La invasión de Francia provoca la caída de los liberales

Para resistir a la formidable coalición que se había organizado, Francia cuyo ejército de voluntarios de 1792 estaba ya desmovilizado se encontraba casi desarmada. En plena crisis interior, iba a verse obligada a realizar un esfuerzo militar tanto más importante cuanto que el gobierno tenía que enfrentarse inmediatamente con la repugnancia que el pueblo sentía hacia el servicio militar. Si en 1792 había sido posible reclutar voluntarios entre la burguesía, que se enrolaron con gran entusiasmo por la libertad, en 1793 sería imposible crear un movimiento semejante en las masas populares. En febrero de 1793, para proceder al reclutamiento de 300.000 hombres, la Convención se vio forzada a recurrir al llamamiento por sorteo, y al hacerlo pesar sobre la población rural iba a comprometer las cosechas, hacer subir el coste de la vida y a agravar la situación social.

En el mes de marzo las tropas aliadas invadieron Francia a la vez que, rehusando admitir el reclutamiento la Vendée se sublevaba. En todas partes el llamamiento de reclutas provocaba disturbios, pero era preciso mantener el orden e imponer el servicio militar al país, costase lo que costase. Para conseguirlo, la Convención creó en todos los departamentos comités de vigilancia dirigidos desde París por un Comité de Salud Pública.

En estos momentos, el asignado había perdido el 50 por ciento de su valor, de lo que resultaba un alza constante de precios agravada por una especulación desenfrenada sobre los asignados y los productos alimenticios. La Convención impuso el curso forzoso del papel moneda y pretendió estabilizar los precios de los alimentos mediante la ley del Maximum . El avance de las tropas aliadas en Francia engendraba pánico. Y Robespierre, en un intento para asegurarse el apoyo de las masas, llevó la agitación revolucionaria al plano social reclamando la limitación del derecho de propiedad, a la vez que para conservar en sus manos las secciones de París propuso a la Convención que votase el pago de un sueldo a todos los seccionistas —es decir, a los electores parisienses—, que se pagaría con una tasa impuesta a los ricos.

Frente a la actitud demagógica que adoptaba la Montana, los girondinos reaccionaron haciendo que la Convención designase una comisión de encuesta que procedió inmediatamente a la detención de los insurrectos.

Esta debía ser la última tentativa de la Convención para escapar a la dictadura de la "Comuna". El 31 de mayo, 33 secciones de París se constituyeron en comité central revolucionario al que se adhirió en seguida la "Comuna", que solicitó la detención de los girondinos y la depuración de todos los órganos del poder:

el partido jacobino afirmaba su voluntad de imponerse como partido único y ejercer la dictadura. Y como la Convención no cedió, 80.000 hombres de las secciones marcharon contra ella el 2 de junio y detuvieron, bajo amenaza, a 29 diputados girondinos

Al día siguiente, y para atraerse a las clases media y rural, la Montaña hizo decretar la venta inmediata de los bienes de los emigrados y el reparto de los bienes comunales entre los cabezas de familia.

La detención de los girondinos decapitaba la oposición liberal, que iba a ser ahogada en sangre. Mientras, la Montaña establecería la dictadura del partido único, apoyada por las agrupaciones revolucionarias de París.

Sustitución del régimen constitucional y liberal por una república democrática y autoritaria

Eliminada la facción oposicionista, se votó apresuradamente una nueva Constitución el 24 de junio de 1793, que centralizó la autoridad en manos del gobierno elegido por la Asamblea, la cual, detentadora del poder legislativo, debería ser elegida por sufragio universal. Se establecía un estrecho contacto con el pueblo por el derecho que se concedía a las asambleas primarias de exigir que las leyes fuesen sometidas a referéndum.

Los aliados reconquistan Bélgica y prestan ayuda a la insurrección de la Vendée

Mientras la Convención se esforzaba por introducir en Francia un régimen democrático y centralizador, los ejércitos aliados avanzaban por Francia. La victoria de Neerwinden (18 de marzo de 1793) había devuelto las provincias belgas a Austria, en donde esta se esforzaba por restablecer el antiguo régimen. También Maguncia había caído, entregando la orilla izquierda del Rin a los coaligados, y poco después era tomada Valenciennes. Y los sardos penetraban en Francia por la frontera de Saboya, al tiempo que los ejércitos republicanos asediaban la ciudad de Lyon sublevada y las tropas españolas penetraban en el Rosellón.

Los éxitos aliados favorecían la oposición de las poblaciones, que celosas de las autonomías locales instauradas por la Constitución de 1791 se negaban a aceptar las tendencias centralizadoras de la nueva Constitución. En la Vendée y en el Sudeste, los monárquicos se pusieron en cabeza de la resistencia, y en Lyon, Marsella y Tolón se constituyeron ayuntamientos monárquicos (julio-agosto).

La situación era tanto más grave cuanto que la caída del asignado se precipitaba de tal modo que pronto bajaría hasta el 30 por ciento de su valor, llevando al gobierno de la República al borde de una catástrofe financiera, a la vez que la desorganización de los transportes hacía sufrir a la nación, principalmente en París, una penuria alimenticia que alcanzó gravísimas proporciones.

La agitación popular resultante de todo esto ponía a la Convención a merced de las asociaciones, que sostenidas por las secciones de la Comuna de París --entregadas a los partidos jacobinos y a los extremistas cordeliers - pedían la guerra a ultranza, el exterminio de los aristócratas, la pena de muerte para los acaparadores y la supresión de las compañías por acciones, lo que permitió a más de uno de sus instigadores jugar a la baja de las acciones de las compañías cuya supresión solicitaban.

Para hacer frente a las necesidades más apremiantes, la Convención votó subsidios para los indigentes, aumentó los sueldos de los funcionarios y declaró derogados y sin indemnización todos los derechos feudales, incluso aquellos cuyo rescate la Constituyente había autorizado.

La república democrática es suspendida

Después, para dar al nuevo régimen una base verdaderamente nacional, sobre la que fundar la democracia, la Convención sometió la Constitución al pueblo. Ratificada en las asambleas primarias por 1.800.000 votos de los 7 millones de electores, la Constitución fue solemnemente promulgada. Pero al mismo tiempo, por una intervención de Robespierre fue aplazada su puesta en vigor y el régimen democrático que se pretendía organizar no sería aplicado jamás.

El aplazamiento de la Constitución devolvía a la Convención todos los poderes, y para ejercerlos esta última iba a nombrar en su seno 21 comités, entre ellos el de Salud Pública, encargado de la alta dirección de la política, y el de Seguridad general, dueño de la policía, que ejercían una influencia preponderante. Bajo su omnipotente autoridad, los doce ministros que nombró la Convención no serían más que simples agentes ejecutivos.

