Napoleón y la Confederación del Rhin

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Guerras Napoleónicas
La Confederación del Rhin 1815-1866

Guerras Napoleónicas

El estallido de la Revolución francesa y sus primeros acontecimientos fueron recibidos en Alemania con verdadero júbilo por la gran masa del pueblo y del elemento intelectual. Se abrigaba la esperanza de que el derrumbamiento del sistema feudal y la aparición de un nuevo orden de cosas en Francia, basado en la libertad más amplia, tendría por consecuencia natural el planteamiento inmediato de una reforma política en Alemania. Se vislumbraba la desaparición de los últimos restos de la Edad Media y la destrucción de aquellos sistemas políticos que se conservaban todavía en los Estados eclesiásticos, lo mismo que en los de la alta y baja nobleza, y se esperaba que desaparecerían los privilegios de clase y se formaría una masa homogénea de ciudadanos, dotada de derechos políticos, en los Estados monárquicos.

Estas esperanzas quedaron, sin embargo, defraudadas. La Revolución francesa no se contentó con la propaganda pacífica de sus ideas, sino que la Asamblea Nacional pretendió extender la abolición, por ella decretada, de todos los derechos feudales y eclesiásticos también a las posesiones alemanas enclavadas dentro del territorio francés, a pesar de que su dependencia exclusiva del Imperio estaba expresamente garantizada por tratado especiales.

Los soberanos alemanes a quienes afectaba esta determinación, entre los cuales se hallaban los electores de Maguncia, Tréveris y Colonia, los duques de Wurtemberg y del Palatinado-Dos Puentes, el landgrave de Hesse-Darmstadt, etc, rechazaron la indemnización que se les ofreció en asignados y pidieron protección al Imperio. Nada hicieron, sin embargo, para asegurar la frontera occidental del país, ni para hacer frente a la propaganda revolucionaria que ya empezaba a dejarse sentir en Alemania y que hubiera podido atajarse dando satisfacción a los justos deseos del pueblo e introduciendo algunas reformas adecuadas; en cambio, se hizo el más afectuoso y hospitalario recibimiento a los emigrados franceses en Coblenza, Maguncia y Worms.

Federico Guillermo II estaba, no obstante, dispuesto a hacer la guerra en favor de la oprimida monarquía francesa, pero el emperador Leopoldo, que no era partidario de emprender una acción ofensiva, consiguió del rey de Prusia, en una entrevista que celebraron en Platz (27 de Agosto de 1791), hacerle desistir de sus intenciones belicosas, La alianza que ambos concertaron en el mismo punto (7 de febrero de 1792) no tuvo otro objeto que su recíproca defensa y el mantenimiento de la constitución interior del Imperio.

A pesar de ello estalló la guerra después de morir Leopoldo (1 de Marzo de 1792), pues el ministerio que formaron en Francia los girondinos deseaba provocar una guerra extranjera para calmar la creciente efervescencia en el interior de la nación y tomó pretexto de la permanencia de los emigrados en Alemania para romper las hostilidades contra el emperador y el Imperio.

Francisco II, hijo y sucesor de Leopoldo (1792-1806), y su ministro Thugut, proyectaban aprovecharse de las circunstancias de la guerra con Francia para llevar a cabo los antiguos planes de anexión de Baviera y de otros territorios de la Alemania meridional; análogos proyectos se fraguaban en Prusia, y por esta razón las operaciones militares se llevaron a cabo con escaso vigor, a causa de la desconfianza y recelos recíprocos.

La batalla de ValmyLa batalla de Valmy

A esto hay que agregar también la ineptitud y falta de decisión de los generales. La invasión de la Champaña efectuada por el principal ejército aliado, a las órdenes de Carlos de Brunswick, acabó con el infructuoso cañoneo de Valmy (20 de Septiembre de 1792) y la retirada hasta el Rhin. Dumouriez obligó a los austríacos a evacuar Bélgica, alcanzando la victoria de Jemappes (6 de Noviembre), y al mismo tiempo Custine avanzaba sobre el Rhin y se apoderaba de Spira, Worms, Maguncia y Francfort.

