El obispo Gelmírez

Hilo de Historia de Portugal

Nueva ruptura entre Alfonso I y Urraca I encendió otra vez la guerra en León y Castilla. La nobleza castellana, que cuando se reconciliaban los reyes acompañaba de muy buen grado al Batallador, cuando rompían, rodeaba a la reina. Doña Urraca I intentaba ahora expulsar de Castilla a don Alfonso I . Burgos, Carrión y Castrojeriz cayeron en poder de los castellanos, pero la causa de la reina tropezaba aquí con gran resistencia, pues en estas ciudades los burgueses y los campesinos eran partidarios del monarca aragonés. Aquí, como en Palencia, Sahagún, León, Burgos y Nájera, el pueblo se había declarado incondicional partidario de Alfonso de Aragón. Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. IX, p. 382.

El Batallador entró luego en Castilla con mucha fuerza, y en julio de 1112 tornó a adueñarse de Castrojeriz, Burgos y Carrión. Después de esto se avinieron una vez más Alfonso y Urraca I y reanudaron la vida marital. Al cerrar el año 1112 llegó a España el abad de Chiusa, legado de Pascual II. Venía a sugestión de los obispos de Castilla. Según unos autores, el abad traía la misión de reconciliar a los reyes. Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. IX, p. 382. Creen otros, con más verosimilitud, que vino a intimarles que no volvieran a unirse. Balparda, t. II, cap. VI, p. 311.

Fruto de la gestión del legado fue la separación canónica y el acuerdo de que Alfonso I y Urraca I nombrasen delegados que habían de presentarse ante la Santa Sede el 15-VIII-1113 con poderes para resolver en la cuestión del matrimonio y problemas políticos que de ese asunto se derivaban. El enviado de Pascual II dejó al matrimonio desunido y se reanudaron las hostilidades. A mediados de 1113 reconquistaba doña Urraca I , con refuerzo de tropas gallegas mandadas por el terrible obispo Gelmírez, los castillos de Sahagún, Carrión y Burgos. Estas fuerzas tuvieron que salir luego para Berlanga, amenazada por los moros. A últimos de septiembre o comienzos de octubre visitaron en Burgos a la reina embajadores del rey de Aragón en solicitud de que doña Urraca I se aviniese a vivir con su señor y le tuviera por legítimo esposo.

Lo sucedido a continuación alumbra la entraña del verdadero pleito. Para oír los deseos y aspiraciones del rey de Aragón por labios de sus embajadores se congregaron la nobleza y el clero en solemne asamblea en los claustros de la catedral de Burgos. Hablaron estos emisarios con tan buenas razones, que el auditorio no pudo menos de comenzar a ceder. Entonces intervino el obispo de Compostela, Gelmírez. Con frase vehemente se oponía a la reconciliación. Recordaba a todos que el Papa había excomulgado al matrimonio, así como las bulas en que se llamaba a los contendientes a la paz y se condenaba severamente a los perturbadores del sosiego público y violadores de los derechos de la Iglesia. Pero era tan necesaria la concordia, que a despecho del discurso de Gelmírez, el partido castellano v doña Urraca I aceptaron las sugestiones de los embajadores del rey de Navarra y Aragón.

La reina vivió otra vez, bien que no por mucho tiempo, con su marido. La reseñada intervención del turbulento obispo de Compostela en la asamblea estatal de Burgos es típica del proceder del clero en aquella crisis. La Iglesia había sido atropellada por el Batallador en la persona de sus magnates cluniacenses, y ese clero se pronunciaba más resueltamente que nunca a favor de la dinastía borgoñona. Si Urraca I y Alfonso I tuvieran descendencia masculina Alfonso Raimúndez, el rey niño de Galicia, quedaría definitivamente eliminado del trono castellanoleonés, y cada día, a medida que crecía en años el infante, aparecía más dispuesto a impedirlo —y acreditaba mayor pujanza— el partido gallego-borgoñón-romano.

Teresa, sitiada en Coimbra

El conde Enrique de Portugal murió el 1 de mayo de 1114 entre los 50 y los 60 años de edad, en Astorga, donde acompañaba a don Alfonso I y doña Urraca I, que habían fijado allí su residencia por presión de los nobles. Le llegaba al conde la última hora en momento en que parece tenía madurados planes de fundar un fuerte estado en el Occidente de la Península mediante la anexión al condado portugalense de las provincias llamadas entonces de Campos y las Extremaduras, o sea, los territorios modernos de Valladolid, Zamora, Toro y Salamanca.

Al tener noticia del fallecimiento de su marido, Teresa se fue a Astorga. En seguida, movida de ambición política, avivó la desavenencia entre el rey y la reina con una intriga de inmediato efecto. Persuadió a Alfonso I de que su mujer trataba de administrarle veneno. Para desarmar a la nobleza, tan interesada en la reunión de los reyes, doña Teresa acusó a su hermana en plena corte. Don Alfonso I lo creyó todo, o por alguna razón le convino hacer como que lo creía, y otra vez rompieron los esposos.

La reina salió expulsada de Astorga, en desgracia, con unos cuantos caballeros por escolta. En cambio, la condesa de Portugal continuó viviendo en Astorga, cerca del rey, con quien suscribió una alianza. Doña Teresa había quedado viuda con tres hijos, uno solo varón, el infante Alfonso Enríquez, de dos o tres años de edad a la sazón. Durante catorce años iba a regir la astuta e inquieta condesa los estados que le legaba Enrique de Borgoña. Con los territorios heredaba la política del conde, la aspiración a la corona, tendencia naturalísima en medio de la discordia que consumía a Castilla.

El estado independiente que apuntaba con Enrique se irá perfilando, producto de los acontecimientos, en los años que le quedan de vida a su viuda. Doña Teresa, que se oyó llamar reina en vida de su marido, comienza ahora a usar este título en sus diplomas, junto al de infanta, o por separado; es de notar que pronto la lisonjeó el Papa con ese tratamiento. Herculano. Historia de Portugal, lib. I, cap. I, p. 241.

En octubre de 1114 falleció el obispo de Burgos, y la elección del nuevo prelado se acompañó de ruidosos incidentes. De acuerdo con el arzobispo de Toledo, don Bernardo, repuesto en la silla metropolitana, el cabildo catedral designó al arcediano don Pascual. Lo designó con sigilo, sin consultar ni a don Alfonso I ni al pueblo. El nombramiento fue mal recibido por el clero y el vecindario de Burgos. Don Alfonso I escribió al Papa informándole de la protesta popular y calificando la elección de anticanónica, razón por la cual había renunciado don Pascual y había sido sustituido por el hermano del monarca, el infante don Ramiro, abad de Sahagún. Don Pascual renunció, sí, pero amenazado de muerte por los burgaleses y por don Alfonso I . El Papa encomendó entonces al arzobispo de Toledo que convocase un concilio para resolver sobre el asunto, y a mediados de 1115 el concilio de León dio por buena la elección de don Pascual, que fue consagrado.

