FELIPE I DE NAVARRA Y IV DE FRANCIA. Le Bel o el Hermoso. Fontainebleau (Francia), 1268 – 29.XI.1314. Rey de Francia y de Navarra.

Hijo de Felipe III de Francia e Isabel de Aragón. El 16 de agosto de 1284 contrajo matrimonio con Juana de Navarra, hija y heredera de Enrique I, rey de Navarra, conde de Champaña y de Brie. A la muerte de su padre, acaecida en Perpiñán, a consecuencia quizás de su derrota en la llamada “cruzada contra Aragón”, ciñó la Corona de Francia el 5 de octubre 1285. Es considerado por los historiadores como uno de los Monarcas más importantes y enigmáticos de la Cristiandad Occidental. Desde su condición de rey de Francia administró el reino de Navarra y los condados antes mencionados, herencia, desde 1274, de su esposa. Esta, no obstante, conservó una cuota en el gobierno efectivo de sus dominios champañeses.

Rey piadoso y respetado. Hubo quien dijo de él que “no era un hombre ni una bestia, pero sí una estatua”.

Felipe asume el carácter sagrado de la realeza y en su condición de ungido del Señor, únicamente a él le rendirá cuentas. Como ha señalado J. Favier, tendrá muy presente su condición de nieto de san Luis y dedicará sus esfuerzos a ensalzar el “sacerdocio” de la Corona. Poseía un sentimiento muy profundo de su grandeza. Favoreció la laicización del poder monárquico y aplicó con mano firme la política inspirada por sus consejeros. Esta especie de comisarios reales, los famosos legistas, formaron parte del Consejo como auxiliares competentes.

Supo mantener un equilibrio de poder entre los príncipes y sobre todo entre sus hermanos (Carlos de Valois y Luis de Evreux), a los que dotó de dominios patrimoniales, tal y como ocurriría con su segundo y tercer hijo, Felipe (conde de Poitiers) y Carlos (conde de la Marche). Pese a las apariencias, asumió plenamente el compromiso que entrañaba el ejercicio del poder regio y el reconocimiento de la capacidad y valía de sus consejeros. La diplomacia y la guerra serán el ámbito de actuación de sus hermanos. En 1301 Carlos de Valois recibió el encargo de ayudar a Carlos II de Anjou en la recuperación del reino de Sicilia.

Expertos juristas, formados en las universidades de Orleans y Toulouse, allanaron el siempre vidrioso asunto de las relaciones Iglesia-Estado y el normando Engerran de Marigny será su fiel consejero en cuestiones financieras. Pero siempre actuarán en defensa de las prerrogativas de la Corona y del interés del dominio real: puede decirse que son fieles servidores del bien público.

A diferencia de su padre, Felipe el Hermoso concentró su acción política en sus reinos, aunque hubo de hacer frente a problemas diplomáticos heredados de reinados precedentes. Dejó a Carlos de Valois que mantuviese su quimérica aspiración aragonesa, pero necesitó diez años para liquidar las secuelas del conflicto con Aragón. Ante la guerra y sus complicados procesos mostró una bien templada prudencia, en especial con los enemigos naturales, a los que sin dejar de ser una amenaza tuvo siempre abierto el camino de la paz. Los temores a una invasión de los ejércitos franceses quedaron reducidos a simples escaramuzas en tierras de Gerona y el Rosellón y a esporádicos enfrentamientos de caballeros navarros y nobles aragoneses en la frontera de Sangüesa y Tudela. El mantenimiento de esta especie de “guerra fría” le permitía justificar la vigencia de la décima y otros impuestos extraordinarios con los que nutrir la Cámara de los dineros y atender los elevados gastos de las tropas encargadas de sofocar los focos de rebeldía abiertos en Flandes y la Guyena. La tensión en estas fronteras requería la máxima atención del rey de Francia y no era aconsejable, por tanto, mantener abierto el conflicto con Aragón. Por fin, con el tratado de Anagni (1295, junio 24) quedó sellada la paz.

Respecto a Castilla, Felipe deseaba el restablecimiento de los infantes de La Cerda, nietos como él de san Luis, pero la inminencia de la guerra en Gascuña y Flandes le impedía intervenir de forma directa en este viejo conflicto familiar. Con el beneplácito de su gobernador, algunos caballeros navarros colaboraron en la entrada de Alfonso de la Cerda en el reino de Castilla, pero el fracaso de la proclamación de este infante castellano (1295) justificó la presencia de tropas navarras en la frontera con Castilla e incluso consiguieron ocupar la ciudad de Nájera, de tan amplias resonancias para la Monarquía navarra. Sin embargo, más que una política inspirada por el rey de Francia, estas acciones correspondían a sectores de la nobleza, más interesados en hostigar a las poblaciones de La Rioja que en solventar cuestiones sucesorias del trono castellano.

El Monarca y sus consejeros pusieron especial énfasis en reforzar los organismos centrales de la Monarquía.