El pueblo recibió a los franceses como libertadores, se entusiasmó con la posesión de los derechos del hombre y llegó hasta a proclamar la república en Maguncia; los soberanos por su parte, y en especial los eclesiásticos, abandonaron su puesto sin lucha y buscaron su salvación en la fuga; el Palatinado llegó a pedir permiso a Custine para mantenerse neutral; el pánico más vergonzoso se extendió por todo el país.

Algo se reanimó el espíritu público cuando se formó la «primera coalición» (1793), en la que entraron Austria, Prusia e Inglaterra, además del Imperio. En esta nueva campaña los austríacos desalojaron a los franceses de Bélgica, ganando la batalla de Neerwinden (18 de Marzo), y los prusianos se apoderaron de Maguncia (23 de Julio), después de un largo asedio, y rechazaron todos los ataques de los franceses contra el Palatinado; solo en Alsacia fue la suerte desfavorable a los aliados.

Pero en seguida volvió el Austria a sus antiguos planes de engrandecimiento, Prusia accedía al cambio de Bélgica por Baviera, pero se negaba resueltamente a soltar los ducados de la Franconia, que le habían sido cedidos en 1791; el descontento de Austria subió de punto con el nuevo tratado de repartición de Polonia (1793), en virtud del cual Rusia se anexionaba una gran parte de la Lituania y Wolhynia, y Prusia recibía Danzig, Thorn y la Prusia meridional, mientras que a ella sólo se le daba el consentimiento para que cambiase Bélgica por Baviera, precisamente en un momento en que estaba a punto de perder aquel territorio, después de las derrotas de los ingleses en Hondschoote 8 de Septiembre de 1793) y de los imperiales en Wattignies (16 de Octubre.

Lazare Carnot en WattigniesLazare Carnot en Wattignies por Georges Moreau de Tours

La coalición se mantuvo sin embargo todavía, gracias a los esfuerzos de Pitt, y este consiguió que Prusia, exhausta económicamente y amenazada de graves complicaciones en Oriente, pusiese en el Rhin un ejército de 50.000 hombres, a cambio de los subsidios de las potencias marítimas. Las victorias que este ejército alcanzó en Kaiserslautern (Mayo y Septiembre de 1794) no sirvieron, sin embargo, para emprender un avance vigoroso en el interior de Francia, a causa de las complicaciones políticas que suponía para Prusia el alzamiento nacional de Polonia.

Austria había tenido entre tanto que abandonar Bélgica, después de la derrota de Fleurus (26 de Junio de 1794). y siendo inminente un nuevo reparto de Polonia, trató de obtener en él, aproximándose estrechamente a Rusia, mayores ventajas que Prusia, objeto que consiguió finalmente, pues ambas potencias llegaron a un acuerdo particular, en virtud del cual Austria, que no había tenido que hacer la guerra en Polonia, recibió una parte de este reino igual en extensión a la que se adjudicaba a Prusia.

La batalla de Fleurus según Jean Baptiste Mauzaisse.La batalla de Fleurus según Jean Baptiste Mauzaisse.

Esto indujo a Federico Guillermo a hacer la paz con los franceses, abandonando a sus aliados, y como aquellos le habían hecho diferentes veces proposiciones en este sentido, firmó en 5 de Abril de 1795 la paz de Basilea, por la cual cedía provisionalmente a Francia sus posesiones de la orilla izquierda del Rhin, con la condición de que si al firmarse la paz general conservaba Francia todos los territorios de dicha orilla, sería indemnizada Prusia a costa de los obispados en la orilla derecha; por mediación de Prusia fueron incluidos también en el tratado de paz los Estados de la Alemania del Norte, que se obligaron a retirar sus contingentes y a permanecer neutrales en la guerra.

La defensa de los intereses alemanes y europeos en el continente quedó, pues, encomendada exclusivamente al Austria, pues hasta los Estados de la Alemania del Sur se sometieron en Agosto de 1796 a Francia. Dueños los franceses de Bélgica y Holanda desde 1795 y seguros de no ser molestados por esta parte, pasaron sus ejércitos, mandados por Jourdan y Pichegru, a la orilla derecha del Rhin, siendo rechazados por Clerfait; al año siguiente repitieron la operación y Jourdan fue derrotado en Amberg (24 de Agosto) y Wurzburgo (3 de Septiembre) por el archiduque Carlos y Moreau, se vio precisado a retroceder en el Alto Rhin hasta la orilla izquierda de este río; pero como Bonaparte, que había conseguido arrojar las austriacos de Italia y se había apoderado de Mantua amenazaba llevar sus armas hasta el corazón de Austria, se apresuró esta a firmar el armisticio de Leoben (18 de Abril de 1797), que se ratificó por fin en el tratado de Campo Formio (17 de Octubre).

