Hasta la constitución del reino

La Revolución francesa en Italia
Conspiraciones por la unidad de Italia
Guerras con Austria

La Revolución francesa

La Revolución francesa desencadenó de nuevo la lucha por la soberanía en la Península. Como Cerdeña se había sumado a la coalición de Europa contra la República Francesa, las tropas de este país, en Septiembre de 1792, invadieron Saboya. En 1793 la Convención Nacional declaró la guerra a Nápoles, y en 1794 los franceses hicieron una incursión en el Piamonte y en Génova, que en 1795 los austriacos les obligaron a evacuar. En 1796 Bonaparte recibió el mando del ejército francés de Italia y adoptó la resolución de dar un golpe certero contra el sistema de pequeños Estados que hasta entonces había existido en la Península.

Al rey de Cerdeña se le obligó a pactar una paz en virtud de la cual Niza y Saboya pasaron a Francia. El nuevo general, con una serie de gloriosos hechos de armas, se hizo dueño de la Alta Italia: Nápoles pidió la paz; de Milán, Mantua, Módena, Massa, Carrara y algunas partes de Parma y de los Estados pontificios se formó la República Cisalpina (1797). El resto de los Estados de la Iglesia se transformó en República Romana y Génova en República Ligúrica. El territorio veneciano cayó en 1797 en poder de los franceses y el gobierno aristocrático fue substituido por otro democrático. La paz de Campoformio entregó el territorio de Venecia hasta el Adigio a Austria y el resto lo adjudicó a la República Cisalpina. El rey de Cerdeña hubo de firmar el 25 de Octubre de 1797 un pacto de alianza con los franceses; pero cuando, a consecuencia de la segunda coalición, Nápoles declaró también la guerra a Francia, el Directorio obligó al rey de Cerdeña a evacuar todos sus territorios del Continente.

En Nápoles fundó el general Championnet en 1799 la República Partenopea, mientras el Piamonte y Toscana eran administrados militarmente por los franceses. Y aunque los franceses a consecuencia de algunas victorias de las huestes de la coalición hubieron de evacuar Italia en 1799, la victoria de Bonaparte en Marengo (14 de Junio de 1800) les hizo de nuevo dueños de Italia. La paz de Luneville determinaba que Austria quedaría en posesión de Venecia y que el duque de Parma gobernaría Toscana como rey de Etruria. Francia y Austria garantizaban la existencia de la República Cisalpina y de la Ligúrica. Luego el 21 de Marzo de 1801, el rey de Nápoles hubo de consentir en la paz de Florencia, en la cual el Piombino y su parte de la isla del Elba pasaron a Francia. Al propio tiempo recibieron las Repúblicas de Génova y Lucca una nueva organización democrática, mientras que la República Cisalpina (1802) quedaba convertida en República Italiana y Bonaparte era elegido presidente de la misma para durante diez años.

Después que Napoleón se hubo hecho coronar emperador por el Papa, cambió la República Cisalpina en reino de Italia, proclamándose a sí mismo rey y nombrando virrey a su cuñado Eugenio de Beauharnais, y dio al país una Constitución análoga a la francesa. Este reino aumentó notablemente después de la paz de Presburgo (1805), habiéndosele anexionado con la Venecia austriaca, Dalmacia e Istria, en 1807 Ragusa y en 1809 partes de los Estados Pontificios. Con Francia fueron inmediatamente unidas Saboya y Niza, A esto se añadieron en 1805 la República Ligúrica, en 1808 Parma, Piacenza y Etruria, y en 1809 el resto de los Estados Pontificios.

El emperador en 1811 dió el título de rey de Roma a su hijo recién nacido. Mientras que con la paz de Viena de 1809, una gran parte del Tirol Meridional se unía el reino de Italia, se separaban de él de nuevo Istria y Dalmacia para formar, con elementos de Croacia, Carintia, etc., un Estado propio, con el nombre de Provincias Iliricas. Los principados de Piombino, Lucca, Massa y Carrara, así como el principado de Guastalla, estaban ya desde 1805 y 1806, respectivamente, en poder de las hermanas de Napoleón, Elisa Baciocchi y Paulina Borghese. El reino de Nápoles lo gobernaba desde el 31 de Marzo de 1806 José Bonaparte, hermano de Napoleón, en cuyo lugar, al ser nombrado José rey de España, fue puesto Joaquín Murat, hermano político del emperador; sólo las islas de Cerdeña y Sicilia permanecieron en poder de sus legítimos soberanos, apoyadas por la escuadra inglesa.

