Portugal

Historia de Portugal

Anexión a España 1580

Guerra de Independencia 1640-1668

Reyes dinastía Borgoña

Reyes dinastía Aviz

Reyes dinastía Braganza

Historia de Portugal

  1. Gran ironía histórica
  2. Portus Cale
  3. Campañas de Fernando I
  4. Los Borgoña y la Orden de Cluny
  5. Alfonso VI, reconquista de Toledo
  6. Almorávides y Enrique
  7. Batalla de Uclés
  8. Boda de Urraca y Alfonso
  9. Teresa, condesa de Portugal
  10. Campdespina
  11. El obispo Gelmírez
  12. Teresa, sitiada en Coimbra
  13. El papa Calixto II
  14. Detención de Gelmírez
  15. Alfonso VII y la condesa
  16. Alfonso Enríquez
  17. Alfonso VII, emperador de León
  18. Pacto Alfonso VII y Enríquez
  19. La batalla de Ourique
  20. Alfoso Enríquez, rey de Portugal
  21. Alfonso Enríquez y el Papa
  22. Alfonso VII reconquista Almería
  23. Reconquista de Lisboa
  24. División del reino por Alfonso VII
  25. El pacto de Sahagún
  26. El pacto de Cella Nova
  27. Restauración de Alfonso VIII
  28. Las Vascongadas a Castilla
  29. Portugal, reino independiente

Gran ironía histórica

No hay en la Historia de España ironía mayor que la de que llegara a prevalecer con el tiempo como reino y estado independiente aquella región de la Península donde menos abonaban el desgarramiento la geografía, la etnología y la tradición político-cultural. Es un hecho admitido por los historiadores nacionales y extranjeros que Portugal debe su independencia y su personalidad a la peripecia histórica exclusivamente.

Pero ni los apremios de la Reconquista, prestando estímulo a la impaciencia autonomista de los vascones, causa de la aparición del reino de Navarra; ni la ley ni la geografía que dan aliento al secesionismo castellano; ni la geografía, la constitución político social y hasta cierto punto la etnología, que alumbran una nacionalidad catalana; ni la irresistible decisión de un rey elevando a reino un pequeño condado; nada de eso afecta a la faja occidental de la Península que será conocida por Portugal.

Considerada esta cuestión desde el ángulo de mira geográfico, pronto se observa, no ya la anomalía sino la absurdidad, representada por la erección de Portugal en estado independiente. Dispuestos casi todos los grandes ríos y cordilleras de la Península de este a oeste, la Meseta Central carece respecto del Occidente de fronteras naturales.

El Tajo, que divide a la mayor parte de la Península casi por el centro, nos ofrece en su grandiosa desembocadura el gran puerto natural del continente hispánico, la salida al Océano, no de una región, sino de toda la Península.

Por otro lado, los valles de los grandes ríos hispanoportugueses —todos más o menos navegables en Portugal y ninguno en España— proporcionan las vías de más cómodo acceso a la Meseta, caminos fáciles para las invasiones. En otro orden de cosas, la etnología nos convence de que la población de Portugal pertenece a las mismas razas que los demás pueblos españoles vecinos. Si atendemos a la ley, al derecho, a la costumbre, a la constitución social y política primitivos de esta parte de España, ¿en que se diferencian en un principio de los de León y Galicia?

Idéntica observación puede hacerse respecto de la lengua, que acompaña al gallego y al leonés en su evolución del latín hasta que la gran literatura del siglo XVI viene a rematar el proceso diferenciativo alimentado desde el siglo XII por la independencia política. Sin piedad alguna ha podido escribirse que Portugal debe su independencia a circunstancias fortuitas.

Y no es otra, en definitiva, la tesis de Herculano, gran demoledor de prejuicios históricos, que sale al encuentro de sus compatriotas con una sonrisa inteligente y les dice que no se hallará vestigio de nacionalidad común entre los portugueses modernos y los lusitanos u otra raza o tribu cualquiera de las que primitivamente habitaron la Península.

Es imposible —agrega— enlazar con las tribus célticas llamadas lusitanas nuestra historia o hacer descender esta lógicamente de ellas. Todo falta: la adecuación de los límites territoriales, la identidad racial, la relación lingüística, para poder establecer correspondencia y transición natural entre esos pueblos bárbaros y nosotros.
Si el haber descubierto su huella en una parte de nuestro territorio nos dejara el bien poco precioso derecho de considerarlos como antepasados nuestros, ese derecho pertenecería igualmente a Galicia, a la Extremadura española y hasta a Andalucía.Alejandro Herculano, Historia de Portugal, Lisboa, 1863-1864, Introducçao, p. 46.

Es un dato del mayor interés, pero no subrayado suficientemente hasta aquí, que Portugal nace en la Galecia, fuera de la Lusitania, y de un puerto de la Galecia toma el nombre. Casi no precisa insistir en que el reino de Portugal se gesta, como los otros reinos peninsulares, en la Reconquista. No es Portugal, por tanto, un caso particular si buscamos la razón última de su aparición.

