Guerras de Religión en Francia

De Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana

Masacre de la noche de San Bartolomé.Masacre de la noche de San Bartolomé de François Dubois.

Hacia 1562 —reinando Francia Carlos IX—las diferencias entre católicos y hugonotes se intensificaron extraordinariamente por haberse involucrado la cuestión religiosa con la cuestión política, y no pudiendo resolverse por la vía pacífica estalló la guerra, que con cortos intervalos, se prosiguió desde 1562 hasta 1629. Más que los propios reyes, primeramente fueron los grandes señores quienes acaudillaron a los respectivos bandos; las masas fanatizadas se entregaron a los próceres más valientes y más crueles. Estos fueron los Guisa para los católicos, y Coligny, Montmorency y Condé para los reformados.

  1. Se inició la primera guerra cuando a raíz de haberse intentado conceder por los Estados generales reunidos en San Germán el libre ejercicio del culto a los calvinistas fuera de las ciudades, los partidarios del duque de Guisa hicieron una matanza colectiva de aquéllos en Passy (Champaña). Entonces los hugonotes solicitaron el auxilio de Inglaterra mediante la cesión del Havre, y recibieron ayuda de Alemania. La suerte fue aciaga para ellos, pues no sólo perdieron la plaza de Ruán, sino que Coligny y Condé fueron vencidos en Dreux. El siguiente año (1563) los católicos sitiaron la plaza de Orleáns, pereciendo asesinado en el asedio el jefe de los mismos, Francisco de Guisa. Sin embargo, Catalina de Médicis consiguió celebrar con los hugonotes la Paz de Amboise, por la cual depusieron las armas. Orleáns volvió a poder del rey y se recobró el Havre, que estaba en manos de los ingleses. Esto dió fin a la primera guerra.
  2. Cuatro años más tarde (1567) las desconfianzas y recelos de los dos partidos dieron lugar a la segunda guerra. Los hugonotes, a las órdenes de Condé y de Coligny, intentaron apoderarse de la persona del monarca. Tomaron Orleans, emprendieron la marcha sobre París, pero fueron derrotados en San Dionisio. Enrique de Anjou, hermano del rey, recibió el nombramiento de lugarteniente general del reino. El año siguiente, combatidos por el pueblo de los distritos rurales que no podía tolerar a los alemanes que habían vuelto a auxiliar a los sublevados, tuvieron que aceptar la paz de Lonjumeau, con la cual se dió fin a la segunda guerra. Entonces un Real edicto autorizó tan solo la religión católica y expulsó a todos los ministros protestantes.
  3. Esto dió lugar a la tercera guerra. Enrique de Anjou derrotó a los hugonotes en Jarnac y en Moncontour; ambos bandos se combatían como fieras en todas partes, sin respetar sexos ni edades, y después de más de un año de sufrir el reino tales horrores, se celebró la paz mediante el Edicto de San Germán en Laye, concediendo a los hugonotes el derecho de ejercer todos los cargos y señalándoles cuatro ciudades para su seguridad La Rochela, Montauban del Tarn, Cognac de Charente y Charité sur Loire. Esto puso fin a la tercera guerra (15 de Agosto de 1570).
  4. Los hugonotes se embravecieron con su triunfo, los católicos se sintieron humillados, y el furor de las pasiones no tuvo valladar. Estos rencores dieron lugar a la terrible Noche de San Bartolomé (24 de Agosto de 1572), que ocasionó la cuarta guerra. Terminó en Octubre de 1573, con el Edicto de Boulogne, mediante el cual se devolvieron los cargos, bienes y honores a los calvinistas, con libertad de conciencia y de practicar su culto en importantes ciudades.
  5. Las exigencias de aquéllos, queriendo más sólidas garantías que las estipuladas por el Edicto, desencadenó la quinta guerra. En esta se luchó, más que por la religión, por banderías políticas, entre los partidarios de la corte y los detractores de la misma, acaudillados por Enrique de Navarra, Terminó la lucha con la paz de Château-London, concediendo a los hugonotes grandes ventajas.
  6. Entonces se formó la Santa Liga, y los Estados generales reunidos en Blois provocaron el rompimiento. Constituyó la sexta guerra, que terminó con la paz de Bergerac (Septiembre de 1577).
  7. Enrique de Navarra, que tenía puestas sus miras en el trono, no dio su brazo a torcer, y durante el año 1580 originó la séptima guerra, que tuvo fin con la paz de Fleix en el propio año. La Santa Liga no quiso tolerar a un rey solapado como Enrique III e intentó poner en el trono a uno de los Guisas.
  8. Esto dio lugar a la octava guerra, llamada de Los tres Enriques, en la que estuvieron frente a frente, el rey, Enrique de Navarra y Enrique de Guisa. La lucha tuvo infinitas peripecias e intervino Felipe II en la misma, con las secretas miras de incorporar abierta o encubiertamente la corona de Francia a la española. Enrique III murió asesinado y el duque de Guisa corrió la misma suerte. Finalmente, Enrique de Navarra abjuró solemnemente el protestantismo y ocupó el solio con el nombre de Enrique IV. Promulgó entonces el Edicto de Nantes (1598), dando libertad de conciencia a los protestantes y concediéndoles derecho a gobernar en ciertas plazas que se denominaron de seguridad o refugio. Esto terminó la octava guerra.
  9. En tiempo de Luis XIII (1621), las exigencias de los protestantes, que en sus ciudades de seguridad se negaban a acatar cuanto no dimanara de sus directas deliberaciones, fueron causa de la novena guerra. El duque de Rohan y su hermano, el de Subisa, se pusieron a la cabeza de los hugonotes, y si bien al principio consiguieron algunas ventajas, comenzaron pronto las apostasías y soplaron aires de paz. Esta se firmó en Montpellier, respetando el Edicto de Nantes, pero no dejando a los reformados más plazas de seguridad que Montauban y La Rochela. La corte, al comprender lo deleznables que resultaban las convicciones de los caudillos hugonotes, no se dio prisa para cumplir lo pactado.
  10. Esto dio motivo a la décima guerra (1625). Los protestantes se defendieron tenazmente en Montauban y La Rochela, pero Richelieu les obligó a rendirse en toda la línea y someterse a sus fueros de vencedor. Perdieron todas las garantías y franquicias que les confería el Edicto de Nantes, pero, no obstante, se les respetó la libertad de conciencia. Continuaron en Francia y dejaron de conspirar.

Luis XIV, para conseguir la unidad absoluta, política y espiritual de su reino, les arrebató aquella tolerancia y les persiguió cruelmente. Muchos prefirieron expatriarse a vivir supeditados y en zozobra constante. Muchísimos emigraron a Holanda. En tiempos de la regencia de Orleáns y de Luis XV no se les molestó. Cuando en época de Luis XVI saltaron los primeros chispazos de la Revolución, fueron otorgados a los hugonotes que seguían en Francia, todas las libertades que a los demás ciudadanos, aunque siguió en pie la prohibición de ocupar cargos públicos (1788). La Revolución les igualó en derechos y en deberes a todos los demás ciudadanos franceses. El siglo XIX, con sus corrientes progresivas, suavizó asperezas, y en la actualidad conviven en Francia católicos y calvinistas, sin que surja cuestión ni problema alguno por esta diferencia espiritual.

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, T. 28 págs. 618-619.