Historia de Italia

Índice

Introducción
Hasta el final de la Edad Media
Hasta la Revolución francesa
Hasta la constitución del reino
El reino de Italia
Italia en la guerra de 1914-1918

Introducción

La frase de Metternich de que Italia representa simplemente un grupo de Estados independientes unidos por la misma denominación geográfica, aunque hoy no tiene sentido, fue en gran parte verdad desde la caída del Imperio romano de Occidente, y antes de que Roma dominara toda la península y extendiera mucho más allá sus fronteras, no existía tampoco unidad alguna política ni aun etnográfica, sino un conjunto de pueblos de muy diversas procedencias, que es inútil y artificioso estudiar en común. Más adelante, una vez desarrollada la gran urbe, es preferible estudiar la historia italiana con el epígrafe Roma, que viene a comprenderle. Esta sección se limitará, pues, a dirigir una breve ojeada a la historia desde la caída del Imperio romano hasta la constitución del reino italiano.

Hasta el final de la Edad Media

Invasiones bárbaras

Con la caída del Imperio de los romanos, los cuales habían hecho de la península italiana el centro de la cultura del mundo entonces conocido, perdió también Italia su preponderancia. El centro de gravedad del Imperio se trasladó al Oriente, y las tribus germánicas conquistadoras se establecieron y afirmaron en la península.

Tras de los asaltos y ocupaciones devastadoras de Radagaiso, Alarico, Atila y Genserico, Odoacro, el caudillo de los mercenarios germanos en las filas de los romanos, derribó, en 476, al Imperio romano occidental y se proclamó rey de Italia, pero en 485 los godos, a sueldo del emperador Zenón, irrumpieron en Italia para gobernarla en nombre del emperador de Oriente; los guiaba su rey Teodorico, que venció a Odoacro en Aquileya, Verona y Rávena, y en 489 fundó el imperio ostrogodo en Italia.

Los italianos, poseedores de su lengua, religión e instituciones intactas, se unieron a la dominación de los bárbaros. Puede decirse que el gobierno fue a un tiempo de los godos y de los romanos; sus ministros y consejeros fueron los romanos Casiodoro y Severino Boecio.

Teodorico el Grande hubiera merecido el dictado de excelente monarca si no hubiese manchado su vejez con actos de crueldad, tales como la muerte de Boecio y Símaco, y hubiese seguido la política de equilibrio entre los elementos gótico y románico, que tanto había favorecido los primeros años de su reinado.

Heredó el trono Amalasunta, que gobernó en nombre de su hijo Atalarico, pero sus preferencias hacia los romanos irritaron a los godos, que le arrebataron a su hijo y lo asesinaron.

El emperador Justiniano, con pretexto de proteger a Amalasunta, mandó un ejército que, capitaneado por Belisario, tomó Nápoles y Roma; Milán, levantado en armas contra los godos, fue tomado por Vitigio y arrasado en 539; en Rávena, Vitigio fue hecho prisionero y los godos se rehicieron a las órdenes del rey Totila, con cuya dirección sometieron la Italia Meridional y tomaron y saquearon Roma.

Narsés sitió y mató a Totila, tomó de nuevo a Roma y destruyó el poderío de los godos en las vertientes del Vesubio, en la batalla en que murió Teja, el último de sus reyes (553).

Destruida por Belisario y Narsés, caudillos del emperador Justiniano, la soberanía ostrogoda, Italia fue de nuevo un elemento del Imperio romano, regido desde Bizancio. Las leyes de Justiniano, una de las cuales, la Pragmática sanción de 13-VIII-554, se ha conservado, regularon la constitución del país, cuyo supremo funcionario era le exarca imperial, residente en Rávena; fue este dignatario Narsés por espacio de trece años.

Empero, ya en 568 irrumpieron los longobardos al mando de Alboin y arrebataron casi toda la Alta Italia y la Italia Central a los bizantinos, a los cuales, fuera de la parte S. de la península y de la isla de Sicilia, no les quedó más que Istria y Venecia, Romagna, Rávena, Pentápolis (Rímini, Pésaro, Fano, Sinigaglia y Ancona) y Roma.

Pero hasta esta posesión se vio amenazada desde el s. VII por los longobardos, los cuales, en el s. VIII, al mando de los reyes Luitprando y Aistulfo, conquistaron Romagna y amenazaron seriamente a Roma.