El Rey era itinerante, pero los servicios del Estado se establecieron en la capital. Tuvo lugar una progresiva especialización de la curia regia y las actuaciones judiciales pasaron a ser casi un monopolio de una comisión que poco a poco se transformó en parlamento: una ordenanza de 1303 reguló su funcionamiento.

Ese mismo año, las instituciones financieras fueron reformadas, repartiendo sus funciones entre la antigua Cámara de los dineros y la nueva Cámara de los “comptos”, llamada a tener una gran importancia en ambos reinos.

Ese nuevo modo de gobernar también tuvo su incidencia en Navarra. Mantuvo la figura del gobernador, como delegado del poder real y máxima autoridad.

El champañés Clemente de Launey continuó en sus funciones hasta 1286, fecha en la que fue reemplazado por Hugo de Conflan, originario también de dicho condado. Sus mandatos eran breves —cuatro gobernadores en menos de diez años— y todos de origen francés, designados por la Corte parisina sin que la Curia navarra apenas tuviese la oportunidad de dar su visto bueno. A pesar de la distancia, la maquinaria administrativa de la Corte francesa ejercía su control sobre estos oficiales reales. Hubo un tiempo en que los cuatro merinos y varios recibidores eran igualmente ajenos al reino. Y en especial aquellos agentes que aplicaron en Navarra las políticas financieras y monetarias de Felipe el Hermoso. No solo el responsable de la tesorería o Tesorero del reino, sino los bailes de las principales villas “eran de extraño lugar y de extraño lenguaje”, lo cual era contrario a lo estipulado en el Fuero, que ordenaba que no hubiese más de cinco extranjeros en cada bailía. Asimismo esta presencia francesa se hizo notar en la mayor parte de los castillos y fortalezas, en especial en los situados en las fronteras del reino. Los gastos ocasionados por el mantenimiento de estos servicios apenas eran cubiertos con los ingresos ordinarios de la Hacienda.

La Corona quiso optimizar sus recursos económicos y para ello, entre otras cosas, creó la figura del procurador real.

La moneda era una regalía: el Monarca le confería su autenticidad y tenía la capacidad de “mudarla”, pero respetando el interés de la comunidad. La masa monetaria puesta en circulación en el reino de Navarra era más bien escasa, pero el valor de los dineros sanchetes apenas había sufrido alteraciones bajo el reinado de la Casa de Champaña. Por el contrario, Felipe el Hermoso y sus consejeros recurrieron a alterar el valor nominal de sus monedas en relación con el valor intrínseco de las mismas. Estas temidas mutaciones tuvieron sus efectos negativos en sus dominios navarros. El Monarca, que, al decir de Dante, ha sido considerado el mayor falsificador de la historia, extendió su política fraudulenta hasta el alejado reino pirenaico.

En un principio, solicitó, y obtuvo, la doble circulación de la moneda francesa y la navarra, pero como esta —los sanchetes— era de mejor calidad se fijó la paridad en 12 sanchetes por 15 torneses. Era un primer paso, marcado por la prudencia de ajustar los valores reales de ambas piezas, pero pronto, en 1291, consiguió de la Curia General o Cortes —siquiera de forma transitoria— la equiparación entre los torneses chicos o negros y la moneda navarra. Los efectos de semejante medida afectaron a la economía (alza de precios, movimientos especulativos, inflación, etc.) y sobre todo a la vida política, pues la soberanía navarra quedaba englobada en la francesa. Felipe el Hermoso expresaba así su concepto sobre el gobierno del reino de Navarra, considerado como una senescalía más de la Monarquía capeta.

Idéntica firmeza mantuvo con la Iglesia iruñesa en el litigio sobre el dominio de la capital del reino. A finales de 1290 se renovó el convenio con el obispo y su cabildo, pues ante el vacío de poder, los burgueses de San Cenin y San Nicolás acampaban con casi total libertad. Estos experimentaron la contundencia de la intervención real, cuando los oficiales exigieron el pago de determinados derechos. Este foco de tensión seguía abierto, a la espera de una solución satisfactoria entre las partes en litigio.

Dada su ideología y su concepción del poder, los gobernadores vulneraban con harta frecuencia los fueros del reino. La Junta de infanzones de Obanos y la Hermandad de las buenas villas se juramentaron para hacer valer sus derechos. En reiteradas ocasiones, a lo largo de la última década del siglo XIII, estos sectores sociales —a los que pronto se unieron prelados, caballeros y ricos hombres— elevaron sus peticiones a los Reyes en demanda del cumplimiento de los fueros, usos, costumbres, privilegios y franquicias.

