Decadencia del Sacro Imperio

El pueblo alemán salió de aquella gran guerra —de los Treinta años—empequeñecido y esquilmado, y en un estado de decadencia tan grande, por lo que respecta a la agricultura y al comercio, que formaba singular contraste con el florecimiento en que se hallaban dos siglos atrás. Tampoco la obra política que aquella engendró fue beneficiosa más que para los Estados territoriales soberanos; la nación, como tal, ninguna ventaja reportó de ella.

Para el porvenir de Alemania hubiera sido preferible que a la disolución efectiva del Imperio, llevada a cabo en el tratado de Westfalia, hubiera seguido la puramente formal que subsistía, pues era evidente que el planteamiento entonces proyectado de una nueva organización nacional no debía llegar a realizarse nunca, por oponerse a ello los intereses encontrados de los diferentes Estados del Imperio.

Aquella absurda representación nacional, la Dieta que se reunió en Regensburgo y que no volvió a disolverse desde 1663, con lo cual perdió su carácter tradicional, se dividía en tres curias: «príncipes electores, príncipes no electores y ciudades»; los miembros de la Dieta no asistían ya a ella personalmente sino que se hacían representar por medio de delegados, que necesitaban continuamente instrucciones de sus representados y que, por consiguiente, podían dilatar indefinidamente la aprobación de cualquier acuerdo que no los acomodase, con el pretexto de no haber recibido instrucciones.

La eficacia de tal representación nacional había de ser, por consiguiente, muy escasa. Lo que llegó a hacerse en el terreno político fue obra de los príncipes, en virtud de su autoridad soberana que podían ejercer con más amplitud desde la paz de Westfalia (1648), que les facultaba hasta para contraer alianzas con el extranjero.

Así sucedió que los electores y demás soberanos rhinianos hicieron en 1658 la alianza del Rhin con Francia, que ejerció grandísima influencia en los asuntos de Alemania, sobre todo durante la época de Luis XIV, por más que los esfuerzos de aquél para heredar la corona imperial a la muerte de Fernando III (1657) se frustraron con la elección de Leopoldo I (1658-1705). La autoridad imperial perdía de día en día su antiguo esplendor, gracias a las nuevas concesiones que iban arrancando los príncipes electores, las cuales se estipulaban en las capitulaciones electorales, y Leopoldo no se acordó de sus obligaciones respecto del Imperio, sino cuando de ello se prometía alguna ventaja particular, como fueron, por ejemplo, la sumisión de Hungría o el sostenimiento de sus derechos a la corona de España al extinguirse la rama española de los Habsburgos.

Esto último fue también uno de los objetos principales de la política de Luis XIV, y en las intrigas y guerras a que este asunto dio lugar se vio también mezclada Alemania, por más que se trataba de una cuestión puramente dinástica en la que no se ventilaban intereses alemanes. El monarca francés pretendió anexionarse las provincias españolas de Borgoña y de Flandes, y emprendió con este fin la guerra contra España (1667-68) y la invasión de Holanda (1672).

Margrave Elector de Brandeburgo y Duque de PrusiaMargrave Elector de Brandeburgo y Duque de Prusia

Del mismo modo que en 1670 se había apoderado de la Lorena, en su guerra contra Holanda, ocupó y devastó sin consideración alguna territorios alemanes, por cuyo motivo el Imperio declaró la guerra á Francia en 1674 y esta excitó a Suecia para que invadiese el Brandeburgo. Las tropas imperiales pelearon con denuedo y con bastante fortuna; el Gran Elector, Federico Guillermo I de Brandeburgo, alcanzó sobre los suecos la brillante victoria de Fehrbellin (28 de Junio de 1675) y les arrebató la Pomerania; pero a los aliados les faltó unidad y decisión y de ello se aprovechó Luis XIV, que pudo así, en la paz de Nimega (1678), conservar la Lorena, las ciudades imperiales de Alsacia, el Franco Condado y una parte de la Flandes española; el Gran Elector tuvo que devolver la Pomerania a Suecia.

