Alfonso VI, reconquista de Toledo

Coronado rey de León y de Castilla en 1072, Alfonso VI acumuló en su cetro un poder como no lo había disfrutado ningún monarca español desde el fin de la monarquía goda. En parte, esa autoridad le venía de la descomposición política de la España musulmana. Bien pudo titularse el rey de León y de Castilla imperator totius Hispaniae cinco años después de ser coronado; supremacía reconocida por los demás reyes de la Península, cristianos y moros.

Se ha supuesto que Alfonso VI concibió la ilusión de recobrar Toledo durante su destierro en la corte de Yahya al Mamun (enero-octubre de 1072). Era a la sazón este reino musulmán el mayor y el más ilustre entre los de taifas. Mamún lo había engrandecido con la anexión de Valencia en 1065 y la de Córdoba diez años después.

A la atracción que su vastedad tendría que ejercer en el ánimo de un príncipe codicioso como el cristiano desterrado se unía la de su ostensible riqueza. Es, por tanto, de creer que cuando Alfonso VI se despidió de Mamún en el otoño de 1072 para ir a ocupar el trono de León y el de Castilla, vacantes por la muerte de su hermano Sancho en el sitio de Zamora, lo hizo con la resolución de volver pronto, la vez próxima como conquistador.

Mamún murió emponzoñado en Córdoba el 28-VI-1075, y en cuanto se conoció en Toledo el grave suceso proclamaron los cortesanos sucesor a su nieto, el heredero más próximo desde que, meses antes, falleció el hijo de Mamún, Ismael. El nuevo sultán tomó el nombre de Al Qádir.

Al Qádir era el carácter menos llamado a gobernar un reino de taifas que, huérfano de la gran personalidad que lo tuvo sujeto, tendía a caer despedazado por las ambiciones partidistas. Pronto desgarraron a Toledo sangrientas convulsiones, efecto de la división de la capital en dos poderosas banderías.

Al mismo tiempo comenzaba la desmembración: Valencia se sublevaba y su gobernador, Ben Abdelaziz, se declaraba independiente. Alfonso VI , a poco, atacaba las fronteras del reino de Al Qádir por la parte de Castilla; Mutamid, el rey moro de Sevilla, recuperaba Córdoba de los toledanos; Ahmad al Muqtadir, el rey musulmán de Zaragoza, invadía los estados de Al Qádir por el Norte y tomaba Santaver y Molina, y Sancho IV Ramírez de Aragón ponía cerco a Cuenca. (Sólo una fuerte suma desembolsada por Al Qádir salvó a esta plaza.)

Azotados sus dominios por los cuatro puntos cardinales, Al Qádir comprendió que no podía reinar sin una poderosa ayuda y buscó la del enemigo más temible, la del rey de León y Castilla. Aconsejaba la sumisión a Alfonso VI uno de los partidos que traían desquiciada a Toledo, y del lado de ese partido estaba Al Qádir. Pretendían ambos que Alfonso protegiera a la capital contra las agresiones de sus adversarios exteriores y que metiera en cintura al otro partido, al nacionalista o intransigente, hostil al sultán.

Así empezó Alfonso, en 1079, la guerra por la reconquista de Toledo. Falso aliado de Al Qádir, se apoderó poco a poco de Madrid y Talavera, de Uceda, Hita y Guadalajara, fortificó a Escalona y se atrincheró en otros puntos sumamente valiosos para la empresa que perseguía. No descuidaba el monarca leonés los otros reinos de taifas, pues aspiraba a someter a toda la España musulmana. De consiguiente, simultaneó las agresiones contra la tierra de Toledo con la guerra al rey moro de Badajoz, Umar al Mutawakkil, a quien tomaba en septiembre del año susodicho la importante plaza de Coria.

Esta pérdida llenó de consternación a Mutawakkil y le movió a escribir a Yusuf, emperador almorávide de la Mauritania, apremiándole que si no venía auxilio de allá, los días del Islam español estaban contados.

Al Qádir, amagado en Toledo por las conjuraciones del partido patriótico, volvió a recabar la intervención de Alfonso, pero el codicioso monarca le exigió por adelantado una suma inmensa, que el príncipe toledano trató en vano de sacar a los suyos.

La idea de destronar a Al Qádir y sustituirlo por el rey moro de Badajoz —finalidad de la conspiración en marcha— ganó ya resueltamente a los magnates del partido intransigente, y cada vez más acosado, Al Qádir aprovechó una noche cerrada para abandonar furtivamente la capital, cargando con varios tesoros. Halló refugio en un castillo de su reino. Descubierta su fuga en Toledo, los nacionalistas remataron su plan de dar el trono a Mutawakkil, y en efecto, el moro de Badajoz se instalaba en la antigua corte de los godos en junio de 1080.

De la fortaleza en que halló asilo y protección, Al Qádir pasó a Cuenca y desde allí dirigió una carta a Alfonso VI pidiéndole auxilio. El emperador español prometió combatir a Toledo hasta expulsar a Mutawakkil, pero con la condición de que, conquistada la ciudad, sería ya de los cristianos.

Por vía de compensación daría a Al Qádir el reino de Valencia, que se hallaba en rebeldía, tan pronto como pudiera dominarlo. Otras salvedades de Alfonso fueron: que Al Qádir sufragaría los gastos de la campaña y le entregaría en custodia los castillos de Zorita y de Canturia, en los extremos occidental y oriental del reino toledano. A todo dijo Al Qádir que sí; Alfonso VI tomó posesión de los castillos y comenzó el asedio de la capital, arrasando las comarcas circundantes.