En la nueva organización de Italia a la caída de Napoleón, el país no tuvo parte alguna, pues fue obra exclusiva del Congreso de Viena. Como principal punto de vista prevaleció el restablecimiento de las cosas tal como habían estado antes de la Revolución. Se restauraron las antiguas dinastías, y algunas de ellas obtuvieron notables aumentos de territorio. Austria recibió Venecia y Dalmacia; Génova pasó al rey de Cerdeña, el cual recuperó también la posesión de Saboya y Niza; la casa Austria Este obtuvo la soberanía de Módena, Mirandola, Reggio, Massa y Carrara; a la emperatriz María Luisa de Francia le quedó, para mientras viviese, el dominio de Parina, Piacenza y Guastalla, mientras que la infanta María de Borbón obtuvo a título de indemnización Lucca. También se reconstituyó el Estado de la Iglesia, y Austria recibió las posesiones situadas en la orilla izquierda del Po.

Al archiduque Fernando de Austria le tocó Toscana, y Fernando IV recuperó el gobierno de Nápoles. Los ingleses obtuvieron con la base naval de Malta, una situación excelente desde el punto de vista marítimo, ya que dominaba los mares italianos. El principado de Mónaco y la República de San Marino lograron cierta independencia. En todas partes se restableció el poder absoluto de los príncipes y como las dinastías eran recibidas con desconfianza y con cierta aversión por el pueblo, buscaron su apoyo en Austria, la cual por este mismo hecho volvió a ser la potencia predominante en Italia.

Conspiraciones por la unidad de Italia

A pesar del sistema de estrecha vigilancia policíaca por parte de Austria, que reinaba en toda Italia, no fue posible sofocar del todo los conatos encaminados a realizar la unidad del país. Las sociedades secretas, especialmente la de los carbonarios, fomentaron este movimiento, habiendo penetrado hasta en los círculos militares, como también en la burocracia. La Revolución española de 1820 tuvo mucho eco en Italia y hasta un remedo en Nápoles, donde el foco del descontento estaba en el elemento militar; el rey Fernando hubo de consentir en una Constitución cortada según el tipo de la española de 1812; pero tan pronto como pidió el auxilio de la Santa Alianza y en el Congreso de Laibach se determinó la intervención de Austria, sus tropas restablecieron, sin gran dificultad, la absoluta soberanía del monarca.

Al mismo tiempo se sofocó fácilmente la sublevación de Cerdeña. En Lombardía la policía austriaca logró dominar todos los intentos de levantamiento, pero la crueldad con que persiguió a los comprometidos en las conspiraciones, generalizó el odio del pueblo contra los austriacos, y la insensata reacción que, con el apoyo de las bayonetas austriacas se desarrolló en Nápoles, Cerdeña y Módena, aumentó el odio contra la dominación extranjera.

Después de la Revolución de Julio de 1830 las ideas liberales fueron fomentadas por Francia, y en los Estados pontificios, como también en la Emilia, hubo nuevas insurrecciones. En el espacio de unos pocos meses, en las legaciones, en Umbría, Parma y Módena, se expulsó a los funcionarios gubernamentales, pero el duque de Módena, con sus propias tropas y las austriacas puso en fuga a las guardias ciudadanas, y el nueve de marzo ocupó de nuevo su residencia.

Los austríacos entraron en Ferrara, Parma y Bolonia, y el 25 de marzo derrotaron a las tropas italianas en Rimini, por lo cual el Gobierno provisional abandonó el poder. La tranquilidad parecía definitivamente restablecida, pero en 1832 Austria hubo de intervenir de nuevo, sin oposición de las demás potencias. Luis Felipe se contentó con ocupar Ancona cuando los austríacos avanzaron de nuevo sobre Bolonia. Era evidente que los estados de Italia, sin el auxilio de Austria no podían subsistir, y por lo mismo su política, tanto la interior como la exterior, dependía en absoluto de aquella potencia.

En los siguientes decenios no faltaron tampoco conspiraciones; pero fueron fácilmente sofocadas. Pronto, empero (1820), los conspiradores llamados carbonarios llegaron a ser unos 600.000, entre los que se contaban no pocas personas ilustres por su sangre y su saber. Las universidades fueron los focos principales; y los estudiantes, seducidos por los agentes carbonarios llamados amigos, ingresaron a granel en las Ventas carbonarias. Toscana era, como en el siglo anterior, el lugar de refugio de todos los conspiradores italianos; Pisa, con su Universidad, el foco mayor de iniciación y propaganda.

