El Reino de Italia

Historia de Italia

La frase de Metternich de que Italia representa simplemente un grupo de Estados independientes unidos por la misma denominación geográfica, aunque hoy no tiene sentido, fue en gran parte verdad desde la caída del Imperio romano de Occidente, y antes de que Roma dominara toda la península y extendiera mucho más allá sus fronteras, no existía tampoco unidad alguna política ni aun etnográfica, sino un conjunto de pueblos de muy diversas procedencias, que es inútil y artificioso estudiar en común. Más adelante, una vez desarrollada la gran urbe, es preferible estudiar la historia italiana con el epígrafe Roma, que viene a comprenderle. Esta sección se limitará, pues, a dirigir una breve ojeada a la historia desde la caída del Imperio romano hasta la constitución del reino italiano.

Hasta el final de la Edad Media

Invasiones bárbaras

Con la caída del Imperio de los romanos, los cuales habían hecho de la península italiana el centro de la cultura del mundo entonces conocido, perdió también Italia su preponderancia. El centro de gravedad del Imperio se trasladó al Oriente, y las tribus germánicas conquistadoras se establecieron y afirmaron en la península.

Tras de los asaltos y ocupaciones devastadoras de Radagaiso, Alarico, Atila y Genserico, Odoacro, el caudillo de los mercenarios germanos en las filas de los romanos, derribó, en 476, al Imperio romano occidental y se proclamó rey de Italia, pero en 485 los godos, a sueldo del emperador Zenón, irrumpieron en Italia para gobernarla en nombre del emperador de Oriente; los guiaba su rey Teodorico, que venció a Odoacro en Aquileya, Verona y Rávena, y en 489 fundó el imperio ostrogodo en Italia.

Los italianos, poseedores de su lengua, religión e instituciones intactas, se unieron a la dominación de los bárbaros. Puede decirse que el gobierno fue a un tiempo de los godos y de los romanos; sus ministros y consejeros fueron los romanos Casiodoro y Severino Boecio. Teodorico El Grande hubiera merecido el dictado de excelente monarca si no hubiese manchado su vejez con actos de crueldad, tales como la muerte de Boecio y Símaco, y hubiese seguido la política de equilibrio entre los elementos gótico y románico, que tanto había favorecido los primeros años de su reinado.

Heredó el trono Amalasunta, que gobernó en nombre de su hijo Atalarico, pero sus preferencias hacia los romanos irritaron a los godos, que le arrebataron a su hijo y lo asesinaron. El emperador Justiniano, con pretexto de proteger a Amalasunta, mandó un ejército que, capitaneado por Belisario, tomó Nápoles y Roma; Milán, levantado en armas contra los godos, fue tomado por Vitigio y arrasado en 539; en Rávena, Vitigio fue hecho prisionero y los godos se rehicieron a las órdenes del rey Totila, con cuya dirección sometieron la Italia Meridional y tomaron y saquearon Roma. Narsés sitió y mató a Totila, tomó de nuevo a Roma y destruyó el poderío de los godos en las vertientes del Vesubio, en la batalla en que murió Teja, el último de sus reyes (553).

Destruida por Belisario y Narsés, caudillos del emperador Justiniano, la soberanía ostrogoda, Italia fue de nuevo un elemento del Imperio romano, regido desde Bizancio. Las leyes de Justiniano, una de las cuales, la Pragmática sanción de 13-VIII-554, se ha conservado, regularon la constitución del país, cuyo supremo funcionario era el exarca imperial, residente en Rávena; fue este dignatario Narsés por espacio de trece años.

Empero, ya en 568 irrumpieron los longobardos al mando de Alboin y arrebataron casi toda la Alta Italia y la Italia Central a los bizantinos, a los cuales, fuera de la parte s. de la península y de la isla de Sicilia, no les quedó más que Istria y Venecia, Romagna, Rávena, Pentápolis (Rímini, Pésaro, Fano, Sinigaglia y Ancona) y Roma. Pero hasta esta posesión se vio amenazada desde el siglo VII por los longobardos, los cuales, en el siglo VIII, al mando de los reyes Luitprando y Aistulfo, conquistaron Romagna y amenazaron seriamente a Roma.

Entonces el Pontificado, cuyo poder y prestigio se había aumentado extraordinariamente desde el papado de Gregorio I (590-604), solicitó la ayuda de los francos, y más tarde cuando Astolfo ocupó algunas ciudades del exarcado de Rávena, el papa Esteban II solicitó el concurso del rey franco Pipino, quien acometió las dos campañas de 754 y 756, arrojando a los longobardos, y cedió al Papa los territorios arrebatados a aquéllos, de Romagna y Pentápolis. Su obra la completó Carlomagno, quien en 774, puso fin al reinado longobardo de Desiderio, a quien hizo prisionero en Pavía, y fue coronado emperador romano en la Navidad de 799.

Relaciones con el Imperio

Esta coronación fue el punto de partida de las largas luchas entre el Papado y el Imperio, por la dificultad de que ambas instituciones, tan íntimamente relacionadas desde entonces, se mantuvieran dentro de sus respectivos límites y, sobre todo, por las tendencias de los emperadores a inmiscuirse en los asuntos eclesiásticos y en la designación de las dignidades, incluso del propio Pontífice. Desde Carlomagno, quien renovó la donación de Pipino, el N. y Centro de Italia pertenecieron al Imperio franco, habiendo sido introducido en ellos las instituciones constitucionales de este. Solo al s. quedó sujeto a la soberanía franca el ducado longobardo del Benevento, mientras en Roma y su territorio, también sometidos a la soberanía del emperador, los papas reunían en sí la soberanía espiritual y la temporal.

Con la dominación de los francos se instauró en Italia el feudalismo. Vivían fuera de la dominación carlovingia Nápoles, Gaeta, Otranto, Amalfi, Sorrento, Sicilia, Córcega y Cerdeña; Benevento constituía un ducado independiente, y Pisa, Génova y Venecia eran de hecho independientes, reconociendo solo de nombre la supremacía del emperador griego. Pipino, el hijo de Carlomagno, intentó someter a Venecia, pero fue derrotado y obligado a aceptar la paz; aquí comienza la verdadera grandeza de Venecia, que transportó su sede de Malamocco a Rialto.

A tiempo que se ponía de manifiesto la ineptitud de los carlovingios, crecía el poder de los feudatarios, y los obispos y los árabes hacían varias incursiones a Sicilia llevando la devastación hasta Apulia y Calabria. Eufemio, gobernador de Sicilia, con ayuda de los sarracenos, se proclamó rey en 837, pero los sicilianos lo mataron y rechazaron a los árabes, aunque no pudieron resistirlos en una segunda guerra que dio por resultado que los sarracenos quedaran dueños de la isla y dejaran a sus emires de gobernadores en Palermo (841); desde allí ocuparon Bari y Tarento y marcharon sobre Roma.

En 847 el papa León IV, al frente de sus soldados, logró rechazarlos, pero en una nueva incursión en 875 el papa Juan VIII, para salvar a Roma, se vio obligado a pagar 25.000 monedas de plata. En virtud del tratado de Verdún (843) la Italia franca pasó a poder del emperador Lotario I, al que en 855 sucedió su hijo mayor Ludovico II. En este, que murió en 875, se extinguió la línea italiana de los carlovingios, y los conatos de los reyes carlovingios de la Franconia Occidental y Oriental, por afirmar su soberanía sobre Italia, quedaron frustrados, o por lo menos carecieron de efecto duradero.

Carlos El Calvo, Carlos III y Arnulfo de Carintia fueron coronados emperadores romanos, pero a su lado se levantaron los soberanos naturales, acabando estos por obtener la ventaja. Berengario, duque de Friul, fue coronado rey de Italia en Milán, pero a ello se opuso Guido, duque de Spoleto, y se suscitó una guerra civil que terminó con la victoria y coronación de este como emperador en Roma, en 891. Berengario solicitó el concurso de Arnolfo y, con su ayuda, venció a Lamberto, que sucedió a su padre Guido; pero luego el propio Arnolfo se hizo coronar emperador en 895.

