ENRIQUE II. El Piadoso. Lisboa (Portugal), 31.I.1512 – Almeirim (Portugal), 31.I.1580. Rey de Portugal, arzobispo, cardenal, inquisidor general.

Hijo del rey Manuel y de su segunda mujer, María, nació en Lisboa el 31 de enero de 1512. Su formación la orientó a los estudios eclesiásticos, recibiendo conocimientos de los más importantes humanistas del siglo XVI. Entre sus maestros destaca Pedro Nunes, uno de los más insignes matemáticos del Renacimiento. Otro de sus educadores fue Nicolás Clenardo, un sabio flamenco que enseñó en las universidades de Salamanca y Évora, profundo conocedor de la lengua y de la cultura grecolatina. Posiblemente el maestro que tuvo mayor influencia en su formación cultural fue Aires Barbosa. No obstante su elevada preparación en el campo de las Humanidades, no dejó para la posteridad un legado escrito que haya podido testimoniar sus conocimientos culturales. Apenas quedaron de su autoría libros, como las Constituciones de las diócesis en que fue obispo. Un libro de devoción religiosa que se titula Meditaciones y otro de carácter similar que se designa bajo el nombre de Homilias sobre alguns mysterios da vida do nosso Redemptor e sobre algus lugares do Sancto Evangelho que fez o Serenissimo e Reverendissimo Cardeal Iffante Dom Anrique (1574).

La personalidad de Enrique se presenta caracterizada como la de una persona introvertida, parsimoniosa en las palabras, que usaba con suavidad. Era un hombre severo y austero, frío de naturaleza. Poseía una formación religiosa que se caracterizaba por una defensa absoluta de la ortodoxia de los principios de la fe cristiana, enfrentándose a los desvíos de la herejía y asumiéndose como una figura conservadora en su visión de los ideales que debían formar la Iglesia Católica. En 1524 cuando tenía catorce años fue nombrado prior encomendero del monasterio de Santa Cruz de Coimbra. A petición de su hermano el rey Juan III junto con el Papa, es designado en 1532, a los veintidós años, administrador del arzobispado de Braganza. Apenas llegado el mes de agosto de 1537, a los veintisiete años, es cuando alcanza la edad canónica que le permite ascender al estatuto de arzobispo de la diócesis bracarense. El 22 de junio de 1539 su hermano, el Rey, le nombra inquisidor mayor del reino. Antes de alcanzar este rango ocupaba el cuarto lugar de inquisidor en compañía de los obispos de Lamego, Coimbra y Ceuta. El nombramiento para el principal cargo de inquisidor le confiere un estatuto especial con considerables poderes en materia de jurisdicción eclesiástica. Su carrera eclesiástica alcanzó el punto culminante cuando fue nombrado por el consistorio, el 16 de diciembre de 1545, cardenal, a los treinta años. Algunos años antes, el 22 de junio de 1539, el Monarca, su hermano, consigue que por el fallecimiento del cardenal infante Alfonso pase a ocupar el cargo de arzobispo de Évora, que fue elevado a archidiócesis.

Múltiples fueron los intentos de Juan III para elevarlo a la dignidad de Pontífice romano. Para ese efecto contó con el apoyo de dos influyentes monarcas, el emperador Carlos V y el rey Francisco I de Francia. La vacancia de la cátedra apostólica de San Pedro ocurrió entre los años de 1550 y 1555 por fallecimiento de los papas Pablo III y Julio III. El fracaso del proyecto de Juan III fue causado en buena medida por la actitud asumida por los dos monarcas que no concedieron su apoyo a la gestión del rey portugués. En 1552 el cardenal Enrique fue nombrado por el Papa legado apostólico en Portugal. Renunció en 1564 al arzobispado de Évora para asumir idénticas funciones en Lisboa.

La muerte de Juan III, ocurrida el 15 de junio de 1557 en los pazos de la Ribeira, en Lisboa, abrió un grave problema. El 16 de junio de 1502, el hijo de Manuel I y de María de Castilla, casó en Lisboa el 5 de febrero de 1525 con Catalina, hija de Felipe I y de Juana de Castilla, hermana del emperador Carlos V. La pareja tuvo numerosa descendencia. Un total de nueve hijos. El heredero, Juan, nació en Évora el 3 de junio de 1537. Fue proclamado heredero del trono en Almeirim el 30 de marzo de 1544 cuando apenas tenía cinco años. Casó en noviembre de 1552, a los quince años de edad, con la princesa Juana, hija del emperador Carlos V. Murió el 2 de enero de 1554 con la edad de diecisiete años. Pocos días después de su fallecimiento su viuda tuvo un niño, Sebastián, nacido en Lisboa el 20 de enero de ese año. Juana regresará a Castilla el 16 de mayo de 1554. Falleció en Granada el 8 de septiembre de 1573.

