Dinastía Valois

Historia de la dinastía

De Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana

Los progresos de Francia durante los Capetos habían sido grandes. El nivel de la civilización se hallaba mucho más elevado; las costumbres eran más suaves, la administración más regular y la condición de siervos menos penosa. Los reyes carecían aún de ejército permanente, pero disponían de una poderosa marina de 200 buques de guerra; mas esta marcha se vio detenida por la terrible lucha contra Inglaterra.

A la muerte de Carlos IV le sucedió su primo hermano Felipe de Valois (1328-1350), primer soberano de la dinastía de este nombre, en virtud de una interpretación de la Ley sálica o de los francos que parecía excluir del trono a las mujeres. Felipe atacó a los flamencos, nación rica y amiga de la libertad, presentándose como campeón del poder despótico de los condes de Flandes, y aunque obtuvo contra aquellos la victoria de Cassel (1328), dio motivo a la intervención de Eduardo III de Inglaterra, nieto de Felipe IV por parte de madre, que declaró no reconocer la Ley sálica y pretendió el trono de Francia (1337).

Con ello empezó la llamada guerra de los Cien Años, que en realidad duró más de un siglo (1337-1453), y cuyos episodios más notables en el reinado de Felipe VI fueron la derrota de Crecy (1346) y la toma de Calais (1347) y en el reinado de Juan el Bueno (1350-1364) el desastre de Poitiers, el cautiverio del rey durante cuatro años y el vergonzoso tratado de Bretigny, que daba a Inglaterra casi toda Aquitania y parte del Artois y Picardía. Esta pérdida quedó débilmente compensada por la adquisición del Delfinado en 1349. a condición de que el heredero del trono llevara el título de Delfín. El ducado de Borgoña que por extinción volvía a la corona, fue cedido por Juan el Bueno, y este dominio, identificado pronto con el Flandes, no tardó en convertirse en un Estado más poderoso que el de su soberano y enemigo de este

Estas calamidades produjeron a su vez que la población de los campos, arruinada por el paso de tropas y explotada por los señores necesitados de numerario, se arrojara sobre las ciudades y los castillos, llevando consigo el incendio y el asesinato, revuelta conocida con el nombre de Jaquerie. Carlos V (1364-1380), regente durante la cautividad de su padre, presenció la primera revolución política contra el absolutismo.

En los Estados Generales, convocados en París en 1355 y 1356 para contribuir al rescate del rey y a la continuación de la guerra y en los que se habían reunido los tres estamentos, nobleza, clero y estado llano, se formó un partido numeroso que decretó una especie de Gobierno constitucional, cuyas disposiciones, empero, no se cumplieron a pesar del asesinato de los principales consejeros del Delfín y de otras violencias ejercidas por el jefe de los descontentos, Etienne Marcel, prévôt des marchands, o sea primer magistrado municipal de París. Una vez en el trono, Carlos V procuró contener a Inglaterra, más por medio de una hábil diplomacia que por las armas, y a cicatrizar con su prudente administración los males del reinado precedente. Pero las circunstancias contrariaron con frecuencia sus intenciones pacíficas.

Siendo regente, hubo de intervenir entre dos pretendientes al ducado de Bretaña, uno de los cuales invocara su protección; pero no obstante el heroísmo de Bertrand Du Guesclin (el Beltrán Claquin de los cronistas españoles), venció el otro pretendiente, favorecido por Inglaterra. Este éxito alentó a los enemigos de Francia y se necesitaron todo el valor de Du Guesclin y la prudencia del rey para rechazarlos.

El reinado siguiente es uno de los más desastrosos de la historia francesa, Carlos VI (1380-1422), menor todavía de edad al subir al trono, quedó sometido a la tutela de tres de sus tíos que se apoderaron de los tesoros del rey difunto y provocaron con su mala administración sangrientos motines en parís y en las provincias.