Cuando la Revolución se vio potente en las principales regiones de Italia, intentó sus primeros movimientos y levantó su programa que consignaba «la libertad de imprenta y de cultos, y gobierno constitucional». Sicilia primero, Nápoles luego, y el Piamonte después, se vieron sucesivamente conmovidos; pero fue tan eficaz la ayuda de Austria, que tales levantamientos fueron pronto sofocados, y el carbonarismo poco menos que reducido a la impotencia. Este fracaso y las disposiciones represivas de los gobiernos italianos sobre aviso continuamente por la polida austriaca, llegaron a producir la desorganización del carbonarismo, que intentaron reavivar desde Paris, La Fayette, Luis Felipe y el general napolitano Pepe, quienes proyectaron una alianza latina contra la Santa Alianza. Sin embargo, sus esfuerzos fueron inútiles, pues tal dirección no se ganó jamás la confianza de las masas.

La asociación La Joven Italia, fundada por Mazzini en el extranjero, no admitía en su seno más que individuos de diez y seis a cuarenta años de edad, que se comprometían a poseer un fusil y 40 cartuchos, y a guardar con inviolable secreto, bajo pena de muerte, las decisiones de la asociación. La Joven Italia dio pronto fe de vida, promoviendo los motines y sublevaciones de Viterbo en los Estados Pontificios en 1837, los generales de 1844 y 1845, y por último, la terrible conmoción que sustituyó por la República la Silla Real de Pío IX, en 1848.

Con la catástrofe que consumó la ruina de la República Romana, y la retirada de Mazzini a Inglaterra, las sociedades secretas italianas mudaron de jefe, y pasaron ser de directoras, dirigidas. La suprema dirección del movimiento revolucionario paso de los autores misteriosos de las logias superiores, a los Gabinetes de París y Turín, quedando las sociedades secretas solo como brazo ejecutor del plan meditado por Cavour.

Muerto Gregorio XVI, pareció que se entraba en un cambio de cosas al ascender al solio pontificio Pío IX en 1846. El nuevo Papa, que había sido elegido a disgusto y con la oposición de Austria, conocía muy bien la situación política de Italia, y reconoció en seguida que se imponían las reformas. A principios de 1847 se promulgó una ley de censura, muy suave, y se creó la Consulta di Stato, a base de procedimientos patriarcales, que habla de estar asesorada por el Gobierno. Estos débiles principios de reforma dieron al Pontífice una gran popularidad en toda Italia y sirvieron de ejemplo para que en otras partes se pusiesen en práctica medidas análogas.

Una revolución que estalló en Palermo en Enero de 1848, obligó al rey de Nápoles a dar una Constitución a su reino, lo cual no impidió que en abril próximo, Sicilia se separara de Nápoles. En Marzo estalló la insurrección en Lombardía sumándose luego al movimiento los ducados de la Italia Central, y el rey de Saboya, Carlos Alberto, por miedo a un nuevo levantamiento republicano, se decidió dar a su pueblo una nueva Constitución y prometer a los lombardos el auxilio contra Austria. Esto fue la causa de que Carlos Alberto se pusiese al frente del partido de la independencia y unidad italiana y que el pueblo le diera el dictado de espada de Italia.

Habiéndose los austriacos retirado detrás del Mincio, el ejército, el 26 de marzo ocupó Milán, y en Venecia, tras la capitulación de los austriacos (22 de Marzo) se instituyó un gobierno republicano. Las tropas de Carlos Alberto, formadas en su mayor parte por voluntarios, no pudieron prevalecer sobre el ejército austriaco al mando de Radetzky, y aunque en un principio la campaña no fue desfavorable a los piamonteses, no lograron quebrantar la situación de los austriacos en el Mincio. Una vez recibidos por Radetzky los refuerzos que aguardaba, triunfó en Curtatone (29 de Mayo), Vicenza (10 de Junio) y Custoza (25 de Julio) y obligó a Carlos Alberto a evacuar Lombardía y a solicitar un armisticio (9 de Agosto).

Más tarde, en una segunda campaña, no más fausta que la primera, los piamonteses fueron derrotados el 21 de Marzo en Mortara, y el 23 del mismo mes en Novara, tan completamente, que Carlos Alberto, a fin de facilitar el camino para una paz soportable, abdicó en su hijo Víctor Manuel II. A consecuencia de estos sucesos fue sofocado en Italia todo movimiento insurreccional.

