Enrique IV de Alemania

Datos biográficos

Dinastía: Franconia
Empe. Sacro Imperio: 1084-1106
Nacimiento: 1050
Fallecimiento: 1106
Predecesor: Enrique III
Sucesor: Rodolfo de Suabia

Biografía

Rey de Alemania, 1056-1105/06. Hijo de Enrique III, n. en Goslar en 1050 y m. en Lieja en 1106. Tenía seis años cuando murió su padre, y solo contaba cuatro cuando fue reconocido como sucesor del trono (1053). Quedó bajo la tutela de su madre Inés de Aquitania. La vigorosa administración de Enrique III, en tanto que había asegurado, en conjunto, la prosperidad de la nación, excitó entre los grandes un gran descontento, e inmediatamente después de su muerte comenzaron las tentativas para recabar parte de los privilegios de que habían sido despojados.

Humillación de Enrique IV ante el Papa.Humillación de Enrique IV ante el Papa para pedirle su perdón. Pintura de Eduard Schwoiser 1852.

Inés, carácter demasiado apático para contender con ellos, trató de atraérselos a costa de importantes concesiones, y los malos efectos de una débil autoridad central se dejaron sentir bien pronto en toda Alemania. Finalmente, en 1062, Anno, arzobispo de Colonia, consiguió apoderarse del rey, e Inés resignó los poderes. Anno era un prelado duro y despótico y despertó en Enrique un odio profundo por la severidad de su disciplina. En Adalberto, arzobispo de Brema, que era un carácter diametralmente opuesto al de Anno, jovial, mundano y cariñoso, encontró el de Colonia un competidor peligroso. A Adalberto le fue confiado al principio una pequeña parte de la educación de Enrique, pero últimamente se ganó por completo su afecto y llegó a ser el ayo exclusivo. Al cumplir los quince años fue declarado Enrique mayor de edad, de acuerdo con el Código, pero la autoridad imperial, realmente era ejercida por Adalberto, que despertó la envidia de los magnates, tanto por la esplendidez de su vida como la oposición que mostraba a su encumbramiento. En una Dieta celebrada en Tribum tuvo que resignar sus poderes en manos de Anno.

Educado bajo esas diversas influencias, Enrique se hizo apasionado y voluntarioso; pero estaba dotado de una inteligencia nada común, y, puesto a ello, iba derecho al objeto con inflexible ardimiento. Para contrarrestar en lo posible los excesos de su vida privada, Anno le hizo contraer matrimonio con Berta, hija del margrave de Susa, que le había sido prometida hacía varios años. Al principio la trató con gran despego, pero cuando le hubo dado un hijo; en 1071, la emperatriz consiguió ganar su afecto, y fue después su mejor y más fiel amiga.

El reinado de Enrique IV fue uno de los más turbulentos de la historia de Alemania. Sus principales dificultades comenzaron por causa de Otón de Nordheim, duque de Baviera, a quien se acusó de haberle querido asesinar. Le privó de sus títulos y honores y sus dominios fueron invadidos y confiscados. Apoyado por el duque Magno de Sajonia, intentó rebelarse, pero ambos príncipes fueron prontamente sometidos. Una nueva rebelión fue organizada por Otón de Nordheim, el cual, inesperadamente, se presentó con 60.000 hombres ante los muros de Harzburgo, inexpugnable fortaleza sajona donde Enrique residía. El emperador apeló a la fuga, pero los príncipes empezaron a manifestarle tal frialdad, que el soberano creyó acertado acceder a casi todas las demandas de sus enemigos.

Pero pronto se le presentó una ocasión para vengarse, ocasión proporcionada por una banda de campesinos, que destruyeron una capilla dependiente del castillo de Harzburgo, y violaron las sepulturas de algunas persona reales. Entonces no encontró dificultad en levantar un ejército, y después de derrotar a los rebeldes en Hohernburgo (1075), les impuso sus condiciones, pareciendo el principio de la consolidación del ascendiente ejercido por Enrique III.

Entretanto Hildebrando, elevado al solio pontificio con el nombre de Gregorio VII, había ya indicado su designio de que el papado pudiese gozar duna total independencia en el ejercicio de sus funciones temporales y espirituales. Enrique apeló a su autoridad para que degradase a varios prelados que habían hecho causa común con los rebeldes. En lugar de responder favorablemente a la demanda, Gregorio emplazó al emperador para que respondiese de ciertos cargos formulados por sus súbditos contra él. Sin detenerse a considerar todo el poder que el papado había adquirido a consecuencia de las reformas efectuadas por su padre, Enrique convocó un concilio de prelados alemanes, que se reunió en Worms en 1076, y declaró depuesto al pontífice. Gregorio VII replicó fulminando la excomunión. Los partidarios del emperador mostraron en el acto tal desafección, que el emperador juzgó de todo punto necesario una reconciliación con el Papa.

