Dinastía Staufen

Historia de la dinastía

De Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana

Enrique V había legado todos sus bienes a su sobrino Federico Staufen, designándole como su sucesor al hacerle entrega de las insignias imperiales, pero los príncipes, que precisamente acababan de obtener una victoria decisiva sobre el monarca, se obstinaron en devolver a la monarquía su antiguo carácter de electiva, y la asamblea reunida en Maguncia eligió por rey a Lotario II de Sajonia (1125-1137), que había sido hasta entonces uno de los adalides de la coalición de los príncipes y del papa contra la dinastía sálica.

Los Staufen le reconocieron de mala gana, y pronto comenzó la guerra civil, para la cual se apoyó Lotario principalmente en la casa de los Welfos, a cuyo jefe, Enrique el Soberbio de Baviera, casó con su hija Gertrudis. Los Staufen fueron vencidos. Lotario II exigió el reconocimiento de los derechos que a la corona otorgaba el concordato de Worms y empezó la reconquista de los países eslavos. Pero después de su muerte no recayó la elección en su yerno Enrique de Baviera, como él hubiera deseado, sino en Conrado III, hermano de Federico. Conrado III (1138-1152) tuvo también que luchar para asegurarse la corona de Alemania; cierto es que Enrique el Soberbio le hizo entrega de las insignias imperiales, pero como este no quiso renunciar al ducado de Sajonia, le desposeyó el rey también de Baviera, cuya investidura dio a Leopoldo de Babenberg.

A la muerte de Conrado recayó la corona en su sobrino Federico I, que fue elegido en Fráncfort y coronado en Aquisgrán; pero continuó la lucha encarnizada, entablada entre los Welfos y los Staufen. Federico I, denominado Barbarroja (1152-1190), se reconcilió con los Welfos, devolviendo la Bohemia a Enrique el León, hijo de Enrique el Soberbio, aunque para ello se vio precisado a elevar el marquesado de Austria a la categoría de ducado casi independiente. Dinamarca, Polonia, Bohemia, cuyo duque recibió el título de rey, y Borgoña, quedaron encadenadas otra vez al Imperio, pero las ciudades de la Alta Italia se resistieron a seguir la misma suerte después de haber recibido Federico en Pavía la corona lombarda y en Roma la imperial, de manos del papa Adriano IV.

En 1158 quedó sometida Milán y reconocido el derecho del Imperio sobre la Lombardía; pronto, no obstante, estalló en la Alta Italia una sublevación general, protegida por el papa, temeroso del enorme poder que iba asumiendo el emperador, quien fue vencido en 1176, después de varias alternativas en Legagno. La paz de Venecia restableció la buena armonía de Federico con el papa Alejandro III y puso fin al cisma que sufría la Iglesia desde la muerte de Adriano III.

En Alemania, para asegurar la paz interior, no titubeó Federico en destruir el último de los ducados de raza proscribiendo al desleal Enrique el León y dividiendo Sajonia en dos partes: Westfalia, cuyo dominio ducal pasó al arzobispo de Colonia, y la Sajonia oriental, cuya investidura dio a Bernardo de Ascania. Baviera, algo desmembrada, fue cedida a Otón de Wittelsbasch; Suabia y Franconia no se habían vuelto a dar en feudo desde los tiempos de Conrado III; Lorena fue dividida en pequeños feudos, y de esta manera se acabó de una vez para siempre con la cuestión de los ducados de raza, que quedaron sustituidos por una porción de principados imperiales, cuyos poseedores carecían de poder necesario para constituir un peligro para la monarquía.

Hacia el fin de su vida acarició Federico otra vez la ambición de ensanchar sus dominios en Italia, y en 1186, casando a su hijo Enrique con la heredera del reino normando de Italia, adquirió derechos sobre este para el porvenir. penetrado de los deberes que le imponía su poder imperial, se puso al frente de la tercera cruzada, en la que terminó su glorioso reinado, muriendo en el año 1190.