Estos éxitos alentaron a Luis XIV a llevar a cabo sus desleales reuniones y la ocupación de Estrasburgo (1681), actos que produjeron en Alemania honda indignación, pero que no determinaron una guerra enérgica con Francia, porque invadido a la sazón el Imperio por un formidable ejército turco, que avanzó en 1683 desde Hungría hasta Viena, poniendo estrecho sitio a esta plaza, era indispensable acudir a esta necesidad con todas las fuerzas disponibles. La victoria de Kahlenberg (12 de Septiembre de 1683) hizo levantar el sitio de Viena, y los brillantes éxitos alcanzados por los ejércitos imperiales mandados por Juan de Lorena, Luis de Baden y el príncipe Eugenio de Saboya contra los turcos, tuvieron por resultado la restitución al emperador de sus dominios hereditarios de Hungría y países adyacentes.

Menos felices fueron las armas alemanas en Occidente. El armisticio de Regensburg (1684) sancionó la posesión por espacio de veinte años de los territorios anexionados por Luis XIV; pero al año siguiente el ambicioso monarca, al extinguirse la línea electoral palatina de Wittelsbach, sostuvo las pretensiones de su cuñada Isabel Carlota a los bienes alodiales del Palatinado; y aunque el emperador, los príncipes más importantes de Alemania, España, Holanda y Suecia formaron una coalición contra él, declaró en 1688 la guerra al Imperio, con el pretexto de no haber querido este reconocer a su hechura, el conde Guillermo de Fürstemberg, como arzobispo de Colonia.

Comenzó sus operaciones arrasando el Palatinado para que no pudiese servir a sus enemigos de base de operaciones: Mannheim, Heidelberg con su castillo, Worms y Spira con sus catedrales fueron bárbaramente destruidas, y aunque, en esta guerra que duró ocho años, pelearon los aliados con valor y las tropas alemanas protegieron el suelo del Imperio, no se pudo conseguir una victoria decisiva; en la paz de Ryswyk (1697), devolvió Francia algunas de sus reuniones, así como la Lorena, pero conservó la Alsacia con Estrasburgo y Sarreluis.

Con motivo de la sucesión a la corona de España se encendió pocos años después la llamada guerra de Sucesión. Toda Alemania tuvo que sufrir sus efectos, pues el emperador Leopoldo había encadenado a su causa a los electores de Sajonia, Brandeburgo, Hannover y el Palatinado, además de otros príncipes, mientras que Luis XIV ganó para la suya a los dos electores de Baviera y Colonia. Al principio pareció que iba a quedar en manos de los franceses y de sus aliados los bávaros toda la Alemania meridional, pero la victoria que obtuvieron el príncipe Eugenio y Marlborough en Höchstadt (13 del Agosto de 1704) arrojó a los franceses sobre el Rhin y dejó la Baviera a merced de las tropas imperiales.

La guerra se sostuvo también en Holanda y en Italia, pero conforme se iba afirmando el éxito, se transparentaba cada vez con más claridad la política exclusivamente dinástica de Austria. José I (1705-1711), sucesor de Leopoldo, declaró proscritos a los dos electores bávaros y sometió la Baviera a su dominación, después de ahogar en sangre una sublevación de la población rural.

Cansado ya Luis XIV de una guerra que solo le ofrecía reveses, hallábase en 1709 dispuesto a renunciar a España y devolver al Imperio todas sus conquistas en la Alsacia y Lorena, pero José rehusó tan favorables proposiciones exigiendo que abandonara su nieto Felipe el trono de España, y por eso continuó la guerra. También su hermano Carlos VI (1711-40), se obstinó en sostener sus pretensiones al trono español; pero las potencias marítimas le abandonaron, firmando con Francia en 1713 el tratado de Utrecht; a pesar de esto continuó el emperador la guerra contra Luis XIV y su nieto, pero con tan poca suerte que se vio obligado a firmar la paz de Rastadt (6 de Marzo de 1714).

Austria se quedó con las posesiones españolas de Italia (Milán, Nápoles y Sicilia) y de los Países Bajos, mientras que Alemania perdió definitivamente, además de la Alsacia, la importante plaza de Landau, teniendo además que confirmar la cláusula del tratado do Ryswyk, referente a la situación religiosa del Palatinado, cuya con consecuencia fue la emigración de multitud de protestantes los que marcharon a América; los lectores de Baviera y Colonia fueron restablecidos en sus dominios. En definitiva, a pesar de los triunfos alcanzados por las armas alemanas, la diplomacia francesa había obtenido la victoria.

