Reformas del Sacro Imperio

Como desde el año 1378 había dos papas, uno en Aviñón y otro en Roma, y la tentativa hecha por el Colegio de cardenales para terminar el cisma en el concilio de Pisa (1409) había dado por único resultado la elección de un tercero, convocó Segismundo para el 1-XI-1414 un nuevo concilio en Constanza, que fue, por el número y calidad de las personas que en el tomaron parte, una brillante representación de la cristiandad.

El objeto inmediato de aquella reunión, que era poner fin al cisma, se consiguió fácilmente, después de haber sentado el «principio de la supremacía del concilio sobre el pontificado», pues los tres papas fueron depuestos; pero la tan anhelada reforma de la Iglesia fracasó, porque el partido papal consiguió, contra el plan hasta entonces acordado, que antes de iniciar la reforma se eligiese el nuevo papa, y este, Martín V, disolvió en 1418 el concilio, después de presentar un proyecto de reformas generales y de celebrar con cada una de las naciones representadas en el concilio un concordato especial que apenas contenía novedad alguna y solo en apariencia satisfacía las aspiraciones de aquéllas.

Tampoco se hizo nada para modificar la constitución del Imperio, y, sin embargo, hubiera sido muy conveniente haber variado por lo menos el modo de ser del ejército imperial, como se había proyectado. En efecto, inmediatamente después del concilio se vio arrastrada Alemania a la terrible crisis de la guerra con los hussitas, y en ella pudo verse cuán poco a propósito era aquel defectuoso ejército para luchar contra un enemigo como el que constituían aquellas masas populares faltas de organización, pero inflamadas por el fanatismo sectario y nacional, que las llevaba a despreciar toda clase de peligros. Las masas victoriosas de los hussitas invadieron las tierras inmediatas a Bohemia, saqueándolas y devastándolas.

Solo cuando los bohemios, divididos en bandos, lucharon entre sí con encarnizamiento se llegó a dominar la rebelión, mediante un pacto con el partido más templado, el de los calixtinos (1433), y entonces pudo Segismundo ocupar el trono de Bohemia, vacante desde la muerte de Wenceslao en 1419. A pesar de esta bochornosa experiencia, todas las tentativas para reconstruir el Estado sobre bases más conformes con el espíritu de la época, fueron inútiles. La empresa de reforma la Iglesia, que acometió de nuevo el concilio de Basilea (1431-48), produjo un serio conflicto entre aquél y el papa, durante el cual murió Segismundo en 8-XII-1437 sin sucesión masculina, extinguiéndose con él la casa imperial de Luxemburgo.

El sucesor de Segismundo fue el duque Alberto II de Austria, rey de Bohemia y de Hungría, yerno y heredero de Segismundo, el cual reinó escasamente un año (1438-39), y a este le siguió su inepto primo Federico III, duque de Stiria (1440-93), que no pensó en otra cosa que en el interés de su dinastía. No se preocupó de la reforma de la Iglesia, ni de la del Imperio, ni hizo nada para defender la integridad y seguridad de Alemania contra los ataques del exterior y evitar la desmembración del Imperio.

La lucha entre el concilio y el papa había sido favorable para las tendencias reformistas, y ya en tiempo de Alberto II los príncipes habían aceptado, en los acuerdos de la dieta de Maguncia (1439) una gran parte de los decretos reformistas del concilio de Basilea, que fue el primer paso dado hacia el terreno de las concesiones a los poderes civiles por parte del espíritu conciliador del Pontificado. Pero Federico sacrificó en 1445 estas ventajas a cambio de la promesa de su coronación como emperador (fue por cierto la última que se efectuó en Roma), separándose, sin asentimiento del Parlamento, de la causa del concilio y reconociendo al papa Eugenio IV.

Con esto la autoridad del concilio quedaba destruida; el sucesor de Eugenio, Nicolás V, acabó de vencer la oposición de los príncipes mediante convenios particulares, y todo el movimiento reformista acabó devolviendo al pontificado en el concordato de Viena (1446) todas las facultades que el concilio le había quitado, considerándolas como usurpaciones. Lo mismo sucedió con las aspiraciones encaminadas a restablecer la paz interior y variar la constitución del reino.

Los príncipes pretendían que los gastos que fuera necesario para introducir el planteamiento de las reformas cargasen sobre las ciudades, ya tan esquilmadas, y estas, naturalmente, se opusieron por esto a toda variación del estado actual. El rey permaneció inactivo e indiferente ante las luchas y atropellos de todo género que desgarraron por entonces el país: tales fueron la guerra de los dos hermanos de Sajonia (1445-50), la de Soest en Westfalia, las rapacidades del margrave Alberto Aquiles contra las ciudades de la Franconia, y la guerra de Wittelsbach en Baviera.

Entretanto, el Estado, formado por la orden teutónica, era absorbido por Polonia; Bohemia y Hungría elegían reyes nacionales que, a causa de los esfuerzos hechos por Federico para que pasasen a él aquellos reinos, se vieron precisados a ponerse en actitud hostil al Imperio. Federico fue arrojado al fin por Matías de sus Estados hereditarios y anduvo vagando largo tiempo errante por el Imperio. Para someter a los suizos hizo venir de Francia a las bandas mercenarias de Armagnac, y como estas fueron vencidas por aquéllos en 1444, se extendieron después por la Alsacia y la Lorena, saqueándolas horriblemente. También contempló impasible la formación y crecimiento del ducado de Borgoña bajo el gobierno de los Valois, aunque aquél solo se logró a expensas de Alemania.