Entonces el Pontificado, cuyo poder y prestigio se había aumentado extraordinariamente desde el papado de Gregorio I (590-604), solicitó la ayuda de los francos, y más tarde cuando Astolfo ocupó algunas ciudades del exarcado de Rávena, el papa Esteban II solicitó el concurso del rey franco Pipino, quien acometió las dos campañas de 754 y 756, arrojando a los longobardos, y cedió al Papa los territorios arrebatados a aquéllos, de Romagna y Pentápolis.

Su obra la completó Carlomagno, quien en 774, puso fin al reinado longobardo de Desiderio, a quien hizo prisionero en Pavía, y fue coronado emperador romano en la Navidad de 799.

Relaciones con el Imperio

Esta coronación fue el punto de partida de las largas luchas entre el Papado y el Imperio, por la dificultad de que ambas instituciones, tan íntimamente relacionadas desde entonces, se mantuvieran dentro de sus respectivos límites y, sobre todo, por las tendencias de los emperadores a inmiscuirse en los asuntos eclesiásticos y en la designación de las dignidades, incluso del propio Pontífice.

Desde Carlomagno, quien renovó la donación de Pipino, el N. y Centro de Italia pertenecieron al Imperio franco, habiendo sido introducido en ellos las instituciones constitucionales de este. Solo al S. quedó sujeto a la soberanía franca el ducado longobardo del Benevento, mientras en Roma y su territorio, también sometidos a la soberanía del emperador, los papas reunían en sí la soberanía espiritual y la temporal.

Con la dominación de los francos se instauró en Italia el feudalismo. Vivían fuera de la dominación carlovingia Nápoles, Gaeta, Otranto, Amalfi, Sorrento, Sicilia, Córcega y Cerdeña; Benevento constituía un ducado independiente, y Pisa, Génova y Venecia eran de hecho independientes, reconociendo solo de nombre la supremacía del emperador griego.

Pipino, el hijo de Carlomagno, intentó someter a Venecia, pero fue derrotado y obligado a aceptar la paz; aquí comienza la verdadera grandeza de Venecia, que transportó su sede de Malamocco a Rialto.

A tiempo que se ponía de manifiesto la ineptitud de los carlovingios, crecía el poder de los feudatarios, y los obispos y los árabes hacían varias incursiones a Sicilia llevando la devastación hasta Apulia y Calabria.

Eufemio, gobernador de Sicilia, con ayuda de los sarracenos, se proclamó rey en 837, pero los sicilianos lo mataron y rechazaron a los árabes, aunque no pudieron resistirlos en una segunda guerra que dio por resultado que los sarracenos quedaran dueños de la isla y dejaran a sus emires de gobernadores en Palermo (841); desde allí ocuparon Bari y Tarento y marcharon sobre Roma.

En 847 el papa León IV, al frente de sus soldados, logró rechazarlos, pero en una nueva incursión en 875 el papa Juan VIII, para salvar a Roma, se vio obligado a pagar 25.000 monedas de plata.

En virtud del tratado de Verdún (843) la Italia franca pasó a poder del emperador Lotario I, al que en 855 sucedió su hijo mayor Ludovico II. En este, que murió en 875, se extinguió la línea italiana de los carlovingios, y los conatos de los reyes carlovingios de la Franconia Occidental y Oriental, por afirmar su soberanía sobre Italia, quedaron frustrados, o por lo menos carecieron de efecto duradero.

Carlos el Calvo, Carlos III y Arnulfo fueron coronados emperadores romanos, pero a su lado se levantaron los soberanos naturales, acabando estos por obtener la ventaja. Berengario, duque de Friul, fue coronado rey de Italia en Milán, pero a ello se opuso Guido, duque de Spoleto, y se suscitó una guerra civil que terminó con la victoria y coronación de este como emperador en Roma, en 891. Berengario solicitó el concurso de Arnolfo y, con su ayuda, venció a Lamberto, que sucedió a su padre Guido ; pero luego el propio Arnolfo se hizo coronar emperador en 895.

Muertos Lamberto y Arnolfo, y cuando parecía que nadie iba a disputar el poder a Berengario, aparece con tal pretensión Luis de Borgoña, y en tales discusiones los húngaros atraviesan los Alpes, vencen a Berengario y saquean Lombardía.

En 900, Luis de Borgoña se hace coronar rey y emperador, pero Berengario lo vence, le hace sacar los ojos y gobierna por espacio de diecisiete años; en 916 se hace coronar emperador, pero al poco tiempo Rodolfo II de Borgoña es proclamado rey de Pavía. Berengario pide auxilio a los húngaros, que en su incursión saquean la ciudad, y en 924 muere asesinado.