El 22 de Agosto de 1849 Venecia volvió a caer en poder de Austria; los Estados de la Italia Central recibieron de nuevo a sus soberanos, y en Nápoles y Sicilia se restableció el absolutismo. En Roma dirigía la República Garibaldi, que sofocó una tentativa de los napolitanos para restablecer el gobierno del Papa, pero un cuerpo expedicionario francés enviado por el príncipe presidente Napoleón desembarcó en Civitavecchia y derribó la República Romana (3 de Julio de 1849).

Guerras con Austria

De este modo, a partir de 1850, fueron reprimidos los esfuerzos que se hacían para conseguir la unidad de Italia, empresa para la cual se contaba con la cooperación especial de Cerdeña, pues la Constitución liberal de la misma inspiraba mayores simpatías a los partidos avanzados. Al frente del Gobierno en dicho Estado se hallaba desde Noviembre de 1852 el conde Camilo Cavour, que preparó con habilidad el terreno para lograr el triunfo de las ideas unitarias y el engrandecimiento de la casa de Sabova.

Con la participación de Cerdeña en la guerra de Crimea (1854-55) se atrajo el agradecimiento de las potencias occidentales y en el Congreso de la Paz de París, en 1856, aprovechó la ocasión para levantar la voz en favor de Italia. Luego procuró que Francia se persuadiese de la importancia de arrojar a Austria de la península. En Plombieres tuvo Cavour una entrevista con Napoleón III (julio de 1858), y en ella se convino una alianza entre Francia y Cerdeña, en virtud de la cual la Alta Italia correspondería a Cerdeña, y, en cambio, Saboya y Niza, se cederían a Francia. También se hablaba de una Liga italiana bajo la presidencia del Pontífice, y de la boda de la hija de Víctor Manuel con el príncipe Jerónimo Napoleón.

La actitud de Napoleón que hizo fracasar la intervención pacífica de Inglaterra, y el empeño de Rusia en convocar un Congreso europeo, movió al joven emperador de Austria a dirigir, el 23 de abril, al Gobierno de Turín un ultimátum para que procediera al desarme en el término de tres días, y como la respuesta fuese negativa, el 29 de Abril se inició la marcha de los austríacos, al mando de Giulay, sobre Cerdeña. Se estacionaron los austriacos en Lomellina y se fortificaron esperando el ataque del enemigo; pero mientras prolongaban su inacción, el rey Víctor Manuel salía con su ejército de 80.000 hombres y reunía, al mando de Garibaldi, a los voluntarios que acudían de toda Italia, y los franceses franqueaban unos (25 de Abril) los pasos de los Alpes Occidentales y otros desembarcaban en Génova y se reunían a los sardos.

Un reconocimiento que hizo Giulay el 20 de Mayo le hizo creer que había que aguardar el ataque principal por la parte S., pero Napoleón evitó el ala derecha de los austriacos, y en la batalla de Magenta (4 de Junio) obligó a los austriacos a retroceder a la línea del Mincio; los aliados entraron en Milán el 8 de Junio. En la Italia Central se había visto obligado el gran duque de Toscana a retirarse ante una conspiración militar, y el rey Víctor Manuel había tomado el país bajo su protección. A raíz de la batalla de Magenta huyeron también la duquesa de Parma y el duque de Módena. En la Romagna, después de la retirada de los austriacos, se proclamó la dictadura de Víctor Manuel, mientras en las Marcas y en la Umbria las sublevaciones contra el Gobierno pontificio hubieron de ser reprimidas con las armas.

Entre tanto el emperador de Austria había tomado por sí mismo el mando de las tropas y el 23 de Junio ordenó el ataque contra los aliados. En la decisiva batalla de Solferino (24 de Junio) rompieron los franceses el centro austriaco; el 8 de Julio se pactó un armisticio, y el 11 del mismo mes se entrevistaron en Villafranca el emperador Francisco José y Napoleón, y se redactaron los preliminares de la paz. Austria cedió Lombardía, mientras Napoleón renunciaba a exigir, como pretendía, hasta el Adriático, por miedo a que Alemania interviniera en la guerra. Los duques de Toscana y Módena habían de recuperar sus Estados, y Austria prometió que Venecia entraría en una Liga italiana.

Con estas bases se firmó en Zurich la paz definitiva el 10 de Noviembre de 1859. El tratado no se cumplió en alguna de sus cláusulas. En Florencia, Parma, Módena y en la Romagna se depuso a las dinastías legítimas, y se resolvió la unión con Cerdeña. Al proponer Francia la celebración de un Congreso para arreglar los asuntos de Italia, Austria hizo depender su participación en el mismo de la aprobación del Papa, el cual se negó a toda concesión. Entonces Napoleón pretendió resolver la cuestión por

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 28 pág. 2217-2219.