CarlomagnoCarlomagno por Durero

CARLOMAGNO, emperador del Sacro Imperio (742-814; 800-814 ). Rey de los francos: 768-814. Rey de los lombardos: 774-814. Singular y grande en la Historia es la figura de este rey de los francos, que en la Navidad del año 800 restauró el Imperio de Occidente en su persona. En la Europa descompuesta por las invasiones de los pueblos germánicos y musulmanes, dispuesta a sufrir muy pronto nuevas acometidas en la segunda oleada bárbara de los ?húngaros y los normandos, Carlomagno supo crear el reducto de resistencia en el que se salvaguardaron las esencias de Occidente. Reducto desde un triple punto de vista: de un lado territorial y político; de otro, religioso; por último, cultural. En la obra de Carlomagno —la unión de la realeza imperial con la Iglesia y el Pontificado— descansarán los mejores siglos del Medioevo. La leyenda ha creado una representación mítica de Carlomagno. Los autores y artistas del Gótico lo vieron como un gran monarca germánico, alto, rubio, de facciones aguileñas, exaltadas en su vejez por una luenga barba blanca. La realidad es muy distinta. A juzgar por las versiones contemporáneas, Carlomagno, el emperador de la barba florida, fue hombre corpulento, pero de baja talla, rostro redondeado y grandes bigotes. De todas formas, su presencia imponía por la majestad, el equilibrio y la potencia de expresión.

Era descendiente de aquella línea de mayordomos de Palacio que, durante el lamentable gobierno de los reyes fainéants, supo mantener el principio de la unificación de los pueblos francos como premisa inexcusable para resistir los ataques de los musulmanes en el Sur y de los sajones en el Oeste. Su abuelo, Carlos Martel, había sido el salvador de Francia en los campos de Poitiers, y su padre, Pipino El Breve, había constituido la monarquía carolingia e iniciado la expansión franca hacia Italia y la aproximación con el Papado. De tales antecesores, heredó Carlomagno (nacido el 2-IV-742) la bravura en el combate, la sagacidad política y la alta visión de los asuntos gubernamentales. A la muerte de Pipino El Breve, ocurrida el 24-IX-768, Carlos, el primogénito, heredó los dominios de su padre junto con su hermano Carlomán I.

En la distribución de la herencia aquél recibió la Austrasia, la Neustria y la Aquitania occidental; pero muy pronto fue señor único de los francos a raíz de la muerte de su hermano, el 4-XII-771. Este hecho favorecía muchísimo la potencialidad del estado franco, pues lo libraba de todo peligro de disgregación interna, como amenazaban las ambiciones de Carlomán. Por otra parte, había llegado el momento de las grandes decisiones entre los francos y los lombardos. Pese a la alianza que se había intentado establecer entre las dos familias reinantes, la tentativa de aproximación política había fracasado, En 771 Carlos había repudiado a su esposa, hija de Desiderio, rey de los lombardos, y este se había lanzado con sus ejércitos sobre Roma, vulnerando las estipulaciones convenidas con Pipino El Breve.

Pero Desiderio no contaba con la rapidez de decisiones del joven monarca de los francos, Carlos forzó los pasos de los Alpes (septiembre de 773), invadió la Lombardía, puso sitio a Pavía, conquistó Verona (774), ciudad que era reputada invulnerable, y por último se apoderó de Milán, la capital de los lombardos. El 5-VI-774 Carlos se coronaba rey de Lombardía, mientras que Desiderio marchaba a terminar sus días en el monasterio de Corbie, en el Somma. Acto de enorme trascendencia, pues la anexión del Norte de Italia al Estado franco hacía realidad el título de patricio de los romanos que Carlos había heredado de su padre.

La conquista de Germania

Mientras desde la Lombardía el rey franco vigila y domina Italia, emprende por otra frontera una serie de campañas para garantizar los límites orientales del Imperio que va creando con su espada. En esta dirección Carlos —que desde ahora llamaremos Carlomagno— no olvida que la preocupación esencial de la monarquía franca ha sido la conquista de Germania . Sus predecesores han realizado ya grandes progresos; pero queda todavía en pie el enemigo esencial, los sajones.