Mientras los margraves de Friul y los duques de Spoleto, contendían entre sí por la corona de Italia, los sarracenos y los magiares devastaban aquellos territorios en frecuentes correrías que era imposible evitar y resistir.

A la muerte de Berengario Italia quedó en manos de tres mujeres:

    1. Berta, viuda del marqués de Toscana
    2. Ermengarda, hija de la anterior, hermana de Hugo, marqués de Provenza
    3. Marozia, noble romana, viuda del conde de Túscolo, muy influyente en Roma

Esta casó con Hugo de Provenza, que ejerció una soberanía violenta y fue reducido, en 945, por el margrave Berengario II de Ivrea, a una sombra de reinado; a la muerte de su hijo Lotario (950) tomó Berengario el título de rey, elevó a su hijo Adalberto a la dignidad de corregente, y encerró en la cárcel a Adelaida, viuda de Lotario, hijo de Hugo.

Entonces el rey de Alemania, Otón I (951), cuyo vasallo había sido Berengario, franqueó los Alpes, obtuvo la dignidad de rey de Italia y contrajo matrimonio con Adelaida que había logrado escapar del encierro, y aunque en 952 devolvió a Berengario Italia en calidad de reino feudatario, al intentar substraerse otra vez a la dominación alemana, pasó de nuevo Otón a Italia (961), conquistó el N. de la península y renovó en Roma la dignidad imperial (962).

Una vez sometidos Berengario y sus secuaces (964), formó el reino de Italia una parte del nuevo Imperio romano, cuya corona descansaba en las sienes del rey de Alemania.

Italia durante la dominación alemana

Los emperadores pretendían afirmar su soberanía sobre el Pontificado, y así cuando Juan XII, después de coronar a Otón I, quiso substraerse a su influjo, el emperador le hizo destronar y se aseguró para él y sus descendientes un voto de preferencia en la elección del soberano Pontífice.

Otón I no logró someter ni con negociaciones con la corte bizantina, ni con las armas, la Baja Italia, que poseían en parte los griegos y en parte los árabes.

Su sucesor, Otón II, al intentarlo de nuevo, sufrió una derrota decisiva de los árabes en 982 y murió al año siguiente.

En el reinado de su hijo, Otón III, menor de edad, se aflojó el lazo de unión que existía entre Roma y el Imperio alemán, y el caudillo de la nobleza romana, Juan Crescencio, dominó, en calidad de patricio, la ciudad y la silla Pontificia.

Pero en 996 pasó Otón III a Italia y elevó al trono pontificio a su primo Bruno, con nombre de Gregorio V, y al rebelarse Crescencio y nombrar un antipapa, fue ejecutado (998). A la muerte de Gregorio (999) llamó el emperador a su amigo Gerberto de Reims Silvestre II a la Silla de San Pedro, fijó su residencia de soberano en Roma y concibió un plan de hacer de nuevo esta ciudad el centro y emporio del Imperio cristiano universal.

Pasó la fatídica fecha del año 1000: los italianos, libres de la pesadilla del próximo fin del mundo profetizado para aquella fecha, despiertan a un nuevo afán de independencia; los nobles longobardos se reúnen para proclamar un rey nacional en la persona del margrave Arduíno de Ivrea, y la Silla pontificia cae de nuevo bajo la dominación de los Crescencios y de los condes de Túscolo.

Una segunda expedición del rey de Alemania, Enrique II, a Italia (1004), fracasó completamente por lo menos en cuanto a la duración de sus efectos; pero en una segunda expedición fue depuesto Arduíno, y se afirmó de nuevo la dominación alemana en la Alta Italia y la Italia Central: el propio Enrique II fue coronado emperador en 1014.

Entre tanto, Bari se había libertado de los griegos; Pisa, ocupada por los sarracenos, los expulsa por obra de Cinzica dei Sismondi, y más tarde, unida a Génova, los ataca en Cerdeña y les obliga a abandonar la isla; Venecia persigue a los piratas de Istria; trae a sus naves de la India y se convierte en señora del Adriático

En una tercera expedición (1022) Enrique II de Sajonia el Santo penetró en la Baja Italia y obligó a los principados de Salerno, Capua y Benevento, a reconocer su soberanía. Murió este soberano en 1024. Más enérgico aún se mostró su sucesor Conrado II de Franconia, a cuya subida al trono volvieron a manifestarse en Italia los conatos de independencia.