Destruida la unidad nacional, roto el Estado peninsular de los romanos y los visigodos, los condes y caudillos del Occidente español se lucran de la guerra y del desorden —que mantienen en crisis perpetua al estado leonés— en igual medida que los castellanos y los navarros, y logran que preponderen su ambición y su interés personal sobre el interés de la monarquía. Sin duda favoreció las turbulencias nobiliarias y el separatismo gallego y portugués la especial situación de estas tierras, un tanto al margen de los sucesos políticos y militares —cuyo teatro vino a ser el centro y el Este de España— que verdaderamente preocupaban a León y a Castilla.

En otro sentido, Portugal constituye una excepción en su origen. La desmembración de Portugal la inicia un noble extranjero, la apoyan y fomentan intereses extranjeros, la consuma el Papado y la ampara al final Inglaterra.

En consecuencia, la historia de laindependencia de esta región españolaes larga y rica en incidentes del más alto interés histórico. Comienza realmente en el preciso instante en que, hacia el año 1095, Alfonso VI confía el condado dePortus Caleal conde Enrique de Borgoña, y concluye en la legitimación del nuevo reino por la Santa Sede.

Tan prolongado proceso separatista nos haría por sí solo sospechar falta de espontaneidad en el impulso nacionalista portugués. La ambición perseverante de los condes portucalenses desempeñó aquí el papel que en el nacimiento de otras naciones le estuvo reservado a causas y motivos naturales.

El tiempo, la historia, engendró lo que no hubiera producido la naturaleza. La codicia tenaz, la infidencia, la traición, la guerra crearon un particularismo no autorizado por la razón. Acudió en ayuda del separatismo una circunstancia que también favoreció a Fernán González en Castilla: la extraordinaria duración del reinado de Alfonso Enríquez.

Los sesenta años que gobernó en Portugal Alfonso Enríquez, siempre con el designio de dejar al país independiente de León, representan una continuidad de valor político inmenso, continuidad que situó al estado leonés en condiciones harto desventajosas para mantener su soberanía en esa región. Mas nada de eso perjudica al hecho esencial de que la independencia de Portugal tiene su raíz en las mismas condiciones que levantan de meros condados a los demás reinos de la Reconquista. A la Reconquista adscribimos su nacimiento, porque al abrigo de esta empresa surgieron y medraron todos.

La Reconquista trajo a España, en pos de aventuras, a Raimundo y a Enrique de Borgoña. Enrique —ya lo hemos indicado y se concluirá de ver— no funda, no puede fundar su ambición de hacer independiente el condado que le dan en gobierno en ningún clamor del patriotismo local, ni en aspiraciones nacionales de ningún género. Muerto el conde, la condesa viuda doña Teresa quiere reinar, la nobleza la acompaña en esta ambición y la autonomía política comienza a interesar a sus súbditos. El interés y el sentimiento separatistas se propagan de arriba abajo.

Cuando Alfonso Enríquez se adueña del poder, la corriente secesionista tiene ya ganado vasto terreno. Pero aún no es inevitable la desmembración, ni lo será hasta muy tarde. Ahora bien, el hijo del conde borgoñés es hombre excepcional. Además, vive en el momento más propicio a su política. Sus victorias sobre los moros le aportan la corona. Sintomáticamente, los suyos le proclaman rey, quizás, recién ganada por él la espectacular batalla de Ourique.

Portus Cale

En las primeras décadas de la ocupación sarracena, el Occidente de la Península quedó sometido, como dijimos, a las fuerzas bereberes que los árabes reclutaron en la Mauritania y que constituyeron la masa de los ejércitos invasores. Estas tropas se establecieron en territorios de las modernas Galicia, León, Norte de Portugal y centro de España.

Los árabes se reservaron, por regla general, las feraces tierras del Andalus y las levantinas. Semejante distribución del territorio —un punto más de conflicto entre las razas y naciones intrusas— incitó a los berberiscos, según se recordará, a abandonar las comarcas áridas y frías que les habían asignado y, sublevados, se replegaron hacia el sur.

Aprovechó entonces Alfonso Iel Católico(739-757) la ocasión para tomar la ofensiva y salir a terreno despejado. Por el valle del río Eo comenzó la reconquista de Galicia; y pudo verse al rey en Lugo, Orense y Tuy. Continuaron las tropas asturianas su avance hacia el sur y entraron sin dificultad en Braga, Oporto, Viseo y Coimbra. Aquí quedó la frontera cristiano musulmana en su extremo más occidental al hilo de la corriente del Mondego. Pero estos nuevos límites del tiempo de Alfonso el Católico eran, como señalamos en lugar anterior, pura desolación.

Los cristianos no ocuparon las ciudades tomadas por ellos, que no hubieran podido sostener por falta de hombres, sino que las arrasaron, al tiempo que talaban e incendiaban los campos, dejando a manera de pavorosa guarnición el espectro del hambre, escoltado por alimañas de todo pelaje. En los días de Fruela I (757-768) se empezó a repoblar algunos puntos al sur de Galicia: Odoario, obispo de Lugo, desplegó gran actividad en este sentido e hizo habitable, entre otros pueblos, a Braga.

