María I de Portugal

Datos biográficos

Dinastía: Braganza
Reina de Portugal: 1777-1816
Nacimiento: 1734
Fallecimiento: 1816
Predecesor: José I
Sucesor: Juan VI

Biografía

Cuando en 1777 murió José I, doña María, reconocida heredera, se negó a recibir desde el primer instante al ministro Pombal. Se apresuró, por el contrario a devolver la libertad a todos los complicados en la intentona de Aveiro, miembros los más de familias poderosas, y en general a cuantos había hecho sufrir el ministro en desgracia el peso de la ley.

Maria I, reina de Portugal, atribuido a Giuseppe TroniMaria I, reina de Portugal, atribuido a Giuseppe Troni

Pombal dimitió el cargo y cuantos honores iban anexos. Soportando con entereza la adversidad se retiró a la villa de Pombal. Pero allí se vio acosado por todos sus enemigos. Se pidió y obtuvo la revisión del proceso sobre el frustrado regicidio de Aveiro, y la revisión, ocupando los puestos más importantes los enemigos de la política pombalina, dio por resultado la inocencia de todos los complicados. En su virtud el marqués fue condenado como criminal y sentenciado a penas muy rigurosas. La reina parece que resistió cuanto pudo esta persecución; y cuando se dictó la sentencia la conmutó por la de destierro a más de 20 leguas de Lisboa, pero murió poco después (1782). Entre tanto, los asuntos públicos sufrían la influencia de una gobernación inepta. La fundación de la Academia de Ciencias y de la Biblioteca pública de Lisboa fueron consecuencia de los planes pombalinos.

Es justo destacar la labor de Martín de Mello y Castro, ministro de Marina, que se preocupó con fortuna de la reorganización de los elementos navales. Con España se concertaron los tratados de San Ildefonso y del Pardo. que arreglaban las diferencias pendientes en las colonias de América y África. Desde entonces la islas de Fernando Poo y Annobom fueron incorporadas a los dominios españoles. Como si quisiera el destino confirmar las preocupaciones de Pombal, las medianas luces mentales que siempre acreditó doña María se eclipsaron apenas fallecido aquel gobernante. Después de una temporada de profunda taciturnidad la soberana perdió la razón por completo. Poco antes (1786) había muerto el rey consorte, su tío don Pedro [Pedro III], personaje por otra parte insignificante, y el hijo primogénito don José, duque de Beira.

En infante Juan, regente

Hubo, pues, que habilitar de regente al infante don Juan [Juan VI] que se educaba en el convento de Mafra, con más aficiones a la vida devota que a los esplendores y preocupaciones del oficio de rey. Coincidió su advenimiento al trono con el estallido de la Revolución francesa, y Portugal se vio arrastrado a tomar parte en la Liga de soberanos europeos forjada con intento de atajar aquel formidable movimiento emancipador. La Convención francesa que había gestionado la neutralidad del pequeño Estado, castigó sus incorporación a Inglaterra y España, infligiendo a su comercio pérdidas considerables.

España se retiró de la lucha por la paz de Basilea, y Portugal quedó, asistido por Inglaterra, haciendo frente a las iras de Napoleón, que ejercía ya el Consulado y preparaba sus planes contra el poderío británico. Era esencial para ello cerrar al Reino Unido puertos del Occidente ibérico. España estaba anuente a esa política; faltaba Portugal, y Bonaparte consiguió que Carlos IV, suegro del príncipe regente, amenazase con la invasión. Como importaba a Portugal no dar pretexto a los franceses para intervenir, llegó pronto a un arreglo, que consistió Tratado de Badajoz, 1801; en cerrar los puertos a Inglaterra, ceder a España la plaza de Olivenza y pagar a Francia una indemnización. No convenía a Napoleón este arreglo y lo rechazó, no obstante haber intervenido en él su hermano Luciano.

Pero es sabido que el Gobierno de Madrid mantuvo lo acordado, aunque ante la amenaza de Bonaparte de que el ejército francés enviado sobre Portugal no tramontaría los Pirineos sin obtener mejores ventajas, se llegó al Tratado Madrid de Noviembre de 1801, por el cual la nación portuguesa se comprometía a no admitir en sus puertos navíos ingleses hasta la terminación de la guerra, a recibir las mercancías francesas con las mismas franquicias que disfrutaban las británicas, a la cesión de 60 millas cuadradas en la Guayana y al pago de 25.000.000 de francos, levantados con la garantía de las minas de Brasil.

Pocos años pasaron tranquilos después de esta paz. Napoleón no cejaba en sus planes contra Inglaterra. Su pensamiento del bloqueo continental estaba a punto de realizarse; Portugal era un factor indispensable. No daba el menor motivo el pequeño Estado, fiel y resignado observante de la paz última, para la menor violencia; pero es sabido que el emperador inventó el pretexto conminando al Gobierno portugués a que en veinticuatro horas expulsase a todos los súbditos ingleses de su territorio, confiscase sus bienes y rompiera las relaciones con Inglaterra.