La orilla izquierda del Rhin quedaba en poder de Francia y se indemnizaba a los soberanos alemanes que perdían sus territorios con otros de la orilla derecha, arrebatados a los príncipes eclesiásticos, cuyos Estados quedaban secularizados; Austria, para redondear su territorio, recibía, como compensación por la pérdida de Bélgica, el obispado de Salzburgo y parte de Baviera, quedándose además con Venecia, Istria y Dalmacia.

El nuevo orden de cosas debía establecerse en el Congreso de la Rastadt, que se reunió en Diciembre; pero sus tareas quedaron interrumpidas por haberse formado entonces la «segunda coalición», en la que tomaron parte Rusia, Austria, Inglaterra y la Alemania del Sur, pero no Prusia; al retirarse del Congreso los plenipotenciarios franceses fueron asesinados (28 de Marzo de 1799) por los húsares austriacos. Italia fue resconquistada, y Jourdan obligado por el archiduque Carlos a retirarse sobre el Rhin después de su derrota de Stockach (25 de Marzo de 1799), pero no se consiguió recuperar Suiza; el emperador Pablo de Rusia se separó resueltamente de la coalición, fracasó una tentativa de los ingleses para apoderarse de Holanda, y en 1800 se vio otra vez Austria sola enfrente de las fuerzas francesas.

Bonaparte, nombrado primer cónsul desde el golpe de Estado de 18 Brumario, arrojó a los austriacos de Italia, después de su victoria de Marengo (14 de Junio de 1800), en la Alemania del Sur rechazaba Moreau al general Kray y vencía en Hohenlinden al archiduque Juan, y para salvar a Viena no tuvo más remedio el gobierno imperial que hacer un armisticio y firmar en 9 de Febrero de 1801 el tratado de paz de Luneville, que ratificaba en su esencia el de Campo Formio. pero fue firmado por el emperador en nombre del Imperio. Toda la orilla izquierda del Rhin, 60.000 kms² con 3,5 millones de habitantes, quedaron definitivamente anexionados a Francia.

Fin de la bataille de HohenlindenFin de la bataille de Hohenlinden : le général en chef Moreau, accompagné des généraux Grouchy et Ney

Para el arreglo de las necesarias compensaciones nombró el Parlamento de Regensburg una comisión; pero, en realidad, la solución de este asunto no estaba en sus manos, sino en las de Francia y Rusia, que habían convenido en explotar la enemistad existente entre Austria y Prusia, con el fin de que ninguna de ellas ganase mucho, mientras que se favorecía ostensiblemente a los Estados meridionales de Alemania, Hesse, Baviera, Wurtemberg y Baden, para constituir el núcleo de un tercer grupo de Estados que pudiera contrapesar la influencia política de aquéllos.

Así, pues, fueron secularizados todos los principados eclesiásticos y los soberanos destituidos conservaron su jerarquía eclesiástica, recibiendo además una indemnización en metálico, sólo el gran maestre de la orden teutónica y archicanciller imperial siguieron considerándose como príncipes soberanos, pero el último perdió el electorado de Maguncia, a cambio de Regensburg, Wetzlar y Aschaffenburg y de la dignidad de primado de Alemania; todas las ciudades imperiales fueron además mediatizadas, excepto las de Lubeck, Bremen, Hamburg, Frankfurt, Nuremberg y Augsburgo.

