Dinastía Borbón

Historia de la dinastía

De Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana

Con esta dinastía llega Francia al apogeo de su poderío exterior, salvo la fugaz extensión napoleónica, para hundirse luego en las bajezas del reinado de Luis XV y después en el caos de la Revolución. Enrique IV (1589-1610), que se diera a conocer por sus dotes militares y la nobleza y afabilidad de su carácter, fue ganando lentamente terreno sobre los partidarios de la Liga, que habían solicitado y obtenido el apoyo del español Felipe II, campeón del catolicismo en Europa.

Por su parte el Bearnés, como se llamaba a Enrique por su procedencia, se vio favorecido por los tesoros de Isabel de Inglaterra, pero mucho más por su propio valer, por las disensiones de la Liga, por la repugnancia del pueblo a que una potencia extranjera se mezclara en los asuntos franceses y, sobre todo, por su abjuración solemne del protestantismo (1593). La lucha continuó todavía bastante tiempo en diversas provincias, gracias a algunos aventureros que se habían erigido en verdaderos sátrapas y a algunos jefes de la Liga a quienes estorbaba la conversión del rey; pero en 1595 la batalla de Fontaine- Fraçaise trajo la sumisión del duque de Mayene, hermano y sucesor de Enrique de Guisa; en 1598 se acabó de pacificar el territorio mediante un tratado con el duque de Mercoeur, que se había declarado independiente en Bretaña, y, en fin, el mismo año se firmó el tratado de Vervins que arreglaba las cuestiones pendientes con Felipe II.

No pocos jefes calvinistas habían formado Estados casi autónomos, y Enrique IV les otorgó compensaciones. Al repetido año 1598 corresponde el edicto de Nantes, que determinó la suerte del protestantismo en Francia. Por otra parte, la disolución del matrimonio del rey con Margarita de Valois en 1599 y su casamiento con María de Médicis aumentó la influencia francesa en Italia y preparó una regencia que, si bien no muy afortunada en la política, contribuyó al desarrollo de las artes. Enrique IV se dedicó luego, con el concurso de su fiel e inteligente ministro Sully, a mejorar la agricultura, el comercio, la industria, la marina y la artillería, mientras en el exterior procuraba prevenirse contra el poder de la casa de Austria, negociando con los Países Bajos y con los príncipes protestantes de Alemania, aunque sin llegar a abrir las hostilidades.

El reinado de Enrique IV hubiera sido uno de los más provechosos para Francia a no mediar el puñal de Ravaillac, que puso fin a sui carrera el 14 de mayo de 1610. Luis XIII (1610-1643) pasó su minoría entre múltiples intrigas, y si bien no mostró cualidades brillantes, supo elegir a sus consejeros, sobre todo al cardenal de Richelieu, a quien sostuvo a pesar de todo. Nombrado consejero del rey en 1616, el cardenal adquirió todo su poder en 1624, y desde entonces siguió una política exterior dirigida contra España y Austria, aliándose con los protestantes alemanes, con los turcos y con Gustavo Adolfo de Suecia. En el interior se propuso aniquilar a los protestantes como partido político y destruir las fortalezas de los nobles que aun podían causar inquietudes a la monarquía.

El culto católico fue restablecido en el Bearn, donde lo prohibiera en absoluto Juana de Albret, madre de Enrique IV. Estas y otras medidas originaron sublevaciones, y la ciudad de la Rochela se convirtió en centro de una especie de confederación calvinista compuesta de pequeñas repúblicas independientes. Richelieu sitió la referida población, y para impedir la llegada de socorros desde Inglaterra, cerró el puerto con un dique colosal. La resistencia de los protestantes, dirigida por el alcalde Guiton, fue desesperada; pero al fin la plaza se rindió a las tropas reales, después de uno de los cercos más memorables de la historia moderna (1628). Richelieu se mostró clemente con las personas, más implacable en cuanto a las prerrogativas protestantes, que desde entonces dejaron de ser una amenaza.

