Historia de Inglaterra

Hasta la conquista normanda

Dinastía normanda 1066-1154

Los primeros reyes Plantagenet

Principio Constitución inglesa

Eduardo III y sus sucesores

Casa de Lancaster

Casa de York

Guerra de las Dos Rosas

Casa de Tudor 1485-1603

El Protestantismo

Los Estuardo

Cromwell y la República 1649-1660

Los últimos Estuardo 1660-1689

Fundación del reino parlamentario

La casa de Hannóver

Revolución americana

Las guerras con Francia

Emancipación de los católicos

Las reformas de Pell 1833-1846

Hasta la conquista normanda

Época prerromana
Los acantilados blancos de Dover podrían haber dado origen al nombre de AlbiónLos acantilados blancos de Dover podrían haber dado origen al nombre de Albión

Geólogos y arqueólogos no están de acuerdo acerca de quiénes fueron los primeros habitantes de la Gran Bretaña, cuyo nombre primitivo fue Albín o Albión y que probablemente se vio sucesivamente invadida por una serie de razas. Los primitivos ingleses, los hombres paleolíticos, pudieron haber emigrado o haber perecido a la llegada de sus sucesores. Durante las edades neolítica y del Bronce se pueden seguir confusamente huellas de nuevas invasiones; pero la seguridad de los hechos no comienza hasta dos invasiones célticas, la de los goidels en la última parte de la Edad de Bronce y la de los britanos y belgas en la Edad de Hierro. Estas gentes llevaron con ellos la civilización y los dialectos célticos. No se sabe a ciencia cierta hasta que punto eran celtas ellos mismos ni si lograron absorber las razas que les habían precedido; si bien es de creer no fueron simplemente una raza conquistadora y que formaban parte de los pueblos que usaban los idiomas célticos en el Continente.

En tiempo de Julio César, todos los habitantes de Bretaña, excepto tal vez algunas tribus del extremo N., eran sin duda celtas en el idioma y en las costumbres. Políticamente se dividían en muchas tribus, gobernadas por jefes propios; vivían en fortalezas construidas en las colinas, con murallas de tierra o de piedra sin debastar o en aldeas formadas por chozas redondas, o en moradas subterráneas, o en lugares cuyas habitaciones estaban construidas sobre postes en los pantanos. Pero por lo menos en el siglo se iniciaba la vida común, surgían mercados, se construían casas mejores y corría moneda de oro así como de lingotes o barras de hierro, de cuya existencia atestiguada por César, se han encontrado muestras principalmente de 1,5 libras de peso.

En religión, su característica principal era el culto druídico, semejante al de las Galias, y en arte se observa la influencia del céltico de la última época, de lejanos antecedentes mediterráneos y más directamente enlazado con la cultura de La Têne de los celtas continentales. Sus características consistían en una expresión fantástica de los animales y plantas, uso de la espiral regresiva y considerable habilidad en el esmalte. Sus productos más bellos eran en bronce.

La conquista de la Galias por los romanos puso a los britanos en relación con el Mediterráneo y después de las dos invasiones de César en 55 y 54 a. C., las tribus del sur fueron miradas en Roma como sometidas.

Época romana

Los primeros en introducir a los britanos en el tráfico mundial fueron los fenicios que explotaban el estaño de las Islas Británicas llamadas por ello Casitérides, del griego casiteros, estaño. A Occidente las primeras noticias llegadas de dichas islas lo fueron por los viajes de Piteas de Marsella (hacia 330 a. C.). Los romanos no supieron de la Gran Bretaña hasta que los celtas de las Galias les dieron a conocer su existencia. La conquista verdadera de la isla no se emprendió, empero, hasta la época del emperador Claudio, el año 43 de la era cristiana, y fue terminada por Agrícola en 85, aunque quedó sin someter, además de Irlanda (Hibernia), la parte sit. al N. del Clyde y del Forth.