Carlos el Temerario se propuso conquistar toda la orilla izquierda del Rhin con la esperanza de alcanzar, con el título de rey, su completa independencia, y así se apoderó de Lieja en 1467, de Güeldres en 1473 y de Zütphen; Federico únicamente se opuso a estos progresos cuando, con el sitio de Neuss (1474), el peligro había llegado a ser inminente. En cambio procuró con el mayor interés adquirir para su familia derechos sobre Borgoña, casando, a la muerte del orgulloso duque, a su hijo Maximiliano con la heredera de aquél, con lo cual vinieron a parar a sus manos los Estados alemanes que componían aquel ducado, mientras que los franceses se unían a este reino, reclamados por Luis XI. En 1489 heredó también Federico de una rama colateral de los Habsburgos el Tirol, y en 1490, a la muerte de Matías Corvino, volvió a entrar en posesión de sus Estados hereditarios de Austria.

Al año siguiente concertaba el tratado de Pressburgo con Wladislao Jagellón, rey de Bohemia, que había sucedido a Matías en el trono de Hungría, mediante el cual se reconocía el derecho de los Habsburgos a heredar estas coronas. Así, pues, pudo jactarse Federico de haber conseguido, a costa de grandes esfuerzos, fundar el colosal poderío de los Habsburgos, mediante herencias y matrimonios; pero en cambio, el Imperio había ido perdiendo poder y autoridad en el exterior y se hallaba interiormente destrozado por disturbios y desórdenes. Aquél no se acordaba del Imperio sino cuando podía servirle para hacer alguna nueva adquisición para su familia.

Maximiliano I (1493-1519), nombrado ya Rey de romanos desde 1486, fue el sucesor de su padre. Aquél, que había recibido una esmerada educación y estaba al corriente del gran movimiento intelectual del humanismo, dirigió todos sus esfuerzos a la restauración del antiguo poder imperial y se mostró dispuesto a dar al Imperio una organización nueva, siempre que fuera necesario para llegar a aquel fin. En la dieta de Worms (1495) se comenzó a tratar del asunto estudiando una serie de reformas propuestas por Bertoldo de Maguncia. Desde luego se proclamó la «paz perpetua» prohibiendo para siempre y para todas las comarcas del Imperio las luchas intestinas, e invitando a todos a que acudiesen al terreno legal para dirimir sus contiendas.

Con este objeto se instituyó el Tribunal Supremo del Imperio, cuyos miembros, designados parte por el emperador y parte por la Dieta, pertenecían por mitad a la nobleza y a la clase de letrados. Para atender a los gastos que originase este tribunal y crear una fuerza militar permanente encargada de la ejecución de sus decisiones, se acordó la creación de un impuesto especial en forma de capitación.

La Dieta debía reunirse cada año para velar por la paz interior, la ejecución de los acuerdos del Tribunal Supremo y el bienestar de la nación. Aquélla se componía de tres brazos o estamentos: el de los príncipes electores, el de los príncipes no electores y el de las ciudades imperiales; la nobleza inferior no tenía representación en ella. La constituían en total 250 miembros, pero como muchos de ellos no tenían voto personal sino solo corporativo, el número de votos no llegaba a 100.

Demostrada por la práctica la ineficacia de esta asamblea para llenar sus fines, se acordó en Augsburgo (1500) el nombramiento de una comisión permanente de gobierno, compuesta de 20 miembros, 6 en representación de los electores, 12 de los príncipes, condes y prelados y 2 de las ciudades imperiales; al mismo tiempo se dividió el territorio del Imperio en distritos, al frente de los cuales se instituyeron directorios, cuya misión era facilitar el cumplimiento de las órdenes emanadas de la comisión de gobierno.

Mapa del Imperio con la división en circunscripciones de 1512.Mapa del Imperio con la división en circunscripciones de 1512.

La Bohemia y los países vecinos quedaron excluidos del Imperio. Suiza, por su parte, se negó a aceptar el edicto de la «paz perpetua» y a someterse a los acuerdos del Tribunal Supremo, separándose definitivamente del Imperio en la paz de Basilea (1499).

La nueva organización tenía un sello oligárquico, toda vez que se adjudicaba a los príncipes una autoridad y participación decisivas en el gobierno. Las demás clases, especialmente la nobleza inferior y las ciudades, apenas tenían participación en él. Realmente esta organización no llegó a plantearse nunca tal como se había convenido; por una parte la inconstancia y proyectos siempre nuevos de Maximiliano, por otra el disgusto con que veía mermada su autoridad, fueron obstáculos para el planteamiento de estas felices innovaciones, que tampoco era posible realizar sin el apoyo decidido de los poderosos príncipes.

Maximiliano emprendió varias campañas en Italia para restablecer allí su autoridad imperial, pero sus armas cosecharon en ellas pocos laureles. No pudiendo conseguir la sumisión de Italia y su coronación en Roma (no obstante lo cual se adjudicó el título de emperador), buscó por otro lado el engrandecimiento de su casa; el matrimonio de su hijo Felipe el Hermoso con la princesa Juana, hija de los Reyes Católicos, proporcionó a la casa de Habsburgo la monarquía española, a la que iban unidos los reinos de Nápoles, Cerdeña y Sicilia y la América, recientemente descubierta, cuyos vastos dominios heredó su nieto Carlos.

Su segundo hijo, Fernando, se casó con la hija del rey Luis de Hungría y Bohemia, con cuyo matrimonio se afirmaba su derecho a la herencia de estas coronas. Lo único que no pudo conseguir fue la elección de su nieto Carlos para sucederle en el trono, y así, cuando él murió, en enero de 1519, se encontró Alemania sin caudillo y en una de las crisis más decisivas de su historia.

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, t. 4.