La muerte de Marat por Jacques-Louis David, 1793.La muerte de Marat por Jacques-Louis David, 1793.

La guerra y los disturbios interiores no hicieron sino reforzar la tendencia hacia la dictadura. El asesinato de Marat por la joven monárquica Carlota Corday el día 13 de julio desató una serie de medidas de terror: la reina María Antonieta fue llevada ante el tribunal revolucionario (12 de octubre); se votó una ley de proscripción contra los diputados girondinos; la Bolsa fue cerrada; se decretó la muerte contra los acaparadores, y el general Custine, que había perdido Maguncia, fue guillotinado. Todos los presuntos enemigos fueron detenidos y se organizó en París una verdadera caza de sospechosos. Entretanto, el Ayuntamiento monárquico de Tolón hacía un llamamiento a los ingleses y les entregaba la ciudad con la escuadra anclada en el puerto (27 de agosto). Ante esta noticia, los hombres de las secciones de París corrieron a las armas y, presionada por el motín, la Convención declaró que iba a poner el terror a la orden del día.

El 10 de octubre proclamó oficialmente el régimen de la Dictadura al declarar que el gobierno de Francia es revolucionario hasta la paz . Y para afirmar el rigor con que ella entendía que debía imponer su omnipotencia, llevó al cadalso a la reina María Antonieta el día 16 de octubre de 1793. Su ejecución fue seguida de la de varios diputados girondinos y la del Duque de Orleans —Felipe Igualdad—, no obstante haber apoyado la Revolución y votar incluso la muerte de Luis XVI.

La justificación mística de la dictadura

La dictadura que se establecía en Francia al amparo de las guerras exterior y civil, no era solamente un estado de hecho, sino la expresión de una mística revolucionaria. El liberalismo que había fundado la monarquía constitucional era partidario de los derechos del hombre tal como los concibieran los filósofos del siglo XVIII . En cambio, la Dictadura iba a presentarse como expresión de la ideología democrática. Al liberalismo individualista, basado en la idea de que el hombre se mejora por la cultura y la civilización, Juan Jacobo Rousseau opuso la tesis de la naturaleza humana pervertida por la civilización. De ella se había extraído una mística política que presentaba a la voluntad del pueblo como expresión de la voluntad del ser supremo, y según la cual cualquier miembro del cuerpo social que rehusase aceptar las decisiones de este podía ser eliminado legítimamente. Y con el fin de determinar qué era la voluntad del pueblo, Rousseau no había encontrado otro medio mejor que el de remitirse a la opinión de la mayoría.

Lo mismo que las ideas de Montesquieu habían inspirado la Constitución liberal de 1791, las de Rousseau fueron la base de la Constitución democrática de 1793. El aplazamiento de la Constitución, que era sustituida por la dictadura de la Convención, no rompía la tesis de la mayoría, pues la Convención había sido elegida por el país —recordemos que fue elegida por 700.000 votos de 7 millones de electores—.

Como expresión de la voluntad del pueblo, es decir, del mismo ser supremo, la República no podía ser sino la encarnación pura del bien social, de la virtud y de la moral. Entre el bien y el mal, la diferencia era fácil de establecer: en la República no había más ciudadanos virtuosos que los republicanos. Sólo el Estado era juez y depositario del bien, y tenía no solamente el derecho, sino el deber, de imponer el bien extirpando de la sociedad el mal, que eran los enemigos de la República. El terror aparecía así como el instrumento indispensable de la moral republicana y de la virtud, era la justicia rápida, severa, inflexibleRobespierre, ante la Convención, el 5 de febrero de 1794 destinada a asegurar el paso del mal al bien, de la corrupción a la probidadSaint-Just, 15 de abril de 1794, del reino del crimen al de la justiciaRobespierre, 7 de mayo de 1794.

Esta ideología estatista y terrorista, invocando al Ser Supremo y la inmortalidad del alma, se alzaba hasta hacerse religiosa, pero encontraba frente a sí, para combatirla, a la moral cristiana, que se remite, no a la voluntad del número interpretada por el Estado, sino a la conciencia individual. El deber de la República era, pues, lanzarse a una política de descristianización. Fue introducido un calendario republicano que sustituía las semanas por décadas, el domingo por el decadi, y las fiestas cristianas por las fiestas cívicas consagradas a la República, a la Libertad, a la Gratitud, a la Agricultura, a la Juventud, a los Esposos y a la Vejez. Las ceremonias religiosas del matrimonio y del bautismo fueron sustituidas por ceremonias cívicas y el arzobispo de París fue obligado a dimitir. El 20 de noviembre, una procesión carnavalesca que simbolizaba al culto católico se desarrolló en la Convención, y el 27 fue ordenado el cierre de las iglesias.

Robespierre y Danton, no obstante, temían que el ateísmo, al extenderse, privase a la Revolución de su base mística. Por intervención suya, un decreto mantuvo la libertad de cultos y afirmó la de enseñanza, pero esto fue palabrería vana. Las iglesias siguieron cerradas. Para dar jaque al ateísmo y al culto de la razón que era su ideario, fue introducida una nueva religión, dirigida al Ser Supremo, como culto oficial de la República. Las cuatro grandes fiestas conmemorativas republicanas, que recordaban los memorables jalones del triunfo de la dictadura sobre la insurrección violenta —el 14 de julio, 10 de agosto, 21 de enero y 31 de mayo— las fechas conmemoradas eran: la toma de la Bastilla, constitución de la Comuna de París, la ejecución de Luis XVI y constitución del Comité central revolucionario por las secciones de París, que inauguró la dictadura jacobina, fueron acompañadas de ceremonias en honor del Ser Supremo, así como las 36 fiestas de los decadi que sustituían a las misas dominicales.

Poco después de su elección como presidente de la Convención —el presidente de la Convención era reelegido cada ocho días—, Robespierre, al inaugurar aquellas grandes manifestaciones espectaculares que todas las dictaduras imitarían en lo sucesivo, celebraba con gran pompa la fiesta del Ser Supremo, durante la cual ardía una estatua representando al ateísmo ante la montaña, sobre la que estaba plantado el árbol de la Libertad. Se presentaba así como el gran pontífice de la República, al mismo tiempo que como la más alta autoridad del Estado. Así preparaba su dictadura personal, con la que iba a intentar sustituir la de la Convención.

La dictadura emprende una política de dirigismo y estatismo económicos

Al mismo tiempo que la guerra empujaba a los hombres de la Convención hacia la dictadura, también imponía un dirigismo económico que pronto debía tomar la forma del estatismo. Las iniciativas privadas no hubiesen logrado equipar, armar y abastecer a un ejército que los reclutamientos en masa harían llegar a un millón de hombres. La situación era tanto más inexplicable cuanto que el asignado se depreciaba cada vez más, creaba en el comercio una perturbación paralizadora y entregaba la vida económica del país a los avatares de la más desenfrenada especulación.