Parece que los romanos fueron llamados por un príncipe británico fugitivo, víctima de los hijos de Cunobelin o Cymbeline, antiguo amigo de Roma. Aulo Placio con 40.000 desembarcó en Kent y avanzó hacia Londres; poco después llegó el propio Claudio y se apoderó de la capital indígena Camulodunum, hoy Colchester. Vencida la última resistencia de las fieras tribus del Yorkshire y Gales, después de treinta años de luchas, entre las que sobresalen las sostenidas por Boadicea, quedaron allí guarniciones romanas. Hacia el año 80 de J.C., el general romano Agrícola llegó hasta los Grampians; pero fue llamado por el emperador.

De 115 a 120, los britanos se sublevaron y el emperador Adriano tuvo que ir a Britania personalmente y construyó desde el Tyne a Solway, o más exactamente desde Wallsend a Bownes, una muralla continua de tierra más que de piedra, defendida por un foso y apoyada por fuertes a lo largo de ella. Antonio Pío construyó una muralla semejante entre el Forth y el Clyde, de 58 kms. de largo, de la que todavía se conservan restos; pero a pesar de ellas hubo varias guerras hasta que la frontera quedó definitivamente fijada en la línea de Adriano. Las tierras bajas del S. y del E. se romanizaron, como en las Galias; pero el resto hubo de ser defendido por una completa red de fortalezas.

Invasión sajona

A principios del siglo IV fue ya necesario establecer un sistema de defensa de las costas contra los piratas sajones, que hacia 350 redoblaron sus ataques. El Gobierno de Roma, acosado por los bárbaros, abandonó Inglaterra retirando sus legiones y dejando de enviar gobernadores; hacia 410 Honorio renunció a la soberanía de la isla y en 446, Aeccio, gobernador de las Galias, negó a los britanos los auxilios que solicitaban.

Desde estos hechos la historia de Inglaterra es muy oscura, aunque se sabe que, además de los ataques sajones, hubo de sufrir los de los escotos (irlandeses) y pictos. Se ignora como al fin llegaron a dominar los sajones, si como invasores o como llamados por los mismos britanos. La historia de Hengest y Horsa, llegados allí como desterrados y que ayudaron al rey Vortigern a expulsar a los enemigos del N., no es verosímil. A estos dos aventureros, según la tradición, debió su fundación el reino de Kent. De todas maneras parece que la primera invasión debe colocarse entre 428 y 455. Beda afirma que la invasión fue de tres razas distintas: jutos en Kent y Hampshire Meridional; sajones en Essex, Sussex y Wessex y anglios en Kent. Kent, en efecto, muestra tener un origen distinto.

Poco a poco los invasores fueron extendiendo sus dominios y se formaron al N. del Humber los reinos de Bernicia y Deira, unidos después en Northumbria; al S. del Humber el de Lindsey; en la cuenca superior del Trent el de Mercia; más al E. el de Anglia Oriental y entre los dos últimos el de Anglia Central, que se duda si llegó a formar un reino.

Los condados de Essex, Sussex y Kent conservan los nombres de antiguos Estados y la antigua diócesis de Worcester coincidía aproximadamente con el reino de Hwicce. Entre Sussex y Gales Occidental West Wales Cornwall se encontraba el Wessex, y la isla de Wight tenía también su rey. Todos estos reinos no fueron, empero, continuamente independientes, sino que varios de ellos dependían, en una forma que se desconoce, de otro más poderosos, que cuando comienza la historia verdadera de los anglosajones era Etelberto, rey de Kent.

Separación del Continente

Inglaterra estuvo separada durante dos siglos de casi toda comunicación con el Continente. De los hechos que en ella se desarrollaron solo se sabe algo por Próspero Tiro, Procopio y Gregorio de Tours, cuyas noticias no se acomodan bien con el fragmentario libro de Gildas ni la confusa historia de Nennio, ni tampoco con los anales ingleses redactados siglos después en la época del rey Alfredo en la primera edición de la Crónica Alglosajona.

En el siglo VI comienza a hacerse la luz con la Eclessiastica historia de Beda y vuelven a entablarse las relaciones con Europa, por medio de San Agustín y sus misioneros, así como por misioneros irlandeses, que hacia el año 686 habían evangelizado a casi toda Inglaterra. En pocos años la Iglesia inglesa se había convertido en orgullo de la cristiandad occidental, enviaba misioneros a Alemania, producía hombres como Beda y Alcuino, y la nación pasaba, en fin, de la barbarie a la civilización.

