Los príncipes, cuyo poder se había robustecido durante el reinado de Federico II, forzosamente debían temer que se estableciera una monarquía fuerte, y por esta razón es lógico que prefiriesen un rey elegido por ellos fuera del derecho hereditario. Por eso también ofrecieron la corona a quienes menos probabilidades ofrecían de llegar a ejercer su autoridad real en el sentido unitario y absoluto que hasta entonces habían marcado algunos monarcas; así, a la muerte de Guillermo de Holanda (1256), los príncipes afiliados al partido welfo eligieron a Ricardo de Cornwallis, y los del partido de los Staufen a Alfonso X de Castilla.

Ninguno de los dos llegó propiamente a reinar, pues no puede considerarse como tal el derroche que ambos hicieron de mercedes a sus partidarios respectivos. La ausencia del poder real favorecía naturalmente a la expansión de los príncipes, que no solo se apoderaron de los territorios imperiales, sino hasta de muchas atribuciones exclusivas de la corona.

En esta época se fundaron algunos Estados, que más tarde debían influir grandemente en los destinos de Alemania: el margrave Otocar de Moravia, al extinguirse la casa de los Babenberg, reunió en un solo Estado Bohemia, Stiria, Carintia y Carniola; los Wettin (dinastía sajona) adquirieron la marca de Meisen y la de Lusacia, el landgraviato de Turingia y la comarca de Pleissen con Altemburgo, Zwickau y Chemnitz; en la cuenca del Elba fueron extendiendo los Ascanios de Brandeburgo su señorío, sometiendo el Uckermark y el Neumark, y obligando a los duque de Pomerania a rendirles vasallaje; entre el Vístula y el Memel se estableció la orden teutónica, que comenzó a conquistar aquel país el año 1230, llegando a fundar un verdadero Estado, que puede considerarse ya definitivamente constituido en 1283.

La riqueza agrícola de Alemania tomó en esta época un incremento desconocido hasta entonces; los príncipes prestaron más atención que los monarcas a la colonización de los países del E. del Elba, y estos fueron poblándose rápidamente; en la Alemania Occidental, merced al florecimiento del comercio y al aumento de las comunicaciones, creció de modo considerable la importancia de las ciudades libres, que se unieron, constituyendo confederaciones para su propia defensa.

No se les ocultó a los príncipes el valor que podía tener para ellos la posesión de estas ciudades, que venían a constituir como una especie de repúblicas independientes, y tanto esta época como la que la siguió se caracterizan por las luchas entabladas por aquéllas contra los príncipes en defensa de su independencia. Estos se diferenciaron entres sí cada vez más, según su alcurnia y poder, y siete de ellos, que se habían elevado sobre los demás, adquiriendo una situación preponderante, se apropiaron el derecho de elegir ellos solos al rey (de donde provino su denominación de electores.

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, t. 4 págs. 463-469.