Umar al Mutawakkil permaneció en Toledo —entre fiestas orgías sardanapalescas— hasta que sintió temblar la tierra a sus pies. Entonces huyó a Badajoz (abril de 1081). Toledo, de nuevo sin rey, vio recrudecerse en sus calles la anarquía, en parte fomentada por las privaciones del sitio. En mayo se presentó Alfonso acompañado de Al Qádir ante las murallas, y las puertas se le abrieron. Las abrieron los partidarios de someterse a la tutela de Alfonso VI a trueque de una tranquilidad egoísta.

Ya en Toledo, el emperador leonés puso alto precio a su amparo. Al Qádir tendría que entregarle al instante copiosas riquezas y el castillo de Canales. Con nada parecía conformarse Alfonso. Al fin salió de la capital con abundante tesoro. Pertrechó el nuevo castillo, que en combinación con los demás lugares, fortalezas, atalayas y barbacanas que ya poseía en aquel reino, dejaba a Toledo sin defensas avanzadas.

En esto, se sublevaban contra Al Qádir dentro de la capital los nacionalistas, con el consiguiente alboroto. No pocos toledanos emigraban al reino de Zaragoza en pos de seguridad o por odio a Al Qádir. Estos expatriados incitaron a Moctádir a invadir el reino de Toledo por el Norte; en tanto que Mutamid de Sevilla lo atacaba por el Mediodía.

El partido mudéjar o tributario, que buscaba la protección de Alfonso, le mandó secretamente recado en que se mostraba dispuesto a entregarle la capital, pero insinuaba que no sería político este acto antes de convencer a los intransigentes de que era inútil toda resistencia. Interesaba, pues, al monarca leonés que apretase el cerco. Al Qádir confirmaba a Alfonso en carta que cambiaría Toledo por Valencia.

Continuó el emperador con nuevas tropas y nuevo brío el asedio de Toledo. Periódicamente, por otros cuatro años, talaba los campos, incendiaba las mieses y dejaba yermas las tierras. Pero no circunscribía Alfonso la ofensiva al reino toledano. En 1032 devastó los dominios de Mutamid de Sevilla, y ese mismo año, en diciembre, trató de apoderarse del castillo de Rueda, en el reino de Zaragoza, pero salió rebotado y con pérdidas.

En Toledo causaba estragos el hambre y cuantos podían huir lo hacían.

En el otoño de 1084 Alfonso se deslizó en Toledo de noche con un pequeño contingente de guerreros se instaló en las puertas de la capital, al otro lado del Tajo, en la Huerta del Rey, que tanto había frecuentado durante su destierro. A pesar de lo dificultoso del abastecimiento, allí pasó el rey con su gente el invierno.

Mientras los toledanos tuvieron esperanza de recibir auxilio de los reyes de taifas se mantuvieron firmes. Mas cuando se vio que nadie socorrería ya a la ciudad sitiada, cundió el desaliento entre los habitantes.

Toledo capituló el 6-V-1085. Las condiciones de la rendición declaraban que se respetaría la hacienda y la persona de los moros y sus familias; que a nadie se impediría abandonar la ciudad, ni volver, si hubieran salido y lo desearan, ni ocupar sus propiedades; que los moros que se quedasen pagarían los mismos tributos que pagaban de antiguo a sus reyes; que podrían seguir usando la mezquita mayor, pero el rey cristiano entraría en posesión de las fortalezas, del alcázar y de la Huerta del Rey, donde estaba.

Alfonso VI hizo su entrada solemne y triunfal en Toledo dos semanas después: el 25 de mayo. Al Qádir dejó el palacio y se acogió al campamento del conquistador. De allí se fue pronto a Valencia, que gobernó siete años, apoyado por Alvar Háñez y el Cid Campeador, como tributario del rey de León.

La rendición de Toledo produjo inusitado revuelo en toda la Cristiandad. En fin de cuentas, esta plaza era la antigua capital del reino godo, el ombligo religioso y político de la Península, archivo de grandes tradiciones. Llegada en ese momento, la reconquista de Toledo acarreaba tremendas reacciones y consecuencias. Y precisa ver este hecho en conjunción con la profunda reforma que sufría entonces la vida española.

Cinco años antes se había introducido el rito romano universal. Pudo ahora restablecerse la antigua provincia eclesiástica toledana, al frente de la cual puso Alfonso VI al abad de Sahagún, el cluniacense don Bernardo. España tuvo de nuevo un metropolitano que iba a ejercer el oficio de primado y legado apostólico en todos los Estados de Alfonso y aun en los de Aragón y Cataluña.

No tardó don Bernardo en entregar los obispados y demás empleos eclesiásticos de la provincia restaurada a clérigos franceses o borgoñones y durante casi medio siglo la Iglesia española iba a estar regida por los cluniacenses, que no solo trajeron hombres de Iglesia, sino también pobladores y caballeros seglares.Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. IX, p. 323.

Toledo, con su arzobispo cluniacense irradió la enérgica autoridad necesaria para imponer los nuevos modos eclesiásticos. El cambio de rito repercutió hondamente en la cultura nacional. España hubo de abandonar en seguida la antigua escritura, basada en una letra también llamada toledana y visigótica, que había derivado de la cursiva romana, y adoptar el tipo francés, introducido, como todo lo demás, por los cluniacenses. Sólo así le era dable al clero nacional leer los libros romanos importados de Francia.

Confirmó la nueva práctica, poniendo fin a una situación poco clara, el concilio de León en 1090. con la orden de que se desechara la letra toledana y se usase la francesa en todos los textos eclesiásticos. Desde entonces, muchos notarios empezaron asimismo a escribir en los caracteres franceses, y ello se tradujo en la rápida disminución de la escritura visigótica, ya desaparecida del todo a mediados del siglo XII.Menéndez Pidal, La España del Cid, parte II, cap. VI, 26, p. 173, 174.