Carlomagno se dispone a dominarlos, y lo logra en el transcurso de un periodo de treinta años, lapso de tiempo que revela la dificultad de una empresa que exigió, nada menos, que veinte campañas . Iniciadas las operaciones en 775, no terminaron hasta 804. Hubo momentos realmente difíciles para los carolingios; en 775 casi se renovó, en el Weser, la sorpresa de la selva de Teotoburgo; en 782 los sajones aniquilaron al pie de los montes Süntel al mejor ejército franco. Para acabar con aquella resistencia indómita fue preciso recurrir a grandes medios, incluso al terror y a la deportación.

En 782 Carlomagno decretó la matanza de Verden; en 785, Widuking, el jefe de los sajones de Westfalia, se convirtió al cristianismo, único modo de escapar de las manos del verdugo; en 799 se efectuaron deportaciones en masa para acabar con la resistencia del país de Wihmode... De esta manera Carlomagno conquistó Sajonia para Europa y la Iglesia, o sea, en definitiva, para la cultura europea.

Campañas contra ávaros y árabes

Poco antes, en 794, había obtenido la abdicación a su favor del ducado de Baviera, hecha por su duque Tasilón, quien en 787 había pretendido traicionar al rey de los francos conspirando con las terribles hordas de los ávaros de Hungría. Durante dos siglos los ávaros habían hecho temblar a los mejores soldados del Imperio de Oriente. En 788 dieron muestras de nuevas veleidades ofensivas; pero los generales carolingios les hicieron morder el polvo y les rechazaron hacía el Danubio. Tres años más tarde el margrave Erico de Friul tomaba al asalto el ring o fortaleza del khaghán ávaro, y destruía para siempre su potencia militar. En 805 se convirtió al cristianismo y ofreció su vasallaje a Carlomagno.

Menos afortunada fue la actuación del soberano franco en su lucha contra el Islam en España. La eventual decadencia de Emirato omeya hacía tentadora la empresa. Carlomagno se dejó incitar por los requerimientos de los gobernadores musulmanes. En 778 franqueó los Pirineos en dirección a Zaragoza. Pero la ciudad resistió, y en la retirada su retaguardia fue destrozada por los vascones en Roncesvalles (15-VIII-778). Pese a esta desgraciada tentativa, el gran rey no cejó hasta constituir una marca defensiva al Sur de los Pirineos. En colaboración con los hispanos refugiados en su territorio, las tropas francas conquistaron Geronaen 785 y Barcelona en 801. Diez años después se instalaban en Tortosa. Por aquella época, Pamplona había solicitado la protección del emperador (807). Carlomagno tenía ya las llaves de los Pirineos.

El poder y la autoridad logrados por Carlomagno hicieron revivir los sueños de restauración del Imperio mantenidos por los eruditos y religiosos de Occidente, entre los cuales el famoso Alcuíno. Momento propicio para transformarlos en realidad se presentó cuando, a fines de 799, acudió a Paderborn el papa León III, fugitivo de Roma, para reclamar el auxilio de Carlomagno contra la turbulenta aristocracia de la ciudad. El monarca, se trasladó a Roma y restableció la autoridad del Pontífice. El 25-XII-800 era coronado solemnemente por León III en la basílica de San Pedro. El título imperial fue reconocido en 812 por el emperador Miguel de Bizancio después de un periodo de extraordinaria tensión política que llevó las armas victoriosas de Carlomagno a la conquista de Venecia e Istria (805 y 810).

Augusto, emperador y a la vez rey de los francos y de los lombardos. Pese a la profunda vitalidad de los fermentos germánicos en el seno del Imperio renovado, este no deja de ser una verdadera creación imperial, caracterizada por la unidad de mando, la coherencia de una administración uniforme y la unidad de fe y de cultura. Esta experimentó un poderoso resurgir bajo la influencia personal de aquel gran soberano, que si se distinguió en las armas y la política, quiso también vincular su nombre al cultivo de las letras y de las artes Así puede hablarse con toda propiedad de un Renacimiento carolingio, último destello de cultura antigua antes de hundirse en los abismos de los siglos X y XI. Carlomagno murió el 28 de enero de 814, víctima de un ataque de pleuresía, en aquel palacio de Aquisgrán en donde había celebrado sus más clamorosos triunfos.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, T. I, págs. 103-104.
Carlomagno y España

Para Carlomagno (768-814) España era ante todo un país de paganos, como los ávaros o los sajones, a la vez un peligro para las fronteras de su imperio y una zona adonde extender su influencia de restauración cristiana. Sin embargo, tarda diez años en intentar en ella una intervención armada, y cuando por fin se decide a ella, fracasa y tiene por colofón el desastre militar de Roncesvalles (778), que Carlomagno dejó sin venganza.