El Estado se vio, pues, obligado a entrar por el camino de las requisas, y para satisfacer a las necesidades urgentes creó fábricas e impuso a las empresas ya existentes un nivel elevado de producción, gracias al empleo de procedimientos científicos establecidos por comisiones de técnicos. Para resolver los problemas que se planteaban acerca de la mano de obra, la población obrera era desplazada a la fuerza. Todas las materias primas fueron puestas bajo la intervención del Estado, que se atribuyó el monopolio de las importaciones, y con el fin de abastecerse de productos, el gobierno requisó vinos, tejidos de seda y paños, y los exportó, Las joyas y obras de arte que pertenecían a los emigrados fueron confiscadas y vendidas en el extranjero a beneficio del Estado, y las divisas y valores extranjeros que se hallaban en el país fueron requisados y pagados en asignados, calculados según su valor nominal. Para el excedente de producción, las exportaciones debían ser autorizadas sólo mediante la cesión al Estado de los efectos extranjeros recibidos como pago.

Los alimentos fueron racionados y el pan de trigo fue sustituído por una mezcla llamada pan de la igualdad . La organización del racionamiento fue confiada a las autoridades locales y en París se impuso la cartilla de la carne. Pero cuanto más se organizaba el dirigismo económico, más aumentaba la especulación. Un intenso mercado negro de productos agrícolas apareció en el país, los precios subieron y el valor del asignado continuó descendiendo.

Para estabilizar esta difícil coyuntura, la Convención inició una reforma financiera radical. El asignado perdió todo valor siendo oficialmente desvalorizado, y el gobierno, incapaz de hacer frente a sus compromisos, republicanizó todos los créditos del Estado inscribiéndolos en el Gran Libro de la deuda pública. El impuesto, reformado en el sentido de una contribución sobre la renta, fue fijado en un 20 por ciento de la renta de la propiedad mobiliaria e inmobiliaria.

Y habiendo fracasado un empréstito voluntario, se decretó otro forzoso. Y con el fin de contener el alza de precios, el gobierno estableció un salario máximo, pero las empresas privadas, que se disputaban la mano de obra, burlaron la ley. A partir de entonces, los obreros de los talleres del Estado, peor pagados que los demás, se declararon varias veces en huelga. Para dominar la especulación, las huelgas y la resistencia pasiva, se extendió el terror: algunos acaparadores, pero también muchos campesinos y obreros, perecieron en el cadalso al lado de los aristócratas y de los liberales detenidos y encarcelados por los emisarios de las asociaciones jacobinas.

La Convención intenta extender la pequeña propiedad

Este dirigismo económico no procedía de las teorías socialistas. La Montaña no era socialista. Fue pronunciada la pena de muerte por la Convención contra los partidarios de la ley agraria, es decir, contra los comunistas. Sin embargo, la República democrática necesitaba cimientos estables. Ella había hecho un llamamiento al proletariado para destruir el régimen liberal de la monarquía constitucional, pero se había visto entregada a merced de los movimientos populares violentos, que no pudiendo servir de base a un gobierno regular necesariamente debían arrastrarla a la dictadura; para estabilizar la revolución y hacer aplicable la Constitución democrática, la Convención comprendió ahora que debía apoyarse en una base sólida: por eso iba a intentar hallarla generalizando la pequeña propiedad.

La revolución de 1789 había sido obra de la burguesía propietaria contra la nobleza; la del año 1793 iba a esforzarse por ser la de la modesta burguesía contra la burguesía propietaria

Y con el fin de extender la pequeña propiedad fueron votadas leyes sobre la división de las herencias y el reparto de los bienes comunales; innumerables fundaciones de caridad que se habían extendido por Francia desde el siglo XIII fueron nacionalizadas; los bienes de los condenados fueron confiscados, y se aceleró la venta de los bienes de los emigrados que, al ser subastados públicamente se hizo difícil impedir que fuesen a manos de sus mismos propietarios.

El ideal democrático con miras a extender la pequeña propiedad fue acompañado de una tentativa de reorganización de la beneficencia pública, de la creación de escuelas primarias obligatorias y gratuitas, y de la puesta en cultivo de las fincas de recreo. Pronto había de resultar, sin embargo, que la clase de los pequeños propietarios y de los artesanos, si no podía apoyarse en un poder ejecutivo estable, moderado y representando a una fuerza tradicional indiscutible, sería incapaz de resistir a las asociaciones populares que se manifestaban por los motines callejeros.

Las debilidades de la coalición

La coalición de naciones europeas no supo aprovechar la crisis interior en que se debatía Francia porque, desde su formación, apareció como carente de cohesión, incluso dividida entre sí. Las potencias coaligadas no anhelaban los mismos fines de guerra. Mientras las monarquías constitucionales perseguían, al combatir a la República, la abolición de la obra de la Revolución y el restablecimiento en Francia del antiguo régimen, y les interesaba más el reparto de Polonia —que creaba desconfianza entre ellas— que su victoria sobre Francia, Inglaterra, por el contrario, aun siendo hostil al régimen instaurado por la República, miraba ante todo asegurar su primacía económica obligando a Francia a evacuar Bélgica y a cesar en su propaganda revolucionaria; además, reclamaba Córcega y las Antillas francesas a título de compensación por las anexiones realizadas por Rusia y Prusia en Polonia.

Los primeros éxitos sólo plantearon discusiones entre los coaligados, que bien pronto paralizaron su acción. Inglaterra intentó en vano organizar la unidad de mando de los ejércitos de tierra en provecho de Austria. Por otra parte, los aliados —excepto Inglaterra— se hallaban inmovilizados por falta de recursos financieros. Prusia, cuyas exportaciones hacia Polonia se habían visto disminuidas como consecuencia de la hostilidad que allí se manifestaba contra ella, solamente podía continuar la guerra gracias a las ayudas que le prestaba Inglaterra. La situación de Austria no era mejor, pues en dos años la guerra hizo que la deuda subiera de 362 a 477 millones de florines, motivo por el que tuvo que intervenir Inglaterra anticipándole una suma igual a 160 millones de francos. En cuanto a España, que vivía en una crisis financiera endémica, para hacer frente a los gastos militares había tenido que apoderarse, con autorización del Papa, de las rentas de la Iglesia española.

Así, pues, Inglaterra tenía que soportar sola casi todo el peso financiero de la guerra. Si pudo hacer frente a un esfuerzo tan grande fue gracias a su liberalismo económico. Después de una fuerte baja en sus exportaciones, que en un año pasaron de 24 a 19 millones de libras, la iniciativa de sus capitalistas levantó rápidamente la situación, y en tres años, a pesar de la guerra naval que permitió a los corsarios franceses hundir 600 barcos por año, las exportaciones inglesas volvieron a subir, en 1796, a 28 millones de libras, suma jamás alcanzada.

