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Francisco de Croix

Historia de España, Europa e Hispanoamérica

Biografía

Virrey Carlos Francisco de Croix

Croix, Carlos Francisco de. Marqués de Croix. Lille (Francia), 1.I.1703 – Valencia, 28.X.1778. Capitán general, virrey de Nueva España.

Nació en el seno de una familia de gran tradición militar y de servicio continuado a la Monarquía española.

A los veintiún años entró en el Ejército y sirvió primeramente, gracias a su estatus nobiliario, en el Regimiento de Guardias Valonas, del cual pasó seguidamente a la Compañía Flamenca de Guardias de Corps, en el seno de la cual tuvo el privilegio de ser uno de los tres oficiales que quedaron exentos y acompañaron al infante Carlos —futuro Carlos III— desde España a su jornada en Parma, en el año de 1731.

De Italia fue trasladado a Sevilla, donde se encontraba la Corte a dar la noticia el rey Felipe V de que el infante Carlos había quedado perfectamente instalado en el trono italiano. Ascendido a brigadier, ya como coronel comandó el Regimiento de Infantería de Flandes. Durante las dos guerras de Italia, entre 1740 y 1746, fue ascendido nuevamente a mariscal de campo y a teniente general. participó activamente en las jornadas de Pavía, sitio de Tortosa y Campo Santo. Al concluir esta contienda fue destinado al gobierno político y militar de Ceuta, para posteriormente asumir las comandancias militares de Andalucía y Galicia.

Se encontraba en su destino de Galicia cuando recibió notificación del bailío Julián de Arriaga, a la sazón ministro de Indias, con fecha 5 de noviembre de 1765, por la que que se le notificaba el nombramiento como virrey de Nueva España en sustitución del marqués de Cruillas. Se procuró que partiera lo más rápidamente posible a su nuevo destino, ya que la sucesión del anterior virrey corría prisa ante el vacío de poder y las grandes dificultades, especialmente en el aspecto militar, que esperaban al nuevo virrey. Así, se trasladó a Cádiz ya en marzo de 1766, aunque no pudo partir hasta el 3 de mayo a bordo de El Dragón.

alcanzó finalmente el puerto de destino, Veracruz, el 10 de julio de 1766.

Recibió instrucciones muy precisas del ministro de Indias para su gobierno, entre las que destacaban: promover el ramo de guerra, y en especial la fábrica de pólvora y fundición de artillería; establecer tropa reglada reformando las ya existentes según la disposición del visitador Juan de Villalba; formar un número apropiado de tropas de milicias que permitieran su extensión por todo el virreinato; aumentar la fortificación del puerto de San Juan de Ullúa; aumentar las rentas del erario público con las pertinentes órdenes de arreglo de los diferentes ramos de la hacienda, y mejorar la administración de los diferentes ramos fiscales.

El comienzo de su mandato coincidió con la visita de José de Gálvez al virreinato, con quien en un principio no pareció llevarse muy bien, dado que se recibieron noticias en España acerca de la poca coordinación entre ambos. El Rey les ordenó llevar la armonía a sus relaciones para lograr los máximos beneficios de los diferentes objetivos. Coincidió su gobierno, pues, con una de las etapas más difíciles e interesantes del virreinato novohispano, ya que Carlos III estaba deseoso de evitar un nuevo enfrentamiento con Inglaterra, lo que no evitaba que ordenara mantener listas y dispuestas las fuerzas armadas en todo el Caribe español ante cualquier eventualidad.

Una de las primeras misiones de Croix, nada más arribar a Veracruz, fue encargarse personalmente de la seguridad de la flota que debía regresar a España cargada de plata. Demorando su llegada a México capital para hacerse cargo del gobierno, permaneció en el puerto de Veracruz hasta agosto, para hacerse una idea clara del peligro que se podía cernir sobre una flota que llevaba más de catorce millones de pesos. Finalmente estimó que no existía peligro real, pero dicha flota no partió hacia la Península hasta noviembre de ese año.

Poco después de su llegada a la capital, Croix se entrevistó con el visitador Gálvez, con quien, finalmente, pudo tener una buena coordinación.

Desde agosto de 1766 a septiembre de 1771, se llevan a cabo en Nueva España cinco empresas de particular interés y que sitúan en lugar muy destacado la época del gobierno del marqués de Croix. Éstas son la culminación de la visita de José de Gálvez, la expulsión de los miembros de la Compañía de Jesús, la ejecución de la expedición militar de Sonora, la ocupación de la Alta California y el IV Concilio Mexicano.