Alfonso IIEl Casto(793-842) estimulado por sus alianzas internacionales (con Carlomagno y con los tíos rebeldes del emir cordobés) tuvo alientos para correr a fondo por territorio enemigo: por el Occidente llegó hasta Lisboa, donde recogió botín y tomó prisioneros musulmanes, siete de los cuales, según se recordará, envió a Carlomagno. Ordoño I (850-866) adelantó la repoblación de las tierras gallegas; se le atribuye la de Tuy; llevó la guerra al otro lado del Duero y se apoderó de Salamanca y de Coria, que abandonó pronto.

En una nueva campaña por la Lusitania luchó con los sarracenos en el distrito de Lisboa. La osadía de Ordoño I movió al enemigo a tomar represalias; y en 863 y 865 sendos ejércitos árabes derrotaron al conde de Castilla y entraron por Galicia al mando de Almondir. Se detuvo el moro ante Compostela, que, bien apercibida, presentó fuerte defensa. El reinado siguiente, el de Alfonso IIIEl Magno, pródigo en acontecimientos, dejó también hondo surco en el Occidente de la Península.

Alfonso III (866-909) era hijo, como sabemos, del primer Ordoño I . Asociado al trono por su padre, le sirvió al frente del gobierno de Galicia. Ya rey imprimió enérgico ímpetu a la Reconquista. Sus campañas en el Oeste no tuvieron menos alcance e importancia que las del centro. En el año 868 batió un intento de desembarco de los sarracenos en la desembocadura del Miño.

Puede decirse que este monarca tomó posesión de Oporto, Viseo, Coimbra, Lamego y otros lugares despoblados. Él los repobló y retuvo. Alfonso III selló alianzas y treguas con varios régulos árabes; con el cadí de Badajoz rompió en 879, le hizo la guerra y lo derrotó. En 881 puso término a la tregua que había suscrito con el emir cordobés e invadió la Lusitania hasta más allá de Mérida.

Al abandonar el trono Alfonso el Magno, quedaban los cristianos dueños en el Occidente de posiciones en el Mondego que daban ya vista al gran bastión de Coimbra. Para la Historia de Portugal la actividad de este rey en el Oeste de la Península tiene especial interés, porque, como consecuencia del avance cristiano y de la estabilización de la frontera, nació en este momento el condado de Portus Cale, donde hoy está Oporto, ciudad o pueblo existente en la época romana, cabeza de un territorio que comprendía ahora por el norte una parte del litoral de la provincia del Miño y por el sur las tierras reconquistadas hasta el río Vouga.Herculano, ibidem, libro I, p. 188.

Portus Cale, a semejanza deBracara Augusta(Braga) estaba dentro de la Galecia, que siempre tuvo por confín con la Lusitania el Duero. Lamego, Coimbra y Viseo caían dentro de la Lusitania.

Bien será rememorar ahora que en el año 909, doña Jimena, mujer de Alfonso III, y los hijos de ambos se alzaron contra el rey y provocaron una guerra civil que duró un bienio; que don Alfonso, para evitar más efusión de sangre y acabar con el desorden, abdicó en Boides y dividió el reino entre sus hijos; que el mayor, García, recibió León, Ordoño II pasó a reinar en Galicia y Fruela heredó Asturias.

Recordemos, asimismo, que los tres hijos del monarca depuesto pasaron sucesivamente por el trono de León; que durante el reinado de Ordoño II en León fue gobernador de Galicia su hijo Sancho Ordóñez, quien murió desempeñando este puesto, y que Ramiro, su hermano, fue conde o gobernador de la región de Portus Cale. Cuando desapareció Sancho Ordóñez, el Norte de Galicia obedeció al conde Gutierre; y al abdicar Alfonso IV, Ramiro II dejó Portus Cale para empuñar el cetro de León. Este Ramiro II era el segundo de este nombre (931-951), el enérgico monarca del tiempo de Fernán González, cuyo reinado tan henchido estuvo de eventos. Mas su escasa actividad directa sobre las regiones occidentales nos exime de tratar de nuevo de este periodo.

La frontera portucalense vuelve a conocer cierta actividad en el reinado siguiente, en el de Ordoño III (951-956): hubo sublevaciones en Galicia, y el rey dirigió una expedición contra los moros de la antigua Lusitania, con la meta en Lisboa, que conquistaron los cristianos, mas, como solía acontecer en estos avances prematuros, pronto la tuvieron que abandonar.

Ningún otro suceso considerable parece haber agitado al Occidente de la Península hasta el reinado de Sancho I El Gordo(segundo periodo, 960-966), cuando (Galicia es arena de una tumultuosa insurrección separatista, acaudillada en el Norte por el obispo Sisnando, y, entre el Miño y el Duero, por el conde Gonzalo Sánchez , cuya jurisdicción se extendía, acaso, a Portus Cale.