La extensión territorial que se ganó con estas medidas era tan considerable, que las indemnizaciones pudieron ser más valiosas para los soberanos que los pérdidas por ellos sufridas. Austria recibió los obispados de Trento y Brixen y el de Salzburgo, a cambio de la Toscana, cediendo además al duque de Módena el Breisgau y el Ortenau; Prusia se anexionó los obispados de Hildesheim y Paderborn, la mayor parte del de Münster, Erfurt y el Eichsfeld, además de las abadías de Essen, Werden y Quedlinburg y las ciudades de Nordhausen, Mühlhausen y Goslar; Hannover se quedó con Osnabrück, Baviera con los obispados de Wurzburgo, Bamberg, Eichstätt, Freising, Augsburgo y Passau y una porción de ciudades imperiales, Wurtemberg con las ciudades y abadías enclavadas en su territorio o lindantes con el; Baden recibió siete veces más de lo que había perdido; Hesse-Nassau y Hesse Darmstadt fueron también aumentados considerablemente.

En lugar de Colonia y Tréveris recayó la dignidad electoral en Wurtemberg, Baden, Hesse-Cassel y Salzburgo, subiendo de esta manera el número de electores hasta diez. El número de Estados católicos quedó reducido a 30, y el de protestantes a 50. La nobleza baja y las ciudades imperiales habían tenido hasta entonces el mayor interés en la conservación del Imperio, pero con este arreglo quedaban aniquiladas, y así, pues, la resolución del Parlamento equivalía en realidad a la disolución del antiguo Imperio.

Napoleón en la batalla de AusterlitzNapoleón en la batalla de Austerlitz, óleo de François Gérard.

Pero al pueblo alemán, cuyas clases intelectuales no hacían más que soñar con una humanidad cosmopolita, le tenía esto tan sin cuidado como la ignominia de la injerencia extranjera en sus asuntos interiores; actos tan humillantes como la ocupación de Hannover por los franceses (1803) a despecho de los tratados, y la detención del duque de Enghien en suelo alemán (15 de Marzo de 1804) para ser conducido a Vincennes, donde fue fusilado, pasaron sin la menor protesta de su parte.

La influencia francesa en Alemania había crecido entretanto de tal modo que al comenzar la guerra de la «tercera coalición» contra Napoleón, ya emperador (1803), Baviera, Wurtemberg y Baden fueron sus más fieles aliados. En esta campaña, el ejército austriaco de Mack avanzó hasta Ulm, donde fue envuelto, y hubo de capitular en 17 de Octubre de 1803; quedaba con esto abierto a los franceses el camino de Viena, donde entraron en 13 de Noviembre, y pocos días después (2 de Diciembre) era completamente derrotado el ejército ruso-austriaco en los campos de Austerlitz (batalla de los tres emperadores).

La Confederación del Rhin

El tratado de paz de Presburgo (25 de Diciembre) quitaba al Austria: Venecia, que se daba a Italia, el Tirol y el Voralberg, que pasaban a Baviera, y el Breisgau, que se unía a Baden; el emperador, además, reconocía a los príncipes de Baviera y Wurtemberg como reyes, y daba su asentimiento a la Confederación formada por varios príncipes alemanes bajo la protección de Napoleón. Esta Confederación, denominada del Rhin, fue organizada en 12 de Julio de 1806 por 16 príncipes alemanes, entre los cuales se contaban, además de los citados, los de Hesse-Darmstadt, Berg, Nassau, el primado, etc., y aunque guardaba en apariencia el carácter federativo, teniendo su asamblea federal permanente en Francfort, estaba por completo a merced de su protector, el emperador de los franceses, con quien debía contraer cada uno de sus soberanos una alianza perpetua, obligándose además a auxiliarle en la guerra con un contingente determinado de tropas. En cambio, recibieron aquéllos la facultad de mediatizar a todos los señores, príncipes y condes cuyos Estados estuvieran enclavados dentro de su territorio.

Cuando se notificó a la dieta de Regensburg la formación de la Confederación del Rhin, cuyos Estados quedaban separados del Imperio (10 de Agosto de 1806), abdicó el emperador Francisco II (6 de Agosto) la corona imperial de Alemania, denominándose desde entonces Francisco I, como emperador de Austria, título que había sido ya reconocido por Napoleón dos años antes. Tal fue el fin del sacro imperio romano-germánico.