El país quedó, no obstante, por unos doscientos años, dividido en los antedichos reinos, cuyos jefes continuaron peleando contra los galeses y aun por la hegemonía entre sí, obteniendo en este caso el título de Bretwalda y llegando uno de ellos, Offa, a ser llamado por el papa Rex Anglorum, como si fuese el único reinante en el país. A Egberto de Kent se le ha denominado también, aunque no con entera razón, el primer rey de toda Inglaterra.

Las invasiones dinamarquesas contribuyeron a formar la unidad, por la necesidad que los jefes tenían de unirse para la defensa común. El hijo de Egberto, Etelvulfo, derrotó a los dinamarqueses; pero muerto Etelvulfo, los piratas cayeron de nuevo sobre los reinos septentrionales, no ya para saquearlos como hasta entonces, sino para establecerse en el país y pronto dominaron el territorio al N. de Támesis. Cuando se dirigieron contra Essex, le resistieron valerosamente los hijos de Etelvulfo, el rey Etelredo y su hermano Alfredo, que se distinguió en la batalla de Ashdown; pero fueron vencidos en Marte y muerto Etelredo.

A pesar de quedar hijos de este, los hombres de Wessex eligieron rey a Alfredo, llamado el Grande (871-901), quien derrotó en 878 a los dinamarqueses, convirtió al cristianismo a los que quedaron en Inglaterra y, después de defender al país contra nuevos ataques, implantó en él la paz y el orden, fomentando, además, la agricultura, la navegación, el comercio, las ciencias y las artes; su legislación fue la primera base de la common law que había de regir más tarde.

Entre sus sucesores se distinguió Edgardo (959-975), el cual extendió sus dominios a otras pequeñas islas y a gran parte de Irlanda. En tiempo de su segundo hijo, Etelredo (979-1016), se renovaron, con mayor peligro, los ataques de los dinamarqueses y solo transitoriamente y pagando fuertes tributos, se pudo alcanzar la paz. Muerto Etelredo (1016) y a los pocos meses su hijo Edmundo, el rey dinamarqués Canuto fue reconocido en Londres rey de Inglaterra. A la muerte de Canuto (1035) volvió Inglaterra a ser un reino independiente y al extinguirse en 1042 el linaje de Canuto en la persona de Hardicanuto, los grandes del reino elevaron al trono al hermano de Edmundo, Eduardo el Confesor (1042-66) que había vivido en el destierro en Normandía.

Muerto Eduardo sin hijos, le sucedió en el trono Haraldo, hijo de Godwino, pero Guillermo, duque de Normandía, alegó sus derechos al trono y como no se le atendiese, desembarcó, el 29-IX-1066, con 60.000 hombres en la costa S. de Inglaterra, y en la batalla de Senlac o Hastings (14-X) quitó a Haraldo el trono y la vida. Esta batalla fue el fin de la dominación anglosajona en Inglaterra. El 25-XII-1066, Guillermo I el Conquistador fue coronado rey de Inglaterra en Londres por el arzobispo de York.

Dinastía normanda 1066-1154

Los nuevos dominadores, aunque de origen germano, se habían romanizado por completo en Francia. Su lengua era un dialecto del francés, y su constitución estrictamente feudal. Las múltiples revoluciones de los anglosajones que fueron sofocadas por Guillermo I, dieron a este rey ocasión para una completa transformación de las relaciones de derecho, sobre las que el código fundamental del reino, el llamado Domesday Book, publicado hacia 1085, hace aclaraciones muy precisas.

La máxima del derecho inglés, allí desarrollada y vigente aun hoy en teoría, expresa que el rey es el propietario único de toda la Inglaterra conquistada y que nadie puede poseer pedazo alguno de tierra que no haya sido prestado mediata o inmediatamente por el soberano. El mismo rey poseía una reserva de más de 1.000 manors que, además de gran número de cotos, parques y bosques, formaban sus dominios; unas 600 personas y corporaciones aparecen como vasallos de la Corona, inmediatamente enfeudados (chieftenants, tenentes in capile); se habla, además, de 7.871 vasallos feudales intermediarios, 10.097 poseedores de feudos francos y 23.072 sokemanos, o sea hombres libres con menor derecho.

