Isabel I de Inglaterra

Datos biográficos

Rey de Inglaterra, 1558-1603
Nacimiento: 7-IX-1533
Fallecimiento: 24-III-1603
Predecesor: María I
Sucesor: Jacobo I
Dinastía: Tudor
Padre: Enrique VIII
Madre: Ana Bolena

Biografía

Reina de Inglaterra, 1558-1603. Dinastía Tudor. Nacida en Greenwich (Londres) el 7-IX-1533, fue el único fruto que sobrevivió de los amores de Enrique VIII y Ana Bolena. No nació con buenos auspicios. Su sexo disgustó a sus padres. Al cabo de tres años, la cabeza de su madre rodaba en el patíbulo y la niña era declarada ilegítima.

Elizabeth IRetrato de Isabel I, hacia 1575

Sin embargo, a la muerte de Juana Seymour, el parlamento inglés aprobó una ley sucesoria determinando la sucesión de Isabel después del príncipe Eduardo y de su hermana María. Bajo la influencia de Catalina Parr, se humanizaron las costumbres de la corte de Enrique VIII, de modo que Isabel creció en un ambiente menos frío que hasta la fecha.

Muerto su padre en 1548, la princesa tuvo que defenderse de las acechanzas puestas a su doncellez por lord Seymour, hermano del protector Somerset, casado con la viuda de Enrique VIII.

Más tarde fue objeto de las intrigas del duque de Northumberland, quien, no hallando a Isabel suficientemente puritana, quiso dar el trono de Inglaterra a lady Juana Grey, en detrimento de sus derechos y de los de su hermana María. Por esta causa, figuró al lado de esta cuando en 1553 entró triunfalmente en Londres apoyada por las armas de sus partidarios.

No obstante, la política católica practicada por María no pudo menos de ponerla en evidencia, en particular cuando se convirtió en esperanza de los conspiradores y fue objeto de algunas negociaciones diplomáticas por parte de Francia. En resumidas cuentas, fue encerrada en la Torre de Londres en marzo de 1554. Pero no corrió la suerte de Juana Grey. a los pocos meses se le devolvió la libertad. Residió algún tiempo en Woodstock, casi un año en la corte y, por último, se estableció en Hatfield (1555) donde aguardó el fin del reinado de su hermana.

El 17-XI-1558, a la muerte de María I, Isabel fue proclamada reina de Inglaterra. Era y se sentía profundamente inglesa, aunque en ella pesara la influencia renacentista e italianizante de sus tutores y maestros. Respecto a los problemas religiosos, tan candentes en aquella época, era más bien escéptica.

Creía firmemente en la necesidad de una Iglesia uniforme y centralizada, que coadyuvara a la acción del Estado. Pero desde los tiempos de su padre se habían producido demasiados hechos para que fuera posible una simple vuelta al pasado, como se había demostrado bajo María.

Por otra parte, ante la sumisión a Roma, representada por la reina de Escocia María Estuardo, que en 1561 regresó a su país, y la reforma democrática y antiabsolutista de Ginebra, Isabel se inclinó poco a poco hacia la fórmula anglicana, la cual defendía sus intereses, respondía más o menos a su educación y satisfacía a la parte más influyente de Inglaterra.

Su consejero religioso, Matías Parker, le aconsejó la vía media, la restauración, no la innovación, y ella se amoldó a ese criterio. En 1559 fue nombrado —gobernadora suprema— de la Iglesia anglicana, mitigando los términos del Acta de Supremacía de 1532, y al mismo tiempo se restablecía el Common Prayer Book de Eduardo VI, aunque se otorgaban varias concesiones a los católicos.

A pesar de esta afirmación de la actitud anglicana, la política de Isabel durante los años iniciales de su reinado continuó manteniéndose en el marco de la alianza con España. Los tratos con los gueux holandeses y los hugonotes de Francia fueron, hasta 1570, meros devaneos de política internacional.

Lo que enfrentó Isabel con Felipe fue la oposición de los intereses de los mercaderes de Londres y Bristol y el monopolio comercial ejercido por España en América; la necesidad de conservar la unidad del país ante el partido católico, todavía poderoso, cuyos elementos veían una posibilidad de desquite en la entronización de María Estuardo; y, en fin, las mismas exigencias del desarrollo nacional de Inglaterra, que había de fomentarse sobre los despojos de un enemigo.

El caso de María Estuardo fue la piedra de toque del sistema creado por los Tudor, del que Isabel se consideraba intérprete y mantenedora. Después de la revolución francesa de 1567, María Estuardo buscó un refugio en Inglaterra, y aquí halló no un lugar en la corte sino una prisión en una fortaleza.

Isabel se debatía entonces en medio de graves peligros internos: en el Norte los earls soñaban con una restauración del feudalismo y la ortodoxia; en Irlanda, los católicos defendían desesperadamente su causa; en Roma se organizaba la reconquista espiritual de Inglaterra. Las medidas adoptadas por la reina fueron draconianas.

En 1572, el año de San Bartolomé, caía la cabeza del duque de Norfolk, y con ella la vieja aristocracia de Inglaterra. Luego, los católicos fueron perseguidos como reos de delito de alta traición al Estado; la revuelta de los irlandeses de 1579 fue reprimida durísimamente. Tampoco los puritanos se libraron de la dura persecución ordenada por la soberana. El arzobispo de Canterbury, Whitgift, instituyó una comisión de investigación que ha sido comparada al Tribunal del Santo Oficio.

A la ruptura con el Papado siguió la ruptura con España. El celo religioso y una predisposición innata para la aventura pirática se entremezclaban en los navegantes ingleses para echarse como perros de presa sobre el tráfico marítimo de España. En 1566 y 1567 Isabel apoyó las empresas de John Hawkins y en 1577 financió la expedición de Francisco Drake, el debelador de Lima, Callao y Ternate.

Poco después intervenía decididamente en apoyo de los sublevados holandeses, ofreciéndoles un positivo auxilio en la persona y el ejército de Roberto Dudley, conde de Leicester (1585-1587). Esta intervención de Inglaterra en los asuntos españoles, determinó a Felipe a ejecutar un vasto plan contra Isabel, cuyo supremo objetivo era constituir un poderoso bloque católico en el Occidente de Europa.

Estos planes fueron descubiertos, y víctima de ellos y de la insostenible posición jurídica de Isabel, fue la infeliz María Estuardo (1587), cuya cabeza arrojó Inglaterra como guante de desafío a España. Felipe II lo aceptó. Pero el desastre de la Invencible (1588) anuló sus altos propósitos. De tan dura prueba salió consolidada Inglaterra y la monarquía Tudor.

Desde 1588 Isabel apoya sin rebozo a cuantos adversarios tiene España en Europa. Subvenciona a Enrique de Navarra para que luche contra los Guisas (1585 a 1593); reconoce su legitimidad como heredero de Francia, y, asimismo, el gobierno y la independencia de las Provincias Unidas (tratado de Greenwich, 1596).

Hasta su muerte no ceja en esta lucha, sin tregua ni cuartel. No todas las acciones navales son favorables a Inglaterra. Pero Isabel contempla como sus flotas van hasta el Levante mediterráneo y el Norte de Rusia; como sus descubridores alcanzan con John Davis la tierra de Cumberlandia, en el Ártico; como sus hombres de acción fundan en América del Norte, con Raleigh, la primera plantación denominada Virginia en su honor (1587-1591).

Al morir, en Londres, el 24-III-1603, en el dolor de una decadencia física irremediable, había elevado a Inglaterra a un grado insospechado entre las potencias de Europa y abierto su camino al imperio de los mares.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, págs. 20-21.