Los rebeldes alzaron por rey a Vermudo II, hijo de Ordoño III. Desde León marchó el rey en persona contra los sublevados. Sofocado el levantamiento en el Norte, don Sancho I desposeyó a Sisnando del obispado compostelano y se lo confió a San Rosendo. Se dirigió a continuación el monarca contra el conde Gonzalo Sánchez, que pidió entrar en tratos, durante los cuales comió el rey algo donde el conde había puesto un veneno, de lo cual finó, como ya dijimos, cuando regresaba, ya muy enfermo, a León.

La conflagración gallega adquirió nueva virulencia en el reinado de Ramiro III (966-984), hijo de Sancho I, menor al morir su padre y entregado a la tutela de su madre doña Teresa y su tía doña Elvira. Sisnando se fugó de la prisión y logró entrar en Santiago de Compostela. Expulsó de la residencia episcopal a Rosendo, quien, acto seguido, se apartó al monasterio de Celanova.

Por estos días desembarcó en la costa gallega numerosa bandada denormandos, con su rey o general, Gunderedo, a la cabeza. Constituían estas fuerzas ocho mil hombres y cien buques. Los piratas del Norte asolaron a Galicia durante un año. De los primeros en darles rostro fue el inquieto obispo Sisnando, que cayó en la lucha. Le sustituyó en la sede compostelana y en la guerra contra los invasores San Rosendo, que obtuvo sobre ellos una victoria sonada. Al cabo fueron aniquilados los normandos por el conde Gonzalo Sánchez, el obispo de Lugo y demás nobles principales de la provincia.

La anarquía señorea a Galicia en los años sucesivos, pero no se trata de una situación excepcional: lo mismo acontecía entonces en Castilla y en León; y la causa del desorden no era otra, en realidad, que la ineficacia del trono leonés, ocupado por un infante, a quien rodeaban dos mujeres inermes. Los condes gallegos, para no ser menos que los castellanos, mandaban a Córdoba sus embajadores particulares, como si fueran reyes. Ramiro III chocó con los condes gallegos así que alcanzó la mayoría de edad. Recordemos la sublevación de la nobleza de esta región con nueva elección de Vermudo II para el trono, acompañada esta vez de la coronación en Compostela, el 15-X-982.

Las terribles campañas de Almanzor, reinando Vermudo II (984-999), contra León y Galicia no dejaron, naturalmente, de afectar a los lugares del Sur de Galicia más o menos dependientes delPortus Cale. Interesa repetir que destronado Ramiro III, su madre, doña Teresa, trató de conseguir que el general musulmán interviniese en León a su favor. Almanzor no parece haberse interesado por la suerte de Ramiro III, acaso por ser tan eficaz y menos complicado apoyar a quien reinaba de hecho en León.

A cambio, Vermudo II se constituyó en tributario de Córdoba y hubo de tolerar un ejército sarraceno en la capital y sus contornos. Los excesos de estas tropas hicieron inaguantable la ocupación, y el rey leonés se atrevió a expulsarlas. La airada respuesta de Almanzor llegó en seguida en la devastadora expedición contra el Noroeste, que en 987 pasó como un siniestro sobre Coimbra y al año siguiente se tradujo en el sitio y arrasamiento de León y lugares adyacentes. Agravaban las tribulaciones y trabajos de Vermudo II —además de los agudos ataques de gota— la revoltosa disposición de la nobleza gallega, activa en León al amparo del desbarajuste general.

Barones seglares y eclesiásticos competían en el menosprecio del casi inválido monarca y de la tranquilidad del reino, que Vermudo pudo apaciguar un tanto, a la postre, con la expulsión de los condes gallegos Suero Gundemariz, Gonzalo Menéndez, Galindo y Osorio Díaz. No hemos de repetir aquí el relato de la desgraciada dependencia del rey leonés y las represalias que tomó Almanzor cuantas veces quiso aquél sacudírsela. Uno de esos intentos debió de existir en 997, año en que elHagibcordobés marchó sobre Santiago de Compostela y la derribó.

Acontecimientos del reinado de Alfonso V (909-1028) en el Occidente de la Península fueron (aparte la restauración de León): la derrota por el propio rey de una nueva invasión normanda en 1011, mas no tan rápida que evitara la destrucción de Tuy; los piratas penetraron por el Miño y sembraron el terror en todo el distrito bracarense. Por el lugar de su muerte el nombre de Alfonso V ha quedado unido en la Historia de España a la Reconquista en territorio de la Lusitania, pues, como oportunamente dijimos, perdió la vida en el sitio de Viseo. Ese accidente debió de retener la atención de los cristianos por algún tiempo en este apartado rincón de España.

Vermudo III (1028-1037), hijo de Alfonso V, tuvo que sofocar la insurrección de los condes gallegos Oveco y Romaniz cuando apenas se había sentado en el trono. Su trágico reinado, estremecido por las agresiones del rey navarro y sus hijos, transcurriría sin que ni las armas ni las decisiones políticas de los cristianos alteraran en tierras dePortus CaleyViseola situación que legó su padre.