Resurgimiento militar de Francia y reconquista de Bélgica

Frente a las monarquías aliadas en su contra, y que, como ya hemos visto, no poseían más que unos medios económicos restringidos, Francia disponía de recursos considerables: una población numerosa, un conjunto económico importante y una mano de obra industrial experimentada. Además, tenía sobre sus adversarios la superioridad que posee toda dictadura cuando entra en conflicto con regímenes tradicionales. Contra los ejércitos profesionales del antiguo régimen, la República, gracias a los medios que le facilitaba la Dictadura, utilizó todos los recursos de la nación y organizó la guerra total. En pocos meses modificó en provecho suyo el equilibrio de las fuerzas que se hallaban frente a frente.

Procediendo al reclutamiento en masa, a fines de 1793 la República tuvo un millón de hombres en filas y pertrechos bastantes para armarlos. Disponía desde entonces de una superioridad numérica aplastante sobre los 300.000 hombres de los ejércitos aliados, y rechazando las antiguas concepciones militares, su táctica —elaborada por civiles— consistió en aplastar al adversario por superioridad numérica, no para deshacerlo, sino para destruirlo. Ya en octubre de 1793, la toma de Maubeuge liberaba al Norte de la invasión, y la ocupación de Landau obligaba a los aliados a abandonar Alsacia y abría a las tropas republicanas la orilla izquierda del Rin. España abandonó el Rosellón, los ejércitos sardos se vieron obligados a evacuar Saboya, y en diciembre de 1793, después de un asedio en el que se distinguió un joven capitán corso, Napoleón Bonaparte, Tolón fue reconquistada a las tropas inglesas.

Pasando entonces a la ofensiva, los ejércitos republicanos franquearon la frontera belga, y la victoria de Fleurus (26 de junio de 1794) les condujo a una nueva ocupación de Bélgica.

El estatúder Guillermo V, confiando demasiado en sus fuerzas, intentó lograr la paz entre Francia, por una parte, e Inglaterra y Holanda por otra, proponiendo a la República francesa, a costa de Austria —no obstante ser su aliada en aquel momento— el reparto de Bélgica entre Francia y Holanda, la cual, anexionándose la costa flamenca y las provincias belgas del norte, con Amberes, tranquilizaría a Inglaterra. Naturalmente, la República victoriosa no tomó en consideración esta propuesta, ya que, por otra parte, la coalición se deshacía. En octubre de 1904, vencida en el continente, estaba virtualmente disuelta.

De diciembre de 1794 a enero de 1795, el general Pichegru, apoyado por una legión bátava reclutada en Francia entre los holandeses refugiados, se apoderó casi sin disparar un tiro de la mayor parte de Holanda, así como de la flota holandesa, bloqueada por los hielos en El Helder.

Guerra de bloqueo contra Francia

Aún le quedaba a la República un temible enemigo: Inglaterra. Privada del apoyo de los Estados Unidos, a Francia no le fue posible defender las Antillas; las islas de Haití, Tabago, la Martinica y Santa Lucía habían sido conquistadas por Inglaterra. Esta, dueña del mar, organizó al punto una implacable guerra económica contra Francia que el fracaso de las potencias continentales hizo endurecer cada vez más hasta transformar a Francia en una plaza sitiada.

Los neutrales —sobre todo Suecia y Estados Unidos— intentaron oponerse a esta guerra de bloqueo, y España, temiendo que el dominio marítimo permitiese a Inglaterra atacar sus dominios coloniales, abandonó la coalición. A partir de entonces, Inglaterra se encontró sola. Para lograr la sumisión de Francia necesitaba que no surgiese frente a ella ningún adversario marítimo. Se acercó, pues, a los Estados Unidos, y dando vuelta a la situación prevista por el tratado de 1778 obtuvo de ellos un tratado que no solamente admitía su política de bloqueo, sino que le valía la condición de potencia más favorecida.

A partir de entonces, el dominio del mar le pertenece sin discusión. La guerra, desde el mar contra el continente, terminará a través de diversas vicisitudes en 1815, con la victoria del mar sobre la porción continental que Francia dominaba.

La dictadura victoriosa acentúa el terror

Liberado de la amenaza de invasión, el gobierno, lejos de volver a métodos más moderados, intentó transformar la dictadura, basada en el principio del terror, en un régimen legal. Durante los tres últimos meses de 1793 fueron pronunciadas diariamente condenas de muerte; tan sólo en París cayeron 177 cabezas. La toma de Lyon acarreó 1.667 ejecuciones; en Tolón fueron fusilados centenares de habitantes, y en cuanto a la Vendée, fue entregada a comisiones militares que mandaron ejecutar en masa a los bandidos que, con las armas en la mano, oponían resistencia a las persecuciones religiosas. Solamente la Comisión de Angers hizo pasar por las armas a más de 2.000 personas, y en Nantes fueron ahogadas en el Loira más de 3.000.

Establecimiento del partido único

Desde su instauración, la Dictadura había emprendido la tarea de depurar la Convención y demás órganos del poder, tanto en París como en provincias, de todos los elementos no jacobinos. Los hombres de un partido único —formado por jacobinos y cordeliers — iban a ser impuestos al país. En estrecha colaboración con las asociaciones populares, los comisarios enviados por la Convención fueron encargados de buscar y detener a todos los elementos considerados como sospechosos, fuera por razón de su origen, de sus relaciones, de sus ideas, o por simpatizar con el antiguo régimen o el liberalismo. También debían destituir a todos los mandatarios públicos que no compartiesen las ideas patriotas, es decir, jacobinas.

En pocos meses, los resortes del mando en todo el país pasaron a manos de los patriotas jacobinos y cordeliers.

La lucha por la dictadura en el seno de los comités

Establecida la Dictadura en provecho del partido de los patriotas, esta era ejercida por el gobierno, cuyo organismo principal era el Comité de Salud Pública. Pero la Dictadura no podía mantenerse sin el terror, el cual dependía del Comité de Seguridad General, y con el fin de unir todos los poderes en sus manos, el de Salud Pública creó un Despacho de Policía General para anular al Comité de Seguridad.

Pero el Comité de Salud Pública, a partir de entonces omnipotente, pronto se dividió, porque en él estaban representadas tres tendencias. Los indulgentes, que apoyaba Danton, querían volver a las ideas liberales, renunciar progresivamente al terror y lograr una paz duradera pactando con los aliados; los herbertistas, que reclutados en las asociaciones de los cordeliers, descristianizadores y terroristas a ultranza, propugnaban una lucha a muerte contra los aristócratas y los liberales para llevar la revolución del plano político al social, apoyándose en las masas proletarias de París.