El tratado de Presburgo había separado el Austria de Alemania, y la Confederación del Rhin había sujetado a la obediencia de Napoleón todo el Occidente y Sur del antiguo Imperio. Prusia no había tomado parte en las últimas guerras y, por consiguiente, su autoridad y prestigio nada habían ganado, ni se había reformado la organización de su ejército durante el tiempo de paz bajo el reinado de su nuevo rey Federico Guillermo III (1797-1810). La falta de perspicacia de sus gobernantes había mantenido a Prusia alejada de la última coalición, y su tentativa de intervención armada la había conducido al tratado vergonzoso de Schönbrunn (15 de Diciembre de 1805), en virtud del cual contraía una alianza ofensiva y defensiva con Francia, que le autorizaba para apoderarse de Hannover, cediendo en cambio Ansbach, Neunburg y Cléveris.

También accedió Prusia a la formación de la Confederación del Rhin y a la disolución del imperio alemán, contando con la promesa de Napoleón (de apoyar la formación de otra Confederación del Norte de Alemania bajo la hegemonía de Prusia. Cuando el emperador francés hubo aislado completamente a esta, impidió que se formase la Confederación del Norte, ofreció el Hannover a Inglaterra, hizo que el gran duque de Berg ocupase unos territorios prusianos y en notas desdeñosas echó en cara a Prusia su excesiva arrogancia y sus tendencias belicosas.

Cuando al fin sobrevino la guerra, fue aniquilado completamente el ejército prusiano en Jena y Auerstadt (14 de Octubre de 1806). Después de las batallas de Eylau (7 y 8 de Febrero de 1807) y Friedland (14 de Junio), abandonada por los rusos, no tuvo Prusia más remedio que hacer la paz de Tilsit (9 de Julio), sacrificando sus territorios de la orilla izquierda del Elba y los que había adquirido en los dos últimos repartos de Polonia; además no se le permitía tener más que 42.000 hombres sobre las armas.

Con esto quedó virtualmente sometida también a Napoleón toda la Alemania del Norte, de la que dispuso a su antojo, con más desahogo todavía que en el Sur. Los aliados de Prusia, el elector de Hesse y el duque de Brunswick, fueron desposeídos de sus Estados; con ellos, una parte de Hannover y los antiguos territorios prusianos de la izquierda del Elba se formó el reino de Westfalia, que Napoleón dio a su hermano menor Jerónimo. Otro reino que se creó en el Norte fue el de Sajonia, que obtuvo este premio por haberse separado oportunamente de Prusia e ingresado en la Confederación del Rhin y recibió además el gran ducado de Varsovia.

Toda la costa de los mares Báltico y del Norte sufrió los efectos del bloqueo continental, que aniquiló completamente el comercio de las ciudades marítimas. Todas las fuerzas militares y económicas de los Estados alemanes estaban entonces a la disposición de Napoleón. Las tropas de la Confederación del Rhin peleaban en Italia, España y Polonia, y si bien es cierto que adquirían al lado de las francesas su instrucción y aptitud guerreras, también lo es que las enormes bajas que sufrían iban consumiendo la flor de la juventud alemana.

Napoleón exigió repetidas veces a sus nuevos vasallos considerables contribuciones de guerra, y también se reservó el dominio de muchos países conquistados, antes de agregarlos a la Confederación del Rhin, para premiar con ellos los servicios de sus ministros y generales. Por otra parte, es indudable que la dominación francesa, si bien suprimió muchas cosas tradicionales dignas de respeto y que debieran haberse conservado, importó en Alemania otras muchas novedades altamente beneficiosas.

En los Estados de la Confederación se simplificó y mejoró la administración de justicia y de hacienda; imitando el modelo francés, se reformó la organización militar, se borraron varias diferencias entre los diferentes Estados, se suprimieron los bienes de la mano muerta, se facilitaron las comunicaciones, la instrucción y el tráfico, haciendo desaparecer las antiguas trabas y suavizando las disposiciones demasiado severas que regían respecto de los gremios, con lo que se facilitó la transformación completa de las artes.

Pero el sentimiento nacional iba debilitándose gradualmente; el entusiasmo y la veneración de los antiguos soldados hacia sus generales no encontraba eco en el pueblo, que, a pesar de los penosos sacrificios que se le imponían, veía en Napoleón el libertador que había hecho desaparecer tantos abusos. La apoteosis del emperador francés en Alemania fue el Congreso de príncipes que se reunió en Erfurt (1808), donde todo aquel plantel de soberanos se deshizo en manifestaciones de sumisión servil; sólo Austria y Prusia observaron allí una actitud digna e independiente.

