Juan VI de Portugal

Datos biográficos

Dinastía: Braganza
Rey de Portugal: 1816-1826
Rey de Brasil: 1816-1826
Nacimiento: 1767
Fallecimiento: 1826
Predecesor: María I
Sucesor: Pedro IV

Biografía

Entre tanto la corte seguía en el Brasil sin mostrar la menor preocupación por regresar a la patria. En Marzo de 1816 falleció allí la Reina Loca, y el príncipe regente, que, a comienzos del referido año había constituido en reino su gran colonia americana, tomó el título de Juan VI, rey de Portugal, del Brasil y de los Algarves.

Juan VI de PortugalJuan VI de Portugal

Sirvió esto, complicado con lo inexplicable de su ausencia, para que en Portugal creciera el disgusto contra el rey. Por otra parte, la vieja levadura de las ideas propagada por la Revolución francesa, fermentaba con el prestigio que las Cortes españolas de Cádiz adquirían por su labor admirable frente al invasor y a todos los elementos retardatarios, interesados en mantener la política absolutista. Gran parte de la opinión portuguesa y valiosos elementos del ejército temían que se supeditasen los intereses de Portugal, a los del Brasil y que el reino quedara a merced de la influencia inglesa. Heridos en su dignidad y en su patriotismo, era cada vez más visible el desasosiego de los portugueses.

El grito revolucionario estalló en Oporto el 24 de Agosto y repercutió en Lisboa el 29 (1820), pidiendo convocatoria de Cortes y promulgamiento de una Constitución, a imitación de la de Cádiz. Todo el país, incluso lo mejor del elemento oficial, apoyó con actividad y con simpatía la demanda. Rápidamente se constituyó un Gobierno provisional, se convocaron Cortes, no al estilo de las que hacía un siglo habían dejado de funcionar, sino inspiradas en los principios modernos, con plenos poderes para hacer labor constituyente.

Esas Cortes eliminaron del ejército a los ingleses, incluso a lord Beresford, gran mariscal y verdadero árbitro de los destinos del país aun antes de ausentarse la corte, suprimieron la Inquisición, establecieron la igualdad ante la ley, la libertad de imprenta y los derechos del ciudadano. Lord Beresford, que estaba en el Brasil, regresó precisamente cuando las Cortes legislaban con más entusiasmo y el país las apoyaba con más ilusión.

Traía el nombramiento de vicerregente, pero no fue reconocida su validez por los legisladores, y comprendiendo que no era oportuno ni acaso posible tratar de imponerse, el mariscal optó por acatar el fallo de la Asamblea y reintegrarse a su país. Los sucesos tuvieron en el Brasil repercusión hondísima; un conato de revolución en Pernambuco en 1817, probó cuánta fuerza expansiva tenían las ideas renovadoras que producían en el continente europeo mutaciones radicalísimas.

El rey, que no necesitaba pruebas tan duras, para acreditarse de apocado, quedó al conocer las noticias temeroso y perplejo. Pero la familia real se dividió hondamente: el príncipe real don Pedro, de veintidós años, se convirtió en representante de la monarquía constitucional; la reina madre, doña Carlota Joaquina, ambiciosa y autoritaria, se inclinaba a mantener el absolutismo, identificada perfectamente en ideas con su hijo menor don Miguel. De todas suertes los sucesos de Portugal hacían forzosa la vuelta de la corte. No sin vacilaciones, que hubo de vencer con su consejo el Gobierno inglés, se decidió el viaje. Don Pedro quedó instituido regente del Brasil. Los reyes, que habían sido recibidos con amor, fueron despedidos con manifestaciones tumultuarias dejando tras sí indiferencia o desprecio.

La corte desembarcó en Lisboa el 3 de Julio de 1821. En el mes de Octubre del año siguiente juraba la Constitución redactada por las Cortes. La reina madre, que se negó a jurarla, fue desterrada. Además, la Asamblea legislativa conminó a don Pedro para que en el término de un mes viniera a prestar el juramento, so pena de ser exonerado de sus derechos a la Corona, y declaró traidores a cuantos prestaban acatamiento al Gobierno constitucional del Brasil.

Es evidente que las Cortes portuguesas caminaban demasiado de prisa; en la amplitud de las libertades promulgadas, llegaron hasta el sufragio universal, y en la entereza con que hacían valer su soberanía, lastimaban sentimientos muy arraigados en el país de devoción al poder real. La reacción, pues, era visible, y como al mismo tiempo el avance de los Cien Mil Hijos de San Luis por España, para restaurar el absolutismo, alentaba las esperanzas de los reaccionarios, apenas el conde de Amarante (1823) dio en Tras-os-Montes el grito de libertad para el rey, y felicidad para el pueblo según las leyes antiguas, cuando el infante don Miguel, buen número de tropas y gran parte del pueblo, se pusieron resueltamente al lado del régimen derrocado.

El movimiento logró disolver las Cortes, anular la Constitución de 1822, secuestrar al rey que no quería subscribir todo el programa reaccionario y encumbrar a la regencia efectiva al infante don Miguel. El rey logró romper el secuestro y buscar refugio en buque inglés. Las potencias apoyaron sus derechos y el regente intruso se expatrió instalándose en Viena. Designio era de las naciones que influyeron en la restauración de Juan VI implantar un sistema parlamentario en Portugal, pero el rey entró en Lisboa a los gritos de ¡viva el rey absoluto!, y de hecho en Portugal, lo que entonces no era absolutismo era simplemente anarquía.

Poco después (1825), se vio obligado, por consejo de Inglaterra, a reconocer la independencia del Brasil, después de haber intentado durante dos años evitar esta pérdida, apoyándose en las provincias fieles a la corona portuguesa Pará, Bahía y Pernambuco. Sir Carlos Stuart fue el principal negociador del tratado: se hacía en él caso omiso de la sucesión a la corona de Portugal, pero el infante don Pedro, ahora emperador del Brasil, renunció, aunque con reservas, a sus derechos sucesorios. Pronto hubo oportunidad de declarar sus verdaderas intenciones, pues en Marzo de 1826 falleció Juan VI, en circunstancias que hicieron sospechar un envenenamiento. Cuatro días antes de su fin nombró a la infanta doña Isabel María regente del reino, mientras el heredero legítimo, cuyo nombre se omitía, tomara sus determinaciones.

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 págs. 712-714.