Los campesinos no eran libres y estaban sometidos a la dependencia del monarca en varios grados; los siervos del campo ascendían a unos 200.000, y el número de servidores a 25.000. Los normandos se hallaban casi exclusivamente en la clase de vasallos de la Corona; los demás se componían de estos y de anglosajones. Los poseedores de feudos heredables estaban obligados al servicio de las armas; como los vasallos de la Corona, los feudales intermediarios y los poseedores de feudos francos prestaban juramento de fidelidad al rey.

En cuanto a la división del territorio, se guardaba la forma de los condados: a la cabeza de cada condado había un vicecomes o sheriff, a modo de supremo funcionario de justicia, hacienda o administración, el cual era nombrado por el rey y al que se podía destituir. Se reunían cada año varias veces el rey, los grandes y vasallos, eclesiásticos y seglares, en asambleas en las que se deliberaba acerca de los asuntos de importancia, tanto en el terreno jurídico como financiero. Estas asambleas, sin embargo, no tenían la importancia de las primitivas wittenagemot de los Parlamentos anglosajones, pues carecían de fuerza legislativa.

Los reyes normandos

A la muerte de Guillermo I (7-IX-1087) le sucedió en el trono de Normandía su hijo mayor, Roberto, y en el de Inglaterra su segundo hijo, Guillermo II el Rojo (1087-1100). Guillermo II no cumplió las promesas que repetidas veces hiciera, de gobernar bien y con moderación, antes bien oprimió y tiranizó al país. A su muerte, ocurrida yendo de caza (2-VIII-1100), como no dejase hijos y Roberto no hubiese regresado de las Cruzadas, le sucedió su hermano menor, Enrique I (1100-1135). A fin de asegurarse en el trono confirmó por medio de la llamada Charta libertatum, el antiguo derecho anglosajón, con las modificaciones introducidas por Guillermo el Conquistador.

Como no pudiese tener a raya a su hermano Roberto, barón de Normandía, marchó en persona contra él (1105), le derrotó el 28-IX-1106 en Tinchebray y le tuvo prisionero hasta su muerte. De este modo volvió Normandía a la corona de Inglaterra y se afirmó el dominio real contra Roberto, hijo de Guillermo el Rojo, a quien apoyaba Luis VI de Francia.

En el interior, Enrique I aumentó el poder real con la humillación de los vasallos que querían arrogarse un poder excesivo y entró en lucha con el Pontificado por la cuestión de las investiduras, en la que acabó por hacer formales concesiones. Enrique I, por haber perecido su único hijo Guillermo en un naufragio en 1120, declaró heredera del trono a su hija Matilde (desde 1125, viuda sin hijos, del emperador de Alemania, Enrique V) y la dio en matrimonio (1129) al conde de Anjou, Godofredo Plantagenet; pero a la muerte de Enrique I (1-XII-1135) se presentó como pretendiente al trono Esteban de Blois (1135-54), nieto por su madre, Adela, de Guillermo el Conquistador, y consiguió que el pueblo y el clero le reconociesen por rey.

El rey David, de Escocia, se puso de parte de Matilde, pero fue derrotado en Northallerton, en la batalla de los estandartes (22-VIII-1138). Al poco tiempo, el conde Roberto de Gloucester, hijo natural de Enrique I, se levantó contra Esteban y, como este no cumpliese las promesas hechas al subir al trono, estalló una revolución.

