Otras Dinastías

Historia

De Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana

Muerto Ricardo de Cornwallis en 1272, se hizo una nueva elección, siendo designado para ceñir la corona de Alemania el conde Rodolfo I de Habsburgo (1273-1291), cuyo poderío no era, ni con mucho, comparable con el de los príncipes que le habían elegido. De antemano se vio obligado el nuevo soberano a renunciar a todo intento de restablecer el poderío imperial en el sentido de sus antecesores los monarcas sálicos o los Staufen, pues el tesoro estaba exhausto y las regalías de la corona (alta jurisdicción, ejército, aduanas, derecho de acuñar moneda), que a consecuencia del gran desarrollo de los intereses materiales, tenían entonces una importancia mucho mayor que antes, habían pasado en su mayor parte a manos de los príncipes.

Por otra parte, se veía relegado a cierta situación de inferioridad con relación a sus electores así es que, si pretendía realzar su autoridad no podía hacer realmente otra cosa que procurar ensanchar el poderío de su casa para ponerse como príncipe soberano a su altura y descollar sobre ellos solo por su calidad de monarca de Alemania.

El objeto principal de la política de este rey y de sus sucesores, no podía, pues, ser otro que aumentar el patrimonio e influencia de su familia, explotando hábilmente el resto de autoridad que le daba su posición en el reino; en cambio, los príncipes tenían buen cuidado de que la dignidad real no se perpetuase en la misma familia, y de esta manera cada soberano se veía precisado a comenzar la misma obra desde el principio.

El resultado más trascendental que este proceder tuvo para el poderío de Alemania fue la renuncia de los monarcas a su dominación en Italia; con ella desapareció en la mayor parte de los casos la última aspiración clara hacia una política imperial; de esto ya no se preocuparon más, salvo algunas contadas excepciones; toda la actividad y energía de los monarcas alemanes se empleó en negociaciones y manejos para asegurar su dinastía; hasta la lucha contra el papado y el auxilio prestado a las tendencias de reforma de la Iglesia, carecen de una orientación bien definida, siendo más bien que el fin de una política, los medios para conseguir otros fines puramente circunstanciales.

El mismo Rodolfo pensó indudablemente al principio en renovar el poder de los Staufen, pero solo después de renunciar previamente a la Italia central y al reino de Sicilia pudo obtener del papa la promesa, que no llegó a realizarse, de ceñir la corona imperial.

Su posición en el reino se veía amenazada por la enemistad del ambicioso rey de Bohemia Otocar, que habiéndose apoderado a la muerte del último Babenberg del territorio austriaco, Stiria, Carintia y Carniola, se negaba a devolverlos, poniendo como condición, para reconocerle como rey, que le dejara en posesión de ellos. Rodolfo I peleó contra él, derrotándole de un modo decisivo el año 1278 en el March, donde pereció el mismo Ottokar, quedando el reino de su hijo Wenceslao reducido a Moravia y Bohemia; Austria, Stiria y Carniola se adjudicaron, con el asentimiento de los príncipes electores, a Alberto I, hijo de Rodolfo I; Carintia fue cedida a Meinhardo del Tirol. De esta manera se fundó el poder de los Habsburgos.

La energía con que procedió después Rodolfo para mantener la paz en el reino hizo sospechosos su autoridad y prestigio a los ojos de los príncipes. No pudo, por lo tanto, conseguir la elección de su hijo Alberto para sucederle; la única concesión que logró hacer aceptar para la corona, fue la de un impuesto sobre las ciudades imperiales, que no pudo hacer extensivo a las demás partes del reino.

Después de él eligieron los príncipes al conde Adolfo de Nassau (1292-1298), cuyas tentativas para asegurarse en Meissen y Turingia un poderío dinástico que le permitiera hacer frente a la mala voluntad de sus orgullosos vasallos, fracasaron completamente, y fue destituido, eligiendo en su lugar los príncipes a Alberto I de Austria, que le venció y dio muerte en la batalla de Göllheim (2-VII-1298).

Alberto I, el nuevo monarca (1298-1308) trató de lograr que la corona fuera hereditaria en su propia casa, para lo cual se procuró una alianza con el rey Felipe IV de Francia, cuya hermana debía casarse con Rodolfo, hijo de Alberto, y como los príncipes se mostrasen opuestos a la realización de sus planes, suprimió las aduanas del Rhin, con cuya medida causaba grandes perjuicios a los intereses de aquéllos, y les obligó en 1302 a someterse.

Sus esfuerzos para aumentar su poderío dinástico con los territorios de Holanda y Zelanda, Meissen, Turingia y Bohemia fracasaron completamente. En este último reino, al morir el último de los Przemyslidas, fue elegido rey su hijo Rodolfo; pero este murió en 1307, y entonces la corona de Bohemia pasó a ceñir las sienes de Enrique de Carintia. Antes de haber logrado la sumisión completa de los príncipes, Alberto sucumbió, asesinado por su sobrino Juan de Suabia el Parricida en 1 de mayo de 1308.