Muertos Lamberto y Arnolfo, y cuando parecía que nadie iba a disputar el poder a Berengario, aparece con tal pretensión Luis de Borgoña, y en tales discusiones los húngaros atraviesan los Alpes, vencen a Berengario y saquean Lombardía. En 900, Luis de Borgoña se hace coronar rey y emperador, pero Berengario lo vence, le hace sacar los ojos y gobierna por espacio de diecisiete años; en 916 se hace coronar emperador, pero al poco tiempo Rodolfo II de Borgoña es proclamado rey de Pavía. Berengario pide auxilio a los húngaros, que en su incursión saquean la ciudad, y en 924 muere asesinado.

Mientras los margraves de Friul y los duques de Spoleto, contendían entre sí por la corona de Italia, los sarracenos y los magiares devastaban aquellos territorios en frecuentes correrías que era imposible evitar y resistir.

A la muerte de Berengario Italia quedó en manos de tres mujeres: Berta, viuda del marqués de Toscana; Ermengarda, hija de la anterior, hermana de Hugo, marqués de Provenza; Marozia, noble romana, viuda del conde de Túscolo, muy influyente en Roma. Esta casó con Hugo de Provenza, que ejerció una soberanía violenta y fue reducido, en 945, por el margrave Berengario II de Ivrea, a una sombra de reinado; a la muerte de su hijo Lotario (950) tomó Berengario el título de rey, elevó a su hijo Adalberto a la dignidad de corregente, y encerró en la cárcel a Adelaida, viuda de Lotario, hijo de Hugo.

Entonces el rey de Alemania, Otón I (951), cuyo vasallo había sido Berengario, franqueó los Alpes, obtuvo la dignidad de rey de Italia y contrajo matrimonio con Adelaida que había logrado escapar del encierro, y aunque en 952 devolvió a Berengario Italia en calidad de reino feudatario, al intentar substraerse otra vez a la dominación alemana, pasó de nuevo Otón I a Italia (961), conquistó el N. de la península y renovó en Roma la dignidad imperial (962). Una vez sometidos Berengario y sus secuaces (964), formó el reino de Italia una parte del nuevo Imperio romano, cuya corona descansaba en las sienes del rey de Alemania.

Italia durante la dominación alemana

Los emperadores pretendían afirmar su soberanía sobre el Pontificado, y así cuando Juan XII, después de coronar a Otón I, quiso substraerse a su influjo, el emperador le hizo destronar y se aseguró para él y sus descendientes un voto de preferencia en la elección del soberano Pontífice.

Otón I no logró someter ni con negociaciones con la corte bizantina, ni con las armas, la Baja Italia, que poseían en parte los griegos y en parte los árabes. Su sucesor, Otón II, al intentarlo de nuevo, sufrió una derrota decisiva de los árabes en 982 y murió al año siguiente. En el reinado de su hijo, Otón III, menor de edad, se aflojó el lazo de unión que existía entre Roma y el Imperio alemán, y el caudillo de la nobleza romana, Juan Crescencio, dominó, en calidad de patricio, la ciudad y la silla Pontificia.

Pero en 996 pasó Otón III a Italia y elevó al trono pontificio a su primo Bruno, con nombre de Gregorio V, y al rebelarse Crescencio y nombrar un antipapa, fue ejecutado (998). A la muerte de Gregorio (999) llamó el emperador a su amigo Gerberto de Reims Silvestre II a la Silla de San Pedro, fijó su residencia de soberano en Roma y concibió un plan de hacer de nuevo esta ciudad el centro y emporio del Imperio cristiano universal.

Pasó la fatídica fecha del año 1000: los italianos, libres de la pesadilla del próximo fin del mundo profetizado para aquella fecha, despiertan a un nuevo afán de independencia; los nobles longobardos se reúnen para proclamar un rey nacional en la persona del margrave Arduíno de Ivrea, y la Silla pontificia cae de nuevo bajo la dominación de los Crescencios y de los condes de Túscolo. Una segunda expedición del rey de Alemania, Enrique II, a Italia (1004), fracasó completamente por lo menos en cuanto a la duración de sus efectos; pero en una segunda expedición fue depuesto Arduíno, y se afirmó de nuevo la dominación alemana en la Alta Italia y la Italia Central: el propio Enrique II fue coronado emperador en 1014.

Entre tanto, Bari se había libertado de los griegos; Pisa, ocupada por los sarracenos, los expulsa por obra de Cinzica dei Sismondi, y más tarde, unida a Génova, los ataca en Cerdeña y les obliga a abandonar la isla; Venecia persigue a los piratas de Istria; trae a sus naves de la India y se convierte en señora del Adriático. En una tercera expedición (1022) Enrique II de Sajonia el Santo penetró en la Baja Italia y obligó a los principados de Salerno, Capua y Benevento, a reconocer su soberanía. Murió este soberano en 1024.

Más enérgico aún se mostró su sucesor Conrado II de Franconia, a cuya subida al trono volvieron a manifestarse en Italia los conatos de independencia. En la expedición de 1026-1027, en la que se hizo coronar rey en Monza у emperador en Roma, venció completamente la resistencia que se le oponía; en 1037 ejerció, hasta en el s. de Italia, sus derechos imperiales, y aunque no atacó abiertamente las libertades de Roma, procuró tener en la baja nobleza (a la que en 1037 otorgó la sucesión de los feudos) un apoyo para la corona alemana.

En 1037 fueron derrotados los alemanes en Milán. También en Roma desbarató Enrique III las fracciones de los nobles, y en el Sínodo de Sutri (1046) hizo deponer a los papas y antipapas elegidos por aquéllos y en lo sucesivo nombró a varios papas alemanes, gracias a los cuales la reforma que había empezado en Cluny ganó terreno también en Italia, realzándose así notablemente la autoridad y la influencia del Pontificado. Empero, apenas hubo ascendido al trono de Alemania Enrique IV a la muerte de su padre (1056), cuando el poder eclesiástico intentó librarse del predominante influjo del Imperio alemán.

La famosa cuestión de las Investiduras entre el Imperio y la Sede romana tomó en Italia carácter nacional. Las ciudades italianas, que, a contar desde principios de aquel s. , habían crecido extraordinariamente en virtud del florecimiento de la industria y el comercio, empezaron a emanciparse de la dominación de los príncipes, tanto temporales como espirituales, feudatarios de los reyes, y formaron una fuerte organización autónoma. Durante la lucha de las Investiduras, se afirmó también el poderío político de algunos señores temporales; en la Italia Central la gran condesa Matilde de Toscana fue, durante mucho tiempo, la dueña de los destinos del país. Era la amiga fiel de Gregorio VII e hizo donación de sus ricas posesiones a la Sede romana, de las cuales, empero, se apoderó después de su muerte (1115) el emperador Enrique V, de modo que el pleito sobre los bienes de Matilde un nuevo motivo de contienda entre el Imperio y el Pontificado.

Enrique V renovó la guerra, siempre por la cuestión de las Investiduras; para hacerla cesar, Pascual II propuso a los eclesiásticos la renuncia de los dominios temporales; pero su proposición fue rechazada y hasta 1122 no se llegó a un acuerdo, según el cual las investiduras no serían hechas por el emperador con el anillo y el pastoral, símbolos de la autoridad papal, sino con el cetro. Mucha importancia revestía el hecho de haberse constituido al s. de la península un Estado feudatario pontificio que daba al Papa un fuerte apoyo contra el Imperio.

Durante Enrique II se habían establecido en la Baja Italia algunos caballeros normandos que en un principio servían a las órdenes de los pequeños soberanos del país. En tiempo de Conrado II y Enrique III estos normandos se habían robustecido en expediciones fuera del territorio y, favorecidos por el auxilio de los emperadores, habían fundado señoríos independientes, en parte a costa de los griegos sarracenos y en parte por mediación de los pequeños príncipes longobardos.