Ernesto Augusto I de Brunswick-Luneburgo, Elector de HanóverErnesto Augusto I de Brunswick-Luneburgo, Elector de Hanóver

Algunas casas soberanas de Alemania habían, mientras tanto, sacado importantes ventajas de aquellas azarosas circunstancias, al menos por lo que se refiere a su consideración exterior. El duque Ernesto Augusto de Hannover alcanzó en 1692 la dignidad electoral, en premio de los servicios prestados por sus tropas en las guerras contra los turcos y contra Francia; habían terminado para siempre las continuas divisiones que habían impedido hasta entonces a la casa welfa adquirir una influencia mayor en el Imperio, y en 1714 subió el nuevo elector al trono de Inglaterra, quedando sus Estados alemanes unidos a esta mediante la unión puramente personal.

En 1697 el príncipe elector de Sajonia, Federico Augusto, consiguió, mediante su conversión al catolicismo y gracias al soborno, que empleó en gran escala, ser proclamado rey de Polonia, Entonces recayó la jefatura de los Estados protestantes en el Brandeburgo, cuyo elector, Federico III, gracias también a los servicios prestados a la política imperial, alcanzó en 1701 la dignidad real de Prusia.

La corona de Polonia ocasionó grandes perjuicios a Sajonia, y aun a toda Alemania, que se vio envuelta en la guerra con Suecia (1700-1702); la parte que tomó Augusto II en el ataque a esta nación por Rusia, tuvo por consecuencia que Carlos XII de Suecia le rechazase, persiguiéndole hasta en el interior de Polonia, obligándolo en 1706 firmar la paz de Altranstädt, por la que tuvo que renunciar a la corona polaca.

Por lo demás, aquella formidable potencia militar que había alcanzado Suecia en la época de la guerra de los treinta años, quedó poco menos que destruida en esta otra: Bremen y Verden fueron cedidos al Hannover en 1721, la Pomerania anterior hasta el Peene, con Stettin y las bocas del Oder, pasaron a poder de Prusia, y el dominio del Báltico a Rusia, mucho más peligrosa para Alemania, Las alianzas que algunos soberanos alemanes habían entablado con potencias extranjeras y la creciente importancia política que Prusia había adquirido durante el reinado de su rey Federico Guillermo I, trajeron consigo la decadencia cada vez mayor de la autoridad imperial en Alemania, Carlos VI no pensó nunca más que en sus intereses dinásticos, ni se preocupó más que de asegurar la posesión de sus dominios hereditarios a su hija Maria Teresa, después que hubo conseguido que los Parlamentos de estos Estados aceptasen el nuevo orden de sucesión que estableció la pragmática sanción de 1723, procuró atraer a su causa también a los príncipes de Alemania y a las potencias europeas. Solo Baviera rehusó renunciar a sus pretensiones a la herencia, que se fundaban en parte en antiguos tratados y en parte también en el matrimonio del príncipe elector Carlos Alberto con una hija de José I. Sajonia, que se encontraba en el mismo caso, reconoció el nuevo orden de cosas mediante el apoyo que prestó el emperador al elector Federico Augusto III a sus pretensiones sobre Polonia enfrente de Estanislao Leszczynski, que era el candidato de Francia. La guerra que con este motivo estalló en Polonia (1733-38) se convirtió, pues, en franco-austriaca y tuvo principalmente por teatro Italia y la cuenca del Rhin, de manera que también recayó en parte sobre el Imperio, a cuya costa se hizo igualmente la paz de Viena de 1738, pues a cambio del reconocimiento por parte de Francia de Augusto III como rey de Polonia y de la pragmática sanción, fue cedida la Lorena a Estanislao, debiendo pasar después de su muerte (1766) a la corona de Francia.