La última había emprendido entretanto, bajo la dirección de hombres animosos y de talento, la gran obra de su regeneración, mediante una serie de reformas, que no se limitaron solamente al Estado y sus instituciones, sino que penetraron también hasta el corazón del pueblo, procurando la más amplia expansión de todas las fuerzas materiales, intelectuales y morales.

Austria, por su parte, recogió todas sus fuerzas, bajo la dirección del archiduque Carlos y del ministro Stadion, para lanzarse contra los franceses; estimulados por el ejemplo de España, que luchaba animosamente contra la dominación francesa, se proponían el pueblo y el ejército austriaco en 1809 librar a los Estados alemanes del yugo de Napoleón. Pero este se adelantó, y atravesando el Rhin con la rapidez del rayo y llevándose consigo las tropas de la Confederación, batió repetidas veces a los austriacos (Eckmühl, 22 de Abril) y los arrojó sobre Bohemia. En 13 de Mayo entró Napoleón por segunda vez en Viena, pero al atacar pocos días después a los austriacos, sufrió una sangrienta derrota en Aspern (21 y 22 de Mayo).

The Battle of Aspern-EsslingLa batalla de Aspern-Essling por Fernand Cormon

A pesar de esto, no tuvo lugar el levantamiento de Alemania que se esperaba en Austria; Prusia no quiso aventurar su existencia declarando la guerra a Francia, y los esfuerzos aislados de Schill, del duque Federico Guillermo de Brunswick y de Dômberg para arrastrar la nación alemana a la guerra, fueron infructuosos. Austria, abandonada a sus propias fuerzas, sufrió en 5 y 6 de Junio la sangrienta derrota de Wagram, y después del armisticio de Znaim, tuvo que aceptar la paz de Viena (14 de Octubre), en virtud de la cual perdía Iliria, Salzburgo y la Galitzia, abandonando también el Tirol al vencedor. Poco después (2 de Abril de 1810) recibía Napoleón en matrimonio a la hija del emperador de Austria, María Luisa.

La arbitrariedad y violencia con que Napoleón dispuso entonces de Alemania excedieron a todo límite; pero ante su inmenso poder dudaba todo el mundo de la posibilidad de oponerse a él con probabilidades de éxito. Cuando estalló en 1812 la guerra contra Rusia, Prusia y Austria tuvieron que enviarle tropas auxiliares, y Alemania se vio precisada a autorizar el paso de los ejércitos franceses través de su territorio y encargarse de su subsistencia, que agotó los últimos recursos del país.

De los 600.000 hombres que Napoleón llevó a Rusia, 200.000 eran alemanes, que perecieron en su mayoría en la catástrofe del gran ejército. Pero esta catástrofe fue la señal para el levantamiento de Prusia, que tuvo su origen en el convenio de Tauroggen (30 de Diciembre de 1812). A este siguió la alianza entre Rusia y Prusia, el llamamiento de Federico Guillermo III a su pueblo (17 de marzo) y la proclama de Kalisch (25 de Marzo). Para destruir el predominio del orgulloso conquistador, restaurar el poderío de Prusia y reconstituir el Imperio alemán, se conjuraba a todos los alemanes a que se acogiesen a la causa sagrada de la patria y de la humanidad, y en su nombre se amenazaba a los príncipes que todavía continuasen bajo las banderas del enemigo de la nación con la pérdida de sus Estados.

Efectivamente, consiguieron los aliados provocar un levantamiento general, excepto en la Confederación del Rhin, donde la fuerte presión del despotismo extranjero no dejaba medrar ninguna manifestación del espíritu de independencia; los mismos soberanos, por temor y por egoísmo, siguieron fieles a la causa francés. La campaña ruso prusiana acabó, no obstante el heroísmo con que las tropas combatieron en Grossgörchen (2 de Mayo) y Bautzen (20 y 21 de Mayo), con la retirada de los aliados a Silesia.

En la del año siguiente los prusianos demostraron también sus brillantes cualidades militares, pero el éxito final de Leipzig se debió principalmente a la cooperación de Austria. Cara hubieron de pagarla después los alemanes, pues la dirección de la política pasó a manos de Metternich, y su objeto no fue ya la reconstrucción del Imperio alemán, sino el crecimiento de Austria y el establecimiento de su preponderancia en Alemania e Italia. Del manifiesto de Kalisch ya no se volvió a hablar. Metternich garantizó a los Estados de la Confederación del Rhin, abandonados por Francia, su integridad y soberanía.