Con la toma de Bari (1071) terminó la soberanía griega de Apulia y Calabria; la lucha por Sicilia se decidió con la conquista de Palermo (1072), aunque en el s. los sarracenos opusieron fuerte resistencia durante algún tiempo; de los principados longobardos se sometieron en 1062 Capua y en 1076 Salerno, pero Nápoles se resistió y defendió por espacio de sesenta años.

Los Papas habían mirado en un principio con desconfianza y recelos los éxitos de los normandos, y el propio Gregorio VII nunca estuvo conforme con la existencia de aquellos pequeños principados e hizo cuanto estuvo en su mano para que no prosperasen. Sin embargo, en 1080 se había reconciliado con el más importante de estos príncipes, Roberto Guiscardo, al cual el Pontífice dio en feudo todos los países conquistados. El sobrino de Roberto, Rogerio II, unió (1127) Sicilia a las posesiones normandas en el continente y en 1130 tomó el título de rey, confirmándoselo luego el papa Anacleto y en 1139 el Papa Inocencio II lo reconoció como Estado feudatario de la Iglesia.

Mientras los Papas, apoyados por los normandos, procuraban en la Italia Central aumentar sus dominios temporales, en la Alta Italia las ciudades robustecían su poder. Hubo frecuentes alianzas, seguidas de encarnizadas y sangrientas luchas. En Lombardía, Milán se afirmó en su situación de preferencia y a su lado sobresalieron Pavía y Cremona, y en el E. Verona; en la costa de Liguria desempeñó Génova el papel más importante; en Emilia y Romagna florecieron Parma, Piacenza, Bolonia y Rávena; en Toscana sobresalió Pisa y también Florencia, Lucca y Siena.

Según que las ciudades o los partidos políticos que en ellas luchaban, eran adictos al Imperio o al Pontificado, se inclinaron a uno de los bandos, gibelinos y güelfos, que eran los que concentraban la lucha de aquella época. Como quiera que la situación que habían alcanzado las ciudades italianas no tenía el reconocimiento de los emperadores y, por otra parte, le faltaba el verdadero fundamento legal, el emperador Federico I Barbarroja tomó la resolución de proceder contra ellas.

En la Dieta de Roncaglia (1158) quiso asesorarse de cuáles eran las regalías, o sea los derechos de soberanía propios de la Corona, y a base de ellos reclamó el libre ejercicio de la soberanía sobre las ciudades. De este modo quedó entablada la lucha entre las ciudades у el emperador. A raíz de la destrucción de Milán (1162) pareció que Federico I se había asegurado el triunfo; pero sus adversarios se rehicieron pronto, se unieron al Papa, con el cual el emperador estaba en lucha desde 1159, y con ello tuvieron la ventaja.

La derrota de Legnano (1176) obligó a Federico I a aceptar la paz de Venecia con el papa Alejandro III (1177), y en el Tratado de Constanza de 1183, se reconoció la independencia comunal de las ciudades. Al emperador le quedó la soberanía del feudo sobre las mismas y el derecho de apelación; además, las ciudades se obligaban a ciertas prestaciones en parte ordinarias y en parte extraordinarias. Según esto, la soberanía imperial en la Alta Italia, aunque muy limitada, fue, sin embargo, reconocida y se aseguró legalmente.

Lo contrario sucedió en gran parte de la Italia Central, donde la constitución del Estado de la Iglesia restó prestigio al Imperio. En la paz de Venecia (1177), Federico I había reconocido el derecho fundamental del mismo, a pesar de que estaba en pie la lucha por los bienes de Matilde. Barbarroja casó a Constanza, única heredera de Guilermo II, rey de Apulia y Sicilia, con su hijo Enrique VI para unir de este modo la corona al Imperio. Le disputó la corona Tancredo, conde de Lecce, pero a la muerte de este le quedó el campo libre como dueño del reino y murió en Mesina en 1196 dejando un hijo, Federico II, coronado rey de Germania, Italia y Sicilia y puesto bajo la tutela del papa Inocencio III.

A la muerte del emperador Enrique VI, Inocencio III hizo valer los derechos de la Sede romana y se aprovechó (para robustecer sus reclamaciones) de la lucha entre Felipe de Suabia, Otón IV y Federico II, los últimos de los cuales le hicieron las mayores concesiones en este terreno. Los Papas no veían con buenos ojos el acrecentamiento del poder imperial en Italia, ni podían impedirlo. En vano pretendió Inocencio III separar Sicilia del Imperio, a pesar de haber obtenido de Federico II la promesa de que, al subir al trono, entregaría aquel reino a su hijo Enrique.

Federico II, al ser coronado en 1220, no cumplió esta promesa, sino que, al contrario, se dedicó a reorganizar la administración de su reino hereditario de Italia, hizo valer sus derechos sobre todas las ciudades de la Italia Central, y dominó Lombardía con enérgico cumplimiento de todas las prerrogativas que en virtud del Tratado de Constanza incumbían al Imperio. Al sublevarse contra él, en 1226, las ciudades lombardas, nuevamente aliadas, fueron completamente derrotadas en 1237 en Cortenuova, pero el Papa apoyó la resistencia de las mismas. En 1239 Gregorio IX excomulgó a Federico II y en 1245 Inocencio IV le depuso solemnemente en el Concilio de Lyón.

En las reñidas luchas entre ambos poderes el hijo de Federico II, Encio, y su hijo político Ezzelino de Romano, defendieron vigorosamente durante mucho tiempo la causa del emperador en la Alta Italia; pero este, muy poco ayudado por Alemania, no pudo resistir la duración de la lucha y hubo de ceder ante las dificultades que se oponían a su causa. En la batalla de Parma (1248) el ejército de Federico II sufrió una terrible derrota; Encio fue hecho prisionero por los boloñeses en 1249 y murió en diciembre de 1250 en Apulia, después de haber reinado treinta y dos años. Contra sus sucesores se aliaron los Papas con Francia para una acción común y esta alianza decidió de la suerte de los Staufen.

El próximo sucesor de Federico II fue su bastardo Manfredo, que para combatir al Papa, su mortal enemigo, ayudaba a los gibelinos de varias regiones de Italia mientras Ezzelino de Romano moría a manos de los güelfos lombardos en Cassano d'Adda, los gibelinos toscanos en 1260 ganaban la batalla de Monteaperti amenazando llegar a Florencia, sin la heroica defensa de Farinata.

El papa Urbano IV encontró, por fin, el príncipe que aceptase la corona de las Dos Sicilias en Carlos de Anjou, conde de Provenza, hermano de Luis IX de Francia; Carlos entró en Italia y derrotó a Manfredo en la batalla de Benevento (1266), en la que Manfredo perdió la vida, pero después su gobierno fue tan cruel que los italianos llamaron en su auxilio a Conradino, sobrino de Manfredo, que fue vencido en Tagliacozzo en 1267 y ejecutado.

En tanto los franceses aumentaban su poderío, hasta que en 1282 se levantó en armas Palermo contra ellos y siguió en la insurrección toda Sicilia. Juan de Prócida, que había preparado este levantamiento, llamó a Pedro III de Aragón como heredero de los derechos de Constanza. Pedro III hizo valer sus derechos sobre Sicilia y después de las Vísperas Sicilianas (1282) entró en posesión de la isla, la cual de este modo quedó separada de Nápoles. Los intentos de los Anjou, de recuperarla, fueron inútiles.

El desmembramiento político

Al no intervenir el Imperio en Italia, a raíz de la caída de los Staufen, con la energía que antes había desplegado, cada uno de los Estados italianos se afirmó en su independencia; pero pronto surgieron entre ellos las rivalidades y a estas sucedieron luchas sangrientas.

