Historia de la dinastía

De Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana

El conde franco Conrado II, emparentado con la casa de Sajonia, como biznieto que era de Liutgarda, hija de Otón I, fue elegido rey por todo el pueblo gracias a la influencia del alto clero (1024-1039). De carácter semejante a Enrique I, atendió Conrado II a fortalecer de nuevo el Imperio, arregló amistosamente con Canuto II de Dinamarca, sus diferencias acerca de la frontera del N., obligó al sucesor de Boleslao de Polonia a prestarle el juramento de fidelidad feudal y recuperó la Borgoña.

También el tuvo que sofocar rebeliones, en particular la de su hijastro Ernesto. Al igual que Conrado obligó a la Iglesia a contribuir a las cargas del Estado, y por otra parte abolió el carácter hereditario de los grandes feudos, pero conservando el derecho de herencia en los que dependían de él directamente, con lo cual los intereses de la alta nobleza, antes antagónicos con los de la monarquía, quedaron íntimamente ligados con los de esta, pudo disponer de mayores elementos y de un poder más grande que ninguno de sus antecesores, poder que empleó útilmente en ensanchar los límites del reino. Murió en Utrecht en 4-VI-1039, siendo enterrado en la catedral de Spira, construida por orden suya.

Su hijo Enrique III El Negro (1039-1056), elegido ya rey y coronado en vida de su padre, continuó la obra de este, obligando en 1044 a Hungría a reconocer la soberanía de Alemania; dotado de los más puros sentimientos religiosos, y partidario del movimiento reformista cluniacense, se dedicó a realzar la autoridad real enfrente de la Iglesia, interviniendo también de un modo decisivo en los asuntos interiores de esta con general aplauso.

Tres papas que luchaban por ponerse al frente de la Iglesia, promoviendo un cisma escandaloso, fueron depuestos por Enrique Silvestre III, Gregorio VI y Benedicto IX en 1046, y otros cuatro fueron elevados sucesivamente por él a la silla de San Pedro, desde esta fecha hasta 1054 Clemente II, Dámaso II, León IX y Víctor II. Enrique III murió prematuramente, dejando para sucederle en el trono a su hijo Enrique IV (1056-1106), de seis años de edad, bajo la tutela de su madre Inés.

Los príncipes, libres del peso de una autoridad real fuerte, se dieron prisa a aprovecharse de la debilidad del nievo gobierno. Otón de Nordheim le arrancó la investidura del ducado de Baviera, Rodolfo de Rheinfelden recibió con la mano de la hija del rey, la Suabia; y Bertoldo de Zähringen se apoderó de la Carintia. El arzobispo Anno de Colonia se hizo dueño con violencia de la persona del rey (1062), cuya educación logró así que se le confiara, y dispuso liberalmente de los bienes del Imperio como si fuese dueño efectivo del gobierno. Entretanto, la comarca al E. del Elba se rebelaba, separándose otra vez del reino.

Desde 1063 se encargó Adalberto de Bremen de la educación del joven rey, cuya confianza absoluta supo conquistar, fortalecida por el odio que ambos sentían contra los sajones. A los quince años fue declarado Enrique IV mayor de edad, y al año siguiente, cediendo a la imposición de los príncipes, tuvo que separar de su lado a Adalberto, nueva humillación que no perdonó jamás y de la que se propuso tomar venganza.

En 1070, a consecuencia de una denuncia formulada contra Otón de Nordheim, fue este desposeído de la Baviera, que se cedió a su sobrino Welfo; pero como Enrique IV trató luego de oprimir el ducado de Sajonia, para lo cual hizo levantar castillos en los límites septentrionales del Harz para procurarse un buen punto de apoyo sobre el mismo suelo sajón, estalló una insurrección (1073) capitaneada por Otón de Nordheim, que llegó a poner al rey en un grave aprieto, aunque terminó favorablemente para él en la batalla de Unstrut. Esta hubiera sido la ocasión más a propósito para robustecer de una vez el poder real, pero no pudo entonces Enrique IV tomar las disposiciones convenientes para ello por haber sobrevenido a la sazón su rompimiento con el Papa. La intervención de Enrique III en los asuntos de la Iglesia había realzado moralmente el pontificado y puesto los primeros jalones para una seria reforma de la Iglesia.