Para que la influencia prusiana no creciera demasiado, detuvo Metternich la marcha victoriosa de su ejército en los momentos decisivos mediante proposiciones de paz que afortunadamente fracasaron por la terquedad de Napoleón El final del gran despliegue de fuerzas que hizo en aquella ocasión Alemania fue su libertad del yugo extranjero, pero no llegó a realizarse la aspiración de formar un Estado homogéneo. En la primera paz de París (30 de Mayo de 1814) conservó Francia los límites de 1792 con Landau y la cuenca del Saar. Ni aun después de la nueva guerra, que estalló en 1815, después de volver Napoleón de la isla de Elba y de la brillante victoria de La Belle Alliance —Waterloo,—, consiguió Alemania la reintegración de la Alsacia y la Lorena, porque Rusia e Inglaterra, por celos no lo permitieron, y sólo consiguió la cuenca del Saar.

Batalla de WaterlooBatalla de Waterloo, 1815

La futura división territorial y la nueva constitución interior de Alemania eran las cuestiones más arduas que tenía que resolver el Congreso de Viena. No había que pensar en una reconstrucción de los principados eclesiásticos ni de los Estados mediatizados, sino más bien tomar como punto de partida la organización que quedó planteada cuando la disolución del Imperio en 1806.

El Congreso de Viena

Los príncipes de la Alemania del Norte, a quienes se había desposeído de sus Estados; el elector de Hannover, elevado a la categoría de rey; los duques de Oldenburgo y Brunswick y el elector de Hesse, fueron repuestos desde luego; Prusia tomó posesión sin protesta de sus antiguos territorios de la izquierda del Elba, devolviendo al Hannover Hildesheim, Goslar y la Frisia Oriental; también recibió la provincia de Posen y, además, como compensación por los territorios que perdía (Ansbach y Bayreuth y la parte que le tocó en el último reparto de Polonia), se le cedió la mitad septentrional del reino de Sajonia, Jülich, Berg, la Pomerania anterior y los obispados de Colonia, Tréveris, etc. Hesse-Darmstadt, Nassau, Baden y Württemberg conservaron en general los límites que les había asignado Napoleón. Baviera perdió el Tirol, conservando Ansbach y Bayreuth, y recibió Wurzburgo y el Palatinado del Rhin. Austria renunció a sus antiguos dominios del Alto Rhin, pero redondeó admirablemente su territorio, formando una masa compacta en el SE. de Alemania, comprendiendo toda la cuenca baja del Danubio y los Alpes Orientales.

¡Qué diferencia entre esta situación y la de Prusia, partida en dos mitades y extendida entre fronteras francesa y rusa, expuesta por consiguiente a verse comprometida por su situación en toda clase de guerras continentales! Claramente dio a conocer entonces Austria que aspiraba a conservar su influencia en Alemania, cuando renunció resueltamente al derecho, puramente nominal y honorífico, que hubiera podido darle sobre ella la renovación de la antigua dignidad imperial, pues realmente no se había pensado ya en tal cosa, por más que 27 príncipes y 4 ciudades lo habían propuesto.

Las dificultades para crear allí un nuevo orden de cosas estribaban principalmente en la rivalidad de las dos grandes potencias, Austria y Prusia; pero también los Estados de segundo orden (Baviera, Wurtemberg, Hannover, Sajonia) trataban de hacer valer sus intereses. Para crear, pues, un lazo de unión que reemplazara al del antiguo Imperio, se decidió restringir la influencia preponderante de las grandes potencias en la Confederación que se trataba de organizar, con cuyo fin no se las admitió en ella más que una parte de su territorio, y se dió a aquélla el carácter de una federación basada en la libre voluntad e igualdad de todos sus miembros, estableciendo un poder central cuyas atribuciones eran limitadísimas. La creación de la verdadera Confederación en forma tal que dejara satisfechas las aspiraciones de la nación, quedó reservada para el porvenir.

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, t. 4, págs. 478-482