Otros efectos siguieron a la reforma ritual. Se introdujo el derecho eclesiástico de Roma y gradualmente también el derecho civil de las Pandectas y obras análogas, a expensas del viejo Fuero Juzgo. En las cartas pueblas aparecen en lo sucesivo también rasgos extraños al derecho consuetudinario español, influencia de la corte borgoñona. En lo futuro fue efectiva y continua, contra lo que había venido sucediendo, la intervención del Papa en los destinos eclesiásticos de Castilla.Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. VIII, p. 287 y 288.

Menéndez Pelayo califica la mudanza de liturgia de hecho triste en sí para toda alma española, pero beneficioso, en último resultado, por cuanto estrechó nuestros vínculos con los demás pueblos cristianos, sacrificando una tradición gloriosa en aras de la unidad.Heterodoxos, Discurso preliminar, t. I, p. 101.

Dijimos que Alfonso VI había entregado el gobierno de Galicia y su prolongación meridional al conde Raimundo de Borgoña, su yerno. Raimundo estaba casado ya en 1087 con Urraca, hija de Alfonso y Constanza. La infanta era entonces una niña, y aunque se celebraron los esponsales y fue entregada a Raimundo, parece quedó bajo la tutela o vigilancia del presbítero Pedro, su ayo o maestro.

Raimundo, conde de Amous, en la Borgoña, era deudo de la reina Constanza, hijo del conde de Borgoña Guillermo I; había llegado a España formando parte de la expedición de nobles franceses (entre los cuales se contaba el duque de Borgoña Eudes I, que entró en la Península en la primavera de 1087 para combatir el reino moro de Zaragoza.

Anotamos asimismo que Raimundo había confiado el gobierno del territorio portugalense propiamente dicho a su primo Enrique, yerno también de Alfonso VI . Enrique había contraído matrimonio con Teresa, hija bastarda de Alfonso, fruto de los amores del rey con Jimena Núñez, dama noble, con la que tuvo también otra hija, Elvira.

Herculano establece la siguiente genealogía

Este Enrique, que llegaría a España con su hermano el duque Eudes y con su primo Raimundo, estaba ya en 1095 casado con Teresa. Raimundo y Enrique de Borgoña no solo se hallaban emparentados con la reina Constanza —segunda esposa de Alfonso VI—; también lo estaban con el abad de Cluny, el omnipotente San Hugo, a cuyo cenobio aparecen asociados, habiendo vivido, acaso, entre sus muros antes de trasladarse a España. Todo ello explica la excepcional acogida y los extraordinarios honores que les dispensó Alfonso VI .

Sin duda trajo a los jóvenes borgoñeses a España un propósito distinto del que movía a los demás expedicionarios de 1087. Debían de llegar con la idea de casarse con las hijas del rey de León, si no existía ya un plan preciso, como en otros casos, trazado por los cluniacenses. De Raimundo menester es admitirlo, pues le vemos cónyuge de Urraca el mismo año de su arribo a la Península.

Almorávides, Enrique, conde de Portugal

La conquista de Toledo en 1085 había hecho a Alfonso VI dueño de muchas ciudades -Talavera, Guadalajara entre ellas- pueblos, aldeas y fortalezas en lo que fue reino de Yahya al Mamun. Otras ofensivas emprendieron entonces los cristianos. Alfonso marchó sobre Zaragoza y la sitió, mientras que en el Sur se apoderaban sus capitanes del castillo de Aledo, amenazando a Almería, y otro cuerpo de ejército aparecía en Nívar, unos kilómetros al oeste de Granada.

Enrique de Borgoña, conde de PortugalEnrique de Borgoña, conde de Portugal

Alvar Háñez se había apoderado de Valencia. La conquista de Córdoba estaba en el plan expansionista del rey. Todos los reyes musulmanes de España acabaron rindiéndole homenaje y pagándole tributo. Pero esta situación militar v política de vasallaje, que Alfonso recordaba a sus víctimas a cada paso con su avaricia y despotismo, llegó a ser insufrible para los príncipes moros.

Ya mucho antes de la pérdida de Toledo, Motámid de Sevilla se había dirigido varias veces (en 1075 y en 1082) a Yusuf, el emperador almorávide de África, para pedirle auxilio militar. Lo mismo había hecho Umar al Mutawakkil de Badajoz, según dijimos.

Impresionados por la caída de Toledo, ambos tornaron a escribir al africano, y como ese suceso no solo despertó interés en la Cristiandad, sino también, aunque con opuesto sentimiento, en el Islam, los embajadores que al fin enviaron a Marruecos Motamid de Sevilla, Mutawakkil de Badajoz y Abdallah de Granada para solicitar formalmente la intervención almorávide hallaron a Yusuf dispuesto a complacerles.

Eran los almorávidesalmorabetin, los que hacían la guerra en larábitao castillo fronterizo) tribus del Sahara atraídas al Islamismo en 1042. Entre 1055 y 1061 dominaron el Mogreb, que quedó bajo el imperio de Yusuf b. Texufin, primo del primer emir almorávide y fundador de la ciudad de Marruecos. Yusuf tomó a Tánger en 1077, conquistó el Rif hasta Melilla y entró en Orán en 1081. En agosto de 1084 se adueñó de Ceuta, de cara a la costa española.

El siguiente movimiento de Yusuf fue el desembarco en Algeciras dos años después. Las incontables fuerzas almorávides marcharon al reino de Umar al Mutawakkil. Alfonso VI tuvo que abandonar el cerco de Zaragoza y retirarse a Toledo a hacer los preparativos del caso para arrostrar al invasor. Juntó tropas, recibió refuerzos de Sancho IV Ramírez de Aragón, Berenguer II de Barcelona y de allende los Pirineos. El ejército cristiano, luego que estuvo en orden, buscó al enemigo y lo encontró cerca de Sagrajas, en la región de Badajoz. El 23-X-1086 se dio la batalla, llamada también de Zalaca y de Salatrices, en que fue aniquilado el ejército cristiano y el propio Alfonso VI, herido.

