Dinastía Capeta

Historia de la dinastía

De Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana

La dinastía que comenzó con Hugo Capeto era la destinada a restablecer el poder real, tan menoscabado anteriormente; pero sus monarcas, dueños al principio tan solo de un feudo mediano, tardaron mucho en ser algo más de lo que significaba la histórica fórmula primus inter pares. A Hugo Capeto (998-996) sucedió Roberto II (996-1031) que no fue más poderoso que aquél y que perdió la ocasión que se le presentara de aprovechar uno de los efectos de la constitución feudal.

Según ella, el rey heredaba todas las tierras cuyo poseedor moría sin parientes próximos, y Borgoña, convertida en simple ducado, pero libre ya de la soberanía germánica, volvió a Roberto, que en vez de guardarla la dio en patrimonio a uno de sus hijos, inaugurando así una costumbre casi tan funesta como la de las divisiones que habían practicado las dos dinastías anteriores. Enrique I (1031-1060) supo imponerse a sus vecinos defendiéndose contra las agresiones injustas y estableciendo y haciendo respetar en todo el reino las llamadas Treguas de Dios, que restringían las guerras privadas, una de las consecuencias más funestas del régimen feudal (1034).

Esta política de restauración social había de ser definitivamente la de los reyes de Francia después del reinado del indolente y corrompido Felipe I (1060-1108) que dejó pasar con la mayor indiferencia dos acontecimientos trascendentales, aunque de muy diversa manera, para la historia de Francia: la conquista de Inglaterra por su más poderoso vasallo el duque de Normandía (1066) y la Primera Cruzada (1095-1099).

La conquista de Inglaterra fue una desgracia para Francia, pues al trasladar los duques de Normandía su capital de Rouen a Londres, no cedieron sus posesiones continentales, y así hubo en Francia un príncipe extranjero tanto o más poderoso que su señor, capaz de engrandecerse todavía mediante alianzas y conquista, como los demás señores feudales, pronto a intervenir en los asuntos de su país de origen y pudiendo pretender su sucesión, si la ocasión se presentaba.

Así ocurrió pronto, en efecto, y en este hecho tuvieron su origen las luchas entre Francia e Inglaterra, que culminaron en la guerra de los Cien Años y las innumerables calamidades que cayeron sobre Francia en la segunda parte de la Edad Media y que retrasaron su desarrollo. Las Cruzadas, por el contrario, contribuyeron indirectamente a preparar la unidad de Francia, acostumbrando a los grandes vasallos a agruparse en torno a su soberano, cuando este quiso ponerse a su cabeza, y produciendo la extinción de no pocos feudos, ya a consecuencia de las deudas y compromisos contraídos para subvenir a los gastos del expedición, ya por la extinción de las familias nobles que vertieran su sangre en Palestina.

De las Cruzadas se originó también la influencia preponderante de Francia en Oriente, influencia que ha favorecido muchas veces a la política francesa y cuyos resultados no se han agotado aún. Al impulso dado por las Cruzadas se debió en los siglo XII y XIII que el espíritu humano se elevara a tanta altura en las regiones de la filosofía, de las ciencias, las artes y la literatura; si bien aquéllas fracasaron últimamente en sus fines inmediatos, produjeron otros resultados que no por imprevistos fueron menos útiles a la Europa entera y muy en especial a Francia.

La caballería, que dio al heroísmo de los guerreros franceses un carácter tan original y atractivo, nació de los abusos del feudalismo que se consagró a combatir en un principio, pero que acabó por imitar, olvidándose de proteger a la viuda y al perseguido, pero conservando todavía tradiciones de honor, de lealtad y de delicada galantería, aunque mezcladas con una afición desconsiderada a las aventuras. Después de las Cruzadas, la institución de la caballería tomó formas que participaban a la vez del estado militar y del monástico y se crearon las órdenes llamadas militares, entre las que descuellan la de los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén en 1113 y la de los Templarios en 1118.

La caballería se reclutaba entre los nobles, y cuando comenzó a apartarse de su primitivo objeto, sintió el pueblo la necesidad de guardarse a sí mismo. En los campos, la resistencia era imposible y la libertad menos necesaria; pero en las poblaciones, cuando los ciudadanos comprendieron que podían enriquecerse por medio de la industria y del comercio y asociarse para su defensa, reclamaron, incluso con las armas en la mano, las franquicias municipales de que habían disfrutado bajo la dominación romana y cuyo recuerdo no se había perdido por completo, sobre todo en el Sur. De ahí el gran hecho histórico conocido con el nombre de emancipación de los municipios, que comienza a manifestarse en los últimos años del siglo X, en que San Quintín obtuvo ya su carta municipal (980); se desarrolla en el siglo XI y adquiere toda su importancia desde los últimos años de este mismo siglo hasta fines del siguiente.