Escapando de sus enemigos cruzó los Alpes en lo más duro del invierno, llevando por únicos compañeros a su mujer, su hijo y unos pocos fieles. Los nobles de Lombardía estaban dispuestos a sostener su causa, pero el prefirió continuar hasta el castillo de Canosa, donde el Papa residía, con su protectora la condesa Matilde. Allí ocurrió la famosa escena en la cual Enrique, el más grande de los potentados seculares, permaneció tres días en el patio del castillo, envuelto en hábito de penitente, y suplicando ser admitido a presencia del pontífice.

La excomunión fue levantada; pero esto no obstante, los príncipes alemanes eligieron por su rey al duque Rodolfo de Suabia, que pronto se vio abiertamente apoyado por el Papa, al cual disgustaba la pertinaz oposición de Enrique a su gran proyecto de librar al clero del sistema de investidura feudal. Enrique renovó su sentencia de deposición contra Gregorio, nombrando a Guilberto, arzobispo de Rávena, como su sucesor con el nombre de Clemente III.

Después de la muerte del antirrey Rodolfo en 1080, Enrique marchó a sostener sus derechos en Italia y en 1081 se apoderó de Roma, donde Clemente III le coronó emperador. En Alemania, el conde Hermann de Luxemburgo había sido elegido como sucesor de Rodolfo y en 1085 derrotó a Enrique junto a Wurzburgo, pero en 1087, se retiró voluntariamente del poder, muriendo poco después.

Un tercer antirrey, el margrave Eckberto de Meissen, murió en 1089; y de tener paz fuera de su reino, era seguro que la hubiese disfrutado en él. Pero Víctor III y Urbano II, los sucesores de Gregorio VII, que murió en 1085, continuaron en oposición contra él, y, en 1090, se vio obligado a dar la vuelta a Italia por tercera vez para defender al antipapa Clemente III, hechura suya. Mientras estaba atareado en esta lucha, supo que su hijo Conrado había sido inducido por el partido papista a rebelarse contra él. Abrumado por este inesperado golpe, y lleno de desaliento, el emperador se recluyó en una lejana fortaleza, donde permaneció inactivo durante varios años. En 1096 recobró los ánimos; regresó a Alemania y, mediante oportunas concesiones, pudo apaciguar a sus principales enemigos.

Una Dieta celebrada en Maguncia decidió que Conrado había perdido sus derechos a la corona, siendo nombrado Enrique, segundo hijo del emperador, sucesor a la misma. En el espacio de dos años murieron el Papa Urbano II, el antipapa Clemente III y Conrado; Enrique concibió esperanzas muy fundadas de terminar tranquilamente sus últimos días. Pero el papa Pascual II, siguiendo la política de sus predecesores, reiteró la excomunión sobre el emperador, que llegó a la desesperación viendo a su hijo y heredero a la cabeza de los partidarios del papa.

El anciano monarca, engañado con falsas promesas, cayó en sus manos y fue recluido en una fortaleza. Huyó y pudo refugiarse en Lieja, donde hubiera podido aún levantar un ejército; pero en 1106, la muerte le relevó de tantas tristezas. El obispo de Lieja le dio honrada y cristiana sepultura; pero sus enemigos le desenterraron, llevaron el cuerpo a Espira y le dejaron cinco años en una capilla sin consagrar, al cabo de los cuales, levantada la excomunión, pudo reposar su cuerpo en sitio adecuado.

La vida trágica de Enrique IV y la grandeza de los acontecimientos en que se vio mezclado, han acrecentado bastante el brillo de su personalidad. Era generoso, hábil, valiente, de gran imaginación pero inconstante, impresionable y accesible a las influencias más contradictorias. No llegó a comprender las grandes revoluciones cumplidas durante su reinado.

Recibió un poder extraordinariamente debilitado durante su minoría, y no pudo ni impedir que los papas se declarasen jefes supremos de la cristiandad y preparasen la subordinación total de los prelados a la Santa Sede, ni poner a raya la revolución que descomponía al imperio en principados territoriales; hasta los mismos favores que prodigaba a las ciudades apresuraban la dislocación. En su lucha contra la aristocracia germánica, llevó la parte peor; en Italia vio disminuir el poder imperial; finalmente en su empeño temerario contra el tesón de Gregorio VII y sus sucesores, acabó por sucumbir.

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, tomo 20 págs. 10-12.