En la expedición de 1026-1027, en la que se hizo coronar rey en Monza у emperador en Roma, venció completamente la resistencia que se le oponía; en 1037 ejerció, hasta en el S. de Italia, sus derechos imperiales, y aunque no atacó abiertamente las libertades de Roma, procuró tener en la baja nobleza (a la que en 1037 otorgó la sucesión de los feudos) un apoyo para la corona alemana.

En 1037 fueron derrotados los alemanes en Milán. También en Roma desbarató Enrique III las fracciones de los nobles, y en el Sínodo de Sutri (1046) hizo deponer a los papas y antipapas elegidos por aquéllos y en lo sucesivo nombró a varios papas alemanes, gracias a los cuales la reforma que había empezado en Cluny ganó terreno también en Italia, realzándose así notablemente la autoridad y la influencia del Pontificado.

Empero, apenas hubo ascendido al trono de Alemania Enrique IV a la muerte de su padre (1056), cuando el poder eclesiástico intentó librarse del predominante influjo del Imperio alemán.

La famosa cuestión de las Investiduras entre el Imperio y la Sede romana tomó en Italia carácter nacional. Las ciudades italianas, que, a contar desde principios de aquel siglo, habían crecido extraordinariamente en virtud del florecimiento de la industria y el comercio, empezaron a emanciparse de la dominación de los príncipes, tanto temporales como espirituales, feudatarios de los reyes, y formaron una fuerte organización autónoma.

Durante la lucha de las Investiduras, se afirmó también el poderío político de algunos señores temporales; en la Italia Central la gran condesa Matilde de Toscana fue, durante mucho tiempo, la dueña de los destinos del país.

Era la amiga fiel de Gregorio VII e hizo donación de sus ricas posesiones a la Sede romana, de las cuales, empero, se apoderó después de su muerte (1115) el emperador Enrique V, de modo que el pleito sobre los bienes de Matilde un nuevo motivo de contienda entre el Imperio y el Pontificado.

Enrique V renovó la guerra, siempre por la cuestión de las Investiduras; para hacerla cesar, Pascual II propuso a los eclesiásticos la renuncia de los dominios temporales; pero su proposición fue rechazada y hasta 1122 no se llegó á un acuerdo, según el cual las investiduras no serían hechas por el emperador con el anillo y el pastoral, símbolos de la autoridad papal, sino con el cetro.

Mucha importancia revestía el hecho de haberse constituido al S. de la península un Estado feudatario pontificio que daba al Papa un fuerte apoyo contra el Imperio.

Durante Enrique II se habían establecido en la Baja Italia algunos caballeros normandos que en un principio servían a las órdenes de los pequeños soberanos del país. En tiempo de Conrado II y Enrique III estos normandos se habían robustecido en expediciones fuera del territorio y, favorecidos por el auxilio de los emperadores, habían fundado señoríos independientes, en parte a costa de los griegos sarracenos y en parte por mediación de los pequeños príncipes longobardos.

Con la toma de Bari (1071) terminó la soberanía griega de Apulia y Calabria; la lucha por Sicilia se decidió con la conquista de Palermo (1072), aunque en el S. los sarracenos opusieron fuerte resistencia durante algún tiempo; de los principados longobardos se sometieron en 1062 Capua y en 1076 Salerno, pero Nápoles se resistió y defendió por espacio de sesenta años.

Los Papas habían mirado en un principio con desconfianza y recelos los éxitos de los normandos, y el propio Gregorio VII nunca estuvo conforme con la existencia de aquellos pequeños principados e hizo cuanto estuvo en su mano para que no prosperasen.

Sin embargo, en 1080 se había reconciliado con el más importante de estos príncipes, Roberto Guiscardo, al cual el Pontífice dio en feudo todos los países conquistados. El sobrino de Roberto, Rogerio II, unió (1127) Sicilia a las posesiones normandas en el continente y en 1130 tomó el título de rey, confirmándoselo luego el papa Anacleto y en 1139 el Papa Inocencio II lo reconoció como Estado feudatario de la Iglesia.

Mientras los Papas, apoyados por los normandos, procuraban en la Italia Central aumentar sus dominios temporales, en la Alta Italia las ciudades robustecían su poder. Hubo frecuentes alianzas, seguidas de encarnizadas y sangrientas luchas.

