Eduardo VII de Inglaterra

Datos biográficos

Rey de Inglaterra, 1901-1910
Emperador de la India
Nacimiento: 9-XI-1841
Fallecimiento: 6-V-1910
Predecesor: Victoria I
Sucesor: Jorge V

Biografía

Eduardo VII (Eduardo X, según otros autores). Nació en el palacio de Buckingham en 9-XI-1841 y murió en Londres en 6-V-1910. Al venir al mundo, Inglaterra era indudablemente una gran nación, pero no había llegado al estado de prosperidad casi omnipotente que alcanzó durante su reinado. En la fecha de su nacimiento, una gran crisis industrial afectaba al país, el trabajo escaseaba, y los reformadores cartistas fomentaban los disturbios sangrientos; Ricardo Cobden y Juan Bright, en numerosos mítines, pedían la abolición del impuesto sobre los trigos extranjeros.

Edward VII in coronation robesEduardo VII por Luke Fildes

Las guerras estaban encendidas, tanto en el Afganistán como en el Cabo, y los republicanos eran más numerosos cada día, y aun las personas de ideas más templadas no creían que el joven príncipe pudiera llegar a sentarse en el trono. Un atentado contra la reina Victoria en 1842 por el revolucionario Francis, produjo la indignación general y fue altamente favorable a la causa de la monarquía, pues contribuyó a afirmarla. Ajeno a los graves acontecimientos que se desarrollaban en Inglaterra, el príncipe creció bajo la tutela maternal, y al contar seis años de edad, su madre y el príncipe consorte le llevaron al yacht real, vistiendo el uniforme de la marina real, y embarcado en aquel buque hizo un crucero por la Mancha y por el mar del Norte.

En 1849, acompañado por su padre, inauguró el Coal Exchange, y en 1851 asistió a la inauguración de la Exposición universal. En 1854 concurrió a la sesión inaugural del Parlamento, oyendo con gran atención el mensaje de su madre, en el que anunciaba la Guerra de Crimea. Junto con sus padres (1856) visitó a Napoleón III y la tumba de Napoleón I, en los Inválidos, y a pesar de su deseo de permanecer más tiempo en París, que manifestó al emperador, sus padres le volvieron a Inglaterra al finalizar los días anunciados en el protocolo de la visita.

En 1857 recorrió el Oeste de la Gran Bretaña, y en 1858 España, Portugal e Italia, deteniéndose en Roma algún tiempo. A poco continuó sus estudios en Edimburgo, estudiando química industrial y las literaturas francesa, alemana e italiana, mientras que tres veces por semana concurría a los ejercicios del 16º regimiento de húsares, con lo que tenía ocupados todos los momentos del día. A los dieciocho años se le ascendió a coronel, pasando el verano en Escocia, donde asistió a las cacerías monteses. Pasó después a la universidad de Oxford, cuyos profesores procuraron iniciarle en todos los conocimientos, desde la teología hasta las matemáticas puras.

En 1860 se interrumpieron sus penosos estudios, acordándose que marchara al Canadá como representante de Inglaterra, acompañado del ministro de las Colonias, duque de Newcastle, haciendo la primera escala de aquel viaje en San Juan de Terranova, donde obtuvo una recepción entusiasta. Llegado al Canadá, colocó la primera piedra del Parlamento de Ottawa e inauguró el puente Victoria en el río San Lorenzo.

El presidente de los Estados Unidos, Buchanan, solicitó de la reina Victoria que permitiera al joven príncipe que atravesara la frontera y visitara aquella nación, a lo que consintió la reina, pero imponiendo a su hijo la condición de que el viaje lo hiciera de incógnito bajo el nombre de barón de Renfren, con el que se trasladó a Chicago, a San Luis y a Nueva York, siendo acogido en todas partes con cariñosa simpatía; plantó un roble en el tumba de Washington.

De vuelta a Inglaterra, en Noviembre de aquel año reanudó sus estudios yendo a la universidad de Cambridge, donde empezaron sus escapatorias, pues se aburría extraordinariamente al lado de su governor, el coronel Bruce, decidiendo una mañana escapar de Cambridge para ir a Londres, logrando que nadie advirtiera su fuga hasta la estación de Cadington, cuyo jefe, acompañado de dos empleados del palacio de Buckingham, le detuvo en el andén y le obligó a regresar a Cambridge.

La muerte de su padre le ocasionó un pesar tan grande que, por espacio de algunas semanas, estuvo sumido en una profunda depresión moral; para sacarle de aquel estado, la reina le indicó la conveniencia de hacer un viaje por Egipto y Tierra Santa (Febrero de 1862), embarcándose seguidamente para el Cairo, donde le tributaron grandes honores y festejos en su honor, y visitó las Pirámides y Jerusalén y los países bíblicos, regresando a la Gran Bretaña en la primavera siguiente.