Mientras duró la minoría del príncipe heredero Sebastián, ejerció la regencia del reino el cardenal Enrique. Al pasar a residir en Lisboa, capital del reino, llevaría a cabo algunas tareas de la Administración. Una de sus preocupaciones consistió en implementar algunas resoluciones del Concilio de Trento. El cardenal en 1574 dejó sus funciones de arzobispo de Lisboa para volver a ejercer idéntico cargo en el arzobispado de Évora, funciones que anteriormente había ocupado. Esta actitud estaba relacionada con la minoría del príncipe Sebastián.

Por la muerte de Juan III la reina Catalina constituyó un consejo de regencia y se dispuso a asumir las funciones de regente del reino por disposición testamentaria, hasta que su hijo cumpliese los veinte años de edad. Tras muchas dudas para aceptar el encargo, la Reina solicitó al cardenal Enrique que fuera regente adjunto. Esta situación duró hasta que la reina viuda Catalina decidió abandonar el poder. Con gran determinación la Reina rechazó la propuesta de Carlos V retirado en Yuste, enfermo de gota, por la que a través de san Francisco de Borja le propuso que reconociese a su nieto el príncipe Carlos, como heredero de la Corona conjuntamente con el príncipe Sebastián. Catalina renunció al poder convocando para el efecto las Cortes de Lisboa en diciembre de 1562. En conformidad con la voluntad de la Reina los estados representados en las Cortes procedieron el 23 de diciembre a la elección del cardenal Enrique como regente del reino, cargo en que se mantuvo hasta el 20 de enero de 1568, día en que Sebastián cumplía catorce años y era coronado en el pazo de los Estaos.

Durante los cinco años de su regencia el cardenal se presentó como un hombre determinado a aumentar los réditos de la Corona, evitando los gastos excesivos y preocupándose en la reconstrucción de las fortalezas en el reino y en los territorios ultramarinos.

Cuando Sebastián ascendió al poder, el cardenal se mantuvo como principal consejero del Rey y consejero de estado. En 1572 se observa una separación entre ambos de tal modo que el cardenal se retira al monasterio de Alcobaça. Una carta de Enrique del 28 de septiembre de ese año reprocha a los privados del Monarca, que lo habían apartado de la vida política y le habían obsesionado con la empresa de África. La conducta de este grupo era de tal modo maléfica que deberían sufrir la condenación del fuego que había sido dada por la Inquisición a los judíos. Las relaciones entre el Rey y el cardenal se vuelven más favorables en los años de 1573-1575, pero empeorarán a partir de 1576.

El cardenal abandona la Corte y pasa a vivir en Évora. Cuando el Monarca le visita en Évora, en enero de 1578, con el propósito de conseguir su apoyo en la jornada de África, Enrique manifestó su desacuerdo y recusó aceptar el cargo de regente del reino. Volvió a instalarse en Alcobaça entristecido con los avatares políticos. Retirado en el monasterio recibió el 23 de agosto de 1578 la trágica noticia del desastre de Alcácer-Quibir y de la muerte del Rey. En el año y medio que estuvo como rey se enfrentó con un grave problema dinástico. De inmediato envió cartas para todo el reino convocando Cortes en Almeirim, iniciadas el 15 de noviembre. Uno de los propósitos del cardenal-rey consistió en obtener la dispensa de votos religiosos por parte del papa Gregorio XIII. Su intención era casarse con la reina madre de Francia y tener hijos. La influencia política de Cristovão de Moura, las intrigas palaciegas, a la par de las crisis financieras, debilitaron al Monarca enfermizo y falto de energía. La incapacidad de decisión acerca de su heredero coincidió con el crecimiento de los partidarios de Felipe II. Fue en este clima de profundas dudas en el que sobrevino la muerte del Rey el 31 de enero de 1580, encontrándose en Almeirim. Murió en el mismo día en que cumplía sesenta y ocho años.

BAQUERO MORENO, Humberto, «Enrique II», en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico (en red, https://dbe.rah.es/biografias / 15588/enrique-ii-de-portugal)