Casa Aviz, 1385-1580

A la muerte de Fernando I quedó como regente doña Leonor Téllez, que ya en vida del marido había mancillado su dignidad de esposa y de reina con el descarado valimiento que concedió al hidalgo gallego Juan Fernández Andeiro. Doña Leonor quiso proclamar reina a la infanta doña Beatriz —hija de Fernando I—, reina de Castilla —por matrimonio con Juan I— , designada sucesora por su padre; pero a ello se oponía el derecho vigente y el sentir de la nación entera.

Casa de Avís.Casa de Avís.

Los candidatos nacionales, por decirlo así, eran don Juan de Castro, hijo mayor de la desventurada doña Inés, y don Juan, hijo bastardo de Pedro el Justiciero, que gozaba desde la edad de siete años del gran maestrazgo de la orden de Aviz. Pronto se simplificó el problema sucesorio, pues el rey de Castilla, para allanar las aspiraciones de su esposa, hizo prender a Juan de Castro, expatriado de Portugal, por haber asesinado inicuamente a su esposa doña María Téllez, hermana de la regente, movido por celos infundados. Esta eliminación de un candidato concentró la aspiración común de los portugueses en Juan de Aviz, cuya juventud (contaba veinticuatro años), intrepidez y talento hacían olvidar la ilegitimidad de su nacimiento a la puntillosa nobleza lusitana.

Colocada entre las aspiraciones nacionales y su deseo de ver en el trono a su hija, doña Leonor procuró disimular sus inteligencias con Castilla, halagando al de Aviz y encomendándole, ante los avances de las tropas de España, la guarda y defensa de las fronteras. Fingió también disimulo el de Aviz, que aparentó marchar al Alentejo para cumplir sus deberes militares. Mas a las pocas horas se personó en Lisboa, sorprendiendo desprevenida a la reina, en íntimo coloquio con el conde de Andeiro.

Al terminar una breve y fría entrevista con doña Leonor, invitó al de Andeiro a seguirle, y en la misma antecámara le dio una puñalada; un caballero del séquito remató al valido. Su muerte fue la señal de un levantamiento unánime que motivó la expulsión de la reina, tan odiada, que hasta sus propios hermanos sostuvieron las aspiraciones del maestre de Aviz. Este procedió con prudencia, no tomando al principio más que el título de gobernador. Las circunstancias eran para poner a prueba la energía y talentos del maestre. El ejército castellano avanzaba sobre Lisboa, la escuadra de la propia nación bloqueaba la desembocadura del Tajo, y doña Leonor intrigaba promulgando Ordenanzas a nombre de Juan I y haciendo batir moneda con la efigie del castellano.

A todo hizo frente con fortuna completa el nuevo representante de la independencia portuguesa. Desde luego obtuvo éxitos parciales que acrecieron su popularidad. Los castellanos, en quienes el hambre y la peste se cebaron, iniciaron su retirada y aflojaron el bloqueo. Las Cortes se reunieron entre tanto y comenzó a discutirse el derecho de los distintos aspirantes; pero el noble Álvarez Pereira, conocido más tarde por el Escipión portugués, y por el Santo Condestable, y ya entonces caballero de excepcionales prestigios, cortó la discusión, saliendo de la Asamblea y preguntando directamente al pueblo su sentir sobre el caso.

Batalla de Aljubarrota, 13 de agosto de 1385 entre las coronas de Portugal y Castilla.Batalla de Aljubarrota, 13 de agosto de 1385 entre las coronas de Portugal y Castilla.

La multitud aclamó al rey Juan I, y las Cortes, de buen o mal grado, suscribieron la proclamación. Sin embargo, el nuevo soberano no se hacía grandes ilusiones, pues conocía la fidelidad que plazas importantes mantenían hacia doña Beatriz. Quiso, pues, confirmar con proezas militares las esperanzas en él depositadas. Su buena estrella le deparó pronto la victoria de Atoleiros y en seguida el espléndido triunfo de Aljubarrota (1385), donde, si bien estuvo a punto de perecer a manos del caballero castellano González de Sandoval, desbarató por completo al ejército enemigo, y aunque la guerra se prolongó algo más, aseguró entonces definitivamente la independencia de la nación portuguesa.

Si para los portugueses fue gloriosa, para los intereses de la península en general fue fatalísima, pues cambió para siempre el curso de la unidad peninsular y frustró la grandeza común de ambos pueblos. El hermosísimo monasterio D´Batalha, emplazado no lejos del teatro de la victoria, perpetúa el magno acontecimiento. Aquí termina la segunda época de la historia portuguesa, para dar comienzo a los tiempos áureos de esta gran pueblo.

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 págs. 704-705.