Al mismo tiempo, durante este quinquenio la política internacional de España, aunque en último término sigue vías de paz desde 1763 a 1779, sufrirá tres crisis: la primera, a tiempo que el marqués iba a hacerse cargo del mando, en 1766, lo que motivó el retraso en la salida de la flota de Idiáquez de Veracruz; la segunda, lo que en el gobierno de Madrid no pasa de ser la transmisión de un fantástico plan inglés para la conquista de México, determina en Nueva España un considerable incremento de los efectos militares, a principios de 1767; la tercera, verdadero colapso de las relaciones de Carlos III con la potencia británica y momento decisivo para la alianza hispano-francesa representada por el Tercer Pacto de Familia, ocurre entre 1770 y 1771 con ocasión del famoso incidente de las Malvinas, y puso a Croix al borde de un estado de guerra semejante al adoptado en 1762 por su antecesor, el marqués de Cruillas.

La situación militar que se encontró el virrey no era muy buena, con unas milicias desorganizadas e incluso algún que otro tumulto. La reorganización que inició Croix coincidió en el tiempo con la del visitador militar Villalba, quien ya llevaba tiempo proponiendo cambios en las milicias, algunos de los cuales no fueron muy bien acogidos por los lugareños. Algunas de las levas provocaron malestar y las que se habían llevado a término no gustaron al virrey, debido a la mala disposición de los reclutas, que no tenían ningún interés por servir en la milicia.

Una de sus primeras decisiones, estando en Veracruz, había sido la de modificar el pie del Cuerpo de Lanceros de esa plaza. Esta compañía tenía un número indefinido, como de ochocientos hombres a caballo, que servían en haciendas, hatos y rancherías, y aún había otros que carecían de domicilio fijo. era su principal ocupación la de prender desertores por las inmediaciones. Croix encargó al gobernador Ferraz la elaboración de un reglamento, que este firmaba el 6 de septiembre y en el que el número de ochocientos cincuenta y nueve lanceros que en el día se contaban venía a reducirse al de setecientos ochenta, divididos en cinco escuadras de ciento cincuenta y seis, con sede en Tlaliscoyan, Medellín, Campos de Veracruz o Médanos, Xamapa y Boca del Río. Los lanceros, que servían sin prest, sólo tendrían que salir de patrulla por los caminos un día al mes, mientras que los cabos y sargentos que sí cobraban, estarían permanentemente en campaña. Este cuerpo costaría al Rey siete mil pesos al año. Por otra parte, creía el virrey oportuno tener en servicio permanente cuarenta o cincuenta lanceros, con prest de dos reales y medio, para que hicieran el servicio diario en la plaza de Veracruz.

Dentro de la perspectiva general con que el virreinato se ofrecía a los ojos de Croix en los primeros meses de su gobierno, advertía el marqués que las milicias nunca igualarían en eficacia a las tropas veteranas y, por otra parte, que en Nueva España era preciso suplir con la abundancia de cuerpos militares la escasez de fortificaciones, por lo que creía necesario aumentar los contingentes veteranos que se repartirían en México, Puebla y Veracruz. En 1766 se extendió el rumor, fundado en noticias que provenían de Londres, de un levantamiento general o insurgencia contra la presencia española. Las autoridades en Madrid no se tomaron muy en serio la amenaza, aunque de todas formas el ministro Arriaga informó a Croix para que tomase cartas en el asunto y estuviera atento a cualquier eventualidad. La falta de recursos materiales y, especialmente, humanos, provocó que el virrey, en enero de 1767, tomara la determinación de segregar un batallón del Regimiento de Infantería de América para convertirlo en un nuevo Regimiento, al que se añadirían efectivos por reclutar.

Al mismo tiempo, aprobaba Croix la leva propuesta por Antonio Pol, teniente del Regimiento de Milicias Provinciales de México, para formar una compañía de Fusileros de Montaña de cien hombres con destino en la expedición de Sonora. Pol sólo pondría en ello su trabajo, pidiendo a cambio patente de capitán, que le fue otorgada por el virrey, que simultáneamente pedía otra compañía igual que servía en La Habana y otras seis que podrían enviársele de la Península, suponiendo que con estos ochocientos hombres podrían formarse poblaciones militares en la frontera, ahorrándose la mitad del medio millón de pesos que anualmente costaban al Rey los inútiles presidios del norte. La leva de las restantes tropas veteranas se hizo por contrata con sujetos particulares.