Otra vez se amotinó el pueblo de Burgos contra el obispo y se negó a pasar tributos a la catedral. Para don Alfonso y los burgaleses el obispo legítimo era don Ramiro. Pero se impuso luego la autoridad del Papa. Ramiro y los demás acataron la decisión del Pontífice, favorable al impopular prelado. Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. X, pp. 386, 387. 388.

El trato dado por don Alfonso I a doña Urraca I en Astorga y los incesantes excesos de sus guarniciones avivaron entre los magnates leoneses y castellanos la hostilidad contra el rey de Aragón. Y en una extraordinaria asamblea de la nobleza y el clero celebrada en Sahagún acordaron romper definitivamente con él y prohibirle la entrada en tierras leonesas. Castellanos y leoneses reemprendieron ahora la guerra con nuevo brío. Otra vez se rindieron a las fuerzas de doña Urraca I gran número de villas y fortalezas, entre ellas el castillo de Burgos. Otras quedaron sitiadas. En situación tan desfavorable, e inclinado el Batallador a centrar sus esfuerzos en la guerra contra los moros de su reino, pidió paz. Doña Urraca I se apresuró a coger el ramo de olivo.

Comenzó entonces una larga tregua en aquella lucha absurda del matrimonio. La guerra civil y las intrigas políticas iban a desplazarse al Occidente, con auge en Galicia. También miraba a Galicia, donde tenía eficaces aliados, doña Teresa. Mientras Alfonso I de Aragón tomaba a Tudela y ponía sitio por primera vez a Zaragoza (episodios narrados en el capítulo anterior), doña Urraca I se dejaba coger en el laberinto político gallego. Parte del año 1115 lo pasó la reina allí, en pugna con el partido de su hijo. Don Diego Gelmírez trataba de sublevar a la provincia contra doña Urraca I , y la reina quiso prenderlo, pero la empresa presentaba muchos inconvenientes, dada la fuerza del obispo en su sede. Debió de preferir doña Urraca I no llevar las cosas al extremo y ganarle con su confianza, porque luego se reconciliaron ella y el indispensable eclesiástico.

Sin embargo, Gelmírez siguió bajo mano en tratos con los partidarios de Alfonso Raimúndez. Cuando los reyes hicieron las paces, doña Teresa, que temía la venganza de su hermana, se sometió públicamente a ella y llegó a dar la sensación de que ya no ambicionaba nada y se contentaba con lo que tenía. Así ocurrió en las Cortes que se reunieron en Oviedo ese mismo año de 1115. Asistieron doña Teresa y su hermana doña Elvira —las dos hija de Jimena Núñez y Alfonso VI—, que acompañaron a doña Urraca I con gran respeto jerárquico. En estas Cortes se dieron cita muchos nobles y prelados de todas las provincias de la monarquía, con excepción de los de Portugal, quizás por considerarse representados por la condesa.

Era jefe del partido borgoñón en Galicia don Pedro Froilaz, conde de Traba. Su programa político parece haber consistido a la sazón en desmembrar a Galicia y a los distritos de Salamanca y Zamora las Extremaduras de la corona leonesa a fin de crear un reino para el infante. El año de 1116 transcurrió, pues, en aquella región sin reposo para las armas de los partidos. Gelmírez descubrió su juego una vez más y alzó bandera por Alfonso Raimúndez y contra doña Urraca I , de acuerdo con el conde de Traba Entró en la contienda doña Teresa, elemento importante del complot, y sus tropas aparecieron junto a las del obispo y don Pedro Froilaz.

Doña Urraca I tuvo que dividir su ejército para apretar el cerco de dos castillos que habían caído en poder de los rebeldes. Una de esas fortalezas era la de Suberoso. Doña Teresa y el conde de Traba acudieron con sus tropas a este punto y obligaron a las de la reina a levantar el sitio. Doña Urraca I dio la orden de retirada a Compostela y partió para León, dejando el campo libre a sus enemigos. En estas escaramuzas de las cercanías de Santiago de Compostela acompañaban a don Pedro Froilaz sus dos hijos, Vermudo y Fernando. Entonces se conocerían doña Teresa y Fernando, principio de unas relaciones que pronto fueron íntimas y acabaron teniendo insospechado efecto en la política portuguesa. La oportuna intervención en Galicia de la condesa de Portugal del lado del conde de Traba valió a doña Teresa algunos territorios al norte del Miño, en los distritos de Túy y Orense.

Pero la distracción de fuerzas portuguesas en las luchas civiles de Galicia tuvo trágicos resultados para Portugal. Este condado quedó desguarnecido, con las defensas en pésimo estado, situación que aprovecharon los moros para atacar con gran empuje de sur a norte ese mismo año de 1116. Apenas hallaron resistencia. En una campaña relámpago llegaron hasta el castillo de Miranda, sobre el Doessa, al sudoeste de Coimbra, y lo asaltaron. Pasaron el Mondego se hicieron con la fortaleza de Santa Eulalia, junto a Montemor. Coimbra estuvo en seguida en peligro. Porque los castillos de Miranda, Soure y Santa Eulalia constituían una línea curva fortificada que protegía a capital del distrito por Oriente, Mediodía y Poniente.

Vencida esta línea de fuertes, Coimbra lo tenía que fiar todo a sus muros y a su magnífico emplazamiento, Así quedaron las cosas de momento. Pero al año siguiente se agravaron para la condesa. Las victorias que Alfonso I de Aragón alcanzó en la región del Ebro, donde derrotó al almorávide Abdallah Ibn Mezdeli y taló sin misericordia los distritos de Zaragoza y Lérida, trajeron a España, en pos del desquite, al emir de Marruecos. De primeras ordenó a su hermano Temin y a los walíes de Córdoba y Valencia que dieran rostro al Batallador. A continuación pasó él el Estrecho y tomó a su cargo la dirección de la guerra en el Occidente de la Península. Coimbra parecía presa fácil, y comenzaron los almorávides a batir las murallas (junio de 1117).

Doña Teresa se salvó por tablas, refugiándose tras aquellas ingentes paredes. Durante veinte días terribles asediaron y castigaron los hombres del emperador africano a Coimbra. Redujeron a escombros los arrabales. Pero la gente de doña Teresa se defendió heroicamente y Alí renunció a tomar la ciudad; levantó el sitio se volvió a Ceuta. En las fronteras orientales también habían fracasado los almorávides. Temin derrotado por los aragoneses, regresó a Valencia. (Se vio en el capítulo anterior como poco después (en 1118) cayó Zaragoza en poder de don Alfonso I). Portugal, fracasada la ofensiva almorávide sobre Coimbra, tornó a conocer unos años tranquilos entre 1117 y 1120. La soberanía de doña Urraca I en este condado estaba cada día más en entredicho. En León y Castilla llamaban a doña Teresa, vagamente, infanta de los portugueses .

En cambio, es seguro que la condesa se había arrogado el señorío de Túy y Orense, por cuanto los obispos de estas zonas seguían su corte en 1119 y confirmaban en Coimbra los actos de doña Teresa en favor de sus súbditos portugueses. Herculano. Historia de Portugal, lib. I, cap. I, p. 256.