Los almorávides no extrajeron de esta victoria decisiva todo el partido posible, quizás por haber obligado a Yusuf a regresar a África la muerte de su hijo, ocurrida o Ceuta. Ello dio a Alfonso VI un gran respiro que le permitió rehacer sus fuerzas, a las que se agregaron, bien que con escasa eficacia, los extranjeros de la expedición de la primavera de 1087 en la que vinieron el duque y los condes borgoñones.

Los reyes musulmanes se arrepintieron pronto de haber llamado a los almorávides, cosa frecuente en estos casos. Entre ellos mismos las relaciones se habían vuelto tirantes. Alfonso se erigía de nuevo en protector suyo. Fue entonces cuando Mutawakkil de Badajoz se avino a entregarle las importantes plazas de Santarém, Lisboa y Cintra, lo que realizó sucesivamente el 30 de abril, el 6 y el 8 de mayo de 1093.

Ya adelantamos que Alfonso VI confió la defensa y gobierno de las ciudades así reconquistadas a su yerno Raimundo. Pero este triunfo fue efímero. Meses más tarde, los almorávides, al mando de Çir Ben Abú Beker, tomaban a Badajoz y despachaban a Mutawakkil. La próxima campaña de los sarracenos en estas regiones no se hizo esperar: Lisboa estuvo pronto amenazada.

El conde Raimundo bajó de Galicia con numerosa hueste y se preparó para la batalla por la línea del Tajo. En noviembre de 1094 chocaron de nuevo las armas cristianas con las de los africanos y sus aliados españoles, pero otra vez con resultado adverso para aquéllas. Raimundo de Borgoña conoció la amargura de una derrota tremenda. Lisboa se perdió por otro siglo y medio.

El desastre de 1094 debió de inducir a Alfonso VI a desmembrar en cierto modo de Galicia el territorio portugalense. Ese descalabro había puesto de relieve que Galicia quedaba ya muy lejos de la nueva frontera cristiano musulmana en este sector de la Península. La jurisdicción del conde Raimundo se ajustó en lo sucesivo por el sur al límite de la moderna Galicia y en cambio Enrique señoreó con más independencia el territorio entre el Miño y el Tajo.

En 1097, el condado de Portugal, regido por Enrique, se recortaba ya como uno verdadera nueva zona de gobierno, desde el Miño hasta Santarem.Herculano, libro I, p. 191.

Bien podemos fechar su constitución en ese año. Las exigencias de la guerra habían dado origen, una vez más. a una situación que la propia guerra seguirá acentuando, con las consecuencias ya conocidas para la unidad peninsular.

Pronto dependió Enrique solamente del rey de León. Tenía el condado, no en feudo, sino como gobernante, conforme con la tradición romano visigótica. No disfrutaba, pues, derechos jurisdiccionales; pero Alfonso VI había dotado a su hija Teresa con propiedades del patrimonio de la corona o bienes realengos, que el matrimonio recibió en firme y con carácter hereditario.

Era Enrique hombre de grande ambición y hábil político, es decir, codiciaba un estado propio y poseía cualidades para fundarlo. Su mujer, Teresa, la hija de Jimena Núñez, tal vez no se creyera con menos derecho a reinar en alguna parte que su hermana Urraca, heredera del trono castellanoleonés. Desde un principio Enrique y su cónyuge acariciaron altas aspiraciones políticas.

La exaltación religiosa y aventurera que levantó la polvareda de las Cruzadas contagió también a España; pero por haber aquí una cruzada permanente, o al menos la necesidad de ella, y ser precisas todas las fuerzas para la empresa interior, pocos españoles marcharon al Próximo Oriente. Entre los prelados y caballeros que se cruzaron estaban el arzobispo don Bernardo y el conde Enrique de Portugal. El sintomático incidente que se produjo en Toledo al ausentarse el primado denota que los cluniacenses no triunfaban en España sin herir susceptibilidades, y vierte bastante luz sobre los sucesos del subsiguiente reinado.

Apenas dejar Toledo don Bernardo, se sublevó el clero local, lo depuso y eligió otro arzobispo. Volvió precipitadamente el enérgico prelado, persiguió a los perturbadores y dio los empleos a monjes de Sahagún de su confian za. De nuevo partió don Bernardo para Tierra Santa, pero ya en Roma, el papa Urbano le exoneró del compromiso y el prelado cluniacense regresó a España. En el viaje de vuelta reclutó a la mayoría de los clérigos franceses que iban a ocupar buena parte de las sedes españolas.Menéndez Pidal, ibidem, parte VI, cap. XV, p. 404.

El conde Enrique de Portugal salió de España para Palestina a principios de 1103 y estuvo de retorno en Coimbra, donde tenía su corte, en 1105. Allí atendía a la administración de su territorio y reconstrucción de las ciudades y haciendas atacadas por los moros. Pero entre 1105 y 1109, año en que murió el rey, los condes de Portugal pasaron temporadas en la corte de Alfonso. Sin duda, la ambición de Enrique y Teresa les aconsejaba la presencia allí donde se decidían los destinos de la nación.

La avanzada edad del rey y su resentida salud daría ya actualidad al tema de la sucesión. Raimundo, el conde de Galicia, tampoco descuidaba sus intereses. Era el conde más poderoso de León y Castilla, casi un rey en Galicia, y estaba casado con la hija legítima y primogénita del emperador leonés.
La noción de que el marido de Urraca, quienquiera que fuese, heredaría el reino tenía a todo el mundo por adepto, y todo el mundo no solo incluía a la nobleza española, y aun al propio Alfonso VI, sino también, y en primer término, a los condes borgoñones, a Cluny y al Papado. Hasta parece que le fue prometida a Raimundo la corona.Crónica Compostelana, España sagrada, t. 20, p. 611.