Enrique VI (1190-1197) pretendió establecer primeramente su dominio sobre la Italia meridional, pero una nueva rebelión de los Welfos en Alemania, acaudillada por Enrique el León le hizo acudir allá sin pérdida de tiempo. Sometido este, volvió Enrique a Italia, donde entretanto había muerto su rival Tancredo, y se hizo coronar en Palermo como soberano del reino normando; proyectó luego una nueva expedición a Oriente, pero antes consiguió que fuera designado para sucederle en el trono su hijo Federico —más tarde Federico II.—

No llegó, sin embargo, a poner en obra sus planes, pues murió a la edad de treinta y dos años en Mesina, desgraciado suceso que ocasionó a Alemania una nueva guerra civil, que ensangrentó durante largo tiempo su suelo, pues mientras el partido imperial elegía, en vez de Federico, que solo contaba tres años, a Felipe de Suabia (1198-1208), hermano del último emperador, el partido welfo elegía a Otón IV, hijo de Enrique el León.

Entretanto el papa Inocencio III supo ejercer con habilidad el papel de árbitro y reconoció a Otón. Por su parte, los príncipes exigieron grandes ventajas a cambio del apoyo prestado a los dos monarcas rivales, y Dinamarca aprovechó la oportunidad para sacudir el yugo del Imperio. Cuando al fin logró Felipe ser reconocido casi universalmente como soberano, fue asesinado (1208) por Otón de Wittelsbasch para vengar una ofensa personal. Entonces fue proclamado Otón IV (1208-1214), recibiendo la corona imperial de manos del mismo Inocencio III; pero en cuanto quiso ejercer en Italia sus derechos soberanos, fue excomulgado, y los príncipes del Imperio eligieron en su lugar a Federico, el hijo de Enrique VI. Otón solicitó el auxilio de Inglaterra, mientras su rival se aliaba con Felipe II de Francia. La victoria de este en Bouvines sobre los ingleses (1214) fue decisiva también para la causa alemana, y el joven Staufen, Federico II (1212-1250), fue reconocido unánimemente y coronado con gran pompa en Aquisgrán en el año 1215. Otón murió en 1218.

Federico II (1197-1250) fue un hábil político, más italiano que alemán por su nacimiento y educación, que hizo de Italia, más rica, más unida y más adelantada por su cultura, el centro de gravedad del Imperio, dejando que en Alemania se fuese ensanchando más cada vez la independencia de los príncipes, mientras él se dedicaba con todas sus fuerzas a rechazar las exigencias del papa, siempre enemigo del Imperio.

Cuando logró que su hijo Enrique VII (1220) fuese nombrado Rey de romanos, se quedó Federico definitivamente en Italia; no obstante, se vio precisado pasar a Alemania en 1235 a causa de la rebelión que tramaba contra él su propio hijo, a quien despojó de todos sus derechos. Se reunió entonces una nueva dieta en Maguncia, atrayéndose al partido welfo, mediante la investidura que dio a Otón El Joven del ducado hereditario de Brunswick-Luneburgo. Elegido rey su hijo Conrado IV (1237), volvió el emperador a Italia, donde reclamaba su presencia el estado de insurrección que reinaba en la Lombardía y el conflicto con el Papa. En esta lucha sucumbió el emperador, pues Inocencio IV lanzó su excomunión contra él, declarándole destituido en el concilio de Lyon, y excitando a todos sus súbditos a que le negasen la obediencia.

Parte de los príncipes alemanes obedecieron los mandatos del papa y proclamaron rey al último landgrave de Turingia, Enrique Raspe, que murió en 1247 combatiendo contra Conrado, el hijo de Federico, y después al conde Guillermo de Holanda (1247-1256). El emperador seguía mientras tanto peleando en Italia con varia fortuna, cuando murió en 13-XII-1250. Su hijo Conrado, en la lucha contra Guillermo, fue vencido en Oppenheim, y trasladándose a Italia para ver si lograba por lo menos salvar su reino en Sicilia, muriendo allí en el año 1254. Su hijo, del mismo nombre (en italiano Conradino, fue decapitado en 1263 por los franceses, que llamados por el papa, acudieron en su auxilio y se apoderaron después del reino italiano de los Staufen.

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, t. 4 págs. 463-469.