En Galicia también hubo estos años más paz que de ordinario. Gelmírez, forzado quizás por la corriente popular, que le era hostil, presionó al conde de Traba y al infante para que se entendieran con doña Urraca I . La reina se avino a aliarse con su hijo y a reconocerle por rey de Galicia.

Poco antes, en junio de 1118, entró Alfonso Raimúndez con un ejército en la ciudad de Toledo y su tierra, y recuperó esta importante plaza para sí después de haber estado dominada por las tropas del monarca aragonés durante ocho años. El Batallador reaccionó vivamente contra sus enemigos en las comarcas del Norte, aún en su poder: Castrojeriz, tierra de Oca, la Bureba, Bricia y la antigua Castilla; Burgos volvió a abrirle las puertas. Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. X, pp. 396.

El papa Calixto II

En febrero de 1119 se produjo en Francia un hecho transcendental para la marcha de los asuntos internos de España: Guido, que había sido en alguna ocasión legado pontificio en la Península, resultó elegido papa con el nombre de Calixto II. El nuevo pontífice era hermano del conde Raimundo de Borgoña y tío del infante o rey de Galicia y Toledo, Alfonso Raimúndez —futuro Alfonso VII de León y Castilla.— Estaba Calixto II sobremanera interesado en la política española, que conocía muy bien. Sentía afecto paterno por el rey mozo de Galicia, y en seguida comenzó a intervenir desde su alto sitial en favor de su sobrino.

Uno de los primeros actos del nuevo Papa fue dirigirse al obispo Gelmírez recomendándole la causa del partido borgoñón. Últimamente, el revoltoso prelado se había enemistado con el conde de Traba. Temieron el conde y sus partidarios que se pasara al bando de doña Urraca I. El arzobispo de Toledo escribió al Papa en nombre del rey-infante con queja de la conducta de Gelmírez , dispuesto, según todos los síntomas, a impedir que Alfonso Raimúndez llegara al trono de León y Castilla. No le era difícil a Calixto II hacer entrar en razón al obispo de Compostela, por ser antigua en Gelmírez la aspiración a convertir este obispado en sede metropolitana de Galicia.

Hasta entonces había radicado en Braga —con jurisdicción sobre los obispados de Portugal y Galicia— la silla arzobispal de Galicia. De añadidura, era arzobispo de Braga un personaje, don Pelayo, que no podía ver a Gelmírez , a lo que correspondía Gelmírez con su ojeriza. En el instante de la ascensión de Calixto iba muy avanzada la gestión del obispo de Compostela en favor de la elevación de su sede. Tenía destacado en la curia romana a Giraldo, canónigo de Compostela, y había ganado ya para esta idea a poderosos nobles franceses.

El propio Calixto II pensaba resolver este asunto en el concilio que se proponía reunir ese mismo año de 1119 en Tolosa. La misiva del arzobispo de Toledo impresionó al Papa, quien se apresuró a escribir a Gelmírez diciéndole paladinamente que si quería conseguir el arzobispado había de ganárselo con la constante y firme adhesión a la causa de su sobrino. Entonces envió el eclesiástico gallego cerca del Papa a uno de sus hombres de confianza, el obispo de Porto, Hugo, francés (uno de los autores de la Historia Compostelana que en 1113 había pasado a desempeñar este obispado desde el puesto de arcediano de Santiago de Compostela, donde era incondicional de Gelmírez.

La gestión de Hugo dio pronto fruto, y el obispo de Santiago vio coronados sus esfuerzos y sus maniobras. Calixto II, no solo elevó la sede de Compostela a metropolitana, sino, que invistió a Gelmírez con las atribuciones de legado pontificio en las provincias eclesiásticas de Compostela y Braga. El nombramiento lleva fecha-II-1120. Y lo había solicitado el codicioso prelado, en parte, para humillar a don Pelayo, el arzobispo de Braga. Tuvo en lo sucesivo Compostela por sufragáneos a los obispos que en tiempo de los godos dependían de Mérida. Pero don Pelayo se negó a reconocer la superioridad de Gelmírez, de lo que dio pronto pruebas no concurriendo al sínodo convocado por el nuevo arzobispo en 1121.

El Papa aprobó la actitud del metropolitano de Braga y sustrajo la provincia eclesiástica de don Pelayo de la legacía del compostelano. No se conformó, sin embargo, don Pelayo con lo conseguido, pues solicitó de doña Urraca I que confirmara los límites de su sede y aun los dilatase en algunos puntos. Para la Historia de Portugal, el interés de tal gestión está en el explícito reconocimiento por parte del arzobispo bracarense de la soberanía de la reina en territorio portugalense. El diploma, que aún se conserva, expedido por doña Urraca en esta ocasión, lo corrobora.

La importancia que los partidarios extranjeros de la dinastía borgoñona concedían a la adhesión de don Diego Gelmírez de tan siniestro carácter que llega a sobresalir aun en el cuadro de la anarquía y los crímenes que aniquilaban a la monarquía se puso de relieve en la atención que le dedicaron, además de Calixto II, otros príncipes y caballeros de la misma rama familiar. El duque de Aquitania, Guillermo IX, y la condesa de Flandes, deudos de Alfonso Raimúndez, escribían también al arzobispo apremiándole para que abrazara con resolución la causa del rey de Galicia y colaborase con el conde de Traba, Agregaba el duque que haría cuanto fuera menester para que su sobrino entrase en posesión de la herencia de Alfonso VI .

Detención de Gelmírez

El favor con que le había distinguido el Papa no forzó a Gelmírez a adoptar una actitud clara, cosa probablemente en conflictos con su psicología. Perseguía en Galicia a los enemigos de doña Urraca, por lo que se le antojaba a la reina que lo tenía de su parte, bien que no estuviera segura en ningún momento de su lealtad. En los últimos tiempos se había repuesto en Galicia el partido leonés, en parte gracias a don Diego, y de ahí las quejas que recibió Calixto II a poco de ceñirse la tiara.

Animada quizá por los suyos, y sin duda por el arzobispo, la reina se presentó en Santiago de Compostela, junto a su hijo, en 1211. Tenía el propósito de hacer la guerra a doña Teresa. Gelmírez se lo aconsejó. No está claro que buscaba el arzobispo con semejante campaña. Gelmírez procedía con doblez, como veremos. Oficialmente se dio como finalidad del movimiento la expulsión de doña Teresa de los territorios de Túy que indebidamente retenía. Por parte de doña Urraca , la cosa no encerraba, pues, misterio. Pero era por demás extraño que Gelmírez aconsejara atacar a los portugueses dado que Fernando Pérez, el amante de la condesa, contaba entre los hombres del arzobispo, de quien era, o había sido, alférez, Gelmírez.

El hijo del conde de Traba residía ahora en la corte de Coimbra, en pleno disfrute de las ternuras de doña Teresa y del gobierno del distrito de Porto o Coimbra con el título de cónsul o conde; en realidad, heredero total del conde Enrique de Borgoña. Decidida la guerra contra doña Teresa, en la primavera o verano se trasladó doña Urraca a Túy, seguido de su hijo, del arzobispo Gelmírez con sus tropas y de la caballería de la villa de Compostela. Las fuerzas de la reina acamparon a la orilla izquierda del Miño, frente por frente del ejército de la condesa de Portugal, apostado en la otra margen del río. Cruzada la corriente, la campaña fue para los gallegos y leoneses un paseo militar.

