Federico I de Alemania

Datos biográficos

Dinastía: Staufen
Empe. Sacro Imperio: 1155-1190
Sobrenombre: Barbarroja
Nacimiento: 1125 ó 1126
Fallecimiento: 10-VI-1190
Predecesor: Conrado III
Sucesor: Enrique VI

Biografía

Rey de Alemania, 1152-1190. La elección de 4-III-1152 dio la corona real de Alemania a Federico Staufen, sobrino de Conrado III y heredero designado por su tío antes de su muerte. Federico, hijo de Federico II de Suabia y de Judit de Baviera, nacido en 1125 ó 1126, era entonces un hombre en plena juventud, robusto e inteligente, de gran bravura y energía, celoso del sentimiento de justicia, pero intolerante contra toda oposición. Su ascensión al poder iba a significar no solo un alto en la lucha entre güelfos y gibelinos, pues él era gibelino por su familia paterna y güelfo por parte de su madre, sino el fin de la anarquía política que había debilitado Alemania desde la muerte de Enrique III en 1056.

Federico I BarbarrojaFederico I Barbarroja

Fue Federico, en efecto, quien echó los fundamentos del Estado nacional germánico, quien restableció la autoridad real sobre los grandes señores feudales, y, en fin, quien intentó dar nuevo vuelo a la idea imperial. Realmente, Federico es el prototipo más completo de emperador medieval, en un momento en que las esencias de la Edad Media empiezan a desintegrarse al soplo de las nuevas corrientes sociales, económicas y culturales que ya producían en Italia el despertar de los municipios.

Desde los primeros años de su gobierno, Alemania ha de reconocer que ha hallado a su dueño. Los grandes señores son sometidos a la voluntad real y la corona recobra las tierras y los derechos usurpados por sus vasallos. Por otra parte, pese a las estipulaciones del concordato de Worms de 1122, Federico restablece la política de los Otones, interviene en las elecciones de los cargos eclesiásticos y rehúsa la investidura de lo temporal a quienes le desplacen.

Una vez asegurada la monarquía en Alemania, inicia su política italiana, la cual tiene por objeto atajar los progresos de las libertades municipales. En otoño de 1154 franquea los Alpes y recuerda en Roncaglia sus derechos superiores. Pero para llegar a Roma se ha de abrir camino a viva fuerza en Rosate, Chieri, Asti y Tortona. Pavía le abre sus puertas en abril de 1155. En cambio, Roma le cierra las suyas. Federico expugna la ciudad y se hace coronar emperador por Adriano IV (17-VI-1155). Pero solo un día más tarde ha de abandonar la Ciudad Eterna. Su sueño se ha disipado. Y en el camino de regreso se halla, más de una vez, en trance de caer en manos de sus enemigos...

Pero la voluntad de Federico se agiganta ante los contratiempos. En octubre de 1157, en el curso de una asamblea celebrada en Besanzón, en sus estados de Borgoña, rompe con el Papado a propósito del arresto del arzobispo Lind y, luego, reclama la sumisión a su poder de las ciudades lombardas. Como estas no responden a su requerimiento, el ejército imperial ataca Milán. La orgullosa república se rinde el 17-IX-1158.

Pocos días después, en noviembre, Federico renovaba en la dieta de Roncaglia la fórmula del Bajo Imperio romano: Lo que place al príncipe tiene valor de ley. La restauración de la autoridad imperial fue acompañada de una serie de decretos draconianos para hacerla efectiva; la recuperación por el emperador de todos los patrimonios y derechos judiciales y de regalía. Solo el Papado resistió este alud que, en último extremo, implicaba su sumisión al Imperio alemán. En 1159, a la muerte de Adriano IV, los cardenales eligieron a Alejandro III, hostil a la política de Federico Barbarroja. Este apoyó la elección de un antipapa, Víctor IV, al objeto de debilitar las fuerzas de la Iglesia.

Se inició así una nueva lucha entre el Papado y el Imperio, en que intervinieron las ciudades del norte de Italia. Pese al modo brutal con que fue sofocada la sublevación de 1160 (arrasamiento de Crema y Milán), los municipios lombardos se agruparon en una liga (desde 1164), que fructificó bajo los auspicios de Alejandro III, restablecido en Roma (1165). Este movimiento cristalizó en diciembre de 1167 en la famosa Liga Lombarda, después del fracaso de la expedición que emprendió Federico a Roma en el verano del mismo año. Poco a poco el emperador fue perdiendo los apoyos que tenía en Italia, e incluso en Alemania hubo algún vasallo, como el duque de Sajonia Enrique el León, que le negó su ayuda para actuar en la Península.

Cuando Federico se creyó preparado para reducir a los rebeldes, no pudo tomar Alejandría, la orgullosa fortaleza federal de los lombardos (13-IV-1175), y, en cambio, fue derrotado en Legnano (29-V-1176). Esta batalla fue decisiva. Federico tuvo que reconocer a Alejandro III (entrevista de Venecia de 24-VI-1177) y otorgar a los municipios italianos varias de las libertades que defendían. Sin embargo, la política del Staufen no terminó en tamaño descalabro

Habiendo sujetado a Enrique el León, y aprovechando las rencillas que estallaron en las ciudades lombardas, logró restaurar la autoridad imperial en Italia, primero por la paz de Constanza de 1183 y luego por el enlace de su hijo Enrique con Constanza, heredera del reino de Sicilia. Partícipe de la Tercera Cruzada, que se constituyó para rescatar Jerusalén del poder de Saladino (1187), Federico Barbarroja murió ahogado en las aguas del río Salef (Ciliciia) el 10-VI-1190, dejando a la historia de todos los tiempos el recuerdo de su figura de grandeza legendaria.

VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, págs. 122-123.