La guerra exterior, que se llevó adelante con suerte varia, fue funesta de un modo especial a Lorena y el Franco Condado, cuyos sufrimientos alivió con abnegación heroica san Vicente de Paúl. Richelieu, a su muerte, dejó un digno sucesor en el cardenal italiano Mazarino, a quien Luis XIII sobrevivió pocos meses. El reinado de Luis XIV (1643-1715) es el más largo de la historia de Francia, si no del mundo. Subido al trono a los cinco años, su minoría fue señalada por las brillantes victorias de Rocroi (1643), Friburgo, Nördlingen y Lens (1648), obtenidas por el gran Condé sobre los españoles, que vieron desechos sus valientes tercios ante una táctica superior, y por el tratado de Westfalia, que puso fin a la guerra de los Treinta años (1648); pero agitada por desórdenes interiores, fomentados por las intrigas cortesanas, la resistencia del Parlamento y la ambición del gran Condé, que sublevó Guyena.

Esta guerra civil denominada la Fronda, terminó con la sumisión de Burdeos en 1653. Libre de estos cuidados, Mazarino organizó Alemania contra Austria en la liga del Rhin y obligó a España a firmar la paz de los Pirineos, arrebatándole parte de Cataluña, al mismo tiempo que concertaba el matrimonio de María Teresa, hija de Felipe IV, con el rey, enlace realizado en 1660, y que con el tiempo fue el origen del entronizamiento en España de la dinastía borbónica. Un año más tarde moría Mazarino. Luis XIV, en cuanto llegó a la edad de gobernar, lo hizo por sí mismo, sin dejar que sus ministros, excepto Colbert y Louvois, tomaran iniciativas de importancia. Su orgullo, su egoísmo, su despotismo, sus locas prodigalidades y sus desórdenes fueron muy grandes; pero bajo su cetro el poder y la influencia de Francia llegaron a una altura hasta entonces no alcanzada; el comercio, la industria y la marina se desarrollaron considerablemente, y las ciencias y las artes recibieron extraordinario impulso.

Tres grupos de hechos fundamentales hay que examinar en su reinado; las guerras, la sumisión absoluta de la nobleza y el movimiento intelectual y artístico. Las luchas de Luis XIV fueron incesantes contra Inglaterra, convertida desde entonces en rival marítimo de Francia; contra España, Holanda, Alemania, Argelia, Génova y los Estados Pontificios. Tuvo, sin embargo, caudillos tan ilustres como Condé, Turena, el mariscal de Luxemburgo, Vauban y Villars, y marinos como Juan Bart, Duguay-Trouin, Duquesne y Tourville.

La historia diplomática y militar de Francia en tiempo de Luis XIV comprende cuatro periodos. En el primero (1662-1668) adquiere Francia derechos a la sucesión del duque de Lorena y reivindica las pretensiones más o menos legítimas de la reina a los Países Bajos, consiguiendo la posesión de algunas plazas importantes en Flandes. En el segundo (1669-1679), que termina con la paz de Nimega, tiene por enemigos a Holanda, el elector de Brandeburgo, España y Alemania, y obtiene definitivamente el Franco Condado, Alsacia y las nuevas localidades en el N., y más tarde Estrasburgo y Luxemburgo. El tercer periodo (1686-1697) dejó a Francia intacta, pero agotada, habiéndose visto obligada a luchar contra casi toda Europa, y el cuarto periodo (1700-1714) coincide con la Guerra de Sucesión española.

El equilibrio europeo, ya en peligro, hubiera quedado roto por la unión de las coronas de España y Francia en una misma cabeza, y Europa, coligada, puso al borde del abismo a Francia, que se salvó, más que por las armas, gracias a la renuncia de Felipe V a sus derechos eventuales a reinar en Francia y al hecho de que el archiduque de Austria, pretendiente al trono español, subió al trono imperial de Alemania, por lo cual, con su triunfo, Europa se hubiera encontrado en igual situación que en tiempos de Carlos V. El tratado de Utrecht (1713) y el de Rastadt (1714) terminaron aquella larga lucha en que Francia perdió Nueva Escocia, preludio de la pérdida de todo el Canadá. En cuanto a la nobleza, Luis XIV la redujo a un carácter meramente cortesano y le hizo considerar su favor como la recompensa más preciada.

A su muerte, el feudalismo era poco más que un sistema de administración. La centralización enorme que en todos los ramos promovió Luis XIV en torno de su persona y cuya expresión más adecuada se encuentra en su orgullosa frase el Estado soy yo, se dejó sentir también el las ciencias y en las artes, cuyos cultivadores buscaban la consagración de su fama en las antecámaras reales. De espíritu elevado y generoso, Luis XIV favoreció el talento, que por otra parte se empleaba con frecuencia en realzar sus grandezas, y, en efecto, pocas veces ha tenido Francia un conjunto de hombres tan eminentes por todos conceptos.