Doña Teresa no tenía, en verdad, efectivos comparables a los de doña Urraca . En marchas forzadas, el ejército atacante, se plantó en el Duero. La condesa se había retirado al este de Braga y trataba de sostenerse en el castillo de Lanhoso, probablemente en compañía de Fernando Pérez. Fueron los hombres de la reina sobre esta posición, la asaltaron y la tomaron. Doña Teresa cayó en manos de su hermana. Si doña Urraca había resuelto proceder esta vez contra ella severamente, salvó a la condesa-infanta el taimado arzobispo.

Don Diego Gelmírez era aliado natural de doña Teresa; el interés permanente de uno y otra los llevaba a temer el ascendiente de la reina. Se cree que el arzobispo aconsejó a doña Urraca I la guerra contra su hermana para dar armas al partido del conde de Traba y medrar en el desorden consiguiente. Lo cierto es que a ver cuán fácilmente penetraban en Portugal las tropas de la reina, que en parte eran las suyas, y el peligro que corría doña Teresa, Gelmírez sintió vehemente deseos de volverse a Santiago. La razón que dio fue que le horrorizaban las violencias de la campaña.

Doña Urraca pudo evitar de momento que el arzobispo y sus tropas la abandonasen en territorio de la condesa de Portugal y concibió el propósito de prender a Gelmírez, para lo que dispuso lo pertinente. Pero, insegura y temiendo ser víctima de sus aliados, desistió ya de proceder contra su hermana y ajusto con ella la paz; paso, además, necesario para poder perseguir al arzobispo. Supo doña Teresa la amenaza que se cernía sobre Gelmírez y aun la forma en que se realizaría la detención —confidencias de los propios consejeros de la reina— e influida acaso por Fernando Pérez, avisó al prelado del peligro que le amasaba, al tiempo que le ofrecía asilo en uno de los castillos de su condado. Gelmírez rehusó la protección y continuó junto a doña Urraca , como si nada supiera. Iba el ejército de retirada para Galicia. Al llegar al Miño ordenó la reina que pasasen primero las tropas del arzobispo, pero sin él, que permaneció, con el rey de Galicia y Toledo al lado de doña Urraca . Y cuando el último hombre de armas de Gelmírez se perdía de vista en la margen opuesta del río, se efectuó la detención del turbulento eclesiástico.

Fue trasladado sin demora al castillo de Cira, mientras la reina seguía hacia Compostela. La prisión de Gelmírez desató una rebelión ya anunciada en el intento de deserción del arzobispo cuando las cosas fueron mal para doña Teresa. Todos los enemigos de la reina se lanzaron a la revuelta. Su hijo y el conde de Traba la abandonaron a poco y marcharon a reunirse con el ejército gallego, que acampaba en aquel instante en las orillas del Tambre, al norte de Santiago. Doña Urraca I tuvo que poner en libertad al prelado. La guerra de Portugal solo había servido para subrayar la debilidad política y militar de la corona leonesa en las sienes de una mujer.

Aunque vencida, doña Teresa salió gananciosa. Y la desmembración del condado portugalense avanzó un paso más. En la paz sellada por las dos hermanas por aquellos días, obtuvo la condesa desorbitada ampliación de su señorío, pues le concedió la reina muchos lugares y tierras en los modernos distritos de Zamora, Toro, Salamanca y Ávila, con las rentas y derechos señoriales de estas ciudades, más otros señoríos incluso en territorios de Valladolid y Toledo. Doña Teresa prometió a cambio bien poco: defender estos territorios contra moros y cristianos y una vaga lealtad a su hermana y a la corona. Culminaba todo en una expansión que de antiguo ambicionaban los condes de Portugal.

Este condado, que había menguado en el Sur con el avance de los almorávides, se engrandecía ahora por el Norte y el Oriente. En el Sudeste de Galicia, los dominios de doña Teresa se extendían hasta el río Vibey, por la comarca que entonces llamaban Limia. En el Sudoeste tenía la condesa, como hemos visto, Túy y sus tierras, y su señorío sobre las importantes poblaciones al este de las modernas provincias de Tras-os-Montes y Beira llevaba anejo el dominio directo sobre los términos de cada una de ellas.

Alfonso VII y la condesa de Portugal

La campaña de Portugal perjudicó, además, mucho políticamente a doña Urraca I . Nunca había estado tan sola ni había gozado menos simpatías entre sus súbditos que por aquellos años. La iban abandonando los nobles leoneses y castellanos, que resentían ahora a lo vivo la larga privanza del favorito de la reina, don Pedro de Lara, marido de doña Urraca I a todos los efectos, salvo el legal. No venía en auxilio de la reina ni del reino el rey de Aragón, Alfonso I, que tornaba a guerrear en Castilla y se llamaba emperador de León y Castilla. Todo favorecía al rey de Galicia, mozo de grandes prendas personales, que cumplía en este momento los dieciocho años de edad.

En torno a Alfonso Raimúndez —futuro Alfonso VII de León y Castilla— se congregaban ya, con la fuerza de las resoluciones largo tiempo aconsejadas, los verdaderos dueños del poder en Castilla y en León. Los poderosos aliados de la dinastía borgoñona fuera de España daban el postrer impulso a la causa del infante. Y mientras doña Urraca I trataba en vano de recobrar su autoridad buscando una vez más el dudoso apoyo de Gelmírez , Alfonso Raimúndez podía desde 1122 soberano en los estados de su madre. Por unos años doña Teresa se sintió segura en su condado. Su alianza con el partido del arzobispo gallego la protegió contra nuevas agresiones. Pero también había mermado rápidamente el amor de sus súbditos por la condesa, y por razones parejas a las que hicieron impopular a doña Urraca I.

Fernando Pérez privaba en el condado portugalense como un rey. A sus órdenes estaban los demás condes. Oficialmente se equiparaba a la infanta-reina portuguesa. La ostentosa situación del favorito soliviantó, claro es, a los nobles de Portugal desde un principio. Y entre estos magnates crecía y se educaba, sin amor de madre, el infante Alfonso Enríquez. Como había acontecido con el hijo de doña Urraca I , en torno a la figura de Alfonso Enríquez, simpática y prometedora, iba fraguando el partido adverso a doña Teresa. La vida del infante portugués apenas existe para la Historia hasta los catorce años de su edad. Confirma con su madre algunos diplomas, y esa es toda la huella de sus actos.

Pero en 1125 se armó caballero en Zamora, ceremonia que, en su motivación como en su desarrollo, fue el primer trueno de la tormenta que se cernía sobre Portugal y en particular sobre la cabeza de doña Teresa. Mientras prevaleció la calma en Portugal —debida en parte a las dificultades que el emperador de Marruecos encontraba en África en su lucha contra la secta de los almohades— , doña Teresa puso algún orden en el Sur, donde mandó reedificar algunos castillos de la línea protectora de Coimbra, entre ellos los de Soure y Santa Eulalia.