Campañas de Fernando I

De enorme trascendencia son, en cambio, las campañas militares de Fernando IEl Grande(1037-1065) en la Lusitania. Fernando I era rey de Castilla y León, con título de emperador -recordémoslo- desde 1037. (Otra irrupción normanda en Galicia deparó por estos años ocasión a Cresconio, obispo de Compostela, de acreditar sus cualidades de guerrero). El hijo segundo de Sancho III GarcésEl Mayorinició sus grandes operaciones reconquistadoras en el Occidente contra Abu Bakr al Muzaffar, el rey moro de Badajoz. En 1055 tomó a Sena, en 1057 hizo suya a Lamego y en 1058 vengó la muerte de Alfonso V adueñándose de Viseo. Junto con estas plazas cayeron en poder de los cristianos gran número de castillos.

Seis años más tarde reanudaba don Fernando I la guerra en la Lusitania y ponía cerco a la codiciada posición de Coimbra, que se rendía el 24-VII-1064. (Si no están en lo cierto los autores que fijan este hecho en el mismo año de la conquista de Viseo, en 1058). Ya no era el Duero la frontera permanente de cristianos y musulmanes, sino el Mondego. En este momento aparece el primer conde conocido con jurisdicción precisa y particular en el Noroeste de la antigua Lusitania.

Había sugerido a Fernando I la reconquista de esa región un rico e influyente mozárabe, oriundo de la provincia conocida modernamente por Beira, ex visir en el reino sevillano de Mutadid b. Abbad, de donde había pasado al servicio del rey de Castilla y León y afincado en la corte. Se llamaba este arabizante personaje Sesnando o Sisenando -nombre de timbre godo-, Don Fernando premió su adhesión con un condado que comprendía las tierras recién ganadas por él.

Se encerraba este nuevo gobierno en un área que tenía por confín oriental de Norte a Sur la línea Lamego, Viseo y Cea, prolongada en dirección sudeste por la vertiente septentrional de la Sierra de la Estrella; por el Sur acababa en el Mondego y a Occidente era barrera el mar.

Se dibujan a la sazón dos distritos condales: el de Coimbra, que se extendía del Duero al Mondego, bien delimitado por ambos ríos, y el de Porto oPortucale, entre el Duero y el Miño, abarcando quizás el alto Miño y la provincia de Tras-os-Montes en parte. Todos estos territorios, conocidos en los siglos XI y XII por Portucule y Terra portucalensis, habían figurado hasta entonces, por lo que sabemos, como porción meridional de Galicia. Ahora, en los días de FernandoEl Grande, comienzan a existir como nueva provincia, si bien hay ocasiones en que vuelven a aparecer unidos y los límites no son siempre los mismos.Herculano, libro I, pp. 189-190.

Vimos que en la división del reino hecha por Fernando I entre sus hijos correspondió Galicia, esto es, todo el Noroeste de España hasta el Mondego, al menor, García I , que estableció su corte en Ribadavia, se cree que en el convento de Santo Domingo. Galicia, núcleo del gran reino suevo después de disuelta la España romana, asignada como reino en 909 por Alfonso IIIEl Magnoa su hijo Ordoño II, no llegaría, nunca a fraguar como estado monárquico. Hemos tenido ocasión de advertir que desde los orígenes de la monarquía asturiana esa región estuvo entregada a una nobleza levantisca e intrigante, muy poderosa, enemiga natural de un estado ordenado.

Sin duda fue el desusado poder de los magnates civiles y eclesiásticos —inigualado en León y menos en Castilla— lo que hizo imposible que Galicia prosperase como reino. La monarquía gallega tuvo, pues, existencia nominal. Conveniente para sacar a los reyes de León y Castilla de apuro cuando habían de obsequiar a cada hijo con un Estado, nadie envidiaba, sin embargo, al favorecido. Y semejante reino le fue atribuido a García I , de los tres hijos de Fernando I , el peor dotado de talentos.

Nada tiene de extraño que García I se perdiese en seguida en el laberinto de asechanzas que la política de los nobles deparaba allí al rey, ni que rebeliones y conflictos endémicos, llamados a ser sofocados y resueltos por un príncipe inexperto y desprovisto de sagacidad, se agravasen. (Por ejemplo, a principios del año 1071 el joven rey de Galicia arrostró una sublevación de los portucalenses dirigidos por el conde Nuño Menéndez. Fue un suceso desgraciado en extremo.)

Los Borgoña y la Orden de Cluny

Por lo demás, circunscribámonos a recordar cómo Alfonso VI invadió la zona de influencia de Badajoz y Sevilla que don Fernando I había señalado, con el reino gallego, a García I ; cómo los dos hermanos mayores, Sancho y Alfonso, decidieron despojar a García del reino; cómo Sancho, rey de Castilla, le encarceló en el castillo de Burgos y le permitió luego trasladarse, desterrado, a la corte del rey Motámid de Sevilla y cómo, finalmente, Alfonso VI , después de repuesto García en el trono de Galicia, le quitó el reino y le tuvo preso más de tres lustros en una fortaleza.