En la costa occidental alcanzó Génova la mayor importancia política y comercial, llegando en el curso de sus aspiraciones, a la de dominar en el Mediterráneo ejerciendo en él la absoluta hegemonía. En efecto, los genoveses dominaron la Riviera de Levante y de Poniente, fundaron gran número de colonias en el Oriente, en 1261 ayudaron al emperador Miguel Paleólogo en su empresa de arrojar de Constantinopla a los venecianos, en 1284 aniquilaron el poderío marítimo de los gibelinos de Pisa y en 1298 derrotaron completamente a la escuadra veneciana en aguas de Curzola.

Como Génova fundó y robusteció la soberanía de los güelfos en el Mediterráneo, Milán y Florencia contribuyeron poderosamente a la autoridad de aquel partido en Lombardía y en la Italia Central, y en todas partes tuvieron los güelfos el apoyo de los Papas y de la casa de Anjou, de modo que el traslado de la corte pontificia a Aviñón en 1309, no pareció haber infligido perjuicio ninguno a dicho partido. Empero, los conatos realizados en las expediciones de Enrique VII (1310-1313) y Luis el Bávaro (1327-29) en sentido de rehabilitar los derechos del Imperio, no tuvieron resultado duradero, como ni tampoco lo tuvo la repetida intervención del emperador Carlos IV en la política de Italia.

En Roma, que durante la ausencia de los Papas se convirtió en teatro de la más encarnizada lucha entre varios partidos, quiso realizar Cola di Rienri el ensueño de una nueva organización republicana de Italia bajo la dirección de aquella capital, pero este plan no llegó a tener efectividad.

Por lo demás, en Italia en general, fueron adquiriendo, durante los siglos XIV y XV, cada vez mayor predominio los linajes de la alta nobleza, dividiéndose el poder en un gran número de Repúblicas ciudadanas, entre sí independientes. Milán estuvo desde 1311 bajo la soberanía de los Visconti, que sometieron Lombardía y extendieron su poder hasta parte del Piamonte y de la Emilia. Juan Visconti adquirió en 1350 la ciudad de Bolonia, y en 1353 fue elevado a la dignidad de signore de Genova.

Juan Galeazzo Visconti conquistó Verona en 1387; en 1395 obtuvo del rey Wenceslao la autorización para elevar su territorio a la categoría de ducado de Milán, en 1399 sometió a Pisa y Siena, en 1400 a Perusa y en 1402 de nuevo a Bolonia; finalmente, soñaba con la conquista de Florencia y la fundación de un reino de Italia cuando le sorprendió la muerte (1403).

Entre tanto, en las demás regiones de Italia, las dinastías que o habían heredado el poder o lo habían arrebatado por la fuerza, habían ido obteniendo del emperador la ratificación de sus derechos y la posesión de la dignidad ducal; tal hicieron Amadeo VII de Saboya en 1416; los Gonzaga de Mantua en 1632, y los Este en Módena, en 1452. En Florencia, los Médicis obtuvieron el predominio en el siglo XV.

En Nápoles, en 1435, a la muerte de Juan II, subió al 25 trono, en la persona de Alfonso V, la casa de Aragón. Nápoles, el Estado de la Iglesia (restablecido por Martín IV una vez terminado el cisma), Florencia, Venecia y Milán conservaron en Italia el equilibrio político; pero no reinó nunca en ella la verdadera unión.

El mismo espíritu de independencia que había dado como resultado la victoriosa resistencia a la dominación alemana, fue entonces un obstáculo para que se agrupasen bajo un gobierno y una dominación común, y así como la población de las ciudades se hallaba dividida en bandos, los linajes principescos anduvieron constantemente en lucha entre sí mismos. De este modo Italia, en los últimos siglos de la Edad Media, dio un triste ejemplo de desorganización política, a pesar de lo cual sobresalió entre todos los demás países de Europa por el florecimiento de las ciencias y las artes. En medio de las agitaciones y los disturbios políticos, la civilización del Renacimiento se desarrolló llegando un soberano florecimiento espiritual que no dejó de tener eco en la pujanza material de Italia.

Hasta la Revolución francesa

Intervenciones extranjeras

Ya en el siglo XV había empezado a notarse la intervención de las potencias extranjeras. Ante la inquietud provocada por los planes de conquista del rey de Nápoles, se alió Ludovico el Moro (que a la sazón gobernaba en Milán por incapacidad de su sobrino Galeazzo Sforza ) con Francia. Carlos VIII que, como heredero de los derechos de los Anjou sobre Nápoles, pretendía obtener aquella región, emprendió en 1494 su célebre expedición que abrió la puerta a una larga serie de luchas en la península.

Conquistó Nápoles, pero dio con ello ocasión a la formación de una alianza de la mayor parte de los Estados de Italia, en la que entraron el propio Ludovico el Moro, el papa Alejandro VI y Maximiliano I, emperador de Alemania, y Carlos VIII hubo de retirarse en 1495. Su sucesor Luis XII renovó la guerra, hizo prisionero a el Moro y arrebató a los Sforza el ducado de Milán. El emperador Maximiliano I, engañado varias veces por las potencias italianas y abandonado por los alemanes, en 1508 entró a formar parte de una Liga que se organizó en Cambray contra Venecia y a la que se adhirió Fernando el Católico de Aragón, que en 1504 se había apoderado de Nápoles.

La política de Venecia, con su habitual destreza, había de acabar con aquella alianza, y el papa Julio II, en 1511, fundó la Santa Liga para expulsar a los extranjeros de Italia. Los franceses fueron arrojados de la Alta Italia, Venecia ocupó su primitivo territorio, y Maximiliano Sforza, hijo de el Moro, se retiró a Milán.

Con la vicoria de Marignano (1515) recuperó Francisco I de Francia a Milán. Pero la elección de Carlos V, emperador (1519), rey de España, dio a la situación un sesgo definitivo. En la lucha entre Carlos V y Francisco I, los dos aspirantes a la dominación mundial, el segundo sucumbió; hecho prisionero en Pavía en 1525, en la paz de Madrid de 1526 renunció Francisco I a sus reclamaciones sobre Italia. Nápoles y Sicilia siguieron unidas a España, y Milán fue devuelto a los Sforza.

Empero, al entrar Maximiliano Sforza en la nueva alianza formada por el papa Clemente VII contra el emperador, fue de nuevo depuesto del ducado. Carlos V con el asalto a Roma disolvió la Liga (1527), y Clemente VII reconoció, en la paz de Barcelona, la soberanía de Carlos V en Italia. El emperador, en 1554, entregó Milán a su hijo Felipe II, al que cedió también Nápoles.

La preponderancia de la casa española de los Habsburgo en Italia fue blanco de la enemiga de los franceses, los cuales quisieron quebrantarla por una serie de guerras; pero con la paz de Cateau-Cambresis (1559) se afirmó definitivamente la posesión de la misma por Carlos V. Hasta en los pequeños Estados prevaleció la influencia de España. Por su valimiento obtuvieron los Gonzaga de Mantua el marquesado de Montferrato.

El papa Paulo III donó a su hijo Pedro Luis Farnesio las ciudades de Parma y Piacenza, adquiridas por el papa Julio II para el Estado de la Iglesia. Toscana, durante la soberanía de los Médicis, se elevó a la categoría de gran ducado. En Génova el dux Andrés Doria, que en 1523 había libertado a su patria del yugo de los franceses, se adhirió también al partido del emperador, no habiendo podido la conjuración de Fiesco quebrantar su poder en 1547. Como quiera que la casa de Saboya (que en la paz de Cateau-Cambresis había recuperado el Piamonte), abrazo el sistema político de España, la península de Italia, a partir de la segunda mitad del siglo XVI, estuvo en completa dependencia de España.

La soberanía española

Mientras en el siglo XVI las artes representativas habían llegado a su mayor grado de desarrollo, Italia durante la dominación extranjera cayó cada vez más profundamente en la inacción, y en el decurso del s. y medio siguientes hubo de vivir del capital espiritual que le legara la antigüedad. A raíz del descubrimiento de América perdió la situación que hasta entonces había logrado en el comercio del mundo, y decayó al mismo paso su bienestar y prosperidad. El Pontificado carecía de su antigua influencia en Europa y aun el más importante de los Papas del siglo XVI, Sixto V, sólo logró dar alguna celebridad a su nombre por lo que hizo en el terreno de la organización eclesiástica.