Juan Cambiaso y Matías de Armona se comprometieron a formar el 2.º batallón del Regimiento de la Corona, del cual Cambiaso sería coronel y Armona, sargento mayor; Miguel Laso de la Vega, sevillano, vecino de Veracruz, se hizo cargo de la recluta de las diez compañías de dragones, a cambio de lo cual sus dos hijos serían hechos capitanes. Cambiaso, Armona y Laso de la Vega hacían esta misión a su costa, pagando los equipos, utensilios, armamentos y monturas de toda la tropa.

El asunto del poblamiento y expansión por Nuevo Santander fue el primer hecho en el que actuaron conjuntamente el virrey y el visitador Gálvez. Así, en enero de 1767, se reunió una junta de guerra en la que se decidió formar una expedición militar de tropa veterana para combatir a los apaches sublevados en Sonora y Sinaloa. El 26 de marzo salieron los cien dragones de España con el coronel Elizondo, y el 29, los otros cien de México conducidos por el capitán Miguel Gallo. A principios de junio de 1767 se hallaban los cuatrocientos hombres concentrados en Tepic, y Gálvez contaba con unos doscientos mil pesos para llevar adelante la ejecución de su idea de colaboración y expansión por aquella zona. Este caudal se engrosaría aún lentamente con los donativos de los obispos y cabildos eclesiásticos del distrito del virreinato y de Nueva Galicia, y con los de los jesuitas de las misiones que ofrecieron cantidades apreciables de reses y harina.

Uno de los aspectos más importantes del mandato de Croix fue el asunto de los situados, o remisiones de numerario de naturaleza militar hacia las guarniciones caribeñas. Las posesiones en Florida, Cuba —con sus dos grandes guarniciones de La Habana y Santiago más el vital astillero militar de la capital—, Santo Domingo y Puerto Rico absorbían ingentes cantidades de dinero que no siempre estaban disponibles. Sin embargo, era vital para la política de la administración virreinal sostener estos territorios, ya que, exceptuando Cuba, los demás apenas si tenían recursos propios para equilibrar el déficit militar, siempre in crescendo. A mediados de 1767, y pese a todos los esfuerzos financieros, Croix tuvo que reconocer una deuda de más de dos millones de pesos para con las principales guarniciones que dependían del virreinato, precisamente en un momento en que se estaban produciendo profundos cambios en la política de la administración militar que demandaban fuertes sumas de dinero. La lista de acreedores era interminable, ya que también caía bajo su responsabilidad el sostenimiento de la barrera de presidios de la frontera norte del virreinato, pero las rentas locales escaseaban, por lo que se les dio prioridad a las más significativas e importantes guarniciones caribeñas, en especial al astillero de La Habana, inmerso en un profundo y costoso programa de construcción naval.

El segundo semestre de 1767 correspondió a un breve pero dramático ciclo decisivo en la historia de México, y ello en virtud de dos hechos que tuvieron características de verdadera acción traumática sobre el cuerpo social del virreinato. Una resolución tomada por el Rey en España incidía de manera inesperada y brutal sobre el turbio momento que vivía México y desencadenó una serie de brotes subversivos que había que dominar con derramamiento de sangre. La expulsión de la Compañía de Jesús respondía a motivaciones que eran ajenas al planteamiento político, social o ideológico del virreinato. El Decreto promulgado por el rey Carlos III el 27 de febrero de 1767 obedecía principalmente al deseo de quebrantar y hacer a un lado la resistencia que a su poder absoluto presentaba aquel cuerpo perfectamente organizado y de profundas raíces en toda la nación. La extirpación de los jesuitas de Nueva España tuvo funestas consecuencias para Croix, quien tuvo que enfrentarse a descontentos que le eligieron a él como principal objetivo.

El 25 de junio se presentó Gálvez en el Colegio Máximo de los jesuitas de México y comunicó solemnemente la orden de expulsión a la comunidad, sorprendida y confusa, que dócilmente se dispuso a obedecer. Otro tanto ejecutaron Areche, Gamboa, Martínez de la Concha y Joaquín de la Plaza en la Casa Profesa y en los colegios de San Andrés, San Ildefonso y San Gregorio. En pocas horas, todos los jesuitas de la capital y sus contornos se hallaban camino de Veracruz. Otro tanto ocurría en casi todas las poblaciones del virreinato en las que los padres habían hecho morada. El mismo día se promulgaba el bando de Croix a los mexicanos. En noviembre de 1768, y después de que varios jesuitas muriesen en las cárceles a causa de enfermedades, pusieron rumbo a España desde Veracruz los que aún quedaban.