En el Mediodía, semejante movimiento de reacción no es tan marcado, porque el feudalismo respetó más los restos de la organización romana y el despertar de los municipios se produjo un poco más tarde y bajo un aspecto diferente. En el N. el establecimiento de algunos municipios como Cambray, Vezelai y Laon fue violento y dio origen a célebres luchas; pero hubo señores que accedieron a las aspiraciones legítimas del pueblo, como san Godofredo, obispo de Amiens; Balduíno de Boulogne, obispo de Noyon; los condes de Flandes y los de Vermadois.

Los reyes por su parte, comprendieron el partido que podían sacar del estado llano contra la nobleza feudal; favorecieron casi siempre a los municipios y, sin crear municipios verdaderos en sus dominios directos, aumentaron allí considerablemente las libertades comunales. Por motivos de orden espiritual los reyes de los siglo XI y XII rivalizaron con los señores y con los simples particulares en la fundación de monasterios.

La famosa abadía de Cluny, fundada en 910 en Borgoña, aumentó rápidamente al implantar la reforma de la antigua orden benedictina, que se hallaba extendida en Galia desde el siglo VI y se había detenido en su decadencia gracias a las instituciones de San Colombano (m. en 615) y a las capitulares de Carlomagno. Al trabajo de copiar los antiguos manuscritos unió la nueva congregación los estudios científicos y filosóficos y la enseñanza y la práctica de todas las ramas del saber humano. Viollet-le-Duc ha dicho, con razón, hablando de este periodo, que Cluny es la cuna de la civilización moderna.

Las escuelas monásticas, reproducidas pronto en los obispados, fueron el punto de partida del gran movimiento intelectual de los siglo XII y XIII y en particular las precursoras de las grandes universidades que debían brillar hasta después de iniciado el Renacimiento. Al mismo tiempo que los benedictinos llenaban el Occidente con la fama de su ciencia y sus virtudes, San Bernardo (m. en 1153), de quien casi puede decirse que rigió los destinos de la Iglesia durante parte del siglo XII, vivificaba una orden más humilde, pero no menos útil.

A partir de 1115 se esparcieron desde la borgoñona Cister o Citeaux sobre Francia y sobre toda la Europa cristiana, millares de religiosos que se dedicaban a roturar tierras estériles y malsanas. Si Cluny es la cuna de la civilización de Francia, Citeaux lo es de su agricultura. A los cistercienses se debe la conquista para el cultivo y la habitación de inmensos territorios hasta entonces desiertos, no solamente en Francia, sino en los países a ella cercanos y aun a los escandinavos, en todos los cuales hicieron respetable el nombre francés y adonde llevaron el arte ojival apenas nacido.

Otras órdenes religiosas se originaron o se desarrollaron al mismo tiempo en Francia, durante el siglo XII, pero ninguna de ellas igualó en influencia social a las dos citadas. A Felipe I, cuya negligencia permitió a los señores feudales aprovechar los progresos hechos en el arte de construir y levantar fortalezas inexpugnables hasta en las puertas de la capital, sucedió Luis VI (1108-1137), mucho más activo e ilustrado que aquél, quien consagró los primeros años de su vida a reducir los castillos levantados contra su autoridad y a defender a sus vasallos injustamente atacados; y los siguientes al mejoramiento de la condición de los siervos y a la protección de los municipios.

No obstante, la generosa ayuda prestada a sus vasallos le acarreó luchas con Inglaterra, en las que experimentó humillantes desastres. Su hijo Luis VII (1137-1180) se vio secundado por uno de los más hábiles ministros que ha tenido Francia, Suger, abad de Saint Denis, a pesar de cuyos consejos tomó parte en la Segunda Cruzada y después de cuya muerte (1152) cometió una gran falta política al repudiar a su esposa Leonor de Guyena, a quien hubo de devolver la dote consistente en varias provincias occidentales. Por un nuevo matrimonio, la dote en cuestión pasó a manos de Enrique Plantagenet, dueño ya de Anjou, Maine y Normandía y tres años después rey de Inglaterra.