Es evidente que existía expectación y revuelo en la corte de Alfonso a cuenta de la venidera sucesión, en particular desde que nació el infante don Sancho. Alfonso VI había conseguido al fin un varón, pero este hijo se lo debía a una mora. En busca de un heredero varón, Alfonso había contraído matrimonio varias veces. Conocemos su casamiento con.

A las mujeres legítimas se agregan dos concubinas o queridas:

Cuando los almorávides tomaron a Córdoba (26-III-1091) mataron a Fat-al-Mamun. Aconsejada por Motámid, su suegro, Zaida se refugió en Toledo con una guardia de siete mil caballeros andaluces. Alfonso se enamoró de ella y la hizo en seguida su barragana, con harto sentimiento, claro es, de la reina Constanza, que ya había tenido otras rivales en el afecto del rey.

La mora se convirtió al Cristianismo y fue bautizada Isabel. Con ella cambió de religión su numerosa escolta. En 1097 alumbró Zaida un niño, el único hijo varón conocido que tuviera Alfonso VI . Alfonso no vería ya más que por los ojos de este hijo, que, sobre ser solo, procedía de su pasión amorosa. Desde un principio vio el rey en el niño Sancho el heredero de la monarquía; a despecho de su corta edad, aparece el infante confirmando los diplomas reales junto a Urraca e investido con la dignidad de príncipe de Toledo.Menéndez Pidal, ibidem, parte VI, cap. XV, pp. 284, 285.

La predilección política de Alfonso por el infante disgustaba a los magnates eclesiásticos cluniacenses, primero, quizás, por desear la entronización de la dinastía borgoñona en la persona de Raimundo o de Enrique, luego por ser el infante hijo de una concubina, musulmana para mayor escándalo, siquiera se haya visto que no eran raros estos casos en las cortes de España. Manifiesto el designio del monarca de dejar la corona a Sanchito, San Hugo, el abad de Cluny, hubo de tratar de quitárselo de la cabeza, bien que en vano. La firmeza de Alfonso en este punto acibaró sus relaciones con el conde Raimundo de Galicia, que en lo sucesivo fueron tirantes.

Uclés

No se resignaban los condes y prelados borgoñones a que las cosas siguieran rumbo opuesto a sus planes e intereses. Tomaron, por tanto, sus medidas. El abad de Cluny comenzó a tender los hilos de una trama dirigida a frustrar, muerto Alfonso VI, la sucesión del infante don Sancho. En las postrimerías del año 1106 o principios del siguiente llegó a España un emisario de San Hugo, Dalmacio Gevet, con la embajada de entrevistarse con Raimundo y con Enrique y de sugerirles un acuerdo, de la minerva del abad, para arrostrar la coyuntura que iba a presentarse.

Se comprometieron ambos primos mediante juramentoen las manos de Geveta respetarse y defenderse mutuamente en toda circunstancia: Enrique apoyaría con la debida lealtad, desaparecido el rey, el derecho de Raimundo a regir como señor único los estados de Alfonso VI contra cualesquiera adversarios, comenzando por ayudarle a entrar en posesión de esos derechos. Si los tesoros de Toledo cayeran en poder del conde de Portugal antes de que Raimundo tuviese tiempo y ocasión de recogerlos, Enrique daría al conde de Galicia dos terceras partes y retendría para sí el resto; si fuera Raimundo el favorecido por la fortuna, cedería un tercio a Enrique.

Muerto Alfonso VI , Raimundo daría Toledo y sus tierras a su primo, pero por virtud de esa tenencia Enrique le quedaría subordinado. Una vez en posesión de Toledo, Enrique cedería los territorios que en ese momento tuviese en León y Castilla. Si ambos condes hallasen resistencia u hostilidad declarada harían guerra a sus debeladores, iniciándola sin demora cualquiera de los dos, hasta que los estados de la monarquía pasaran a mano del uno o del otro y Enrique tomase posesión del distrito que se le prometía.

Añadieron al convenio un capítulo adicional que acaso delata el recelo que tenía Enrique de hallar dificultosa en demasía la empresa de ganar Toledo, sentimiento, si existió, alentado en parte por la amenaza almorávide. Raimundo juró ante el enviado de San Hugo que, cumplida por Enrique la condición de ayudarle a ganar León y Castilla, si no pudiera premiarle con Toledo, le daría Galicia. El conde de Portugal se desprendería en todo caso de los territorios que dominara en Castilla y en León.

Alfonso VI debió de tener barruntos de los conciliábulos de sus yernos. Mas el fallecimiento de Raimundo en el otoño de 1107 anuló con fuerza mayor el acuerdo suscrito a presencia de Dalmacio Gevet. Y no era este el único designio ni la única esperanza que iba a truncar el destino. El 30 de mayo de 1108 caía mortalmente herido en Uclés el infante don Sancho.

Yusuf había muerto en 1106 y le había sucedido en España su hijo Temin, gobernador de Valencia, nominalmente a las órdenes de su hermano Alí, heredero del imperio almorávide. Temin puso sitio a Uclés y la guarnición se recogió en el castillo. Alfonso decidió acudir en auxilio de los asediados, pero estaba ya viejo y en ese instante no se sentía bien. Prefirió enviar un ejército, con su hijo, ya mozo, cuya persona confió a la vigilancia del conde de Cabra. Se dio la batalla por el castillo, los nobles cristianos pelearon con extraordinario arrojo, y cayó en la refriega la mayoría. En ellos estaba, sin salvación posible, el infante.