Por el otoño de 1139 desembarcó Matilde con Roberto de Gloucester en Inglaterra y después de coger prisionero a Esteban en la batalla de Lincoln (2-II-1141) se hizo elegir y coronar reina en Winchester; pero a causa de su soberbia y ambición, halló gran oposición en todas las clases del país, y la guerra continuó. En 1148 Matilde, cansada de luchar, volvió a Francia; pero entonces su hijo Enrique de Anjou o Plantagenet tomó la ofensiva contra Esteban. Enrique ya poseía por Luis VII de Francia, en feudo Normandía, y junto a esta región el Anjou que heredara de su padre, y en 1152 el Poitou y la Guyena, que adquirió por el casamiento con Leonor divorciada del rey Luis. Al parecer en 1153 en Inglaterra con un gran ejército, firmó Esteban un tratado en virtud del cual se le aseguraba la posesión de la corona mientras viviese, pero la sucesión de la misma había de ser para Enrique. Según esto, a la muerte de Esteban (25-X-1154) subió al trono Enrique II y con él la casa Anjou-Plantagenet (1154-1399).

Los primeros reyes de la casa Plantagenet

Enrique II (1154-89) tuvo bajo su gobierno además de Inglaterra, Normandía, Anjou, Maine y el país situado entre el Loira y los Pirineos. En 1171 emprendió una expedición a Irlanda, recibió el vasallaje de los grandes tanto eclesiásticos como seculares, se mandó construir un palacio en Dublín y empezó de este modo la conquista de Irlanda. No fue menos afortunado en su expedición contra Escocia, pues hizo prisionero a su rey Guillermo (1174), quien hubo de recobrar su libertad a cambio del reconocimiento de la soberanía feudal de Inglaterra. Entre las luchas de Enrique II en territorio francés fue de especial importancia su expedición a Toulouse, donde su mujer tenía ciertos derechos, los que reivindicó Enrique II victoriosamente.

Durante su reinado tuvo continuas disputas con el santo arzobispo de Cantorbery, Tomás Becket, sobre todo cuando el rey dictó las famosas 16 Constituciones de Clarendon (1164) cuyo principal objeto era someter a la jurisdicción del Estado a los clérigos, impedir las apelaciones a Roma sin licencia del rey y otras intrusiones en los derechos que poseía la Iglesia. El Papa dio la razón al arzobispo; pero habiendo este excomulgado a los obispos de Londres y Salisbury que habían asistido a la coronación de Enrique II, el monarca prorrumpió en expresiones de ira que causaron el asesinato de Becket por cuatro caballeros. Estos hechos provocaron un levantamiento, al frente del cual se puso el hijo del propio rey, apoyado por los reyes de Francia y Escocia. Enrique II, empero, supo dominar la insurrección y después de cumplir la penitencia que se le había impuesto ante la tumba del propio santo, se reconcilió con la Iglesia y gobernó en adelante con gran mansedumbre.

Restablecida la tranquilidad, se dedicó Enrique II a implantar varias reformas interiores, las más importantes de las cuales fueron las que se acordaron en la Dieta de Northampton (1176). En virtud de ellas Inglaterra quedó dividida en seis distritos judiciales, al frente de los cuales se puso a tres jueces ambulantes justices itinerant. Se creó la institución del Jurado; en la corte, en 1178, o ya antes de esta fecha, se instituyó un colegio permanente de jueces compuesto de cinco hombres, que fue la base del Tribunal Supremo inglés, denominado Kings's Bench.

Finalmente, la Cámara del Tesoro Exchequer, creada ya en tiempo de Enrique I, fue objeto de grandes mejoras. Los últimos años de Enrique II se vieron castigados por nuevas luchas debidas a los levantamientos provocados por sus propios hijos, a quienes Francia no dejaba de inspirar a que amargasen la existencia de su padre. Enrique II hubo de pactar al fin una paz vergonzosa con Francia, y poco después murió (6 de Julio de 1189). Uno de sus actos más importantes para el porvenir de Inglaterra fue su intervención en Irlanda, que dividida en reinos como antes Inglaterra, era presa de luchas intestinas. Enrique II desembarcó en Dublín en 1171 y en poco tiempo se le sometieron casi todos los príncipes, si bien después poco a poco el país vivió en la práctica a vivir emancipado y la soberanía inglesa no fue una realidad hasta la época de los Tudor.