Tres siglos tardaron los reyes de Francia en recobrar tales dominios, que les daban un rival superior a ellos en poder, aun sin contar más que las provincias continentales. Por otra parte Bretaña, cuyos soberanos tomaron varias veces el título de reyes, sin oposición de nadie, quedaba ajena a Francia, y, en fin, en el s. , acostumbrado también a una vida independiente, los condes de Tolosa redondeaban sus dominios mediante oportunas alianzas matrimoniales y amenazaban al N. con una supremacía definitiva.

El reinado de Felipe Augusto, tan largo como el de su antecesor (1180-1223), cambió el aspecto de las cosas. Normandía, Anjou, Turena y Maine fueron conquistados. El dominio real propiamente dicho se ensanchó en algunos distritos picardos y se emprendieron dos Cruzadas, una de ellas bajo la dirección del propio monarca. La brillante victoria de Bouvines (1188) contra alemanes y flamencos coligados presentó al rey como defensor natural del pueblo francés, y en ella formaron por primera vez las milicias ciudadanas. Comenzó a funcionar el tribunal de los Pares, que se atrevió a condenar al rey de Inglaterra Juan Sin Tierra, por el crimen de asesinato, a la pérdida de Normandía. Al mismo tiempo, las circunstancias exteriores le favorecieron, pues el Mediodía se debilitaba por falta de buena administración, por la relajación de las costumbres eclesiásticas y por la invasión progresiva de la herejía albigense.

Los caballeros del Norte, llamados por el Papa para restaurar la Fe, aprovecharon la ocasión para quedarse allí como conquistadores, y lo que comenzó por ser una cruzada interior con fines meramente religiosos, degeneró en una serie de crueldades. No obstante, la victoria de Muret, obtenida por Simón IV de Montfort contra el país de la lengua d´oc, representado por el conde de Tolosa y Pedro II el Católico de Aragón, preparó la unión irrevocable de las provincias meridionales de la corona.

El reinado de Felipe Augusto y el de su sucesor señalan el apogeo artístico de la Edad Media. Se realizó un hecho único en los anales de la arquitectura universal; el de un pueblo que substituye su antiguo arte por otro original, más adaptado a su carácter y a sus creencias. Después de los constructores franceses de los siglos IX y X que no habían conservado de la arquitectura romana más que el fondo, el arte monumental, libre de trabas, progresó aprisa, y de mediados del siglo XI a mediados del siglo XII produjo el estilo llamado románico, las magníficas iglesias de Saint-Pierre de Cluny, Saint-Sernin de Tolosa, Saint-Etienne de Caen, Saint-Martin de Tours, la Charité-sur-Loire y otras muchas; pero las rápidas transformaciones de este estilo lo modificaron de tal modo que se creó uno nuevo, conocido con el nombre de ojival o gótico.

De 1137 a 1144 surgen las primeras edificaciones góticas, a impulso de Suger, que trazó por sí mismo los planos de su iglesia de Saint-Denis, adelantándose a su época, y en los años siguientes se esparce el gótico por Francia y por toda Europa, llegando a su apogeo en el siglo XIII. En los mismos reinados empieza París a desempeñar su papel de capital de Francia. Felipe Augusto la dotó de diversas instituciones, la rodeó de murallas, pavimentó sus calles y construyó el palacio del Louvre, cuya torre se convirtió en símbolo del poder feudal de los reyes. Era ya París uno de los grandes centros de estudios de Europa cuando se organizó su Universidad en 1200 y 1215, y haber estudiado en París fue para entonces una de las mejores garantías de instrucción que podían darse.

Luis VIII (1223-1226), hijo y sucesor de Felipe II Augusto, recibió del hijo de Simón IV de Montfort, poco afirmado en su conquista, la cesión de sus derechos al condado de Tolosa que, en 1229, reinando ya san Luis, se otorgó al hermano del rey, Alfonso de Poitiers, el cual casó con la hija única del último conde, Ramón VII, si bien dejó usufructuar el condado a su suegro hasta la muerte de este en 1249. El largo reinado de Luis IX El Santo (1226-1270) elevó por todos los conceptos a Francia. Aun en la infancia se vio salvado por su prudente madre Blanca de Castilla, de una coalición de grandes vasallos que, temerosa del creciente poderío de la dinastía capeta, aspiraba a poner en el trono ya al conde de Champaña, ya al ambicioso y terrible Enguerrand III, sire de Coucy.