Y entre estas dos tendencias opuestas, Robespierre y sus partidarios intentaban romper a la vez con el liberalismo y con la insurrección socializante y transformar la Dictadura en un régimen legal.

Apoyándose en los indulgentes, Robespierre emprendió primeramente la lucha en el seno del Comité de Salud Pública contra los herbertistas, a quienes acusó de provocadores y agentes del extranjero, logrando que fuesen ejecutados. Y volviéndose después contra los indulgentes, los denunció ante la vindicta pública como prevaricadores y corrompidos; así envió a Danton y a sus amigos a la guillotina, al mismo tiempo que a una serie de vulgares concusionarios.

En el seno del Comité de Salud Pública no quedaban más que jacobinos, dominados por el triunvirato Robespierre, Saint-Just y Couthon.

Robespierre, que se había adueñado del poder apoyándose en las revueltas, no quiso más intervenciones populares cuando tuvo la dictadura en sus manos, y disponiendo del ejército no dudó en disolver las secciones de París y cerrar las asociaciones de cordeliers. El pueblo quedaba dominado.

En lo sucesivo, la Dictadura pertenecía al partido jacobino, que a su vez era un simple instrumento en manos de Robespierre.

La dictadura personal de Robespierre

Al adueñarse del poder, Robespierre no deseaba apartarse de la ideología democrática que preconizara Rousseau. Sin duda, Juan Jacobo habría confiado a la mayoría del país la misión de representar la soberanía y la infalibilidad sacrosanta del pueblo, pero ¿no había considerado él mismo que el pueblo soberano no es apenas sino una multitud ciega que con frecuencia no sabe lo que quiere, porque raramente sabe lo que es bueno ? También había afirmado que podría ser necesario confiar el poder supremo a jefes provisionales, autorizados a servirse de él para expulsar del cuerpo social a quienes se negasen a admitir su soberanía. La dictadura de Robespierre, pues, se justificaba como la encarnación de la infalibilidad mística del pueblo.

Ejercida legalmente por mediación del Comité de Salud Pública, en realidad reposaba en su calidad de jefe omnipotente del partido jacobino, que después de la clausura de las sociedades de los cordeliers se había transformado en el partido único cuya influencia no cesaría de imponerse al gobierno —el fundamento de la dictadura de Stalin se establecerá sobre esta misma dualidad— . Para centralizar en sus manos todos los poderes legales, el Comité de Salud Pública transformó en organismos ejecutivos a los veinte comités que había creado la Convención, y sustituyó los doce ministros por comisiones ejecutivas exclusivamente formadas por miembros del partido sometidos a Robespierre.

El principio dictatorial fue extendido a todos los órdenes del poder. En cada distrito y en cada comuna fue colocado por París un agente nacional al frente de los directorios, que dejaban de ser elegidos para transformarse en consejos permanentes en cuyas manos se concentraron todos los poderes locales. Al lado de estos directorios se había creado, en cada distrito y en cada comuna importante, un comité de vigilancia formado por doce miembros del partido, dueños de la policía y amparados por el terrible derecho de detener a los sospechosos.

Casi sin excepción, los miembros de estos comités fueron odiosos tiranos. Al margen de los poderes oficiales, el partido jacobino gozaba de una autoridad independiente a la que estaban subordinados los directorios locales y los mismos comités de vigilancia. Los agentes del partido, investidos del título de representantes en comisión de servicio, eran verdaderos potentados que, apoyados en las asociaciones, depuraban sin intervención de nadie a las autoridades y fijaban las listas de los sospechosos a quienes los comités de vigilancia mandaban detener.

El partido, dominado por las sociedades, formó así en toda Francia un super gobierno que Saint-Just hubiera querido ver representado en cada circunscripción por un magistrado investido de un poder ilimitado para actuar en nombre del gobierno central —este sistema de los führer será el que adopte el régimen hitleriano—. El partido fue, pues, el principal promotor del terror, y para evitar que influencias locales pudiesen actuar con moderación, hizo suprimir los tribunales provinciales en provecho del único tribunal revolucionario de París.

El advenimiento de la dictadura personal de Robespierre, apoyada en el partido, abrió el período más sanguinario de la historia de Francia. Entre enero y julio de 1794, el tribunal revolucionario de París enviaba todos los días nuevas víctimas al cadalso.

No era posible ninguna oposición contra este régimen. Había sido suprimida toda la prensa independiente, solamente se publicaban periódicos subvencionados y cualquiera que se opusiese era en seguida detenido, juzgado sumarísimamente y ejecutado como enemigo del pueblo.

La dictadura intenta estabilizarse

Después de la supresión de las asociaciones populares, la Dictadura no tenía más que un apoyo: el partido jacobino, transformado en partido único. Pero un régimen no puede mantenerse con el apoyo de un marco político, y así la política de Robespierre tendía a quitar el carácter revolucionario y temporal de la dictadura para hacer de ella un régimen legal y permanente. Para lograrlo, era indispensable encontrar el apoyo entusiasta de una parte importante de la opinión. Y Robespierre se esforzaría en conseguirlo convirtiéndose en ardiente defensor de la pequeña propiedad.

Si la revolución liberal del año 1789 consiguió, recurriendo a la soberanía nacional, la libertad política y la igualdad civil, Robespierre pondría como meta de la revolución de 1793 el realizar la igualdad social por el autoritarismo. El terror había puesto en sus manos todos los poderes, incluso el de detener a los ciudadanos, enviarlos a la muerte y confiscar sus bienes. Teniendo encarcelados a 300.000 sospechosos, casi todos pertenecientes a la clase de los propietarios, concibió la idea de confiscar sus bienes y proceder a una redistribución de la propiedad en provecho de los indigentes, que así se unirían al partido jacobino y formarían en su seno una clase de pequeños propietarios que con él al frente permanecerían fieles a la Dictadura.

Saint-Just —el más íntimo colaborador de Robespierre— propuso un proyecto de ley ordenando expropiar las tierras a los criminales, es decir, a los sospechosos encarcelados, para dárselas a los desgraciados, o sea a los sans culottes indigentes . Este decreto ordenaba la confección de una lista de enemigos de la República para la confiscación de sus tierras; algunos días después, otro decreto ordenaba a las comunas hacer la relación de los patriotas indigentes a quienes se entregarían dichas tierras. El Terror iba a entrar así en una fase constructiva. Todos los propietarios que no se habían adherido al partido jacobino se encontraban amenazados de encarcelamiento y de confiscación de sus bienes, destinados a ser repartidos entre los indigentes que se adhiriesen al partido.