Puede decirse que el rey no vivió ya. La catástrofe de Uclés, la pérdida de aquel hijo único, precipitó el fin de su larga existencia.

Alfonso VI finó el 10-VII-1109, ya septuagenario, y tras él vino un diluvio político. Urraca y Raimundo de Borgoña habían tenido descendencia: el niño Alfonso Raimúndez, de edad de poco más de tres años cuando expiró su abuelo. El rey viejo dejó indicado que si Urraca se casase en segundas nupcias se reservara el reino de Galicia a Alfonso Raimúndez. Doña Urraca, la primera mujer que se ceñiría la corona en España, heredaba la monarquía castellanoleonesa.

Boda de Urraca y Alfonso

En el interregno que medió entre la muerte de su primo Raimundo y la de Alfonso VI , el conde Enrique de Portugal, acaso con la ambición acrecida, residió en Coimbra, a las órdenes del rey, como era de rigor; mas sin perder de vista la corte ni dejar de importunar al monarca anciano y enfermo con la pretensión de que le tuviera en cuenta en su testamento político.

Se desconocen el carácter concreto y el alcance de las aspiraciones de Enrique; ahora, están registrados su presencia en Toledo poco antes de morir Alfonso y su regreso a Portugal defraudado y furioso contra el suegro. La contrariedad de Enrique pudo tener relación con el nombramiento de heredera única a favor de doña Urraca que hizo el rey por aquellos días.

Si bien ya no existía el infante don Sancho, poco habían variado las cosas desde el punto de vista del interés borgoñón y cluniacense, tal como Enrique de Portugal y sus deudos lo entendían. Con doña Urraca continuaría la dinastía vascocastellana. Entonces concibió Enrique el ambicioso propósito de apoderarse, no de una fracción, sino de toda la monarquía de León y Castilla.

Los elementos y personajes del drama que pronto va a comenzar se van dando ya cita en la escena.

En este instante entra el más considerable, la figura meteórica, a veces bárbara, no desprovista en ocasiones de grandeza, de Alfonso el Batallador, hijo del gran Sancho IV Ramírez de Aragón, nieto de Ramiro I, el primer rey de Aragón, bisnieto de Sancho III GarcésEl Mayorde Navarra y él mismo rey de Aragón y Navarra, como sabemos, desde 1104. De su vida y hazañas dimos cierta referencia en páginas anteriores.

Alfonso VI legaba el reino a una mujer, y aunque doña Urraca hubiese atesorado las cualidades de bíblica fortaleza y talento que en siglos posteriores harían célebres a otras reinas españolas, en aquellas condiciones no hubiera podido con la carga. Castilla, quebrantada por los desastres últimamente padecidos, necesitaba una mano de hierro, un hombre, un rey, y nadie mejor y con más derecho, podía acompañar en el trono a doña Urraca que Alfonso I de Aragón.
Fundidas las coronas de León y Castilla en la de la hija de Alfonso VI , unidos los cetros de Navarra y Aragón en la mano del hijo de Sancho Ramírez, el casamiento de ambos príncipes consumaba, además, la unión deseable de todos los reinos cristianos de la Península, excepto, por el momento, Cataluña.
Por último, el joven monarca aragonés era el varón más próximo en consanguinidad a Alfonso VI dentro de la dinastía reinante. Todo eso lo vieron la nobleza, el clero y el pueblo de Castilla; por los primeros habló el conde Pedro Ansúrez cuando recomendó al aragonés para marido de Urraca. Lo vio también, al parecer, Alfonso VI , a quien se acredita con haber sugerido la boda de Urraca y el Batallador.
Unos autores opinan que el enlace se efectuó en vida de Alfonso VI , (Sandoval,Historia de los Reyes de Castilla, Doña Urraca, p. 68.), conforme con laPrimera Crónica General. Otros, que después de la muerte de este rey, (Historia Compostelana, 98)
Decidimos atenernos a la opinión del Abad de Silos, para quien Alfonso de Aragón y Urraca de Castilla y León se casaron en septiembre de 1109, tres meses después del fallecimiento de Alfonso VI . La ceremonia se celebró en Burgos, en el castillo de Muñó, y en ella se cree que ofició el obispo de Burgos, don García, pues le correspondía como diocesano y además también miraba con buenos ojos este enlace.Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. XI, p. 380.

Nada denuncia que los reyes se arrepintieran de su propia unión en los primeros meses de casados. El matrimonio, desde el punto de vista político, era un auténtico acierto; colmaba los ideales de los castellanos y la ambición de Alfonso de Aragón. En seguida se titularon Alfonso y Urraca reyes “de toda España” y de “toda Iberia”.

Mas no tardó en verse que las personas e instituciones internacionales, a cual más poderosa, que conspiraban contra la unión de Alfonso y Urraca y en favor de la dinastía borgoñona (apuntada ya en la persona del infante Alfonso Raimúndez habían resuelto torcer el curso de la Historia.

Esas personas e instituciones eran un formidable frente: la familia de Borgoña, la orden de Cluny, el Papado, el duque Guillermo de Aquitania, adversario de Alfonso de Aragón, cuyos estados deseaba poseer; los condes de Flandes; intereses todos estos ligados entre sí, por venir a ser los de una misma familia.

El arma que eligieron fue la usada con frecuencia en aquellas edades por la santa sede para dar los tronos a los príncipes de su gusto y desahuciar a los malquistos, por regla general representantes de un interés en conflicto con el de la familia que regía el palacio de Letrán.

Se descubría en tales casos en las uniones matrimoniales de los reyes un grado de parentesco condenado por los cánones, y la Iglesia exigíain continentila separación de los cónyuges, so pena de las terribles censuras que el Pontífice podía decretar. Así aconteció en esta ocasión.