Se estableció desde los primeros días en el castillo de Sandringham, llevando la vida de un gentleman farmer, en compañía de su esposa, con la que hizo esfuerzos para suprimir las distinciones sociales y las diferencias hereditarias o plutocráticas. A las recepciones que daba en el castillo invitaba a las personas que habitaban en aquellos alrededores, fueran nobles o burgueses, ricos o pobres. No conformándose con aquella democrática promiscuidad los aristócratas de la región, protestaron en diferentes ocasiones de los sentimientos sobrado democráticos del heredero del trono, que no les hizo caso ninguno.

Rodeado de una corte de alegres amigos, de escritores, poetas, artistas y actores, cuando las murmuraciones llegaban a su conocimiento, le servían de diversión y organizaba alegres bailes y danzas frenéticas al son de las gaitas escocesas, que duraban hasta el alba, en las que tomaba parte personalmente, ejecutando las famosas gigues y los fings, de los montañeses. Aquellas diversiones no le impedían figurar, junto con la princesa, en todas las ceremonias oficiales, inauguraciones y banquetes. En 1863 los francmasones de Oxford le recibieron bajo el famoso arco de acero, y, como consecuencia, fue nombrado gran maestro de la francmasonería inglesa.

Durante el verano d e1868 los príncipes de Gales viajaron por el continente, pasando algunos días en París, invitándoles el emperador a una cacería en el bosque de Compiègne, durante la cual el heredero de la corona inglesa fue repentinamente atacado por un ciervo que dio en tierra con el caballo que montaba, cayendo el príncipe debajo del animal, sin sufrir graves consecuencias. Después de una corta estancia en Viena, los viajeros fueron al Cairo, desde donde, guiados por Lesseps, visitaron las obras del canal de Suez, saliendo seguidamente para Constantinopla, Crimea y Grecia. En enero de 1872 estuvo a punto de morir de un ataque de fiebre tifoidea.

En 1873 representó a la reina de Inglaterra en la Exposición de Viena, y a su vuelta visitó la ciudad de Birmingham, cuyo alcalde era radical y había pronunciado varios discursos contra la institución real, temiéndose que estuviera poco deferente con el príncipe en el transcurso de la visita, pero, por el contrario, José Chamberlain, así se llamaba aquel funcionario, estuvo muy deferente con él, llegando al poco tiempo a abjurar de sus ideas y aceptar el ministerio de las Colonias.

En 1875 el Parlamento votó un crédito de 2.500.000 francos para que el príncipe, futuro emperador de las Indias, en su próximo viaje a aquel país, deslumbrara con su fausto a los rajás, siendo muy bien acogido en aquella colonia, que de Bombay a Madrás, a Calcuta, a Cawapora y a Allahabad. Los regalos que le ofrecieron los rajás y los nababs ascendieron a más de 25.000.000, mucha parte de los cuales, a su regreso a la Metrópoli, destinó el príncipe a los museos.

En 1885 visitó la Irlanda: en 1887 dirigió las fiestas del jubileo de su augusta madre la reina Victoria; en 1889 asistió a la inauguración de la Exposición universal de París, y en el mismo año marchó con su esposa a San Petesburgo para asistir a las exequias del zar Alejandro III; en 1894 acompañó a la reina Victoria a Alemania; en 1896 su caballo Persimmon ganó el Derby, victoria que entusiasmó a los ingleses y aumentó, si cabe, la popularidad del príncipe.

Acaeció más recientemente la muerte de la reina Victoria y su proclamación como rey (29-VI-1901), y, anteriormente (14-IV-1900), el anarquista Sipido atentó contra su vida en la estación Norte de Bruselas. Una inesperada enfermedad del nuevo rey obligó a suspender las ceremonias de su coronación que, una vez restablecido, se celebraron con gran fausto el 9-VII-1902 y sin incidente alguno desagradable.

En el verano de 1906 pasó, según su costumbre, una larga temporada en Biarritz, sufriendo un gran ataque de influenza, durante el cual tuvo el propósito de llamar al príncipe de Gales, su hijo; a pesar de las apariencias, no había desaparecido la enfermedad cuando regresó a Londres, y el mal tiempo que se dejó sentir en la capital de Inglaterra agravó la bronquitis que sufría, y los médicos, doctores sir Laking y sir Reid, que le asistían, le ordenaron, al notar que la enfermedad era seria, que no abandonara sus habitaciones particulares y se quedaron de guardia permanente en palacio por si su presencia era necesaria al ilustre enfermo.

