Enrique VI de Alemania

Datos biográficos

Dinastía: Staufen
Empe. Sacro Imperio: 1190-1197
Sobrenombre: el Cruel
Nacimiento: 1165
Fallecimiento: 28-IX-1197
Predecesor: Federico I
Sucesor: Felipe de Suabia

Biografía

Rey de Alemania, 1169. Hijo de Federico I Barbarroja y de Beatriz de Borgoña. La historia le llamó después el Severo o el Cruel, n. en Nimega a mediados de 1165 y m. en Mesina (Italia) en 28-IX-1197. Su padre, después de hacerle reconocer por su sucesor en la dieta de Bamberga (1169), le hizo proclamar rey en Aquisgrán. Rompió las primeras lanzas en Italia, acompañando a Federico (1178), y calzó las espuelas de caballero en la famosa dieta de Maguncia (1184). Desde aquel momento tuvo cierta intervención en los negocios de Estado, acreditándose como hábil político. Representó dignamente a su padre en Alemania, durante las ausencias de este, y coronado rey de Italia, cumplió debidamente en este reino.

En aquel intervalo había contraído matrimonio con Constanza, hija de Rogerio I de Sicilia, tía y heredera de Guillermo II el Bueno, que no tenía hijos. Constanza tenía diez años más que su prometido, y el Papa que no consideraba aquella unión oportuna, se opuso vivamente, alegando la diferencia de edades. Gualterio, arzobispo de Palermo, pudo convencer a Guillermo II de la conveniencia de aquel enlace y los esponsales se pactaron en Augsburgo en 1184. El rey de Sicilia hizo reconocer como herederos suyos a Enrique y a Constanza, y el matrimonio se celebró con gran pompa en Milán.

Gobierno en Alemania

En 1189 Federico I Barbarroja se puso al frente de la tercera cruzada, dejando el gobierno a Enrique. Durante su regencia, —el güelfo— Enrique el León, olvidando sus juramentos, entró en Alemania, para conquistar el ducado de Sajonia. En esto llegaron las nuevas de la muerte de Federico I Barbarroja. Enrique marchó al encuentro de Enrique el León; fracasó en el sitio a Brunswick, pero la victoria obtenida por Adolfo de Dassel a orillas del Trave, desconcertó a los partidarios de el León; este entró en negociaciones (1190), dejó sus dos hijos en rehenes, prometiendo arrasar la plaza de Lauemburgo y desmantelar Brunswick.

Enrique VI aceptó todo esto contra su voluntad; a la muerte de su padre se añadía la derrota de sus partidarios en Sicilia. Se vio obligado a transigir. El reino de Sicilia había quedado vacante por muerte de Guillermo II; pero los varones normandos, sin tener en cuenta lo jurado a Guillermo, eligieron a Tancredo, hijo natural de Rogerio de Pulla (hermano de Constanza) y de la condesa de Lecce. Clemente III reconoció a Tancredo; lo propio hizo el emperador griego, que ofreció la mano de su hija Irene a Rogerio, hijo del nuevo rey.

El principal partidario de Enrique VI, Rogerio de Audria, cayó por traición en manos del enemigo y pereció en el tormento. Después de dejar en orden los asuntos de Alemania, Enrique acudió a Italia; consiguió el apoyo de las ciudades lombardas y de las flotas de Génova y Pisa. Llegado a Roma, fue coronado por el nuevo pontífice Celestino III, y se dirigió inmediatamente sobre Nápoles, bajo cuyos muros acampó en mayo de 1191. Después de un sitio de cuatro meses, sus tropas, diezmadas por las enfermedades, tuvieron que batirse en retirada.

La emperatriz Constanza cayó en poder de los burgueses de Salerno y fue conducida a Palermo. Tancredo, a instancias del Papa, la dejó en libertad. La posición del emperador, enfermo a mayor abundamiento, era asaz crítica. Enrique de Brunswick, primogénito de el León, pudo escapar en Nápoles, refugiándose en Alemania.

El aliado de los güelfos, Ricardo Corazón de León, cuñado de Enrique el León y de Guillermo II de Sicilia, apoyaba a los enemigos de los Hohenstaufen en Alemania y en Italia. Para contrarrestar esta oposición, Enrique pactó una alianza con Felipe Augusto, rey de Francia. Llegó el emperador oportunamente a Alemania para recoger la vasta herencia de su tío, Güelfo VI: la cedió a su hermano Conrado, que tuvo además la Suabia, vacante por muerte de su hermano Federico.

Enrique el León no había cumplido ninguna de las estipulaciones del tratado de Fulda, aun cuando contenido por sus enemigos de Sajonia, no tardó en agrupar un gran número de descontentos, que contando con la ayuda del Papa, soñaban en la creación de otra dinastía. El asesinato del obispo de Lieja, designado por el Papa contra el candidato imperial, sublevó a la Baja Lorena; paulatinamente, la insurrección se enseñoreó en toda Alemania; los arzobispos de Maguncia y de Colonia, el rey de Dinamarca, los duques de Bohemia, de Austria de Meran y el margrave de Misnia apoyaban y dirigían aquel movimiento.