La Revolución, abandonando el liberalismo por el autoritarismo, renunciaba por este mismo hecho a la libertad por la igualdad que pretendía instaurar por la fuerza. Se otorgaba una nueva ideologia que —invocando a Jacobo Rousseau— pretendía alcanzar un orden de cosas en el que las distinciones no nazcan de la igualdad misma..., en que la patria asegure el bien de cada individuo.

La igualdad era presentada como la suprema expresión del bien. La virtud cívica consistía en realizar el bien de todos, o al menos de los que aceptaban la nueva ideologia. Robespierre asumiría la tarea de hacer la felicidad del pueblo francés aunque ello costase sangre, muertes y arbitrariedad. El terror que había invocado para justificar las necesidades de la salud pública iba a estabilizarse y convertirse en instrumento del progreso y de la moral sociales.

La dictadura totalitaria

Semejante concepto de la dictadura suponía que el pueblo francés abandonase su moral tradicional por una ideología nueva, dejando que el Estado, autoritariamente, se encargase de hacer la felicidad de todos por el advenimiento de la igualdad. Y esta era incompatible, no tan sólo con la libertad individual, sino con la educación familiar. En adelante —como antiguamente en el Estado espartano—, todo debía ceder ante el Estado, dueño de las personas y de los bienes; mas para realizar una transformación tan profunda de la civilización francesa era preciso, ante todo, apoderarse del espíritu de la juventud, hacerla olvidar sus tradiciones y prepararla para el nuevo porvenir. Saint-Just estableció, pues, un plan de educación que debía ser impuesto a los jóvenes franceses.

Si el siglo XVIII había hecho del individuo el centro de la civilización, la revolución de 1793 pretendía formarlo para hacer de él un servidor del Estado, encarnación de la voluntad popular. El Estado debía, pues, sustituir a la familia en la educación. A la edad de cinco años, los niños serían separados de sus padres y recluidos en campamentos para darles una instrucción común basada —según los principios de Rousseau—, en el retorno a la Naturaleza. Como los jóvenes espartanos, los pupilos de la República serían educados con dureza, durmiendo sobre esteras, con vestidos de lienzo, alimentándose con raíces, frutas, legumbres, leche, pan y agua. La educación debía comprender dos grados: de los cinco a los diez años, los niños aprenderían a leer, a escribir y a nadar; de los diez a los dieciséis, recibirían enseñanza agrícola y militar, distribuidos en compañías bajo la autoridad de jefes, y a esta última edad serían emancipados, pero no les estaría permitido ver a sus padres hasta cumplir los veintiún años.

Por otra parte, toda la vida debía pasar al ámbito cívico; el bautismo y el matrimonio —corregido eventualmente por el divorcio— fueron, desde 1793, ceremonias patrióticas. El igualitarismo se manifestó por el tuteo entre ciudadanos, impuesto ya desde 1792 por la Comuna de París, y por el tratamiento de ciudadano en sustitución del de señor . Un decreto excluyó de todas las funciones los que aún pretendían señorear . El civismo, separado de las antiguas supersticiones religiosas, se afirmó en los nuevos nombres dados a las iglesias —Nuestra Señora de París se llamó el Templo de la Razón—; a las calles, a las localidades —6.000 ciudades y pueblos cambiaron de nombre—, a las personas, que recibieron nombres que recordaban las glorias republicanas —Jemmapes, República—, o virtudes cívicas —Phytogyneanthrope, mujer que procrea guerreros—, o creaciones de la Naturaleza —Grama, Pato—. Se sustituyó la moda de llevar calzón por el pantalón proletario, y la del tocado tricolor o sangre de Tolón —después de la trágica jornada de los fusilamientos—, se impuso, sustituyendo los colores cabellos de la reina o caca delfin que habían estado de moda en vísperas de la Revolución.

El arte también sufrió las consecuencias de los sans culottes. Las obras clásicas fueron adaptadas a la moda del día, o abandonadas pronto por otras obras nuevas más en consonancia con los acontecimientos. En un estilo ampuloso y violento, apareció un Teatro sádico y demagógico de un primitivismo desconcertante. En El esposo republicano se aplaudía a un marido que por virtud cívica entrega a su mujer a un tribunal revolucionario y a la guillotina. Al día siguiente de la ejecución de Luis XVI, Sylvain Maréchal hizo representar, en medio de un entusiasmo delirante el Juicio del último de los reyes, obra en la que el insulto se codea con la obscenidad, la grandilocuencia, la imbecilidad y la demagogia.

Sin embargo, en medio de los pretenciosos versos acerca de las virtudes republicanas se generalizaba la licencia en las costumbres arrastrando al pueblo hacia los garitos y entregando la calle a la más cínica prostitución, excesos que no lograron las medidas tomadas por el casto, enjuto y sombrío Robespierre.

Parecía que la Dictadura, el Terror y la ideología cívica había hecho perder a Francia la brillante y humana cultura del siglo XVIII, numen que hizo posible e impulsó la revolución liberal del año 1789.

Robespierre intenta hacer de la dictadura un sistema

Para afirmar su omnipotencia, todavía le faltaba a Robespierre eliminar del seno del Comité de Salud Pública a los miembros influyentes de su propio partido e imponer a la Convención una sumisión absoluta a su autoridad, La dictadura que pretendía Robespierre estaba fundada en el terror, pero aun siendo tan violenta pretendía que fuese virtuosa . Adversario de la arbitrariedad y de la corrupción, quería que el Terror fuese sistemático y persiguiese implacablemente, no fines de interés personal, sino una política. La defensa de la virtud iba a permitirle derribar, hasta en su propio partido, incluso en el Comité de Salud Pública, a los que hasta entonces habían sido su mejor apoyo y con los que, por ello, debía compartir el poder. Empezó por atacar a Carrier y a Fouché, los asesinos de Nantes y de Lyon, y se lanzó a un violento ataque contra los prevaricadores, señalados por él entre los principales jacobinos.

Al mismo tiempo, emprendió la tarea de poner la Convención a su merced haciendo votar un decreto que permitiera a los comités —que estaban en manos de Robespierre— acusar a los diputados sin autorización previa de la Convención (10 de junio de 1794). De esta forma, la menor oposición de los diputados a Robespierre daría lugar a una inmediata sanción del tribunal revolucionario, sanción que no sería la pena de muerte. Además, para reforzar su posición, en el momento en que atacaba a sus colegas del Comité de Salud Pública y a la Convención, Robespierre hizo que, para conciliarse con las masas, Saint-Just propusiera un decreto poniendo a disposición de los sans culottes los bienes de los sospechosos hacinados en las prisiones

La caída de Robespierre

La Convención había aceptado la Dictadura ante la amenaza de la invasión, y seguidamente se dejó intimidar por el terror. Pero la victoria militar que la Dictadura hizo posible, iba a volverse contra ella devolviendo a la Convención el medio de liberarse.