A poco de llegar a la mayor edad, perdió la razón a consecuencia de un susto (1392) y Francia quedó a merced de príncipes incapaces y perversos. El asesinato (1407) de Luis de Orleáns, hermano del rey, por Juan I Sin Miedo, duque de Borgoña; el de este en el puente de Montereau a la vista del Delfín (1419); las luchas entre Armagnacs y Borgoñones, la conquista de Normadía por los ingleses, después de la victoria de Azincourt 1415 (1415), y, en fin , las intrigas de una reina depravada, produjeron el tratado de Troyes, más vergonzoso aún que el de Bretigny, y en virtud del cual se entregaban a Inglaterra la hija de Carlos VI y el trono de Francia (1420).

Este tratado fue aprobado por los Estados Generales y el duque de Borgoña. Carlos VII (1422-1461), a quien solo quedaban algunas provincias al sur del Loira y el nombre irrisorio de rey de Bourges, no se ocupó al principio más que de sus placeres, y dejó que sus noble fueran derrotados en Crovant y Verneuil. La rendición de Orleáns, sitiada por los ingleses, hubiera abierto a estos el caminos del Mediodía, cuando, en medio de esta situación desesperada, una doncella campesina lorenesa, Juana de Arco, hoy venerada en los altares como santa, se presentó al rey comunicándole haber recibido de Dios la misión de hacer levantar el sitio de Orleáns y llevar al soberano a Reims para ser consagrado, según la antigua costumbre.

La doble misión quedó cumplida en cuatro meses en las más extraordinarias circunstancias, y Juana de Arco prosiguió su marcha victoriosa hasta quedar prisionera en Compiègne (1430). Mas el rey se hallaba a cortísima distancia de su capital y la confianza había vuelto a todos los ánimos. La expulsión de los ingleses hubiera sido inmediata sin las intrigas de algunos consejeros del rey, envidiosos de la gloria ajena, como lo habían sido de la de Juana de Arco y que favoreciendo la natural apatía del monarca, estorbaron muchas empresas, retardaron la conciliación con el duque de Borgoña y dejaron quemar en Rouen, tras un proceso inicuo (1431), dirigido por el obispo francés Cauchon, a la heroína que acababa de salvar el país.

Con todo, el rey reconquistó París en 1436, forzó a los ingleses a evacuar Normandía después de la batalla de Formigny (1450), en fin, de Guyena en 1453 por la victoria de Castillon y la toma de Burdeos. Inglaterra no conservó más que Calais y dos o tres poblaciones del canal de la Mancha y quedó terminada la guerra de los Cien Años. El reinado de Carlos VII se distinguió además, por una importante medida. Hasta entonces los ejércitos se componían de aventureros a sueldo que acostumbraban a vivir del pillaje, y en tiempo de paz, a falta de otra ocupación, exigían dinero a los campesinos y saqueaban las ciudades y burgos.

Los edictos de 1439 y 1446 instituyeron el ejército permanente, pagado con regularidad por el Estado y sometido a una disciplina, bien que su institución no terminó del todo con las bandas armadas Grandes Compagnies, que reaparecieron de un modo especial en el siglo siguiente, a favor de las guerras de religión, volviendo a ejercer sus monstruosas crueldades. Luis XI (1461-1483), hijo y sucesor de Carlos VII, aprovechó la paz que gozaba para volverse contra el feudalismo, que había levantado la cabeza de nuevo, gracias a las pasadas perturbaciones, y que con este rey cayó para siempre.

Deshizo una Liga de señores coligados contra e mediante juramentos que estaba decidido que no iba a cumplir; reprimió cruelmente las rebeliones y confiscó los feudos de sus autores; por medio de ardides o simplemente por usurpación, se hizo dueño de Anjou, Provenza y Borgoña, que reservó para la Corona. Por otra parte, para extender el influjo de la administración, creó Luis XI el servicio de Correos, que antes solo servía para las necesidades del Estado. Por aversión a los nobles, se rodeó de ciudadanos, adoptó costumbres populares y contribuyó a aumentar el poder del estado llano, que durante la minoría del sucesor de Luis reclamó participación en el gobierno. Carlos VIII (1483-1498) reasumió las pretensiones de los condes de Provenza sobre las Dos Sicilias, originando las guerras de Italia.