En Lombardía, Milán se afirmó en su situación de preferencia y a su lado sobresalieron Pavía y Cremona, y en el E. Verona; en la costa de Liguria desempeñó Génova el papel más importante; en Emilia y Romagna florecieron Parma, Piacenza, Bolonia y Rávena; en Toscana sobresalió Pisa y también Florencia, Lucca y Siena.

Según que las ciudades o los partidos políticos que en ellas luchaban, eran adictos al Imperio o al Pontificado, se inclinaron a uno de los bandos, gibelinos y güelfos, que eran los que concentraban la lucha de aquella época.

Como quiera que la situación que habían alcanzado las ciudades italianas no tenía el reconocimiento de los emperadores y, por otra parte, le faltaba el verdadero fundamento legal, el emperador Federico I Barbarroja tomó la resolución de proceder contra ellas.

En la Dieta de Roncaglia (1158) quiso asesorarse de cuáles eran las regalías, o sea los derechos de soberanía propios de la Corona, y a base de ellos reclamó el libre ejercicio de la soberanía sobre las ciudades. De este modo quedó entablada la lucha entre las ciudades у el emperador.

A raíz de la destrucción de Milán (1162) pareció que Federico se había asegurado el triunfo; pero sus adversarios se rehicieron pronto, se unieron al Papa, con el cual el emperador estaba en lucha desde 1159, y con ello tuvieron la ventaja.

La derrota de Legnano (1176) obligó a Federico a aceptar la paz de Venecia con el papa Alejandro III (1177), y en el Tratado de Constanza de 1183, se reconoció la independencia comunal de las ciudades.

Al emperador le quedó la soberanía del feudo sobre las mismas y el derecho de apelación; además, las ciudades se obligaban a ciertas prestaciones en parte ordinarias y en parte extraordinarias. Según esto, la soberanía imperial en la Alta Italia, aunque muy limitada, fue, sin embargo, reconocida y se aseguró legalmente.

Lo contrario sucedió en gran parte de la Italia Central, donde la constitución del Estado de la Iglesia restó prestigio al Imperio. En la paz de Venecia (1177), Federico había reconocido el derecho fundamental del mismo, a pesar de que estaba en pie la lucha por los bienes de Matilde.

Barbarroja casó a Constanza, única heredera de Guilermo II, rey de Apulia y Sicilia, con su hijo Enrique VI para unir de este modo la corona al Imperio. Le disputó la corona Tancredo, conde de Lecce, pero a la muerte de este le quedó el campo libre como dueño del reino y murió en Mesina en 1196 dejando un hijo, Federico II, coronado rey de Germania, Italia y Sicilia y puesto bajo la tutela del papa Inocencio III.

A la muerte del emperador Enrique VI, Inocencio III hizo valer los derechos de la Sede romana y se aprovechó (para robustecer sus reclamaciones) de la lucha entre Felipe de Suabia, Otón IV y Federico II, los últimos de los cuales le hicieron las mayores concesiones en este terreno.

Los Papas no veían con buenos ojos el acrecentamiento del poder imperial en Italia, ni podían impedirlo. En vano pretendió Inocencio III separar Sicilia del Imperio, a pesar de haber obtenido de Federico II la promesa de que, al subir al trono, entregaría aquel reino a su hijo Enrique.

Federico II, al ser coronado en 1220, no cumplió esta promesa, sino que, al contrario, se dedicó a reorganizar la administración de su reino hereditario de Italia, hizo valer sus derechos sobre todas las ciudades de la Italia Central, y dominó Lombardía con enérgico cumplimiento de todas las prerrogativas que en virtud del Tratado de Constanza incumbían al Imperio.

Al sublevarse contra él, en 1226, las ciudades lombardas, nuevamente aliadas, fueron completamente derrotadas en 1237 en Cortenuova, pero el Papa apoyó la resistencia de las mismas. En 1239 Gregorio IX excomulgó a Federico II y en 1245 Inocencio IV le depuso solemnemente en el Concilio de Lyón.

En las reñidas luchas entre ambos poderes el hijo de Federico II, Encio, y su hijo político Ezzelino de Romano, defendieron vigorosamente durante mucho tiempo la causa del emperador en la Alta Italia; pero este, muy poco ayudado por Alemania, no pudo resistir la duración de la lucha y hubo de ceder ante las dificultades que se oponían a su causa.