Amenazados por igual en el decreto del 10 de junio de 1794, los antiguos colaboradores terroristas y prevaricadores de Robespierre se unieron con los moderados.

Robespierre, apoyado por la Comuna de París, para liquidar su resistencia se negó a tomar asiento en el Comité de Salud Pública . Entonces, temiendo que la Convención lo considerase como un pretexto para alzarse de nuevo con el poder, sus adversarios en el Comité intentaron una reconciliación y él la rechazó. Y para eliminarlos intimó a la Convención para que le otorgase carta blanca con el fin de ordenar la detención, y por consiguiente la muerte, de cualquier diputado.

Este fue su error. Si hubiera atacado individualmente a sus enemigos, tal vez habría conseguido de la masa de diputados aterrorizados las cabezas de quienes él pretendía eliminar, pero su arrogancia amenazaba a todos los miembros de la Convención y respondieron formando bloque contra él. Al día siguiente (27 de junio) en vez de doblegarse una vez más ante sus imposiciones la Convención decretó su detención, así como la de sus principales colaboradores —su hermano Robespierre el Joven, Saint-Just, Couthon, Lebas —.

Inmediatamente, la Comuna robespierrista se sublevó y libertó a los diputados detenidos. Pero las secciones, que el mismo Robespierre había desorganizado, no respondieron a la llamada de la "Comuna". La Francia, victoriosa, no era ya aquel país presa del pánico que permitió las matanzas de septiembre y los ataques populares contra la Convención. Concentradas a toda prisa, las tropas invadieron el Ayuntamiento, adonde se habían refugiado Robespierre y sus amigos. Viéndose perdido, el dictador intentó suicidarse, pero solamente logró fracturarse la mandíbula de un disparo. Sangrando, fue conducido al cadalso y ejecutado en el mismo cepo que había visto rodar las cabezas del rey Luis XVI, de la reina María Antonieta, de muchos girondinos y de Danton. Durante los días siguientes, 105 partidarios suyos fueron guillotinados en la plaza de la Revolución.

La Dictadura —después de haber devorado a los jefes de la Revolución— era derribada en el momento en que la coalición de potencias, vencida por los ejércitos de la República, se dispersaba. La caída de Robespierre puso fin al Terror. Había provocado más de 300.000 detenciones y enviado, sólo en París, a 2.627 personas a la guillotina, condenando a muerte a más de 300.000 franceses en provincias.

Disolución de los órganos de la Dictadura

Después de la caída de Robespierre, la Convención intentó volver al liberalismo de 1789, pero como el restablecimiento de la monarquía constitucional, después de la ejecución del rey, no parecía posible, se concibió el proyecto -confirmando los derechos del hombre proclamados por la Constituyente- de organizar las bases para instituir una República constitucional.

La primera condición era deshacer los órganos de la Dictadura creados por el partido jacobino. Al volver al poder, la Convención llamó de nuevo a su seno a los girondinos y demás diputados proscritos y expulsó a los robespierristas; reorganizó los comités reduciéndolos a un papel secundario; suprimió la Comuna de París, a la que sustituyó por dos comisiones —una para la policía y otra para las finanzas— nombradas por el gobierno; encargó a unos comisarios que expulsasen a los robespierristas de todas las administraciones; privó al tribunal revolucionario de sus poderes arbitrarios; declaró disuelto el partido jacobino; libertó a los sospechosos encarcelados devolviéndoles sus bienes, y envió a la guillotina a los principales responsables del Terror.

Al mismo tiempo, abandonando el dirigismo económico, la Convención abolió la Ley del Máximum, suprimió el derecho de requisas, puso fin a la persecución religiosa y restableció la libertad de todos los cultos. Para devolver al país la norma de una justicia severa por la libertad, la igualdad, la unidad e indivisibilidad de la República, la Convención conservó provisionalmente el gobierno de carácter revolucionario, mientras que considerando terminada la Revolución se imponía la tarea de estabilizarla y darle un estatuto legal que preparase la puesta en vigor de una nueva Constitución.

Monárquicos y jacobinos obstaculizan la vuelta al liberalismo

Sin embargo, la vuelta al liberalismo debía encontrar grandes obstáculos. Libertado súbitamente del dogal del Terror, el país fue presa de remolinos anárquicos, y el brusco abandono del dirigismo económico tuvo como consecuencia inmediata una fuerte alza de precios. Liberados de las requisas, los campesinos preferían ocultar sus productos a venderlos por asignados depreciados, escasez que provocó motines, obligó al retorno del dirigismo provisional e hizo necesario el establecimiento de la cartilla para el pan. Las dificultades en el abastecimiento sólo podían favorecer el desencadenamiento de las pasiones provocadas por la caída de Robespierre. Y los monárquicos, enarbolando la moda de a la víctima, se pusieron a perseguir a los jacobinos, quienes se lanzaron a violentas insurrecciones como la que tuvo lugar el 20 de mayo de 1795, que recordó las grandes jornadas revolucionarias.

Pero la Convención las aplastó; ordenó el cierre de las asociaciones jacobinas y de las sociedades populares; detuvo temporalmente a Babeuf, quien llevando a sus últimas consecuencias las ideas de Saint-Just emprendía una violenta campaña para la instauración del comunismo, e impuso un terror blanco que pacificó las ciudades del Mediodía y envió a 200 terroristas a la muerte en medio de las aclamaciones de la multitud. También tuvo que reprimir con la mayor energía una nueva revuelta de los chouans, apoyada por tres regimientos de emigrados que la flota inglesa había desembarcado en Bretaña; los emigrados capturados con las armas en la mano fueron fusilados, y en cuanto a los chouans, excepto los jefes, fueron perdonados.

Y cuando el fallecimiento o el rapto del delfín (8 de junio de 1795) permitía al Conde de Provenza, en el destierro, que se proclamase con el nombre de Luis XVIII soberano de los franceses, la Convención había restablecido definitivamente el orden y vencido al mismo tiempo la oposición de los monárquicos y la de los jacobinos.

Victoria sobre los aliados por el tratado de Basilea

La postura de la Convención se veía reforzada por la victoria de sus ejércitos. La coalición estaba deshecha, en enero de 1795 los ejércitos republicanos ocupaban Holanda y en febrero el Gran Duque de Toscana se separaba de la coalición y firmaba con la República un tratado de paz y de amistad.

Atraídas siempre por sus miras imperialistas hacia Polonia, donde había estallado —mandada por Kosciuszko, que había combatido con La Fayette en América— una sublevación nacional que amenazaba con hacerles perder sus conquistas, Rusia y Prusia habían enviado, en abril de 1794, importantes fuerzas contra los sublevados. Cracovia fue ocupada por el Ejército prusiano, y Varsovia tomada al asalto por los rusos, que hicieron una matanza de más de 20.000 personas.