Conforme comprobaremos más adelante, Alfonso VI entró en posesión en 1093 de Santarem, Lisboa y Cintra. Dueños también los cristianos de Toledo y Talavera, la frontera estaba ahora en el Tajo, casi desde el nacimiento de este río hasta su desembocadura.

Los nuevos territorios de Occidente los confió Alfonso VI al gobierno de Suero Méndez, hermano de Gonzalo Méndez de Maia, célebre luego como guerrero. En el Norte de la Lusitania, el condado del distrito de Coimbra, que Fernando el Grande dio a Sisenando, había pasado a su muerte (fines de 1091) a Martín Muñoz, yerno del conde mozárabe, con cuya hija Elvira estaba casado.Herculano, libro I, p. 191.

Poco después de anexar Santarem, Lisboa y Cintra a León, el emperador Alfonso introdujo lo que tiene la semblanza de un nuevo régimen en todos los territorios gallegos y portucalenses. Los convirtió en una gran provincia, que dio a su yerno Raimundo de Borgoña. Raimundo nombró conde o gobernador del distrito de Coimbra a su primo Enrique, también yerno de Alfonso VI , y Martín Muñoz recibió el gobierno del distrito de Arouca, en la región del Duero, en la orilla opuesta a Portucale.

Suero Méndez, que mandaba en Santarem, quedó a las órdenes de Enrique. Téngase presente que estas regiones, como el resto de León y Castilla, se regían, no por normas feudales, sino conforme con la tradición y la ley romanovisigóticas, según ya apuntamos. Los condes gallegos y portugueses gobernaban en nombre y por delegación de la corona, subordinados unas veces directamente al monarca de León o al de Galicia, otras a un conde superior, especie de virrey. Alfonso daría la cada día más vasta región occidental a su yerno Raimundo con el fin de dominarla más eficazmente.

Raimundo y Enrique de Borgoña, tan liberalmente favorecidos por Alfonso VI , no iban a conformarse, sin embargo, con el gobierno de una provincia, sino que aspirarían en seguida a reinar en España. Lahistoria de esta ambición, piedra angular del separatismo portugués, está estrechamente relacionada con la influencia de la orden monástica de Cluny en la Península, a cuyos dictados se introducen cambios radicalísimos en la vida espiritual de nuestro país y acontecen hechos políticos del mayor alcance.

Desde la muerte de Alfonso IIEl Casto(año 842), el aislamiento de la España cristiana respecto de Europa fue casi absoluto, hasta que en los días de Sancho III GarcésEl Mayorde Navarra (1028-1035) se avivaron las precarias relaciones con Francia y con la Santa Sede, al paso que la creciente afluencia de peregrinos extranjeros a Compostela daría lugar pronto entre otras novedades a la formación de verdaderos enclavamientos francos en la Rioja y en Castilla.

El poderoso rey navarro estableció íntimo contacto, sobre todo, con la orden de monjes benedictinos de Cluny, en la Borgoña, con cuyo abad, San Odilón, mantenía correspondencia. Don Sancho y su hijo Fernando I de Castilla introdujeron en este último reino una reforma monástica seguramente inspirada en la regla cluniacense.Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. VI, pp. 256, 257.

También en Aragón y Navarra pasaron varios monasterios a regirse por la disciplina francesa.Menéndez Pidal, La España del Cid, parte I, cap. II, 6, p. 68.Tanto Sancho el Mayor como sus hijos García IV Sánchez de Navarra y Fernando de Castilla prodigaron las limosnas a la famosa abadía borgoñona; Fernando contrajo la obligación de pagar al abad un censo anual de mil meticales.Menéndez Pidal, La España del Cid, parte II, cap. VI, 26, p. 165.Con todo, hasta el reinado de Alfonso VI no aparecen monjes y clérigos cluniacenses en España.Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. VI, pp. 258.

Es esa una época en que la Iglesia católica aspira a gobernar el mundo cristiano, metiendo en un puño a reyes y emperadores, y en cierto modo lo consigue. Se proclama desde la silla pontificia la supremacía política del poder espiritual sobre el temporal, del sacerdote sobre el monarca, pues ¿qué era un rey junto al sucesor de San Pedro?

Aquél recibió su investidura de los hombres, mientras que el Papa tenía su potestad mediatamente de Dios, razonaba la Curia y propagaban los monjes de Cluny. Para imponerse disponía el palacio de Letrán de armas terribles:la excomunión, el interdicto y aun la fuerza bruta, las armas. Pero nada espantaba tanto a los soberanos y súbditos como la excomunión y el interdicto.

La orden de Cluny, fundada en el año 909, era en las postrimerías del siglo XI y lo continuó siendo en la centuria subsiguiente el brazo derecho del Papado, lanza , escudo de la Santa Sede en la política universalista, centralizante y unificadora del orbe católico que ambas defendían con militante intransigencia. El monasterio borgoñés daba sus mejores hombres al solio pontificio, y estos papas procedentes de Cluny ponían toda su influencia al servicio de la ilustre abadía.