Entretanto la nación se había rehecho económicamente, a pesar de las continuas guerras, y en todos los Estados se notaban tendencias a adoptar formas de organización más conformes con los principios modernos. La primera que llegó a plantearse definitivamente fue la de Prusia, cuyo rey, Federico Guillermo I, introdujo en el país, con un régimen verdaderamente espartano, una administración modelo, ordenó la hacienda, proclamó la tolerancia religiosa en el reino y atendió celosamente a su defensa organizando un ejército numeroso é instruido. En los demás Estados alemanes se comenzó por este tiempo a reñir las primeras batallas en favor de la representación parlamentaria y sus privilegios, base fundamental de toda organización verdaderamente monárquica. Las exterioridades de la monarquía absoluta que personificaba Luis XIV se imitaban servilmente en todas las cortes alemanas. Augusto de Polonia-Sajonia, el primer rey de Prusia, el elector de Hannover, y hasta los príncipes de menor categoría, como los duques de Wurtemberg y los landgraves de Hesse, vivían enteramente a la francesa en medio de un lujo desordenado, que consumía las fuerzas de la nación. El afán de ostentación y la vanidad de los príncipes condujo a la erección y decorado de castillos, teatros y galerías, desarrollando las aficiones artísticas del pueblo, al mismo tiempo que enseñaban en las universidades y academias hombres como Leibnitz, Thomasius y Wolf.

Lo único que no había mejorado era la organización política del Imperio; antes al contrario, se iba acentuando más cada día la decadencia de las instituciones nacionales. Es cierto que en 1681 el Parlamento se había ocupado en hacer una revisión de la organización del Imperio, acordando que cada uno de los diez distritos en que aquél estaba dividido (incluyendo Austria y Borgoña) debía contribuir con un fuerte contingente para formar el ejército, cuyo efectivo normal se fijó en 40.000 hombres; cuando fuera necesario aumentar esta cifra hasta el doble o triple, por ejemplo, estos contingentes sufrirían un aumento proporcional, y los gastos para su sostenimiento correrían a cargo de un tesoro imperial de guerra. Pero esta distribución del ejército en contingentes regionales era un obstáculo para poder disponer rápida y enteramente de ellos. En caso de necesidad urgente estaban facultados los soberanos amenazados directamente, para formar ligas de defensa agrupando sus fuerzas respectivas Los soberanos más importantes no enviaban sus tropas con los contingentes de distrito, pues en tal caso hubiera sucedido (como, por ejemplo, al Brandeburgo) que aquéllas habrían tenido que fraccionarse entre diversos contingentes, y lo que hacían era poner su ejército a la disposición del emperador o de sus aliados como tropas auxiliares, y recibían también, según las circunstancias, subsidios especiales. Los ejércitos formados por los contingentes de distrito, mezcla abigarrada de elementos tan heterogéneos, fueron siempre, militarmente considerados, de muy escaso valor.

El tribunal imperial que, después del incendio de Spira en 1693, había sido trasladado a Wetzlar, no tenía el menor prestigio y se le tachaba de dilatar indefinidamente los procesos; pero el Consejo imperial de Viena, que constituía, junto con aquél, el tribunal supremo del Imperio, gozaba fama de venal y estaba desacreditado por su parcialidad. Y lo peor del caso es que esto no se podía corregir, porque una de las capitulaciones que regían desde la elección de Carlos VI impedía hacer modificación alguna en la Constitución del Imperio.

