Carlos VIII Anónimo, siglo XVICarlos VIII Anónimo, siglo XVI

La figura de este monarca —apasionado lector de libros de caballería— se vincula a la ruptura de las hostilidades en Europa por la posesión de Italia. Fue, en efecto, Carlos VIII quien lanzó sus ejércitos sobre aquella Italia del Renacimiento, cuya fama trasponía las fronteras, y que parecía ser fácil presa a todo conquistador atrevido. Así proseguía una tradición en la política exterior francesa contraria a los intereses nacionales, que en aquel momento, como en tantos otros, tendían a ensanchar hacia el Este los límites del Estado. Luis XI lo había indicado así a su hijo, habido de Carlota de Saboya. Pero Carlos VIII tenía sus propias ambiciones, Era soñador nato. ¿Qué le importaban unas cuantas plazas más en el Norte o el Nordeste, si tenía al alcance de su mano las ricas y florecientes ciudades de Italia, tan codiciadas por sus tesoros materiales y sus incomparables obras de arte?

Cuando heredó la corona a los trece años, pues había nacido en Amboise el 30 de junio de 1470, era incapaz de gobernar, Pero los Beaujeu salvaron con política sabia y enérgica aquella minoridad tan crítica (de 1483 a 1492). Fueron los Beaujeu quienes superaron la oposición de los Estados Generales de 1484 y quienes en 1485 sofocaron el alzamiento de los orleanistas. Velando por los intereses de la monarquía, procuraron a Carlos VIII la mano de Ana, la heredera del ducado de Bretaña (1491). ¿Qué recompensa recibieron? Al año siguiente fueron expulsados de la corte. Entonces empezó la aventura de Carlos VIII.

Durante seis años divaga por las cortes y los campos de batalla de Europa. Renuncia a la política de Luis XI y de los Beaujeu. Claudica ante España, y por el tratado de Barcelona de 19 de enero de 1493 devuelve los condados de Rosellón y Cerdaña a Fernando el Católico; el 23 de mayo del mismo año, concierta con el duque de Borgoña (léase Maximiliano I de Austria), el tratado de Senlis, por el que renuncia al Franco Condado y al Artois, que su padre había adquirido por el convenio de Arras de 1482; un año antes, el 3 de noviembre de 1492, ha obtenido a buen precio, en Etaples, la neutralidad de Inglaterra. Este es el pago que da para que Europa contemple, con los brazos cruzados, la rumbosa cabalgata que organiza para dominar Italia.

Y, en efecto, en octubre de 1494 el brillante ejército francés desemboca por los pasos de los Alpes y se desparrama por Italia, en busca de Roma, de Nápoles (22 de febrero de 1495) y quizá de Constantinopla. Pero, ¡ah!, la misma facilidad del triunfo conmueve los estados italianos y las potencias europeas. Se constituye la Liga de Venecia . Amenazado por la retaguardia, Carlos VIII se repliega apresuradamente. Logra escaparse de las tenazas de sus enemigos en un acto de arrojo en Fornovo (6 de julio de 1495).

Ya en Francia, el Cabezudo, como lo llamaron sarcásticamente en Italia, preparó el desquite. Pero antes de poder dar cima a su segunda empresa, murió en Amboise el 8 de abril de 1498, víctima de un vulgar accidente.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, T. I, pág. 191.