemne. De derecho, conforme con la ley visigótica, subsistente en León y en Castilla, la monarquía era electiva. En las fórmulas de coronación del rey se presuponía aún en el siglo XIII ese derecho. En la práctica, no obstante, el carácter hereditario de la corona había reemplazado al derecho electivo. Martínez Marina, Ensayo histórico- crítico, párr. 66 ss. ; Ritual de Cardeña en Berganza; Antigüedades, T. ii, P. 682.; Herculano, libro II, pp. 443, 444.

Pero el rey portugués, sintiendo cercana la hora de la muerte, comprobaba con inquietud que la cuestión de la monarquía en Portugal estaba aún por resolver allí donde únicamente podía ser resuelta. Roma no le había dado título de rey. ¿Iba a legar a su hijo un cetro inseguro, tal vez disputado, por faltarle la sanción del Papa? Se dio el anciano monarca con apremio a lograr que la Santa Sede reconociera taxativamente su dignidad real; y prometió al Pontífice —Alejandro III— un censo anual en oro más alto que el que fijó en 1144: serían dos marcos de oro en vez de cuatro onzas.

En 1179 dictó Alejandro III la bula especial por la que confirmaba la existencia independiente de la monarquía portuguesa. Los motivos expuestos por el Pontífice en el preámbulo de la bula dada sobre esta materia —escribe Herculano— no dejarían de contribuir también hasta cierto punto a la concesión. Rememorando los servicios prestados al Cristianismo por Alfonso Enríquez y las dotes que le hacían ilustre, Alejandro III rendía homenaje a la verdad y hallaba, además, sólida base en que apoyar el acto que motivos más mezquinos de intereses le inducían a practicar.

Una de las particularidades más importantes de este documento es la confirmación que igualmente hace el Papa a favor del rey de Portugal del dominio de todos los territorios conquistados a los sarracenos sobre los cuales no pudiesen demostrar que tenían derecho los príncipes comarcanos.

Finalmente, se hacían tales concesiones, no solo a Alfonso I, sino también a todos sus sucesores, a quienes tomaba la Santa Sede, asimismo, bajo su especial protección. Un obsequio de mil morabitinos que el rey de Portugal envió al Papa dos años más tarde sirvió de paga y aumento del censo por el favor tanto tiempo solicitado. Herculano. Historia de Portugal, lib II, p. 405.

Alfonso Enríquez podía ya despedirse serenamente de este mundo. Mientras en el Alemtejo se libraban entre 1179 y 1184 las batallas más duras, quizás, de la Reconquista portuguesa, entre las fuerzas del príncipe Sancho I y los almohades, el viejo guerrero pasaba los días recogido en Coimbra con su hija menor Teresa. La marcha de Teresa a Flandes, con cuyo conde contrajo matrimonio en 1183, dejó al rey en gran soledad, solo turbada, acaso, por el estruendo de la guerra próxima.

Los sarracenos llegaban otra vez a las puertas de Santarem, que el propio emperador almohade sitió en junio de 1184. Pero Alfonso I vivió todavía para conocer la decisiva derrota que sufrió el enemigo secular en la enconada batalla del 4 de julio. De ella salió Yusuf mortalmente herido. Y en estas glorias, con su misión, si tuvo alguna, acabada, expiró Alfonso Enríquez el 6-XII-1185 en aquella Coimbra donde el conde Enrique abrió los ojos a la ambición que ahora dejaba su hijo plenamente satisfecha, para bien o para mal.

En un hecho de tal magnitud, obra del tiempo y de las circunstancias, decir que hubo error sería declararlo arbitrario, y nada hay arbitrario para la Historia, Sin violencia coincidimos con el historiador inglés en que ninguna razón geográfica ni étnica justifica que la parte de la Península ibérica llamada Portugal llegase a formar un reino independiente de León y Castilla. H. Morse Stephens, Portugal, 1891, cap. III, p. 59.

Pero no podemos atribuir de modo exclusivo el accidente, como él hace, a la grandeza de un hombre, de Alfonso Enríquez. No nace un reino sin causas más profundas.

RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, T. I, págs. 447-546.