En la batalla de Parma (1248) el ejército de Federico II sufrió una terrible derrota; Encio fue hecho prisionero por los boloñeses en 1249 y murió en diciembre de 1250 en Apulia, después de haber reinado treinta y dos años. Contra sus sucesores se aliaron los Papas con Francia para una acción común y esta alianza decidió de la suerte de los Staufen.

El próximo sucesor de Federico II fue su bastardo Manfredo, que para combatir al Papa, su mortal enemigo, ayudaba a los gibelinos de varias regiones de Italia mientras Ezzelino de Romano moría a manos de los güelfos lombardos en Cassano d'Adda, los gibelinos toscanos en 1260 ganaban la batalla de Monteaperti amenazando llegar a Florencia, sin la heroica defensa de Farinata.

El papa Urbano IV encontró, por fin, el príncipe que aceptase la corona de las Dos Sicilias en Carlos de Anjou, conde de Provenza, hermano de Luis IX de Francia; Carlos entró en Italia y derrotó a Manfredo en la batalla de Benevento (1266), en la que Manfredo perdió la vida, pero después su gobierno fue tan cruel que los italianos llamaron en su auxilio a Conradino, sobrino de Manfredo, que fue vencido en Tagliacozzo en 1267 y ejecutado.

En tanto los franceses aumentaban su poderío, hasta que en 1282 se levantó en armas Palermo contra ellos y siguió en la insurrección toda Sicilia. Juan de Prócida, que había preparado este levantamiento, llamó a Pedro III de Aragón como heredero de los derechos de Constanza. Pedro III hizo valer sus derechos sobre Sicilia y después de las Vísperas Sicilianas (1282) entró en posesión de la isla, la cual de este modo quedó separada de Nápoles. Los intentos de los Anjou, de recuperarla, fueron inútiles.

El desmembramiento político

Al no intervenir el Imperio en Italia, a raíz de la caída de los Staufen, con la energía que antes había desplegado, cada uno de los Estados italianos se afirmó en su independencia; pero pronto surgieron entre ellos las rivalidades y a estas sucedieron luchas sangrientas.

En la costa occidental alcanzó Génova la mayor importancia política y comercial, llegando en el curso de sus aspiraciones, a la de dominar en el Mediterráneo ejerciendo en él la absoluta hegemonía. En efecto, los genoveses dominaron la Riviera de Levante y de Poniente, fundaron gran número de colonias en el Oriente, en 1261 ayudaron al emperador Miguel Paleólogo en su empresa de arrojar de Constantinopla a los venecianos, en 1284 aniquilaron el poderío marítimo de los gibelinos de Pisa y en 1298 derrotaron completamente a la escuadra veneciana en aguas de Curzola.

Como Génova fundó y robusteció la soberanía de los güelfos en el Mediterráneo, Milán y Florencia contribuyeron poderosamente a la autoridad de aquel partido en Lombardía y en la Italia Central, y en todas partes tuvieron los güelfos el apoyo de los Papas y de la casa de Anjou, de modo que el traslado de la corte pontificia a Aviñón en 1309, no pareció haber infligido perjuicio ninguno a dicho partido.

Empero, los conatos realizados en las expediciones de Enrique VII (1310-1313) y Luis el Bávaro (1327-29) en sentido de rehabilitar los derechos del Imperio, no tuvieron resultado duradero, como ni tampoco lo tuvo la repetida intervención del emperador Carlos IV en la política de Italia.

En Roma, que durante la ausencia de los Papas se convirtió en teatro de la más encarnizada lucha entre varios partidos, quiso realizar Cola di Rienri el ensueño de una nueva organización republicana de Italia bajo la dirección de aquella capital, pero este plan no llegó a tener efectividad.

Por lo demás, en Italia en general, fueron adquiriendo, durante los siglos XIV y XV, cada vez mayor predominio los linajes de la alta nobleza, dividiéndose el poder en un gran número de Repúblicas ciudadanas, entre sí independientes. Milán estuvo desde 1311 bajo la soberanía de los Visconti, que sometieron Lombardía y extendieron su poder hasta parte del Piamonte y de la Emilia. Juan Visconti adquirió en 1350 la ciudad de Bolonia, y en 1353 fue elevado a la dignidad de signore de Genova.

Juan Galeazzo Visconti conquistó Verona en 1387; en 1395 obtuvo del rey Wenceslao la autorización para elevar su territorio a la categoría de ducado de Milán, en 1399 sometió a Pisa y Siena, en 1400 a Perusa y en 1402 de nuevo a Bolonia; finalmente, soñaba con la conquista de Florencia y la fundación de un reino de Italia cuando le sorprendió la muerte (1403).