Enrique se condujo entonces con gran decisión y energía. Aquietó la región del Mosa con amplias concesiones, la Baviera por la fuerza; Ricardo Corazón de León cayó por casualidad en manos del duque de Austria, y este lo entregó al emperador. Su cautividad desbarató los planes de la coalición y la liga se disolvió. Enrique tuvo prisionero a Ricardo unos trece meses, obligándole, no solamente a reconocerse su vasallo y a pagarle un crecido rescate, sino a dar suficiente garantía contra un futuro ataque de los güelfos hacia los Hohenstaufen. Enrique de Brunswick se reconcilió con el emperador y contrajo matrimonio con Inés, hija del conde Palatino Conrado.

Gobierno en Italia

Los asuntos de Alemania había tomado un giro satisfactorio, y Enrique aprovechó la calma para proseguir la guerra contra Italia. Tancredo había muerto, poco después de perder a su hijo mayor, dejando un segundo, Guillermo, de solo tres años; su madre, pobre señora envuelta en aquel torbellino de discordias, no pudo oponer gran resistencia; el saqueo de Salerno, la rota de Catania y los excesos de Siracusa dieron al traste con su ya escasa energía. Palermo abrió sus puertas y entregó al emperador sus tesoros acumulados por la dinastía normanda. Sibila, presa de pánico, se refugió con su hijo en el castillo de Callatabellota. Enrique VI le hizo honrosas proposiciones para convencerla, entre otras, la de cederle el condado de Lecce y el principado de Tarento; deseosa de vivir en paz con su hijo, cayó en las redes tendidas por aquel hombre, indigno de ceñir la corona del Imperio, según demostró más tarde.

Se hizo coronar en Palermo; casó a su hermano con Irene, viuda de Rogerio, hijo de Tancredo. Su triunfo fue señalado con crueldades inauditas.

So color de una conspiración, emprendió el exterminio de todos los partidarios de la dinastía vencida; nada se respetó; nobles y prelados fueron al suplicio; las ejecuciones no tenían soluciones de continuidad y se sucedían con la mayor barbarie; las víctimas eran cegadas, empaladas, enterradas en vida, aserradas, quemadas...

Sibila, con sus hijas, fue recluida en un castillo de Alsacia. Guillermo, el pobre niño, fue condenado a perpetua ceguera y, además, castrado. Los cadáveres de Tancredo y Rogerio fueron arrancados al sepulcro y echados al río. Así pagó Enrique la generosidad de Tancredo para con la emperatriz Constanza. Sus enemigos, aterrados, no levantaron ya cabeza. Enrique aprovechó sagazmente la rivalidad entre Génova y Pisa para no cumplir las promesas hechas a ambas repúblicas en un momento de apuro. Para colmo de dicha el cielo le concedió un hijo.

Llegado así a la cumbre del poder, Enrique concibió las más bellas esperanzas. Quería transformar el Sacro Imperio Romano en una monarquía hereditaria, como las de Francia e Inglaterra, restablecer la unidad del Imperio por la conquista de Constantinopla. Hizo la primera proposición en la dieta de Wurzburgo (1196), después de haberse asegurado el asentimiento de varios príncipes; pero la oposición de la corte pontificia y de la alemana de Norte, Sajonia y Bajo Rhin, hizo fracasar el proyecto.

Se contentó con hacer elegir rey a su hijo, y después repasó los Alpes al frente de un ejército, para preparar la expedición contra el Imperio griego. Los conatos de insurrección de la Pulla y de la Sicilia fueron reprimidos con ferocidad. Una escuadra ocupó la Cerdeña asegurando el libre tránsito del Adriático. Los jefes de la aristocracia alemana afluían en la Italia meridional para tomar parte en la cruzada; el rey de Chipre se declaró vasallo del emperador, Bohemundo de Antioquía; los príncipes armenios de Cilicia siguieron su ejemplo, e Isaac el Ángel, ciego y encarcelado, padre de Irene, llamó en su auxilio al emperador de Occidente. El oro arrebatado a Sicilia serviría para pagar los gastos de la expedición.

Esta estaba a punto de partir, pero ocurrió la súbita muerte del emperador y todo quedó paralizado. Se le dio sepultura en Palermo. Así terminó, a los treinta y dos años de edad, uno de los soberanos más crueles que han gobernado pueblos. Dice una crónica contemporánea que Enrique VI era de estatura regular y de débil constitución; muy aficionado a la poesía, gran amante del lirismo de los minnessaenger (trovadores), compartía sus ratos de ocio entre la literatura y la caza. Poco sensual y de gran intelectualidad, estaba devorado por la ambición; valiente como su padre, pero cobardemente astuto y sanguinario.

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, tomo 20 págs. 13-15.