Cuando Francia, al cesar las guerras religiosas, reanudó la lucha contra los Habsburgo, los Papas se inclinaron a su causa. Mientras Richelieu, extinguida la casa de los Gonzaga, encendía la guerra de Sucesión de Mantua y en 1631 obligaba al emperador Fernando II a ceder en feudo al duque de Nevers los ducados de Mantua y Montferrato, la Sede Pontificia, apoyada por Francia, se apropiaba el ducado de Urbino, una vez extinguida la casa della Rovere.

En el reinado de Luis XIV la influencia francesa suplantó a España en Italia y la guerra de Sucesión de España traspasó la hegemonía de Italia a los Habsburgo, sobre todo a consecuencia de la victoria del príncipe Eugenio en Turín (1706). En la paz de Utrecht, Austria recibió Milán, Nápoles y Sicilia, y el emperador se apoderó de Mantua después de desterrado el duque. La isla de Sicilia pasó al ducado de Saboya, pero en 1720 la canjeó, en virtud de un tratado separado, por Cerdeña, por lo cual el duque tomó el título de rey de Cerdeña.

Empeño fue de la nueva dinastía de los Borbones de España recuperar su predominio sobre Italia y lo consiguió en parte, porque el infante don Carlos de España, al extinguirse la casa Farnesio, en 1731, obtuvo los ducados de Parma y Piacenza, y en 1738 renunció a estos ducados a favor de Austria y obtuvo, en cambio, Nápoles y Sicilia.

En 1737 se extinguió en Toscana la casa de los Médicis, por lo cual el país pasó al esposo de María Teresa, el duque Francisco Esteban de Lorena. En 1741 los Este de Módena heredaron Massa y Carrara, mientras los ducados de Parma y Piacenza pasaron de nuevo a España en 1748. Entonces pareció haberse establecido un cierto equilibrio en Italia.

Las líneas segundas de los Habsburgo Lorena y de los Borbones dominaban en Toscana, Parma, Nápoles y Sicilia; Milán y Mantua estaban bajo la dependencia inmediata de Austria, la cual, empero, en virtud del aumento de Cerdeña que contaba con el apoyo de las potencias occidentales, estaba en situación comprometida.

Las Repúblicas de Génova y Venecia habían perdido, es verdad, su situación mundial, pero dominaban sin estorbo ninguno en sus respectivos territorios, mientras que el Estado de la Iglesia se extendía entre las potencias minadas por la ambición y la codicia. Como las nuevas familias de los soberanos no perdían ocasión de unirse a la nacionalidad italiana, se introdujo en Toscana una administración ordenada y fructífera, y Milán, a su vez, gozó de gran independencia, con lo cual la vida espiritual del país tomó de nuevo gran desarrollo.

Hasta la constitución del reino

La Revolución francesa en Italia

La Revolución francesa desencadenó de nuevo la lucha por la soberanía en la Península. Como Cerdeña se había sumado a la coalición de Europa contra la República Francesa, las tropas de este país, en Septiembre de 1792, invadieron Saboya. En 1793 la Convención Nacional declaró la guerra a Nápoles, y en 1794 los franceses hicieron una incursión en el Piamonte y en Génova, que en 1795 los austriacos les obligaron a evacuar. En 1796 Bonaparte recibió el mando del ejército francés de Italia y adoptó la resolución de dar un golpe certero contra el sistema de pequeños Estados que hasta entonces había existido en la Península.

Al rey de Cerdeña se le obligó a pactar una paz en virtud de la cual Niza y Saboya pasaron a Francia. El nuevo general, con una serie de gloriosos hechos de armas, se hizo dueño de la Alta Italia: Nápoles pidió la paz; de Milán, Mantua, Módena, Massa, Carrara y algunas partes de Parma y de los Estados pontificios se formó la República Cisalpina (1797). El resto de los Estados de la Iglesia se transformó en República Romana y Génova en República Ligúrica. El territorio veneciano cayó en 1797 en poder de los franceses y el gobierno aristocrático fue substituido por otro democrático. La paz de Campoformio entregó el territorio de Venecia hasta el Adigio a Austria y el resto lo adjudicó a la República Cisalpina. El rey de Cerdeña hubo de firmar el 25 de Octubre de 1797 un pacto de alianza con los franceses; pero cuando, a consecuencia de la segunda coalición, Nápoles declaró también la guerra a Francia, el Directorio obligó al rey de Cerdeña a evacuar todos sus territorios del Continente.

En Nápoles fundó el general Championnet en 1799 la República Partenopea, mientras el Piamonte y Toscana eran administrados militarmente por los franceses. Y aunque los franceses a consecuencia de algunas victorias de las huestes de la coalición hubieron de evacuar Italia en 1799, la victoria de Bonaparte en Marengo (14 de Junio de 1800) les hizo de nuevo dueños de Italia. La paz de Luneville determinaba que Austria quedaría en posesión de Venecia y que el duque de Parma gobernaría Toscana como rey de Etruria. Francia y Austria garantizaban la existencia de la República Cisalpina y de la Ligúrica. Luego el 21 de Marzo de 1801, el rey de Nápoles hubo de consentir en la paz de Florencia, en la cual el Piombino y su parte de la isla del Elba pasaron a Francia. Al propio tiempo recibieron las Repúblicas de Génova y Lucca una nueva organización democrática, mientras que la República Cisalpina (1802) quedaba convertida en República Italiana y Bonaparte era elegido presidente de la misma para durante diez años.

Después que Napoleón se hubo hecho coronar emperador por el Papa, cambió la República Cisalpina en reino de Italia, proclamándose a sí mismo rey y nombrando virrey a su cuñado Eugenio de Beauharnais, y dio al país una Constitución análoga a la francesa. Este reino aumentó notablemente después de la paz de Presburgo (1805), habiéndosele anexionado con la Venecia austriaca, Dalmacia e Istria, en 1807 Ragusa y en 1809 partes de los Estados Pontificios. Con Francia fueron inmediatamente unidas Saboya y Niza, A esto se añadieron en 1805 la República Ligúrica, en 1808 Parma, Piacenza y Etruria, y en 1809 el resto de los Estados Pontificios.

El emperador en 1811 dió el título de rey de Roma a su hijo recién nacido. Mientras que con la paz de Viena de 1809, una gran parte del Tirol Meridional se unía el reino de Italia, se separaban de él de nuevo Istria y Dalmacia para formar, con elementos de Croacia, Carintia, etc., un Estado propio, con el nombre de Provincias Iliricas. Los principados de Piombino, Lucca, Massa y Carrara, así como el principado de Guastalla, estaban ya desde 1805 y 1806, respectivamente, en poder de las hermanas de Napoleón, Elisa Baciocchi y Paulina Borghese. El reino de Nápoles lo gobernaba desde el 31 de Marzo de 1806 José Bonaparte, hermano de Napoleón, en cuyo lugar, al ser nombrado José rey de España, fue puesto Joaquín Murat, hermano político del emperador; sólo las islas de Cerdeña y Sicilia permanecieron en poder de sus legítimos soberanos, apoyadas por la escuadra inglesa.

En la nueva organización de Italia a la caída de Napoleón, el país no tuvo parte alguna, pues fue obra exclusiva del Congreso de Viena . Como principal punto de vista prevaleció el restablecimiento de las cosas tal como habían estado antes de la Revolución. Se restauraron las antiguas dinastías, y algunas de ellas obtuvieron notables aumentos de territorio. Austria recibió Venecia y Dalmacia; Génova pasó al rey de Cerdeña, el cual recuperó también la posesión de Saboya y Niza; la casa Austria Este obtuvo la soberanía de Módena, Mirandola, Reggio, Massa y Carrara; a la emperatriz María Luisa de Francia le quedó, para mientras viviese, el dominio de Parina, Piacenza y Guastalla, mientras que la infanta María de Borbón obtuvo a título de indemnización Lucca. También se reconstituyó el Estado de la Iglesia, y Austria recibió las posesiones situadas en la orilla izquierda del Po.