Entre tanto, en las demás regiones de Italia, las dinastías que o habían heredado el poder o lo habían arrebatado por la fuerza, habían ido obteniendo del emperador la ratificación de sus derechos y la posesión de la dignidad ducal; tal hicieron Amadeo VII de Saboya en 1416; los Gonzaga de Mantua en 1632, y los Este en Módena, en 1452. En Florencia, los Médicis obtuvieron el predominio en el siglo XV.

En Nápoles, en 1435, a la muerte de Juan II, subió al 25 trono, en la persona de Alfonso V, la casa de Aragón. Nápoles, el Estado de la Iglesia (restablecido por Martín IV una vez terminado el cisma), Florencia, Venecia y Milán conservaron en Italia el equilibrio político; pero no reinó nunca en ella la verdadera unión.

El mismo espíritu de independencia que había dado como resultado la victoriosa resistencia a la dominación alemana, fue entonces un obstáculo para que se agrupasen bajo un gobierno y una dominación común, y así como la población de las ciudades se hallaba dividida en bandos, los linajes principescos anduvieron constantemente en lucha entre sí mismos. De este modo Italia, en los últimos siglos de la Edad Media, dio un triste ejemplo de desorganización política, a pesar de lo cual sobresalió entre todos los demás países de Europa por el florecimiento de las ciencias y las artes. En medio de las agitaciones y los disturbios políticos, la civilización del Renacimiento se desarrolló llegando un soberano florecimiento espiritual que no dejó de tener eco en la pujanza material de Italia.

Hasta la Revolución francesa

Intervenciones extranjeras

Ya en el siglo XV había empezado a notarse la intervención de las potencias extranjeras. Ante la inquietud provocada por los planes de conquista del rey de Nápoles, se alió Ludovico el Moro (que a la sazón gobernaba en Milán por incapacidad de su sobrino Galeazzo Sforza) con Francia. Carlos VIII que, como heredero de los derechos de los Anjou sobre Nápoles, pretendía obtener aquella región, emprendió en 1494 su célebre expedición que abrió la puerta a una larga serie de luchas en la península.

Conquistó Nápoles, pero dio con ello ocasión a la formación de una alianza de la mayor parte de los Estados de Italia, en la que entraron el propio Ludovico el Moro, el papa Alejandro VI y Maximiliano, emperador de Alemania, y Carlos hubo de retirarse en 1495. Su sucesor Luis XII renovó la guerra, hizo prisionero a el Moro y arrebató a los Sforza el ducado de Milán. El emperador Maximiliano, engañado varias veces por las potencias italianas y abandonado por los alemanes, en 1508 entró a formar parte de una Liga que se organizó en Cambray contra Venecia y a la que se adhirió Fernando el Católico de Aragón, que en 1504 se había apoderado de Nápoles.

La política de Venecia, con su habitual destreza, había de acabar con aquella alianza, y el papa Julio II, en 1511, fundó la Santa Liga para expulsar a los extranjeros de Italia. Los franceses fueron arrojados de la Alta Italia, Venecia ocupó su primitivo territorio, y Maximiliano Sforza, hijo de el Moro, se retiró a Milán.

Con la vicoria de Marignano (1515) recuperó Francisco I de Francia a Milán. Pero la elección de Carlos V, emperador (1519), rey de España, dio a la situación un sesgo definitivo. En la lucha entre Carlos V y Francisco I, los dos aspirantes a la dominación mundial, el segundo sucumbió; hecho prisionero en Pavía en 1525, en la paz de Madrid de 1526 renunció Francisco I a sus reclamaciones sobre Italia. Nápoles y Sicilia siguieron unidas a España, y Milán fue devuelto a los Sforza.

Empero, al entrar Maximiliano Sforza en la nueva alianza formada por el papa Clemente VII contra el emperador, fue de nuevo depuesto del ducado. Carlos V con el asalto a Roma disolvió la Liga (1527), y Clemente VII reconoció, en la paz de Barcelona, la soberanía de Carlos V en Italia. El emperador, en 1554, entregó Milán a su hijo Felipe II, al que cedió también Nápoles.

La preponderancia de la casa española de los Habsburgo en Italia fue blanco de la enemiga de los franceses, los cuales quisieron quebrantarla por una serie de guerras; pero con la paz de Cateau-Cambresis (1559) se afirmó definitivamente la posesión de la misma por Carlos V. Hasta en los pequeños Estados prevaleció la influencia de España. Por su valimiento obtuvieron los Gonzaga de Mantua el marquesado de Montferrato.