Estaban confundidos, porque eran los mismos, los intereses de ambas formidables instituciones, como iban unidos o trastocados a veces en la moral de aquella edad lo espiritual y lo temporal, la religión y la política, el poder divino y el poder humano, la ambición ultraterrena de los magnates civiles o militares y el ansia de dominar en este mundo de los santos.

En el último tercio del siglo XI inician Cluny y el Papado la batalla por España, la ofensiva para la conquista espiritual y política de una de las naciones en que más débilmente se hacía sentir el poder del Pontífice. Les parecía España nación disidente y hasta herética, por usar un rito muy distinto del romano y por llamarse el obispo de Compostela, no sin razón canónica, obispo de la Sede Apostólica. La liturgia española, autónoma y nacional, legado de la Iglesia visigótica o toledana, se componía de oraciones, himnos y misa propios. Muy enraizado en la tradición y respaldado por la autoridad de gran número de santos insignes, con San Isidoro a la cabeza, ese rito, llamado también mozárabe por haberse conservado en el seno de la España musulmana, no podía ser sustituido sin conflicto, y lo hubo.

Mas el tiempo estaba contra lo arcaico y tradicional, y lo progresivo era entonces preconizar y favorecer la europeización, abrir el país a las corrientes universalistas del exterior. Y la dinastía vasca que se había entronizado en León y Castilla, en Navarra y Aragón se inspiraba en un modelo renovador e internacionalista. No tuvo que esforzarse mucho el papado para convencer a los reyes españoles de la necesidad de la reforma eclesiástica. En esto coincidían por completo los nietos de Sancho el Mayor, de un lado, y la abadía de Cluny y el palacio de Letrán, de otro.

Menester es ver en la orden borgoñona, al menos hasta cierto punto, chocante antecedente de la Compañía de Jesús, Anima a Cluny el doble designio de extender y reforzar el poder de la Santa Sede y de dar verdadera universalidad a la Iglesia, aspiraciones que son las mismas de la Compañía de Jesús, nacida como reacción contra la debilitación del Papado y contra la amenaza para la universalidad de la Iglesia representada por el nacionalismo protestante del Renacimiento.

También los cluniacenses vivieron en una época renacentista, y contra ella en cierto modo. Análoga política está en ambas instituciones, en la orden de Cluny y en la orden de San Ignacio, a cargo de hombres de particular personalidad, con frecuencia mundanos en extremo, con un pasado escandalizante de calaveras. El mundanismo de los primeros jesuitas, que tan útil les fue para valorar el poder y descubrir y bienquistarse sus fuentes cortesanas, era asimismo rasgo sobresaliente en los monjes de Cluny, los más ilustrados, al par que los más ortodoxos, de la época. Y resulta curioso comprobar el desmesurado entusiasmo que Cluny despierta en la dinastía vascona reinante en España, la facilidad con que se someten estos reyes y las regiones vascas por excelencia a los mandatos de la orden, cual si fuese una orden propia como la que nacería, fundada por San Ignacio, vasco, cuatro siglos más tarde.

Desde Sancho III GarcésEl Mayor, esta familia vascona aparece identificada con los ideales de Cluny, que son los del Papado, y acabó dando tanta mano a los monjes borgoñeses en la vida espiritual y política de España, que puede decirse que les entregó, reinando Alfonso VI , el gobierno de la Península, con todas sus consecuencias, unas buenas, otras fatales, según hemos de ver.

La abrogación del rito español o toledano comenzó por Aragón, reino que Sancho IV Ramírez tenía medio enfeudado a la Santa Sede, a la que pagaba anualmente 500 escudos de oro. El cardenal Hugo Cándido legado del papa Alejandro II, se felicitaba el 22-III-1071 de haber conseguido que ese mismo día, segundo martes de Cuaresma, se rezaran toledanas las horas prima y tercia por última vez y empezara a la hora sexta el oficio romano en el monasterio de San Juan de La Peña.Menéndez Pidal, La España del Cid, parte II, cap. VI, 1, p. 157.

Mientras tanto, circulaba la leyenda, puesta en curso por la Santa Sede y por Cluny, de que España perteneció un tiempo al patrimonio de San Pedro (obsequio del emperador Constantino, y el palacio de Letrán se disponía a usar oficialmente este argumento para exigir la sumisión y el tributo a todos los reyes españoles. Con el brioso estímulo que nacía del derecho de propiedad sobre España, recién descubierto, el Papa, impaciente por entrar en posesión de toda la Península, encargaba a un capitán famoso, Ebles de Roucy, que organizase una expedición contra el reino moro de Zaragoza. No vivió Alejandro tanto que le fuese dable ver a su ejército camino de España.

El 22-IV-1073 ocupaba el solio pontificio el ya célebre monje cluniacense Hildebrando con el nombre de Gregorio VII. Como colaborador de Alejandro II, Gregorio se había destacado por su extraordinario carácter y por la resolución con que trabajó por imponer la supremacía del Papado a todos los príncipes y en todos los reinos de Europa.