El día 6 por la mañana se agravó su estado y los médicos dieron un parte diciendo que el estado era crítico, por lo que todos los miembros de la familia real fueron llamados a palacio, el arzobispo de Canterbury ofició a todos los obispos ingleses para que impetraran el favor de Dios para el restablecimiento del rey, y desde entonces el príncipe de Gales no abandonó ni por un momento la cabecera del lecho de su padre, asegurándose que este dijo poco antes de expirar, viendo cerca su fin.

Noto que la via se me escapa. En este momento creo que he cumplido con mi deber.

La noticia circuló con rapidez por Londres, produciendo dolorosa impresión en todas partes, pues seguramente ha sido el soberano más querido de nuestros días. Muy al tanto de todas las cuestiones, procuraba estudiar personalmente los más importantes problemas, y así, uno de sus mejores discursos fue el pronunciado en la Cámara de los Lores sobre la cuestión de las viviendas para obreros. Se distinguió principalmente como diplomático: sabido es que dirigió personalmente las relaciones con el exterior, según costumbre inglesa, lo propio que su augusta madre y otros soberanos anteriores.

En el interior fue escrupulosamente constitucional, pero en la política exterior quería imponer sus iniciativas. A ellas se debió la alianza con el Japón, el mejoramiento de las relaciones con Alemania, la amistad más estrecha con España, la mayor cordialidad de las relaciones con los Estados Unidos, y, a los pocos días de subir al trono, la paz con el Transwaal, contra el parecer de algunos políticos ingleses, y, por último, en 1903, la entente cordiale con Francia, a pesar de la viva oposición de los ministro ingleses, especialmente de lord Londonderry.

Fue hombre, dentro de su credo, de sentimientos religiosos, como lo prueba el hecho de que si se daba el caso de hallarse en localidades donde no le fuera fácil asistir al servicio divino de la Iglesia anglicana, no tenía reparo de asistir a la misa en cualquier templo católico. En algunos actos transcendentales no vaciló en arrostrar la impopularidad protestante. Sabido es que al subir al trono se negó a prestar el juramento de ritual contra ciertos dogmas del catolicismo y recibió la visita oficial del legado de Pío X, cardenal Vanutelli, y ordenó que nadie se opusiese a que 100.000 católicos recorrieran en procesión las calles de Londres cuando el Congreso Eucarístico, celebrado en aquella capital en IX-1908. La Alianza protestante elevó un mensaje a la corona para que impidiera la procesión, a lo que el monarca contestó con un visto y ordenó a su gobierno la conservación del orden, pues dijo que aun cuando los católicos ingleses estén en minoría en Inglaterra, son tan ciudadanos como los protestantes y tienen iguales derechos al amparo de la ley.

Hemos dicho que Eduardo VII dirigió personalmente la política exterior de Inglaterra, y hay que añadir que también fue el impulsor de las formidables construcciones navales de Inglaterra para contrarrestar las de Alemania, asesorado por su ayudante de campo, sir Juan Fischer, primer lord del Almirantazgo; realizó dos hechos principales, reuniendo y reconcentrando todos los buques de guerra de Inglaterra en las costas de Inglaterra e Irlanda, y la aparición de los Dreagnoughts, buque que se distinguen por su colosal tonelaje y por la uniformidad del calibre de su artillería gruesa (30 cm., con proyectiles de 400 libras), que a 12 km. perforan corazas de dos pies de espesor.

En los nueve años de su reinado la escuadra inglesa ha doblado casi, a pesar de ser los nuevos buques de mayor tonelaje que los existentes en 1901. Entonces contaba con 37 acorazados, que desplazaban 360.000 ton., y a su muerte contaba con 56 que desplazan 828.000, sucediendo un aumento proporcional en los cruceros, torpederos, destroyers y submarinos: el importe de los siete presupuesto navales aprobados por Eduardo VII se elevaba, sin contar la artillería, a la enorme cifra de 331.995.700 francos.

Durante muchos años reinó también Eduardo VII como soberano indiscutible de la moda a la que dio el tono en toda Europa; todos los elegantes le imitaban hasta en sus extravagancias adoptaban las prendas que el monarca se veía obligado a llevar para disimular su marcada corpulencia. Fue, en suma, Eduardo VII, una de las personalidades más simpáticas de nuestra época. Hombre de mundo, elegante, dotado de un amable escepticismo y de una agradable bonhomie, supo contribuir a la grandeza material y moral de su patria y trabajó con fruto por la paz europea, que tuvo en él a uno de sus más decididos campeones. Fue también un buen amigo de España, con cuyo soberano, como es sabido estaba emparentado. En 1912 se le erigió un monumento en Cannes.

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, tomo 19 págs. 106-107.