La década de 1120-1130 es en la Historia de España periodo de violentas mutaciones. El tiempo —porque casi todo lo que sucede en esos años tiene la clave el tiempo— remata su obra con prisa, como si la providencia, harta ya de convulsiones y horrores, quisiera aniquilar toda una época en un decenio. La Parca afila la guadaña y quita de en medio, uno tras otro, a los personajes que se oponen, por el mero hecho de existir a que nazca un mundo nuevo. En 1124 fallecía el obispo don Diego Gelmírez . Al año siguiente, el 2 de abril, expiraba el no menos famoso don Bernardo, arzobispo de Toledo. El 8-III-1126 pasaba de esta vida doña Urraca I. El desmoche de figuras que tanto estruendo y enredo produjeron debió de dejar laxa y sorda la corte. Casi de súbito se había creado una nueva situación. Alfonso Raimúndez pasaba al fin a reinar León y Castilla con el nombre de Alfonso VII.

Andaba ya por los veintiún años de edad y era inteligente, animoso y batallador. Poco le costó obtener el reconocimiento de los ricoshombres gallegos, asturianos, leoneses y castellanos. Recogió sin tardanza un poder que durante más de tres lustros había estado en disputa y desobedecido. Dos cuestiones graves se imponían a la atención del joven monarca: el separatismo portugués y la usurpación de parte de Castilla por el rey de Aragón. Pero la guerra en dos frentes, como hoy se dice, no era en aquel momento aconsejable. Para guerrear con el Batallador, Alfonso VII necesitaba la paz con doña Teresa. Y uno de los primeros actos del nuevo rey fue visitar a la condesa en Zamora, donde entonces residía acompañada de Fernando Pérez.

Consolidada la tregua con la viuda del conde Enrique, Alfonso VII se enzarzó en la guerra con el monarca navarroaragonés, quien en esta crisis de cambio de dinastía debió de reverdecer sus deseos de dominar en León. Había en Castilla rebrotes del partido de doña Urraca I , y de ello fue más que síntoma la rebeldía del conde de Lara, cabeza del ejército castellano, que se negó a luchar contra Alfonso I de Aragón. Pero la nueva monarquía leonesa surgía con mucha fuerza. El 30-IV-1127 caía Burgos en poder de Alfonso VII.

El Batallador no se consideró en condiciones de proseguir la campaña, y a principios de julio se avistaron ambos soberanos en Támara, no lejos de Castrojeriz. Acordaron que el aragonés dejaría en paz a Castilla y el leonés respetaría los dominios de don Alfonso I en Aragón y Navarra. Pero el rey de Aragón siguió dominando hasta el fin de sus días —año 1134— en Nájera, Logroño, Oca, Belorado, Bureba, Castilla la Vieja, Soria y Gormaz con su tierra. Hasta 1131 conservó también la fortaleza de Castrojeriz, que entonces recuperó Alfonso VII, entregada por el gobernador que allí tenía el monarca aragonés.

En el pacto de Támara debió de reconocerse el señorío vitalicio del Batallador sobre territorios que de derecho correspondían a Castilla. Con todo, a partir de 1130, Alfonso I de Aragón no se llama ya rey de Castilla, ni gobernador de Rioja, Soria y Bureba; solo usa el título de rey en Aragón, Pamplona, Sobrarbe y Ribagorza. Sangorrín. El libro de la cadena de Jaca. Abad de Silos, t. I, cap. X, pp. 404, 405.

Hecha la paz con su padrastro, el rey de León volvió la vista al condado portugalense. Doña Teresa sospechaba, con acierto, que Alfonso VII ajustaría cuentas con ella luego que se desembarazase del aragonés. Por eso, después de la entrevista de Zamora, aprovechando la marcha de Alfonso VII a Castilla, se había apresurado a apuntalar las defensas de los territorios que tenía en Galicia. Desplazó tropas al norte del Miño y erigió en esta comarca algunos castillos más. En el convenio de 1121 la condesa de Portugal recibió en señorío, pero subordinadas a la corona leonesa, casi todas las tierras que le cedió doña Urraca I.

Doña Teresa trataba de ignorar su dependencia de León, y Alfonso VII se proponía reafirmarla. Animaban a la condesa en su resistencia buen número de nobles portugueses, y los gallegos amigos de Fernando Pérez, que la rodeaban en su pequeña corte de Zamora. Alfonso VII resolvió invadir Portugal. En la primavera de 1127 concentró tropas en Galicia y al frente de ellas partió para la región Entre Duero y Miño. Mal podía doña Teresa resistir un poder que había obligado al rey navarroaragonés a buscar la paz. En mes y medio de ofensiva arrolladora, el rey de León tomó virtualmente posesión del condado.

Alfonso Enríquez

Al verse que doña Teresa quedaba a la merced de Alfonso VII , tomó alas el partido de su hijo, el infante Alfonso Enríquez; partido que ya comenzaba a levantarse contra la condesa cuando el rey de León entró en Portugal. La conjura era vastísisma. En realidad, Alfonso VII perturbó con la invasión el desarrollo del movimiento revolucionario. Algunas guarniciones habían alzado el pendón del infante; al llegar el rey de León con sus tropas ante Guimaraes, la antigua corte del conde Enrique, se encontró con la fortaleza en poder de los partidarios de Alfonso Enríquez. No obstante, declaró el sitio, pues no le importaba tanto en manos de quién estaba el gobierno de Portugal, si de su tía o de su primo, como que esta provincia apareciera soldada a la monarquía leonesa.

Los nobles portugueses de Guimaraes se dispusieron a resistir, pero pronto comprendieron que sería inútil, y dado que su interés inmediato estribaba en derrocar el gobierno de doña Teresa, dijeron a Alfonso VII que estaban por el infante y que ellos respondían de que Alfonso Enríquez se reconocería vasallo suyo así que pasara a regir el condado. Herculano. Historia de Portugal, lib I, p. 284.

De acuerdo con las costumbres y usos caballerescos de la época, que tanto realzaban los valores personales, encarnó este compromiso un noble famoso en la región, caballero rico, señor de villas y campos en la comarca del alto Duero, a quien todo el mundo ponía por paradigma de carácter y lealtad. Se llamaba este personaje Egas Muñoz. Alfonso VII levantó el sitio de Guimaraes y tras oír las protestas de acatamiento y subordinación de doña Teresa, regresó con su ejército a Compostela. El rey de León dejaba afirmada inequívocamente la soberanía de su corona en el condado de Portugal. La revolución y la guerra civil siguieron su curso en los dominios de doña Teresa. La invasión impuso un reajuste de fuerzas en la política interior portuguesa y un breve aplazamiento de la lucha. En los primeros meses del 1128 conmovía ya al condado lo que era evidentemente el anuncio de graves acontecimientos.

Cumplía ahora Alfonso Enríquez los diecisiete años de edad. Sus dotes personales acrecían su popularidad, al tiempo que la de doña Teresa descendía a su nadir. Ya aparecía el infante diestro en las armas, cauto en la política y la diplomacia, de ingenio despierto y elocuente palabra, según un contemporáneo. Con esas eficaces prendas morales coincidía la nobleza de su figura y la hermosura de sus facciones. Herculano. Historia de Portugal, lib II, p. 325.

