Dinastía Tudor

Historia de la Dinastía

De Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana

Enrique VII (1485-1509) fue soberano prudente y buen administrador. Hizo que el Parlamento reconociese su derecho y el de sus sucesores al trono, y el 18-I-1486 contrajo matrimonio con la princesa Isabel, hija mayor de Enrique IV, heredera de la casa de York, con lo cual la Rosa Blanca y la Roja quedaron unidas. Desbarató la sublevación de Lambert Simnel que se hacía pasar por el conde de Warwick (hijo de Jorge de Clarence ) y la de Perkin Warbeck, que también pretendía ser Ricardo, duque de York. Warbeck y el auténtico Warwick (este último tras un intento de fuga de la Torre de Londres) fueron ejecutados en 1499. Como a consecuencia de varios incidentes, las relaciones con Francia fueran muy tirantes desde hacía cuatro años, desembarcó Enrique VII en territorio francés en 1492, pero pronto hubo de pactar la paz y regresar a Inglaterra después de haberse gastado en esta empresa grandes sumas de dinero.

Sus rigurosas medidas contra la recalcitrante nobleza aumentaron extraordinariamente el tesoro real y aligeraron no poco las cargas del pueblo. Nombró una comisión encargada de fomentar la prosperidad de los bienes de la Corona que los grandes, en tiempo de disturbios, se habían apropiado en parte contra todo derecho. La jurisdicción del Consejo secreto de la Cámara de la Estrella, la hizo extensiva a todos los delitos contra el Estado y sometió a la misma aun a los nobles; con lo cual se formó un tribunal de justicia del Estado, sin Jurado, sin apelación, temible para los poderosos y, por lo mismo, popular durante mucho tiempo, aunque luego sirvió para cometer las mayores arbitrariedades.

La administración financiera de Enrique VII fue a menudo gravosa y opresora, pero con ello favoreció el comercio y la industria que durante su reinado llegaron a gran florecimiento. El pueblo tenía razón de estar satisfecho de su monarca, al cual daba el honroso título de Rey de los pobres. Con su gobierno Inglaterra gozó por largo tiempo de los beneficios de la paz. A su muerte (21-IV-1509) dejó Enrique VII un tesoro pletórico de riquezas.

El Protestantismo y Enrique VIII

Para la política interior y exterior del hijo y sucesor de Enrique VII, Enrique VIII (1509-47), fue decisivo su enlace con Catalina, hija de Fernando el Católico, de Aragón. En unión con su padre político hizo la guerra Enrique VII contra Luis XII de Francia y ganó con su aliado, el emperador Maximiliano I (17 de Agosto de 1513) la batalla de Terouanne, cerca de la colina de Guinegate, pero en 1515 firmó la paz.

El principal inspirador de la política de Enrique VIII durante este tiempo fue el arzobispo de York, Thomas Wolsey, el cual, aspirando a la tiara pontificia, negoció una alianza entre Enrique VIII y el emperador Carlos V contra Francisco I de Francia; pero fracasaron dos ataques dirigidos a Picardía (1532 y 1523) y en 1525 se hizo la paz con Francia. Al año siguiente Enrique VIII se convertía en uno de los más acérrimos enemigos del emperador, por diversos motivos políticos, secundados por otros puramente personales. Enrique VIII, apasionado por la bella y ambiciosa Ana Boleyn (Bolena), dama de servicio de la reina, que se negaba a ser simplemente la amante del monarca, resolvió anular su matrimonio con Catalina de Aragón, tía del emperador, tanto más cuanto que de Catalina no tenía más que una hija, María, y ningún descendiente varón.

Como pretexto para esta disolución tomó Enrique VIII el primer matrimonio de Catalina con Arturo, su hermano, y comenzó a fingir escrúpulos acerca de la legitimidad de su propio enlace.

Clemente VII, cuyo predecesor León X había dado a Enrique VIII el título de Defensor fidei (defensor de la fe), por sus escritos contra Lutero, se opuso al inadmisible divorcio de Enrique VIII, quien después de deshacerse de Wolsey e imputarle la muerte del duque de Buckingham, que era obra del rey, rompió las relaciones con el Sumo Pontífice. Después de haber sido reconocido por parte del clero inglés como cabeza visible de la Iglesia (1532) y contraído matrimonio el 25 de Enero del año siguiente, con Ana Boleyn, pronunció, por medio de un Acta del Parlamento, la separación de la Iglesia inglesa de Roma.

Acto seguido, el arzobispo de Cantorbéry, Tomás Cranmer, hechura del rey, disolvió el matrimonio de Enrique VIII con Catalina. Como el Pontífice procediese contra Enrique VIII, este adjudicó a la Corona las annatas que hasta entonces se habían pagado a la Curia romana, suprimió el óbolo de San Pedro, reglamentó las elecciones de obispos con absoluta independencia de Roma, y completó su obra con la declaración de la supremacía real haciéndose reconocer por el Parlamento jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra y representante directo de Dios en la Tierra.

Desde 1534 se suprimieron, además, los conventos de religiosos en Inglaterra y se confiscaron los bienes de los mismos. Fuera de estas alteraciones, más bien cismáticas y persecutorias que heréticas, Enrique VIII mantuvo en vigor las doctrinas de la Iglesia Católica; en los seis artículos que promulgó en 1539 se prohibía el matrimonio de los sacerdotes y el uso del cáliz para los fieles y se confirmaban las prácticas del Catolicismo. Todas estas medidas tomadas por el monarca hallaron escasa oposición y en la sujeción al soberano se conformaron tanto los lores como los comunes; aquéllos con miras a participar del rico botín de la Iglesia, estos persuadidos de que las disposiciones del monarca habían de ceder en aumento de la prosperidad del comercio y de la industria.