A los pocos meses de celebrado el casamiento entre Urraca y Alfonso llegó la denuncia del Papa, Urbano II, hechura de San Hugo. Las cosas fueron de prisa: a principios de 1110 promulgaban en Sahagún el arzobispo don Bernardo y el obispo de León la bula papal repudiatoria del enlace.Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. IX, p. 381.

Contra quienes hicieron algo porque llegara a efectuarse el matrimonio de Alfonso y Urraca, tomó el arzobispo de Toledo draconianas medidas; así, vemos excomulgado y expulsado de la corte al obispo de Burgos, don García, por partidario de la boda.

Y, sin embargo, la proximidad consanguínea de la hija de Alfonso VI y el hijo de Sancho Ramírez (ambos bisnietos de Sancho el Mayor) era menos precisa y notoria que la que existió entre Urraca y su primer esposo, Raimundo de Borgoña, primo carnal de la madre de la princesa, la reina Constanza.Balparda, t. II, Lib. III, cap. VII, p, 301).

Teresa, condesa de Portugal

Teresa, condesa de PortugalImagen de Teresa del Tumbo de Touxos Outos

La oposición eclesiástica al matrimonio de Urraca y Alfonso acarreaba la guerra civil. Era un acontecimiento desconcertante, que sumía en el caos a León y Castilla. Nunca habían rayado más altos la autoridad y el poder de la Iglesia. Su dictamen podía disgustar, pero era una sentencia inapelable y era la ley.

La bula impresionó a doña Urraca, y ya no hubo armonía entre los cónyuges. El país se dividió, como el matrimonio. En general, la nobleza y el clero castellano, clases conservadoras, si al principio lamentaron la decisión del alto clero romano, tomaron pronto partido por la ley y por su reina. A ello contribuyó el carácter de Alfonso. Luego que vio a su mujer inclinada a obedecer a los prelados, la encerró en Castilla.

A continuación la emprendió contra sus enemigos. A fines de 1110 entraba el rey de Aragón por Castilla y León con fuerzas aragonesas, navarras, normandas y musulmanas. La primera lanza la rompió contra el alto clero. Fue sobre Toledo y la ocupó, entregada por Alvar Háñez. Allí se proclamó rey de la ciudad y de su tierra.Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. IX, p. 382.

Al arzobispo don Bernardo lo expulsó de la sede metropolitana, que no volvió a poseer en dos años.

De Sahagún echó violentamente al abad. Encerró en prisión a los obispos de Palencia, Orense y Osma y destituyó a los de Burgos y León. La suerte de Toledo corrieron las principales plazas castellanas. El Batallador las dio a sus propias guarniciones, con el consiguiente atropello de las propiedades y privilegios de la nobleza de Castilla.

El conde Enrique de Portugal se dispuso a sacar partido de la caótica situación que creaba el conflicto entre Alfonso y Urraca. Debió de pensar que con las fuerzas militares de su condado no podía realizar ninguna operación digna de sus aspiraciones políticas, porque resolvió reclutar tropas allende los Pirineos.

Dejó sus estados bajo el gobierno de doña Teresa, prácticamente a merced de los sarracenos, y pasó a Francia aquel designio

Se dedicaba a alistar nobles y soldados cuando, sin que se sepa la razón concreta, fue preso.

Pero logró fugarse, y entró en España por Aragón. En el verano de 1111 selló con el rey Batallador una alianza contra doña Urraca. Conquistarían entre ambos León y Castilla y se repartirían estos territorios por igual. Después regresó el conde a Portugal. Los sucesos de Galicia, tierra tan próxima a los estados de Enrique, tenían al conde pendiente de ese convulso rincón, tanto más cuanto que allí se levantaba un poder con el que un príncipe ambicioso haría bien en contar.

Surgía en Galicia un tercero en discordia, un nuevo elemento de primer orden en el drama histórico que había comenzado a representarse. El arzobispo don Bernardo, el obispo de Compostela, Diego Gelmírez, y la nobleza gallega habían proclamado rey de la región al infante Alfonso Raimúndez, conforme parece que dejó dicho Alfonso VI . Si, por razones harto comprensibles, esta fue la voluntad del viejo monarca, era también la del partido borgoñón.

En aquel niño y no en doña Urraca, se cifraron las esperanzas de los altos intereses que propugnaban la instauración de la dinastía borgoñona en el trono de León y Castilla. Doña Urraca no merecía más crédito ni apoyo a los ojos de Cluny y el Papado que Alfonso el Batallador. Hubo en seguida empeño en privar a la reina de autoridad moral y política.

Hoy resulta ya evidente que doña Urraca no era el monstruo que pintan los autores de laHistoria Compostelanay elAnónimo de Sahagún, obras escritas por encargo y bajo la orientación del partido enemigo.Balparda, t. II, lib. III, p. 297).

Campdespina

Factor melodramático de importancia, por contribuir a enredar la situación, era la falta de fijeza en las relaciones de Alfonso y Urraca. Ruptura forzada, nunca fue definitiva. Los esposos se reunían y se separaban con frecuencia.

Para Enrique de Portugal, la alianza con el rey navarroaragonés solo tenía sentido mientras el matrimonio estaba en guerra. Si se reconciliaban, el conde buscaba apoyo en los partidarios gallegos del infante, su sobrino. Aliado del aragonés, el conde Enrique entraba, sin embargo, en contacto con los nobles gallegos y prometía ayuda militar al conde Pedro Froilaz a condición de que continuase la lucha en favor de Alfonso Raimúndez.