Para ser tan joven, eran extraordinarias su ambición política y la prisa por reinar entre sus connaturales. Los nobles habían trabajado en su pecho mozo un resentimiento contra su madre y su partido, donde tan prominente aparecía Fernando Pérez. Doña Teresa se había ocupado poco de su hijo y tendía a excluirlo de la vida oficial. Todo eso se lo hacían ver los nobles portugueses al infante. Tenía consigo Alfonso Enríquez al pueblo, y a aquella parte de la nobleza, la más poderosa, que aspiraba a entronizar al hijo del conde Enrique para acabar con un gobierno débil y, para ella, afrentoso; un gobierno, ahora, humillado.

Acto significativo fue por aquellos meses la reunión en Braga del infante con la principal nobleza de su partido. Concurrieron, entre otros, el arzobispo don Pelayo, su hermano Suero Méndez, García Suárez, Ermigio Muñoz y Sancho Núñez, que estaba ya casado o iba a estarlo con doña Sancha, hija de doña Teresa y hermana, por tanto de Alfonso Enríquez. El infante declaró su designio de sustituir por la violencia a su madre en el gobierno del condado y solicitó para tal empresa el apoyo de todos, con particular referencia al arzobispo, de cuya adhesión se felicitaba. Por adelantado hacía Alfonso Enríquez a don Pelayo algunas mercedes. Después estuvo el infante con su madre en la corte de Alfonso VII , que seguía la condesa como vasalla.

Pero en abril de 1128 abandonó Alfonso Enríquez la corte y se presentó en la provincia de Entre Duero y Miño. Fue la señal para el estallido de la guerra civil. Alarmada por las noticias que llegaban de su condado —y que no debieron de causarle sorpresa—, doña Teresa regresó inmediatamente a sus dominios portugalenses. Ambas partes pusieron en movimiento sus ejércitos. La contienda se acreditó de breve y decisiva. Las tropas de la condesa sufrieron derrota irreparable en los campos de San Mamede.

Doña Teresa huyó con su estado mayor de caballeros leales, pero puso tal empeño su hijo de darle alcance, que logró aprehenderla. Con ella se entregó su séquito. Alfonso Enríquez era ahora dueño absoluto del terreno, triunfador poderoso en una guerra civil que quedaba, en su aspecto interno, a distancia estelar de las preocupaciones del rey leonés. La tradición dice que el infante encerró a su madre, abrumada de hierros, en el castillo de Lanhoso. Herculano apunta que de semejante trato no hay huella documental, y que Alfonso Enríquez se limitó, según parece, a expulsarla de Portugal, conducta que siguió con Fernando Pérez y otros eminentes amigos de la condesa. Todos se refugiaron en Galicia, sin medios para recuperar el poder que habían perdido en Portugal.

Doña Teresa no sobrevivió mucho tiempo a la fecha de su desgracia. Murió el 1-XI-1130; en la misma década, pues, que se llevó al arzobispo Gelmírez , a doña Urraca I y al arzobispo don Bernardo. Alfonso Enríquez iniciaba su mando con un acto de rebeldía respecto de la corona leonesa. La nobleza portuguesa, que había prometido en Guimaraes que el infante reconocería la supremacía del rey de León, no se acordaba de este compromiso de honor y ya tenía al infante por rey. A pesar de su juventud, Alfonso Enríquez era personalmente digno rival de Alfonso VII en energía, y aventajaba al rey de León en el arte diplomático del disimulo, que en más de un acto del infante portugués sería difícil distinguir de la más flagrante perfidia. La deslealtad de los nobles portugueses, que habían impreso a la revolución un notorio sesgo separatista, enfureció al rey de León.

Pero no todos los magnates de aquella región olvidaban la palabra dada en Guimaraes. Egas Muñoz, fiador del compromiso de honor, apareció un día en la corte de Alfonso VII , seguido de su mujer y de sus hijos, implorante y descalzo, con una cuerda al cuello. Llegaba de esta trazo a poner su vida y la de los suyos a merced del rey traicionado. El espectáculo no pudo menos de impresionar al magnánimo monarca, que se apresuró a reconocer al extraño penitente por hombre de honor, y decirle que podía regresar libre a Portugal. Herculano. Historia de Portugal, lib I, p. 285.

No había duda en León de que el derecho de Alfonso Enríquez a heredar el condado portugalense aparejaba su subordinación a la corona leonesa. El dominio y la soberanía en Portugal pertenecían por entero —en la convicción leonesa— a Alfonso VII , heredero de su madre doña Urraca I y de su abuelo Alfonso VI.

Todo ello iba siendo, sin embargo, agua pasada para los portugueses, los diecisiete años de guerra civil en León y Castilla habían sido fatales para la unidad política del Occidente de España, El proceso desintegrador se hallaba ya en fase muy avanzada. Los súbditos de Alfonso Enríquez consideraban a Alfonso VII como extranjero. Herculano. Historia de Portugal, lib I, p. 295.

Y tampoco estaba ahora en condiciones la monarquía castellanoleonesa de contener la corriente separatista en Portugal. Por impacientes que fueran los anhelos de Alfonso VII de anudar los lazos rotos, la caótica situación en que aún se desenvolvía todo el reino le impedía ocuparse de ese extremo de sus dominios con la continuidad y la firmeza que el problema demandaba. España atravesaba una crisis de transición, pues no en vano cambiaba la dinastía. Todo el reino seguía revuelto. Castilla, en parte sometida a Alfonso I de Aragón el Batallador, se encontraba en manos de una nobleza desmoralizada.

Un residuo del partido de doña Urraca I y del rey aragonés, dirigido por los Lara, daba cuidado al rey de León. Por todas partes —en las Extremaduras, en Castilla, en las Asturias, en León— había fortalezas sublevadas que el nuevo monarca tenía que ir reduciendo como quien extingue focos aislados de posible conflagración general. La patente debilidad del Estado envalentonaría a Alfonso Enríquez, cuya rebeldía rompía ahora los lindes pasivos de la desobediencia para proseguir, mediante ia guerra, la política de expansión por el Norte iniciada por doña Teresa. Invadía el portugués Galicia, sin duda con el propósito de consolidar su señorío en Túy y la tierra de Limia. Este movimiento embarazó sobremanera a Alfonso VII , que no podía distraer fuerzas de León y Castilla para parar a su primo.

Ordenó, pues, los condes y magistrados de Galicia que defendieran este reino. Pero el mandato del rey fue desoído. Los nobles gallegos no se movieron; y las tropas municipales secundaron a los condes en su desplante. Alfonso Enríquez operó en el Sur de Galicia sin hallar resistencia, y cuando lo estimó oportuno regresó tranquilamente a Portugal. Por aquellas semanas reunió Alfonso VII Cortes en León. Entre otras cosas, examinaron estas Cortes la situación de Galicia, multaron a los burgueses de Compostela por haber desacatado al monarca y recriminaron a los portugueses. La política real de resistencia a Alfonso Enríquez en Galicia no era popular.