Aunque el regente procuró aplacar estas exigencias enviando a París al conde de Marialva con ricos presentes y la misión de pedir para el infante don Pedro la mano de la hija de Murat, no faltaron al emperador pretextos para extremar su política de fuerza. Decretó pues la expedición sobre Portugal al mando de Junot y concertó con España el tratado de Fontainebleau (1807), mediante el cual el infante de España recibiría el N. de Portugal, donde reinaría; Godoy seria príncipe del Alentejo y los Algarves, el resto del país, Extremadura, Beira y Tras-os-Montes, quedaría en manos del emperador para combinaciones definitivas al terminar la guerra.

La marcha del ejército de Junot, a través de España, fue penosísima Las tropas llegaron a pisar territorio portugués hambrientas y desnudas. La corte portuguesa las vio avanzar, y aun pisar el territorio nacional, sin hacer preparativo alguno de defensa, pensando solo en huir al Brasil. Esta fuga, que presenció la multitud indiferente y consternada, solo arrancó alguna protesta a la Reina Loca, la cual, mientras la conducían al muelle para embarcar en los navíos ingleses ofrecidos para esta empresa, decía: ¡Huir, huir sin combate! También ordenó al cochero que fuese despacio para que la multitud no creyese que huía.

Aún estaban a la vista los navíos en que se marchaba la corte, cuando Junot entraba sin resistencia en Lisboa al frente de unos 600 hombres. El marqués de Abrantes, que presidía el Consejo de regencia nombrado por el rey fugitivo, recibió al intruso y de hecho reconoció su autoridad. No así la masa del pueblo que, a la vista de la débil fuerza que acompañaba al mariscal francés, sintió el bochorno que la flaqueza e imprevisión de los gobernantes arrojaba sobre la nación entregándola sin condiciones al extranjero.

Tardó en surgir la protesta lo que tardó en reaccionar la dignidad nacional ofendida. Además, aunque Junot, antiguo embajador en Lisboa, conocedor del carácter del país, procuró congraciarse con los naturales, el orgullo del emperador exigiendo fuese arriada la bandera nacional y substituida por la francesa, y la necesidad de recursos que le inspiró la idea de decretar una contribución de 100.000.000, hizo fracasar todo intento amistoso. Aun aumentaron el odio que la nación sentía al francés las burlas que el emperador se permitió al recibir una comisión de magnates portugueses que fue a exponerle las quejas del pueblo. Por último, las noticias que se recibían de España, alzada en masa contra los franceses, redoblaban los alientos rebeldes del pueblo.

El día del Corpus de 1808 estalló el levantamiento en Lisboa; rápidamente cundió por todo el reino. Oporto se convirtió en capital del movimiento emancipador. Allí se constituyó una Junta soberana que procuró aunar el esfuerzo nacional. La victoria española de Bailén fue acogida con entusiasmo inmenso. Por su parte, Inglaterra había prometido su concurso, y se tenían noticias de la salida del ejército inglés. Junot, en situación comprometidísima, tuvo que concentrar sus fuerzas y dejar que el país procediera a su antojo. El 29 de Julio desembarcó el ejército inglés en la Coruña al mando de sir Arturo Wellesley, después glorioso duque de Wellington. Puesto en seguida de acuerdo con la Junta de Oporto, penetró en el país y derrotó sucesivamente a los franceses varias batallas, haciendo capitular a Junot en Vimeiro (21) de Agosto).

Las condiciones principales fueron: evacuación del país por las tropas francesas, entrega de todas las posiciones y honores militares a los vencidos. Aún estuvieron a pique renovarse las hostilidades por entender los ingleses que la flota rusa venida en socorro Junot quedaba .incluida en la capitulación, pero el mismo almirante ruso no tuvo inconveniente en entregar los barcos a Inglaterra con la sola condición de que fueran repatriados los oficiales y la marinería. El Tratado de Cintra del 30 de Agosto sancionó este acuerdo.

Sabido es que Napoleón procuró en persona tomar el desquite de estos reveses, y durante todo el año 1809 pareció que su genio militar iba a conseguirlo, pero obligado a dejar España para atender a las provocaciones de Austria, confió a Soult y a Massena la misión de sojuzgar la Península entera. El primero se apoderó rápidamente de Galicia y sucesivamente de Braga y Oporto en Portugal; el segundo, después de tomar Almeida, marchó sobre Coimbra, creyendo fácil el paso; pero allí encontró admirablemente situado al ejército anglo portugués, mandado por lord Wellington, que obtuvo sobre el intrépido caudillo francés la victoria de Alcoba, de gloriosa resonancia en todo el continente (Septiembre de 1810).

Massena justificó sus talentos militares maniobrando por los desfiladeros de Saldao y amenazando a Lisboa, pero las famosas líneas de Torres Vedras cortaron su paso, y después de resistir durante cinco meses la táctica reflexiva y tenaz de agotamiento a que le sometió el general inglés, se vio forzado a retirarse buscando contacto por Extremadura con el ejército de Soult, no sin verse gravísimamente comprometido en Redina y Condeixa. Por fin, pasó la frontera española en Abril de 1811 y derivó hacia Salamanca. Portugal continuó fuera de su territorio la guerra contra el francés, y llegó con los ejércitos aliados hasta Toulouse (1814). Sabido es que Portugal no recogió el fruto de tanto heroísmo, pues sus reclamaciones no fueron escuchadas en el Congreso de Viena. Olivenza quedó definitivamente por España.

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 págs. 712-714.