Contra las pretensiones francesas apoyadas por el papa, de que ciñese la corona de Alemania el hermano de Felipe IV de Francia, fue elegido rey el conde Enrique de Luxemburgo, hermano de Balduino, arzobispo de Tréveris, que tomó el nombre de Enrique VII (1308-1313). El poderío de su casa recibió pronto un aumento considerable, pues su hijo Juan, casado con una princesa bohemia, fue nombrado rey de esta nación. Enrique encaminó entonces sus esfuerzos a la restauración de la antigua monarquía y de su dominación en Italia.

Después de haberse atraído la amistad de los príncipes rhinianos con el restablecimiento de las aduanas del Rhin y de haber celebrado un tratado de alianza con Francia, emprendió su expedición a Italia, donde fue recibido con júbilo por el partido gibelino, ciñó en Milán la corona lombarda y fue coronado como emperador en el capitolio, en mayo de1312, por un legado pontificio. Murió prematuramente en Siena (1313) cuando estaba haciendo sus preparativos para la conquista de Nápoles.

Entonces renovaron los Habsburgos sus pretensiones a la corona de Alemania, siendo elegido por cuatro votos Federico I El Hermoso, primogénito de Alberto (1314), mientras otros cuatro (hay que advertir que el ducado de Sajonia se había dividido en dos, cada uno de los cuales conservó su voto, que antes era común) designaban a Luis IV el Bávaro. El Habsburgo, que fue vencido por los suizos en la batalla de Morgarten (1315), sufrió también una derrota decisiva en Mühdorf en 28-IX-1322, quedando prisionero, y entonces quedó Luis IV dueño absoluto de la situación hasta el año 1346.

Pero el duque Leopoldo de Austria, hermano de Federico I, prosiguió la lucha contra él, se alió con el rey de Francia, que ensanchó su reino gracias a estas disensiones apoderándose de la Borgoña, y se atrajo también la enemistad del papa Juan XXII. Este pretendió desempeñar el papel de árbitro, y como Luis no quiso conformarse con esto, fulminó la excomunión contra él y el entredicho sobre sus súbditos. Entretanto se establecieron corrientes de inteligencia entre Luis y Federico (1325) que dieron por resultado un convenio, por el cual el segundo fue aceptado como co-regente mediante su renuncia a la corona imperial y a la de Italia.

Alentado por el descontento que había contra el papa, prosiguió Luis su lucha con él, pasando en 1327 a Italia a frente de un reducido ejército de mercenarios y siendo ayudado al principio por el partido gibelino; llegó a Roma, y allí recibió la corona imperial de manos del mismo pueblo, destituyó a Juan XXII como reo de alta traición y herejía y elevó al solio pontificio a Nicolás V (antipapa), de la orden de San Francisco. Por falta de elementos no pudo emprender una campaña contra Nápoles y hubo de volverse a Alemania a fines del año 1329. En su lucha contra Juan XXII (que murió en 1334) y su sucesor Benedicto XII, procedió Luis IV con poco vigor y gran inconsecuencia y doblez. pronto, además, se vio enredado en un serio conflicto con los príncipes a causa de la ambición insaciable con que procuró el engrandecimiento de su familia.

Ya en 1323, al extinguirse la casa de los Ascanios de Brandeburgo, confirió este marquesado a su hijo primogénito Luis de Brandeburgo; casado en segundas nupcias con la heredera de Holanda, Zelanda, Frisia y Henao, dio estos Estados en feudo a su hijo segundo (1345); en 1341 declaró inseparables los ducados de Baviera Alta y Baja, cuyo dominio tenía el mismo, y deseando, por último, apropiarse el Tirol y la Carintia, casó a su hijo Luis con la condesa Margarita de Maultasch, heredera de aquellos Estados, divorciándola de su marido, el hijo de Juan de Bohemia, por su propia autoridad.

Este afán desmedido de engrandecimiento de su casa le enemistó con los príncipes; así es que cuando Clemente VI le declaró destituido y fuera de la ley, eligieron aquéllos, en 11-VII-1346, a Carlos IV de Luxemburgo, hijo del rey Juan de Bohemia, que comenzó por renunciar a sus derechos sobre Italia y a confirmar todas las concesiones que sus predecesores habían hecho a la Iglesia. Luis IV murió en 1347, cuando se disponía a acudir a las armas en defensa de su trono. Su hijo Luis de Brandeburgo continuó la guerra contra Carlos, promoviendo la elección del pretendiente Gunter de Schwarzburgo, pero debilitado cada vez más el partido bávaro, se llegó por fin a un convenio entre este y el de los Wittelsbach; Gunter renunció todos sus derechos a la corona, mediante una indemnización en metálico y murió en 1349.