Las dos provincias hermanas, a despecho de la inquietud secesionista portuguesa, se comprendían y solidarizaban. No sentían mutua enemistad. Habría, además, en Galicia un natural deseo de paz. Sólo el reducido partido de Fernando Pérez habría hecho frente a Alfonso Enríquez. Pero incluso el desconsolado favorito de doña Teresa podía moverse con libertad en Portugal, donde estaba a fin de 1130 y principios del año siguiente. También vivía en Portugal en 1131 el hermano de Fernando Pérez, Vermudo, casado con otra hermana de Alfonso Enríquez. Vermudo había medrado en la corte de la condesa a la sombra de su hermano. Fue gobernador de Viseo.

Sin embargo, la derrota de San Mamede no parece haberle despojado de sus bienes en los dominios del infante portugués, por cuanto en 1131 tenía el castillo de Seia, en las ramificaciones de la Sierra de la Estrella. Por entonces estuvo en Coimbra Fernando Pérez, con una misión política, sin duda. Porque, a lo que pronto se vio, existía un complot de los hijos del conde de Traba y sus amigos —tardía reacción del partido de doña Teresa — contra Alfonso Enríquez. Vermudo se sublevó en su castillo: pero el infante-rey sofocó fácilmente este movimiento y su cuñado perdió la fortaleza. Expulsado de Portugal, pasó al servicio del rey de León en la corte.

Alfonso VII, emperador de León

Para Alfonso VII seguía siendo principal preocupación recuperar todos los territorios que tuvo bajo su cetro Alfonso VI. No abandonaba la guerra contra los moros, en cuyas tierras hacía las incursiones anuales de rigor. Y a fin de poder desarrollar con éxito su política de reconquista en Castilla y en el Ebro, contrajo matrimonio en la primera mitad del año 1128 con Berenguela, hija del conde de Barcelona. Portugal no dio guerra al rey de León entre 1131 y 1135: Alfonso Enríquez estuvo hostilizando las fronteras musulmanas del Sur. Pero en ese último año volvieron los portugueses a invadir la comarca de Limia.

Esta vez encontró Alfonso Enríquez alguna resistencia, a cargo de los condes Fernando Pérez, Rodrigo Vela y autoridades próximas de León. Los portugueses se retiraron al sur del Miño. Mas a poco reaparecía Alfonso Enríquez con mayor número de tropas, erigía el castillo de Celmes —cuya defensa confió a la flor de la nobleza de su condado—, y regresaba a Portugal. La noticia de estas nuevas incursiones portuguesas llamó de nuevo la atención de Alfonso VII sobre este amenazado rincón de su reino. Juntó fuerte ejército de gallegos y leoneses y en marchas rápidas cayó sobre Limia.

La brillante guarnición del castillo de Celmes tuvo que rendirse, y lo pasaría mal, porque la suerte de tanto caballero ilustre —ninguno de los cuales parece haber sobrevivido al cautiverio— causó tremenda impresión en Portugal. De las repercusiones que tuvo en los reinos pirenaicos la muerte de Alfonso I de Aragón, acaecida en el verano de 1134, quedó dada cuenta en los capítulos sobre Aragón y Cataluña. Vimos cómo Aragón y Navarra, que habían tenido un solo monarca en la persona del Batallador, se separaron, pasando Navarra bajo el cetro de García Ramírez de Navarra, navarro, mientras que heredaba la corona de Aragón Ramiro II de Aragón el Monje, hermano de don Alfonso I. No más desaparecer el enérgico rey de Aragón y Navarra, Alfonso VII se preparó para reconquistar la Rioja, Álava, Berrueza y Vizcaya, que fueron de Castilla bajo doña Urraca I y que Alfonso I el Batallador conservó, con derecho o sin él, según se mire, hasta su muerte. Pero solo la Rioja cayó en poder del monarca leonés.

García V Ramírez, siguió reteniendo el resto de los territorios mencionados, como heredero de Alfonso I de Aragón, mas reconoció que esos pertenecían a la corona de Castilla y los tuvo en honor, es decir, en encomienda, razón por la cual, principalmente, se declaraba vasallo de Alfonso VII. También se proclamó vasallo de Alfonso el rey Ramiro II de Aragón. No es, sin embargo, cuestión diáfana la relativa a la toma de posesión de Zaragoza por el rey de León y Castilla. De unos autores se desprende, como consignamos en parte anterior de nuestro estudio, que Alfonso VII se apoderó de las tierras y ciudades del Ebro con violencia.

En la Crónica del Emperador Alfonso, estos sucesos ofrecen un desarrollo pacífico. Después de consultar con los eclesiásticos y nobles de su reino, el Monje salió al encuentro de Alfonso VII , le entregó jure hereditario y le acompañó en su solemne toma de posesión de la capital, el reino de Zaragoza, que era de la conquista de Castilla, a cuyos reyes desde Fernando I habían los moros rendido parias, y se declaró su vasallo. No pararon ahí las sumisiones de príncipes al joven monarca de León y Castilla. El conde de Barcelona, Ramón Berenguer, su suegro, se incluyó entre sus vasallos, homenaje justificado por la tenencia de Zaragoza, que Alfonso VII le dio en honor.

La soberanía del leonés rebasaba ya las fronteras, pues el conde de Tolosa, Alfonso Jordán, primo suyo, también le anunciaba su subordinación, y otros magnates de la Gascuña hacían lo propio. En pocos años se levantó en León un imperio más vasto que sólido, con Alfonso VII por señor de los reyes y condes cristianos de España y del Sur de Francia, hasta el Ródano, lindante con el ducado de Borgoña. No en vano habían puesto tanto empeño los magnates franceses y borgoñones en ver al infante Alfonso Raimúndez dueño de la herencia de Alfonso VI . Alfonso VII fue coronado emperador en León, con toda pompa, el 26 de mayo de 1135, día de Pentecostés.

La tradición imperial neogoda se vestía ahora los arreos de un feudalismo importado y tardío, sin posibilidad de arraigar en España, todo lo cual hacía irreal y artificioso el sistema. La aparatosa unidad de la superestructura apenas tapaba las grietas abiertas en el Estado. Al año de la coronación se negaba ya García V Ramírez, de Navarra a reconocer la soberanía del emperador en las tierras de Castilla que le dio en honor. Hubo, pues, de acudir Alfonso VII a la fuerza para tratar de imponer su derecho; penetró en Álava y la reconquistó. Mas no pasó de ahí, de momento, la reafirmación de su autoridad.

La desobediencia de García V Ramírez halló eco y simpatías en el extremo occidental de la Península. Alonso Enríquez compartía la hostilidad de los navarros contra el imperio, y pronto comenzó a dibujarse una alianza entre el reino pirenaico y el condado portugalense. De 1136 a 1140, León estuvo prácticamente en guerra con ambas regiones. Alfonso Enríquez contaba con poderosos partidarios en Galicia. Y en 1137 supo el emperador que los condes gobernadores de Túy y el distrito de Limia, Gómez Núñez y Rodrigo Pérez Velloso, le habían hecho traición, abriendo las puertas de sus castillos y ciudades al infante-rey portugués. Las tropas de los condes se unieron a las portuguesas. Alfonso Enríquez penetró hondo en Galicia, dejó guarniciones de su gente en las fortalezas que le entregaron los condes gallegos y regresó a Portugal para movilizar nuevas fuerzas. Con ellas se presentó a poco, de nuevo, en el Miño.