Al archiduque Fernando de Austria le tocó Toscana, y Fernando IV recuperó el gobierno de Nápoles. Los ingleses obtuvieron con la base naval de Malta, una situación excelente desde el punto de vista marítimo, ya que dominaba los mares italianos. El principado de Mónaco y la República de San Marino lograron cierta independencia. En todas partes se restableció el poder absoluto de los príncipes y como las dinastías eran recibidas con desconfianza y con cierta aversión por el pueblo, buscaron su apoyo en Austria, la cual por este mismo hecho volvió a ser la potencia predominante en Italia.

Conspiraciones por la unidad de Italia

A pesar del sistema de estrecha vigilancia policíaca por parte de Austria, que reinaba en toda Italia, no fue posible sofocar del todo los conatos encaminados a realizar la unidad del país. Las sociedades secretas, especialmente la de los carbonarios, fomentaron este movimiento, habiendo penetrado hasta en los círculos militares, como también en la burocracia. La Revolución española de 1820 tuvo mucho eco en Italia y hasta un remedo en Nápoles, donde el foco del descontento estaba en el elemento militar; el rey Fernando hubo de consentir en una Constitución cortada según el tipo de la española de 1812; pero tan pronto como pidió el auxilio de la Santa Alianza y en el Congreso de Laibach se determinó la intervención de Austria, sus tropas restablecieron, sin gran dificultad, la absoluta soberanía del monarca.

Al mismo tiempo se sofocó fácilmente la sublevación de Cerdeña. En Lombardía la policía austriaca logró dominar todos los intentos de levantamiento, pero la crueldad con que persiguió a los comprometidos en las conspiraciones, generalizó el odio del pueblo contra los austriacos, y la insensata reacción que, con el apoyo de las bayonetas austriacas se desarrolló en Nápoles, Cerdeña y Módena, aumentó el odio contra la dominación extranjera.

Después de la Revolución de Julio de 1830 las ideas liberales fueron fomentadas por Francia, y en los Estados pontificios, como también en la Emilia, hubo nuevas insurrecciones. En el espacio de unos pocos meses, en las legaciones, en Umbría, Parma y Módena, se expulsó a los funcionarios gubernamentales, pero el duque de Módena, con sus propias tropas y las austriacas puso en fuga a las guardias ciudadanas, y el nueve de marzo ocupó de nuevo su residencia.

Los austríacos entraron en Ferrara, Parma y Bolonia, y el 25 de marzo derrotaron a las tropas italianas en Rimini, por lo cual el Gobierno provisional abandonó el poder. La tranquilidad parecía definitivamente restablecida, pero en 1832 Austria hubo de intervenir de nuevo, sin oposición de las demás potencias. Luis Felipe se contentó con ocupar Ancona cuando los austríacos avanzaron de nuevo sobre Bolonia. Era evidente que los estados de Italia, sin el auxilio de Austria no podían subsistir, y por lo mismo su política, tanto la interior como la exterior, dependía en absoluto de aquella potencia.

En los siguientes decenios no faltaron tampoco conspiraciones; pero fueron fácilmente sofocadas. Pronto, empero (1820), los conspiradores llamados carbonarios llegaron a ser unos 600.000, entre los que se contaban no pocas personas ilustres por su sangre y su saber. Las universidades fueron los focos principales; y los estudiantes, seducidos por los agentes carbonarios llamados amigos, ingresaron a granel en las Ventas carbonarias. Toscana era, como en el s. anterior, el lugar de refugio de todos los conspiradores italianos; Pisa, con su Universidad, el foco mayor de iniciación y propaganda.

Cuando la Revolución se vio potente en las principales regiones de Italia, intentó sus primeros movimientos y levantó su programa que consignaba la libertad de imprenta y de cultos, y gobierno constitucional . Sicilia primero, Nápoles luego, y el Piamonte después, se vieron sucesivamente conmovidos; pero fue tan eficaz la ayuda de Austria, que tales levantamientos fueron pronto sofocados, y el carbonarismo poco menos que reducido a la impotencia. Este fracaso y las disposiciones represivas de los gobiernos italianos sobre aviso continuamente por la polida austriaca, llegaron a producir la desorganización del carbonarismo, que intentaron reavivar desde Paris, La Fayette, Luis Felipe y el general napolitano Pepe, quienes proyectaron una alianza latina contra la Santa Alianza . Sin embargo, sus esfuerzos fueron inútiles, pues tal dirección no se ganó jamás la confianza de las masas.

La asociación La Joven Italia, fundada por Mazzini en el extranjero, no admitía en su seno más que individuos de diez y seis a cuarenta años de edad, que se comprometían a poseer un fusil y 40 cartuchos, y a guardar con inviolable secreto, bajo pena de muerte, las decisiones de la asociación. La Joven Italia dio pronto fe de vida, promoviendo los motines y sublevaciones de Viterbo en los Estados Pontificios en 1837, los generales de 1844 y 1845, y por último, la terrible conmoción que sustituyó por la República la Silla Real de Pío IX, en 1848.

Con la catástrofe que consumó la ruina de la República Romana, y la retirada de Mazzini a Inglaterra, las sociedades secretas italianas mudaron de jefe, y pasaron ser de directoras, dirigidas. La suprema dirección del movimiento revolucionario paso de los autores misteriosos de las logias superiores, a los Gabinetes de París y Turín, quedando las sociedades secretas solo como brazo ejecutor del plan meditado por Cavour.

Muerto Gregorio XVI, pareció que se entraba en un cambio de cosas al ascender al solio pontificio Pío IX en 1846. El nuevo Papa, que había sido elegido a disgusto y con la oposición de Austria, conocía muy bien la situación política de Italia, y reconoció en seguida que se imponían las reformas. A principios de 1847 se promulgó una ley de censura, muy suave, y se creó la Consulta di Stato, a base de procedimientos patriarcales, que habla de estar asesorada por el Gobierno. Estos débiles principios de reforma dieron al Pontífice una gran popularidad en toda Italia y sirvieron de ejemplo para que en otras partes se pusiesen en práctica medidas análogas.

Una revolución que estalló en Palermo en Enero de 1848, obligó al rey de Nápoles a dar una Constitución a su reino, lo cual no impidió que en abril próximo, Sicilia se separara de Nápoles. En Marzo estalló la insurrección en Lombardía sumándose luego al movimiento los ducados de la Italia Central, y el rey de Saboya, Carlos Alberto, por miedo a un nuevo levantamiento republicano, se decidió dar a su pueblo una nueva Constitución y prometer a los lombardos el auxilio contra Austria. Esto fue la causa de que Carlos Alberto se pusiese al frente del partido de la independencia y unidad italiana y que el pueblo le diera el dictado de espada de Italia.

Habiéndose los austriacos retirado detrás del Mincio, el ejército, el 26 de marzo ocupó Milán, y en Venecia, tras la capitulación de los austriacos (22 de Marzo) se instituyó un gobierno republicano. Las tropas de Carlos Alberto, formadas en su mayor parte por voluntarios, no pudieron prevalecer sobre el ejército austriaco al mando de Radetzky, y aunque en un principio la campaña no fue desfavorable a los piamonteses, no lograron quebrantar la situación de los austriacos en el Mincio. Una vez recibidos por Radetzky los refuerzos que aguardaba, triunfó en Curtatone (29 de Mayo), Vicenza (10 de Junio) y Custoza (25 de Julio) y obligó a Carlos Alberto a evacuar Lombardía y a solicitar un armisticio (9 de Agosto).

