Nubeluz

Historia de Francia

Historia de los Merovingios

Auge del Imperio FrancoLa ampliación territorial de los francos entre 481 y 814

A Clodoveo I se le considera con razón el verdadero fundador de la monarquía francesa. En su próspero reinado, avasalló a los borgoñones (500); venció y dio muerte en la batalla de Vouillé (507) a Alarico II, rey de los visigodos, que se vieron obligados a retirarse de la mayor parte de sus posesiones en Francia; recibió en Tours del emperador de Oriente las insignias de patricio y cónsul romano que equivalían al reconocimiento de su autoridad y poder; estableció su capital en París; reunió bajo su cetro a todas las tribus francas y protegió por todos los medios a la religión católica.

A su muerte, ocurrida en 511, sus hijos terminaron la conquista de Borgoña, y Francia se extendió así desde el alto Weser a los Pirineos, con excepción de la Septimania, o sea la parte occidental de lo que fue la Provincia romana, la Armórica bretona que solo dependía de él nominalmente y algunas partes de la Sequania que poseían los alamanni. Tan vasto imperio no quedó, sin embargo, sometido a una autoridad única, y el mismo Clodoveo inauguró, repartiendo sus dominios entre sus cuatro hijos, la ley de las divisiones. Clotario I, de 448 a 561, Clotario II, de 613 a 628, y Dagoberto I, de 628 a 638, fueron los únicos que reinaron sobre todo el país, el cual después de la muerte de Clotario I quedó separado en Austrasia (entre el Weser, el Escalda y el Marne) y Neustria (entre los dos últimos ríos y el Loire). Borgoña conservó su administración particular hasta fines del siglo VII y Aquitania estuvo ya distribuída entre los dos reinos de modo irregular, ya gobernada por duques bajo la soberanía de Neustria.

No cabe hacer aquí un estudio ni siquiera sucinto de las leyes francas y del estado social a que obedecían; pero si hay que hacer constar que su influencia no se sintió de igual manera en el Norte que en el Mediodía. En esta última región, entre cuyos habitantes había menor número de los francos conquistadores, se conservaron mejor las costumbres galorromanas, así como las antiguas libertades municipales. Este hecho explica en parte las aspiraciones a un gobierno propio que repetidas veces manifestaron Aquitania y Provenza, aspiraciones que algunos soberanos procuraron satisfacer y que hubieran podido hacer centro de Francia a Burdeos, Marsella o Tolosa, en lugar de París, y lengua oficial a la de Oc en vez de la de Oil.

En otros conceptos, las leyes de los francos, ora por las condiciones respectivas en que colocaron a los que habían de obedecerlas, ora por el famoso tratado de Audelot (587) que concedió a los leudes o nobles reales el carácter hereditario de sus cargos, prepararon el advenimiento del feudalismo, que, contenido un instante en sus progresos por el poder de Carlomagno, se organizó fatalmente bajo los reinados de sus débiles sucesores. Además, el feudalismo se encontraba en germen en la organización de los últimos tiempos del Imperio romano y en las circunstacias que acomapñaron a las grandes invasiones. Por ello durante la Edad Media se le encuentra en formas parecidas en casi todos los países cristianos de Europa.

El agricultor o el propietario, no pudiendo contar con la protección de un poder central, se entregaba al guerrero vecino que le parecía más capaz de defenderle y se reconocía obligado por tal defensa; de ahí las relaciones de vasallo a señor. Los vasallos que no eran nobles, es decir, la gran mayoría de ellos eran colonos, que sujetos a la gleba —tierras a las que estaban adscritos colonos y siervos—, gozaban, no obstante, de mucha más libertad que los antiguos esclavos. Se les llamó siervos, palabra equivalente a esclavo, pero que significaba un estado muy distinto, aunque casi siempre miserable por los abusos de la fuerza.

Los merovingios se distinguiern más por sus crueldades que por su valor y su buen gobierno. Uno solo de ellos supo, en realidad, regir los destinos del país. Dagoberto I , llamado el buen rey, que protegió las artes y las ciencias lo mismo que la goda Brunhilda, mujer de Sigeberto de Austrasia, la cual trató de restablecer en sus Estados la civilización romana, empresa quimérica que más tarde renovara Carlomagno.

Los sucesores de Dagoberto, denominados reyes holgazanes, se enervaron en la ociosidad y poco a poco dejaron todas sus atribuciones en manos de sus ministros o mayordomos de palacio, que ejercieron una verdadera tutela sobre el trono, siendo los verdaderos soberanos, hasta el punto de que la historia de este periodo se basa en la duración de mando de tales mayordomos, prescindiendo del reinado de los monarcas titulares. Uno de estos mayordomos, Pipino de Landen, fue obligado por Dagoberto I a huir a Aquitania, donde tenía extensos dominios.

A la muerte de Dagoberto I y habiendo recobrado su autoridad los mayordomos en Neustria, Austrasia y Borgoña, Crimoaldo, hijo de Pipino de Landen, tomó el título de rey (640); pero su tentativa fue prematura, y quien recogió y ejerció durante veinticuatro años toda la autoridad real fue Ebroin, cuya muerte en 681 permitió a Pipino de Heristal, noble descendiente del de Landen y dotado de grandes cualidades, vencer al mayordomo de Neustria, Berthario, y erigirse el árbitro absoluto de los destinos de Francia, cuyos reyes se resignaron a su suerte, si bien no se extinguieron por completo hasta 752.

A Pipino de Heristal, que había tomado el título de duque o príncipe de los francos, le sucedió su hijo ilegítimo Carlos Martel, aclamado por los nobles austrasianos, que devolvió la unidad a Francia y salvó a la cristiandad venciendo en Poitiers (732) a los musulmanes aliados del duque Eudo. Antes de morir convocó una asamblea de nobles y dividió el poder entre sus hijos Carlomán I y Pipino el Breve, el primero de los cuales entró voluntariamente en un monasterio y el segundo depuso a Childerico III, último descendiente de Meroveo y tomó el título de rey en 752. Dos años más tarde fue a coronarle en Saint-Denis el papa Esteban II, que como sus antecesores pedía ayuda contra los lombardos

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, T. 24 págs. 945-955.