Con sus aliados, los condes rebeldes de Toroño y Limia, y el ejército portugués de refuerzo, Alfonso Enríquez podía osar, quizás, la conquista de toda Galicia. El peligro puso en movimiento, al fin, a los condes leales al emperador, entre los que descollaban Rodrigo Vela y Fernando Pérez. En la batalla de Cernesa o Cerneja, sin embargo, las tropas de Alfonso VII se retiraron en completo desorden, muchos nobles cayeron prisioneros de los portugueses —incluso Rodrigo Vela, a quien sus hombres pudieron arrancar de los brazos de los que se lo llevaban— y ya no hubo nada en Galicia que se opusiera, al menos por lo pronto, a la invasión del Norte por los portugueses y sus aliados gallegos.

Pero no tuvo tiempo el infante portugués de celebrar la victoria de Cerneja. Justamente recibía entonces noticia de que los moros amenazaban a Coimbra. El castillo de Leiria, edificado en 1135 por los portugueses como punto fuerte de la defensa del Norte de Portugal y centro de operaciones contra los musulmanes de Santarem, Cintra y Lisboa, tenía numerosa guarnición cristiana. Gobernaba esta fortaleza el conde Pelayo Gutiérrez. Los almorávides, molestos por las frecuentes incursiones de los portugueses con base en Leiria, realizaron un esfuerzo y consiguieron llegar hasta el castillo y ponerle sitio. La precipitada aparición de Alfonso Enríquez no impidió que se consumara la derrota de sus hombres. Cayó la fortaleza en poder de los moros, y en el encuentro de Thomar, población vecina, desbarataron, además, al ejército portugués.

Pacto Alfonso VII y Alfonso Enríquez

Bien que preocupado en todo momento con la enojosa agresividad y el talante rebelde de García V Ramírez de Navarra, Alfonso VII no perdía de vista a Alfonso Enríquez; y así que pudo hacerlo, se fue a Zamora a reunir tropas, la jornada de Cerneja le había denunciado la urgencia de contener al guerrero portugués. El emperador salió de Zamora con un pequeño ejército y entró en Tuy y la tierra de Limia sin tener que vencer resistencia. Una vez en Galicia y dueño de la situación, pensó en invadir otra vez Portugal. Con tal fin ordenó la incorporación a su ejército de nuevas levas de hombres y las milicias municipales . Alfonso Enríquez, debilitado militarmente por los contratiempos de Leiria y Thomar, dejó su frontera con los sarracenos en las mejores condiciones posibles y partió en seguida para Galicia seguido de la principal nobleza portuguesa, del arzobispo de Braga, don Pelayo, y del obispo de Porto, don Juan.

Era vital para el hijo de doña Teresa, en la extremidad en que se encontraba, evitar la guerra con el emperador; y los magnates eclesiásticos que le acompañaban iban con la misión de mediar y proponer tregua y concordia. Los portugueses hallaron a Alfonso VII en Túy, también rodeado de varios obispos: el de Segovia, el de Túy y el de Orense. Casi siempre estuvieron bien dispuestos los eclesiásticos en aquellos tiempos a recomendar a los príncipes la paz. Al emperador, apremiado por el amago navarro en Castilla, no le convenía que lo absorbieran con exceso los acontecimientos en Galicia y Portugal. Tampoco había entrado en Galicia —provincia poco segura, como sabía— con un gran ejército. Fue, pues, fácil que se entendieran ambas partes. Pero, como cuadraba a la ocasión, el convenio resultó muy desfavorable para Alfonso Enríquez.

Comenzó el portugués jurando leal amistad al emperador y que nunca, directa ni indirectamente, trataría de perjudicarle si alguien lo hiciera, Alfonso Enríquez se comprometía a vengarle, como si fuera un deudo muy querido. Juraba asimismo el hijo del conde Enrique que respetaría los territorios del imperio por sí y los haría respetar de sus nobles, y que si alguno de ellos los invadiera, él contribuiría lealmente a reparar la ofensa y a recuperar las tierras como si fuesen propias. En caso de invasión de otro orden, por cristianos o musulmanes, de los dominios de Alfonso VII , el infante portugués acudiría en su auxilio, si fuera solicitado. Si el hijo o los hijos del emperador quisieran la paz, Alfonso Enríquez no haría nada por alterarla. A trueque de estas manifestaciones y promesas, el emperador daba a Alfonso Enríquez, como había hecho con otros príncipes, tierras en honor, u honras terras inmunes . El portugués contraía la obligación de restituirlas al emperador o a su mujer, sin tergiversación ni engaño, si así se lo pidieran.

Este pacto fue suscrito en Túy el 4-VII-1137, a presencia del arzobispo de Segovia, Porto, Túy y Orense. Su observancia, por la parte portuguesa, fue jurada por el infante y 150 caballeros suyos en el papel de hombres buenos. Las expresiones del tratado son claras: el hijo de doña Teresa conserva sus dominios como vasallo del emperador, y aunque no podamos decir cuáles eran exactamente, el hecho no es por eso menos indudable. Escalona, Historia del Monasterio de Sahagún, App. 3, p. 527.

La reconciliación de Túy marcó el principio de una paz en las fronteras de Galicia y Portugal y duraría varios años. Las energías castrenses de Alfonso Enríquez y el emperador hallaron ahora cauce más patriótico y conveniente en la lucha contra el común enemigo, el musulmán; y ambos príncipes concentraron su atención en el estado de la España aún sometida a la media luna. En África, la secta de los almohades había infligido en el último decenio derrota tras derrota a las fuerzas almorávides.

La crisis del poder almorávide se acompañaba en España de la rebelión de las viejas dinastías árabes contra los africanos, almorávides y bereberes. El emir Tasufín, hijo y sucesor de Alí, no pudo dominar a los distritos sublevados de Huete y Alarcón, ni ocupar la ciudad de Cuenca, comarcas en que el levantamiento parece haber sido más general y peligroso. Resolvió, pues, batirse en retirada de la Península y reuniendo a la élite de las fuerzas almorávides y a sus mejores auxiliares mozárabes —estos en número de 4.000— embarcó para Marruecos. Aprovechó Alfonso VII la retirada almorávide para comenzar sus grandes campañas en Andalucía.

En 1138 invadía las tierras del Guadalquivir, saqueaba los distritos de Jaén, Baeza, Úbeda y Andújar y ponía sitio a Coria, que no logró conquistar. En 1139 se dio el emperador a la empresa de apoderarse del castillo de Aurelia (Oreja), barbacana inexpugnable, desde la cual invadían y arrasaban los sarracenos los territorios castellanos próximos. Entretuvo el cerco de este castillo a Alfonso VII toda la primavera, todo el verano, y ya entrado el otoño, en octubre, vio recompensada su tenacidad con la rendición de sus no menos obstinados defensores.

RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, T. I, págs. 447-546.