Más tarde, en una segunda campaña, no más fausta que la primera, los piamonteses fueron derrotados el 21 de Marzo en Mortara, y el 23 del mismo mes en Novara, tan completamente, que Carlos Alberto, a fin de facilitar el camino para una paz soportable, abdicó en su hijo Víctor Manuel II. A consecuencia de estos sucesos fue sofocado en Italia todo movimiento insurreccional.

El 22 de Agosto de 1849 Venecia volvió a caer en poder de Austria; los Estados de la Italia Central recibieron de nuevo a sus soberanos, y en Nápoles y Sicilia se restableció el absolutismo. En Roma dirigía la República Garibaldi, que sofocó una tentativa de los napolitanos para restablecer el gobierno del Papa, pero un cuerpo expedicionario francés enviado por el príncipe presidente Napoleón III desembarcó en Civitavecchia y derribó la República Romana (3 de Julio de 1849).

Guerras con Austria

De este modo, a partir de 1850, fueron reprimidos los esfuerzos que se hacían para conseguir la unidad de Italia, empresa para la cual se contaba con la cooperación especial de Cerdeña, pues la Constitución liberal de la misma inspiraba mayores simpatías a los partidos avanzados. Al frente del Gobierno en dicho Estado se hallaba desde Noviembre de 1852 el conde Cavour, que preparó con habilidad el terreno para lograr el triunfo de las ideas unitarias y el engrandecimiento de la casa de Sabova.

Con la participación de Cerdeña en la Guerra de Crimea (1854-55) se atrajo el agradecimiento de las potencias occidentales y en el Congreso de la Paz de París, en 1856, aprovechó la ocasión para levantar la voz en favor de Italia. Luego procuró que Francia se persuadiese de la importancia de arrojar a Austria de la península. En Plombieres tuvo Cavour una entrevista con Napoleón III (julio de 1858), y en ella se convino una alianza entre Francia y Cerdeña, en virtud de la cual la Alta Italia correspondería a Cerdeña, y, en cambio, Saboya y Niza, se cederían a Francia. También se hablaba de una Liga italiana bajo la presidencia del Pontífice, y de la boda de la hija de Víctor Manuel II con el príncipe Jerónimo Napoleón.

La actitud de Napoleón III que hizo fracasar la intervención pacífica de Inglaterra, y el empeño de Rusia en convocar un Congreso europeo, movió al joven emperador de Austria a dirigir, el 23 de abril, al Gobierno de Turín un ultimátum para que procediera al desarme en el término de tres días, y como la respuesta fuese negativa, el 29 de Abril se inició la marcha de los austríacos, al mando de Giulay, sobre Cerdeña. Se estacionaron los austriacos en Lomellina y se fortificaron esperando el ataque del enemigo; pero mientras prolongaban su inacción, el rey Víctor Manuel salía con su ejército de 80.000 hombres y reunía, al mando de Garibaldi, a los voluntarios que acudían de toda Italia, y los franceses franqueaban unos (25 de Abril) los pasos de los Alpes Occidentales y otros desembarcaban en Génova y se reunían a los sardos.

Un reconocimiento que hizo Giulay el 20 de Mayo le hizo creer que había que aguardar el ataque principal por la parte s. , pero Napoleón evitó el ala derecha de los austriacos, y en la batalla de Magenta (4 de Junio) obligó a los austriacos a retroceder a la línea del Mincio; los aliados entraron en Milán el 8 de Junio. En la Italia Central se había visto obligado el gran duque de Toscana a retirarse ante una conspiración militar, y el rey Víctor Manuel había tomado el país bajo su protección. A raíz de la batalla de Magenta huyeron también la duquesa de Parma y el duque de Módena. En la Romagna, después de la retirada de los austriacos, se proclamó la dictadura de Víctor Manuel, mientras en las Marcas y en la Umbria las sublevaciones contra el Gobierno pontificio hubieron de ser reprimidas con las armas.

Entre tanto el emperador de Austria había tomado por sí mismo el mando de las tropas y el 23 de Junio ordenó el ataque contra los aliados. En la decisiva batalla de Solferino (24 de Junio) rompieron los franceses el centro austriaco; el 8 de Julio se pactó un armisticio, y el 11 del mismo mes se entrevistaron en Villafranca el emperador Francisco José y Napoleón III, y se redactaron los preliminares de la paz. Austria cedió Lombardía, mientras Napoleón renunciaba a exigir, como pretendía, hasta el Adriático, por miedo a que Alemania interviniera en la guerra. Los duques de Toscana y Módena habían de recuperar sus Estados, y Austria prometió que Venecia entraría en una Liga italiana.

Con estas bases se firmó en Zurich la paz definitiva el 10 de Noviembre de 1859. El tratado no se cumplió en alguna de sus cláusulas. En Florencia, Parma, Módena y en la Romagna se depuso a las dinastías legítimas, y se resolvió la unión con Cerdeña. Al proponer Francia la celebración de un Congreso para arreglar los asuntos de Italia, Austria hizo depender su participación en el mismo de la aprobación del Papa, el cual se negó a toda concesión. Entonces Napoleón pretendió resolver la cuestión por si solo; exigió de Cerdeña la cesión de Saboya y Niza, además de una renuncia general a todos los Estados de la Italia Central. El 11 y 12 de Marzo de 1860, en Toscana, Parma, Módena y la Romagna se realizó un plebiscito del que oficialmente resultó la incorporación al reino de Víctor Manuel, aceptada por Cerdeña el 18 y 22 de igual mes. La excomunión del Papa, del 26 de Marzo, contra todos los que habían tomado parte en el ataque a los Estados de la Iglesia no hizo retroceder en su camino a la casa de Saboya.

Giuseppe Garibaldi (1866)

Giuseppe Garibaldi (1866)

El partido de acción dirigió entonces su atención al reino de Ambas Sicilias, donde imperaba el sistema absolutista del joven rey Francisco II. a primeros de abril de 1860 hubo un levantamiento en Sicilia, y aunque en Palermo y Mesina el orden se restableció gracias a la intervención de las tropas, el movimiento fermentó en las montañas.

Garibaldi, que el 6 de Mayo había embarcado en Génova al frente de 1.067 voluntarios y con cuatro cañones, desembarcó el 11 de Mayo en Marsala, reunió a los insurrectos, y el 6 de Junio obligó a la guarnición de Palermo a capitular. Cuando Francisco II pareció dispuesto a cambiar de política, era ya tarde. Garibaldi, en la noche del 20 de Agosto, desembarcó con 4.300 hombres en Calabria, dispersó las tropas reales, obligó al rey a refugiarse en Gaeta con sus partidarios más fieles y entró en la capital el 7 de Septiembre.

Por otra parte, las tropas piamontesas, de acuerdo con Napoleón, avanzaron por las Marcas y Umbría, promoviendo una sublevación contra el Papa, cuyo ejército, a las órdenes del general Lamoricière, fue vencido en Castelfidardo el 18 de Septiembre, y hubo de capitular el 29 del mismo mes en Ancona, donde se había refugiado. De, aquí los piamonteses, que iban mandados por Cialdini, pasaron a Nápoles, cuya ocupación tuvo lugar rápidamente, y en cuya capital entró Víctor Manuel el 7 de Noviembre, después de un plebiscito que acordó la anexión a Cerdeña y que se repitió en las Marcas y en Umbría con igual resultado.

La fortaleza de Gaeta, que hasta entonces se había resistido, hubo de capitular el 13 de Febrero de 1861. El 18 de Febrero se reunió en Turín el primer Parlamento italiano, y Víctor Manuel tomó el título de rey de Italia el 14 de Marzo. Quedaba por resolver la cuestión de la capitalidad, que el gobierno en Víctor Manuel quería establecer en Roma, si bien disimulaba por entonces sus propósitos ante el temor a Napoleón III y el hecho de que entre las demás potencias europeas sólo Inglaterra había reconocido el nuevo Estado. Poco después, el 6 de junio de 1861, murió Cavour; pero sus sucesores, los presidentes del Consejo, Rattazzi, Ricasoli, Minghetti, Menabrea, Lanza, etc., continuaron con su política, que era de inteligencia con Napoleón III, inteligencia que implicaba el apoyo del emperador en el exterior a cambio de que el Gobierno italiano suspendiera por entonces sus aspiraciones a Roma, y dentro de seis meses trasladara su residencia de Turín a Florencia, como lo realizó el 3 de Febrero de 1865.