Continuó el nuevo pontífice los preparativos para la expedición de Ebles de Roucy a España, y en un llamamiento que hizo a todos los príncipes que desearan tomar parte en aquella cruzada les advirtió que España era de San Pedro, pretensión que el 28-VI-1077 repetía directamente a los reyes, condes y demás príncipes españoles. La expedición de Ebles de Roucy quedó en nada. La guerra al rey moro de Zaragoza la siguió haciendo Sancho IV Ramírez sin ayuda extranjera. Por lo que puede sospecharse que no hubo sinceridad en el celo reconquistador de la Santa Sede, sino urgencia de proclamar con espectáculo sus supuestos derechos sobre España.

Al tiempo que se discutía ese asunto, Cluny y el Papa insistían en que se reemplazara la liturgia visigoda por la romana en el resto de la Península gobernado por los cristianos. Ambas pretensiones tropezaban con la resistencia en España. Por supuesto, nadie reconocía el derecho de propiedad sobre el país que se arrogaba la Santa sede; mientras que el cambio de los oficios divinos tenía enfrente al pueblo. Alfonso repudiaba las pretensiones del Papa sobre España, no contentándose desde ahora con ser llamado emperador, como su padre Fernando I, sino usando el título en sus diplomas.Menéndez Pidal, ibidem, parte II, cap. VI, 1, p. 161.

Pero en orden a la sustitución del rito, el rey, como la principal nobleza, estaba de acuerdo con el palacio de Letrán y sus abogados cluniacenses. El dominio de Cluny sobre el ánimo de Alfonso VI era ya muy poderoso. No habían sido ajenos los cluniacenses a la elección de Inés de Aquitania, hija del duque Guillermo, para esposa de Alfonso, y la reina era en la corte una influencia más al servicio del Papa y de los monjes franceses.

Por lo demás, personalmente, el rey sintió siempre debilidad por Cluny. Le unía fuerte afecto al abad de entonces, San Hugo, a quien obsequiaba con importantes donaciones, sobre las dos mil monedas de oro que Alfonso pagaba como censo anual al dicho monasterio y que sus sucesores en León y Castilla siguieron pagando.Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. II, cap. I, p. 23.Llamaba el rey a San Hugo, padre y a los monjes de Clunymei fratres carissimi.Menéndez Pidal, ibidem, parte II, cap. VI, 2, p. 166.

En 1073, Alfonso VI había prometido al Papa que aceptaría el rito romano, y el 19-III-1071, Gregorio VII le pedía que cumpliera su promesa. Detenían al monarca señales de resistencia popular, especialmente en Castilla, fenómeno de cierta significación, por ser Castilla un reino reformista y progresivo, el menos reacio a la introducción de novedades. Quizás aconsejaba su instinto político a los castellanos la intransigencia nacionalista y la oposición a la influencia de Cluny, tan perniciosa luego para la paz y la unidad de los españoles. Con todo, por razones apuntadas, poco a poco se fué extendiendo por León y Castilla la liturgia universal.

El 7-VI-1078 fallecía la reina Inés. La viudez del rey duró año y medio. A fines de 1079 llegaba a España la princesa que iba a acompañar a Alfonso VI en el trono imperial de León y Castilla. Se llamaba Constanza, era nieta del rey de Francia Roberto II el Piadoso, hija menor de Roberto el Viejo, duque de Borgoña, viuda del conde de Châlons-sur-Saône, y procedía de la ciudad de Tournus, en la propia Borgoña, no lejos de Cluny. Había arreglado el nuevo matrimonio el abad de San Valerín, monasterio cluniacense de la comarca.Menéndez Pidal, ibidem, parte II, cap. VI, 2, p. 167 y 169.

Con la reina Constanza arribaba a España —o vino inmediatamente después— otro monje cluniacense, Bernardo, natural de la Sauvetat, en Perigord, hombre de mundo, que antes de su monjía había llevado una inquieta juventud, primero dedicado a las letras y después a la caballería. Bernardo disfrutaría larga privanza con la reina. Muy pronto fue elegido abad del monasterio de Sahagún, principio de su portentosa carrera en España.

Con estas nuevas figuras se abrió paso a la postre, aunque no sin forcejeos e intrigas, el cambio de liturgia. En el Concilio de Burgos de abril y mayo de 1080 fue declarado oficial el rito romano y abolido el toledano. Presidió el legado del Papa, cardenal Ricardo, y asistieron a la ceremonia los obispos de los dominios de Alfonso VI en número de trece, el rey y la reina, el infante Ramiro de Navarra, las infantas Urraca y Elvira y la principal nobleza de Castilla y León.Menéndez Pidal, ibidem, parte II, cap. VI, 2, p. 170 y 171.

De momento suspendamos la conclusión sobre la reforma eclesiástica y sus efectos en la cultura y la política nacionales, para decir lo inexcusable sobre el estado de la Reconquista en aquel instante y la empresa de mayor alcance que acometiera personalmente Alfonso VI: la conquista de Toledo. Para ello, como para la historia de este reinado en general, forzoso es acudir con reiteración a la obra de Menéndez Pidal.

RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, T. I, págs. 447-546.