El papa Paulo III donó a su hijo Pedro Luis Farnesio las ciudades de Parma y Piacenza, adquiridas por el papa Julio II para el Estado de la Iglesia. Toscana, durante la soberanía de los Médicis, se elevó a la categoría de gran ducado. En Génova el dux Andrés Doria, que en 1523 había libertado a su patria del yugo de los franceses, se adhirió también al partido del emperador, no habiendo podido la conjuración de Fiesco quebrantar su poder en 1547. Como quiera que la casa de Saboya (que en la paz de Cateau-Cambresis había recuperado el Piamonte), abrazo el sistema político de España, la península de Italia, a partir de la segunda mitad del siglo XVI, estuvo en completa dependencia de España.

La soberanía española

Mientras en el siglo XVI las artes representativas habían llegado a su mayor grado de desarrollo, Italia durante la dominación extranjera cayó cada vez más profundamente en la inacción, y en el decurso del siglo y medio siguientes hubo de vivir del capital espiritual que le legara la antigüedad.

A raíz del descubrimiento de América perdió la situación que hasta entonces había logrado en el comercio del mundo, y decayó al mismo paso su bienestar y prosperidad. El Pontificado carecía de su antigua influencia en Europa y aun el más importante de los Papas del siglo XVI, Sixto V, sólo logró dar alguna celebridad a su nombre por lo que hizo en el terreno de la organización eclesiástica.

Cuando Francia, al cesar las guerras religiosas, reanudó la lucha contra los Habsburgo, los Papas se inclinaron a su causa. Mientras Richelieu, extinguida la casa de los Gonzaga, encendía la guerra de Sucesión de Mantua y en 1631 obligaba al emperador Fernando II a ceder en feudo al duque de Nevers los ducados de Mantua y Montferrato, la Sede Pontificia, apoyada por Francia, se apropiaba el ducado de Urbino, una vez extinguida la casa della Rovere.

En el reinado de Luis XIV

La influencia francesa suplantó a España en Italia y la guerra de Sucesión de España traspasó la hegemonía de Italia a los Habsburgo, sobre todo a consecuencia de la victoria del príncipe Eugenio en Turín (1706). En la paz de Utrecht, Austria recibió Milán, Nápoles y Sicilia, y el emperador se apoderó de Mantua después de desterrado el duque. La isla de Sicilia pasó al ducado de Saboya, pero en 1720 la canjeó, en virtud de un tratado separado, por Cerdeña, por lo cual el duque tomó el título de rey de Cerdeña.

Empeño fue de la nueva dinastía de los Borbones de España recuperar su predominio sobre Italia y lo consiguió en parte, porque el infante don Carlos de España, al extinguirse la casa Farnesio, en 1731, obtuvo los ducados de Parma y Piacenza, y en 1738 renunció a estos ducados a favor de Austria y obtuvo, en cambio, Nápoles y Sicilia.

En 1737 se extinguió en Toscana la casa de los Médicis, por lo cual el país pasó al esposo de María Teresa, el duque Francisco Esteban de Lorena. En 1741 los Este de Módena heredaron Massa y Carrara, mientras los ducados de Parma y Piacenza pasaron de nuevo a España en 1748. Entonces pareció haberse establecido un cierto equilibrio en Italia.

Las líneas segundas de los Habsburgo Lorena y de los Borbones dominaban en Toscana, Parma, Nápoles y Sicilia; Milán y Mantua estaban bajo la dependencia inmediata de Austria, la cual, empero, en virtud del aumento de Cerdeña que contaba con el apoyo de las potencias occidentales, estaba en situación comprometida.

Las Repúblicas de Génova y Venecia habían perdido, es verdad, su situación mundial, pero dominaban sin estorbo ninguno en sus respectivos territorios, mientras que el Estado de la Iglesia se extendía entre las potencias minadas por la ambición y la codicia. Como las nuevas familias de los soberanos no perdían ocasión de unirse a la nacionalidad italiana, se introdujo en Toscana una administración ordenada y fructífera, y Milán, a su vez, gozó de gran independencia, con lo cual la vida espiritual del país tomó de nuevo gran desarrollo.

Hasta la constitución del reino

El reino de Italia

Italia en la guerra de 1914-1918

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 28 pág. 2215-2217.