Entrado en la mayor edad, san Luis, inspirado en un amor ferviente de la justicia, quiso poner coto a los abusos de la jurisdicción señorial, sometida a la arbitrariedad o fundada en principios dudosos y extendió a todo el reino la jurisdicción de los tribunales que ofrecían garantía más serias. A la cabeza de tales tribunales se hallaba el Parlamento, que conocía en última instancia de todas las causas y del cual dependían los baillis reales, encargados de examinar las sentencias dadas por los barones.

Felipe Augusto había ya reservado ciertos casos especiales, pero Luis IX añadió otros y su reputación personal de equidad contribuyó a inspirar por todas partes el respeto a la justicia real. Al mismo tiempo, sus dominios aumentaron con Provenza que en parte le llevó en dote su esposa y en parte pasó por otro matrimonio a su hermano el conde de Anjou, y con el condado de Tolosa, Auvernia y Poitou que tocaron a su hermano Alfonso. No obstante, su rectitud de conciencia le hizo devolver el Angoumois, el Limosin, el Quercy y el Saintonge al rey de Inglaterra, a quien se los arrebatara en castigo del auxilio prestado al rebelde conde de la Marche. La pronta represión de esta revuelta, el generoso perdón que otorgara y su merecida severidad con Enguerrand de Coucy, realzaron su autoridad de juez y soberano.

El fracaso de la cruzada que emprendió contra Egipto y su cautividad no aminoró el respeto de sus súbditos. Con ocasión de esta expedición quiso Luis IX tener en el Mediterráneo un puerto directamente suyo y fundó en cuatro años la población de Aigues-Mortes, cuyo puerto es Le-Grau-du-Roi. En tiempo de este rey, y con la cooperación de su hermano el conde de Tolosa y de otros señores meridionales, tanto eclesiásticos como laicos, tomó empuje al sur del Loire el movimiento municipal, con caracteres peculiares, como ante se ha indicado.

En el N. fueron antiguas ciudades las que entraban en la vida de la libertad municipal y solo se crearon cuatro o cinco, la primera de las cuales fue Villeneuve-le-Roi, fundada en 1170 por Luis VII. En el Sur por el contrario, donde la invasión sarracena y la guerra de los albigenses había destruido muchas poblaciones, se trazaron en los campos o sobre ruinas de otras localidades, calles regulares, a las que, atraídos por generosas cartas, acudían a edificar los campesinos.

Estos centros de población, llamados bastides, pasaron de 150 y las dos más antiguas, Montauban (1144) y Cordes (1222) se debieron a los condes de Tolosa. Algunas se quedaron en simples aldeas, pero otras prosperaron considerablemente, como la ciudad baja de Carcasona, nacida de un permiso de san Luis a los habitantes de la antigua fortaleza romana, para establecerse en el valle del Aude (1247), Villefranche d´Aveyron (1256). Villeneuve-sur-Lot (1263) y Revel (1230). Muchas de estas bastides llevan nombres extranjeros, que hacen pensar en una inmigración, tales con Barcelone, Valence, Pampelune, Cologne, Milan, Tudelle, etc.; y otros nombres de antiguas poblaciones o provincias francesas: Boulogne, Cahors, la Française, Bretagne. Las reclamaciones de algunas ciudades del sur pusieron fin en 1344 a la creación de bastides.

Este movimiento se extendió a las posesiones inglesas, cuyos soberanos procuraron asegurar su dominación con una buena administración y convirtieron Burdeos en uno de los centros comerciales más florecientes de Europa, que más tarde recibió con disgusto su anexión definitiva a Francia. Pocas de las cualidades de Luis el Santo se transmitieron a Felipe III El Atrevido (1270-1285), de quien solo cabe referir la cesión al Papa del condado de Venaissin en 1274 y su desastrosa retirada de Cataluña. Felipe IV El Hermoso (1285-1314) continuó la lucha contra el feudalismo: pera ahora en provecho exclusivo de la realeza, y es considerado como el verdadero fundador de la monarquía absoluta en Francia.

De carácter despótico, es conocido, además, por sus violentas luchas contra Bonifacio VIII, por la influencia que ejerció para la elección de un Papa francés sometido a sus deseos y la consiguiente residencia de siete Pontífices en Aviñón y por su avidez sin escrúpulos que le hizo alterar varias veces la moneda y perseguir a los templarios para apoderarse de sus bienes. A su muerte reinaron sucesivamente sus tres hijos Luis X (1314-1316), Felipe V (1316-22) y Carlos IV (1322-28) que aumentaron el poder real en lo político y en lo administrativo. Con ellos se extinguió la línea directa de los Capetos.

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, T. 24 págs. 945-955.