Diez días después de publicarse la expulsión general de los jesuitas del virreinato, se tenían en México claras noticias de la resistencia con que para la ejecución de esta orden se tropezaba en determinados lugares de Nueva España. Sin mayor demora, Croix dispuso con Gálvez la salida de este último de la capital con setecientos hombres de tropa para apoyar con las armas la ejecución de las decisiones del Rey. Se puso aquel cuerpo expedicionario bajo el mando del teniente coronel del Regimiento de la Corona Juan Cambiazo, utilizando la fuerza de los regimientos de América, Corona y Pardos Provinciales de México —con un total de 402 hombres de infantería— y de los de España, México y Provincial de Querétaro —361 de caballería—. Estallaron también tumultos en Potosí, donde el desarraigo de las minas había provocado ya un nivel de inquietud elevado. En los posteriores juicios contra los amotinados, se impuso una decena de condenas de muerte, que llegaron a ser cumplidas; en algunos casos las cabezas de los ajusticiados fueron puestas en picotas públicas para escarmiento y aviso.

La expulsión de los jesuitas fue, por otra parte, causa de que el virrey concediese fuero militar —como lo tenía el Regimiento del Comercio— a las tres compañías de Panaderos, Tocineros y Plateros de México: las dos primeras de Caballería y la tercera de Granaderos.

Croix estimaba justa esta distinción para unas tropas urbanas que, sin otra recompensa, habían hecho las rondas y patrullas de la capital desde el 25 de junio, mientras las fuerzas veteranas estaban en Potosí, en Sonora o custodiando los colegios de los jesuitas.

Tanto esas compañías como las del Comercio dejaron las armas el 1 de enero de 1768, cuando ya Gálvez había regresado con su escolta. En cambio, continuaron en el servicio los regimientos de Blancos y Pardos, porque sin su cooperación no podrían el de América y el 2.º batallón de la Corona atender a cubrir, además de las guardias ordinarias, otras siete que se habían instalado en la fábrica de pólvora y en los seis colegios de los expulsos, más varios puestos que a modo de policía les hacía cubrir el virrey para preservar el orden público. En total, las guardias y piquetes que habían de cubrir los veteranos y milicianos ascendían a treinta y dos, y en ellos se empleaban diariamente 742 soldados y 24 oficiales. Éstas eran las extraordinarias precauciones de que la gente se hacía lenguas en aquel tiempo, atribuyéndolas a miedo del marqués a la sublevación general que creía inminente.

De hecho, los efectivos que en la capital existían entonces de los cuatro regimientos apenas pasaban de los tres mil cuatrocientos hombres. El extrañamiento de los regulares dio también lugar a que la solemne ceremonia religiosa de honras fúnebres por los militares difuntos, que anualmente había venido celebrándose en la iglesia de la Casa profesa de los jesuitas pasase a tener lugar en la catedral, después que Croix pretendiera hacerla circular por turno a todos los conventos de la ciudad.

En febrero de 1768, Rubí regresó de una importante inspección militar por los presidios del norte del virreinato, y presentó posteriormente un detallado informe sobre la cadena de presidios y sus posibles mejoras, que fue la base sobre la que se aprobaría en 1772 el nuevo reglamento para los presidios que corrían desde las Californias hasta la frontera este de Texas. También en los años finales del mandato de Croix, y por inspiración de Gálvez, se pusieron las bases para la posterior creación de la Comandancia general de las Provincias Internas del Norte de Nueva España, erigidas oficialmente en 1776 bajo el mandato del virrey Bucareli, pero cuyos planes originales se fraguaron entre 1768 y 1770, sobre el proyecto original de Gálvez y Croix.

A principios de 1771, tanto Gálvez como Croix se preparaban ya para acabar sus misiones en el virreinato, en espera el primero de un buen recibimiento en la corte, y el segundo de un incierto destino, ya que los problemas que había tenido que lidiar le habían puesto ante uno de los retos más difíciles del virreinato en el siglo xVIIi. En agosto del mismo año le hizo entrega al virrey entrante, Bucareli, del mando del virreinato, él salió de México el 21 de septiembre de 1771. Después de ciertas demoras, llegó a Cádiz el 20 de mayo de 1772.

Como era costumbre, se le abrió juicio de residencia, al tiempo que entregaba al Rey un amplio memorial sobre los acuciantes problemas de la hacienda y los aspectos más destacados de su gobierno. Carlos III consideró que, pese a algunos aspectos manifiestamente mejorables, había cumplido con creces su difícil mandato. En septiembre de 1774, mientras aún esperaba el dictamen del Consejo de Indias sobre su gobierno, recibió, en atención a sus servicios, un abono de doce mil pesos. Fue nombrado mientras tanto como máximo responsable de la Capitanía General de Valencia, en cuyo ejercicio murió el 28 de octubre de 1778.