Sin embargo, la mala (índole y en especial la voluptuosidad de Enrique VIII pronto se pusieron de relieve). Ana Bolena murió en el cadalso, siguieron otras cuatro consortes, a saber: Juana Seymour (muerta en 1537), Ana de Cleve (divorciada en 1540), Catalina Howard (ejecutada en 1542) y Catalina Parr, que sobrevivió al monarca. En 1542 empezó Enrique VIII la guerra contra Escocia, quo no le dio resultado ninguno. Más tarde se alió de nuevo con Carlos V contra Francia y en 1544 se apoderó de Boulogne.

Enrique VIII murió el 28-I-1547. Le sucedió su hijo, de nueve años de edad, habido en el matrimonio con Juana Seymour, que se llamó Eduardo VI (1547-53) bajo la tutela de su tío materno, el protector Eduardo Seymour, duque de Somerset. Entonces fue cuando, dirigida por el mencionado Cranmer, se operó la verdadera fundación de la Iglesia anglicana, que difirió en adelante de la Católica en numerosas materias de fe y doctrina, y se arreció la persecución contra los católicos. El gobierno de Seymour fue derribado en 1549 por Juan Dudley, conde de Warwick, más tarde duque de Northumberland y, en 1552, al querer aquél recobrar su puesto, fue ejecutado.

Northumberland logró convencer a Eduardo VI de que excluyese de la sucesión al trono a sus hermanas María e Isabel y declarase sucesora suya a su parienta Juana Grey, bisnieta de Enrique VII, hija política de Northumberland y protestante acérrima. En consecuencia, al morir Eduardo VI (6 de Julio de 1553) se anunció la subida al trono de Juana; pero contra ella hizo valer inmediatamente sus derechos María la Católica (1553-58), hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón, la cual fue reconocida reina de Inglaterra, y al subir al trono hizo ejecutar en seguida a Northumberland y en 1554 a Juana. María dio impulso a una reacción católica, que, después de su matrimonio con Felipe (más tarde Felipe II, rey de España), hijo de Carlos V, aumentó en intensidad.

En 1554, previa resolución del Parlamento, la Iglesia de Inglaterra se sometió de nuevo al Papa; se renovaron las antiguas disposiciones contra los herejes, y, entre otros, Cranmer fue ajusticiado. En 1557, María fue inducida por su esposo a una guerra con Francia, la cual dio por resultado perder Inglaterra la plaza de Calais, que era la última posesión inglesa en territorio francés, desde la guerra de los Cien Años. El sentimiento que esta pérdida produjo a María le precipitó la muerte, ocurrida el 17 de Noviembre de 1558.

Durante el gobierno de su media hermana, la protestante Isabel (1556-1603), hija de Enrique VIII y de Ana Bolena, las relaciones eclesiásticas en Inglaterra volvieron al estado en que se hallaban en tiempo de Eduardo VI. Isabel exigió del clero, de los funcionarios públicos y de los miembros del Parlamento el juramento de supremacía, o sea, el reconocimiento de la supremacía de la soberana en materias eclesiásticas y depuso de sus cargos a los que se mantuvieron fieles a la fe católica. Asimismo procedió contra los que se negaban a reconocer los 39 artículos confirmados por el Parlamento y que constituían una renovación de los 24 artículos de Crammer. Los derechos del Parlamento quedaron nominalmente intactos, pero su importancia fue mucho menor que durante el gobierno de los Lancaster.

El ejercicio y administración de la justicia se supeditó también a la influencia del Gobierno; mas a pesar de todo, el gobierno de Isabel fue popular, porque con el mismo el bienestar del país aumentó por modo considerable y florecieron la agricultura, el trabajo y la industria. El comercio exterior se desarrolló con la navegación, ya que, además del activo tráfico con Rusia, empezaron a tomar cuerpo las relaciones con Levante y las Indias Orientales. En 1600 otorgó Isabel la primera carta de franquicia a la Compañía de las Indias Orientales; también durante su gobierno se fundó en la América del Norte la primera factoría que en honor de la llamada Reina virgen se llamó Virginia. La política exterior de la soberana estuvo informada por la necesidad de defender su trono, amenazado por diversos conceptos, entre los cuales no era menor el de la ilegitimidad de su nacimiento.

Algunos católicos trataron de sustituirla por la reina de Escocia, María Estuardo, que era la legítima heredera de la Corona de Inglaterra por parte de madre y que se titulaba reina de Inglaterra e Irlanda, sin aspirar, empero, personalmente a serlo de hecho; más dichos propósitos y título, unidos al odio que sentía por su prima, tanto por ser católica como por su gran belleza, bastaron para que al buscar María, arrojada de Escocia, un refugio en la corte de Isabel, esta la hiciera prender, alegando que su permanencia en Inglaterra daba origen a disturbios, y la mandó ejecutar inicuamente en 1587.

Con objeto de debilitar a España, apoyó Isabel la insurrección de los Países Bajos. El éxito que obtuvo Inglaterra con la destrucción de la Armada Invencible en 1588, alentó de un modo extraordinario la confianza que en sí mismo tenía el país, al mismo tiempo que sirvió de motivo a la reina para arreciar en la persecución religiosa, que motivó, finalmente, su excomunión. Isabel, la última representante de la familia Tudor, murió el 24 de Marzo de 1603, dándosele como sucesor al hijo de María Estuardo y bisnieto de Enrique VII, Jacobo VI de Escocia, que tomó el nombre de Jacobo I.

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, T. 28 págs. 1544-1559.