Carlos IV (1346-78), reconocido ya unánimemente, fue un príncipe muy diplomático, prudente, económico, ilustrado y pacífico, que se esforzó en proteger y desarrollar la prosperidad interior del país y en especial la de sus Estados hereditarios, que supo aumentar y redondear con gran habilidad. Su mérito principal consiste en la codificación del derecho político alemán, contenida en su Bula de oro (1356), que reconocía la situación política de entonces como estado de derecho, pero que no pudo impedir la descomposición cada vez mayor del reino, por efecto de la preponderancia adquirida por los príncipes electores.

En 1354 emprendió su viaje a Roma, donde fue coronado emperador por un cardenal, saliendo en el mismo día de la capital, habiendo servido su estancia en Italia solamente para enajenar los últimos derechos del Imperio y defraudar las esperanzas de sus partidarios. Sacrificó también los derechos del Imperio en la cuestión de la Borgoña, nombrando en 1377 vicario general del reino de Arlés al delfín de Francia, con lo cual este Estado se separó para siempre del Imperio.

Contra las prescripciones de la Bula de oro, Wenceslao, hijo de Carlos IV, fue elegido en vida de aquél para sucederle en el trono (1378-1400). La preponderancia de la casa de Luxemburgo hubiera podido tal vez consolidarse si no se hubieran puesto enfrente del nuevo rey su tío Jobst de Moravia y su propio hermano Segismundo, señor de Brandeburgo (y de Hungría por su matrimonio con la hija de Luis el Grande, los cuales atizaron en Bohemia la rebelión contra aquél, llegando hasta apoderarse de su persona y obligarle a ceder la Lusacia a Jobst.

Durante su reinado tomaron gran incremento las ligas constituidas por las ciudades amenazadas siempre por la ambición de los grandes señores, para la defensa de su independencia y de sus intereses. En el N. alcanzó por este tiempo la liga hanseática su más alto grado de esplendor, y en el s. las ciudades de las comarcas del Rhin, Suabia y Veterabia formaron otra confederación para resistir los ataques de los príncipes. Los nobles, por su parte, hicieron lo mismo pretendiendo asegurar su independencia y no ser absorbidos por las ligas de los príncipes, y así se encendió en 1377 la guerra entre las ciudades de Suabia y el conde Everardo de Wurtemberg, que pronto degeneró en una lucha general de los príncipes contra las confederaciones de ciudades.

Por entonces los suizos, venciendo a los austriacos en Sempach (1386) y Näfels (1388) consiguieron el reconocimiento de su independencia. En cambio las ligas alemanas sufrieron sangrientas derrotas, siendo vencidas la de Suabia en Döffingen por Everardo, la del Rhin en Worms por Ruperto del Palatinado y la de Veterabia por los nobles aliados en Eschhorn y Estrasburgo; la de Franconia fue duramente oprimida por los príncipes vecinos.

Si, a pesar de esto, no quedaron aquellas sometidas a los señores, es indudable que estas sangrientas derrotas fueron decisivas para el porvenir de las ciudades imperiales, pues la preponderancia de los príncipes aumentó de modo considerable, adquiriendo dentro del reino un poder incontrastable. El mismo Wenceslao, que en las dietas de Nuremberg y Heidelberg hizo esfuerzos infructuosos para establecer la paz interior en el reino, hubo de prohibir a las ciudades en la dieta de Eger (1389) que pudieran formar ligas, con cuya medida quedaron entregadas a sus propias fuerzas y se les cortó su porvenir y desarrollo.

A pesar de esto no logró Wenceslao atraerse la benevolencia de los príncipes, y cuando aquél en su afán de poner fin al cisma de la Iglesia rompía con Bonifacio IX, le depusieron (1400), eligiendo rey a Ruperto del Palatinado. Wenceslao se negó a acatar esta decisión, pero nada hizo para oponerse a ella. El débil Ruperto (1400-1410) no pudo tampoco dar mucho prestigio al poder real, y cuando regresó en 1402 de una desgraciada campaña en Italia, se vio precisado a reconocer (1405) la liga de Marbach, que significaba la pérdida de su autoridad en Occidente.

A su muerte, una parte de los electores se decidió por Jobst de Moravia, y el resto eligió a Segismundo; pero como Wenceslao de Bohemia sostuvo al mismo tiempo sus pretensiones al trono, amenazó estallar una guerra entre los tres príncipes de la casa Luxemburgo. Por fortuna para Alemania Murió Jobst en 1411, y Wenceslao se contentó con el título de Rey de romanos y la posesión de la Bohemia, quedando así Segismundo (1410-1437) único dueño del Imperio.

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, t. 4 págs. 463-469.