León y Galicia caían fuera del alcance del Batallador, cuya dominación en los territorios de doña Urraca se reducía a Castilla. La reina, en ocasiones, trataba de congraciarse con el partido de su hijo en Galicia, y en tales casos, para el monarca aragonés era esencial tener de su parte al conde de Portugal. Y de nada esperaba más Enrique que del triunfo de Alfonso. Por eso pudieron entenderse ambos fácilmente contra doña Urraca.

Tales tumultos y discordias llevaban el agua al molino de los almorávides. A poco de morir Alfonso VI , en el verano de 1109, el emir de Marruecos, Ali, pasó el Estrecho y en el otoño inició una serie de ofensivas que duraron hasta principios de 1111. Los cristianos perdieron Talavera, Madrid, Guadalajara y veintisiete castillos. Toledo quedó medio sitiado. Y mientras el emir de Zaragoza marchaba contra el rey de Aragón, que tenía sitiada a Tudela, el gran capitán almorávide Çir Ibn Abú Becker se dirigía a Occidente.

En Lisboa y Cintra se habían sublevado los musulmanes, hastiados de la tiranía de los africanos y se habían declarado tributarios del conde Enrique. Pero en 1111 Çir tomó Santarem, sin que acudiera Enrique a disputarle esta plaza, a pesar de hallarse en Portugal. Aunque frecuentaba Coimbra, Enrique estableció su corte en Guimaraes. A sus órdenes estaban condes inferiores. Uno de ellos se llamaba Muñoz Barroso y era conde local o gobernador de Coimbra. Debía de oprimir al pueblo, pues por entonces se le sublevó y tuvo que acudir Enrique a pacificar los espíritus. El incidente es memorable por haber concluido con la concesión a Coimbra de la primeracarta foralque el conde de Portugal diera a sus súbditos.

Contenido al fin el musulmán y devuelto el sosiego a Coimbra, Enrique y Alfonso de Aragón movían tropas contra doña Urraca. Corría el mes de noviembre de 1111. Mandaba las fuerzas de la reina el conde Gómez González de la Bureba y las Asturias, cabeza de la poderosa familia castellana de Lara.

Cerca de Sepúlveda, en un lugar denominadoCampdespina, chocaron los ejércitos de don Enrique y don Alfonso con el de doña Urraca. La derrota de los castellanos fue rápida y absoluta. Allí murió el conde Gómez. Las tropas victoriosas se recogieron luego a Sepúlveda.

En esa ciudad, los hidalgos estaban por doña Urraca y afearon a Enrique que combatiera contra la nobleza de Castilla y León. La protesta de aquella gente, que además le prometió apoyo, y acaso influyó sobre doña Urraca para que ofreciese al conde de Portugal una parte de sus dominios si abandonaba a Alfonso de Aragón, ganó a Enrique para el partido de la reina.

Doña Urraca se encontraba entonces en Monzón, y allá marchó don Enrique. Unidas sus tropas con las de la reina comenzaron la guerra contra el aragonés. Portugueses y castellanos pusieron cerco al castillo de Peñafiel. Doña Teresa, la mujer de Enrique, que solía permanecer en Portugal en las ausencias de su marido, se presentó en el campamento.

La llegada de esta señora trajo la discordia a los reales. Entre la condesa y su hermana Urraca se desarrollaron escenas de subida violencia. Doña Teresa quería que dieran por adelantado a su esposo lo que le habían prometido a trueque de su deserción del Batallador, esto es, que se repartieran ya los territorios de la monarquía castellanoleonesa.

Doña Urraca, asaltada por la ambiciosa impaciencia de los condes portugueses, a merced de quienes estaba, se defendió como pudo. El conflicto trascendió a la tropa, y los ejércitos tomaron partido por sus príncipes respectivos. Los portugueses hirieron aún más en lo vivo a doña Urraca llamando reina a doña Teresa. Lo corrobora el Anónimo de Sahagún:La mujer del conde era llamada de los suyos reyna, lo cual oyendo la reyna mal le sabía. En este instante era Enrique el conde más poderoso de doña Urraca, la cabeza principal del ejército, y él y su mujer la tenían humillada. En tales casos, la reina volvía los ojos al hombre fuerte de quien la había separado, en definitiva, una intriga política de alto vuelo.

Para precaverse contra la codicia de los condes de Portugal buscó, pues, doña Urraca confidencialmente la reconciliación con don Alfonso. Mandó que se dejara de combatir el castillo de Peñafiel y pidió a Enrique y a Teresa que la siguieran a Palencia, donde habría de hacerse, como querían, el reparto de la monarquía.

A presencia de árbitros -nobles y prelados- dividieron en Palencia el imperio de Alfonso VI . Enrique recibió el castillo de Cea, al borde del río del mismo nombre, y Zamora, que tenían los partidarios de Alfonso y que el conde portugués tendría que ganar con ayuda de las fuerzas de Urraca. Entre tanto las dos hermanas quedarían en León.

Mas doña Urraca previno a aquellos de sus capitanes que iban con Enrique a la conquista de Zamora que si tal cosa acontecía no entregaran la ciudad a los portugueses. Al propio tiempo ordenaba a la guarnición de Palencia que si aparecía por allí Alfonso de Aragón le abriese las puertas. En Sahagún, doña Urraca dijo lo mismo a los hidalgos y al clero de esta importante plaza, que, significativamente, respaldaba al aragonés.

Teresa, que llegó con su hermana, se quedó en el famoso monasterio mientras Urraca continuaba viaje a León. A poco corrieron nuevas de que don Alfonso se acercaba a Sahagún, y doña Teresa abandonó precipitadamente la ciudad; salió en pos de ella el rey, pero sin lograr darle alcance. La condesa se reuniría con su marido y por ella conocería Enrique la traición de doña Urraca.

RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, T. I, págs. 447-546.