La victoria obtenida por los franceses sobre el duque de Milán y el rey de Nápoles en 1495 fue menos útil a Francia que el matrimonio del rey con Ana, heredera del ducado de Bretaña. A Carlos VIII, cuyos hijos le premurieron, siguió en el trono el duque de Orleáns, bisnieto de Carlos V, con el nombre de Luis XII (1498-1515). Después de divorciarse de su virtuosa esposa Juana, hija de Luis XI, retuvo Bretaña casando con la viuda de Carlos VIII. A las pretensiones de Carlos VIII sobre Nápoles unió las que alegaba tener por su abuela al Milanesado, sin obtener resultados verdaderos. Sus medidas generosas y su amabilidad personal le valieron el título de Padre del Pueblo, decretado solemnemente por los Estados Generales en Plessis-les-Tours. Como tampoco Luis XII dejara herederos directos, ocupó el trono Francisco I (1515-1547), descendiente también de Carlos V, cuya primera preocupación fueron los asuntos de Italia, donde, después de la brillante victoria de Marignan (1515), se apoderó del Milanesado.

El engrandecimiento de la casa de Austria, reinante a la vez en Alemania y en España y su rival en Italia, le fue en general funesto y acabó por causar su derrota en Pavía y su cautiverio en Madrid. En el interior, Provenza, Artois y Picardía experimentaron grandes estragos, y la alianza del rey de Francia con los turcos, reprobada por la opinión pública, no le prestó más que muy débil socorro.

Si en sus campañas no le favoreció la fortuna, su afición a las letras y las artes hizo que su reinado marcara el apogeo del renacimiento en Francia, que se diferenció del italiano en tomar un carácter más nacional y menos amanerado en las letras. Únicamente la pintura sobre tela imitó de cerca a las escuelas italianas, entonces predominantes, imitación explicable si se atiende al estado rudimentario que aún tenía en Francia; pero la pintura sobre cristal continuó como en los siglos anteriores con carácter eminentemente nacional. De la combinación de recuerdos de la antigüedad con las tradiciones medievales y las enseñanzas de Italia, se formó una escuela de escultura francesa de no escaso mérito.

En fin, la arquitectura tuvo un desarrollo especial y templó la frialdad y majestad del arte clásico con la gracia y variedad del ojival. Se ha exagerado la influencia de la arquitectura italiana sobre la francesa, cuando la mayor parte de los monumentos de la época: los palacios de Fontainebleau, Chambord, Blois, Ecouen, el antiguo Ayuntamiento de París, etc., revelan un arte indígena y artistas nacidos y que residieron en Francia, como Nepveu, Lescot, Bullant, Delorme y Ducerceau. Posteriormente, hasta Luis XIV, la pintura y escultura acabaron de perder su originalidad y se italianizaron, pero la arquitectura continuó siendo el arte francés por excelencia. Parece que el sino de Francia es pasar de periodos de gran esplendor a otros de profunda depresión y viceversa, tanto en la política como en la situación general del país.

Este fenómeno, que hemos observado después de Carlomagno y de san Luis, se repitió a la muerte de Francisco I. El resurgimiento de Francia volvió a verse detenido por las discordias civiles que ensangrentaron los reinados de Enrique II (1547-1559), Francisco II (1559-1560), Carlos IX (1560-1574) y Enrique III (1574-1589). Zwinglio, Lutero, el borgoñón Teodoro de Beza, el delfinés Guillermo Farel, se habían rebelado en Suiza y en Alemania contra la autoridad del Pontífice y la Iglesia católica. Sus doctrinas, extendidas poco a poco por Francia, donde recibieron del picardo Calvino su forma definitiva, se infiltraron hasta en la familia real, sin que Francisco I combatiera enérgicamente los primeros progresos de la Reforma. Los cuatro últimos Valois, por el contrario, tomaron con empeño esta obra, pero la ejecutaron sin continuidad, lealtad ni moderación.

En tiempo de Enrique II las disensiones religiosas quedaron todavía en segundo término, ante la necesidad de continuar la guerra con Austria y con España, secundadas durante un corto periodo de tiempo por Inglaterra. Las luchas contra Carlos I de España y V de Alemania y después contra su hijo Felipe II, causaron no pocas ruinas en picardía y Artois y proporcionaron a Francia el grave contratiempo de San Quintín; pero la dieron ocasión de apoderarse de las tres ciudades lorenesas, llamadas los Tres Obispados: Metz, Toul y Verdun (1552). En el N. de Italia y en Nápoles, las armas francesas fueron igualmente desgraciadas frente a las españolas y hubieron de abandonar la empresa, pero en cambio Calais volvió al dominio de Francia (1552) y no quedó a los ingleses posesión alguna en el continente.