Ricardo I Corazón de León (1189-99), su sucesor, se distinguió por su valor y caballerosidad, más que por sus cualidades de gobernante. Durante la cruzada emprendida por él con Felipe Augusto de Francia, su hermano Juan destituyó al administrador del reino, Guillermo Longchamp, obispo de Ely, se alió con Felipe Augusto quien, a su regreso de Palestina, amenazaba las posesiones francesas y procuró apoderarse del gobierno. Al volver Ricardo a Inglaterra sometió a su hermano y venció a Felipe Augusto en Gisors (28-IX-1198) con lo cual renació la paz; pero el 6 de abril del siguiente año murió, a consecuencia de una herida recibida durante el sitio de un burgo del Limousin.

Le sucedió su hermano Juan, al que su padre había puesto antes el sobrenombre de Sin Tierra (1199-1216) por no haber recibido tierra alguna en herencia; Arturo de Bretaña, hijo de Godofredo, hermano mayor de Ricardo I, reivindicó con las armas, y ayudado por Francia, sus derechos al trono, pero cayó en poder de su tío, y fue asesinado en 1203. Felipe invitó luego al rey Juan a ir a París y, como no acudiese, le enjuició y ocupó casi todas sus posesiones del continente.

Poco después la situación de Juan vino a ser aún más difícil: en efecto, a la muerte del arzobispo Huberto de Cantorbery (1205) se vio envuelto en una contienda con el papa Inocencio III, quien en 1208 lanzó un entredicho sobre Inglaterra y en 1209, excomulgó a su rey. Entonces los barones, casi todos los cuales odiaban al monarca, le amenazaron con destronarle y Felipe de Francia equipó (1213) un ejército para hacer cumplir la excomunión lanzada contra Inglaterra, en vista de lo cual Juan tomó la resolución de someterse al Papa. El 15-V-1213 renunció a la corona de Inglaterra e Irlanda, declarándose feudatario de la Santa Sede mediante la entrega de una cantidad anual, y aunque este pacto le valió la absolución pontificia, la lucha con Francia no cesó. Se alió con Juan el emperador de Alemania, Otón IV, pero en la batalla de Bouvines (27 de Julio de 1214) los ejércitos angloalemanes fueron completamente derrotados, viéndose obligado el monarca a firmar una paz muy desfavorable con Felipe.

Principio de la Constitución inglesa

Al volver Juan a Inglaterra halló el país en plena efervescencia; los barones y las grandes comunidades exigían cada vez con mayor vehemencia que se les reconociesen sus derechos. Juan se vio obligado a firmar (15-VII-1215) en Runnymede, la Carta Magna, que rigió en toda la Edad Media con una repocilación de las más importantes leyes de Inglaterra, y en ella se apoyan una parte de las actuales libertades. Entre las decisiones de este Código había dos especialmente que revestían gran importancia: una era (art. 39) la que garantizaba la libertad personal, disponiendo que ningún súbdito inglés, sin el dictamen o sentencia legal de sus iguales en estado, ser detenido, privado de sus bienes ni condenado al destierro; la otra (arts. 12-14) hacía depender la extraordinaria contribución de los feudatarios y la tributación de Londres, de la aprobación del Consejo del reino, al cual habían de ser invitados, cada uno de por sí los grandes barones por medio de un escrito real, y los pequeños barones por medio del sheriff.

Para asegurar la observancia de este y otros derechos otorgados al país, se nombró un Comité de 25 varones. Juan juró que cumpliría aquellas promesas, pero pensó vengarse de la injuria que para él entrañaban. Ante todo hizo anular la Carta de inmunidad por una bula de Inocencio III (25 de Agosto de 1215) y luego recorrió el país, devastándolo y conquistando una por una las ciudades, excepto Londres. Entonces los barones reclamaron el auxilio de Francia y ofrecieron la corona a Luis, príncipe heredero de aquel país. El príncipe francés fue allá con su ejército y, con Alejandro II de Escocia, conquistó una gran parte de Inglaterra.

Entre tanto, Juan (19 de Octubre de 1216) murió. Le sucedió en el trono su hijo, de nueve años, Enrique III (1216-72), bajo la regencia del legado pontificio y del mariscal Guillermo de Pembroke, quien defendió acérrimamente los derechos de su pupilo. Confirmó en nombre del rey, aunque con ciertas restricciones, la Carta Magna, y poco a poco fue robusteciéndose la autoridad del joven monarca. Pembroke obtuvo, el 20 de mayo de 1217 una gran victoria en Lincoln contra Luis de Francia, y los escasos rebeldes que quedaban y la escuadra francesa fue derrotada en Dover en el mes de agosto siguiente, por lo cual Luis, en la paz de Lambeth (11 de Septiembre de 1217) renunció a sus pretensiones y abandonó Inglaterra.