Las miras de Italia se dirigieron ahora a Venecia, y como el Gobierno austriaco no quisiera ceder este territorio a cambio de una indemnización, Victor Manuel buscó la alianza de Prusia, cuyas relaciones con Austria eran extraordinariamente tirantes a causa de la cuestión del Schleswig-Holstein. Por esta alianza (abril de 1866), Italia había de prestar ayuda con las armas en el caso de que Prusia declarase la guerra a Austria dentro de los tres meses. El 14 de Junio estalló la guerra entre Austria y Prusia, y el 20 de Junio Italia envió la declaración de guerra a Austria, El ejército italiano de tierra contaba casi 230.000 hombres, a los que se añadieron 35.000 voluntarios a las órdenes de Garibaldi; en tropas de reserva y de guarnición había unos 150.000 hombres más; la dirección la asumió La Marmora, quien rechazó el plan ideado por Prusia de una audaz ofensiva al interior de Austria, y resolvió atravesar el Mincio con 12 divisiones y avanzar a través del cuadrilátero de fortificaciones, mientras Cialdini, con 8 divisiones, marcharía sobre el Bajo Po.

Pérdida de Niza y de Saboya en 1860 durante la Unificación de Italia. Napoleón III impedirá a Córcega unirse a Italia.

Pérdida de Niza y de Saboya en 1860 durante la Unificación de Italia. Napoleón III impedirá a Córcega unirse a Italia

Pero el archiduque Alberto sacó partido de la división de las fuerzas enemigas con extraordinaria habilidad, y el 24 de Junio infligió una seria derrota al grueso del ejército italiano en Custoza. Su éxito fue, empero, contrarrestado por la victoria prusiana de Koniggrätz, que impulsó a Austria a ceder Venecia a Napoleón III y solicitar su mediación para una paz con Italia, mas el Ministerio italiano Ricasoli prefirió continuar la guerra con la esperanza de mayores ganancias. Cialdini marchó sobre el Po el 8 de Julio y ocupó Venecia, porque los austriacos evacuaron el país casi sin disparar un tiro, pero al emprender la conquista del Tirol e Istria, y avanzar hacia estos países, la derrota infligida por el almirante austriaco Tegethoff a la escuadra italiana en Lissa (20 de Julio) hizo reflexionar a Italia, que siguiendo los consejos de Bismarck, resolvió (11 de Agosto) proponer un armisticio y retiró sus tropas del Tirol y de Istria. La paz definitiva se firmó en Viena el 3 de Octubre. A cambio de la renuncia de Austria al reino lombardo-véneto en los límites que entonces tenía, se encargó Italia de 35.000.000 de florines de la Deuda del Estado austriaco.

El partido de acción urgía cada vez con mayor empeño la solución de la cuestión romana. A tenor de la Convención de Septiembre y después que el ejército pontificio estuvo organizado, los franceses evacuaron los Estados de la Iglesia. Por primera vez después de siglos, veía Italia su suelo libre de extranjeros. Entonces, mientras el Gobierno italiano parecía negociar con la Curia pontificia para llegar a una inteligencia, que consistía simplemente en un injustificado despojo, Garibaldi, con ayuda extraoficial, reunió un ejército y el 29 de Octubre de 1867 pasó las fronteras de los Estados Pontificios y cayó sobre Roma; pero, secundadas por 6.000 franceses desembarcados en Civitavecchia las tropas pontificias derrotaron a Garibaldi en Mentana, cuyas huestes huyeron en precipitada fuga.

Francia protestó ante el Gobierno italiano de la violación de la Convención de Septiembre, El nuevo Estado no podía en verdad, alegar grandes méritos, pues el desorden de la Hacienda, el inaudito déficit, la codicia de los jefes de los partidos políticos y la indolencia de una gran parte del pueblo no permitían prever una gran prosperidad. El antiguo partido piamontés, llamado Conforteria, que para la mayor parte de las reformas necesarias hubiera sido el elemento más a propósito, había caído en la más absoluta impopularidad, y las medidas tomadas por el mismo, como la confiscación de los conventos, las economías en el ramo de Guerra y otras, no pudieron remediar los males que aquejaban al país.

La ocasión hizo, por fin, que los partidarios de la unidad italiana llegaran al logro de sus aspiraciones supremas. Al estallar en 1870 la guerra entre Francia y Alemania, Napoleón III retiró el cuerpo de ocupación de los Estados Pontificios, y la catástrofe de Sedán quitó todo posible temor al Imperio francés. Pocos días después de Sedán, el 8 de Septiembre, las tropas italianas invadieron los Estados Pontificios; el Papa, a fin de hacer constar la violencia ejercida, dio orden de que las tropas iniciasen la defensa; pero una vez abierta brecha en la Porta Pia, la hizo cesar y las tropas italianas entraron sin más lucha en la ciudad cabeza del orbe cristiano (20 de Septiembre).

La incorporación de Roma a Italia, después de un plebiscito celebrado a los doce días de la ocupación militar, fue anunciada en un Decreto del 8 de Octubre. El Gobierno italiano procuró probar ante el mundo católico, que su jefe supremo gozaría de perfecta independencia en Roma, y promulgó las leyes llamadas de Garantías; pero el Papa se negó y ha continuado desde entonces negándose a aceptar garantía ninguna de quien le había arrebatado con violencia sus dominios y considerándose prisionero en el Vaticano. Votado en la Cámara (26 de Enero de 1871) el traslado de la residencia real y del Gobierno a Roma (2 de Julio del mismo año), el rey Víctor Manuel hizo su entrada solemne en la capital, y con ocasión del traslado de las embajadas a Roma la mayor parte de las potencias extranjeras reconocieron los hechos consumados.

Consolidación del nuevo estado

El 27 de Noviembre de 1871 se abrió el Parlamento en el Palacio de Montecitorio con un discurso del trono, en que el rey dio por llevada a feliz término la empresa de su vida, la unidad de Italia, y declaró que en lo por venir la suprema misión del Estado era la organización de la libertad y del orden. Como quiera que Francia seguía negándose a reconocer la anexión de los Estados Pontificios y dejaba de llenar su embajada cerca del Gobierno italiano, mientras que al embajador cerca del Vaticano se había añadido un agregado militar, y, además, Francia tenía en el puerto de Civitavecchia una fragata a disposición del Papa, Italia solicitó el apoyo de las potencias centrales.

En Septiembre de 1873 emprendió el rey, acompañado de Minghetti y del ministro de Negocios extranjeros, Visconti-Venosta, un viaje a Viena y Berlín, a fin de preparar el camino para la entrada de Italia en la alianza de Austria y Alemania. En Octubre siguiente el Gobierno retiró su embajador de París y promulgó una Ley en virtud de la cual se disponía la supresión de todos los conventos de Roma y la venta de los bienes de los mismos. En Abril de 1875 el emperador Francisco José y en Octubre el emperador Guillermo I, en Venecia y en Milán, respectivamente, devolvieron la visita al rey de Italia.

A pesar de todos estos éxitos, el Ministerio Minghetti fue derribado en Marzo de 1876, y los caudillos de las izquierdas formaron un Gabinete bajo la presidencia de Depretis, que, en las elecciones del 5 de noviembre de 1876, obtuvo una mayoría de casi 300 votos. Se propuso la realización de gran número de reformas, especialmente en el sentido de suprimir algunos impuestos; pero tan pronto como presentó a la Cámara positivos proyectos de ley, tropezó con la oposición de su propio partido, y la mayoría ministerial se fragmentó en varios grupos, por culpa de sus mismos caudillos. Con ello se retardaron las prometidas reformas,

Artículo pendiente

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, T. 28 pág. 2215-2226.