El fruto de sus esfuerzos fue naturalmente que al dignificarse el pontificado aspirase a verse libre de la molesta tutela del Imperio y aun a sobreponerse a él, tendencia que en 1059 se exteriorizó por vez primera en el decreto del papa Nicolás II, modificando el sistema de elección pontificia, en cuyo acto intervinieron, según la antigua costumbre el clero, la nobleza y el pueblo. Nicolás dispuso que en lo sucesivo solo tuviese derecho electoral el colegio de cardenales, prescindiéndose completamente del concurso de la nobleza romana y del emperador. El inspirador de esta medida fue el cardenal Hildebrando, elegido Papa en 1073 con el nombre de Gregorio VII, quien se propuso levantar el poder y la autoridad de la Iglesia por todos los medios imaginables hasta el límite de lo posible. Hijos de este propósito, que implicaba la sumisión del Estado a la Iglesia, fueron tres decretos prohibiendo el matrimonio de los sacerdotes, la venta de las dignidades eclesiásticas simonía, y ordenando que ningún sacerdote recibiera la investidura de manos de un laico.

Toda la cristiandad católica quedaba ligada por estas leyes, pero su obediencia a nadie perjudicaba tan hondamente como al rey de Alemania, pues desde los tiempos de Otón I eran los obispos los apoyos más firmes del poder real contra las tendencias particularistas de los príncipes, hallándose investidos de derechos señoriales, y siendo por lo tanto dignatarios del reino; por otra parte los ricos dominios eclesiásticos proporcionaban al monarca los abundantes recursos necesarios para el desarrollo de su política; pero este auxilio material caía en gran parte dentro del concepto genérico de simonía, y la prohibición de investidura laica quitaba al rey toda influencia en la provisión de aquellos cargos, para él de tanta importancia.

Enrique IV, no solo no pensó en acatar estos decretos, sino que hizo destituir al papa en un sínodo celebrado en Worms a principios de 1076, y este por su parte contestó a esta provocación excomulgándole. En su consecuencia, casi todo el país se alzó en armas contra el rey, y el octubre de aquel año los príncipes reunidos en Tribur pretendieron elegir un nuevo monarca; el abad Hugo de Cluny logró con su influencia que la destitución se aplazase para el año siguiente, y comprendiendo Enrique IV que para evitarla no tenía más remedio que reconciliarse con el papa, emprendió la peregrinación a Canosa, consiguiendo después de tres días de penitencia (enero de 1077), que el Papa levantase la excomunión que pesaba sobre él.

Como no obstante esto, los príncipes eligieron rey a Rodolfo de Suabia (1077-1080), se encendió la guerra civil, que si bien no terminó al morir Rodolfo de Suabia en la batalla de Molsen (1080), se apaciguó bastante. Gregorio VII había formulado por segunda vez la excomunión contra Enrique IV y reconocido como rey a Rodolfo de Suabia, pero aquél, cuyo partido iba aumentando cada día, resolvió pasar a Italia (1083), se apoderó de Roma y recibió del papa Clemente III (antipapa) —a quien hizo elegir en un sínodo reunido a toda prisa)— la corona imperial. Gregorio VII huyó, muriendo desterrado en Salerno. La lucha con la Iglesia no estaba, sin embargo, decidida; las hondas discordias producidas en Alemania por causas de las que ni siquiera tenían conciencia muy clara los mismos contemporáneos, desencadenaron una espantosa guerra civil. Los hijos del emperador Conrado III (1092) y Enrique V (1105), se rebelaron contra su padre, y este, proscrito y abandonado, murió repentinamente el año 1106.

El partido papal unido a los príncipes por el sentimiento de oposición al monarca difunto, apoyó al nuevo rey Enrique V (1106-1125), pero tampoco pudo este, por más esfuerzos que hizo para vivir en paz, renunciar a su influencia sobre los obispos alemanes; en 1111 obligó al papa Pascual II a que le coronase como emperador; pero el tratado que entonces firmaron no se cumplió y en la dieta de Worms (1122) se pudo llegar por fin a un acuerdo, para acabar la guerra civil, en virtud del cual se establecía la distinción entre los obispados según que fuese su carácter meramente espiritual o temporal, y se prescribía la doble investidura : eclesiástica (anillo y báculo) y del monarca (cetro y espada). Enrique V murió en 1125, y con él se extinguió la dinastía sálica (de Franconia).

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, t. 4 págs. 463-469.