La completa decadencia de este se puso claramente de manifiesto cuando al subir Maria Teresa al trono de Austria en 1740, estalló la guerra entre aquella y Federico II de Prusia (V. GUERRA DE SILESIA) y comenzó al mismo tiempo la guerra de Sucesión austriaca. Alemania se dividió en dos bandos y las naciones extranjeras se mezclaron en sus asuntos interiores y dirimieron sus contiendas sobre el suelo alemán. Con el apoyo de Francia fue elegido emperador el príncipe elector de Baviera, Carlos VII Alberto (1742-45), que no pudo recuperar sus Estados hereditarios, de donde le habían echado los austriacos, y m. en el extranjero, Entonces fue proclamado emperador Francisco Esteban de Lorena (1745-65), esposo de María Teresa, y con él subió al trono imperial la casa de Habsburgo-Lorena. Austria conservó, con la corona imperial, la posición preponderante en el Imperio, pero el naciente Estado prusiano-brandemburgués comenzaba ya a ser el rival formidable que había de acabar por arrojarle de él. Estas rivalidades trajeron consigo la guerra de los Siete años. La ignominiosa derrota de Rossbach (5 de Noviembre de 1737) atrajo sobre las desdichadas tropas imperiales el escarnio de todo el país y ante las hazañas del rey de Prusia y de sus soldados, comenzó a levantarse el decaído espíritu nacional y adquirir el pueblo la conciencia de sí mismo. Del mismo modo, cuando los largos años de paz que siguieron a aquella azarosa época hubieron restañado las heridas de la guerra, el ejemplo de Prusia tuvo una influencia decisiva en el despertar de los demás Estados alemanes. Baden, Baviera, los Estados de Turingia, Anhalt, hasta príncipes eclesiásticos, como los electores de Colonia y de Maguncia, y en particular la misma María Teresa, se esforzaron en mejorar la situación de sus súbditos introduciendo una administración mejor, distribuyendo más equitativamente las cargas e impuestos, reorganizando la hacienda y el ejército, y procurando, en fin, por todos los medios, desarrollar los gérmenes del bienestar nacional y del progreso.

Prusia había llegado durante la guerra de los siete años a la categoría de gran potencia, y podía casi codearse con el Austria. Esto creó en Europa una situación nueva, pues al lado de los Borbones y de los Habsburgos aparecían los Hohenzollern como aspirantes a representar un papel preponderante en la política. José II, hijo y sucesor de Francisco I (1765-90), trató de aumentar la influencia austriaca ensanchando sus dominios personales en el Imperio, buscando así una compensación a la pérdida de la Silesia. Con este objeto entabló negociaciones con el elector palatino Carlos Teodoro, que al extinguirse la línea bávara de los Wittelsbach (1777) había heredado el electorado de Baviera, para que le cediese este país, pero Federico II no lo permitió, y terciando en el asunto como defensor del heredero probable de Carlos Teodoro, el duque Carlos del Palatinado-Dos Puentes, protestó de los designios austriacos de engrandecimiento. José II no se conformó con esto y se encendió la guerra de Sucesión bávara (1778-79), que fue conducida flojamente por ambas partes, quedándose por fin Austria sin Baviera, mientras que se reconocía el derecho de Prusia e la sucesión de los ducarlos de la Franconia, Cuando José II, a la muerte de su madre María Teresa (1780), quedó dueño absoluto de sus dominios hereditarios, consiguió para su hermano menor, Maximiliano, los obispados de Colonia y Münster, encadenó estrechamente la baja nobleza a la corte de Viena y tendió sistemáticamente a ensanchar la esfera de su influencia imperial y a redondear mediante cambios ventajosos sus posesiones hereditarias. Pero los príncipes, cuya independencia se veía seriamente amenazada por la política de José, concertaron, para su defensa, la llamada Liga de los soberanos, a cuyo frente se puso Federico II, y José se vio precisado a renunciar a sus proyectos; pero la esperanza que aquélla hizo concebir de que surgiera de la Liga una unión formal de los Estados alemanes bajo la dirección de Prusia, con instituciones militares, políticas y jurídicas estables, no se realizó porque el rey Federico Guillermo II, sucesor de Federico II (1786-97), abandonó la política de unión y pretendió aprovecharse de la guerra que José II y Catalina II de Rusia hicieron contra los turcos, para hacer nuevas adquisiciones territoriales y erigirse en árbitro de Europa. Estos planes se estrellaron en la prudencia de Leopoldo II (1790-92), hermano y sucesor de José, quien logró calmar los disturbios ocasionados en Austria por las precipitadas reformas introducidas por su antecesor y aceptó la mediación de Prusia para hacer la paz con Turquía. De paso se llegó también a una aproximación entre Austria y Prusia, que terminó en una alianza contra la Francia de la Revolución; pero el natural antagonismo entre ambos Estados influyó todavía durante tres cuartos de siglo de un modo eficaz en la suerte de Alemania.

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, t. 4, págs. 475-478