En 1227 Enrique III fue declarado mayor de edad, y sus pretensiones al Poitou le llevaron a una guerra con Francia, pero fue derrotado (22 de Julio de 1242) en Tailleborc, a orillas del Charenta, y en la paz de Burdeos (7-IV-1243) hubo de renunciar a los países de aquende el Garona. Enrique III estuvo en continuas luchas con la nobleza, dirigida por Simón de Montfort, conde de Leicester, que le dictó las célebres Provisiones de Oxford, y más tarde las de Westminster, que transferían mayor jurisdicción a los Tribunales reales en beneficio de la clase popular. La conducta altanera de Leicester le enajenó partidarios, y al fin fue vencido y muerto en la batalla de Evesham, sin que, no obstante, padecieran las libertades conquistadas, por la moderación de que dio muestras el heredero de la corona.

Con todo, durante el reinado de Enrique III prosperó el país que produjo hombres tan eminentes como Roger Bacon y Escoto; entraron y reformaron Inglaterra las órdenes de Dominicos y Franciscanos y las artes hicieron rápidos progresos. También se considera que del tiempo de este monarca data el principio del Parlamento inglés, cuando el rey convocó en Oxford a cuatro caballeros delegados por cada condado, junto con los principales poseedores de tierras, para discutir las necesidades del monarca. Aun la misma palabra Parlamento aparece y se repite a mediados del reinado. El 20-I-1265, fecha en que se reunió el Parlamento, convocado por Leicester, se ha designado con razón, como el natalicio de la cámara popular inglesa. Restablecida la paz, Enrique III reconoció de nuevo la Carta Magna, y pudo Eduardo (1270) emprender una cruzada, pero antes de su regreso murió Enrique III (16-XI-1272).

Su hijo Eduardo IV, llamado más generalmente Eduardo I, por ser el primero de este nombre en la casa de Anjou (1272-1307), se propuso como objetivo de su reinado reunir toda Inglaterra bajo su cetro. Empezó sometiendo el país de Gales y luego emprendió la campaña de Escocia, que tuvo un éxito decisivo en la victoria de Dumbar (27-IV-1296), pero luego se renovó la guerra, poniéndose los escoceses al mando de Guillermo Wallace y siendo derrotado el ejército inglés en Stirling (11 de Septiembre de 1297); finalmente, en 1305 Wallace fue hecho prisionero y ejecutado.

En su tiempo se consolidó el Parlamento, con el cual se mostró siempre respetuoso Eduardo I durante su largo y próspero reinado. Su hijo y sucesor, Eduardo II (1307-27), hombre corrompido de costumbres, concedió a su favorito Pierres de Gaveston una excesiva influencia en los asuntos del gobierno, por lo cual los barones en el Parlamento de 1310 reunido en Westminster, le obligaron a conceder la formación de un Comité de 21 nobles ordainers. En el acta redactada por estos en 1311, se prohibía al monarca continuar la guerra sin el consentimiento de los barones, abandonar el país y conferir los altos cargos públicos y se determinaba que el Parlamento había de reunirse por lo menos una vez al año. Gaveston fue decapitado en 1312.

Entre tanto, Roberto Bruce hacía nuevos progresos en Escocia: derrotó a Eduardo II en Banockburn (24-VI.1314) y continuó la guerra hasta 1323. Pronto surgieron rivalidades entre el rey y sus favoritos, entre ellos los Hugh d´Espencer o Spencer (padre e hijo) sumándose a estos los barones acaudillados por Tomás, conde de Lancaster. Hecho este prisionero en Boroughbridge (1322) y decapitado, se revocaron los estatutos de los ordainers, decretándose que en adelante solo tendría fuerza de ley únicamente lo que el rey por sí mismo dispusiese, con la aprobación de los Estados reunidos en el parlamento.