La unanimidad y firmeza de la protesta culminó en el verano de 1298 y sorprendió a las “autoridades francesas”; un año después, en las Cortes de Estella, quedaba zanjado el conflicto. Del contenido del posible acuerdo no nos ha quedado testimonio alguno, pues por desgracia las alista de las Cortes medievales no se han conservado. Es posible que la amplitud del descontento estuviese relacionada con la actitud displicente de los Soberanos. Cumplido el ceremonial de la Monarquía capeta en la catedral de Reims, los Reyes no manifestaron ninguna intención de viajar a Navarra, donde según el Fuero General prestarían el juramento y serían coronados. Este requisito nunca se cumplió, pues Felipe el Hermoso y su mujer, la reina Juana, nunca pisaron este reino.

El ascenso del poder monárquico en los principados territoriales, junto a conflictos domésticos en las fronteras, llevaron al duque de la Guyena —Eduardo I de Inglaterra—, y al conde de Flandes a firmar una alianza (1292) contra el rey de Francia. A esta coalición se unió el Emperador (Adolfo de Nassau) y el duque de Bretaña, entre otros. La guerra comenzó en la primavera de 1296 y dada la proximidad de las fronteras del ducado de Gascuña con las del reino de Navarra, su gobernador, al frente de un pequeño ejército de navarros, intervino en la defensa de las ciudades de Bayona y Dax. El conflicto con el condado de Flandes, pese a su lejanía, también tuvo su incidencia en el pequeño reino: algunos contingentes navarros participaron con las huestes del rey de Francia en las sucesivas invasiones de tierras flamencas de los veranos de 1297 y 1304. Con las duras condiciones impuestas a los flamencos en el tratado de Athis (24 de junio de 1305) terminaron las preocupaciones del Rey en este frente.

Las dificultades con la Santa Sede se iniciaron en 1296, cuando el papa Bonifacio VIII se opuso a una décima sobre clero que había ordenado Felipe el Hermoso sin su autorización. En la bula Clericis laicos se prohíbe a los clérigos franceses e ingleses el pago de subsidios exigidos por sus Soberanos. Ello fue interpretado como una intromisión en la soberanía de los príncipes laicos. El conflicto entre Estado e Iglesia no se dejaría esperar, pues al reforzamiento de la teocracia pontificia, de una parte, se unió la firme convicción que asistía a la realeza capeta del derecho divino, de otra. En 1301, una bula —Ausculta fili— reafirmaba la superioridad del Papa sobre el Rey. Este reunió en una magna asamblea a los tres Estados y allí recibió la adhesión de la mayoría del clero francés y navarro a la política de su Soberano. Bonifacio VIII seguía empeñado en proclamar los principios de la teocracia pontificia en la bula Unam sanctam (nov. 1302), conforme a los principios del augustinismo político más exigente. La reacción del rey de Francia no se hizo esperar y lanzó la convocatoria de un concilio general que debía juzgar al Papa, acusado de herejía, simonía y otros crímenes. Un amplio sector de la Iglesia navarra (franciscanos, dominicos, etc.), junto a las buenas villas y los barones mostraron su apoyo al Rey.

El Papa fue arrestado en sus palacios de Anagni (7 de septiembre de 1303) y poco después de ser liberado por sus partidarios murió en Roma el 11 de octubre.

Sus sucesores restablecieron las buenas relaciones con el rey Felipe, cediendo a casi todas sus exigencias.

La instalación del Papa en Aviñón fue interpretado como un acto de sumisión de la Iglesia a la tutela del rey de Francia, pero el establecimiento de la nueva residencia pontificia a orillas del Ródano y en una ciudad propiedad de la casa Anjou-Sicilia fue fruto de un cúmulo de circunstancias. El proceso emprendido contra los templarios, la supresión de la Orden en toda la Cristiandad por el concilio de Vienne (3 de abril de 1312) y la atribución de sus bienes a la Orden del Hospital fueron otras tantas manifestaciones de la personalidad del Soberano, pero sin dejar de advertir el momento crítico por el que atravesaba una sociedad política en pleno cambio.

La reina Juana murió el 2 de abril de 1305 en las dependencias palaciegas del castillo de Vincennes.

Su desaparición causó hondo pesar en toda la familia real. El joven Luis fue heredero de su madre, tanto en Champaña como en Navarra, pero su padre no consideró necesario —pese al fallecimiento de la Reina propietaria— traspasar al primogénito dicha herencia.

Fue necesaria la intervención de los navarros para dilucidar si el príncipe Luis podía gobernar o debía permanecer bajo la tutela paterna mientras que Felipe viviese. Este, pese a contar con tres hijos varones vivos, no podía ignorar el problema de la sucesión, perturbada por la acusación de adulterio que pesaba sobre sus tres nueras. Esta cuestión y la constitución de las ligas feudales ensombrecieron los últimos años de su largo reinado. Conocedor de la proximidad de su muerte, el 26 de noviembre de 1314 fue trasladado a Fontainebleau: quería morir donde había nacido. Y tres días más tarde, después de dictar su testamento, abandonó este mundo.

CARRASCO PÉREZ, Juan, «Felipe IV de Francia», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, http://dbe.rah.es/biografias /10067/felipe-i-de-navarra-y-iv-de-francia)