Así, mientras que los rusos y los prusianos triunfaban en Polonia, los ejércitos coaligados sufrían grandes derrotas en el Rin y perdían Bélgica y Holanda. Una vez más se imponía en Berlín y en Viena la idea de buscar nuevas compensaciones a sus fracasos y por ello abrieron negociaciones para un tercer reparto de Polonia. Pero Prusia, que temía que Rusia y Austria llegasen a un acuerdo con respecto a Polonia, entabló conversaciones secretas con Francia que condujeron, el 5 de abril de 1795, a la firma del tratado de Basilea, por el cual Prusia —abandonando a sus aliados— cedía a la República toda la orilla izquierda del Rin, en espera de que fuese concluida una paz general. Una convención secreta —inspirada por la tradicional política anti austríaca de Francia— prometía a Prusia compensaciones territoriales en la orilla derecha del Rin. Además, la República le reconocía una especie de protectorado sobre toda la Alemania del Norte. La Prusia vencida preparaba así por el tratado de Basilea su hegemonía sobre Alemania.

Holanda, república satélite de Francia

La deserción de Prusia entregaba la república de las Provincias Unidas a la omnipotencia de la República francesa. En el mes de mayo fue obligada a firmar el tratado de La Haya, por el que se ligaba a Francia en una alianza ofensiva y defensiva, le cedía todos los territorios que poseía en la orilla izquierda del Rin, se comprometía a pagarle una indemnización de 100 millones de florines, a mantener el cuerpo francés de ocupación y devolvía a Francia cierta cantidad de obras de arte. Formado un gobierno provisional con refugiados que habían vuelto con los ejércitos republicanos, con la protección de las bayonetas francesas se proclamó la República bátava, que se transformaría en un estado satélite de Francia.

El estatúder se refugió en Inglaterra, en donde afirmó su voluntad de continuar la guerra desde las colonias, cuyas puertas abrió a los ingleses. El resultado fue permitir a estos ocupar Ceilán y El Cabo, que después de diversas vicisitudes pasarían a acrecentar el imperio colonial británico. Prácticamente terminada la guerra en el Oeste con la firma de la paz de Basilea, en octubre de 1795 la Convención votó la anexión de Bélgica, que acrecentada con los territorios de la orilla izquierda del Rin iba a formar 19 departamentos franceses. La República realizaba el gran designio del rey Luis XIV: en lo sucesivo, las aguas del Rin marcarían la frontera de Francia.

Nuevo Impulso Colonial de Francia

Al tiempo que negociaba en secreto con Prusia, la Convención había iniciado conversaciones de paz con España a base de ofrecer el abandono de las conquistas francesas en la Península mediante la cesión, por España, de la Luisiana o de la parte española de Santo Domingo. Esta última proposición fue la que triunfó, y por el segundo tratado de Basilea de 22 de julio de 1795 Francia se transformaba en soberana exclusiva de la isla de Santo Domingo. Apenas un mes más tarde, la Constitución del año III declaraba que los territorios coloniales formaban parte integrante de la República.

Tercer reparto de Polonia

La firma del primer tratado de Basilea fue considerada por Rusia y Austria como una traición por parte de Prusia. Por un momento pudo creerse que para castigar la felonía de Prusia, y también para arrebatarle la parte de Polonia que le había sido atribuída, Rusia iba a declararle la guerra. Pero Prusia tenía las manos libres y estaba al lado de Francia, por lo que Rusia y Austria tuvieron que entenderse con ella.

Las matanzas de Varsovia habían ahogado toda resistencia en Polonia y sólo faltaba suprimir este país del mapa de Europa repartiéndolo entre sus insaciables vecinos. En octubre de 1795, se concluyeron dos tratados en San Petersburgo, uno entre Rusia y Prusia, y otro entre Rusia y Austria, en virtud de los cuales Prusia se anexionaba Varsovia y el oeste del principado de Cracovia; Austria obtenía Cracovia, Lublin y una parte de la Masovia; Rusia se apoderaba de toda Lituania, de los países rusos de Polonia hasta el Niemen y el Bug, y el ducado de Curlandia, cuyo duque fue simplemente depuesto. En cuanto al rey Estanislao II de Polonia, abdicó mediante una pensión de 200.000 ducados.

Los llamamientos de Kosciuszko a Francia no obtuvieron respuesta, ya que la República estimaba que no debía apoyar a un monárquico.

La ocupación de Polonia por Prusia, Austria y Rusia fue mucho más brutal aún que las de Bélgica y las regiones renanas por la República francesa. Austria envió a sus provincias polacas un comisario que ordenó gran cantidad de detenciones y de suplicios, a la vez que emprendía una política de germanización y explotación sistemáticas.

La alta nobleza polaca emigró a Viena, y la de segunda fila permaneció en sus tierras, donde se consagró al mejoramiento de la agricultura y procedió a la emancipación progresiva de los esclavos. Por su parte, Prusia pretendió extender a Polonia su lengua y sus instituciones, los bienes de la Iglesia fueron confiscados y los polacos enrolados en el Ejército alemán, aunque es innegable que la dominación prusiana mejoró las condiciones de vida de la población y enriqueció al país.

En cuanto a Rusia, procedió a la anexión por medio de confiscaciones y deportaciones en masa a Siberia, de las que sólo se libró la alta nobleza, que asimilada a la rusa conservó sus privilegios y fue admitida a desempeñar funciones, a veces importantes, en el imperio.

El imperialismo de Francia hace imposible la paz

Expuestas así, parece que el resultado de las guerras de la Revolución fue precipitar la política de anexiones que impulsaba a Europa a agruparse en grandes potencias territoriales, mientras que Inglaterra extendía su imperio sobre los mares. Al organizar la guerra total, cosa que hizo posible la Dictadura, la República logró realizar el objetivo que Luis XIV no había cesado de perseguir: la anexión de Bélgica y llevar la frontera al Rin, añadiendo, además, el protectorado sobre Holanda.

Su victoria, sin embargo, no era más que provisional: la República había vencido a la Europa continental, pero Inglaterra, resueltamente opuesta a la anexión de Bélgica y al protectorado sobre Holanda, quedaba aún en la palestra. La política imperialista a que se había lanzado la República la situaba así en oposición irreductible con Inglaterra, y los tratados de Basilea y de La Haya no eran más que meras ilusiones de paz. Faltaba imponérsela a Inglaterra, que se preparaba para una larga lucha.

PIRENNE, Jacques, Historia Universal, Ed. Éxito, 1961, t. 5 págs. 73-95.