En lo religioso siguió con Roma una política regalista muy conforme con su espíritu, y al mismo tiempo persiguió a los protestantes, revocó el edicto de Nantes y les dio a elegir entre la abjuración o el destierro, sin que hubiera dado causa alguna para privarles de los derechos que legalmente poseían. Muchos de ellos emigraron, y en el Mediodía se suscitó una sangrienta rebelión, la guerra de los Camisards. que fue a agravar las calamidades causadas por la guerra de Sucesión. Al morir Luis XIV, heredó el trono su bisnieto Luis XV (1715-1774), de cinco años de edad.

A pesar del testamento del difunto rey, el Parlamento nombró regente al duque Felipe de Orleáns, príncipe inteligente, pero depravado, en cuya época hubo la conjuración de Cellamare, para dar la corona a Felipe V y el complot bretón de Pontcallec, en que algunos pretendieron separar Bretaña de Francia. Por lo demás, Luis XV no gobernó jamás. Después del perverso cardenal Dubois, vendido a Inglaterra, y del tímido cardenal Fleury, los destinos de Francia dependieron de los caprichos de dos mujeres: la Pompadour y la Du Barry, ambas de parecida índole moral, pero la segunda de ellas extraída, además, de la más abyecta de las profesiones. Por ello, y no obstante la victoria legendaria de Fontenoy sobre los ingleses (1745), la adquisición de Lorena (1738) y la conquista de Córcega (1768), este reinado no es más que un periodo de decadencia.

Por la paz de París, Francia cede a España la Luisiana y a Inglaterra el Canadá, que había defendido heroicamente Montcalm de Saint-Veran, y la India, donde las hazañas de Dupleix, La Bourdonnais y Lally-Tollendal quedaron inutilizadas por las intrigas cortesanas. La guerra de Sucesión de Austria favoreció el engrandecimiento de una nueva potencia, Prusia, que no tardó en atacar a Francia, comenzando en la siguiente guerra de los Siete Años por infligirle la vergonzosa derrota de Rosbasch. Poco después Luis XV dejaba que Rusia, Austria y Prusia destrozaran Polonia, aliada natural de Francia en el N. y única barrera de Europa contra Rusia.

En el interior no era más brillante el estado del país; después de la caída del famoso Banco de Law (1720), la Deuda Nacional continuó aumentando, y numerosas familias se vieron en la indigencia. A consecuencia de lo defectuoso del sistema contributivo y de especulaciones odiosas en que participó el mismo monarca, la miseria popular adquirió espantosas proporciones, la corrupción de las costumbres no conoció límites, sobre todo en la alta sociedad, desde la cual pasó a la clase media, y la justicia fue una mera fórmula. La misma autoridad real se vio atacada por el Parlamento, que pretendía desempeñar el papel de un cuerpo legislativo; por los escritos de los filósofos y por las sátiras de los poetas. En fin, la Religión, desacreditada por los malos ejemplos de arriba y de muchos de sus representantes más autorizados, perdió ante el pueblo su tradicional prestigio.

En medio de esta descomposición aun produjo Francia algunos nombres ilustres en la literatura o en la ciencia, como el naturalista Buffon, pero los que arrastraron a la opinión pública, más que a su talento, innegable en algunos de ellos, como Voltaire y Rousseau, lo debieron a sus doctrinas disolventes y a sus atrevidas teorías. Luis XVI (1774-1793), nieto de Luis XV, era un príncipe virtuoso y noble, pero débil y poco apto para reparar los males inmensos que había sufrido Francia en los dos reinados anteriores.

Su única intervención en política exterior fue el apoyo prestado a los Estados Unidos en la guerra de la Independencia, sin que obtuviera otra cosa que las insignificantes ventajas del tratado de Versalles (1783). Las diferencias con el Parlamento, el desorden creciente de la Hacienda Pública, las intrigas que alejaban a los ministros más dignos y aptos, impulsaron al rey a convocar los Estados Generales, cuando todo hacía prever que semejante medida no haría nada más que desencadenar la tempestad, formada por el transcurso de largos años.

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, T. 24 págs. 945-955.