El tratado de Cateau Cambresis arregló las cuestiones pendientes con España y tres meses después moría Enrique II a consecuencia de la herida recibida en un torneo, dejando el trono a sus tres hijos que lo ocuparon sucesivamente bajo la tutela efectiva de Catalina de Médicis. Donde los protestantes eran minoría se vieron expuestos a las vejaciones de los católicos; pero allí donde predominaban arrojaron a los sacerdotes y mutilaron e incendiaron iglesias o se apoderaron de ellas para el ejercicio de su culto. La conflagración general no estalló, empero, todavía, ni aun después de las ejecuciones de Amboise motivadas por una tentativa de Condé, jefe de los protestantes, para apoderarse de la persona de Francisco II. Pero cuando se fundó un triunvirato católico, compuesto del duque Francisco de Guisa, el condestable de Montmorency y el mariscal de Saint-André, en 1561, y después de la sangrienta reyerta de Vassy entre los partidarios de Guisa y algunos protestantes, los calvinistas o hugonotes tomaron las armas y opusieron al triunvirato los nombres del almirante Coligny, el príncipe de Condé y el rey de Navarra, Antonio de Borbón, padre de Enrique IV.

En Dreux obtuvieron un triunfo los católicos, cuya causa Catalina de Médicis se había declarado dispuesta a abandonar en caso de que la batalla se perdiera. Disuelto el triunvirato por muerte de Saint-André, la reina gobernó sin obstáculos, favoreciendo a uno u otro partido según su conveniencia del momento. En París hubo como una tregua, pero fuera de la capital predominó la devastación y el asesinato, y hubo escenas de barbarie que han hecho tristemente célebres los nombres de Montbrun, Crussol, Merle, Montgommery, Fontenelle y el barón de los Adrets, todos ellos protestantes. En el otro bando Montluc mereció a su vez por sus odiosas represiones el nombre de matarife realista y los católicos no dejaron de ejercer terribles represalias.

Los odios llegaron a un grado inaudito. Nimes en 1567 tuvo la Michelade, matanza general de católicos consumada el día de San Miguel, y cinco años más tarde Francia entera se estremeció ante la Saint-Barthélemy, que de estar mejor organizada no hubiera dejado un solo protestante vivo. Esta tentativa de exterminio se debió a Catalina, que quería deshacerse de Coligny, su rival en influencia política, y Carlos IX, que la había autorizado, falleció lleno de remordimientos. El virtuoso canciller de l´Hôpital murió de dolor a su vez de dolor ante aquel crimen.

Los protestantes se rehicieron pronto del golpe, gracias sobre todo a la inactividad y fata de método en combatirlos de Enrique III, que al mismo tiempo se hizo despreciable a los católicos por su conducta privada y la deslealtad en su proceder. Siendo su más próximo heredero el rey Enrique de Navarra, descendiente de San Luis por los duques de Borbón y jefe precisamente de los calvinistas, los católicos formaron para salvar la fe una Liga que se proclamó en Peronne en 1576. El rey se declaró su jefe, pero el que verdaderamente la dirigía era el duque Enrique de Guisa, hijo de Francisco, cuya gloriosa carrera interrumpió la bala de Poltrot de Meré en 1563.

Enrique de Guisa, sin poseer la moderación y la lealtad de su padre, puso su talento político y militar al servicio de su ambición, que le llevó a atribuirse pasados merovingios y a prepararse el camino del trono. Arrojó al rey de París, trató con él de potencia a potencia, dirigió a su arbitrio los Estados Generales, reunidos en Blois en 1576 y 1588, y pretendió confirmar a Enrique III en un monasterio. Pero el rey, exasperado, le mandó asesinar a su presencia en el castillo de Blois (1589). Catalina murió seis semanas después de este crimen y su hijo (Enrique III), cayó en 1589 bajo el puñal de un partidario de la Liga, después de haber reconocido los derechos del rey de Navarra.

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, T. 24 págs. 945-955.