En este Estatuto de 1322 aparece claramente por primera vez la idea del gobierno constitucional. A pesar de esto, el rey no logró tener paz y tranquilidad. Su esposa Isabel, hermana de Carlos IV de Francia, le abandonó, fugándose a París, donde se juntó con su amante lord Mortimer; los barones del partido de los Lancaster se aliaron con ella al llegar a Inglaterra; los Spencer fueron ejecutados y el propio Eduardo II, después de obligado a abdicar, fue asesinado en la cárcel.

Eduardo III y sus sucesores

Durante el reinado de su hijo y sucesor, Eduardo III (1327-77), Escocia hubo de reconocer la soberanía de Inglaterra, frustrándose un nuevo conato de independencia que hicieron los escoceses en 1346, en la batalla de Neville´s Cross. Ya antes había estallado la guerra con Francia.

Extinguida en 1328 la línea directa de los Capetos en Francia, Eduardo III reclamó la sucesión al trono fundándose en los derechos de su madre Isabel, y desde 1338 disputó la corona a Felipe VI de Valois, comenzándose así la guerra de los Cien Años. Al principio obtuvo excelentes resultados, sobre todo con la victoria de Crécy (26-27-VII-1346) y la de Poitiers (19-IX-1356) en la que tomó parte muy importante el hijo de Eduardo III (el Príncipe Negro, haciendo prisionero al rey Juan II.

En 1348-49 se desarrolló la tristemente famosa peste negra o bubónica que causó la muerte tal vez de un tercio de la población y entre cuyas víctimas se contó la hija del rey. Con la paz de Bretigny (8 de mayo de 1360) Eduardo III obtuvo la plena posesión de Poitou, la Guyena y Gascuña, así como de las ciudades de Calais y Guines, quedando de nuevo constituida la soberanía de los monarcas ingleses en Francia. Empero, en 1369 estalló de nuevo la guerra, y los ingleses fueron perdiendo poco a poco sus posesiones del Continente, excepto las ciudades marítimas de Guines y Calais.

Por lo demás, el reinado de Eduardo III fue muy importante para el desarrollo de la Constitución parlamentaria. Durante el mismo se operó sucesivamente la división del Parlamento en Alta Cámara (prelados y barones) y Baja Cámara (Casa de los Comunes, señores de los condados y ciudadanos) y se reconoció el derecho del Parlamento respecto de la imposición de tributos y promulgación de leyes. También tuvo lugar (1376) el primer ensayo de demanda judicial impeachment contra los lores Latimer y Lions. A la muerte de Eduardo III (21-VI-1377) subió al trono su nieto (el hijo del Príncipe Negro), Ricardo II (1377-99). Durante su menor de edad hubo disturbios en el interior del reino, y en el exterior la guerras tuvieron un resultado desfavorable. En 1381, ocurrió un levantamiento del pueblo acaudillado por Wat Tyler, que fue sofocado con relativa facilidad.

Luego Ricardo II se indispuso con sus tíos, los duques de Lancaster, York y Gloucester, el último de los cuales obligó al rey (1386) a apartar de su lado a los favoritos y someterse a un nuevo Consejo de regencia. Ricardo II tomó las riendas del gobierno en 1389, y en 1397 dio un inesperado golpe de Estado, encarcelando a sus principales adversarios, desterrando al obispo de Cantorbery y a su hermano el conde de Warwick, y mandando decapitar al conde de Arundel. Gloucester fue ejecutado en la cárcel.

Ricardo II, pues, quedó dueño absoluto del poder; pero en 1399 el duque Enrique de Hereford, hijo y heredero del duque de Lancaster, hizo un desembarco en Yorkshire y el regente del reino, duque de York, se adhirió al movimiento, siendo hecho prisionero Ricardo II y obligado a abdicar, después de lo cual fue depuesto por el Parlamento. Entonces subió al trono, con nombre de Enrique IV, el duque de Hereford, como sobrino legítimo de Eduardo III. Ricardo II pereció en el castillo de Pontefract, de muerte violenta, en 1400.

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, T. 28 págs. 1544-1559.