Renunciando realistamente a una acción de envergadura, va a limitarse en adelante a una progresión lenta y metódica hacia Cataluña y el bajo Ebro, con el designio evidente de formar por ese lado, el más expuesto a las incursiones musulmanas, una nueva marca defensiva en país enemigo Halphen, Charlemagne et l'empire carolingien, París, 1947, pág. 88.

Esta preocupación del futuro emperador se manifiesta en primer término en la creación del reino de Aquitania, que incluía también la Gascuña y la Septimania, entregado a su hijo Luis en 781, coincidiendo poco después la ocupación de Gerona, facilitada por su propia población en 785 y a la que debió seguir la incorporación del reino de Aquitania de la zona montañosa inmediata a los pasos orientales pirenaicos, de los que Gerona constituía la plaza fuerte más oriental . A. de la Torre, Las etapas de la Reconquista hasta Alfonso II, en Estudios sobre la Monarquía asturiana, Oviedo, 1949, pág. 151.

Debió seguir a poco la incorporación del obispado de Urgel y la fortificación de Ausona (Vich), Casserras y Cardona. En el mismo año de la proclamación imperial de su padre, Luis pasa el Pirineo y ataca Lérida, desmantelándola. En el año siguiente, probablemente, pone sitio a Barcelona, el cual se prolonga por dos años, rindiéndose al cabo, en 803, habiendo de convertirse en adelante en la más firme base del dominio franco al sur del Pirineo. Este dominio se extiende incluso, aunque en forma precaria, al Occidente con la ocupación pasajera de Pamplona. Los esfuerzos de Luis se dirigen contra Huesca y, aunque sin resultado, contra Tortosa, objetivo de campañas en 808 y 809, en la primera de las cuales toman Tarragona, que será en adelante agriamente disputada en campañas de musulmanes y cristianos de suerte alternativa.

En 812 hablan las crónicas francas de una embajada de Al-Hakam, por la cual obtiene una tregua de tres años, noticia a la que se opone el relato detallado de una expedición en el año 813, que llega hasta cerca de Barcelona y en la cual la guarnición de esta ciudad sufre un gran quebranto. Con todo, la acción de Carlomagno y de su hijo Luis en la parte nordoriental de España, aunque desprovista de acciones brillantes, sentó firmemente los cimientos de la marca hispánica.

No es fácil fijar el momento preciso en que comienzan las relaciones de Carlomagno y su hijo con el pequeño reino de Asturias. Las crónicas francas mencionan dos envíos de embajadores en 797 y 798, una de las cuales da cuenta de la toma de Lisboa por Alfonso II. Es curioso que las crónicas asturianas no mencionen siquiera el nombre de Carlomagno, mientras que Eginhardo, su biógrafo, sin duda exageradamente pondera el sometimiento de Alfonso, el cual non aliter se apud illum quam proprium suum appellari jubereted. Halphen S 16. Lo que no cabe duda es que estas relaciones, si no suscitadas, fueron avivadas singularmente por la lucha contra el adopcionismoR. de Abadal, La batalla del adopcionismo, Barcelona, 1949, que culmina también por el año 800.

La leyenda se apoderó de estas relaciones de Carlomagno con la España musulmana y cristiana no solo en el Cantar de Roncesvalles, sino en leyendas de origen ultrapirenaico, que hacen a Carlomagno conquistador de toda España y restaurador del sepulcro de Santiago y de su iglesia, o en otras en las que se muestra la reacción española que cristaliza en la figura legendaria de Bernardo del Carpio. Una versión erudita e interesada recogida en interpolaciones de Pelayo de Oviedo se refiere a la intervención de Carlomagno en asuntos internos de la iglesia asturiana mediante la convocatoria de unos supuestos concilios ovetenses.

VÁZQUEZ DE PARGA, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. A-E pág. 688.